Archivo de la categoría: Literatura Francesa

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Jules (Henri-Pierre Roché)

Hay una literatura proclive a la voluptuosidad. Una placentera sensación al leer, como la de sentir que te pasan un plumero por la cara y se entremezclan entonces el placer y el escalofrío. Así, los seis relatos (Jules, Los papeles de un loco, Un coleccionista, Soniasse, El señor Arisse, Un pastor) de Henri-Pierre Roché (1879-1959), publicados por Errata Naturae con traducción de Vanesa García Cazorla, ofrecen estas sensaciones de manera sutil y elegante.

Unos relatos se cierran de manera muy explícita como sucede en Jules, Los papeles de un loco o Un coleccionista. Otros, la mayoría, son finales abiertos a la interpretación como Un pastor, donde se suceden acontecimientos un tanto inexplicables, con ovejas dando vueltas como derviches, azuzadas por la sed y en manos de un pastor al que parecen faltarle varios tornillos y que las va ultimando entre brote y brote. Esa voluptuosidad que comentaba se manifiesta en esos hombres que anhelan, fantasean y sufren con la idea del cuerpo femenino (con su afán de poseerlo entrando en él) y los goces que no obtienen de ellos, aunque los tengan ahí mismo (detrás del tabique) como le sucede al protagonista de Soniasse. Voluptuosidad y deseo que llevado a la práctica y por exceso puede conducir a la locura al protagonista de Un coleccionista, para el que no existe más tragedia que no poder seguir disfrutando del goce carnal. Relato que ofrece esa dualidad entre el amor carnal y la voluptuosa amistad (Cuando digo amigo, no lo digo por decir […] Me había despertado una de esas profundas simpatías, tan raras en mí, que jamás me habían defraudado […] Yo me preguntaba por qué quería a este amigo, por qué las cosas sencillas que él me decía tenían para mí tanto valor, pero no encontré otra respuesta que la vieja contestación de Montaigne: Porque es él). En otra vuelta de tuerca, Roché integra los avances técnicos con el deseo sexual no satisfecho, para brindarnos El señor Arisse, ese tipo de relatos envueltos en un halo fantástico que por mucho que se relean resultan herméticos. Los papeles de un loco es una gozosa ida de olla, donde se alterna la transición de un zumbado que pasa de serlo TODO, y tras la cópula, a los puntos supresivos, a la NADA

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Recuerdos durmientes (Patrick Modiano)

Modiano de nuevo. Recuerdos durmientes es la última novela escrita por el escritor galo en 2017 y publicada en España en 2018 por Anagrama con traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Miraba lo que había escrito cuando leí Accidente nocturno y Un circo pasa, y creo que se podría armar una reseña con jirones de todas las reseñas de los libros que he leído de Modiano en estos últimos años. Aquí, como en algunas de las novelas anteriores, aparecen los progenitores de Modiano, brillando por su ausencia. Modiano acude a internados y a sus 18 años, desamparado, el único consuelo que parece encontrar le viene de sus paseos por los bulevares parisinos, por su estancia en cafés de toda clase, registrando conversaciones ajenas que irá anotando en cuadernos, durmiendo en pensiones, hostales, con trabajos librescos precarios, siempre sin rumbo fijo (pero sin salirse de los distritos parisinos), aquejado de un nomadismo urbanita al que parece verse abocado irremisiblemente.

En 2017 Modiano echa la vista hacia atrás, nada menos que cinco décadas, para situarse en el año 1965, cuando el escritor contaba 20 años. De ese pasado, de los recuerdos durmientes del título de la novela, entresacará el rostro de varias mujeres, unas jóvenes, otras mayores, con las que compartió episódicamente un tiempo de su juventud y con las que casualmente volverá a reencontrarse pasado un tiempo, como si éste no hubiera pasado. Sabemos que en Modiano la intriga es demasiado leve, nada que ver con las novelas de misterio donde hay que poner siempre cara al asesino, desentrañar sus motivaciones, tener al lector infartado en su leer y cosas por el estilo. En el caso de Modiano el misterio, el suspense, la intriga, se cifran aquí en fichas policiales, en las que aparece el joven Modiano (sin llegar a ser identificado), cuando acompañó a una joven, a la que auxilia, la cual ve cómo muere accidentalmente un individuo en su casa.

