Archivo de la categoría: Editorial Anagrama

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Recuerdos durmientes (Patrick Modiano)

Modiano de nuevo. Recuerdos durmientes es la última novela escrita por el escritor galo en 2017 y publicada en España en 2018 por Anagrama con traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Miraba lo que había escrito cuando leí Accidente nocturno y Un circo pasa, y creo que se podría armar una reseña con jirones de todas las reseñas de los libros que he leído de Modiano en estos últimos años. Aquí, como en algunas de las novelas anteriores, aparecen los progenitores de Modiano, brillando por su ausencia. Modiano acude a internados y a sus 18 años, desamparado, el único consuelo que parece encontrar le viene de sus paseos por los bulevares parisinos, por su estancia en cafés de toda clase, registrando conversaciones ajenas que irá anotando en cuadernos, durmiendo en pensiones, hostales, con trabajos librescos precarios, siempre sin rumbo fijo (pero sin salirse de los distritos parisinos), aquejado de un nomadismo urbanita al que parece verse abocado irremisiblemente.

En 2017 Modiano echa la vista hacia atrás, nada menos que cinco décadas, para situarse en el año 1965, cuando el escritor contaba 20 años. De ese pasado, de los recuerdos durmientes del título de la novela, entresacará el rostro de varias mujeres, unas jóvenes, otras mayores, con las que compartió episódicamente un tiempo de su juventud y con las que casualmente volverá a reencontrarse pasado un tiempo, como si éste no hubiera pasado. Sabemos que en Modiano la intriga es demasiado leve, nada que ver con las novelas de misterio donde hay que poner siempre cara al asesino, desentrañar sus motivaciones, tener al lector infartado en su leer y cosas por el estilo. En el caso de Modiano el misterio, el suspense, la intriga, se cifran aquí en fichas policiales, en las que aparece el joven Modiano (sin llegar a ser identificado), cuando acompañó a una joven, a la que auxilia, la cual ve cómo muere accidentalmente un individuo en su casa.

Escribir es volver al pasado, también exorcizarlo, escritura como liberación, al referir hechos ocurridos hace más de cincuenta años, que siguen ahí remordiéndole al autor la conciencia, y también tratar de poner cara, a esos nombres y apellidos que aparecen en sus cuadernos y comprobar cómo muchas de las direcciones que ahí aparecen son edificios que han dejado de existir, negocios clausurados, hoteles reconvertidos en apartamentos. Aquel mundo que como se dice en la novela parecía estar conteniendo el aliento antes de su desaparición. Un mundo anterior a internet, donde los números de teléfonos, las direcciones postales, las conversaciones ajenas, se iban anotando en agendas, cuadernos, servilletas, donde las guías de teléfono eran el facebook de hoy.

La literatura en la obra de Modiano parece ser un edificio con dos salidas y tres plantas, con distintas habitaciones en la que cada una de sus puertas le conducirá al pasado, a distintos momentos de su trayectoria vital, puertas que al final vemos cómo van enmarañando los distintos hilos temporales, pues todas ellas parecen conducirnos a un mismo punto, al eterno retorno de lo mismo.

Patrick Modiano en Devaneos:
Un circo pasa
El callejón de las tiendas oscuras
La hierba de las noches
Accidente nocturno
En el café de la juventud perdida
Más allá del olvido.

Patrick Modiano

Para que no te pierdas en el barrio (Patrick Modiano)

Cada equis tiempo, entre unas lecturas y otras, el cuerpo me pide un Modiano, como me pide también un Bernhard, un Bové, un Dostoievski, un Aira, un Bolaño, quizás porque leer a Modiano es como volver a casa, encontrar cierto amparo y recogimiento, abrazarse a una topografía ya conocida, a medida que vamos hollando el terruño Modianesco, que es la ciudad de París.

