Archivo de la categoría: 2016

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Una niña está perdida en el siglo XX (Gonçalo M. Tavares)

Una niña está perdida en el siglo XX de Gonçalo Tavares, con traducción de Rosa Martínez-Alfaro, es un sugestivo artefacto narrativo que es juego, aventura, enigma, sorpresa y puro movimiento. No sé bien qué he leído, porque esta novela tiene un punto febril, de alucinación, de festivo delirio quijotesco.

Tavares junta a Hanna, una niña de 14 años perdida -o abandonada por sus padres- que padece trisomia 21 (Síndrome de Down) y a un hombre, Marius, que va huyendo, no sabemos de qué. El hombre se hace cargo de la niña, con el firme propósito de devolverla a su lugar de origen. Complicado, cuando la niña no puede desvelar la identidad del padre, pues de hacerlo, le arrancarían los ojos y la lengua, a la niña. Hanna y Marius inician un viaje que se sustrae a lo apocalíptico, como sucedía en La Carretera McCarthiana .

La pareja irá conociendo personajes muy singulares en su transitar por Europa, y cada inmueble que visitan, cada persona que se cruza en su vida, son casi universos en sí mismos. Un recorrido que es geográfico e histórico. Mezcla de ambos. Así uno de los hoteles -sin nombre- en el que se alojarán tiene idéntica disposición espacial que la que tendría un mapa con la ubicación física de todos los campos de concentración nazis. El propietario del hotel, Moebius, tiene a su vez la palabra judío tatuada en su cuerpo, en todas las lenguas, a modo de coraza. Conocen a su vez a un fotógrafo que irá retratando animales y niñas y niños como Hanna, a Stamn quien va poniendo en las calles carteles cuya lectura incrementa la rabia individual de cada lector boicoteando a su manera la realidad, a Agam Josh, un orfebre del dibujo capaz de escribir frases microscópicas que a simple vista parecen líneas. Disfrutarán también de la compañía de un particular Don Quijote -Vitrius- apartado del mundo en lo alto de un inmueble sin ascensor afanado con sus series de números, guardián de la memoria familiar, de Terezin quien les refiere historias increíbles, como la de esos siete hombres judíos que atesoran la historia del siglo XX en sus mentes, sin emplear ningún medio físico.

El periplo, el continuo deambular de la pareja, no es una odisea, ya que no hay un lugar al que volver, no ya físico, tampoco sentimental. Hanna comienza la novela perdida en la calle -desubicación, deslocalización, liquidez, características de finales del siglo XX- y la acaba en una manifestación junto a Marius, formando parte de un colectivo, de un clamor, y no sabemos si ese grupo es la que la salvará o la que como el lobo feroz del cuento se la comerá de un bocado, con ojos y lengua incluida.

Escuchas periféricas | Motxila 21

Visita a Francisco Brines en Elca (Antonio Cabrera)

Visita a Francisco Brines en Elca

Es un hecho que un hombre puede hacer que su casa
se levanten su voz además de en un valle.

Hemos venido hasta la casa escrita
y hasta la casa real.
El hombre que ha labrado las palabras
en que la casa vive, nos enseña
las estancias, los muebles, los anaqueles y los cuadros,
la atmósfera
de significaciones no atendidas
que no llegó a quedarse sus poemas
pero los envolvió.

Se ven desde el jardín montes velados,
no los montes leídos de alguna tarde clara.
Al fondo, sobre el límpido mar infantil,
se superpone el mar de este momento
como veta borrosa de neblina.
En nuestra mente abrieron sus poemas
un cielo compasivo; del cielo que ahora vemos
procede otra piedad más ceñida y estéril,
vieja seda de enero los naranjos.

¿Cómo pasan al poema las cosas que suceden?
¿Qué ocurre
después de la poesía
en el pino, en el huerto o en las rosas?

El hombre cuya voz cantó esta casa,
el que enciende sus lámparas, el que trasiega en ella,
el hombre que nos muestra las llagas del ciprés
que en un verso fue vida,
¿a qué exacto lugar nos invitó
cuando nos dijo Bienvenidos?

Corteza de Abedul. Tusquets. 109 páginas. 2016

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Manual para mujeres de la limpieza (Lucia Berlin)

43 relatos (de los 76 que publicó en vida) forman este libro de Lucia Berlin (1936 -2004) que causó sensación y recibió un buen número de halagos, tanto de la crítica especializada como del público, hace un par de años y que hizo incluso que algunos por vez primera leyeran relatos.

