Archivo de la categoría: 2018

Lacombe Lucien

Lacombe Lucien (Louis Malle, Patrick Modiano)

Lacombe Lucien es un guion escrito en 1973 a cuatro manos entre Modiano y Louis Malle, que se convertiría luego en una película de título homónimo. Buena parte de la producción literaria de Modiano se construye en torno a la memoria y la ocupación de Francia por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Aquí el protagonista es Lacombe Lucien, joven de una aldea rural francesa que quiere formar parte de la resistencia en 1944 y que al no ser admitido en la misma, contrariado, acaba fortuitamente en el lado contrario, colaborando con la policía alemana y al servicio de los nazis.

A Lucien no le alienta ningún tipo de idealismo, parece ser que la ocupación por parte de los nazis no le supone mayor quebradero de cabeza. Formar parte o no de la resistencia parece tratarse de un juego y la suerte de los judíos se la trae al pairo. El caso es que Lucien se enamora de France, la hija de un sastre judío, Horn. Este enamoramiento, que no deja de ser otro capricho más de una naturaleza veleidosa, parece despertar en el mozalbete otro tipo de sentimientos, no necesariamente compasivos.

Formar parte de la policía alemana le permite a Lucien achantar a quien desee, como hará con Horn, de tal manera que si éste no facilita la relación con su hija hará todo lo posible para que lo encierren. Ya sabemos que no hay nada más peligroso que un don nadie con un uniforme. Lucien vive ajeno al malestar y la zozobra en la que se debaten Horn su hija y la madre del sastre, con miedo a ser enviados a los campos de concentración por su condición de judíos, atacados una y otra vez en su dignidad por toda clase de palabras y acciones contra su persona.

Al final parece que el destino siempre juega sus cartas en un sentido u otro, que todo es puro azar: el ser delatado por un vecino, detenido por la policía, ayudado por quien debe ajusticiarte, o salvar el pellejo por ser objeto del enamoramiento de un mozalbete, de cabeza ligera.

El guion son apenas 150 páginas, que no resultan tan descriptivas ni introspectivas como lo son otras novelas de Modiano. Obra ésta que generó polémica cuando se publicó, pues relatos como este son una patada en la línea de flotación de la alabada heroica defensa francesa contra la Alemania nazi.

Patrick Modiano en Devaneos | Un circo pasa, El callejón de las tiendas oscuras, La hierba de las noches, Accidente nocturno, En el café de la juventud perdida, Más allá del olvido, Recuerdos durmientes, Pedigrí

Tierra de mujeres

Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rural (María Sánchez)

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.

José Saramago

1. La escritura se abre paso como forma de conocimiento de una misma y a su vez de altavoz para otras voces silenciadas. María Sánchez (Córdoba, 1989), conocedora de primera mano del mundo rural que habita y en el que trabaja como veterinaria (como lo fue su padre y su abuelo) reflexiona acerca de la invisibilidad y la discriminación sufridas por la mujer en el entorno rural, predominantemente patriarcal, en el que las mujeres seguían un guion fijo consistente en criar los hijos y ayudar a sus maridos en cuantas labores agrícolas, ganaderas, forestales, hubiera menester, pero cuyo trabajo, labor, faena, siempre quedaba a la sombra del hombre luminiscente, considerada una “ayuda”.

2. Si Virginia Woolf reivindicaba su derecho a una habitación propia, metáfora de una independencia que la sustrajera de los debidos roles de madre y esposa, para poder ser ella misma dentro de esa habitación tan anhelada, María con este ensayo quiere que sea la gente que vive en los pueblos quienes piensen sobre su problemática y acerca de su futuro, que no sean pensados ni interpretados ni rescatados por otros que viven en las ciudades, para quienes su acercamiento al mundo rural por parte de los autores parece atender a una moda, acomodando su discurso romo a unas etiquetas vacías de contenido que nada explican.

3. El ensayo de María es una vindicación de la vida rural en esos pueblos que para ella no son la españa vacía, pues están llenos de vida, de interacción entre sus gentes; vecinos que forman una comunidad y se auxilian y preocupan los unos de los otros, de una forma natural como se ha venido haciendo siempre.

