Archivo de la categoría: 2015

Joan-Carles Mèlich

La lectura como plegaria (Joan-Carles Mèlich)

262 fragmentos, más pórtico y telón, en los que Joan-Carles Mèlich (Barcelona, 1961) aborda, entre otros, temas como la ética y la moral, las víctimas, el sentido y el significado, la filosofía y la novela, los límites del lenguaje…

Aparecen en estas páginas escritores como Sartre, Dostoievski, Semprún, Beckett, Woolf, pintores como Rothko, filósofos como Derrida, Ionesco, Wittgenstein, Platón, Nietzsche, Heidegger… Estos últimos solo ponían dos condiciones a sus lectores: ser leídos lentamente.
Muy presente está el holocausto judío: los supervivientes solo dan testimonio de una ausencia.
Las víctimas, la concesión del perdón y su capacidad restauradora, la gestión de la memoria o del olvido.
El escondimiento de algo tan natural e irremediable como la muerte e incluso temas que me parecen de plena actualidad como este pensamiento. “Hay proposiciones vacías de significado que están llenas de sentido”.

Dice Mèlich que ahora para leer filosofía prefiere antes que leer a Aristóteles o Platón leer a Kafka o a Dostoievski al tiempo que se pregunta por qué en las clases de filosofía no se leen textos de Cervantes, Proust, Shakespeare, Dostoievski, Canetti, Espriu…

Me ha resultado muy interesante leer cómo el autor reformula aforismos de otros filósofos y dialoga con ellos, aunque algunas cosillas como ese vivir la vida como una obra de arte ya se lo haya leído con anterioridad a Fromm.

Fragmenta editorial. 2015. 128 páginas

La gran ilusión

La gran ilusión (Mika Waltari)

Mika Waltari
2015
228 páginas
Gallo Nero
Traducción de Luisa Gutiérrez

Esta novela del finés Mika Waltari leo que fue rebautizada como El gran Gatsby finlandés. Así que antes de dar mi parecer he decidido leer El gran Gatsby a fin de comparar, y en algo se parecen, pero escasamente.

La gran ilusión, que da título a la novela, es el amor que Hart, el narrador, siente por la inalcanzable Caritas, un amor no correspondido que se verá agravado en su ninguneo por el amor que Caritas siente por Hellas, el mejor amigo de Hart. El clásico “podemos ser amigos“, que es como hacer pasar el corazón por un embudo.

La novela transcurre en Helsinki en su comienzo y posteriormente en París, tras la finalización de la Gran Guerra, donde parece que todo está por hacer, o por rehacer, y el libro en este sentido más que un individuo, nos plantea una colectividad, una voz que narra que es un nosotros, porque Hart viene a ser la voz de una generación que tras el delirio bélico mundial no sabe bien qué modelo de sociedad quiere, toda vez que el resultado de la guerra según Hart deja una sociedad débil, enferma, apocada. Algo que luego algunos tratarían de enmendar malamente a través del nazismo, con la primacía de la raza blanca, la pureza de sangre, la pretendida sociedad fuerte, vigorosa y sana y que llevó de nuevo a Europa al borde del precipicio tres décadas después de finalizar la Gran Guerra.

Resulta curioso leer como en un momento Hart charla con un alemán que le dice que es imposible que haya una nueva guerra, que los alemanes ya han aprendido la lección, que la violencia no es el camino, un razonamiento que a la sombra del Tratado de Versalles muchos alemanes no compartirían, como hemos podido comprobar, en el futuro.

La novela mezcla el amor incandescente con un sentimiento de angustia, el que experimenta Hellas en pos de su autodestrucción, del regodeo en su sufrimiento, como si la única manera de superar cierto malestar, fuera aboliéndolo de una manera radical. Exitus y punto final.

Con respecto al Gran Gatsby La gran ilusión comparte ese tono frívolo, epidérmico, propio de esas clases altas que ahogan sus naderías en champán caro, se visten con caros ropajes, y dejan que sus conversaciones se agosten tan rápido como lo que dan de sí sus cerebros abotargados por el alcohol y su estupidez inmanente . Si Gastby es todo un personaje, que los demás construyen a base de habladurías, dimes y diretes, aquí los personajes están mejor definidos, sufren más, su dolor es más real, y el sentimiento trágico que desbasta a Hellas casi se palpa.

El amor que Hart siente por Caritas es exaltado, pueril, un arrebol abrasador que a ratos chirría en su desmesura, en sus hechuras hiperbólicas, pero que teniendo en cuenta que esta novela la escribió Waltari sin haber cumplido los veinte años, tiene un pase y que dicho sea de paso me ha gustado bastante más que la novela de Fitzgerald.

