Archivo de la categoría: Ensayo

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W. G. Sebald en el corazón de Europa (Christian Crusat)

Cuando Vila-Matas piensa en Sebald habla de su prosa brumosa y compacta, donde el autor (prosiguiendo con Pitol) disuelve las fronteras entre los géneros, haciendo que desaparezcan los índices y los textos consisten en fragmentos unidos por una estructura de unidad perfecta; una prosa a cuerpo descubierto, la prosa del nuevo siglo.

En su última novela, Europa Automatiek, Crusat reflexionaba sobre Europa con un texto mixtura de novela y ensayo. Para seguir abundando en la idea de Europa en estos ensayos Crusat recurre ahora a la figura de Sebald, el escritor que camina, observa y escribe, cuya poética deambulatoria, según Crusat, fundó una ética de la miniatura, la pequeñez y lo inadvertido, que representa también una ética literaria: al contemplar una imagen durante un buen tiempo, ciertas cosas emergen.

No sabemos si el corazón de Europa es un mineral como el de la portada del libro; mineral suma de otros minerales. Algo complejo, proteico (o polifacético), una amalgama de múltiples nacionalidades, religiones, creencias, y si existe para todos los que pisamos el suelo europeo un sueño, o siendo más prácticos, un proyecto en común. Se habla de Bosnia, y vimos atónitos cómo una limpieza étnica fue posible en el corazón de Europa hace menos de tres décadas. Viendo el documental de Anna Armengol, This is Bosnia: L’altra cara d’Europa, es evidente que las heridas siguen abiertas en Bosnia 25 años después, el odio latente y pensando en la siguiente guerra, que se sucede inexorablemente cada 50 años. Si Bosnia, que arrastra las cicatrices de las divisiones religiosas, históricas y políticas europeas, y que le recuerda a Europa sus más profundas heridas, no se presenta a su cita con la historia, la próxima guerra le obligará a hacerlo. (Petar Ramadanović)

Al hilo de lo expuesto por Crusat cabe preguntarse cómo lidia Europa con el fantasma de los Balcanes. Si el sentimiento europeo no es acaso resentimiento inter-nos, cuando ante situaciones de crisis como los rescates europeos de hace diez años, o ahora ante una crisis sanitaria y económica las sensibilidades están a flor de piel y tardamos poco en ver volar los cuchillos, las invectivas, donde el Sur parece ser el patio de recreo de los países del Norte.

Crusat va provisto en su viaje de una abundante bibliografía: excelente materia prima, ahí Judt, Ferlosio, Kiš, Sloterdik, Innerarity, Chatwin, Améry, Auden, Citati, y un largo etcétera. Todo este compendio de citas ajenas son la columna vertebral de un texto poliédrico, fundamentalmente literario que con Sebald como estandarte trata de explicarse qué es Europa, qué surge de toda esa masa humana heterogénea, de ese sumatorio de nudos ferroviarios, de los frutos de una vida colectiva, sin dejar de lado aspectos como el predominio de la imagen y la desmemoria, tal que hoy a los jóvenes les encandila más el relato de un superviviente de un reality que el de un superviviente real de un campo de concentración nazi, quizás porque carecen de una viva vivida (y cada día menos vívida) como anunció Benjamin, a medida que las experiencias humanas son cada vez más pobres.

No hay aquí mirada panóptica sino mirada a ras de ojo, La Europa retratada por Sebald es una abigarrada e inconclusa (o tal vez inacabable) maqueta; mirada dirigida a las ruinas, toda vez que el siglo XX es el siglo de la destrucción y de la muerte a nivel industrial. Un siglo XX en el que se pasa de viajar en carro a volar al espacio, siglo plagado de inventos, que por la parte del atesoramiento y posterior coleccionismo se cifra en el nacimiento de los museos, las enciclopedias, los parques zoológicos, los Wunderkammern, una acumulación ingente, a veces interesada, que sirve así para clausurar el pasado.