4. No llegamos aquí ex-nihilo y María sabe que después del cordón umbilical hay otros lazos, una genealogía por detrás que nos irá conformando y explicando lo que somos. Hace falta siempre tiempo, dejar correr los años, coger distancia (la que la escritura propicia), para ver entonces a tu progenitora de otra manera, fuera ya del rol de madre y pensarla como a una niña, una adolescente, y poder entonces dar la bienvenida mediante el diálogo a sus recuerdos y pensamientos, al murmullo de los incipientes sueños, al cúmulo de alegrías asordinadas, todo aquel flujo y marea incesante de voces bajas-femeninas-silenciadas a las que María aquí y ahora quiere dar la palabra, empezando por la suya; su voz íntima, familiar, feminista, amparadora.

5. La escritura aquí es por tanto conocimiento, memoria y curiosidad por cuanto rodea a María, quien trata de asir mediante el lenguaje el mundo rural que va menguando ante su mirada, por eso su afán pasa por nombrar las cosas, y darles vida, por querer conocer su pasado hablando con sus familiares mayores y con las gentes que como aquel Cayo (el protagonista de la novela de Delibes) tienen mucho que enseñarnos y nosotros que aprender a nada que el interlocutor ponga un mínimo de voluntad y humildad.

6. Aquí la raíz es lo rural y por boca de María su voz suena auténtica y éste es -aunque hay otros muchos- su mayor logro.

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Primera silva de sombra (Eduardo Ruiz Sosa)

Presumo de los libros y los autores que no leo. Como el tiempo es limitado, hay también un arte en no leer, dice Javier Gomá, mi filósofo de cabecera.
En The Game, Baricco nos explica que los jóvenes, los llamados nativos digitales, tienen dos corazones, el que todos conocemos y el otro, a saber, esas herramientas virtuales que forman ya parte de su ser y que ellos precisan de ambos corazones.
Los que no somos tan jóvenes, los primitivos digitales, aquellos que dejamos la caverna y rumiamos el papel de celulosa con avidez, acarreamos libros de aquí para allá, al girar la cabeza vemos cómo la pila de libros sigue aumentando en las mesillas, sobre las baldas de las estanterías, que la sed, lejos de apagarse se acrecienta.

Hace un tiempo comencé a leer a Proust y me extravié por el camino de Swann, otro tanto me sucedió cuando me aventuré en El libro de los pasajes de Benjamin (dentro de sus obras completas publicadas por Abada). Su lectura permanece inconclusa, y está bien que así sea, porque finalizar un libro y dejarlo en la estantería es despedirse de él, a no ser que medie una relectura. Si queda a medias uno puede volver a él tantas veces como guste, azuzado por el peso de la ausencia y al volver, con un recuerdo a medias, la lectura y el libro son otros. Nosotros por supuesto, también. Recibí un correo en el que su sexagenario autor me refería que era tiempo de relecturas, ya saben: los clásicos: Cervantes, Baroja, Nabokov… A veces apetece eso, sustraerse al aluvión de novedades e hincarle el diente a aquello que vale la pena. O siguiendo a Gomá practicar el arte de no leer. Esa es la teoría, porque a mí el confinamiento aviva mi sed.

Ayer y hoy me he visto y desvisto leyendo Primera silva de sombra de Eduardo Ruiz Sosa, al que tuve ocasión de conocer a su paso por la biblioteca de Logroño, cuando vino a presentar junto a Paco y Olga, su libro de relatos Cuántos de los tuyos han muerto, libro con el que este que me ocupa guarda bastante relación. En esos relatos la columna vertebral era la muerte y sus distintas manifestaciones, causas, consecuencias.

