Archivo de la categoría: 2016

Paseando con hombres

Paseando con hombres (Ann Beattie)

Espeluzna más que asusta que novelas como esta lleguen a publicarse. Ann demuestra un talento indudable para escribir paridas y memeces. Trabaja en la universidad de Virginia en el departamento de escritura creativa. No es coña, CREATIVA, que es más recreativa, donde Ann ofrece un ocio ramplón que supone un ataque frontal a lo que yo entiendo por literatura. Es de la misma cuerda, e igual de infumable que Departamento de especulaciones.

Es posible que esté bajo el influjo de Antagonía y así se explique que engendros como este se me antojen como antiliteratura.

Os dejo unos párrafos para que veáis cómo ¿escribe? Ann.

Paseando con hombres

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Gatopardo ediciones. 2016. 128 páginas. Traducción de Catalina Martínez Muñoz.

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Patas de perro (Carlos Droguett)

Es esta un novela muy desasosegante. Hay elementos siempre escabrosos que sobre el papel nos revuelven. Leí hace poco El entenado y allí era el canibalismo. En este Patas de perro, Carlos Droguett (1912-1996), viaja al corazón de las tinieblas del alma humana y para ello vadea los márgenes de aquello que entendemos por normal. El título va referido a las Patas de perro, las que tiene Roberto desde su nacimiento, un ser mitad humano, mitad perro, si bien no sabemos qué porcentaje dar a cada uno (más allá de que a partir de la cintura adopte forma humana y de cintura para bajo aspecto de can), porque precisamente funciona como un todo, como una deformidad maestra. Toda la novela es una invitación a reflexionar acerca de aquello que consideramos normal y la tendencia muy humana a criticar y vilipendiar aquello que se sale de nuestro campo de visión, de los márgenes de nuestras entendederas, siempre muy limitadas. Así, Boby, el niño perro, o el perro niño, o Boby a secas, recibe el rechazo más o menos explícito de su padre alcohólico, de sus hermanos, del profesor Bonilla, en resumen, de casi todos aquellos que orbitan a su alrededor, para en mayor o menor medida, herirlo, ultrajarlo, hacerlo objeto de su escarnio; fruto de la estupidez y vileza ajena, quizás porque todos se miran en él y no se lo perdonan. Boby encuentra en Carlos su ángel de la guarda, dispuesto este a adoptarlo, con quien convivirá una temporada hasta que Boby desaparezca -tras su paso por el manicomio, por la perrera, por la cárcel, tras comprobar que lo que quiere y desea es habitar el mundo de los perros, no el de los humanos, toda vez que tras los recelos iniciales, los perros lo acepten, y lo consideren uno de los suyos, una vez que su incapacidad de compadecerse a sí mismo se ve superada por la autoafirmación de su ser- y sea entonces cuando se vea solo cuando Carlos nos refiera el tiempo que pasó con Boby, porque cree que escribiéndolo logrará echarlo de su vida, olvidarlo, labor inútil ya que a esas alturas Carlos es un puñado de ruinas. Nos cuesta mucho ponernos en el lugar de los otros, más aún si el otro es un niño habitado por un perro o viceversa, por lo que es muy posible que lo leído nos cause extrañeza, angustia, piedad, confusión, rechazo, repulsión; un turbión de sentimientos encontrados, ante la querencia de Boby por dormir en el suelo, buscando el aliento de la tierra, por comer carne cruda, no la preparada de los humanos; aquellas cosas que muestran su lado más animal. Un amor canino que otros escritores han explicitado: Tolstoi, Jack London, Thomas Mann, loando las cualidades del más humano de los animales. De hecho la novela es un alegato en defensa de los animales y de los perros en general, de tal manera que tras esta lectura uno los ve con otros ojos. La lectura la entiendo como un continuo interrogarnos sobre qué haríamos nosotros. ¿Seríamos la bondad de Carlos, la piedad del padre Escudero, la compañía del ciego Horacio (un ciego al que Boby recurre, porque su no visión supone el no juicio, y en cierta medida su aceptación, su no rechazo, la no agresión visual, que permite a Boby al menos temporalmente sustraerse a la alteridad inquisidora), o la malignidad del resto?. ¿Seríamos capaces de llevar nuestro convencimiento, determinación y proceder hasta las últimas consecuencias como hace Carlos, a quien acoger a Boby le supone perder a su pareja, no consumar su matrimonio, la imposibilidad de ser padre, o miraríamos hacia otra parte y dejaríamos hacer?. Boby es muchas cosas y ninguna, puede ser una monstruosidad perfecta, una atracción de feria, una máquina de hacer dinero merced a su físico, el saco de boxeo en el que los otros puedan depositar toda su ira y todas sus frustraciones, puede ser un enigma, un código cifrado, una agresión visual, un desafío a la inteligencia humana, el rey de los perros, una aberración, un desarreglo de la naturaleza, un desatino divino, puede ser y es muchas cosas, un todo complejo que Drogget trata de desentrañar mediante una prosa torrencial (me vienen ecos de Bernhard, por su machaconería y obsesión, por el empleo de palabras que se repiten, esos bucles rabiosos y aniquiladores), de una belleza descarnada, visceral, áspera, erizada; páginas que leídas atoran (estomagantes son, por ejemplo, las escenas del matadero o la presencia siempre pavorosa del teniente, con ecos de picanas, torturas, sangre), empachan, desasosiegan, donde el autor nos encara con largas parrafadas sin apenas páginas en blanco capítulos ni apeaderos, donde su lectura no nos brindará las plácidas vistas superficiales del snorkel, sino la vertical de las profundidades, lo oscuro e indómito de la literatura en apnea, que logra manumitirnos de las servidumbres de la tan en boga literatura perezosa y ociosa, tan banal y prescindible como fugaz. Leo en la novela:Y alégrate, alégrate sin alegría de que no todos los hombres escriben libros y de que no todos los libros sobreviven, porque hay hombres que no merecen vivir y libros que no merecían ser escritos… Esta novela (publicada en 1965) mereció la pena ser escrita y ahora leída. Plausible la reciente recuperación de la novela por Malpaso.

