Archivo de la categoría: Editorial Periférica

Joseph Delteil

En el río del amor (Joseph Delteil)

Pienso en Joseph Delteil que deja su pueblo y se muda a París en 1922 y allá a sus 28 años se faja en la escritura de una novela (esta que nos ocupa con la que llamaría la atención de figuras surrealistas como Louis Aragon y André Breton) que le permitirá viajar mentalmente, a él y a nosotros lectores, hasta lugares recónditos -nada menos que hasta Sajalín, Pekín, Mukden, al río Amur…- fantasear y entregarse al aliento cálido de la voluptuosidad, entre guerras orgiásticas, con mujeres guerreras al frente de distintos ejércitos, y dos personajes, dos desertores bolcheviques como un falo de dos cabezas, la de Borís y la de Nikolái, que desean y aman a las mismas mujeres hasta que en su camino se cruza la correosa Ludmila que los seducirá a ambos, los trastornará, los separará y acabarán río abajo, como esas vidas que van a dar a la mar, todo ello para referir acontecimientos violentos, trágicos, amorosos, sensuales, con una prosa poética, fragante, descriptiva, toponímica, cuyo barroquismo y orientalismo o nos ensimisma y transporta a regiones superiores o alimenta nuestra indiferencia y pasotismo. Me he quedado a medio camino.
La portada del libro me recuerda al cartel de la película El desconocido del lago.

Editorial Periférica. 2017. 136 páginas. Traducción de Laura Salas Rodríguez.

Experiencia y probreza. Walter Benjamin en Ibiza

Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza (Vicente Valero)

Los que hemos leído la estupenda novela Los extraños sabemos lo bien que escribe el poeta, novelista y ensayista ibicenco Vicente Valero (Ibiza, 1963). En Experiencia y pobreza Valero recoge el paso del escritor y filósofo alemán por la isla de Ibiza en dos ocasiones, en 1932 y en 1933.
Como hacía Valero en El arte de la fuga con otras figuras como San Juan de la Cruz, Hölderlin o Pessoa, aquí reconstruye a modo de semblanza cómo fueron esos meses que Walter Benjamin pasó en Ibiza, isla mediterránea a la que llegaría por casualidad, al aceptar la invitación que un día le hiciera en una calle de Berlín Felix Noeggerath.
Benjamin atravesaba entonces una crisis personal tras su separación y llegar a la remota y desconocida isla de Ibiza sería una experiencia balsámica y cauterizadora (me recuerda a lo que vivió Alex Munthe en su estancia en Capri). Allí, a pesar de no tener apenas recursos, que le daban lo justo para pagar una habitación y las tres comidas diarias, se embelesa con el paisaje virgen, la contemplación del mar, el clima benigno -un mundo arcaico, ancestral, primigenio que lo subyuga-, y pasa las semanas despreocupado, dándose un baño en el mar al despertar, luego otro baño de sol y ocupando el resto del tiempo en leer y escribir. Su obra Libro de los Pasajes ya estaba en marcha desde 1927 y escribía entonces Infancia en Berlín. Obtenía ingresos con las reseñas de libros que publicaba en la prensa alemana y con colaboraciones radiofónicas, aunque su situación económica empeorará al llegar Hitler al poder, y por su condición de judío pasará de ser un viajero a un exiliado o un fugitivo, como le sucede al final de sus días.

A través de sus diarios y de las cartas que escribe Benjamin, vemos su día a día en la isla, los contactos que irá haciendo -su relación con Walther Spelbink, Jean Selz, Felix Noeggerath, Verspohl, Jokish, su infructuosa relación amorosa con Toet ten Cate…-su mezclarse con los lugareños, su ansia por escuchar sus relatos, por entender sus costumbres, una suerte de topografía física y humana que pasmaría en sus Discursos interrumpidos I; lo provechosos que le resultan sus caminatas por la isla (modelo para otros andariegos como Walser), lo mucho que le gustan la arquitectura local y esos porxos (las funcionales y sencillas casas ibicencas), la manera en que ese mundo arcaico en el que está inserto y que tanto disfruta va dejando paso irremediablemente al progreso, con la construcción del primer hotel en San Antonio de la mano de José Rosselló, ya que a pesar de que Benjamin se adecúa bien a su día a día austero (el miserable le apodan los del lugar) donde no cuenta en su vivienda ni con luz eléctrica ni con agua corriente, algunos ya ven que el turismo puede ser una fuente de ingresos que proporcionaría a la isla el progreso económico y social que necesita, como tendrá ocasión de comprobar Benjamin a su regreso en 1933 donde hay muchos más turistas que la primera vez, sobre todo alemanes y americanos, se han construido muchas casas, el precio de los alquileres va al alza, y no consigue la serenidad y placidez de su primera vez.

Casualmente Benjamin está allá cuando Franco visita la isla en mayo 1933 como Comandante Militar de Baleares y pasa por delante suyo. Una guerra civil española que marcaría en parte el trágico destino de Benjamin, dado que en 1940 tras haber dejado ya Benjamin Ibiza, recalar en París y hacer varias visitas a Bertol Brecht en Skovsbostrand (Dinamarca), quiere entrar en España cruzando los Pirineos siguiendo la ruta Lister y en el puesto fronterizo de Portbou le impiden el paso, al no tener el visado de salida del gobierno francés. Ante la perspectiva de ir a parar a un campo de concentración en Francia la noche del 26 de septiembre de 1940 decide quitarse la vida con unas píldoras de morfina.

