Archivo de la categoría: 2018

www.devaneos.com

El uso de la foto (Annie Ernaux/Marc Marie)

Todo son signos. La ropa arrugada dispuesta a lo loco, al azar, sobre el terrazo, el parquet, sobre un sofá, una lámpara… Esa imagen, nos devuelve las horas previas de amor/sexo/pasión/deseo de una pareja, en la cocina, el pasillo, la mesa de un escritorio, la habitación de un hotel…

Annie Ernaux (Normandía, 1940) y Marc Marie (Boulogne-Billancourt, 1962) deciden que de sus encuentros amatorios tomarán las fotos de la disposición de sus prendas y zapatos, que viene a ser algo así como un bodegón del deseo, en el que un liguero o un boxer sustituyen a una yacija, una hogaza, piezas de caza…
Seleccionan las fotos, catorce, en las que no mediará alteración alguna, en las que el objetivo fija y preserva esos instantes.

Luego Annie tiene la idea de escribir sobre las fotos que principian cada uno de los capítulos, fotos en blanco y negro, que se recogen todas juntas al final, en otro capítulo llamado Álbum, ahí ya en color, lo que le lleva a uno a pensar que si directamente se hubieran usado las fotos en color no hubiéramos disfrutado ni tendrían sentido las palabras que Ernaux dedica a hablar del color del calzado, la tapicería, la moqueta, la ropa interior. Marc Marie accede al juego que le propone Ernaux, y cada capítulo va con dos textos escritos sobre cada foto por ambos. Textos que el otro desconoce (con curiosidad y temor hacia lo que el otro haya escrito), y ahí reside parte del encanto de este libro tan original, porque está por ver si la escritura les une o desune.

Los textos amparan la enfermedad de Ernaux, su cáncer de pecho, que se muestra sin velos, tal cual es, enfermedad que dicen forma parte de su relación, un triángulo sexual con ellos dos y la enfermedad de ella. Ernaux recibe quimioterapia, se suceden las visitas al Instituto Curie pero la vida sigue y el sexo vivificante también, el tiempo pasa y escribir sobre las fotos es volver al pasado, ejercer la memoria (volver a las navidades que tan poco gustan a ambos, comprobar cómo París muda de piel y cierran los negocios de antaño; las canciones y las fotografías que podrían explicar una vida), tomar conciencia del principio y el final de las relaciones (Marc deja a su pareja para estar con Ernaux), de cómo lo que aparece en las fotos dice mucho menos que lo que no aparece, la manera en la que las últimas fotos pierden espontaneidad y frescura, al buscar una estética que atenta contra el sentido del instante.

La escritura invade lo íntimo hasta llegar casi a la frontera de la piel desnuda. No hay impostura, ocultamiento, simulacro. La enfermedad va en crudo, natural, sin espacio para el compadecimiento.

Ernaux ya había escrito otros libros que abundan en lo autobiográfico, (Memoria de chica, No he salido de mi noche), pero estas fotos narradas, alimentadas por su prosa (de acero candente) dan lugar a un libro (publicado en Francia en 2005 aquí en 2018), tamizado por los signos de la escritura, que me ha resultado fascinante.

Cabaret Voltaire. 2018. 187 páginas. Traducción de Lydia Vázquez Jiménez

IMG_20191002_184751_2_opt

El París de Cortázar (Juan Manuel Bonet)

Creo que era Félix de Azúa el que comentaba en una entrevista que cada día disfrutaba más leyendo diccionarios de toda clase. El libro que me ocupa, El París de Cortázar, bellamente editado por RM es uno de esos diccionarios (y también manual de consulta) cuya lectura se disfruta de principio a fin, sostenida por una emoción que no languidece; libro que hará las delicias de los cortazarianos (somos muchos los que caímos en su momento rendidos a los pies de Rayuela) y de todo aquel interesado por lo que el siglo XX legó al mundo de las artes.

Juan Manuel Bonet, crítico literario y director del Instituto Cervantes de París en 2013 organizó la exposición Rayuela: el París de Cortázar. En 2018 aquel catálogo se convirtió en un diccionario, ampliado, recogiendo más de 400 entradas, que relacionan París (ciudad en la que residió Cortázar entre 1951 hasta su muerte 1984. Yace enterrado en Montparnasse) no solo con Rayuela sino con otras obras de Cortázar como La vuelta al día en 80 mundos, 62, Modelo para armar o relatos como El Perseguidor (que algunos críticos consideran una rayuelita).

