Archivo de la categoría: literatura argentina

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Caterva (Juan Filloy)

Caterva de Juan Filloy , escrita en 1937, es una de las mejores novelas que he leído y leeré en los próximos años. Llegué a la misma través de una recomendación de JMPA. Filloy murió con 105 años, tuvo una extensa obra, hablaba media docena de idiomas, era un reconocido helenista y su erudición se desplegó bien en novelas como Caterva, de una manera que su lectura resulta apasionante y absorbente.
Filloy, como explica Mempo Giardinelli en su interesantísimo epílogo, afirmaba conocer y manejar más de 70.000 vocablos. Conviene por tanto tener a mano el diccionario para sacarle todo el jugo a la obra. Con más de 100 personajes, la atención se centra en siete de ellos. Siete linyeras o homeless que viven debajo de un puente y que un buen día emprenden un viaje en tren que los tendrá durante unos cuantos días ocupados y preocupados con las circunstancias que la vida a veces nos impone.
Registra bien Filloy el habla popular, criolla, y en los diálogos crepita el humor, una constante que mantiene toda la narración durante casi 400 páginas. Una novela esta que bien merece ser leída lentamente. Seguir en la lectura un deambular parecido al de los protagonistas; así ir de estación en estación, sin apremio, más allá del premio del lenguaje que nos ofrece Filloy.
Al lado del diccionario no ha de faltar el lapicero, el grafito hollando el papel.
Un libro capaz de generar sin lugar a dudas un sinfín de anotaciones, páginas que leer una y otra vez, deleitado ante semejante forma de expresión, con unos personajes que a priori no son un dechado de virtudes pero a los que uno acaba cogiendo cariño y cómo no, lamentando también su pérdida, por el profundo conocimiento del autor del alma humana.
Bien podría hacer una transferencia de las muchas palabras, sentencias, aforismos o reflexiones que han llamado mi atención, pero prefiero que el lector llegue, si llega, virgen, alentado en todo caso por una expectativa que estoy convencido en nada defraudará al avezado lector.

Pablo Katchadjian

Amado Señor (Pablo Katchadjian)

61 formas distintas de manifestarse con el Señor, las que propone Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977), en Amado Señor (editado por Hurtado & Ortega, en su Biblioteca K) , al cual su interlocutor no sabe de qué le está hablando, ni para qué, pero siente que éste le escucha, y así se lo agradece. La escritura aquí se convierte en confesiones que le permiten abrirse a sí mismo para abrirse al mundo, pues el señor aquí es algo polifacético que puede ser relámpago, vida, escarabajo, bendición, sueño olvidado…, porque allá donde el narrador, que habla por escrito, fija su mirada o su pensamiento o sus recuerdos (con sus historias familiares, todo ese palimpsesto genealógico de raíces gitanas, que tras alumbrarnos nos conforma) encuentra la manifestación de la divinidad, que adopta aquí la forma de una conciencia, una aptitud, una actuación, como si ese señor no fuera otra cosa que una proyección, una protección, a veces también una defección de sí mismo. Alguien a quien rendir cuentas del estupor y la maravilla que es la vida, de aquella incerteza que no desaparece cuando se resuelven las dudas, esa tensión entre libertad y falta de libertad a la que nos entregamos, la tensión entre la vida y destino, como si éste último fuese la muerte y la vida todo lo que hacemos, inútilmente, para distraerla o apaciguarla.

Una vivaz narración escalonada, de capítulos enhebrados, que como cuentas de un rosario, recitados cada capítulo en voz alta, quizás operen como mantra, pero que yo la siento (su Voz y su Escritura) como flujo, reflujo e influjo.

La literatura, así agraciada y transmutada, deviene Uno y Trino.

Hurtado & 0rtega. 2020. 152 páginas

El túnel (Ernesto Sábato)

El túnel (Ernesto Sábato)

El túnel, novela de Ernesto Sábato publicada en 1948 es la historia de una obsesión, la de Juan Pablo Castel, que un día al ver a una mujer contemplar uno de los cuadros que ha pintado y reparar ella en algo del cuadro en lo que los demás espectadores parecen descartar, ve ahí el nacimiento de un vínculo entre él y ella, lo que será la génesis de una obsesión, pues a partir de entonces Juan Pablo no deja de pensar en ella, fantasea con qué le diría si la volviera a encontrar y se afana en propiciar el reencuentro.

La novela pone las cartas sobre la mesa desde su comienzo. Juan Pablo declara haber asesinado a la mujer, María Iribarne, y se encuentra en la trena. Su relato podría aportar un porqué, si bien no parece que Juan Pablo se sienta muy atormentado por lo que hizo. Al contrario que por ejemplo Raskólnikov, en el que Dostoievski nos tenía 700 páginas pendientes de si el atormentado asesino confesaba o no su crimen, buscando su redención, aquí el asesinato ya es un hecho consumado y lo que Ernesto plantea en su novela son los efectos letales que tienen ciertos comportamientos amorosos, lo que nos daría pie para reflexionar sobre qué entendemos por amor.

