Archivo de la categoría: Eterna Cadencia

Teoría de la prosa

Teoría de la prosa (Ricardo Piglia)

Teoría de la prosa recién publicado por Eterna Cadencia, recoge nueve clases (magistrales) que Ricardo Piglia (1940-2017) impartió en la Universidad de Princeton en 1995. Antes de morir Piglia dedicó sus últimos meses a revisar el material transcripto. Como herencia para la comunidad de lectores este libro lo considero valiosísimo, pues en él ha cristalizado toda la sabiduría y la experiencia -que es mucha- de Piglia como lector y escritor.

El titulo, Teoría de la prosa, bien podría ir acompañado de un subtítulo: Apuntes sobre el universo onettiano. Esto es así porque las nueve clases, en las que Piglia habla de un sinfín de temas que guardan relación directa con la literatura, todas tienen que ver con Onetti, con su universo de Santa María.

El proyecto narrativo de Onetti es uno de los proyectos más complejos y más elaborados de la literatura no sólo latinoamericana, sino de cualquier lengua. Va a ser difícil que encuentren a alguien que haya construido un universo narrativo tan amplio, con tantos registros y tan consistente […] una construcción narrativa de largo aliento.

…los textos de Onetti, donde se entra y se sale de los hechos reales a una dimensión asociada a la fantasía privada y el sueño, por tanto nunca se sabe qué es lo que realmente ha sucedido. Onetti aspira a que sus textos sean leídos solamente en relación a sus propios textos, lo que es extraordinario.

Un universo en el que no hay un punto de fuga, la metáfora son los suicidios que abundan en su obra, dice Piglia.

En cada clase Piglia recurre a distintos textos de Onetti, y los que más presencia tienen son El Pozo, Los adioses, La cara de la desgracia, Para una tumba sin nombre.

Nos habla de cómo Onetti lleva al límite la autonomía del narrador, basado en un pacto con el lector, fundado en la incertidumbre y el escepticismo, el narrador es el primero que desconfía de la verdad de la historia. La potencialidad de la ficción reside en “hacer creer“, en la ficción están en juego sobre todo la creencia y la emoción, nos dice Piglia.

Habla y reflexiona mucho Piglia sobre el concepto de nouvelle, viéndola más próxima al cuento que a la novela. La nouvelle sería la reescritura de un cuento, afirma Piglia.

En la nouvelle todo está el mismo plano porque el narrador es un narrador que no sabe y por eso mantiene vigentes las alternativas posibles de una historia que él mismo parece desconocer, de ahí deriva esa simultaneidad de posibilidades que hemos visto en Onetti con mucha claridad y que también se podría encontrar en Faulkner o Henry James. En un cuento importa qué es lo que va a pasar, y en una nouvelle importa saber qué es lo que ha pasado.

Faulkner, con quien Onetti comparte con la idea de que no es en el mundo literario donde se debe buscar la literatura, nos dice Piglia y Henry James están ahí como dos presencias tutelares, maestros en el arte de narrar. De Faulkner le viene a Onetti dice Piglia aquel narrador que no es confiable, el narrador que se liga con la historia y no es objetivo. El relato muestra una cosa y el narrador dice otra, como dice Henry James “se muestra y no se dice”. En Onetti el narrador está escribiendo el relato, ojo, no debemos confundir narrar con escribir. Escribir fija el lenguaje, mientras que la narración permanece inestable y se dispersa. La escritura está ligada al presente, mientras que el relato tiende al pasado y a narrar lo sucedido.

Un amigo me dijo un día que leer era escribir en voz alta. Onetti a su vez también tiene su propia idea sobre lo que implica una lectura para el lector:

La relación con una narración implica la construcción de una historia en la cabeza, es decir, también genera un relato que se va construyendo a medida que avanzamos en la lectura. Comprender es volver a narrar.