Escribir es volver al pasado, también exorcizarlo, escritura como liberación, al referir hechos ocurridos hace más de cincuenta años, que siguen ahí remordiéndole al autor la conciencia, y también tratar de poner cara, a esos nombres y apellidos que aparecen en sus cuadernos y comprobar cómo muchas de las direcciones que ahí aparecen son edificios que han dejado de existir, negocios clausurados, hoteles reconvertidos en apartamentos. Aquel mundo que como se dice en la novela parecía estar conteniendo el aliento antes de su desaparición. Un mundo anterior a internet, donde los números de teléfonos, las direcciones postales, las conversaciones ajenas, se iban anotando en agendas, cuadernos, servilletas, donde las guías de teléfono eran el facebook de hoy.

La literatura en la obra de Modiano parece ser un edificio con dos salidas y tres plantas, con distintas habitaciones en la que cada una de sus puertas le conducirá al pasado, a distintos momentos de su trayectoria vital, puertas que al final vemos cómo van enmarañando los distintos hilos temporales, pues todas ellas parecen conducirnos a un mismo punto, al eterno retorno de lo mismo.

Patrick Modiano en Devaneos:
Un circo pasa
El callejón de las tiendas oscuras
La hierba de las noches
Accidente nocturno
En el café de la juventud perdida
Más allá del olvido.

Patrick Modiano

Para que no te pierdas en el barrio (Patrick Modiano)

Cada equis tiempo, entre unas lecturas y otras, el cuerpo me pide un Modiano, como me pide también un Bernhard, un Bové, un Dostoievski, un Aira, un Bolaño, quizás porque leer a Modiano es como volver a casa, encontrar cierto amparo y recogimiento, abrazarse a una topografía ya conocida, a medida que vamos hollando el terruño Modianesco, que es la ciudad de París.

Modiano es cierto que parece escribir siempre la misma historia (corriendo el riesgo de que todas las reseña sean también la misma), donde cada novela fuera una variación sutil sobre un eje principal. Aquí el protagonista es, Jean Daragane, un escritor que vive como un ermitaño en su casa, sin hablar con nadie durante los últimos tres meses, cuando esa aparente calma se rompe, cual papel de celofán, ante una llamada inesperada al móvil (esta breve novela de apenas 140 páginas, con traducción de María Teresa Gallego Urrutia, se publicó en Francia en 2014), en la cual su interlocutor, un tal Gilles Ottolini, quiere quedar con él para entregarle una agenda con teléfonos que Daragane olvidó bajo el asiento de una cafetería en una estación, lo que da pie para que se conozcan, para que Gilles le presente a su pareja, le pida un favor, lo que conduce a Jean (como es marca de la casa) hacia el pasado, a fin de desvelarse a sí mismo quién es Guy Torstel, en quien está interesado Ottolini. En la anterior novela que leí de Modiano, Más allá del olvido, también había un triángulo formado por dos hombres y una mujer, casas de apuestas, y un pasado que como todas las novelas de Modiano es el protagonista absoluto.

Ese pasado de Daragane se convierte aquí en búsqueda, exploración e investigación y también en un entretenimiento para Jean, que sale así de su monotonía, habitando por un tiempo la vida privada de otras personas a las que no esperaba conocer.

No sabremos si al recordar, al reconstruir, Modiano inventa, o si se ciñe a los hechos, a esos retazos de su vida que van apareciendo a lo largo de su obra, y que como limaduras van aferrándose a una barra de metal inoxidable, sustrayéndose (o intentándolo) al corrosivo olvido. Bucear en el ayer le lleva al protagonista nada menos que a transparentar su infancia sin padres, de la mano de una señora que le cuidaba y la cual lo iba a poner a buen recaudo en Italia, evocando unos momentos que su mente había clausurado pues volver a ellos le causaba dolor, tanto como el verse en la estacada con el corazón en la boca al oír un mundo que se desmorona cifrado en el rugir de un motor a la fuga.

Patrick Modiano en Devaneos | Un circo pasa, El callejón de las tiendas oscuras, La hierba de las noches, Accidente nocturno, En el café de la juventud perdida, Más allá del olvido

Mitologías de invierno. El emperador de Occidente (Pierre Michon)

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Cuando leí El origen del mundo, de Pierre Michon (Cards, 1945), esta lectura pasó por mí sin dejar rastro alguno. He disfrutado sin embargo ahora lo que sí está escrito con otro libro suyo, que son dos novelas. Mitologías de invierno y El emperador de Occidente, y aún más con la segunda que con la primera.