Modiano es cierto que parece escribir siempre la misma historia (corriendo el riesgo de que todas las reseña sean también la misma), donde cada novela fuera una variación sutil sobre un eje principal. Aquí el protagonista es, Jean Daragane, un escritor que vive como un ermitaño en su casa, sin hablar con nadie durante los últimos tres meses, cuando esa aparente calma se rompe, cual papel de celofán, ante una llamada inesperada al móvil (esta breve novela de apenas 140 páginas, con traducción de María Teresa Gallego Urrutia, se publicó en Francia en 2014), en la cual su interlocutor, un tal Gilles Ottolini, quiere quedar con él para entregarle una agenda con teléfonos que Daragane olvidó bajo el asiento de una cafetería en una estación, lo que da pie para que se conozcan, para que Gilles le presente a su pareja, le pida un favor, lo que conduce a Jean (como es marca de la casa) hacia el pasado, a fin de desvelarse a sí mismo quién es Guy Torstel, en quien está interesado Ottolini. En la anterior novela que leí de Modiano, Más allá del olvido, también había un triángulo formado por dos hombres y una mujer, casas de apuestas, y un pasado que como todas las novelas de Modiano es el protagonista absoluto.

Ese pasado de Daragane se convierte aquí en búsqueda, exploración e investigación y también en un entretenimiento para Jean, que sale así de su monotonía, habitando por un tiempo la vida privada de otras personas a las que no esperaba conocer.

No sabremos si al recordar, al reconstruir, Modiano inventa, o si se ciñe a los hechos, a esos retazos de su vida que van apareciendo a lo largo de su obra, y que como limaduras van aferrándose a una barra de metal inoxidable, sustrayéndose (o intentándolo) al corrosivo olvido. Bucear en el ayer le lleva al protagonista nada menos que a transparentar su infancia sin padres, de la mano de una señora que le cuidaba y la cual lo iba a poner a buen recaudo en Italia, evocando unos momentos que su mente había clausurado pues volver a ellos le causaba dolor, tanto como el verse en la estacada con el corazón en la boca al oír un mundo que se desmorona cifrado en el rugir de un motor a la fuga.

Patrick Modiano en Devaneos | Un circo pasa, El callejón de las tiendas oscuras, La hierba de las noches, Accidente nocturno, En el café de la juventud perdida, Más allá del olvido

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Paraíso Alto (Julio José Ordovás)

A pesar de que El anticuerpo de Julio José Ordovás (Zaragoza, 1976) no me entusiasmó dejó la puerta abierta a futuras lecturas del mismo autor. Ha sido el caso. Vi que había publicado el año pasado Paraíso Alto, y habida cuenta de que hablamos de 130 páginas, que posibilitan ser leídas del tirón y que a veces, estas distancias tan cortas deparan grandes momentos, como cuando acometí La uruguaya o El café de la juventud perdida, me decidí a leer este Paraíso Alto y no diré que tiene más de Purgatorio que de Paraíso, pero creo que la novela adolece de las mismas carencias que El anticuerpo. Siento que a la prosa de Ordovás le falta alma, aliento, músculo. No porque el autor escriba desganado sino porque la historia, que aquí son muchas historias no cogen vuelo, donde el autor se debate entre lo trágico y lo cómico, y me cuesta cogerle el punto a una novela en la cual y dado que el protagonista es un ángel nos puede evocar a obras maestras como Pedro Páramo, por la presencia de fantasmas, pues no me queda claro si en esta novela todos los que desfilan están muertos, porque su paso por Paraíso Alto parece tan traído por los pelos y tan improbable que le encontraría explicación en el caso de que acudieran allá invocados mentalmente por este ángel custodio, que vive en Paraíso Alto, pueblo deshabitado, al que acuden algunos suicidas a poner término a sus vidas. La narración es una gavilla de personajes que suben al escenario, es decir llegan al pueblo, recitan su papel, esto es: le cuentan su historia al ángel (a algunos ya los conoce como a una tía o una ex) y o bien se suicidan o desaparecen sin más. Esta novela es de esas que lees la pintoresca contraportada y crees que la novela tendrá su punto pero luego te das cuenta que lo leído resulta desleído, inerte, fantasmagórico.

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República luminosa (Andrés Barba)

Leyendo esta soberbia novela de Andrés Barba (Madrid, 1975) me venían en mente los 3408 asesinados que aparecían con frecuencia en Cien años de soledad, reiteración que pareciera querer sustraer a los muertos de las fauces del olvido. Aquí los muertos son menos, 32, todos niños. Partiendo de ese luctuoso acontecimiento la narración puede entenderse como una labor arqueológica, una especulación acerca de por qué pasó lo que pasó. Una especulación en todo momento fascinante, pues Barba se las ingenia para ir desgranando muy hábilmente la historia que nos será referida por uno de aquellos que lo vivió en primera persona, hace ahora más de 20 años, un director de los asuntos sociales en San Cristobal, allá donde se cocinó la tragedia.