Habla Crusat de Tabucchi y nos dice que éste confiesa sentirse más europeo que italiano. No sé si esto es extensible a la ciudadanía, ahora que las banderas nacionales ante la crisis surgen a borbotones, como los caracoles después de la lluvia, con la idea de que a más nación menos Europa. Si la CEE surgió a mediados del siglo XX como un dique para futuras guerras, avanzando luego en la unión económica y monetaria, no sé en qué punto se encuentra hoy la integración de los pueblos, o si esta es deseable, y hasta qué punto el sentimiento europeo no se ha desnaturalizado, a pesar de una mayor movilidad (mayoritariamente aérea) entre países, dejándolo todo en manos del mercado, el comercio y el turismo (un turismo sin viajeros).

Leer a Crusat es un viaje, un zigzagueo, una odisea bien iluminada, un relato deambulatorio vigoroso, sugestivo, emocionante, un transitar por los pliegues, un asombrarse ante el palimpsesto que nos presenta y las preguntas que nos invita a hacernos, y todo ello con una prosa porosa, sí, la del nuevo siglo.

WunderKummer. 2020. 144 páginas

La sabiduría de lo incierto

La sabiduría de lo incierto (Joan-Carles Mèlich)

Las semanas de confinamiento, a nada que reparamos en ello, ponen en evidencia lo precario y contingente de nuestra naturaleza. Hoy es una pandemia global, mañana será cualquier otra amenaza.

La sabiduría de lo incierto de Joan-Carles Mèlich (Barcelona, 1961), resulta más oportuno que nunca y me ha acompañado y amparado durante un mes y medio. Este conjunto de ensayos aborda muchos temas pero hay uno que me atañe en especial y es el que tiene que ver con la condición lectora, porque desde 2006 voy leyendo públicamente y vertiendo en este espacio web mi parecer sobre los libros que leo, construyendo así mi particular autobiografía de papel. Un camino que echando la vista atrás no sé si tiene el aspecto de una linea recta que asciende o desciende o de un círculo que va expandiéndose. Lo único que tengo claro es que cuando uno lee de forma compulsiva, con este tesón es porque esa actividad atiende a una pasión, a una necesidad que no se puede desatender. La lectura se convierte entonces en una constante vital. Y al igual que el corazón late sin hacerse preguntas el lector lee entonces irremediablemente para hacer más grande la herida, más inmensa la sed, más densa su zozobra.

Mucho escribe aquí Mèlich sobre el acto de leer, leer sobre el libro, porque leer sobre un dispositivo electrónico no es leer, y es algo que comparto, porque yo el libro necesito tenerlo entre las manos y exprimirlo como un limón, hollarlo con el lápiz, marcarlo, estrecharlo contra el pecho o tirarlo al contenedor de papel si lo estimo conveniente. Leer aquí va asociado a la incertidumbre, a la duda, al desasosiego. No son los textos que aquí se citan libros de autoayuda, aquí lo interesante son más las preguntas que las respuestas, porque leer es abrir una grieta en nuestro yo, en nuestra identidad, en la herencia recibida, en la gramática con la que venimos bajo el brazo, todo ese determinismo que nos cerca (y aquí remitiría a Breve elogio de la errancia). Leer es desafiarnos a nosotros mismos, buscar la alteridad, otros relatos distintos a nuestro yo, no tanto para confortarnos como para conformarnos.

