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Guía de extraviados (Juan Gracia Armendáriz)

El título de esta novela de Juan Gracia de Armendáriz, Guía de extraviados, nos aboca desde su título al oxímoron. La novela, es una carta, aquella que escribe el narrador, a la mujer que desapareció un día, hace tres años, sin dejar rastro alguno.

En la portada vemos una foto pixelada de una figura que se aleja por un camino entre árboles. No vemos si quien pasea es hombre o mujer, incluso niño o adulto, pero esa falta de nitidez, de ausencia, tiene naturaleza de extravío, la foto parece irse diluyendo como un recuerdo que pierde sus contornos en vías de su desaparición.

¿Qué sucede cuándo alguien desaparece sin dejar rastro? El que se queda lo hace con un palmo de narices, no entiende nada. Busca explicaciones sin hallar respuesta válida alguna. Reconstruye los hechos, rastrea las redes sociales, el disco duro del ordenador de la desaparecida, remueve cajones, trata de iluminar los últimos momentos juntos, todo en vano. La desaparición de su mujer es una de las que integran ese 8% de los que no regresan, cuyo caso no se esclarece ni con el regreso ni con la muerte, así que la desaparecida queda en el limbo, no es un víctima que el mar arroje a la playa, es una ausencia que lo inunda todo en la vida del que se queda al otro lado, del que espera y desespera, aquel que se consume en sus pensamientos, que incluso decide investigar por su cuenta o ponerse, ya a la desesperada, en manos de médiums y similares, con la idea de que le puedan dar algún dato sobre el paradero de la extraviada, dando lugar a momentos paródicos que alivian un tanto el peso de la cruz. Cruz de la que el narrador se desclava, llegado el momento, en pos de otros cuerpos, otras pieles, otros humedales, devaneos periféricos que no lo integrarán de nuevo en la rutina, en el amor doméstico, simples mojones en los que se apuntala el deseo, para seguir luego su camino, su ruta, un viaje hacia ninguna parte, hacia una desaparición que le permita volver al punto de partida del casillero, solo que ahora su compañera de partida será un fantasma.

Como hace cuatro años cuando leí la espléndida La pecera, con un estilo reconocible, en esta Guía de extraviados, el autor nos aboca a una situación límite, en la que el narrador se verá capaz (capacidad estéril) de todo, desesperación generadora de situaciones hilarantes, patéticas, escalofriantes, pues como si de la mano de un Virgilio invisible, nuestro dantesco narrador se viera recorriendo los distintos círculos infernales (¿hay algo más infernal que un depósito de cadáveres, un hospital, el cuchitril arrabalero de un médium de medio pelo?) al tiempo que enhebra los días sin alcanzar a pasar el hilo de los mismos por la aguja que no encuentra. Si la hallara él sería una Penélope esperando el regreso de su amado, pero aquí no hay final feliz, ni perros avispados, no hay nada. Solo hay ausencia, vacío, dolor, tristeza, soledad; cinco notas para un réquiem, sin difunto.

Pre-Textos. 2018. 119 páginas

Lecturas 2018

Esta es la relación de los libros que he leído y reseñado en 2018. Una acertada selección de las lecturas me ha permitido sustraerme -y a su vez desafiar los preceptos délficos: ya saben, aquello de “Nada en exceso“- a uno de los grandes riesgos que corremos los lectores compulsivos: el empachamiento.

Feliz año y felices lecturas.

Ecce homo (Friedrich Nietzsche)
Un verano con Montaigne (Antoine Compagnon)
Algo va mal (Tony Judt)
Nuevas lecturas compulsivas (Félix de Azúa)
El silencio de los libros (George Steiner)
De una palabra a otra: Los pasos contados (Octavio Paz)
Fragmentos (George Steiner)
Nostalgia del absoluto (George Steiner)
Autobiografía sin vida (Félix de Azúa)
Hyperion (Friederich Hölderlin)
Parad la guerra o me pego un tiro (Jacques Vaché)
Los Muchos (Tomás Arranz)
Breve historia del circo (Pablo Cerezal) Sigue leyendo

Bienvenido al norte

Muy grata sorpresa la que me llevo cuando descubro que en el camping existe un rincón para la lectura y una biblioteca surtida con obras notables, como Me muerden los relojes de Ángel Guache, donde el autor pergeña una especie de memorias mínimas donde irá dando cuenta de los seres queridos que se han ido, recuerdos de la niñez y juventud, su relación con la escritura y la pintura, con un tono melancólico, como esa invitación al clasicismo paterno a cuyos presupuestos clásicos se acabará acogiendo a una edad pareja.

Ángel Guache (Luanco, 1950) es de Asturias y cuando uno viene aquí de vacaciones a menudo, que llueva (o jarree durante horas y días) en julio o en agosto acaba siendo algo normal y asimilable, tanto como la bruma y los cielos grises. Así, de los distintos textos que componen estas memorias me quedo con este, porque sin ser asturiano lo siento como tal.
Ángel Guache