Archivo de la categoría: Malas Tierras Editorial

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Enero (Sara Gallardo)

A finales de los cincuenta del pasado siglo (y recuperada ahora por Malas Tierras), con menos de 28 años, la argentina Sara Gallardo publicaba Enero.

Va a llegar el día en que mi barriga empiece a crecer, piensa Nefer, recién comenzada la novela. Sin cumplir los dieciséis Nefer queda preñada, no del hombre por el que bebe los vientos (siroco), ni de un príncipe azul, sino de un carnicero que la viola, en esos momentos en los que la sangre se arremolina y el alcohol lo echa todo a malperder: de aquellos polvos estos lodos. Si a la Yerma de Lorca el no poder tener descendencia la atormentaba, a Nefer, el tener un hijo indeseado la aboca a la misma situación, la de querer borrarse del mapa, presa de la angustia.

Nefer vive con su padre, madre y hermanas en una casa con techado de paja en un villorrio, entregados todos a las tareas agrícolas, agropecuarias, domésticas, al servicio de una familia adinerada, en unas tierras masticadas por el sol. La joven rumia su ingravidez en soledad, sin nadie a quien confesarse, sumida en sus pensamientos aciagos.
Se le abren tres vías: suicidarse, abortar o ser madre. Sara Gallardo opta para Nefer por la que sería la vía más común en aquella época.

Sin llegar a la cima que Gallardo alcanzaría con Eisejuaz, Enero es una novela primeriza pero interesante, en la que la autora nos introduce ya en su capacidad para hacer rechinar las costuras de su prosa en la creación de sus personajes y la recreación de unos paisajes muy faulknerianos.

Malas tierras. 2019. 119 páginas

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Berg (Ann Quin)

Recuerdo cuando leí Cosmos que uno de los personajes soltaba, o graznaba «Berg» una y otra vez, una especie de mantra que leído tenía su gracia, quizás porque en tiempos del instituto en clase un grupo de amigos haciamos lo propio con «yoduro«, una tontada que en aquellos momentos nos hacía troncharnos, una palabra en un contexto que no era otra cosa, supongo, que la punta del ice-«berg».

Ann Quin escribió Berg en 1964 con tan solo 28 años. Me sorprende un libro de estas características a tan temprana edad, habida cuenta la agudeza y profundidad psicológica en la que bucea Quin, una novela que se principia así: Un hombre llamado Berg, que cambió su nombre por Greb, llegó a una ciudad costera con la intención de matar a su padre

Un inicio prometedor, sugerente, que sin ser novela negra supura humor negro. Berg tiene la intención de matar a su padre, el cual se volatilizó del nucleo familiar de la noche a la mañana. Berg lidió su niñez y adolescencia con su madre como única, amorosa y férrea (Las madres de un solo hijo eran eso, leviatanes femeninos, las víctimas de cuyo monstruoso amor podrían formar el friso más dramático para rodear la cintura del infierno, como escribiera Armonía Somers en La mujer desnuda) compañía y de su madre Berg va bien pertrechado de cartas cuando decide ir a la busca y captura de su padre. No tarda mucho Berg, ya Greb, en reconocer, o mejor, conocer a su padre de nuevo, bajo una identidad en la que su progenitor no alcanza a ver (o eso parece) a su vástago en una turística ciudad costera inglesa.

