Archivo de la categoría: Eterna Cadencia

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El triángulo de invierno (Julia Deck)

El triángulo de invierno, con traducción de Magalí Sequera, es una nouvelle de Julia Deck (París, 1974), recién editada por Eterna Cadencia.

Novela que es una narración desconcertante, cuya protagonista es una joven la cual quiere darse la oportunidad de construirse una nueva identidad. A tal fin, echará mano del nombre y del parecido físico del personaje femenino de una película de Éric Rohmer, Bérénice Beaurivage.

Su anhelo, la necesidad de ser otro/a, por la vía rápida, se me antoja un anhelo común, tanto como la necesidad de querer sustraerse a ciertas servidumbres, como la laboral. Y no porque no esté capacitada para trabajar, que lo está, sino que cualquier ocupación y tarea la aburre enseguida, en cuanto se vuelve reiterativa.

La narración es el vagabundeo de la joven, en un recorrido topográfico, que la lleva por Le Havre, Saint-Nazaire, Marsella, París, y de nuevo Le Havre, con ecos modianescos y la sequedad y parquedad en la prosa de Marguerite Duras. El título, El triángulo del invierno hace mención a la figura que se forma en el cielo si unimos con líneas rectas las tres estrellas, Sirio, Procyon y Betelgeuse, que en la novela hacen mención al nombre de unos buques.

La paradoja está en que la joven quiere ser otra y al mismo tiempo no ser, no llevando este deseo suyo hasta sus últimas consecuencias, hasta al suicidio, sino empequeñeciéndose, invisibilizándose, quitándose del medio, no ocupando un lugar -aquel que a regañadientes le ofrece el Inspector, el hombre de cuyo brazo se cuelga- ni un tiempo que se le antoja baldío. Porque la pregunta que parece propicia es cómo ocupar el tiempo, qué hacer con él, y asimismo con su cuerpo y mente, con todo este determinismo que nos constriñe, personaliza e identifica y que ella quiere hacer volar por los aires, con su hacer y no hacer, acción y omisión en la que palpita la contradicción que enaltece esta narración.

Correspondencia Adorno y Benjamin

Correspondencia 1928-1940. Theodor W. Adorno Walter Benjamin

Doce años de correspondencia recogidas en 121 cartas entre dos pensadores infatigables: Theodor W. Adorno (que brilló no solo como filósofo sino también como sociólogo) y Walter Benjamin. Entremedias la ascensión de Hitler al poder en 1933, el comienzo y final de la guerra civil española, el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Ambos serán escritores en el exilio. Adorno, primero en Inglaterra, en Oxford, y más tarde, en 1938, en los Estados Unidos, junto a su mujer Gretel. Benjamín en Francia, en París.
A pesar de que Benjamín era diez años mayor que Adorno, leyendo estas misivas tengo la impresión de que nos encontramos ante una relación alumno-profesor. Benjamin como alumno aventajado si se quiere, que alcanza casi, en lo intelectual, el mismo estatus del profesor.

En estas cartas íntimas se despliega un reconocimiento mutuo, tanto como una solidaridad hacia sus trabajos respectivos. Encontraremos también elementos que atañen a lo familiar, como la enfermedad de Gretel o del hijo de Walter, Stefan, aunque en la mayoría se detallan continuamente los proyectos literarios que ambos tienen entre manos, siempre afanados. Benjamin con su ensayo sobre Baudelaire o con la obra de los Pasajes, obra que quedará inconclusa cuando murió. Adorno emboscado en mil proyectos, sean ensayos sobre Alban Berg, Ravel, reseñas, conferencias, libros sobre Husserl, etc. Las cartas les permite abolir, en cierta manera, la distancia que media entre ellos, así como preparar los escasos y anhelados encuentros que tendrán lugar (es curioso como después de uno de estos provechosos encuentros, que tendrá lugar en París, el 4 de octubre de 1936, como leemos en la carta 57, pasarán a tratarse en sus misivas con el nombre de pila), y llegar en las misivas, a tal nivel de profundidad intelectual que algunas cartas se convierten en las réplicas y contrarréplicas en auténticos ensayos, como en el caso de la teoría estética de la mercancía. Cartas que le permiten a Benjamin una escritura fragmentaria que encareció en escritos como Reloj regulador y practicar también el aforismo: La filología es aquella inspección ocular de un texto que, avanzando detalle a detalle, fija al lector mágicamente.