No creo que todos los relatos brillen ni mucho menos al mismo nivel (se trata de un amplio recopilatorio póstumo, en cuya elección de los relatos la autora por tanto no participó) pero en estas más de cuatrocientas páginas de una prosa expresiva y seductora sí que uno aprecia el humor, la agudeza necesaria en todo aquel escritor que quiera escribir bien y que precisa y se sostiene en una mirada inteligente y en un narrar que sea capaz de mostrar, tanto como de desvelar, y de hurgar en los orificios de la realidad, como es el caso de Lucia, cuyos personajes y recurriendo en gran medida a su propia experiencia y avatares autobiográficos (su múltiples matrimonios e hijos, el usó del corsé ortopédico, su alcoholismo, su existencia errabunda, que se compendian bien en uno de los relatos más extensos, A ver esa sonrisa), en su mayoría, pueblan los bajos fondos de un realismo que es aquí espejo y también ventana a través de la que se filtra una realidad proteica, mestiza, heteróclita, en la cual ambienta la autora sus relatos: lavanderías, psiquiátricos, cárceles, centros de abortos clandestinos, barracas caravanas, hospitales, consultas, playas…y en donde no se edulcora nada, más bien al contrario: tenemos a madres que según sus hijos salen por la puerta para ir al colegio, ellas hacen lo propio para encaminarse hacia alguna licorería a calmar su sed, está presente la soledad en la vejez, la enfermedad y sus secuelas, la moral correosa, la incomunicación, los abusos sexuales, el maltrato, el infanticidio… La naturaleza humana se nos muestra aquí al natural, en todo su jugo y crudeza y está sustanciada en el amor, siempre esquivo y en la lucha, como la de esas mujeres apesadumbradas que dicen estar agotadas de tanto bregar. Ahí creo que reside el espíritu de estos relatos, en la capacidad humana para sobreponerse a todo (que no sabemos si es nuestra bendición o nuestra condena), para luchar hasta el final y para buscar también el Carpe diem que da título a uno de los relatos, la alegría y la felicidad en cualquier lugar y ocasión (como acontece en los voluptuosos relatos acuáticos, donde la vida deviene -episódicamente- bonancible, ligera, bella), donde la narradora no juzga, censura, ni reprueba a sus personajes, sino que los deja hacer, errar, descomponerse, renacer si es el caso, como si los estuviera escuchando apoyada en la barra de un bar, en una conversación que bien podría ser un floreo, pero que no lo es.

En los relatos la clave está en saber rematarlos y Lucia lo hace bastante bien, porque cuando leemos relatos a menudo corremos el riesgo de finalizarlos con caras largas y un monosílabo interpelador, con un ¿y?. Sin embargo aquí Lucia buena parte de sus relatos los clausura de tal manera que logra dibujar en nuestros rostros ora una sonrisa, ora una mueca alegre, ora un velo húmedo en la mirada.

Dice Berlin por boca de sus personajes que les puede el romanticismo y creo que algo (o mucho) de ese romanticismo, contagioso, hay aquí en el enjuiciamiento de estos relatos, como si fuera menester llevar a cabo de vez en cuando una especie de justicia poética, dando relieve y sacando del anonimato a una escritora que muerta hace casi 15 años está ahora en boca de todos. Es un decir.

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El estado natural de las cosas (Alejandro Morellón)

Si en un poemario conviene dejar los mejores poemas para el final, en un libro de relatos hemos de proceder igual. Si algo me ha resultado este libro de Alejandro Morellón es descompensado, porque comienza bien, sigue mejor y se da un batacazo monumental con un relato, el último, aburrido de cojones. Y es curioso porque no he logrado empatizar con lo que le sucede al protagonista de dicho relato, a pesar de haber tenido en mi juventud un amigo, al que apodábamos Kinder, que sufrió lo suyo una temporada a consecuencia de un hydrocele.

Sin lugar a dudas lo mejor del libro con diferencia es el relato que da título al libro, El estado natural de las cosas, que por sus dimensiones es casi una nouvelle. No inventa nada Morellón, sino que más bien tira de homenaje, pues lo protagoniza un fulano que un buen día se va al techo de su casa, se invierte su perspectiva y viene a ser un personaje Kafkiano. Morellón ahí hila fino y va gestionando muy bien eso que entendemos por memoria, así que su personaje comienza a recordar, ayudado por su hermano, trayendo de vuelta a su madre; unos recuerdos filiales que no le serán hay que decirlo, de mucha ayuda, pues al pobre, convertido en un insecto humano, le deja la mujer que de paso se lleva al hijo de ambos, y ve como a su padre lo consume la enfermedad. El testimonio es demoledor, aderezado con algo de sexo, primero virtual y luego carnal. El final es muy bueno. Muy gráfico, cojonudo.