Choque de civilizaciones por un ascensor en Piazza Vittorio

Choque de civilizaciones por un ascensor en Piazza Vittorio (Amara Lakhous)

Amara Lakhous (Argel, 1970) sitúa su novela en Roma, en concreto en la Piazza Vittorio, plaza babélica, crisol de culturas y lenguas. Amara da la voz a los inmigrantes, ya se trate de una cuidadora peruana, un lavaplatos iraní, un comerciante bengalí…, pero la voz preponderante la tiene Amedeo, que vive en un inmueble de esa plaza, vecino, entre otros, de una portera napolitana y hocicona, un holandés que ansía ser director de cine, un profesor que echa pestes en Roma alejado de su Milán querido y un tal Lorenzo, el Gladiador, que un buen día muere asesinado en el ascensor -que sirve como espacio aglutinador, ese sepulcro con ventanas donde se despliega buena parte de lo que sucede en la novela-, y no saben a quién colgarle el muerto.

Amara a través de estas voces de inmigrantes y nativos da su parecer sobre la manera en la que los italianos aceptan o no a los inmigrantes, y la manera en la que estos inmigrantes a su vez se integran, lo cual a menudo no les es fácil, pues siempre se sienten en el exilio, desubicados, añorando a sus seres queridos, los olores, el abrazo de una madre…

El concepto de extranjero no sólo se aplica a los extranjeros, sino a los propios italianos, pues como sucede aquí, siempre afloran a las primeras de cambio, los tópicos propios de las rencillas norte-sur, y en Italia, los del norte se creen los currantes y los del sur pasan a ser los vagos y los mafiosos. Una rivalidad, un encaramiento, que por ejemplo el fútbol aún lo dimensiona más. De boca de Benedetta sale el discurso que siempre oímos, a saber, que los inmigrantes nos roban, nos quitan los puestos de trabajo, violan a nuestras mujeres, cobran todas las ayudas, viven del Estado y espumarajos parecidos. Un inmigrante considerado como un todo, sin importar el país de origen, su cultura o religión, pues para los de aquí, los de allá, son todos son inmigrantes, todos malos. Contra ese dictamen Amara reflexiona con agudeza, y para ello emplea la ironía, el humor, su inteligencia, la sutileza, para ir poniendo en boca de los personajes sentencias y pensamientos que muchos comparten, pero que leídos suenan ridículos, por que lo son, y lo único que demuestran es una combinación letal de ignorancia y mala leche en aquellos que los esgrimen.

El comienzo, con un tal Parviz, el lavaplatos que detesta la pizza me ha resultado algo flojo, pero es cierto que a medida que he avanzado en la lectura me he ido metiendo en la historia, siendo parte, como espectador, de la Piazza Vittorino, de los pormenores de esa inmueble, donde creo que la gran creación de la novela es Amedeo, en el que quiero pensar que Amara ha puesto mucho de sí, pues leyendo su biografía, comparte muchas cosas con Amedeo, esa persona que hace el mundo mejor, sin soflamas, sin discursos, tan solo con su quehacer diario, con sus actos, con su sonrisa, con su conocimiento, de las cosas y de las personas; él, un extranjero que asume otro país mamando su lenguaje, exprimiendo el diccionario, validando lo que dijo Cioran “No habitamos en un país, sino en una lengua“.

Al acabar la novela se comenta que no se nos permite ser neutrales, pues siempre parece que hay que estar en un bando o en otro, y que no se tolera, la equidistancia, algo que a menudo deriva de tener una ideas propias que no caen en terreno de nadie, sino a caballo entre ambos. Amara huyó de su país, Argelia, por su pensamiento, por sus ideas, y ya en Italia, escribió esta novela en italiano en 2006, donde aquel que quiera entender, entenderá, y en cuyo caso creo que la disfrutará tanto como yo.