El París de CortázarEl diccionario a través de entrevistas y cartas pone de manifiesto cómo las distintas influencias de Julio Cortázar no procedían solo de otras lecturas (primordial la figura de Cocteau y de su obra Opium que Cortázar leyó a sus 18 años; obra que le abocó a escritores como Lautréamont, Baudelaire, Sade, Proust (Lezama veía relaciones entre Cortázar-Proust en Rayuela; Cortázar comenta que la primera vez, en Chivilcoy no leyó bien a Proust, como sí haría más tarde, “aplicadamente“, en 1952, en París) o pintores como Dalí; autores como Keats a los que veneraba, DumasLos tres mosqueteros que Cortázar releía cada tres años- y otros como Kafka, Flaubert o Vian que son de su preferencia pero que no llegaron a influirlo porque su mundo ya estaba cerrado cuando los leyó; se nos refieren encuentros curiosos como el que Cortázar tuvo con Beckett en una oficina de correos, cayendo uno encima del otro, en un abrazo sin palabras, diálogo que sí se mantendría más tarde a través de las novelas y obras de teatro de Beckett que Cortazar leería; respecto a Joyce y Cortázar, Carlos Fuentes afirmó que Rayuela suponía al castellano lo que el Ulises al inglés), sino también de la pintura (Cortázar expresó sus afinidades más por el surrealismo, el cubismo, el expresionismo abstracto y por autores como Pollock o Klee, que por el impresionismo y Rayuela se conformó como un gran collage (al igual que otros libros almanaques como La vuelta al día en 80 mundos o Último round, con capítulos cortos que son como acuarelas de París) y la música, tal como comenta del swing que busca en su escritura, donde los jazzman están muy presentes en el diccionario, figuras jazzísticas que sustanciarán relatos sobresalientes como El perseguidor.

El París de CortázarLos intereses de Cortázar vemos cómo se disparan en otras muchas direcciones, rebasando los límites de la escritura; se hará con una pequeña imprenta (multicopista Gestetner) para sacar ejemplares de textos que no saldrían de los confines de su biblioteca o de las de sus amigos; mostrará también interés por la fotografía, haciendo sus pinitos. “Dime cómo fotografías y te diré quién eres. Hay gente que a lo largo de la vida sólo colecciona imágenes previsibles, pero otros atrapan lo inatrapable a sabiendas o por lo que después la gente llama casualidad”. Vemos que lo inatrapable Cortázar lo atraparía con palabras en vez de con imágenes, vertiendo sus reflexiones en el relato Las babas del diablo.

El diccionario es también un recorrido topográfico, empeño en el que siguen hoy otros autores como Modiano (el lector siente la necesidad de llevar este diccionario bajo el brazo cuando le surja la oportunidad de surcar y hollar la ciudad da la luz) por las calles, bulevares, plazas, parques, museos, mercados, pasajes, (ahí siempre Walter Benjamin), galerías parisinas (como la Galería Vivienne que aparece en el relato El otro cielo), cafés (Bonaparte, Capoulade, Le Chien Qui Fume, Café de la Paix, Les Deux Magots…) ciudad a la que Cortázar le cogió el pulso, registrando sus aromas, voces, almas, heridas… que irían a dar a sus novelas y relatos parisinos…y entonces ser Lautréamont, ser Laceneaire, ser Nerval en esos barrios húmedos de sus sombras esquivas, solo dadas a pocos gatos y a pocos viajeros: de pronto hay otra manera de ver, la razón de la marcha cesa de ser la marcha de la razón para volverse pacto, cita, recurrencia.