A Berg lo separa de su padre el tabique de la habitación contigua de una pensión, en la que éste vive junto a una mujer, Judith. Un tabique que es una ventana abierta por la que se filtran los decibelios sexuales que intercambian los dos tórtolos, también la hiel pringosa de las algaradas parejiles. Berg asume su precaria independencia (lejos de la férula materna) sumido en toda clase de desvaríos sin tener muy claro si será capaz de cumplir con su letal propósito y Quin en su narración, en un mismo párrafo irá alternando la tercera y la primera persona, en un mareante y subyugante cambio de perspectiva entre lo que el narrador piensa y como la autora (otra vez, pero desde otro punto de vista) nos lo presenta. Los ires y venires tanto físicos como mentales (desfilan por estas páginas palabras sacadas de textos de Shakespeare, Esopo, Ovidio, Horacio, François de La RochefoucauldNi al sol ni a la muerte se los puede mirar de frente«, presente también en El mar indemostrable…) de Berg-Greb son un magma desopilante; Quin sitúa un gato espachurrado por aquí, una periquito disecado por allá, un muñeco-espantajaros-presuntomuerto por acullá y Berg hace el resto, imagina cosas, se ve (con)sumido en toda clase de elucubraciones, participando al lector que asiste atónito a un proceder de Berg que resulta, al igual que la narracion, delirante, a medida que Berg entre en la vida y en el cuerpo de Judith, para alterar aún más su fragil realidad, para quien ir al pasado, a los punzantes recuerdos de la niñez, opera a modo de rampa de lanzamiento, que lo devuelven a la calidez del ahora, entre las piernas de Judith, entre las paredes de una casa, una relación, una domesticidad que lo asfixia tanto como el libre albedrío.

El flujo narrativo es vertiginoso, los diálogos van tan engastados que no pierde el tiempo Quin con esto tan manido de dijo, dije, dijo, digo, dime, direte y el lector ha de casar la voz a cada personaje, y no es fácil, porque Quin maneja la trama con mano de prestidigitadora y exige al lector estar al tanto todo el tiempo del cubilete, para no dejar escapar nada, no porque aquí haya un cuerpo serruchado en dos, o porque éste desaparezca ante nuestros ojos, sino porque quizás no haya ni cuerpo.

Leía el ensayo El misterio de la creación artrítica artística de Zweig y pensaba en ejemplos y este libro de Quin me viene al pelo. Cuando una escritora como Quin es capaz de quintaesenciar y segregar todo su talento y vis creativa sobre el papel, pasan cosas mágicas, únicas, irrepetibles como Berg.

Y se preguntarán quién está a cargo de la traducción, o de la interpretación, como afirmaría uno de los traductores, Ce Santiago. El otro es Axel Alonso Valle. Obras como esta precisan traductores o escritores de la misma talla. La conjunción de dos editoriales malastierras_underwood ha permitido al lector tener a su disposición una obra como esta.

malastierras_underwood, 2020, 207 páginas. Traducción de Axel Alonso Valle y Ce Santiago.

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Edén, Edén, Edén (Pierre Guyotat)

Leer Edén, Edén, Edén sin marcapáginas es un puto infierno, infierno, infierno. Es posible que este libro de Guyotat (escrito en 1970 con 30 anos) lo haya «leído» un par de veces, o más.
Si este libro fuese un cómic, los bocadillos serían (de) salchichas, anhelantes de orificios, sin importar cual. La lefa es el pan suyo de cada día. Los cuerpos buscan sexo una y otra vez de manera incansable, entre humanos, con canes. Tras el orgasmo vuelven otra vez a la carga. En su mayoría son relaciones entre hombres en el desierto de Argelia; la palma se la llevan dos putos, Khamssieh, Wazzag, seguido del follamaestre, el pastor (que esconde a lo Copperfield un jaramillo en su ano) y los soldados, siempre prestos para el acoplamiento. Las escenas se repiten, sin apenas variación, en este edén triplicado, que de Edén tiene poco, pues viene a ser un desierto, donde humanos y animales se la pasan copulando. Es posible que no haya nada mejor que hacer. Guyotat pone toda la carne (salchichas y morcillas humanas) en el asador, con un menú compuesto de prosa seminal/espermática, sanguínea, sudorífera, excremental, vomi-tónica. Los cuerpos son sumideros de entrada y salida. Aquí la moral ni está ni se la espera. El sexo es solo eso, no sabemos qué experimentan al hacerlo, al darlo y recibirlo, y únicamente parece atender a la satisfacción irrefrenable de ese impulso. La narración simplemente trata (y lo hace de manera sumamente explícita) de describir y encadenar estos actos sexuales hasta la saturación, sin páginas en blanco, ni interrupciones, todo en bloque; un muro de palabras sin asideros, pasando del acoplamiento al desacoplamiento sin transición. Y en este infierno lector, el céfiro viene de la mano del monumental traductor Giráldez, autor también del epílogo. No le debe haber resultado nada fácil lidiar con un Victorino como este.
Lo del fardel sexual y otras tantas expresiones aquí derramadas serán imposibles de olvidar. Considerada pornográfica en su día gracias a editoriales como Malastierras este triplete edénico lo tenemos ahora disponible en castellano para leerlo y sufrirlo como se merece. Aquí me quedo pues, tras la lectura como una vaca mirando al tren, reamorcillado, estomagado e incluso arcádico.
Y después de esto, qué.

