Archivo de la categoría: Editorial Páginas de Espuma

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Fábrica de prodigios (Pablo Andrés Escapa)

La lengua es un modo de sentir la realidad

Borges

Hace un tiempo hablé aquí de Mientras nieva sobre el mar, el anterior y estupendo libro de relatos de Pablo Andrés Escapa (León, 1964). Ahora Pablo ha vuelto con Fábrica de prodigios, tríptico compuesto por tres relatos largos o novelas cortas: Pájaro de barbería (86 páginas), Continuidad de la musa (58 páginas) y El diablo consentido (96 páginas).

La nota introductoria y una de las que inician uno de los relatos corresponden a Cervantes y Cunqueiro y es palmario que la escritura de Pablo es tributaria del buen hacer de ambos en lo tocante a la imaginería.

Fábrica de prodigios me brinda una lectura gozosa, deudora de una prosa enriquecida con nutrientes poéticos (la poesía como suprema versión del lenguaje) y muy bien pulimentada, avivada por la sutil imaginación del autor, que cual encofrado de tinta cimentara los tres relatos y en donde la escritura trataría aquí de vencer las requisitorias del olvido, aventando un soplo que es el aliento de la pretendida inmortalidad, el vano intento de dejar huella a nuestro paso por la tierra, de ser memoria en los otros, o bien, en el caso de un escritor, aquella obra literaria que otros leerán en un futuro, aunque sea a costa de buscar múltiples reencarnaciones para como sucede en Continuidad de la musa, propiciar ese instante único, aquel que impida la muerte definitiva a la que nos conduce el absoluto olvido ajeno.

La imaginación se echa a volar en Pájaro de barbería, en donde paradójicamente el pájaro del título hará de su inmovilidad su razón de ser. Aquí, la realidad anodina de un viajante se verá alterada al conocer a un peluquero, Santos, cuya presencia se convertirá en un influjo que pondrá patas arriba la existencia del viajante, quien perderá así su cualidad portátil, para adoptar los presupuestos propios de una estilita. Pablo nos lleva y nos trae como por arte de ensalmo desde un plato colmado de callos en el bar de Corino, hasta Quinangán, en Filipinas; la feracidad tropical infecta entonces el texto que resulta también opulento, profuso en palabras cromáticas, fragantes y emolientes para el ánimo, si no fuera porque al final todo aquello es la estampa de un paraíso infernal, el de Santos, quien cifra certeramente cómo a veces la identidad de uno (la de Santos, víctima de su mutismo) la construyen las elucubraciones y fantasías ajenas.

El referido espíritu cervantino lleva por ejemplo a Serafín, en el El diablo consentido, a confundir y revolver realidad y fantasía, sueño y vigilia (se acuesta cada noche leyendo El Quijote), a tratar de ordenar la realidad a través de su escritura, alterada su mirada por las presuntas asechanzas de un demonio. La escritura sirve aquí como puerta hacia frecuentes extravíos que nos abocan a su vez a copiosos deslumbramientos, pues tal es la naturaleza de estos textos, al hacer uso de las palabras, no como el trilero con los guisantes afanado en el artificio y la impostura de unos cubiletes vacíos, sino como aquel que ensancha la realidad con las herramientas de su fantasía e imaginación y para decirlo con Piglia ese es el triunfo de la ficción, la construcción de una realidad alternativa donde viven y se desarrollan los personajes, porque siendo cierto que vivimos como soñamos…solos, no es menos cierto que también somos lo que soñamos, pensamos e imaginamos.

Páginas de Espuma. 2019. 254 páginas.

Aplicarse al cuento

cuento
Todos los cuentos (Evelio Rosero)

hemingway
En nuestro tiempo (Ernest Hemingway)

felisberto
Narrativa Reunida (Felisberto Hernández)

los-que-duermen
Los que duermen (Juan Gómez Bárcena)

cuentosalvajes

Cuentos salvajes (Ednodio Quintero)

escapa

Fábrica de prodigios (Pablo Andrés Escapa)

Próximas lecturas.

Lecturas 2018

Esta es la relación de los libros que he leído y reseñado en 2018. Una acertada selección de las lecturas me ha permitido sustraerme -y a su vez desafiar los preceptos délficos: ya saben, aquello de “Nada en exceso“- a uno de los grandes riesgos que corremos los lectores compulsivos: el empachamiento.

Feliz año y felices lecturas.

Ecce homo (Friedrich Nietzsche)
Un verano con Montaigne (Antoine Compagnon)
Algo va mal (Tony Judt)
Nuevas lecturas compulsivas (Félix de Azúa)
El silencio de los libros (George Steiner)
De una palabra a otra: Los pasos contados (Octavio Paz)
Fragmentos (George Steiner)
Nostalgia del absoluto (George Steiner)
Autobiografía sin vida (Félix de Azúa)
Hyperion (Friederich Hölderlin)
Parad la guerra o me pego un tiro (Jacques Vaché)
Los Muchos (Tomás Arranz)
Breve historia del circo (Pablo Cerezal) Sigue leyendo

1540-1

Luz de tormenta (Ángel Zapata)

All that we see or seem/ Is but a dream within a dream

Poe

Luz de tormenta de Ángel Zapata (Madrid, 1961) aglutina 61 rayos o fogonazos, distribuidos en cinco grupos de once y un epílogo con seis entradas. Cierra el libro un buen número de dedicatorias. Se escribe para ser leído y también (se ve) para ser agradecido. Textos que caen del lado del microrrelato pues ninguno supera las 20 líneas.

