Archivo de la categoría: Editorial Baile del Sol

Estantería libros

Lecturas y editoriales

He puesto los enlaces a las editoriales que han publicado los libros que he leído estos últimos años. Una lista que estoy seguro de que no dejará de crecer y que ya supera la centena.

Acantilado
Adriana Hidalgo
Alba
Alfabia
Alfaguara
Alianza
Alrevés
Anagrama
Ápeiron
Ardicia
Árdora
Ariel
Atalanta
Austral
Automática
Baile del Sol
Balduque
Blackie Books
Boria
Bruguera
Caballo de Troya
Cabaret Voltaire
Candaya
Carpe Noctem
Cátedra
Círculo de lectores
Comba
Cuatro Ediciones
Debolsillo
Demipage
De Conatus
Ediciones Casiopea
Destino
Ediciones del Viento
Ediciones La Palma
Ediciones La piedra lunar
Edhasa
El Desvelo
Eneida
Errata Naturae
Espuela de Plata
Eterna Cadencia
Eutelequia
Fragmenta Sigue leyendo

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El verano del endocrino (Juan Ramón Santos)

Si ignoras el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas.

Linneo

Quien se haya solazado sin tasa con las lecturas previas de Paradoja del interventor, Nemo, La sed de sal, El espíritu áspero o Absolución, de otros autores también extremeños -Bayal y Landero- como lo es Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), disfrutará en gran medida con esta fantástica y fantasiosa novela de aire cervantino, en cuanto que su personaje lleva a cabo múltiples salidas del pueblo de Labriegos, tirándose al monte y retornando menoscabado, devenido un ecce homo, sufriendo una y otra vez los rigores de la sed, el hambre y la intemperie y echando mano, llegado el caso, de una bacinilla que hará las veces del Yelmo de Mambrino.

Personaje al que los de Labriegos (Juan Ramón, al igual que Bayal, como creador que es, también erige su propia topografía: Labriegos, Ochavia, Aldeacárdena, Pomares, Trespuestas, Respuestas, arroyo Enjuto, Pedregal…), pueblo al que llega una buena mañana cargado de libros, le colgarán de buenas a primeras el apodo del Endocrino.

La llegada de un forastero a un lugar remoto y sin propósito aparente, convirtiéndose en el centro de atención, no es nuevo. Puede ser un interventor que llega en tren y lo pierde o un Endocrino que llega en taxi. La incertidumbre que genera su presencia es la misma, tanto como la curiosidad ajena hacia sus acciones, omisiones o proceder extravagante.

Lo que mueve al Endocrino en sus comienzos, al contrario que a Alonso Quijano, no es un ideal de justicia, sino más bien la necesidad imperiosa de satisfacer su curiosidad y su saber en todo, tal que esta pulsión deriva en aventuras muy divertidas (que lo arriman ora a un guarda forestal con hechuras de estilita, ora al vigilante de una presa, ora a un zapatero remendón, ora a un Maestro teutón, ora a la vera de un cabrero…), en las que el Endocrino se convierte por iniciativa propia, en detective, naturalista, sociólogo, astrónomo, tratando en todo caso de contrastar sus conocimientos derivados de sus ingentes lecturas con la realidad, la cual le proporciona los mimbres necesarios para constatar lo endeble de sus investigaciones e industrias, pues todo cuanto acomete le sale rana, al menos al principio.

Hablaba al comienzo de novela fantasiosa porque el autor plantea, ya mediada, un hecho increíble. Saramago, por ejemplo, en una de sus novelas hacía que la muerte dejara de actuar durante una temporada, aquí, Juan Ramón hace que la tierra deje en suspenso su movimiento de traslación (no el de rotación), tal que el tiempo y por ende la naturaleza quede en suspenso (y el lector en suspense y, válgame la expresión, también centripetado, lo propio cuando mi entusiasmo lector no ralea ni un ápice a lo largo de la sugestiva y divertidísima narración, auxiliada por el humor y su cariz mitológico (y en gran medida paródico), tan bien traído): las plantas no crecen, los animales no se aparean, los humanos se ensimisman en la reiteración de sus tareas, como si sus costumbres no fueran ya otra cosa que una especie de bucle doméstico, y la realidad se convierte en un día sin porvenir ante lo cual el Endocrino vislumbra entonces la posibilidad, como facultativo en potencia (aunque llamado a ser oracularmente El elegido) que es, de auscultar la tierra por la vía de sus jugos, o secreciones y poner solución a tamaño desaguisado, si no desfaciendo agravios, sí al menos enderezando tuertos (o poniendo de nuevo en marcha la Tierra). Está por ver si el Endocrino estará a la altura de esta Misión imposible. Sigue leyendo

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La linterna sorda (Jules Renard)

De la misma manera que hay editoriales que ponen en el mercado ediciones muy cuidadas y prolijas, otras editoriales este aspecto lo descuidan hasta llegar a límites sonrojantes.
La linterna sorda lo edita Ediciones Baile del Sol. La portada del libro es horrorosa. En ella se ve al autor, Jules Renard, pixelado. El nombre del autor y el título del libro parecen hechos con Wordart. Más allá de esto, luego en la introducción, un tal Genaro Estrada, que además del prólogo hace la traducción, se casca un “excrutador“. Más adelante, ya como traductor, habla de un ratón que “Roza mis suecos, les muerde su madera…“. En Canarias dirán suecos, cuando hablen de zuecos, pero al escribirlo toca escribirlo bien.

Respecto al libro en sí, este es un ramillete de aforismos, microrrelatos y algún relato de más aliento. Aquí sucede lo de siempre, la gran pregunta. ¿Se debe publicar todo?.