La narración que no deja de ser una constante especulación, tanto como una toma de conciencia (a posteriori) sobre las decisiones adoptadas tanto por el narrador como por el resto de fuerzas vivas de la comunidad, irá iluminando (con artículos de opinión, ensayos, documentales o incluso el diario de una niña) zonas de sombra, en la pretensión de esclarecer por qué unos niños son capaces de matar, niños que viven como un solo ser compacto -como una república sin jefes- censurado por el vecindario, que no entiende la lengua que hablan los niños, ni el porqué de sus actos violentos, de los robos, del pillaje, de su repliegue y ocultamiento. Un proceder el des estos niños que nos traerán sin duda ecos de novelas y de películas. A mí me recordaba (salvando las distancias) las películas, Melanie: The Girl With All the Gifts y El abrazo de la serpiente.

Lo que la novela deja claro es la incapacidad de los adultos para entender ciertas cosas, o para despacharlas sin apenas abordarlas, toda vez que como aquí sucede la idea de la infancia desborda el molde de los lugares comunes y los esquemas mentales en la que los adultos la encierran, porque como se afirma en la novela la infancia es más poderosa que la ficción, y aquí el sueño de la sinrazón adulta crea monstruos infantiles, ante una situación inesperada, incontrolable, que los sume a todos ellos en la desesperación y en la zozobra y los aturulla, tal que los adultos responderán enérgicamente, en su afán de doblegar a esos niños díscolos -que podrían también llegar a ser sus hijos si a aquello no se le pone coto- que no se atienen a las normas, que son libres para (re)crear un mundo a su voluntad -al igual que hace el autor de la novela-, incluso un hábitat luminoso, siempre y cuando no haya por ahí adultos amedrentados y por tanto muy peligrosos dispuestos en su torpeza a pulsar el interruptor y devolverlos a la oscuridad absoluta.

Editorial Anagrama. 2017. 187 páginas

Andrés Barba en Devaneos | La hermana de Katia, Las manos pequeñas, La ceremonia del porno.

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Calle de las Tiendas Oscuras (Patrick Modiano)

Patrick Modiano publicó Calle de las Tiendas Oscuras en 1978, con 33 años. No llegó a España hasta 2009. Sorprende, considerando que esta novela se llevó en su día el Premio Goncourt. La publicaría Anagrama con traducción de María Teresa Gallego Urrutia.
Esta es la cuarta novela que leo de Modiano (Accidente nocturno, Un circo pasa y La hierba de las noches) y la que más me ha gustado. Modiano trabaja aquí el tema de la identidad y la memoria. Un tal Guy Roland, tratará de averiguar quién es él, dando forma y relieve a su pasado, el cual se va componiendo como las pequeñas teselas de un mosaico, recogiendo datos, nombres, fechas, fotografías, direcciones postales, que sus interlocutores le van brindando en las distintas conversaciones que mantiene con ellos. Guy va tirando del hilo, desmadejando el embrollo, tratando de armar las piezas de un muñeco muy endeble, durante los años de la Ocupación. Modiano -así nos lo hace saber por boca de sus personajes- sabe que apenas dejamos huella con nuestras vidas, que nuestras existencias son poco más que un suspiro, que en todo caso, más que llenarnos la boca con las cosas que hacemos o dejamos de hacer, son los otros, los que nos construyen, sustentan y sustraen del olvido recordándonos. Esa es la premisa. A Guy le bastaría simplemente con que alguien le reconociera, le pusiera cara. Parece cuestión baladí, no lo es y sobre este asunto, Modiano arma una novela muy notable que he leído del tirón y cuyo final es consecuente. La vida es una búsqueda, un ir al pasado, pues como dice uno de los personajes lo importante no es el porvenir, sino el pasado, y en el caso de Guy de nada le serviría ir sumando días sin reconocerse.