Los autores que Mèlich maneja, en entre otros muchos, son Cervantes y El Quijote, Flaubert y Madame Bovary, Kafka y La transformación, Nietzsche y Así habló Zaratustra, Cartarescu y Solenoide, Virginia Woolf y Las olas, Samuel Beckett y Esperando a Godot, Dostoievski y Los hermanos Karamazov, Descartes y El discurso del método, Freud y El malestar en la cultura, Jorge Semprún y La escritura y la vida

Estos autores no están para complacernos, la lectura de estos libros venerables (prefiere el autor esta denominación a la de clásicos) es posible que nos causen asombro, perplejidad, vértigo, incomprensión, aquello que al final creo que anda buscando todo lector que quiera seguir explorando los límites de su naturaleza. No, por tanto, la senda fácil de las respuestas de manual, las tramas previsibles, sino aquella lectura que va sembrando en nuestro ser finito la desazón, el desasosiego, la incertidumbre, la extrañeza, la semilla de la transformación, porque además de la condición lectora otro asunto clave en este libro es la metafísica, aquella que entiende el ser como algo inmutable, ajeno al devenir del tiempo, cuando precisamente lo que este libro nos pone a los ojos del entendimiento, capítulo a capítulo y hasta que cae el Telón (no de acero afortunadamente) es precisamente nuestra finitud, nuestra condición mortal, porque todos somos alimento para Saturno, somos el tiempo que nos queda, y es más fácil dejarse cegar por la luz blanquecina, por las respuestas balsámicas, que por la sombra en la que anida la duda, la interpretación, la incomprensión, el no saber, el viaje y no el final, el durante y no la resolución, el papel en blanco y no el examen de diez.

Mèlich está más interesado en la ética que en la metafísica, no le interesa el origen, por qué estamos aquí, sino para qué estamos aquí y ahí la ética regula nuestra forma de ser, de relacionarnos, de habitar en el mundo y todo esto me recuerda a un libro maravilloso que leí hace un tiempo, La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad de Esquirol, el cual creo recordar que mentaba al filósofo lituano Levinas, que aquí también hace acto de presencia con su filosofía de la condición lectora, para quien el ser humano es un homo legens, y leer, una experiencia ética.

Habla Mèlich de la pedagogía actual en el capítulo La huella de los profesores en la que el profesor pierde presencia en el aula en favor de las nuevas tecnologías, cuando precisamente más allá de los contenidos que se pueden obtener de otras muchas maneras, lo que se está perdiendo es lo valioso que le ofrece al alumno una clase física, presencial, cuando el profesor habla y le tiembla la voz (no es un autómata), y se crea un atmósfera, que tiene que ver con el timbre de voz, la cadencia, y se evidencia la paciencia, la sensibilidad, la confianza del docente para con el alumno. Todo esto parece ir quedando poco a poco arrumbado. De la misma manera se recela de la lectura canónica, en la que alumno ha de leer e interesante lo leído de acuerdo a la interpretación canónica, algo que vulnera el acto de leer, que ha de implicar la particular interpretación que el lector extraiga de dicha lectura. Afirma el autor que se lee poco, y si se lee es para un fin, como la investigación, pero no hay la actitud que se requiere, pues no se debe leer bajo presión, pautado el leer por un horario, un objetivo, sino que hay que leer no bajo el yugo de cronos sino al amparo del kairós, buscando ese tiempo oportuno, justo, preciso, en el que la lectura toma posesión de ti y te hace mella y te traspasa o te coloniza e inclusa te transforma.

Tengo muy presentes libros nada superfluos que son objeto de frecuentas relecturas, como las Cartas a Lucilio de Séneca, los Ensayos de Montaigne y sé que tendré también muy presente en el futuro estos ensayos de Mèlich cuando las fuerzas me flaqueen y quiera recuperar mi certeza y confianza en lo incierto. Agradezco también que su lectura, además de hacerme mucho más llevadero (entendiéndolo como un continuo acicate intelectual) lo que llevamos de confinamiento, me haya estimulado a querer leer libros que tenía en casa desatendidos como Así habló Zaratustra, Los muertos, Las olas, El malestar en la cultura o El castillo.

Tusquets. 2019. 440 páginas

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César Aira y la silla de Gaspard (Moisés Mori)

Nada había leído de Moisés Mori (Cangas de Onís, 1950) hasta que a finales del pasado año cayó en mis manos las Estampas rusas. Un álbum de Ivan de Turgueniev. Ahora voy en busca del tiempo perdido y lo hago con el presente libro, o mejor, libropresente, pues este ensayo no deja de ser una dádiva que se nos ofrece.