De Renard leí con mucho agrado sus Diarios. Aquí, en este batiburrillo algo de lo bueno de allí lo encontramos aquí; está esa mirada, esa confrontación entre lo que pensamos y lo que decimos, como si el lenguaje hablado y escrito, no fueran más que máscaras. Está la reflexión continua sobre la escritura, como ese hombre de letras que gustoso moriría de literatura, donde hay un diálogo curioso, porque a ese hombre de letras que no fuma, no bebe, no juega, no tiene queridas, quienes le increpan, dicen de él que no es un hombre, y lo apuntalan luego con un “es un hombre…de letras” o ese Eloi que cree haber escrito una obra maestra, al recibir los elogios de sus escuchantes, los cuales le colman, pero que al mismo tiempo lo atormentan, si no se ve en el futuro capaz de mantener el nivel, de ser capaz de generar ya por siempre obras maestras.

Renard parece ser un tipo que miraba y miraba bien, que escribía sobre lo que conocía y ese ambiente rural en el que se movía lo plasmó en las Historias naturales, donde la voz a los animales. Alguna me ha gustado como esta:

LA MARIPOSA

Carta amorosa plegada en dos, que busca la dirección de una flor.

Cuando habla de una familia de árboles me gusta esto: “Su muerte es prolongada y conservan a sus muertos en pie, hasta que caen hechos polvo”.

Hay en el resto de libro unos cuantos textos como estos arriba enunciados, que demuestran el ingenio del autor, su humor, su ironía, pero de la misma manera, destellos aparte, otros muchos relatos -la mayoría- son naderías, esbozos, que no aportan nada para el recuerdo.

El problema a la hora de acometer la obra de un autor es que según por donde le entremos, a veces, no nos quedan luego más ganas de seguir abundando en él. Dicho esto, recomendaría ir a sus Diarios, pues ahí Renard brilla, en esta La linterna sorda, Renard no brilla, parpadea y la sensación que queda al leer esta obra de Renard es la de quedarnos sin pilas justo cuando más nos hace falta la linterna.

Ediciones Baile del Sol. 116 páginas. 2011. Traducción de Genaro Estrada.

Libro, literatura americana, 1965

Stoner (John Williams 2010)

John Williams
Editorial Baile del Sol
240 páginas
2010

Algunos libros te reconcilian con la pasión lectora, otros te reconcilian con el hecho de existir, otros, los menos, como Stoner de John Williams, logran las dos cosas a la vez.

Lo mejor que se puede hacer con un libro que te ha gustado mucho es recomendárselo a todo el mundo, en especial a la gente que nunca lee un libro. Así que si no sabéis que libro llevaros este verano a la playa. Si no tenéis claro si llevaros el último de Dan Brown, de Follet o de Dolores Redondo, tomar nota. Stoner de John Williams.

Sigo.

Stoner eleva a la categoría de obra maestra algo tan simple como el hecho de vivir. Pasan cosas en el libro, muchas, incluidas las dos guerras mundiales que tienen cierta presencia en la novela, pero la sustancia interior de la novela, es ese día a día en el que nos consumamos y nos consumimos todos los humanos.

Stoner nace en 1891, vive en el campo con sus padres en una granja y cuando va a la Universidad de Misuri a estudiar una ingeniería agrícola descubre su vocación por las letras, así que deja su futuro en el campo por una plaza como profesor en la Universidad, tras doctorarse.

Acontece la I Guerra Mundial y Stoner no va. ¿Es un cobarde?, pero dar su vida tan alegremente no le parece un buen plan.

John Williams
John Williams

Stoner se enamora de Edith y de seguido se casa con ella. Su luna de miel es de hiel y luego ella lo guía sin denuedo por el camino de la amargura. Unas páginas brillantes donde esa relación que nunca fue tal, se enquista y envevena, gangrenando toda emoción y sentimiento. Para más inri, tienen una hija, Grace, la cual es usada por Edith para hacerle daño, para menospreciarlo y menoscabarlo, al tiempo que ella renuncia durante años a su papel de madre, siempre ausente, siempre en la distancia, siempre enferma. Lo suyo es una náusea existencial.

Ahí va un pequeño texto de la novela.

John Williams Stoner

Y si hay amor y desamor a raudales, también habrá luego amor incandescente, furtivo esta vez, porque a fin de cuentas, lo que nos mueve a Stoner y al resto de los mortales es el deseo y la pasión. De nuevo unas páginas fascinantes donde Williams describe los episodios de ese amor furtivo que crece, explosiona y acaba con un epílogo no por menos esperado, indeseado.

La vida en la Universidad es un nido de víboras, donde a Stoner no le falta algún enemigo dispuesto a hacerle la vida imposible, si bien a Stoner más allá de la indecencia de algunos, la docencia le permitirá hacer en la vida aquello (y quizá lo único) que se le da bien, que es dar clase, concebido este hecho, casi como una disciplina artística.

Williams ya en el final del libro podría dejarse vencer por el sentimentalismo, provocando la lágrima fácil en el lector, pero de nuevo Williams, que a estas alturas del libro, a mí ya me tiene comiendo de su mano, acomete el final de la novela con un tacto exquisito y una limpieza y sobriedad que desgarran.

La imagen mental de ese libro deslizándose despacio y cayendo en el silencio de la habitación supera con creces los tan manidos lugares comunes que pueblan la literatura de la enfermedad.

No perdáis más tiempo leyendo reseñas sobre este libro y leerlo y luego me dais las gracias.

Stoner: sí, la vida fue/es/será esto.