Archivo de la categoría: 2016

Laura Ferrero

Piscinas vacías (Laura Ferrero)

Cuando te tiras de cabeza en una piscina vacía tienes todas las de perder. Cuando coges un libro que es un cascarón vacío tienes todas las de perder. Cuando un libro comienza ya en parada cardiaca y cada nuevo intento de reanimarlo, cada relato sucesivo no hace otra cosa que demorar la agonía, tienes todas las de perder. Cuando coges un libro y a falta de faja o de recomendaciones de otros escritores para leer el libro que tenemos entre manos, la editorial, en este caso Alfaguara, tiene que recurrir a frases como estas: Vale la pena, !Un libro fascinante!, Muy recomendable, Extrema sensibilidad. Como la vida misma, breve pero intenso, cuando leemos sentencias de este pelo, decía, que son las opiniones de lectores que puntuaron con cinco estrellas este libro, que la autora, Laura Ferrero, se autopublicó en megustaescribirlibros.com con tan buena acogida que más tarde Alfaguara decidió incorporarlo a su catálogo, me asaltan todas las dudas del mundo.
Lo he acabado por inercia.
No encuentro literatura en ningún relato, más bien es un folleto publicitario plagado de separaciones, divorcios, infidelidades, niños muertos, intentos de suicidio, niñas muertas, ancianos teleasistidos tirados por los suelos: todo un cúmulo de fatalidades ante las cuales el lector debería implicarse, desgarrarse por dentro, verterse en lágrimas, arrancarse la piel a jirones. Pues no. Nada de esto me sucede porque todas las historias y conflictos se agotan en el título, en la frasecilla lapidaria, sobre la que crecen -es un decir- los relatos, que abundan en lo tópico y manido, con unos personajes emborronados, de nula entidad, que se ven obligados a decir algo para saber que son humanos y no ositos de peluche, y cuyos problemas son casi los mismos en todos los relatos. ¿Cuántas historias de infidelidades hay? ¿Cuántos matrimonios rotos?. Podemos decir. “Es que esto que nos cuenta Laura está a la orden del día”. Sí. Pero abordar lo cotidiano no garantiza nada cuando se hace de una manera tan epidérmica y tan insulsa.

Si un libro de estas características abre la puerta a otros productos similares, tenemos todas las de perder, cuando hablamos de literatura, porque hablamos de literatura y no de productos.

Una amiga comentaba el otro día en GR “a todos nos iría mejor si la gente fuese más lectora y menos escritora“.

Pues eso.

Alfaguara. 2016. 197 páginas.

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Incertidumbre (Paco Inclán)

El autor, Paco Inclán (Valencia, 1975) ofrece crónicas desde lugares remotos como Islandia, Chiloé, Guínea Ecuatorial o de otros más próximos como Formentera, el Sahara, Braga o Irlanda. Crónicas en las que el autor dejando de lado los datos que podemos encontrar en cualquier guía de viaje o la Wikipedia de turno ofrece su “testimonio” (a no ser que a lo Kapuściński haya ciertas licencias a la ficción en estas crónicas, aunque a fin de cuentas lo que hay que enjuiciar es la creación literaria que Paco erige en esta Incertidumbre y que dicho sea de paso, leyendo estas crónicas, me parece que el término Incertidumbre tiene pegada como título, pero resulta vacío si no se sustancia, cuando además y como dijo José María Pérez Alvárez en su Cabo de Hornos, sin estos imponderables e incertezas la vida sería tan aburrida como una sesión parlamentaria) en su pas(e)o por esos lugares, en donde lo que se nos ofrece, más allá de lo objetivo- y este es el valor y meollo, creo, de un libro de estas características- es lo que se filtra a través de los ojos y alimenta los derroteros mentales del reportero en su aprehensión del paisaje y del paisanaje.

De las crónicas leídas, su visita al norte irlandés le permite a Paco transmitir bastante bien como no hace falta un muro para separar a aquellos que no son bienvenidos en según qué lugares, como Armagh, cuando motivos políticos y religiosos dividen y enfrentan a la población.

Cuando menos pintoresca es también la figura de un español (que jura más que habla) en su día a día con los guineanos, en una comunidad crítica con el régimen de Obiang. Una integración la suya, muy peculiar.

Hay otras narraciones como la del Sahara, que van poco más allá de la anécdota.

En Formentera, Paco, mezcla a Julio Verne, con el cruising, y su posible homosexualidad para dejarlo todo en manos de Foucault, o no.

La historia de Paulino Cubero, tiene mucho potencial, pero desgraciadamente la crítica se queda ahí en la superficie, en el titular.

Lo religioso, al menos como reliquia, también tiene su espacio (que incluye en el mismo a Miguel de Unamuno) cuando Paco se va a Braga buscando el brazo menos conocido, el derecho, de San Vicente Mártir.

