Archivo de la categoría: Editorial Acantilado

Estantería libros

Lecturas y editoriales

He puesto unos enlaces a las editoriales que han publicado los libros que he leído estos últimos años. Pinchando en los enlaces se puede acceder a las reseñas de los libros publicados por las mismas. Una lista que estoy seguro no dejará de crecer.

Acantilado
Adriana Hidalgo
Alba
Alfabia
Alfaguara
Alianza
Alrevés
Anagrama
Ardicia
Ariel
Atalanta
Austral
Automática
Baile del Sol
Blackie Books
Bruguera
Caballo de Troya
Cabaret Voltaire
Candaya
Carpe Noctem
Cátedra
Círculo de lectores
Cuatro Ediciones
Debolsillo
Demipage
Destino
Ediciones del Viento
Ediciones La Palma
Edhasa
El Desvelo
Eneida
Errata Naturae
Espuela de Plata
Eterna Cadencia
Eutelequia
Fragmenta
Fórcola
Gadir
Galaxia Gutenberg
Gallo Nero
Gredos
Grijalbo
Hermida
Hoja de Lata
Impedimenta
Jekyll & Jill
Kalandraka
KRK
La Discreta
La uña rota
Lengua de trapo
Libros del Asteroide
Los libros del lince
Lumen
Lupercalia
Malpaso
Minúscula
Muchnik
Nórdica
Paidos
Páginas de Espuma
Pálido fuego
Papeles mínimos
Paralelo Sur
Pasos perdidos
Penguin
Pepitas de calabaza
Periférica
Pez de Plata
Plaza Janes
Pre-Textos
Random House
RBA
Reino de Cordelia
Sajalín
Salamandra
Seix Barral
Sexto Piso
Siruela
Sloper
Talentura
Taurus
Trama
Trifolium
Tropo
Tusquets
Turner

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El anarquista que se llamaba como yo (Pablo Martín Sánchez)

A Pablo Martín Sánchez (Reus, 1977) le sirve una anécdota mínima, a saber, buscar su nombre y apellidos en google y descubrir que hubo un anarquista que tenía su mismo nombre, para armar una novela de más de seiscientas páginas -que me trae en mientes este artículo de Jaime Fernández. Arriesga Pablo cuando en la adenda final, después del epílogo, incorpora sus dudas sobre lo que ha escrito, sobre si el final de Pablo es tal como nos lo cuenta o no, a la luz de la carta que le envía alguien que pone en tela de juicio la versión del suicidio.

La escritura siempre es una lucha del escritor consigo mismo y Pablo se mide con una narración que comprende desde el nacimiento de Pablo en 1890 hasta su muerte en diciembre de 1924, a los 34 años, uno menos de los que tenía Pablo cuando escribió la novela. Un proyecto sin duda ambicioso, pues leerlo es como contemplar un mural, o una obra de El Bosco, con cientos de figuritas dispersas por el lienzo.

Pablo tiene entre manos la ardua tarea de enhebrar en su relato -en el oximorónico fresco histórico que pergeña- más de tres décadas de la historia de España; la narración transcurre en Béjar, Salamanca, Madrid, Barcelona, y sale también fuera de nuestras fronteras: París, Nueva York, Buenos Aires…- donde pululan decenas de personajes, donde se suceden un sinfín de acontecimientos, donde Pablo, que parece estar dotado con el don de la ubicuidad, estará en todas las salsas.

El narrador omnisciente no solo sigue las andanzas y las desventuras amorosas de Pablo -que alimentan buena parte de la narración y del suspense de la novela, en su vis más folletinesca, cuando ya desde niño, Pablo mientras acompaña a su padre, inspector de educación, se enamora en Béjar de una niña, de Ángela, con la que su relación, será una no relación, una imposibilidad amorosa- sino que ejerce de faro panóptico que registra una realidad aumentada, o una historia enriquecida, de tal manera, que no sólo sabemos lo que le sucede a Pablo, sino también, el contexto donde aquello sucede, con hechos que se suceden al mismo tiempo, actos pretéritos o incluso futuros, y también, merced al halo fantástico de la literatura somos capaces de saber qué dicen esas cartas que escriben los que van a morir, sin que sus destinatarios nunca lleguen a recibirlas.