Son recurrentes en el diccionario las menciones a los agradecimientos de Morelli, a las Morellianas, al Cuaderno de bitácora (en el que aparecen textos, citas o se nombran escritores que luego no aparecerán en Rayuela, como Quevedo) y a los libros que se encuentran en la biblioteca de Cortázar, donde se pone en evidencia sus influencias, escritores de su interés (Louis Aragón, Antonin Artaud, Nerval, Francis Bacon, Elizabeth Bowen, César Moro, Leonora Carrington, Max Jacob, Kerouac…) y subrayados en su biblioteca curiosos como aquel en el que Cernuda compara a Cervantes con Pérez Galdós y Cortázar, escribe !No, hombre, por favor!.
Se rinde cuenta de la afición de Cortázar por las listas de toda clase, que lo hermanaría con figuras como Perec; el Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle) lo pretendía en sus filas. Se deshecha la idea de que Pizarnik le inspirara su Maga, pues cuando la conoció la novela ya estaba concluida. Lo que sí parece demostrado es que Pizarnik extravió el manuscrito de Rayuela, que tenía el encargo de pasar a máquina, y que afortunadamente apareció en su selva doméstica. De no haber sucedido así, quizás ahora este diccionario no existiría, o quizás sí y Rayuela hubiera sido aún más grande, si nos ponemos en lo mejor, tal como le sucedió a William H. Gass con la reescritura de La suerte de Omensetter.

Editorial RM. 2018. 208 páginas

Julio Cortázar en Devaneos

Rayuela
El perseguidor
Bestiario

Lecturas periféricas | Cortázar (Jesús Marchamalo, Marc Torices)

Resto qui (Marco Balzano)

Resto qui (Marco Balzano)

Nadie se acuerda ya de los destierros provocados por los pantanos

Julio Llamazares

No es raro en los meses de sequía ver asomando campanarios sobre las aguas de los lagos -pienso en el embalse de Mansilla o en el Pantano del Ebro- a modo de ojo de piedra, atesorando una historia que se nos hurta, como la recogida en el estupendo documental de César Souto y Luis Avilés, Os días afogados, con el hundimiento de Aceredo.

Resto qui de Marco Balzano (Milano, 1978), es la historia que le cuenta Trina a su hija, la historia de su pueblo, Curon; una historia la suya de supervivencia y resistencia que podría hermanarse con La lluvia amarilla de Julio Llamazares, cambiando la soledad de un hombre convertido en el último habitante de un pueblo abocado a echar el cierre, por el empeño de permanecer en un pueblo que en vez de despoblado, desaparecerá anegado bajo las aguas cuando se construya una presa, después de muchos años -aunque no tantos como los que se precisaron para inaugurar la presa de Enciso- de tiras y aflojas entre las autoridades -que van cambiando de manos- y los vecinos, contando incluso con el aliento papal de Pío XII.

Curon es un pueblo ubicado en el Südtirol que tras finalizar la Primera Guerra Mundial, tras la desaparición del Imperio Austrohúngaro, pasará a ser del dominio italiano bajo la férula de los fascistas de Mussolini. Allí reside Trina que sueña con ser maestra junto a sus padres y hermano. La llegada de los fascistas italianos no les trae nada bueno a los lugareños, más allá de una italización impuesta que asumen a regañadientes, afanados ellos en el día a día de sus tareas agropecuarias.

La novela, a pesar de su brevedad: apenas 176 páginas, hace un recorrido que va desde comienzos de los años 20 del pasado siglo hasta el momento presente. Los habitantes de Curon creían que si los alemanes tomaban el poder formarían parte de su territorio, lo cual no sucedió pues siguió bajo dominio italiano. Se les ofreció a los de Curon en el 39 la opción de cambiar de residencia y trasladarse a los dominios alemanes, cosa que Trina y su marido Erich decidieron no hacer.

La historia de Trina y Erich es como la de una gota de agua en el mar de la historia; vivencias personales que se incardinan en el flujo histórico, sin que la narración devenga un aluvión de fechas y acontecimientos, sino algo mucho más doméstico, ligero, manejable, personal (más un plano corto que uno cenital) como es la mera supervivencia, cifrada en llegar al día siguiente, un aferrarse al terruño. Ver anegado su pueblo implica ver desaparecer sus raíces, todo aquello que supone su vida y su lucha tiene un elemento más sentimental que ecologista, porque no se oponen tanto a la presa, que como la construcción de una carretera o un viaducto tiene su manifiesto impacto medioambiental, pero va en el haber del “progreso”, sino que al construirla en su pueblo, este desaparecerá, por lo que esto les afecta en primera persona, y una indemnización no alcanzaría nunca a resarcir el daño irreparable que esto entraña.