Juan Pablo es un pintor reconocido, elogiado por la crítica, pero no parece que haya nada que lo fije a la tierra, ningún hilo afectivo, así que su paso hasta el momento (hasta sus treinta y pico años) por este valle de lágrimas ha sido un transitar por un túnel y ahí uno solo encuentra soledad, oscuridad y silencio. Pero dentro de ese túnel Juan Pablo no deja de fantasear y cuando conoce a María, su horizonte mental se puebla de sombras, miedos, temores, inseguridades, y la relación que entabla con ella se vuelve enfermiza. No solo quiere Juan Pablo estar con ella todo el tiempo, consumar el ayuntamiento carnal, ser su presente y quizás también su futuro, sino también incluso alterar su pasado, y sus cara-a-cara se convierten por parte de él en interrogatorios, en juicios sumarios en los que analizar con lupa todo lo que ella diga, siempre buscando alguna contradicción, en pos él, de una lógica que trata de explicarlo todo con la razón, cuando Juan Pablo no entiende que una persona como María (ni como el resto) no es un electrodoméstico que viene con un manual de instrucciones y realiza sólo un par de funciones, que María tiene su vida, su pasado, su marido, sus amigos, sus relaciones, sus secretos, su bien preciada intimidad.

Juan Pablo no mantiene la distancia ni posee la lucidez necesaria para ver lo asimétrica que es su relación, si se puede considerar sus devaneos de tal; él siempre buscándola, recriminándole todo tipo de cosas, insultándola, buscando a la desesperada una y otra vez el encuentro, y ella rechazándolo, o aceptándolo a medias y a la fuerza y poniendo tierra de por medio, buscando ella una distancia que solo sirve para echar más leña al fuego de este holocausto amoroso; una distancia insalvable, que él, inerme, solo ve capaz de abolir con la muerte de ella.

En apenas cien páginas Sábato traza con maestría el delirio y malestar de un hombre enfermo de soledad, vacío, amor y desamor con una intensidad y profundidad sostenida de principio a fin.

El descacharrante episodio postal bien hubiera podido formar parte de la película Relatos salvajes.

Eisejuaz

Eisejuaz (Sara Gallardo)

Acabo el año con una de las mejores novelas que he leído en el mismo. Hablo de Eisejuaz de la argentina Sara Gallardo (1931-1988), feliz recuperación de la editorial Malas Tierras.

Manuel Múgica Lainez en una carta dirigida a Sara le decia: !Qué libro extraño y bello has logrado… qué audacia…ójala la gente deje atrás la sorpresa de las primeras páginas y se interne en su singularidad alucinante.

Comparto lo que dice Lainez. De entrada el libro desconcierta pero si uno decide recorrer sus doscientas páginas tendrá la sensación de haber leído muchas más y de haber habitado el subyugante mundo creado por Sara, en cuyo centro sitúa un personaje, Eisejuaz, de los que es difícil desprenderse.

Un Eisejuaz que me recuerda al Christmas de Luz de Agosto de Faulkner aquel blanco de sangre negra repudiado por todos aquellos que no admiten mestizaje alguno.
Eisejuaz es indio mataco y estos lo repudian tras haber permanecido en una misión católica y haber entrado en el tráfico de los blancos laburando como capataz. Y los blancos ídem, porque ven en los indios como Eisejuaz a salvajes, bárbaros, caníbales.

Eisejuaz muerto su mujer está más solo que la una. Es un animal solitario que corre el riesgo de comerse a sí mismo. Pero Eisejuaz tiene una misión, un llamado, algo que cumplir. Está en comunicación con el Señor y sus mensajeros. Una comunicación mediada por la naturaleza con la que Eisejuaz se trata de tú a tú, sin altivez, ni posesión, cogiendo solo lo necesario para subsistir, de forma precaria, pues Eisejuaz pasa las de Caín, pasa hambre, sed, rumia la soledad, el cansancio agotador del rechazo, las constantes provocaciones, pero él resiste a todo y a todos y encuentra la manera de ocupar su tiempo cuidando de Paqui, un hombre al que se ve en la obligación de cuidar, no porque le apetezca sino por cumplir su llamado y dar sentido a su ser. A su alrededor no hay alegría ninguna, ninguna risa, todo es funesto, trágico, violento, descarnado, una mísera existencia tan desposeída que lo iguala a las piedras del camino, al adobe de las casas, a los guijarros del río. Pero Eisejuaz en su empeño, en su capacidad de sacrificio solo quiere hacer el bien, por mucho que les pene a quienes logra ayudar, sin estos saberlo, e incluso granjeándose un odio infinito, voraz, implacable, letal. Ayuda a Paqui como ayudará a una joven a la que le dará la posibilidad de otra vida, sacándola del infierno en la tierra.

Como sucede al leer a Bernhard que inocula en el lector un desasosiego que no cesa ni tras haber acabado la lectura de sus novelas, Sara Gallardo hace aquí lo propio al ir desvelando las andanzas del Atalante Eisejuaz, del Sísifo Eisejuaz, con un lenguaje primigenio, extraño y poderoso preñado de sabiduría y experiencia que se manifiesta bien en los diálogos, con una gramática dislocada, libérrima, que resulta uno de los muchos atractivos de esta novela audaz, sí, genial también.