Dice Piglia que la ficción no depende solo del que enuncia, sino que depende también de la recepción y experiencia del lector. El sentido de lo leído depende de la lectura que uno haga y esa experiencia es intransferible, dice. Esto es así, nos puede gustar un libro mucho o nada y hacernos sentir un sinfín de emociones, pero esto no se puede transferir, el lenguaje ahí tiene un límite, decir que algo me gusta o no, que me ha apesadumbrado o me ha colmado de felicidad, no va a ninguna parte, porque lo que ha sido nuestra experiencia lectora queda sólo para nosotros. La experiencia libresca y cualquier otra experiencia, del tipo que sea no se puede transferir.

En cuanto a esta experiencia, Piglia recupera las palabras de Walter Benjamin que ya enunciaba hace casi un siglo que los sujetos no tenían experiencia, entendida esta como el modo en que un sujeto le da sentido a lo que sucede.
La experiencia se produce cuando el sujeto construye una significación con aquello que ha vivido, dice Piglia. Norman Mailer, pedía a sus lectores que tuvieran experiencias, porque solo si mis lectores tienen experiencias van a poder leer mis novelas y sentir la emoción que se narra.

Buena parte del universo de Onetti se construye sobre el enigma, el misterio y el secreto, y Piglia se encarga de matizar cada uno de ellos, que podemos sintetizar así, empleando las palabras de Piglia: Si tuviéramos que imaginar un relato en el que todo quedara claro, estaríamos fuera de la literatura.

Habla Piglia de una diferencia abismal entre literatura y periodismo, según la posición que tiene el que conoce la historia: Dónde se coloca el que narra la historia y qué relación guarda esa historia con el narrador; qué pacto, qué interés, qué tipo de intriga une a la historia con el narrador.

También hay un momento, final, para hablar del papel crucial y necesario que desempeña la traducción.

El traductor de un libro impone su manera de leer ese libro y siempre hace aparecer otra cosa, por eso los clásicos tienen que volver a ser traducidos, porque el traductor fija incluso el estado de la lengua en ese momento, y ese estado cambia constantemente.

En suma, esta Teoría de la prosa es uno de esos textos fundamentales que nos conviene siempre tener a mano, lapicero en ristre.

Eterna Cadencia. 2019. 216 páginas

Lecturas periféricas: Teoría de la novela (Gonzalo Torrente Ballester)

40969289-A64C-47CB-B26B-8C36761DD3BB

Historias tardías (Stephen Dixon)

Leer Historias tardías, conjunto de relatos de Stephen Dixon publicados recientemente por Eterna Cadencia con traducción de Ariel Dilon, es caminar entre ruinas. Al menos al comienzo, durante los siete primeros relatos, donde la vejez, la enfermedad, la muerte, la ausencia y la tristeza se hacen fuertes, despliegan las alas y su manto negro anega todo. Los protagonistas son hombres que han perdido a sus mujeres. Lo que queda es el espacio libre al otro lado de la cama, la ropa y el aroma del recuerdo de las difuntas impregnando las estancias. Una lanza en el corazón del que se queda al otro lado, en el más aquí. Aquel que recuerda, fantasea con el reencuentro en esta vida y sueña, para arrimarse en los sueños a la carnal ausente. Una herida, en definitiva, que lejos de cerrarse con el paso del tiempo se agrava con el peso del mismo. Gravedad que puede resultar deprimente al lector o bien un aviso a navegantes, para que al acostarnos nos aferremos a nuestro ser querido, si lo hay, como si nos fuera la vida en ello (o mejor, en él/en ella), cual si fuera nuestra tabla de salvación. Lo es.

IMG_20180422_132011

Nuestro mundo muerto (Liliana Colanzi)

El libro lo conforman ocho relatos y una vez leídos no me he dejado huella ninguno de ellos. Pululan ideas interesantes como la de los primeros colonos en Marte, pero la labor del escritor es desarrollarlas y acabarlas con éxito y no he visto nada de esto por ninguna parte. La prosa de Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1981) me parece muy mortecina, muy de manual, muy de buscar temas resultones que quedan muy bien en la contraportada del libro pero que leídos nos convierten en esclavos de Morfeo.
Esperaba muchísimo más, porque tenía entendido que Liliana era un promesa o una realidad, no lo sé exactamente, pero a mí no me ha parecido ni una cosa ni la otra. Será que he leído recientemente novelas muy potentes de autoras como Rita Indiana, Fernanda Melchor o Mónica Ojeda (La mucama de Omicunlé, Temporada de huracanes, Nefando) y esto me ha resultado muy deslavado, escasamente absorbente, relatos que emiten como estrellas luz muerta hacia este mundo nuestro.

