Archivo de la categoría: Literatura Francesa

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A la sombra de las muchachas en flor (Marcel Proust)

Sigo avanzando en la lectura de En busca del tiempo perdido. Finalizo el segundo volumen, A la sombra de las muchachas en flor. Si en la primera parte, Por el camino de Swann, la mayor parte de la narración consistía en exponer la relación que se traían Swann y Odette, en este volumen Proust, en su ejercicio de memoria, nos sitúa en la costa normanda, en el puerto-balneario ficticio de Balbec, frente a una playa. El amor se filtra en su vida, primero de la mano de Gilberta, la hija de Swann (por lo que este, de manera indirecta, vuelve a estar presente) y más tarde a través de un grupo de chiquillas, una bandada, de la que queda prendido. Dos mujeres son centro de su atención: Andrea y Albertina. Otras mujeres, de más avanzada edad, como Madame de Villaparisis, amiga de su abuela, también tiene un peso importante en la historia. Como en el primer volumen, la narración avanza, o mejor, se desarrolla, a través de continuas metáforas, de un rico y voluptuoso lenguaje con el que Proust se demora y retroalimenta, con el que trata de describir, hasta el agotamiento, la mella que en él hará el amor. No importa tanto la mujer que le proporcione y suma en ese estado amoroso, como el estado en sí, algo para él inédito que quiere disfrutar en su totalidad, a sabiendas de que el reverso del amor es sufrimiento, el desvelo, los comezones.

Hay también figuras masculinas alrededor del narrador, como el pintor Elstir, o Robert, el sobrino de Madame de Villaparisis.

El ambiente en el que se mueve el narrador es de la aristocracia, el de la burguesía almidonada, cuyo tiempo es empleado en fiestas, recepciones y comidas, que tan bien describe Proust, no sin cierta ironía, pues no parece que todo aquel ambiente de alto copete, aquel “cogollito” que tan bien conoce y detalla, sea muy de su agrado. Las clases medias permean en la historia a través de la figura de Francisca, la ama de llaves del narrador.

Pero aquí la memoria tiñe el recuerdo de un peso ligero, apenas grave, dulzón y romántico, casi un arrullo, pues lo que Proust narra ni corta ni rasguña, más bien se me antoja como una delicada, dulce y suave melodía que podemos tararear entre dientes, un día soleado, caminando bajo la sombra de los árboles, admirándonos de la belleza de la Naturaleza circundante, expectante ante lo que el porvenir tenga a bien poner en nuestro camino. 1100 páginas leídas y sigo avanzando por este camino con El mundo de Guermantes, tercer volumen de esta heptalogía memorística. No obstante, he de concluir diciendo que disfruté más del primer volumen, quizás por lo que este tenía de novedad.

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El rayo verde (Julio Verne)

Un amigo residente en Dublín me hizo conocedor de este podcast acerca de Julio Verne y su relación con Vigo. En el podcast se menciona El rayo verde, obra de Julio Verne no tan conocida como otras, tales como 20.000 lenguas de viajes submarino o Viaje al centro de la tierra.

Caminando días atrás entre los puestos de la feria del Libro en La Coruña, vi uno de la editorial Eneida, y allí estaba a la vista El rayo verde, novela que adquirí. Creo que es la primera novela que he leído del autor galo.

El rayo verde es una novela de aventuras, una singladura marítima de cabotaje, en la que Helena, una joven huérfana e intrépida al cuidado de sus dos tíos, se empecina en ir en busca del rayo verde, ese destello, el último rayo que el disco solar lanza antes de hundirse en el mar, cuya contemplación depara al espectador el verdadero verde de la esperanza, tal como Helena lee en un artículo en el Morning post.

A la joven Helena sus tíos la quieren desposar con un científico erudito, Aristobulus, que es tan plasta como pretencioso. Inopinadamente conocen a otro joven, un pintor, Olivier, que tamiza la realidad con la poesía y a quien ir en busca del rayo verde se le antoja también una aventura muy ilusionante.

El periplo los hará descender por el río Clyde, ir al golfo de Corryvreckan, arribar a Oban, Iona, Staffa, por las Hébridas escocesas (archipiélago de 500 islas, de las que 400 están deshabitadas), en un recorrido topográfico, histórico y etnológico. No hubiera venido nada mal después del índice, un mapa en el que situar las localidades y lugares que se mencionan.

La narración, publicada en su día por entregas en el periódico francés Le Temps en 1882, resulta alegre, divertida, romanticona, interesante, pues le suceden un montón aventuras como la acontecida en la gruta de Fingal, y vence el amor.