Aleksandra Kun

Los palimpsestos (Aleksandra Lun)

Aleksandra Lun
Minúscula
2015
165 páginas

Debuta Aleksandra Lun (Gliwice, 1979) con esta mínima novela, sorprendente y desternillante a partes iguales. El protagonista es Czeslaw Przesnicki, escritor polaco fracasado e internado en un manicomio en Bélgica. Sus problemas mentales le permitan al escritor introducir en su relato a toda suerte de escritores como Hemingway, Conrad, Cioran, Ionesco, Nabokov, Cercas, Gombrowicz, Schulz, Beckett, escritoras como Kristof e incluso personajes como el Doctor Pasavento Vilamatiano, o derivas literarias como el vuelo bartlebiano hacia el abismo del olvido.

Soy autor porque deseo hacer preguntas. Si tuviera respuestas, sería político”.

Esta frase de la novela podría resumir el espíritu esta novela que plantea muchas preguntas que tienen que ver con el hecho de que un escritor decida escribir una novela en una lengua que no es su lengua materna como hace Aleksandra que es polaca y escribe esta novela en castellano. Sobre este hecho podemos reflexionar en qué medida este ejercicio permite renovar la lengua sobre la que se escribe cuando no es la propia. A Czeslaw escribir en antártico no le acarrea otra cosa que problemas cuando los escritores nativos no ven con buenos ojos que un inmigrante venga a quitarles, según ellos, el pan.
En el caso de Aleksandra creo que es imposible determinar si quien escribe es española o no, aunque lo importante no es esto, sino es el resultado de la novela, que es muy satisfactorio.

El disparatado y corrosivo humor que se gasta Aleksandra, su falta de pretenciosidad, lo original de la historia y lo concreto de la propuesta, hacen de este artefacto narrativo una delicia.

www.devaneos.com

Moira (Julien Green)

Julien Green
242 páginas
2015
Automática Editorial

Julien Green (1900-1998) plasma a la perfección en esta notable novela, reeditada por Automática Editorial, en lo que puede derivar ese puritanismo exacerbado que lleva a su personaje, Joseph, emboscado éste en la lectura de las sagradas escrituras, a su perdición. Una perdición que no viene a través de los placeres mundanos, de todo aquello que en su opinión son vicios: el alcohol, las drogas, el sexo, el ocio, sino dando rienda a su belicosidad, a esa rabia y frustración que lo asola y lo devora, que lo torna furioso, en un debate casi diario consigo mismo, luchando entre lo que cree que tiene que ser su destino: ser pastor de la iglesia y lo que su naturaleza humana le manifiesta en cada acción.

Joseph deja su casa en el campo, en la Norteamérica de 1920, a sus 18 años para entrar en la Universidad, y allí es el bicho raro, objeto de mofa por su proceder anacrónico, por su puritanismo llevado al extremo. Encuentra consuelo en David, un joven que siente también la llamada del Señor, de una manera menos violenta, más realista que la suya, entendiendo David que no todos sienten ni viven la religión con esa intensidad, y que la manera de hacer llegar la palabra de Dios a los demás no ha de hacerse con una fusta en la mano, sino más bien a través de la seducción, lo cual tendría que ver con la palabra, la acción y el ejemplo.
Joseph se desespera por ejemplo leyendo a Shakespeare, pues le resulta de mal gusto, vomitivo, obsceno, sin apreciar lo que el dramaturgo logra en sus obras al desentrañar el alma humana.

La presencia de la joven Moira será el detonante de una historia que se cierra fatalmente.

Fruta podrida

Fruta podrida (Lina Meruane)

Lina Meruane
Eterna Cadencia
208 páginas
2015

Dicen que en la casa de Descartes olía a muerto porque el padre de la filosofía moderna creía sólo en lo que veía, así que se afanaba en abrir en canal los cadáveres y hurgar en su interior.
Meruane, la autora chilena de esta novela, rehuye también lo especulativo y se ciñe a lo que ve.

Digamos que la vida es una enfermedad terminal. Digamos que la vida es una enfermedad degenerativa. Enfermedad en todo caso.

Meruane hurga en la enfermedad, en la podredumbre, vivisecciona a sus personajes, busca sus fluidos, sus humores, sus menstruaciones y nos presenta su orina, sus vómitos, su fiebre y esa angustia que consume y devora.

Dos hermanas viven juntas. Una, la Mayor trabaja en una fábrica, como responsable de los pesticidas que permiten que las frutas no se echen a perder, que muestren un aspecto magnífico aunque sea todo fachada. A su lado la pequeña, diabética, siempre al borde de la muerte, con tendencia al abandono. Y esa es, en parte, la tensión que alimenta el relato. La Mayor no quiere que la Pequeña se deje ir. Todo el empeño de la primogénita pasa por lograr que la Pequeña sobreviva, aunque sea en contra de su voluntad.

Culmina el irregular y bastante deslavazado relato con un alegato en contra de un sistema sanitario que se empeña en salvar vidas a toda costa, bajo la premisa de que la salud ajena es un bien de todos, orillando la eutanasia, el suicidio, la libertad personal en definitiva.