En estos textos Eduardo se sitúa a veces un paso antes y otras un par de pasos por detrás de la muerte. Nos habla de la enfermedad, del paso por los hospitales, su relación con enfermos crónicos, y cómo el lenguaje, en su manera de esculpir la realidad, impone a veces unas barreras falsas como el alta médica, que no deja de ser en ocasiones un preámbulo de la muerte, o bien el poco tacto de aquel que te da unos pocos meses de vida y que no deja de interrogarse en voz alta y frente al enfermo, cómo es posible que vivas todavía, como si uno fuera un desertor de un destino que le venía impuesto por los diagnósticos, las pruebas, la experiencia médica.

Tiene Eduardo una novela, Anatomía de la memoria, que me hace ojitos (¿o es polvo de nube?) desde una de las baldas del salón. Pero todo a su debido tiempo. La memoria es algo clave en estos textos. Porque va muy ligada a la escritura, porque el empeño de todo escritor parece ser el de dejar huella de su paso por la tierra, por muy frágil y precaria que esta sea. Sin memoria no somos nada y Eduardo sabe que recordamos lo que fuimos y lo que no tenemos, a veces porque media la distancia, lejos el hogar, la familia, distancia como espacio físico y temporal en el que ubicar el desarraigo, la añoranza, la ausencia, el anhelo de volver, regresar, siempre y cuando haya alguien que te espere, ya que si no sería una errancia, un ir dando tumbos, un moverse, viajar, abrir capítulos en el libro de la vida, porque Eduardo vincula la escritura con el viaje, con el libro que vamos escribiendo, un libro abierto, ilegible, diría Cărtărescu, que quiero citar aquí, porque quizás tras haber leído su segunda parte de Cegador hace unos pocos días, sigo aún bajo su influjo.
El escritor precisa un cuerpo y en su auxilio vienen todos los escritores objeto de su filiación, que lo socorren con sus palabras, citas, ideas, pensamientos. Esto es miel sobre hojuelas. Pero siendo solo cuerpo, cualquier escritor solo sería un gusano más, la suya una escritura subrepticia. Precisa de alas y eso va a cuenta del autor. Es entonces cuando Eduardo, apoyado y luego despojado de las citas ajenas, echa a volar, rasgando entonces la membrana de su propio mundo, pasando las yemas por el filo de la ausencia del hermano muerto, de la inasumible violencia de su país de origen, no rehuyendo el recuerdo doloroso, tratando de saber cuál es su lugar en el mundo, cuál es su ausencia, su desgarro, la tumba sobre la que llorar y explicitar su pena, y vuela con un lenguaje feraz, propio de un texto selvático, laberíntico, que no habita un centro, porque todo él es centro. Y me pregunto si Gil Paz existe o es una máscara, o un heterónimo de Eduardo. No importa. Dan ganas de ir a Lisboa, de brindar emocionado con copas rotas, de llorar en París sobre una tumba tan gris como su cielo, pero la ensoñación se disipa, porque me dan una mala noticia, pero sé, lo sabemos todos, porque sobrevivir consiste en esto, que de alguna manera tendré que olvidarte. Y nada más, y nada más. Apenas nada más. Siempre la pérdida, la ausencia, la memoria, el vacío, el olvido.

Yo tuve un sueño. El viaje de los niños centroamericanos a Estados Unidos (Juan Pablo Villalobos)

Yo tuve un sueño. El viaje de los niños centroamericanos a Estados Unidos (Juan Pablo Villalobos)

Hace poco más de un mes Eduardo Halfon y Juan Pablo Villalobos pasaron por la ciudad de Logroño, y dentro del festival de narrativa Cuéntalo estuvieron charlando, frente a un público entregado, moderados por Cristina Hermoso de Mendoza, acerca del desarraigo, en una charla que llevaba por título Partirse en dos.

Juan Pablo habló de un libro que había escrito recientemente de crónicas de niños centroamericanos que habían emigrado a los Estados Unidos. Un libro de no ficción que empleaba técnicas narrativas de la ficción, fruto de las entrevistas a diez niños que habían tenido suerte y habían podido quedarse definitivamente en los Estados Unidos. Un libro que le había acarreado problemas, pues la ficción es algo que da impunidad, mientras que tocar temas reales y denunciar una realidad sangrante provocó, como tuvo la ocasión de comprobar, la ira de muchos manifestada con insultos, amenazas, etc.