Una novela de estas características o deviene una obra maestra, que no me lo parece –amén de que resulte entretenida-, o es proclive a la dispersión, por mucho que el autor se haya visto en la necesidad de condensar la narración. La corrección es el segundo turno del talento, decía Andrés Neuman en un aforismo. Creo que la novela sí que hubiera precisado una buena poda, porque el riesgo que se corre es que ante tal sinfín de aventuras y de personajes, ante semejante maremágnum, la narración languidezca y el interés se diluya. Creo que hacía falta centrar más la narración en Pablo, en su figura, pues la narración no deja de ser una biografía, y es más lo que ocurre de puertas hacia afuera –casi toda la novela- que lo que sucede de puertas de Pablo hacia adentro. Echo de menos una mayor introspección; incidir menos en el contexto y más en el personaje. Tengo fresca la lectura de la que ha sido para mí –de momento- la mejor novela que he leído este año, me refiero a No cantaremos en tierra de extraños, una novela donde también les acontecen muchas cosas a un exanarquista y a un exsoldado republicano, pero donde Ernesto logra en 300 páginas, a través de un magnífico trabajo de precisión y de concreción, y de un sobresaliente ejercicio de estilo, ofrecer un relato excepcional, en un marco también histórico –al final de la Segunda Guerra Mundial en Francia y en la España de la posguerra-, donde la pareja formada por Manuel y Montenegro resulta memorable.

Pablo quería rescatar del olvido con su novela a su homónimo y lo consigue. Quería rendir tributo a todos aquellos anarquistas que quisieron acabar con la dictadura de Primo de Rivera, y lo logra. Decía Barrunte, el personaje de Será mañana “Todos morimos, pero sólo unos pocos lo hacen por los demás”, así Pablo Martín Sánchez.

Acantilado. 2012. 624 páginas

Acantilado

El equilibrista (Andrés Neuman)

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es un escritor precoz. Con 20 años comenzó a publicar libros de poesía, novelas, relatos y libros de aforismos como el presente, escrito entre 2000 y 2004.

Los aforismos o te llegan o no y en muchos de ellos tengo la sensación al leerlos de que se podría cambiar una palabra por otra y el resultado sería parecido, pues el aforismo es terreno fértil para las ocurrencias.
En ellos el autor reflexiona sobre el paso del tiempo, sobre nuestros silencios, vanidades, egos, la relación con nuestros mayores, sobre la moral y lo políticamente correcto…

Los que más me interesan son los que tienen que ver con la escritura, la literatura, la poesía, donde dice cosas interesantes sobre el acto de corregir, que él considera el segundo turno del talento, dice que un escritor cuando lee reescribe, que el sentido de una novela llega a posteriori, que los personajes el escritor tiene que sentirlos como propios, como unos nietos que algún día pudieran leer ese texto, que nada hay peor en un escritor que la autocompasión, que se escribe desde el agradecimiento o desde el rencor, que escribir no es un deseo: es una orden, que hay más literatura en la vida de cualquier lector que en las lecturas de cualquier vida, que el cuento es un dardo y la novela un radar….

Tras los aforismos, el autor, en prosa, habla acerca de cómo siente él cuando un libro está ya listo para ser publicado y puede entonces desentenderse del mismo y ponerse con el siguiente.

Habla también del buen lector, aquel que salva el libro, aquel que va más allá en el leer de acumular información y se sirve de su memoria y su capacidad crítica para mejorar con su crítica el libro, pues sirve como ayuda al escritor. Dado que a todos los escritores jóvenes se les han proferido siempre los mismos reparos alega que al menos, los prejuicios sean otros. Y surge, como era de esperar, el debate entre realidad y ficción. Según Neuman aunque el escritor registre una realidad, esta hay que ordenarla, y el autor aporta al escribir su estilo, su estética, por lo que hablemos de ficción o no, el autor siempre elabora y crea.

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Amor y vejez (François-René de Chateaubriand)

Acantilado
Traducción de José Ramón Monreal
56 páginas
Postfacio de Marc Fumaroli

Sirva esta breve y poderosa confesión de Chateaubriand (1768-1848) como entrante para el gran festín que será -presumo- leer sus Memorias de ultratumba (2753 páginas, que Acantilado sacó en -beneficio de nuestro- bolsillo por ¡39,95 euros!)

Aquí, el autor ha superado ya los sesenta, allá por 1830, y está enamorado de una joven, un amor que entiende imposible, pues si ella busca su amistad él carcomido por sus deseos, por el anhelo del goce carnal, se consumiría en un deseo insatisfecho y si sucediera lo contrario y se dieran ambos al placer carnal, poco tardaría su amada en tener que arrostrar la carga de un cuerpo decrépito y marchito tal que se vería él entonces en la obligación de arrojarla en unos brazos más jóvenes, en un cuerpo más terso, en otro hombre más apto.