www.devaneos.com

222 patitos (Federico Falco)

Ya no compro novelas, hay una edad en la que las historias inventadas dejan de interesar. Ahora solo me llaman la atención las biografías, los ensayos, las memorias de los grandes hombres que ayudan a entender el mundo, que explican cómo fueron, cómo son las cosas.

Esto lo afirma Ada, la protagonista de uno de los doce relatos del mismo nombre, de Federico Falco (General Cabrera, 1977) que conforman 222 patitos. Un sentimiento el de Ada que comparto. A veces al leer novelas acuso cierto cansancio como si lo ahí expresado fuera una fotocopia deslucida de la realidad o una fotografía mate del pasado, algo apagado y mortecino. Es cierto que en los ensayos, biografías y autobiografías uno encuentra a menudo el aliento que necesita, así Ordesa, por ejemplo, sin que sea necesario acudir si quiera a los grandes hombres, ni pretender el entendimiento del funcionamiento del mundo.

En todos los relatos está muy presente la muerte, humana y animal, a saber, un perro que es atropellado, en Muerte de Beba, y al que hay que buscar la manera de enterrar. Un perro que tiene una camada, en Un perro azul y su dueña va apagando, ahogándolos, uno a uno, todos los cachorros alumbrados. Otro gato, en El hombre de los gatos, cuyo dueño que está trastornado encierra en una jaula, cual pájaro, hasta que los barrotes pasan a ser una segunda piel y no queda otra que matarlo para aliviar su sufrimiento. Una madre, en Doscientos veintidós patitos, que en su juventud trató de suicidarse y en su senectud cuando acaricia la posibilidad de rematar lo que empezó se va al otro barrio merced a una bala perdida mientras toma el fresco en la fachada de su casa. O bien, en El pelo de la virgen, una niña cuyo hermano pequeño muere, mientras un compañero de clase de su hermana (de la que está prendado) se piensa culpable al sustraer los cabellos que la joven había dejado en una capilla junto a una Virgen, buscando así la sanación del hermano. O bien en Historia del Ave Fénix, el que muere es un pajarraco, en una atracción de feria, llamado a ser el Ave Fénix, reducido todo a un ardid para sacar dinero a los lugareños. Encontramos un respiro en Un hombre feliz, donde tras muchos ires y venires, el protagonista del relato encuentra la paz y la felicidad. No falta tampoco en algún relato como en Las casas en la otra orilla, el manejo de lo desconocido, la figura de ese extraño que se acerca a un menor con no sabemos qué intenciones, donde una cosa lleva a la otra, y donde salir corriendo resulta la mejor opción. Hablaba de muertos, y los muertos siguen. En El tío vidente, hay un incendio que el tío prevé y una sobrina, hacia la que siente algo que se barrunta sin llegar a explicitarse, que sería víctima del fuego, pero donde a la parca le dan cambiazo. En Pinar hay más muerte, con un relato que me recuerda mucho a Fin de Monteagudo. Se reúnen un grupo de amigos, en unas cabañas, y suceden cosas extrañas, fantásticas, donde una chica se volatiliza. En Cuento de Navidad, las reuniones familiares son el momento propicio para sacar los muertos a pasear y dejar que el pasado fluya por el presente, invocando a los que ya no están y sentándolos en el banquete del ahora.

No entresacaría ningún relato porque algunos como Doscientos veintidós patitos que ofrecen muchas posibilidades como la intención de un sucidio en una familia, narrado por una madre a toro pasado, se queda en agua de borrajas, o en Ada, esa imposiblidad de arraigar de Ada, al pasar de la ciudad al campo al casarse, su posterior desamparo, su consumirse en aquel páramo que para su marido es un oásis, tampoco me acaba de cuajar.