Los niños migrantes protagonizan también, cierta parte de la última y espléndida novela de Valeria Luiselli, Desierto sonoro y que Luiselli ya había abordado como ensayo en Los niños perdidos.

Las diez historias son muy representativas -mediadas por el buen hacer de Villalobos- del infierno al que se ven sometidos estos niños. Primero en el origen, en sus países centroamericanos que como explica Alberto Arce son fosas comunes donde el ciudadano es un ente de extracción, esquilmado por las pandillas, el estado, el ejército, la policía, que sacarán de él todo aquello que tenga algún valor. De esta manera muchos niños visto el percal y con familiares, madres o padres en los Estados Unidos se despiden de las abuelas y deciden emprender un viaje incierto, donde sufrirán el sol inclemente del desierto, el frío y la humedad de los ríos que deben cruzar, los viajes extenuantes a lomos de la Bestia expuestos a toda clase de amenazas. Si logran llegar a los Estados Unidos, en los centros de detención, en las hieleras, ateridos de frío, sufrirán el hacinamiento de no tener ni un trozo de suelo en el que poder cuando menos dejarse caer como un fardo y descansar. Si les dejan quedarse algunos logran estudiar, acceder a la universidad, tener un futuro, cumplir un sueño. Los menos afortunados serán devueltos, deportados, regresados a los países de origen, a la boca del lobo pues. Otros muchos se quedarán por el camino. Su rastro, su no rostro, será quizá unas floras agostadas dejadas en un poste, junto a unas rocas. Allá donde yacieron, solos, carne de estadísticas luctuosas.

El epílogo de Alberto Arce no es nada alentador, porque las crisis migratorias parecen que lejos de remitir van a más. Los muertos y la violencia van en aumento en todos estos países (Honduras, Guatemala, El Salvador), en los que las pandillas cada vez tienen más presencia, (totalizadora) ocupando por ejemplo a 70.000 jóvenes en El Salvador. Huyendo de estas pandillas se calcula que han huido al menos 190.000 menores de edad centroamericanos en los últimos cinco años rumbo a Estados Unidos.

Sur (Antonio Soler)

Sur (Antonio Soler)

Mi casa está donde estás tú/ los mismos clavos, la misma cruz/ los mismos clavos, el mismo ataúd.

Kutxi Romero

Acertijo:

1. Punto cardinal situado a la espalda de un observador a cuya derecha está el este.
2. También existe, cantaba Serrat, sobre letras de Benedetti.
3. Hay que acudir allá para hacer bien el amor, cantaba la Carrá.
4. “Porque *** no es sólo su mejor novela. Probablemente es una de las mejores de lo que llevamos de siglo.” – Santos Domínguez

Solución: Sur

160 personajes pululaban por La colmena de Cela. Unos 240 en Sur, la última novela del malacitano Antonio Soler. La ciudad es Málaga. No se cita pero es. Ciudad en la que sopla el terral azotando un terruño masticado por el sol y socarrado por este viento durante una jornada de agosto, en el momento presente, en la ambiciosa novela en la que Soler se desparrama durante casi quinientas páginas muy afortunadas.