Recorrer la vida de Benjamin y esos años capitales y convulsos comprendidos entre 1932 y 1940 de la mano de Vicente Valero me ha resultado una experiencia muy gozosa. No solo porque Valero sea ibicenco y conozca de primera mano de lo que habla (Valero se ha encargado también de la correspondencia ibicenca de Benjamin en Cartas de la época de Ibiza), sino porque su prosa, al igual que me sucedió cuando leí Los extraños me ha seducido de tal manera que al igual que a Benjamin su primera estancia en Ibiza su lectura me reconforta y alimenta.

El libro lo publicó en 2001 la editorial Península. Periférica lo reeditó en 2017 y desconozco si difiere en algo del anterior, porque no se hace ninguna mención al mismo.

Walter Benjamin en Devaneos | La tarea del crítico

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Una cena en casa de los Timmins (William Makepeace Thackeray)

Será una sátira plena de humor y de ironía que no he visto por ninguna parte. Más bien me ha parecido una sandez y un texto aburrido, a pesar de su brevedad, poco más de 50 páginas. Prefiero, por ejemplo el humor de Maupassant. O puestos a satirizar a la clase burguesa me quedo con Los indiferentes de Moravia.

Lo que se nos cuenta es tan trivial como episódico, a saber, una pareja de clase bien, quiere invitar a cenar a sus amigos y aquello se les va de las manos. La cena resulta un despropósito, pues como se diría ahora aquello les queda muy por encima de sus posibilidades y lo único que consiguen tras el nefasto festín es endeudarse. Relatado a modo de travelling fílmico se nos van presentando los distintos personajes que acudirán o acuden a la cena, algo a considerar pues van justos de espacio, se va engordando el pavo de la tragedia y aquello acaba como el rosario de la aurora.

Probaré con otras novelas más extensas que esta, como La feria de las vanidades o La suerte de Barry Lyndon, adaptada al cine por Kubrick, a fin de poder enjuiciar mejor el -de momento presunto- talento de Thackeray.

El acto de leer ofrece hechos curiosos. Leyendo esta pequeñita obra aparecen por ahí el Sancho de Don quijote, a su vez, leyendo Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos esta tarde me encuentro con la ínsula barataria y de nuevo a Sancho. Así son los clásicos, se ganan el fervor no solo ya de la crítica y del público, sino también de los propios escritores.

Editorial Periférica. 2016. 64 páginas. Traducción de Ángeles de los Santos.

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Catálogo de formas (Nicolás Cabral)

Como si se tratara de La parte por el todo del programa Saber y ganar, los más avispados, viendo la portada quizás se hagan una idea de por dónde van los tiros. El resto, entre los que me incluyo, descubriremos al finalizar el libro que esta novela de Nicolás Cabral (Córdoba, Argentina, 1975) ficciona la vida de un arquitecto, un tal Juan O´Gorman. Salvando este detalle, que según como se mire puede ser fundamental a la hora de drenar el texto, me gusta lo que Cabral hace, mediante un estilo conciso y austero, con frases muy cortas, con capítulos muy parejos en cuanto a su extensión: apenas dos páginas cada uno. Personajes que son arquetipos, universales y me temo que intercambiables, quienes erigen una polifonía de voces como teselas, ante la que es posible que acabemos bastante despistados, afanados en saber quién es quién. Sí, parece que la cosa va de pruebas a superar.

No me quitaba de la cabeza durante la lectura de la novela, Corrección de Bernhard, que aparece en las notas finales, con quien el Arquitecto comparte ese anhelo de evadirse, la obsesión por su Obra como su razón de ser y el continuo replanteamiento y enjuiciamiento de la misma.

Siento curiosidad por leer Las moradas, y no las de Santa Teresa, precisamente.

Editorial Periférica. 2014. 101 páginas

Kim Thuy Periférica

Mãn (Kim Thúy)

Dice la narradora que Mãn significa la enteramente colmada, la que no tiene nada que desear. Curioso porque ella crece sin sueños, sin esperanzas, sin futuro y con un pasado al que va una y otra vez para que sepamos de su existencia triste, de la ausencia de caricias, de la presencia femenina en su vida pretérita y luego un presente con un restaurante (pocas recuerdos son tan poderosos como los evocados por el aroma y el sabor de ciertos platos) y un marido y dos hijos y el tornado de un amor inopinado que brotará y correrá el riesgo de arrasarlo todo: ese nido que dice haber construido ramita a ramita durante dos décadas.

La narración de Kim Thúy (Saigón, 1968) corre el riesgo de resultar ñoña y si no lo es poco le falta. He leído algunos libros traducidos por Laura Salas Rodríguez (como Muerte de un silencio) y tengo la sensación (que ya he comentado en otra ocasión) de que la traducción mejora el libro, pues en los poemas y en libros como el presente cada palabra tiene tal peso específico que cambiar una palabra supone pasar de la tibieza a la emoción.

El otro día leía El canto del cuco en el que Abel Hernández comentaba que en su niñez su madre por las noches le leía a él y a otros familiares el Quijote. Aquí sucede lo propio con Maupassant. Sucede que uno acaba amando a un escritor, luego su lengua, y finalmente su país. En el caso de la narradora quizás esto no sucede pues al dejar Vietnam y mudarse a Canadá, se queda en esa tierra de nadie donde uno no es ya de ninguna parte y extranjero en todos los lugares.

Los apuntes históricos, como la unificación de Vietnam del norte y el sur, con los comunistas en el poder y sus consecuencias (que la narradora sufre en primer persona), son la parte del libro que más me ha interesado.

Periférica. 2016. 134 páginas. Traducción de Laura Salas Rodríguez.