Presentes también los comentarios a las lecturas que practican de otros escritores como Proust, e incluso contemporáneos, como le plantea Walter Benjamín a Adorno en una carta de febrero de 1940, la número 117, en la que Benjamin le pregunta (no obtendrá respuesta) si conoce a Faulkner ya qué quiere saber lo que piensa Adorno de su obra, dado que en ese momento Benjamin estaba leyendo Luz de agosto.

Hasta hoy nunca me envió su novela (Walter se refiere a la novela El hijo del hijo pródigo de Soma Morgenster), de la que escuché solo cosas malas de los buenos y cosas buenas de los malos. Las diferencias deben residir en capas más profundas que los de la mera irratibilidad entre escritores.

Benjamin cuenta con la amistad de Bretch, el apoyo de Valéry, con los requerimientos de Ernst Bloch, para que tome postura acerca de uno de sus libros. Adorno mantiene una estrecha relación con Siegfried Kracauer o Max Horkheimer, comenta a Benjamin sus lecturas de novelas como Huracán en Jamaica de Richard Hughes o Viento del Sur de Norman Douglas.

Entre ambos hay una diferencia notable que tiene que ver con la salud económica. Adorno vive desahogadamente. Benjamin, sin embargo, siempre anda en la cuerda floja, en la intemperie económica. Leyendo el espléndido ensayo de Vicente Valero sobre los años ibicencos de Walter Benjamin, nos pudimos hacer una idea del carácter austero de Benjamin, su poco apego a lo material, pero todo tiene un límite y Benjamin sin estar en posesión de una cátedra universitaria o un trabajo estable, debe conformarse con los ingresos que le deparan la reseñas que escribe, o los ensayos, tal que sacar adelante la publicación de su ensayo sobre Baudelaire le permitiría mirar su texto publicado con la indispensable distancia, al tiempo que le daría a su vez de comer, y sorprende la lectura de la parte más mollar de las misivas, cuando Adorno presente todo un arsenal de reparos, objeciones, recomendaciones, supresiones, incluso no dando luz verde a la publicación del ensayo por parte del Instituto de Frankfurt, en primera instancia, y en noviembre de 1938, le pide encarecidamente que renunciara a la publicación de la versión actual y que escribiera otra. Ahí vemos a un Benjamin humilde (que como le oí decir al filósofo Enrique Dussel, este Walter Benjamin es un hombre que abre constelaciones) que va encajando los golpes del exilio, la soledad, la precaria salud, las penurias económicas, su liberación del campo de internamiento de Nevers y regreso a París, todas las trabas administrativas para lograr la naturalización francesa o las dificultades para pagar el alquiler de una habitación cuando los precios se disparen y acabe encontrando temporalmente un techo en la habitación de una empleada doméstica de Else Herzberger, mientras dure la estancia de esta por los Estados Unidos.
Y mientras, Adorno le apoya en sus cartas, se solidariza con él y su situación, pero todo esto a Benjamin le sirve de magro consuelo y ayuda y su desesperación me parece pareja a la de Zweig y así en septiembre de 1940 incapaz de asimilar tanto infortunio, sin la esperanza de un porvenir, decide poner término a su vida, como deja por escrito en la carta 121, que leída es como un mazazo.

En una situación sin salida, no tengo otra opción que ponerle fin. Mi vida se va a terminar en un pequeño pueblo en los Pirineos donde nadie me conoce.

Le ruego le transmita a mi amigo Adorno que lo tengo en mis pensamientos y le explique la situación en la que me encuentro. No me queda tiempo suficiente para escribir todas las cartas que me hubiera gustado escribir.