La novela la podemos visualizar como la analogía literaria del populoso Jardín de las delicias del Bosco. En el tríptico vemos un sinfín de personas ¿cuál es su historia? ¿cuál su destino? El suyo y el de la humanidad, podemos preguntarnos. Si nos situásemos encima de ellos quizás hoy una manita nos permitiese a golpe de clic acceder a una mínima biografía (3 días u ochenta años, ¿importa?) como la que se presenta al final del libro con el censo de los personajes, pero Soler, como escritor, por tanto como demiurgo, no se conforma con situarlos en escena, pues no es esta una foto fija, no es el momento detenido de un cuadro sino que los pone en circulación para que interaccionen, aunque sea en un lapso de tiempo tan breve como el de una jornada, en la que los personajes se desplazarán sobre el tablero de la ciudad (en la que Soler dijera un Hágase la oscuridad, porque aquí a la esperanza le han hecho un ERE y ya ni está ni se le espera y solo menudea el infortunio), por sus calles, pisos, tiendas, bares, tugurios, gasolineras, descampados, como el que principia la novela con la aparición de un hombre tirado entre hierbajos comido por las hormigas. Un tiempo no obstante elástico, como lo es la imaginación -portentosa y fecunda aquí la de Soler- y el tiempo de los personajes quienes haciendo uso de la memoria sitúan atrás la narración, en el pasado, para que en el presente cristalicen por ejemplo la muerte de Dioni -quien sin llegar a salir del armario pasará a ocupar un féretro-, las consecuencias letales de un incesto sostenido en el tiempo, los palos que da gente muy chunga para hacerse con unos cientos de euros, la recepción de la muerte de un padre por parte de un adolescente que solo quiere una rendija en la que meterse y dejar que pase el chaparrón, la pulsión sexual manifestada en los primeros polvos, pajas, mamadas, tríos sexuales, gang bang: el macho dominante en su esencia más seminal; la orientación sexual que brujulea y desorbita hasta la aniquilación la existencia de Dioni. Desplazamientos no solo físicos como los del Atleta quien además de correr sin rumbo (el resto también, sin saberlo) se desplazará mentalmente y por escrito sobre sus diarios donde volcará su inaccesible mundo interior, explicándose sobre el folio en blanco. Está Belita que quiere comprar su trozo de cielo pagando su cuota mensual bajo la forma de unas joyas familiares y un dinero de los que se desprenderá sin consultarlo a su carnal con el aspecto éste de un ecce homo tras pasear su cabeza por las botas de su a(r)mada Belita. Hay un cura que hará de la capa (su castidad) un sayo, jóvenes y no tan jóvenes que harán de su cuerpo escaparate, coto de caza, cueva, abra(cadabra), probeta de ensayo-y-¿horror?, alimentando, si toca, su animal interior.

Si algo tienen estas quinientas espléndidas, flamígeras y terrenales páginas es intensidad, vivacidad, músculo, amén de una muy conseguida mirada panóptica. Soler nos presenta la heterogénea humanidad (magistral la forma en la que Soler ciñe el habla y el lenguaje a cada personaje, dándoles así consistencia, relieve, personalidad, salvando los cantos de sirena del estereotipo, ejerciendo de contorsionista al meter en un mismo párrafo sin más separación que unas comas los distintos hilos narrativos (incluso hay puntos de fuga como aquel tren de ida y vuelta que abandonará Málaga durante unas horas con Céspedes y Carole dentro viviendo un idilio amorfo, absurdo, carnaza por una contricción inexistente) que en la sucesión anhelan la simultaneidad, como si la novela fuera una orquesta de música y el lector pudiera escuchar a la vez el resultado de todos esos instrumentos sonando al unísono, sin sustraer tampoco Soler su potente prosa (háganse el favor de leer las páginas 188-189, 197-199) al barniz vanguardista, cuando el realismo abreva en lo virtual, adoptando algunos diálogos la forma de guasaps) a granel/en estado puro/al natural, ya desbastada por la codicia, la estulticia, el hacinamiento doméstico, la grisalla de un porvenir de tresdé hueco, las cadenas y los cepos familiares, el barrio como fortaleza de salida inexpugnable, el miedo y las cobardías paralizantes y justificadoras, los demonios interiores que hacen su trabajo enturbiando la mirada y fomentando las subrepticias acciones, el sexo liberador como principio-precipicio y al igual que la literatura de alta intensidad –esta literatura- aquello que también nos colma, vacía y conecta con algo que no sabemos qué es pero nos confiere por un momento la caricia de la inmortalidad, el aliento a menta de la plenitud. Esas lecturas, las menos, que le llevan a uno a afirmar para sí al cerrar el libro, aún con el subidón en el cuerpo: ¡Uf, qué barbaridad!

Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018. 512 páginas