Julio Verne (1828-1905), muy aficionado a la ciencia y precursor de muchos inventos que luego se materializarían, ridiculiza bastante a ese científico presuntuoso y prosaico, cuya erudición solo le sirve al poseedor de la misma. En contraste, el pintor Olivier es fantasioso, valiente, un hombre de acción, capaz de cualquier cosa, incluso ofrecer su vida por salvar la de su amada.

Me ha gustado leer a Julio Verne y me ha picado el gusanillo por leerlo más, después de escuchar este podcast (el episodio cuatro) de Bruno Galindo en La biblioteca de Julio, creo que seguiré con 20.000 leguas de viaje submarino.

¿Cuál es vuestra novela favorita de Julio Verne?

Leyendo frente al mar

Por el camino de Swann (Marcel Proust)

Concluyo Por el camino de Swann (con traducción de Pedro Salinas), el primero de los siete volúmenes que conforman En busca del tiempo perdido de Proust. Y lo hago con ganas de seguir leyendo más. A pesar de lo que un amigo me comenta acerca de que según los entendidos en Proust no es necesario leer los siete volúmenes y se puede proceder a seleccionar algunos y desechar otros sin cometer un crimen. Veremos.

Lo que me resulta muy evidente es que Proust tiene la gran virtud, propia de los grandes escritores, de hacer interesante cualquier cosa que sea objeto de su pluma. Como un Rey Midas que todo lo que toca la convierte en oro, así Proust consigue dar vivacidad no solo a todo cuanto ve, escucha y lee, sino que en un ejercicio sisifiano de memoria, es capaz con virtuosismo y un detallismo extremo de contarnos durante cientos de páginas la relación, que, por ejemplo, mantienen Swann y Odette. Para Proust todo es literatura, así nos dice que el hecho de que algo de cuanto tiene ahí en mano en su realidad circundante le sea interesante o no, depende de que antes haya pasado por el tamiz de la literatura, es decir, que alguno de sus escritores favoritos haya incidido sobre ese paisaje, cuadro o campanario, viendo así acrecer su interés.

De hecho el narrador, el propio Proust, dedica sus días a la lectura y la contemplación, desde su más corta edad. Mediante continuas comparaciones Proust, logra que su prosa no resulte plomiza, sino vivaz y muy interesante, en las continuas observaciones, reflexiones y pensamientos que le asaltan en esa guerra sin cuartel que es echar mano de la memoria y traer al presente el pasado literaturizado.

Muy bueno.

A la sombra de las muchachas en flor. Volumen 2.

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El triángulo de invierno (Julia Deck)

El triángulo de invierno, con traducción de Magalí Sequera, es una nouvelle de Julia Deck (París, 1974), recién editada por Eterna Cadencia.

Novela que es una narración desconcertante, cuya protagonista es una joven la cual quiere darse la oportunidad de construirse una nueva identidad. A tal fin, echará mano del nombre y del parecido físico del personaje femenino de una película de Éric Rohmer, Bérénice Beaurivage.

Su anhelo, la necesidad de ser otro/a, por la vía rápida, se me antoja un anhelo común, tanto como la necesidad de querer sustraerse a ciertas servidumbres, como la laboral. Y no porque no esté capacitada para trabajar, que lo está, sino que cualquier ocupación y tarea la aburre enseguida, en cuanto se vuelve reiterativa.

La narración es el vagabundeo de la joven, en un recorrido topográfico, que la lleva por Le Havre, Saint-Nazaire, Marsella, París, y de nuevo Le Havre, con ecos modianescos y la sequedad y parquedad en la prosa de Marguerite Duras. El título, El triángulo del invierno hace mención a la figura que se forma en el cielo si unimos con líneas rectas las tres estrellas, Sirio, Procyon y Betelgeuse, que en la novela hacen mención al nombre de unos buques.

La paradoja está en que la joven quiere ser otra y al mismo tiempo no ser, no llevando este deseo suyo hasta sus últimas consecuencias, hasta al suicidio, sino empequeñeciéndose, invisibilizándose, quitándose del medio, no ocupando un lugar -aquel que a regañadientes le ofrece el Inspector, el hombre de cuyo brazo se cuelga- ni un tiempo que se le antoja baldío. Porque la pregunta que parece propicia es cómo ocupar el tiempo, qué hacer con él, y asimismo con su cuerpo y mente, con todo este determinismo que nos constriñe, personaliza e identifica y que ella quiere hacer volar por los aires, con su hacer y no hacer, acción y omisión en la que palpita la contradicción que enaltece esta narración.