Malas tierras editorial. 2020. Traducción y epílogo Rubén Martín Giráldez. 309 páginas

Eisejuaz

Eisejuaz (Sara Gallardo)

Acabo el año con una de las mejores novelas que he leído en el mismo. Hablo de Eisejuaz de la argentina Sara Gallardo (1931-1988), feliz recuperación de la editorial Malas Tierras.

Manuel Múgica Lainez en una carta dirigida a Sara le decia: !Qué libro extraño y bello has logrado… qué audacia…ójala la gente deje atrás la sorpresa de las primeras páginas y se interne en su singularidad alucinante.

Comparto lo que dice Lainez. De entrada el libro desconcierta pero si uno decide recorrer sus doscientas páginas tendrá la sensación de haber leído muchas más y de haber habitado el subyugante mundo creado por Sara, en cuyo centro sitúa un personaje, Eisejuaz, de los que es difícil desprenderse.

Un Eisejuaz que me recuerda al Christmas de Luz de Agosto de Faulkner aquel blanco de sangre negra repudiado por todos aquellos que no admiten mestizaje alguno.
Eisejuaz es indio mataco y estos lo repudian tras haber permanecido en una misión católica y haber entrado en el tráfico de los blancos laburando como capataz. Y los blancos ídem, porque ven en los indios como Eisejuaz a salvajes, bárbaros, caníbales.

Eisejuaz muerto su mujer está más solo que la una. Es un animal solitario que corre el riesgo de comerse a sí mismo. Pero Eisejuaz tiene una misión, un llamado, algo que cumplir. Está en comunicación con el Señor y sus mensajeros. Una comunicación mediada por la naturaleza con la que Eisejuaz se trata de tú a tú, sin altivez, ni posesión, cogiendo solo lo necesario para subsistir, de forma precaria, pues Eisejuaz pasa las de Caín, pasa hambre, sed, rumia la soledad, el cansancio agotador del rechazo, las constantes provocaciones, pero él resiste a todo y a todos y encuentra la manera de ocupar su tiempo cuidando de Paqui, un hombre al que se ve en la obligación de cuidar, no porque le apetezca sino por cumplir su llamado y dar sentido a su ser. A su alrededor no hay alegría ninguna, ninguna risa, todo es funesto, trágico, violento, descarnado, una mísera existencia tan desposeída que lo iguala a las piedras del camino, al adobe de las casas, a los guijarros del río. Pero Eisejuaz en su empeño, en su capacidad de sacrificio solo quiere hacer el bien, por mucho que les pene a quienes logra ayudar, sin estos saberlo, e incluso granjeándose un odio infinito, voraz, implacable, letal. Ayuda a Paqui como ayudará a una joven a la que le dará la posibilidad de otra vida, sacándola del infierno en la tierra.

Como sucede al leer a Bernhard que inocula en el lector un desasosiego que no cesa ni tras haber acabado la lectura de sus novelas, Sara Gallardo hace aquí lo propio al ir desvelando las andanzas del Atalante Eisejuaz, del Sísifo Eisejuaz, con un lenguaje primigenio, extraño y poderoso preñado de sabiduría y experiencia que se manifiesta bien en los diálogos, con una gramática dislocada, libérrima, que resulta uno de los muchos atractivos de esta novela audaz, sí, genial también.