La lucidez se Chateubriand -quien no reniega de la comunidad de los pecadores, de la cual es intérprete- horripila, porque cada palabra, cada párrafo es la deconstrucción de un posible castillo de arena, que a fin de ser honesto consigo mismo, sabedor de su naturaleza, no puede menos que desbaratar.

La confesión, que son 19 páginas, se enriquece con un sucinto ensayo de Marc Fumaroli, buen conocedor de la obra de Chateubriand, que nos permite situar a la obra y a su autor en su época, en beneficio de una mejor comprensión de las palabras volcánicas de ese francés definido como casto y sensual, y cerebral, tan inspirado como voluntarioso; quien salvo la vida sentimental, lo conoció todo en lo que se refiere a las alegrías y a los tormentos de los hombres.

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El olor a sangre humana no se me quita de los ojos. Conversaciones con Francis Bacon (Franck Maubert)

Franck Maubert, que abordó en La última modelo la figura de Giacometti, hace ahora lo propio con Francis Bacon (1909-1992), pintor con el que se entrevistó varías veces y cuyas conversaciones son las que Maubert plasma sobre el papel.

Es de agradecer la concisión de Maubert. Sus preguntas van al grano y Bacon a su vez replica sin irse por las ramas, de tal manera que nos enteramos -de un manera muy epidérmica- de que fue autodidacta, de su trabajo como decorador, su preferencia por las películas de Buñuel, Antonioni, Godard, de la conmoción que le supuso ver las obras de Picasso, que le animaron a coger un pincel, su mala relación con su padre, la exención de hacer el servicio militar por sufrir de asma, su desapego por el dinero, sus lecturas de poetas como Yeats, y de dramaturgos como Shakespeare o Lorca, su escaso interés por la música, su necesidad de pintar, de crear “una necesidad absoluta que borra todo lo demás”. Bacon manifiesta su pasión por leer y se pregunta ¿puede imaginar la vida sin literatura? ¿Sin los libros? Son una fuente fabulosa, un pozo para la imaginación. Bacon es un apasionado también de los cuadros de Velázquez, Van Gogh, Rembrandt. Antes de su muerte Bacon fue el primer occidental que llegó a exponer en la Unión Soviética -en una galería moscovita-, y llegó a ser considerado el más grande los pintores vivos, según el catálogo de la Tate Gallery en una retrospectiva de su obra.

Maubert, después de las entrevistas, en un microensayo relaciona al Bacon filósofo y al Bacon pintor, ligando las teorías de la materia de uno con los cuadros de la carne del otro, con quien este último parece tener una remota relación de parentesco. Ambos están interesados por la muerte, por los cuerpos en disolución. La obra de Bacon una vez racionalizada por gente como Deleuze, con su Francis Bacon: Lógica de la sensación, obtuvo un mayor reconocimiento.

Al final del libro hay una biografía, donde se da cuenta de los distintos lugares donde vivió Bacon, ya sea en París, Londres o Tánger -en donde coincide, entre otros, con Bowles, Ginsberg, Burroughs, Ian Fleming, Tennessee Williams (entregado en cuerpo y alma a los jovencitos prostitutos marroquíes)- las distintas exposiciones de los cuadros de Bacon -quien durante muchos años estuvo sin pintar nada- hasta que casi a los cuarenta años, consigue de nuevo la atención de sus valedores que colocarán sus obras en el mercado y le permitirán finalmente obtener la gloria con la que ha pasado a la posteridad.

Me llama la atención que no aparezca en el libro ninguno de los cuadros de Bacon. Lo cual no es problema, porque con internet es posible ir buscando los cuadros que se mentan -como su exposición en el Museo del Prado-, las poesías de Yeats -como The second coming-, y cualquier otro dato de interés que una vez consultado enriquecen este ameno texto, que puede valer como un primer acercamiento a la obra de Bacon, a quienes la desconocemos por completo.

Respecto al llamativo título de libro Maubert dice que ha buscado distintas traducciones de la Orestíada de Esquilo, de donde Bacon dice que procede la frase, El olor a sangre humana no se me quita de los ojos, pero que lo más aproximado que ha encontrado en esa obra es El olor a sangre humana me halaga.

Lo edita Acantilado con traducción de F.G.F. Coregudo