Antes de El estado natural de las cosas, hay otros relatos que parecen transitar lo fantástico, si bien lo que hay es una realidad macilenta y personajes que no saben si van o vienen porque todo es una mierda gigantesca. Me gusta el relato del señor que se amputa un brazo a cambio de dinero. Un dinero que le será de poca ayuda y le hará perder -o eso piensa este Cervantes sin Quijote- enteros ante la memoria de su mujer.

Hace un par de meses este libro ganó el IV premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Dicho queda.
Habrá más Morellón.

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Toni Erdmann (Maren Ade)

Además de un sinfín de premios, para los lectores de la revista Caimán esta fue la mejor película del año pasado. Es una buena noticia porque la película es magnífica y dista mucho de ser un producto palomitero o conformista.

La película es larga, dura algo más de dos horas y media y tiene sentido que así sea, pues esto permite ir dando forma a los dos personajes principales, un padre y una hija, que buscan una forma de entendimiento a través de un lenguaje que se mueve a sus anchas en el humor y en el drama.

El punto de partida es lo que un padre separado experimenta cuando su hija, convertida en una consultora de éxito, se va alejando de él. El padre siente que la está perdiendo, cuando se reúne con su exmujer y refiriéndose a su hija afirma “algo hemos hecho mal”. Es curioso oír decir esto, porque la hija ha estudiado, se ha formado y ha conseguido un trabajo muy bien pagado que la obliga a viajar por el mundo, si bien le resulta tan absorbente que le deja las otras parcelas de su vida tan magras que parecen inexistentes. Ese es el escozor del padre, en parte porque el éxito de su hija no le parece tal (pues no comulga con el discurso neoliberal ni con el trabajo de su hija, intermediaria o facilitadora en despidos masivos. Ya saben, las cosas de la deslocalización), y desde una posición más conservadora quizás el padre no solo piense en su hija, sino también en él mismo, y le gustaría tener un yerno y unos nietos, algo que perpetuase la especie y no una hija que por su ritmo de vida no parece muy posible que le pueda dar descendencia.

En parte sí puede ser esta una película feminista, en cuanto que ella toma sus decisiones y si se equivoca o acierta no le irá con el cuento a nadie, por tanto sí que ella es dueña de su vida -aunque sea un desastre, que ese es otro cantar- y digo en parte, porque como alta ejecutiva y en esas esferas laborales la mujer no feminiza el ambiente sino que se varoniza y debe pasar por alto los comentarios machistas que le toque en suerte escuchar. Como le dice a su jeje “si fuera feminista no trabajaría aquí”. Al padre, aficionado a las bromas, se le ocurre la peregrina idea de ir a visitar a su hija a Bucarest donde ella trabaja y lo hace sin avisar y casi de incógnito, pues es dado a disfrazarse, a usar pelucas o dientes postizos. Este juego de máscaras dará fruto, pues le permitirá al padre ser otro, adoptar otro rol y llegar hasta su hija de otra manera. La escena casi final en el parque con el padre disfrazado de algo parecido a un basajaun me ha parecido desarmante. Un poco antes también hay otra escena clave, aquella en la que padre e hija casi de matute acceden a un domicilio rumano y acaban él al piano y ella cantando The Greatest Love of All, canción que actúa como catarsis y como autoafirmación. La pregunta que cabe hacerse es ¿qué significan el amor propio y la dignidad para el padre y la hija?.

En la película no hay largas parrafadas e incluso las grandes cuestiones que tratan de dirimir padre e hija, como qué es la felicidad, no pueden resolverse de una sola vez, pues no hay aquí discursos prefabricados, sino más bien titubeos, palabras correosas, arrepentimientos súbitos, afectos soterrados, sentimientos encontrados, abrazos que mueren a la mitad, finales abiertos…y todo esto es lo que la directora Maren Ade tan jodidamente bien registra, gracias a un guión complejo que admite múltiples lecturas, contando con dos actores Peter Simonischek y Sandra Hüller que hacen el papel de su vidas y remueven las nuestras, porque esto no es solo cine.