Mitologías de invierno, como apunta Ricardo Menéndez Salmón en el prólogo, y cuyo nombre, al contrario que el del traductor, Nicolás Valencia, aparece en la portada junto al autor del libro, es una suerte de bestiario, de doce personas, ubicadas entre Irlanda y el Causse Francés a lo largo de la historia; abadesas, obispos, reyes, caudillos, médicos o espeleólogos, jóvenes dispuestas a morir para conocer así a Dios, asoman aquí, para tomar vida con apenas cuatro trazos, y conducirme al asombro (la thaumasía de los griegos), ante ese paisanaje humano tan variopinto; asombro que supone como decía Lledó “descubrirme al otro“, donde brilla el poder de la palabra escrita (que se lo digan a Columbkill, el lobo, guerrero y monje el cual cuando deja la espada, cabalga de monasterio en monasterio, donde lee: lee de pie, tenso, moviendo los labios y frunciendo el ceño, con esa violenta manera de entonces, que tampoco nos es concebible. Columbkill el Lobo es un lector brutal), lo sobrenatural (como el Rey capaz de hablar la lengua de los pájaros), el ansia de poder, y esa tentación que les ronda y que no saben si les viene de Dios o del Demonio.

El emperador de Occidente nos sitúa en el siglo IV, siguiendo las gestas (ya pasadas) de Alarico, Rey de los Godos, venciendo este a los Romanos y referidas por alguien muy próximo a él, Prisco Atalo, un tañedor de lira que le acompañó en sus campañas bélicas y que luego exiliado y pensionado en la isla de Lípari dialoga con el joven Aecio, quien se verá finalmente batallando contra los hunos Atila en los Campos Cataláunicos.
Sobre ese fondo histórico Michon monta una delicada pieza de orfebrería, de poco más de 60 páginas, que avanza en vertical pues su corta extensión es engañosa, ya que al igual que otras obras como Ravel de Echenoz, Terraza en Roma de Quignard, o La siesta de M. Andesmas de Dumas, vienen a demostrarme que no son necesarias cientos de páginas para crear una narración poderosa, una vibrante y emocionante ficción.

Ediciones Alfabia. 2009. 166 páginas. Prólogo de Ricardo Menéndez Salmón. Traducción de Nicolás Valencia.

Lecturas periféricas | Decirlo todo (Enrique Vila-Matas)

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El orden del día (Éric Vuillard)

Hace tres años disfruté mucho leyendo Tristeza de la tierra, la otra historia de Buffalo Bill de Éric Vuillard (Lyon, 1968), que publicó recientemente El orden del día, galardonado con el Premio Goncourt. El estilo se repite, el empeño por bucear en la Historia entresacando su cara menos amable, también, lo cual siempre es de agradecer.

Vuillard, en El orden del día (con traducción de Javier Albiñana) fricciona la historia para hablarnos de los años del ascenso nazi, y la tibieza de la comunidad internacional, la anexión de Austria a Alemania (Anschluss​) sin apenas alzar la voz, de un ejército alemán que era puro oropel, cuando anexionan Austria, pues sus carros de combate se quedaban tirados en las cunetas (a resultas de lo establecido en el Tratado de Versalles: También será igualmente prohibida la fabricación e importación en Alemania de carros blindados, tanques y otros artefactos similares que puedan servir para fines de guerra), de la nula resistencia que ofrecieron a los nazis las grandes empresas alemanas: BASF, Bayer, Agfa, Opel, IG Farben, Siemens, Allianz, Telefunken… su colaboración económica con el nazismo, antes de la guerra y durante, pues muchos judíos serían empleados en estas fábricas hasta que morían de hambre o de frío, tratados como animales. Como cuenta Vuillard luego en muchas webs de estas empresas, este pasado o se maquilla, o se ningunea, pues a pesar de todo no parece que las magras compensaciones económicas que se llegaron a pagar en algunos casos a los judíos supervivientes, cantidad irrisorias de 1500 dólares, como hizo Krupp (cuya financiación de la campaña electoral del nazismo, con una cifra exorbitante de un millón de marcos de la época, se recoge en la novela Una comedia ligera de Eduardo Mendoza), fuese una compensación voluntaria, fruto del arrepentimiento, sino a instancia (y a regañadientes) de requerimientos judiciales.

Dice Bernard Pivot que esta es una novela fulgurante y una lección de moral política. Cierto. Pone los pelos de punta, tanto como enerva leer este trepidante, subyugante y necesario relato de Vuillard, ante tanta tropelía y tanto desmán, donde el alma humana de todos estos jerifaltes no fue más que una ciénaga.

Leía ayer Novela de ajedrez de Zweig, autor judío que se suicidó en 1942 junto a su mujer cuando ambos estaban exiliados en Brasil. Podemos entender el suicido ante la barbarie y la ignominia como una victoria o como una derrota, o como aquí expone Vuillard, considerar el suicidio (como los que acontecieron en Austria cuando personas como Leopold Bien, Alma Biro, Karl Schlesinger, deciden suicidarse al ver el trato inhumano que se daba a los judíos) el crimen de otro.