La novela, narrada cronológicamente, se estructura en tres actos. Una primera parte en la que vemos a la jovencísima Trina enamorarse de Erich, casarse y ejercer como maestra clandestinamente. La llegada de sus dos hijos y la desaparición de uno de ellos: Marica que se evapora una noche de la mano de la hermana de Erich y a la que Trina nunca más verá; trance que que da lugar a la novela, que viene a ser el relato de su vida y la de su padre, que Trina le ofrece. El clima bélico, el tener que nadar entre las aguas fascistas de Mussolini y Hitler sin que Trina y Erich quieran meter en el agua ni siquiera los tobillos (no como su hijo Michael, seducido por los cantos de sirena nazis), les llevará en la segunda parte a tirarse al monte, convertirse en fugitivos, codearse con desertores, ver pasar los meses escondidos en establos, hacinados como animales, pero subsistiendo gracias a la solidaridad humana hasta el fin de la guerra. Finalmente la novela acaba con el pueblo sumergido, Erich enterrado, toda vez que le han arrebatado todo y su magra esperanza muera al poco, de inacción y Trina consolándose con palabras, vertiendo en el papel su historia, dando cuenta de sus avatares y desventuras, del sempiterno empeño de Erich por permanecer en Curon contra viento y marea, hasta sus últimos días.

Cuando Trina escribe ahora en su cuaderno Curon presenta el aspecto de una villa turística a la que la gente acude a echar fotos al campanile, a navegar por el lago. Ante la mirada inquisitiva del viajero curioso, Balzano nos lega la sugerente historia de Trina, Erich y la de otros muchos que han visto sus pueblos anegados y buena parte de su vida borrada de un zarpazo, poniendo así en el mapa -no solo sentimental- los destierros de los que habla Llamazares.

Einaudi. 2018. 184 páginas

IMG_20190728_163133_2_opt

La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona (Alfons Cervera)

Sospecho que el pasado solo podrá ser enterrado cuando se conozca la verdad respecto al mismo

Hugh Tomas

La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona de Alfons Cervera (Gestalgar, Valencia, 1947) es la guerra sin cuartel que la literatura a veces mantiene contra la desmemoria, contra esa distancia que cubre todo con el oprobio del silencio y el olvido.

En julio de 1965 Los Beatles llegaron a España para tocar en la Monumental barcelonesa. Ese día dos jóvenes salieron de Los Yesares en coche con la idea de presenciar el concierto. A su llegada a la ciudad, la policía los interceptó y los llevó a los calabozos en donde tuvieron barra libre de zumo de porra hasta quedar ahítos, sospechosos de ser terroristas, anarquistas, comunistas o simplemente por llevar el pelo largo, a saber. El responsable de la tortura, antaño laureado, verá como sus sádicos métodos no son válidos (esto es un decir porque en 1982 el Estado seguía asesinando gente impunemente) ya bajo una democracia y el futuro lo arrumbará, toda vez que el daño, mucho daño, y mucho dolor ya estuviera hecho y asimilado por sus víctimas.

Alfons simultanea la barbarie en el calabozo, que me recuerda a las primeras páginas de Twist de Harkaitz Cano, con la voz de un narrador amigo de los detenidos que mediante continuas digresiones y a salto de mata irá refiriendo su pasado, el de una España negra, que no se consumió a sí misma con la guerra civil sino que siguió en su vena más goyesca durante la posguerra a través de la represión –que tan bien recoge Susana Sánchez Arins en su magnífico Dicen-, el exilio, las depuraciones y otras tácticas siempre eficaces de amedrentamiento colectivo.

El texto se pasea por el presente y el narrador no sabe qué responder cuando un joven francés le pregunte por El Valle de los Caídos, monumento de la ignominia que rinde homenaje a un dictador y que después de cuarenta años de democracia sigue ahí dando guerra gracias al miedo de ultratumba capitalizado pero no amortizado, y al que José María Pérez Álvarez le dedicaba unas páginas estupendas en El arte del puzle, ambientadas en la inauguración del mismo en 1959 con el anual Desfile de la Victoria.