Si resumir o reseñar un libro es degradarlo, reseñar un ensayo que es una hiperreseña ¿qué será?.

Comenta Moisés antes de pergeñar este ensayo que apenas sabía nada de César Aira, más allá de haberse leído alguna de sus novelas. Moisés andaba dándole vueltas a Raymond Roussel (ya le había dedicado Mori otro ensayo, compartido con Nerval y Schwob, a lo Zweig (por lo de las ternas), titulado No te conozcas a ti mismo), tratando de reseñar su libro El doble (obra que creía el galo, muy consciente de su genio y de su capacidad para crear un arte nuevo- lo encumbraría en la gloria literaria y que obtuvo nulo reconocimiento pero sí le granjeó una depresión de por vida, hasta acabar suicidándose en Palermo en 1933), que la joven editorial Wunderkammer ha tenido a bien verter al castellano gracias a la traductora María Teresa Gallego Urrutia.

Un buen día Moisés descubrió que César Aira hacía mención a Roussel y a quien consideraba como uno de sus inspiradores, de sus maestros, un referente expreso El resto vino solo. Hete ahí el título, César Aira y la silla de Gaspard (Gaspard es uno de los personajes de El doble). Moisés elabora una doble reseña, tanto de El doble como de otras obras de Roussel y de Aira, en especial de El Mago, Varamo, Prins, Un episodio en la vida de un pintor viajero (de las cuales ya di cuenta por estos lares).

Como todo ensayo, aquí escribir es probar, tentar, incluso ir dando palos de ciego, pues Moisés de César Aira sabe lo justo que hay que saber. Lo que le mueve no es el conocimiento exhaustivo, académico, enciclópedico del artista (filias, fobias, bibliografía…) sino algo más intuitivo, como el apasionamiento, la devoción que le suscita Aira a Mori.

El título consta de dos capítulos, Doble o Nada y César o Nada. En cuanto a Roussel, Mori nos habla de su procédé, del método que puso en marcha el autor francés, algo parecido a una máquina automática capaz de generar literatura, yendo por derroteros distintos al del sentido, lo autobiográfico, las enseñanzas, los sentimientos, la psicología; una especie de despojamiento del yo. Una escritura que se erige en relacionar palabras homónimas, la polisemia, el juego de palabras… aunque como afirma César intentar explicar el procedimiento de Rousell es «tiempo perdido«.

Cuando Aira aborda a Roussel para desentrañarlo, este cree que su método de escritura consistía simplemente en ocupar el tiempo (mucho y bien ha escrito Baudelaire sobre el tedio), escribir para llenar un tiempo vital que de otro modo habría quedado vacío; que es esto y no otra cosa lo que le lleva a escribir. Da igual según César Aira escribir bien, lo importante es escribir, porque escribir es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida.

Quien haya leído a César Aira sabe bien que lo suyo es la imaginación desbordante (hermanado en esto con Roussel, que decía que Chez moi l’imagination est tout), lo singular, la extrañeza, la improvisa, el delirio, bajo un principio rector que para Aira es “la verosimilitud”. Un estilo que Moisés resume así: las novelas de Aira carecen voluntariamente de suspense, de emociones, tampoco aspiran a un alto estilo, y sus personajes poseen la misma profundidad psicológica que un champú o un cepillo de dientes; de modo que la historia o resulta creíble o es solo efecto, un destello, se despeña por el abismo del arbitrario ¿Y qué discurso sustenta lo arbitrario?

No lleva bien Aira la autoficción, lo autobiográfico: la actual tendencia dominante entre los novelistas, ese dar vueltas sin cesar en torno al círculo autobiográfico […] Acogerse a algún procedimiento narrativo conlleva por una parte disponer de un sistema para generar historias, pero consiste asimismo en una manera de cerrar la puerta a lo autobiográfico.

