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Morir de risa XXII

Amor cada vez más líquido haciendo aguas por doquier. Ayer, sin embargo, junto a una esquina roma vi a una mujer mayor, antediluviana, situada frente a un señor tan anciano como ella. Le ahormaba el borsalino en la cabeza con pulso temblón, esmero, cariño, ternura. Presumo que mirándolo a los ojos, hablándole con los dedos. Quizás todavía hoy siga él bebiendo los vientos por ella y viceversa, pensaba preñado de romanticismo. No lo sé. Si sé que la escena me produjo un escalofrío, recorriendo mi espinazo con un ramalazo de alegre tristeza enervante.
Abandoné hoy el domicilio a temprana hora, buscando el espacio exterior, encontrando el abrazo inerte de un silencio fantasmagórico. Rumiando mi pereza estabulada, el forraje –más que espuma– de los días. Entre legañas y cuando el lubricán aún era una quimera leí en un cartel apareamiento Gran Vía en lugar de aparcamiento Gran Vía. Servidumbres de una miope mirada lúbrica, sin reflejo. Oí ladrar. A quién salvaría llegado el caso, me pregunté, al hombre o al perro. Un día tuve la oportunidad de salir de dudas y decidí escuchar la voz de mi conciencia antes de actuar. He dicho voz, pero lo que bramaba en mi interior, justo antes de entrar en la casa en llamas, soñada, percutía como un ladrido.
Ahora, cogitabundo, vallejiano, exclamo ante un anfiteatro de calles espectrales: Me moriré de risa, o no, en una ciudad de provincias, con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Gusto de pensar, sin consecuencias, en la muerte cuando no ronda, aunque siempre nos ronde, pero sin sentir su aliento. Cuando me siento como un reloj al que se le agotará inexorablemente la pila o el motor que dejará de funcionar, contar los latidos se convierte entonces en obsesión. Somos el tiempo que nos queda, también el número de millones de latidos de serie con los que venimos a este mundo. Nada más. La vida, una partida de ajedrez con la muerte, banca que siempre gana. A lo más, ir sumando días, con reiteradas tablas, o bien, pillarla a pie cambiado. Elegir el año, mes, día, hora, la herramienta suicida. Vivir la muerte. Acontecerla.
A vista de dron, mi moroso deambular, a los ojos celestiales, seguiría el trazado de dos piezas de tetris formando un cuadrado. No hay valla física ni muro, pero el curso de mis pasos aprendidos crearía una linde, mojón de costumbre reseca, y a falta de una cúpula vegetal, de una Plaza Contrescarpe, recorrería en silencio (si al hablar duplicamos el mundo, mi callar lo achicará hasta su extinción y la mía) un racimo de calles, intramuros, y frente al careto broncíneo de un literato, un tal Gonzalo, pensaré primero en San Lorenzo, Assum est, inqüit, versa et manduca, luego en un Castellio que tuvo más suerte para evitar la hoguera, pagando el pato de la intransigencia y la cerrazón con su espíritu conciliador y humanista, aquel que preferiría derramar su sangre antes que mancharse con la de un hombre que no mereciera la muerte con toda seguridad.

Regreso a casa. Qué lejana siento en esta hora declinante la performance sonora de las ocho de la tarde. Aquellos días con juegos de luces lamiendo las fachadas del patio interior, ante un vecindario convertido entonces en comunidad y necesitado de manifestarse, de palmearse y palparse a través del ruido, hilados por miradas multidireccionales, enmarcados los circunstantes en sus ventanas. Anidaba la cautela, rasguñaba el miedo. La ciudadanía pasaba de ser mero atrezzo y calentaba junto al banquillo, presta a saltar al campo de juego, de batalla, y protagonizar aquellas películas apocalípticas que tantas veces vimos medio adormilados en películas de sobremesa, acompañadas con bocatas de nocilla y refrescos. Un escenario en el que habría supermercados desabastecidos, colapsaría el sistema sanitario, el hoyo de una violencia desatada se haría más y más grande, también la impotencia. El instinto de supervivencia, sempiterno dios menor, predispuesto a machacarlo todo y a todos. Esos días lejanos no se fueron, vuelven en oleadas, con la furia ciega de un tsunami. La titiritera Selene, mientras, sonríe.

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15 años

No se asusten que nada tiene que ver esta entrada con la mítica canción del dúo más dinámico. El objeto de estas palabras es, a modo de bando virtual, informarles (si hay alguien al otro lado de la pantalla) de que este blog cumple 15 años. Ya son. Y que creo que tiene cuerda para rato. Por aquí seguiremos, leyendo públicamente y reseñando. Alrededor de unas 1.300 reseñas en todos estos años. Un blog convertido, puestos a fanfarronear, en una Devaneopedia libresca.

Desearos a todos una feliz entrada de año, mucha salud y muchísimos libros.