Creo que es la primera novela que leo de Hoja de Lata. No será la última. La edición impecable. No he encontrado ninguna errata. La traducción, obra Francisco Alvárez González, muy meritoria, si bien se me hacía raro, aunque sea correcto, leer eso de quianti en lugar de chianti.

Ivica Djikić

La repetición (Ivica Djikić)

El autor de la novela, Ivica Djikić (Tomislavgrad, Bosnia-Herzegovina, 1977) está considerado la gran revelación de la narrativa balcánica reciente. Los compadezco.

Lo mejor de la novela es su corta extension, pocos más de cien páginas, en las que hay mucha nieve, pero que leídas son un plomo.

Es posible que a la gente de los Balcanes esta novela les guste, porque la entiendan y se reconozcan en el microcosmos que plantea Ivica, un lugar en el que transcurre la novela en donde todavía están abiertas las heridas de la guerra de los Balcanes. La sinopsis resulta muy aparente, pero la manera de escribir de Ivica me parece simplona, descuidada y a ratos horrorosa.

Uno coge un libro para desconectar y los jóvenes de la novela están todo el rato enviándose SMS, correos, pegados al móvil en definitiva. La novela tiene un desarrollo teatral, tal que una chica que trabaja para una editorial, camino de un monasterio, se ve pasando unos días en casa de la familia de su novio, por culpa de la nieve que la impide circular. Sita allí, iremos conociendo las historias de los abuelos, del padre ausente, de la madre también ausente por culpa de la ausencia de su cónyuge, de una hermana a la que poner flores en las tumbas le acarreará un buen número de sinsabores, a ella y a toda su familia.

Esta claro que todo se repite, que todas las historias nos traen ecos de otras anteriores, y ahí es donde el escritor debe fajarse y al menos narrar con cierto arte, que a Ivica no se lo veo por ninguna parte. De revelación nada. Fundido a negro en todo caso.

Sajalín editores. 2016. 116 páginas. Traducción de Maja Drnda y Christian Martí.

Clémence Boulouque

Muerte de un silencio (Clémence Boulouque)

El duelo es ya un género en sí mismo. Estos últimos años he leído, que recuerde, Lo que no tiene nombre, La hora violeta, Idea de la ceniza, Los que miran, Mortal y Rosa. Novelas en las que los que se quedan a este lado recuerdan, sobre el papel, a los que no están: en su mayoría hijos o parejas.

Aquí es Clémence Boulouque (París, 1977) quien rinde su particular homenaje, en este caso a su padre, un mediático juez que acabó quitándose la vida, a finales de 1990, con el terrorismo -contra el que se enfrentaba y que lo tenía en el punto de mira- como una de las causas, quizás no la única, pero sí la que mayor peso tuvo en el devenir luctuoso del mismo. Un terrorismo que como se ve no solo mata directamente, sino también indirectamente, provocando muerte y mucho dolor en los que se quedan.

Clémence va al pasado, organiza sus recuerdos y de una manera muy natural y veraz, se nos ofrece en carne viva, pero ojo, no es este un melodrama que busque convertir al lector en un manantial de ojos que diría Umbral, sino que se nota un trabajo, cierto comedimiento, una selección de las palabras que logran la sintonía perfecta -y aquí creo que la labor de la traductora, Laura Salas Rodríguez, juega un papel decisivo- o quizás no haya tal trabajo y el estilo de Clémence sea este, y a la autora sin mayores alardes, sin efectismo alguno, le broten con esta cadencia los recuerdos, enhebrando una narración que va creciendo hasta el clímax, hasta el suicidio, el momento ya irreversible, aquel que sustituye el presente dolor de la pérdida, por el miedo anterior ante una realidad amenazante.

Hay frases que leídas te arponean, palabras como el Arkanoid que brindan un viaje al pasado, pero prefiero que sea el lector el que las descubra.

Nunca dejarán de sorprenderme las autobiografías de miles de páginas de tantos Funes memoriosos que lo recuerdan todo al detalle. Me reconozco más en lo que hace Clémence. Su pasado son unos pocos recuerdos, simples la mayoría, tan simples como lo es la vida: un tránsito con más sombras que luces, con algunos momentos, pocos, inolvidables, que nos dan algo de relieve, sustancian nuestra memoria y nos afirman y donde la literatura, permita quizás a Clémence darle a su padre otra oportunidad, alzarlo de la alfombra y sentarlo a su lado en el sofá, y darle a través de estas palabras huérfanas, a través de estos recuerdos, un achuchón imposible.

Periférica. 2016. 132 páginas. Traducción de Laura Salas Rodríguez.