Y ya aprovecho para introducir un párrafo que leí en el ensayo La huida de la imaginación de Vicente Luis Mora al hilo de esto, recurriendo éste al ensayo En la confidencia de Eloy Fernández Porta.

Eso es justo lo que sucede en la autoficción subjetivista egocéntrica, forma extrema de agresividad contra el lector, quién, incluso en la más morbosa de sus versiones, se encuentra frente impudicias, desnudeces y exhibicionismo no pedidos ni necesitados puesto que la persona que compró el libro lo que esperaba era una novela. Deseosa de salir de su propia intimidad para encontrar algo más importante que el uno mismo, se ve atrapada de súbito en el uno mismo inclemente del escritor autoficcional, que viene a gritarle al oído sus miserias, sus secretos familiares o sentimentales, sus coitos y, por supuesto, sus autoelogios.

Todos conocemos novelas que parecen autofelaciones. Nada raro, por otra parte, cuando el impudor es la divisa.

Se me han pasado las más de 300 páginas del ensayo en un suspiro muy fruitivo. No sé cuál es el método de Mori pero funciona, vaya que si funciona.

KRK Ediciones. 2019. 320 páginas

César Aira en Devaneos:

Los fantasmas
El mago
Prins
Varamo
Diario de la hepatitis
Un episodio en la vida del pintor viajero
La pastilla de la hormona
Cecil Taylor
Los dos payasos

MARINA

A favor de la distracción (Marina van Zuylen)

Proust mientras comía una magdalena comenzó a recordar y tirando del hilo de la memoria alumbró casi cuatro mil páginas. Un extravío considerable propio de un titán, de un Funes memorioso. Estos devaneos, desde su segunda acepción, nos hablan de una distracción, de un pasatiempo, es por ello que este gozoso ensayo de Marina van Zuylen –con traducción de Jordi Ainaud i Escudero-, case muy bien con el espíritu de este blog.

Me gusta todo el libro, ya desde el título, porque uno está un poco harto de ver siempre Elogio de…, Breviario de…, Marina va más allá y toma posición por la distracción y lo hace a favor. Leyéndolo creo que guarda ciertas similitudes con aquel ensayo de Ordine titulado La utilidad de lo inútil. Marina nos habla aquí del desinterés interesado. Se concibe el arte como un punto de fuga, de evasión, materia prima para la ensoñación, para fantasear, para dejar el pensamiento en suspenso y amorrarnos si nos place, al tedio, al aburrimiento a la inactividad, algo muy mal visto por una sociedad que relaciona siempre la actividad con el resultado y no ve con buenos ojos la distracción. Ni ahora ni antes. Marina nos habla de filósofos como Descartes, Russell, San Agustín que censuraban y reprobaban la distracción, la inactividad, todo aquello que en definitiva apartarse al ser humano del camino de la razón concienzuda, del esfuerzo, de la concentración en el estudio, el trabajo y el pensamiento.

Marina se posiciona a favor de escritores y filósofos que apuestan por el devaneo, la ensoñación, los meandros de un pensamiento no lineal. Ahí Montaigne y sus deliciosos ensayos o Hume y sus partidas de tablas que le resultaban más apasionantes y vivaces y lo distraían de sus reflexiones y pensamientos sobre el papel que luego le resultaban ridículos, forzados…

Hoy que en ciertos medios digitales los artículos llevan a modo de pórtico el tiempo de lectura que se precisa para leerlos Marina apuesta por otra forma de leer, más pausada y calmada, sin apremios ni urgencias, un leer que vendría a ser como un rumiar -bucólico y pastoril- si nos dejamos llevar. Y para ello recurre a las palabras de Nietzsche, quien envidiaba a las vacas y su estómago rumiante: para practicar de este modo la lectura como arte se necesita ante todo una cosa que es precisamente hoy en día la más olvidada -y por ello ha de pasar tiempo todavía hasta que mis escritos resulten «legibles»- una cosa para la cual se ha de ser casi vaca y, en todo caso, no hombre moderno: el rumiar. Marina considera y defiende la lectura como un arte lento, cree necesario convertir la lectura en un hábito poderoso y necesario. Algo que suscribo.