Chiloé le sirve a Paco para definir el término munificencia, cuando unos anfitriones lo agasajan con tal exceso de viandas y espiritosos que su estómago se vengará vomitándolo todo y cuyo final parece propio de una película de terror, en la que el protagonista parece no poder escapar de sus captores.

En Islandia, el no leer bien en inglés un verbo le ofrecerá a Paco la oportunidad de jugarse la vida conduciendo por esas carreteras que son como pistas de hielo y vivir momentos hilarantes junto a unos jóvenes frikies que andan viviendo o recreando las historias leídas por el pope de las letras islandesas.

La lectura me ha deparado unas cuantas risotadas, pero poco más, pues lo que Paco ofrece creo que se agota al poco de ser leído, pues apenas hay gravedad en el texto, y me resulta todo tan ligero y evanescente como fungible.

La segunda parte del libro: “Hacia una psicogeografía de lo rural” me ha resultado más interesante. Como se ve, la mejor red social es el cotilleo. La mejor publicidad -en esta sociedad o saciedad del espectáculo- es la televisión o la prensa, que reconvierten al forastero sospechoso en famosete al que arrimarse. Aquí Paco se va a las afueras de Vigo a Valladares y allí morando en un contenedor (proyecto avalado por el Museo Reina Santa Sofía) se dispone a conocer a las gentes del lugar, convertido en esponja, en antena, en folio en blanco, en un sin par escuchante; una apuesta antropológica o artística que se ve mermada a medida que pase a formar parte de la comunidad, y al no haber ya distanciamiento ni perspectiva, nada haya que contar y pasado un trimestre -aunque dejarse llevar suene demasiado bien- toque dejar Vigo y cambiar de aires.

Jekyll & Jill. 2016. 212 páginas.

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Los bosques imantados (Juan Vico)

Lees esto que aparece en la contraportada:

Francia, 1870. En el bosque de Samiel se reúnen centenares de curiosos, devotos, médiums y magos, y también la prensa, dispuesta a cubrir los fenómenos que se esperan para la noche del 10 de julio. Locusto, un misterioso mago al que nadie ha visto el rostro, ha anunciado su aparición en el bosque, coincidiendo con el eclipse lunar que tendrá lugar en la noche de Samiel y que propiciará el despertar de poderosas fuerzas. Hasta allí viaja Victor Blum, periodista embarcado en una cruzada personal contra la superchería y el fraude. Dos hechos inesperados, la profanación de una iglesia y un asesinato, pondrán a prueba la investigación de Blum. Un análisis de la fascinación por los fenómenos paranormales y de la necesidad de poner a prueba la fe y la superstición.

Y piensas. Esto pinta bien. Luego sea porque los diálogos son mero relleno y tienen muy poca chicha, sea que el marco histórico parezca de corchopan, que los personajes tengan escaso relieve y pareja profundidad, que la novela sea un truco de magia, donde mientras el truco sucede apenas suscita el menor interés, por mucho que haya un muerto encima de la mesa y una misteriosa inscripción a desentrañar, luego, al final y a toro pasado todo debe explicarse, cuando la historia ya se ha desinflado, sea todo esto junto lo que da lugar a una novela que me resulta fallida.

Novela de Juan Vico (Badalona, 1975) que en definitiva promete mucho, pero que dista bastante de resultarme fascinante, menos aún magnética, ni incluso si me apuran, entretenida. Me pregunto qué pensaría Julio Verne de una novela tan epidérmica y deslavazada como esta, que hace de un mal empleo de la elipsis, su razón de (no) ser.

Seix Barral. 2016. 220 páginas

Kim Thuy Periférica

Mãn (Kim Thúy)

Dice la narradora que Mãn significa la enteramente colmada, la que no tiene nada que desear. Curioso porque ella crece sin sueños, sin esperanzas, sin futuro y con un pasado al que va una y otra vez para que sepamos de su existencia triste, de la ausencia de caricias, de la presencia femenina en su vida pretérita y luego un presente con un restaurante (pocas recuerdos son tan poderosos como los evocados por el aroma y el sabor de ciertos platos) y un marido y dos hijos y el tornado de un amor inopinado que brotará y correrá el riesgo de arrasarlo todo: ese nido que dice haber construido ramita a ramita durante dos décadas.

La narración de Kim Thúy (Saigón, 1968) corre el riesgo de resultar ñoña y si no lo es poco le falta. He leído algunos libros traducidos por Laura Salas Rodríguez (como Muerte de un silencio) y tengo la sensación (que ya he comentado en otra ocasión) de que la traducción mejora el libro, pues en los poemas y en libros como el presente cada palabra tiene tal peso específico que cambiar una palabra supone pasar de la tibieza a la emoción.