Tras la muerte de Walter Benjamin, Adorno hizo todo lo posible por difundir la obra del finado.

Las misivas, editadas por Eterna Cadencia, con traducción de Laura S. Carugati y Martina Fernández Polcuch, se ven completadas con Cartas facsímiles, un epílogo a cargo de Beatriz Sarlo, y el Posfacio del editor a la edición alemana.

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Anagramas (Lorrie Moore)

Vengo de leer Berg de Anna Quin escrito con 28 años. Recién acabo Anagramas de Lorrie Moore escrito con 29. Entre ellas media al menos un pársec. La literatura no es una copia de los objetos del mundo, escribe Tavares en su Enciclopedia. Cierto. Hay ciertas ideas que suenan bien como esbozo, luego en la práctica son un desastre. Anagrama: Procedimiento que consiste en crear una palabra a partir de la reordenación de las letras de otra palabra. El título de la novela parece guardar relación con esta idea, porque en Anagramas Moore con un buen número palabras hace algo con forma de novela, en donde los personajes son los mismos pero le suceden cosas distintas en cinco historias que me resultan muy pasadas de moda, insulsas, infantiles, tanto como lo son las relaciones de pareja aquí explicitadas, que quedan muy en la superficie, pues aquí todo es superficialidad y banalidad. Un texto literario previsible no es un texto literario es una guía turística, apunta Tavares. Cuando un cirujano ha de intervenir lo que más le molesta es la grasa, la misma que encuentra el lector en el presente texto, en el que Moore no hace otra cosa que marear la perdiz. Se nace y se muere sólo y en mitad de ese camino, quiero un rato divertido, podía decir Benna. Otros ya lo cantaron en un single de tres minutos. Andarás perdido (aquí perdida) por el mundo se puede decir Benna. Ya fue el título de un libro. Benna no encuentra dónde ahorcarse que suele decirse y Moore aquí precisa casi 300 páginas para expresar ese sentimiento. Ocho años después de Anagramas Moore escribiría ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? ahí sí había músculo, una historia, una reflexión, una escritora.

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Cameron (Hernán Ronsino)

Cameron es la tercera novela que leo de Hernán Ronsino tras Glaxo y La descomposición; me resta de leer Lumbre.
Aún tengo fresca la lectura de la magnífica Vivir abajo y de ahí me vienen imágenes de cárceles que pasan desapercibidas, pues como en los iceberg apenas se aprecia la punta que asoma a la superficie, a ojos de los vecinos, mientras la raíz, su razón de ser, permanece a la sombra, ramificando la violencia y el terror estatal, alimentando la tierra: sementera de cuerpos finados y desaparecidos.

En Cameron, novela breve de apenas ochenta páginas, Ronsino opta por esa misma especie de indefinición, de velamiento, con una ciudad indeterminada, cuyo protagonista, Cameron, vive bajo arresto domiciliario, se acerca a escuchar jazz en una voz femenina, la pasa con un amigo que oficia como locutor radiofónico nocturno y vive apaciblemente en un presente constreñido espacialmente cuyo rebasamiento supone la escorrentía de los recuerdos, el derramamiento temporal, los zarpazos de la memoria, no tanto de la culpa ni del remordimiento, pues pareciera que toda aquella época oscura no fuese más que una noche de resaca que dejara la lengua áspera y una arcada que asomase a los ojos.

La gran virtud de la novela es su clímax, la capacidad de Ronsino para sugerir, para explicar sin explicar, para dosificar la información, la narración de los hechos, la gestión de la memoria, todo aquello que capitalizó en lo que hoy es el demediado Cameron, al que le sustraen una pierna y que vendrá a ser su particular magdalena de Proust, un atentado a cañonazos contra la arboladura de su yo.

Al tirar una piedra en un estanque vemos embobados las ondas concéntricas que crecen ante nuestra mirada, la sorpresa viene cuando en lugar de ondas sentimos descargas, así Cameron, Ronsino mediante.

Eterna Cadencia. 2020. 80 páginas