El ser humano tiene la capacidad de conectarse y desconectarse, de asociar (una mente asociativa que nos transmite sensación de perplejidad y asombro) y disociar al mismo tiempo, algo que otros animales no pueden hacer y pone el ejemplo del simio, que es capaz de morir de pena porque su cerebro lo ocupa un pensamiento de tristeza del que no es capaz de sustraerse. El humano sí, y logra evadirse de su realidad, sus problemas, trascender su yo, a través del arte, así desconecta de su realidad y habita otras realidades virtuales o analógicas (a través de la lectura, la música, el teatro…), el problema está cuando uno se distrae de su realidad para entrar en otra regida por una conectividad tan exigente que transforma la presunta distracción en un quehacer compulsivo. Hoy, comenta Marina la distracción se considera enfermedad y el TDAH se combate desde la farmacología, que busca encauzar el enfermo hacia la concentración, evitando la distracción y la dispersión en su conducta. Así están las cosas.

Lean a Marina y distráiganse, dispérsense, asómbrense, váyanse por los cerros de Úbeda siempre que les plazca y por supuesto, gocen. Todo esto en apenas 90 páginas.

La huida de la imaginación (Vicente Luis Mora)

La huida de la imaginación (Vicente Luis Mora)

La huida de la imaginación es el primer libro que leo de Vicente Luis Mora (VLM). No es novela, ni poesía, sino ensayos en los que nos da su parecer (el perecer no, porque según Vicente, no todo está perdido) sobre el estado actual de la literatura y el asedio del mercantilismo. VLM tiene un interesante blog, Diario de lecturas, que me ha permitido conocer a escritores como Luis Rodríguez.

En la página 212 leo:

En cambio, el fenómeno creado por unas pocas personas archiformadas, cultísimas, que se han dejado los ojos toda su vida acumulando un especial dominio sobre una faceta del arte, especialmente si se trata de escritura, se llama, para algunos, «elitismo», en vez de denominarse, simplemente, «literatura».

Después de leer el libro de cabo a rabo creo que este párrafo es la almendra del mismo, la herida abierta que supura en Vicente y en tantos otros que se dejan los ojos delante de los libros, no solo como lectores, sino también como escritores y críticos sin cosechar el debido reconocimiento. Este libro de ensayos incluso ha sido premiado, pero ¿cuántas personas lo van a leer?. ¿Qué papel, me pregunto, reserva hoy la sociedad al estudioso, al erudito, a la cultura, en general?.

Vicente Luis Mora constata cómo la literatura va a la baja, cómo se rehuye la imaginación en pos de la autoficción, cómo la crítica se deja en manos de suplementos culturales en los que la crítica es difícil de llevar a cabo, so pena de castigo, ahí el caso de Echevarría. No le falta razón a VLM y podemos hacer la prueba. Si cogemos Babelia este sábado, veremos que no hay libro malo, y que los suplementos se pueblan cada fin de semana de propaganda literaria vendiéndonos el libro del año, la obra maestra de turno, el autor que estábamos esperando, etc… Otra variante del “periodismo cultural” pasa por hablar de cinco buenas novelas como se recoge en el título de este artículo y luego decir el autor del mismo que dos de ellas no las ha leído, pero que el lector se supone ha de leer, quizás porque para decirlo cantando, Algunos tenemos, algunos tenemos fe. En fin. La alquimia de la propaganda: calificar de buenas dos novelas que no se han leído.