Alfons en su muy recomendable y combativa novela se va por las ramas de una biografía ligada a la oximorónica memoria colectiva pero una y otra vez vuelve machaconamente -atenazando al lector- al calabozo la tortura el miedo la náusea el vómito la mierda las ratas muertas el porvenir astillado el crujir de huesos la alborada desángrandose tras los párpados amoragados… para que ese pasado que como dijo Faulkner nunca muere, siga estando siempre presente resistiendo a duras penas al blanqueador de la amnesia. Hay ese empeño. Esa constante.

Piel de Zapa. 2018. 176 páginas

www.devaneos.com

El peso de Dios (Paolo Sorrentino)

Desde que viera allá por 2001 L’uomo in più y tres años después Le conseguenze dell’amore, devine fan incondicional tanto de Paolo Sorrentino como de Toni Servillo, duo que ha seguido brindándome alegrías en películas como Il divo o La grande bellezza.

En 2010 Sorrentino debutó en la narrativa con Hanno tutti ragione, sobre un personaje de L´uomo in più, Pisapia, luego vendrían Gli aspetti irrilevanti, La juventud, que dio lugar a la película del mismo título. En 2016 Sorrentino creó y coguionizó (junto a Umberto Contarello) la serie The Young Pope, con un joven Papa interpretado por Jude Law. Aquella serie de diez capítulos se convierte, sintetizado, en libro gracias a la editorial Stirner con traducción de Víctor Olcina Pita. La irreverente serie, además de una primorosa puesta en escena y una Law bien histriónico deja paso en el libro al quehacer literario y Sorrentino sale muy bien parado. El joven papa, Lenny Belardo, es todo un personaje, es el primer papa americano, joven, apuesto; esbelto, ojos azules, correoso y transgresor.

En la primera página del libro Lenny tiene un sueño, una pesadilla (para él) más bien, en el que se ve arengando a las masas a dejar en manos de las personas la libertad para amarse entre ellos (sacerdotes incluidos) sin importar el sexo, sin tener que reproducirse como único fin, animándolos a divorciarse, a abortar, a reivindicar la muerte cuando no se desea ya la vida, a ser libres en definitiva, porque es ese el único camino hacia la libertad.

Ya como Papa, cargo sorpresivo que Lenny cree que le viene dado como un milagro, premio a su empecinamiento y tras darle mucho la tabarra al Supremo, su postura se vuelve hermética, su proceder recalcitrante, les pone las peras al vino a todos los cardenales, y les viene a decir que la fe es para el que se la curra, que menos postureo y más convicción, que quiere pocos fieles pero de calidad, que manifiesten una devoción e intensidad rayana en lo infinito. No va con él predicar con el ejemplo, evangelizar desde la proximidad y la empatía.

Hay algo que ha marcado y marcará el pasado, presente y futuro de Lenny, esa herida que se mueve en el tiempo es la falta de progenitores, que lo dieron en adopción de chiquitín. Lenny ha crecido con esa ausencia, en una niñez sin infancia, alimentado por un desamparo minorado por Sor Mary, quien a todos los efectos viene a ser como su madre, no sólo espiritual. Toda esta herencia negativa (Lenny solo recuerda de sus padres su olor) le sirve a Lenny para tratar de crear algo y erigirse desde la ausencia para desde esta a la presencia, manteniendo el misterio. Da largas, igualmente, a la hora de dar su primer discurso, pues dice estar creando así la espera.

Lenny al igual que Salinger, Kubrick, Bansky, Daft Punk…, quiere ser invisible, más impopular que popular, impopularidad entendida como una rampa de lanzamiento hacia la leyenda en el tiempo, ser más reconocido que conocido, azuzando así la curiosidad de los demás hacia su persona(lidad).

El texto amén de entretenidísimo es alegre y vivaz, los diálogos de Lenny con todos cuantos le rodean, pienso en Spencer, Kurtwell, Voiello, Ester, Aguirre, Sánchez, son hilarantes, chispeantes, agudos, precisos, incluso sensibles y emotivos y en ellos se filtran la pedofilia, la imposibilidad de tener hijos, distintos milagros, la ansia de poder, las rencillas, las deslealtades, el calcio, los tejemanejes, las traiciones, el vivir en la duda, incluso la fe cuestionada en la que se refocilará el propio papa, cundiendo así la paradoja de que en esta carrera o competición contra la nada todos estamos perdidos, cogidos de la mano, con el sumo pontífice en la tête de la course.

Stirner. 2018. Traducción de Víctor Olcina Pita.190 páginas