Dado que Zapata en su escritura es surrealista pensaba que estos parágrafos vendrían marcados por una prosa automática. No me he visto en ese trance. Nada que ver. El texto se nota que viene escurrido, de-cantado (bajo la forma de un réquiem, de una voz ultratómbica, de un noser (azul) salmódico) hasta que solo queda el carozo, aunque de hueso los textos tienen poco y me adscribo, dicho sea de paso, al deseo del cuento Puerta cerrada (“Habría que acabar con la dureza…”), a un porvenir emoliente.

Aquí se deja la conciencia en la sala de espera (o del desespero; eso ya va a cuenta del lector) para amasar con palabras nuestro inconsciente, que me evocan a muchas páginas de Cărtărescu en novelas como Solenoide o El ala izquierda, por su naturaleza onírica, en ese desplegar tiras de Moebius donde se licuan realidad y ficción, sueño y vigilia, haz y envés, pasado, presente y futuro; pasado del que vienen los asfódelos del Hades, el Dédalo capaz de poner en movimiento a la Verdad con plata líquida, Oscar Wilde con su sueño de convertir las mezquitas en tulipanes, Durruti disparando a las piernas de la parábola de los vendimiadores; la etimología que nos entere de que tulipán y turbante tienen la misma raíz (y su mismo designio estético).

Hasta tres veces he leído los textos, no para entenderlos mejor, sino para disfrutarlos en mayor medida. No van los tiros -o no es su diana principal- por el lado del significado, aunque sí es un desafío (y por tanto un juego) casar la mordedura del texto con el corazón dentado de cada uno de los 61 títulos. O quizás sí van por ahí los tiros y desconcertado (“No es raro que la tiza caída al pie de las pizarras sea la causa del invierno“) y acertado yo desde el minuto cero, esto se escriba desde una herida emancipada y sin cuerpo.

Oh gueto mi amor

Oh gueto mi amor (Eduardo Halfon)

Mi mala memoria propicia una relectura no intencionada. Oh gueto mi amor es un relato de Eduardo Halfon que apareció en su día en el libro Signor Hoffman, del que ya hablé. No sé si el relato que publica ahora Páginas de Espuma con preciosas ilustraciones de David de las Heras, es exactamente el mismo, o si hay algún añadido o supresión, pero a medida que lo iba leyendo y después de leer la reseña de Signor Hoffman descubro que lo que leía me sonaba mucho. Halfon también hablaba de su abuelo polaco tanto en Monasterio como en Biblioteca bizarra y tiene un libro de relatos que todavía no he leído, El boxeador polaco, que entiendo que guarda relación con su abuelo, pues según se nos refiere aquí su abuelo salvó la vida porque un boxeador polaco durante una noche le enseñó a soltar puñetazos con las palabras.

Halfon se pone cabezón dándole la tabarra a su abuelo antes de morir con que le dé la dirección de la calle donde éste vivió en Łódź hasta que fue enviado junto a sus padres a un campo de concentración. El abuelo accede y entregándole un papel amarillo le viene a decir que ahí le va toda su herencia. Un patrimonio cifrado en la memoria, en un nomeolvides.

Halfon se pone en contacto con su particular cicerone, una tal Maroszek (a la que conoce epistolarmente) que le ayudará a éste en todo lo que se le ofrezca en Łódź. Halfon quiere visitar la casa en la que vivió su abuelo, aunque no sabe bien cómo ponerlo en palabras como tiene ocasión de comprobar cuando la mujer que ahora ocupa el piso le formule esa temida pregunta, qué buscas aquí, qué pretendes encontrar después de tanto tiempo. Halfon no lo tiene claro, pero a veces uno se deja llevar por el instinto, por las ganas, por la pasión, o quizás por un sentimiento de justicia, tal que ir hasta Łódź, es para Halfon algo que tiene que hacer y punto.

A punto de despedirse Maroszek le regalará a Halfon tres libros, de tres personas que murieron en los campos de concentración y que quisieron poner por escrito sus vidas o lo que les quedaba de ellas ante un futuro sin esperanza, ofrecernos su testimonio sobre lo indecible. Leyendo el final del relato, el cual me resulta demoledor y hermoso, no puedo dejar de pensar en estas palabras de María Zambrano: “El escritor quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, en el silencio de las vidas, y que no puede decirse. “Hay cosas que no pueden decirse”, y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tienen que escribir. Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor”.