Por la parte de las blogs, creo que si estas buscan el éxito, el reconocimiento, la popularidad, seguidores a miles en las redes, contadores de visitas girando a lo loco, deben reseñar los libros que todo el mundo quiere leer, ya saben Zueco, Castillo, Follet, Asensi, Gabás, Pérez-Reverte, Gómez-Jurado, Grandes, pues en el caso de leer libros de autores ocultos que venden cien ejemplares estarían cavando su propia tumba y el blog pasaría a ser uno más de ese 99% de blogs que se abandonan a los pocos meses de su nacimiento.

Hoy nos basta recorrer la mayoría de las librerías para toparnos con libros dispuestos a modo de ladrillos, sobre los que se cimenta hoy la industria editorial. Los libros de alta intensidad, como los denomima VLM, creo que habría que buscarlos en estanterías más apartadas, fuera de los focos, en las editoriales minoritarias.

La literatura está en manos de los bestsellers. Lo hablaba una tarde en el Noche y Día de la Gran Vía logroñesa con JP, ávido lector, que también tiene un blog en el que habla de sus lecturas y me decía que siempre ha sido así, que en este país leemos cuatro y que cierta clase de literatura solo nos interesa a unos pocos, un número que según él de todos modos se mantiene constante en el tiempo. Cuando veo en las librerías las jerarquías con los libros más vendidos, si hacemos la sustitución de libros por escritores, podemos preguntarnos ¿vendidos a qué?. Al mercado, a lo previsible, a la necesidad de publicar lo que sea cuando toque.

Harto complicado me parece tratar de convencer a alguien de que lea unos libros y no otros. Al final, la determinación surge de uno mismo, si llega el momento en el que harto de tanto personaje plano, de tanta trama previsible, roma y clonada, tanta sintaxis de todo a cien, si su cerebro aún no ha colapsado, alza entonces la mirada y decide entonces buscar otras lecturas, autores más intrépidos, ingeniosos, talentosos que deciden explorar las posibilidades del lenguaje (que sería lo menos que deberíamos exigirle a un escritor), que no se doblegan al yugo del mercantilismo y escriben lo que les brota. VLM nos habla de autores como Luis Rodríguez, Javier Pastor, Rubén Martín Giráldez, Javier Avilés… Quien frecuente estos devaneos sabrá que a estos autores se les ha prestado la debida atención (a otros como Salvador Gutiérrez Solís aún no) y sus novelas han sido objeto de lectura. Uno no deja de lamentarse del escaso reconocimiento que tienen autores como GHB, Melchor, José Luis María Pérez Álvarez, Harwicz, Andrés Ibáñez, Arins, Ernesto Pérez Zúñiga, Quintana, Tomás Sánchez Santiago, Ojeda, Roberto Valencia, Indiana, Roberto Vivero…, en cuanto a ventas, aunque siempre tendrán un puñado de lectores que agradezcan su labor.

Valéry tenía muy claro para quién escribía:

“Pensad en lo que hace falta para gustar a tres millones de personas. Paradoja: hace falta menos que para gustar a 100. No escribo /no escribiría / para personas que no pudieran darme una cantidad de tiempo y una calidad de atención comparables a la que yo les doy”.

VLM apela a la necesidad del canon y de la crítica literaria, aquella que si hace bien su trabajo es capaz de separar el grano de la paja, lo que es literatura de alta intensidad de la que no, porque no todo es lo mismo, no todos los libros tienen la misma calidad, evitando así, si nos formamos un espíritu crítico, que no nos den gato por liebre (o por libro). No es tarea fácil la de ser un lector en formación, pero el sentido común dicta que si el tiempo es limitado, ¿qué hemos de hacer? ¿dedicarlo a leer libros buenos o malos?. El mercado ya está haciendo su labor, bien hecha por cierto, de equipararlo todo en la industria del libro, evitando el relieve, dando uniformidad a lo publicado gracias a su omnipresennte y machacona publicidad y propaganda.

Editorial Pre-Textos. 2019. 302 páginas