El otro día leía El canto del cuco en el que Abel Hernández comentaba que en su niñez su madre por las noches le leía a él y a otros familiares el Quijote. Aquí sucede lo propio con Maupassant. Sucede que uno acaba amando a un escritor, luego su lengua, y finalmente su país. En el caso de la narradora quizás esto no sucede pues al dejar Vietnam y mudarse a Canadá, se queda en esa tierra de nadie donde uno no es ya de ninguna parte y extranjero en todos los lugares.

Los apuntes históricos, como la unificación de Vietnam del norte y el sur, con los comunistas en el poder y sus consecuencias (que la narradora sufre en primer persona), son la parte del libro que más me ha interesado.

Periférica. 2016. 134 páginas. Traducción de Laura Salas Rodríguez.

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Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino (Diego Sánchez Aguilar)

Si en Italia un tribunal multó a una familia por el olor a fritanga que despedía su inmueble, otro tanto podría suceder si alguien interpone una demanda por daños acústicos lúbricos, como los que padece Francisco, uno de los protagonistas del relato Vecinos, quien sufre cada noche los maratones sexuales de una pareja, que folla sobre sus cabezas (en el piso de arriba), sobre la suya y la de su mujer, cada uno rumiando su insomnio, en cada extremo del lecho conyugal, sin que el empuje de sus vecinos les lleve a ellos a hacer lo propio, bueno sí. Algo hay al final. Un intento, un ¿pero qué haces?, que lo dice todo.

Dice la contraportada. Pasen y vean el espectáculo de la Clase Media en todo su esplendor.

No creo que Fernando, el fotógrafo que usa los orgasmos femeninos para su trabajo publicitario, ni Aurora que se va a Cuba a soltarse la melena, con sus amigas, sean clase media, pues como dice Fernando, él no tiene que preocuparse de nada, ni de lo que tiene en el banco, ni de los horarios, pues hace lo que le gusta y encima cobra por ello. Dicho esto, creo que lo que Diego Sánchez Aguilar (Cartagena, 1974) expone, con mayor o menor acierto, es lo que acontece de puertas hacia adentro, lo que no se ve, aquello que alimenta el deseo y las fantasías humanas. Relatos todos ellos marcados por el sexo, por esa pulsión seminal, por esa Ítaca orgásmica, por una Penélope que nos teje y desteje, para dejarnos en cueros con nuestra frustración, con toda esa quincallería publicitaria y televisiva ingerida desde moetes, todos esos anuncios, esas películas, esos videoclips, que convierten el sexo en producto, en reclamo, y que luego la realidad desmiente y demuestra que poco tiene que ver lo que nos venden con lo que sucede dentro de la pareja, donde como leemos en los relatos anida la frustración, la imposibilidad, el hastío, el silencio invasor, la impotencia de decir y expresar lo que se desea, tal que a pesar de estar casados, haya quien busque como José Luis, en Comida de empresa, el contacto húmedo del coño de su joven compañera de curro Cristina, para acabar pajeándose al volver a casa (a la mayor gloria de Youporn.com), acostándose luego sin hacer ruido en la cama en la que su mujer duerme, ajena a él.

Hay también sexo virtual como el que mantiene Guillermo con Gema en Gemidos, relato que incorpora unas curiosas notas a pie de página (notas, presentes en algunos relatos), que dan más información sobre el personaje o sobre su contexto, un sexo virtual que es quizás a lo único que puede aspirar.

Cuba, me parece el relato más flojo y siempre que veo escrito aquello Hasta la Victoria siempre, pienso en Beckham.

Vecinos, del que hablaba antes me parece el mejor relato, pues además no es difícil sufrir ese empuje acústico sexual ajeno, ya sea en un inmueble o en camping cómo me ha sucedido alguna que otra vez.

Injusticia, viene a ser como ese !Me lo merezco, me lo merezco!, a saber, que siempre viene bien echar una cana al aire, como hace Paula, cansada de estar casada y con hijos, quien ve en el regreso de un amor de juventud, un tal Ramón, la posibilidad de salirse con la suya para entrar en el cuerpo de Ramón.

Anunciación de María, tiene su punto macarra y a pesar de lo rocambolesco, esa falta respote tan vigente y esa pugna entre lo que uno creo que es y lo que realmente bulle por dentro en casos de celos, como el presente, creo que está muy bien explicitada, un relato que cede la voz, en parte, a María, para que ésta, entre vapores etílicos, y ya desinhibida del todo, al grito de “Fóllame bien fuerte“, reciba sexo de su amante, acrecentado su frenesí sexual al saberse escrutada y deseada desde una mirilla, por un ojo ávido.

De El Perfume me gusta su final, porque la literatura, al igual que el tiempo tampoco tiene tabiques, y es extenso e infinito, y estos relatos de Diego hurgan en nuestro interior tanto como iluminan ciertas zonas de sombra. Hete ahí su logro.

Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino obtuvo el XIII Premio Setenil. Por aquí ya he hablado de otros libros de relatos premiados con este galardón como Estancos del Chiado de Fernando Clemot o Historia secreta del mundo de Emilio Gavilanes.