Archivo de la categoría: Literatura Italiana

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Memoria del vacío (Marcello Fois)

Como se dice en la Biblia, hay que dar de beber al sediento. En caso de no hacerlo, atente a las consecuencias. Así Stocchino.

Marcello Fois (Nuoro, 1960) indaga en la figura de Stochino, sardo convertido en leyenda, a consecuencia de sus crímenes y su capacidad para huir reiteradas veces de sus captores. La figura de Stocchino como se refiere al final de la novela, podría ser la de un santo (pendenciero); una existencia llena de luces y sombras.

Stocchino, viene a este mundo a pesar de los deseos de su madre Antioca, que no quiere más hijos. Un nacimiento maldito, como le hace saber, cual vaticinio oracular, una parroquiana a Antioca, pues el niño es un lobo con piel de cordero, en cuyo interior mora la bestia. Stocchino falsea su fecha de nacimiento y así se enrola a los 16 años en el ejército italiano, para luchar en la Primera Guerra Mundial, primero en territorio africano y luego en Gorizia, (en la hoy frontera de Italia con Eslovenia) contra el ejército austriaco. Su valentía o temeridad, ese encararse con la muerte a pecho descubierto lo convierten en un héroe local. Eso en teoría, porque los caciques locales se la tienen jurada. Un odio que viene de antiguo, que comenzó cuando yendo Stocchino con su padre, Felice, al regreso de un bautizo, de noche, piden agua en casa de un tonelero, y este les niega la caridad líquida. Esa falta de humanidad, de solidaridad, prenderá el pedernal en su interior, la llama del odio en Stocchino, que desde ese día solo se alimentará de venganza, en su empeño de hacerle pagar esa ofensa al tonelero y a todos lo que son tan despreciables como él. Esas diferencias no se resuelven hablando, palabras inermes ante el odio mutuo, ancestral, propio de un bucle infernal que solo entiende de cuchillos, de sangre derramada.

Cuando Stocchino deja el frente, la guerra, la suya particular sigue. A su alrededor se acumulan las muertes familiares, ora su padre, ora su hermano Gonario, asesinado, ora su madre. La destrucción se ve compensada por el amor que le tributa Mariangela, aquella niña que le salvó de niño, cuando Stocchino se precipita por un barranco y acaba yendo a parar a un arbusto que sobresaliendo de la vertical lo acoge en su seno, como el nido al polluelo.

Fois pergeña una historia muy entretenida, subyugante, palpitante, muy vívida y embravecida, sumida del espíritu de las tragedias griegas, pero ambientada bajo los cielos sardos, y ya sea en los escenarios bélicos donde uno siente silbar las balas alrededor o la bayoneta sajando un cuerpo -en esas guerras que son máquinas de picar carne humana- o bien en las escenas que transcurren a campo abierto o en el interior de una gruta, donde Stocchino es ya poco más que una fiera acosada y hostigada (por cuya cabeza, el mismísimo Mussolini fijaría una recompensa astronómica), son los abismos interiores, los precipicios sin fondo, la insondable soledad, la imposibilidad sempiterna, el vacío que lo va tomando todo, lo que tan bien explicita Fois, dando vida, exhumando la figura del forajido, bandolero, desgraciado, malhadado, matarife y justiciero Stocchino, a quien no le dieron de beber de chico y esa sed -ulteriormente de venganza-, ya no se aplacaría nunca. Un Stocchino siempre en caída libre, ya desde su nacimiento.

Una figura grande, muy grande la de Stocchino (que dicho sea de paso me trae en mientes, salvando las distancias, la figura de El Canícula Bayalino), la que pergeña Fois en esta espléndida novela.

No he tenido en ningún momento la sensación de estar leyendo un libro traducido, lo cual dice mucho de la labor de Francisco Álvarez.

Hoja de Lata. 2014. 270 páginas. Traducción de Francisco Álvarez Gónzález.

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En la tierra de los santos y los poetas (Alfredo Panzini)

Curioso libro de viajes, dado que los viajeros se desplazan en bicicleta por los caminos de Italia, allá por agosto de 1898, desde Rimini, hasta Scheggia, yendo por la costa adriática, para luego dejar Loreto e ir hacia el interior, hacia Macerata, Asis, Gubbio, Spello (pueblo en el que caí casualmente en unas vacaciones por Italia y me maravilló), Perugia y Scheggia donde finalizará el periplo. Un periplo que diré que me ha sabido a poco, pues uno sigue queriendo leer más sobre las andanzas cicloturísticas de Alfredo Panzini y Pasini.

Lo que ambos registran es el encuentro con los lugareños, ya sean agricultores, peregrinas, cicerones, mendigos, curas; toda suerte de humanidad que uno puede encontrar en los caminos y aldeas. Más allá de referir al lector las características del paisaje -agostado por las fechas que son-, el narrador, inflamado de poesía, a tal fin, rememora los versos de Dante, de Leopardi, pues se trasladan hasta los lugares exactos donde los poetas alumbraron algunos de sus poemas inmortales.

En la narración prima un estilo recargado, rico en detalles, aunque a veces un tanto pomposo. Es curioso que a pesar de que el viaje siempre es territorio abonado para la sorpresa, Pasini, de profesión ingeniero, quiera tener toda la ruta organizada al detalle, de tal manera que no haya lugar para que estos cicloturistas vean algo que no haya sido programado de antemano, lo cual me choca, porque precisamente lo bueno de viajar es salir de la rutina, para entregarse en los brazos voluptuosos del azar, de lo inopinado.

Con este libro de Alfredo Panzini (1863-1939), Ardicia, pone en el mercado su libro número 26 –y si no recuerdo mal, de esta editorial he leído Los caníbales, Dr Krupov, Mi carso, La virtud de Checchina, La maestra-. Al igual que en Mi Carso o La virtud de Checchina, la traducción de Pepa Linares, brilla a buen nivel, a pesar de que he encontrado por ahí un par de deslices, en la concordancia de artículos y sustantivos.

Choque de civilizaciones por un ascensor en Piazza Vittorio

Choque de civilizaciones por un ascensor en Piazza Vittorio (Amara Lakhous)

Amara Lakhous (Argel, 1970) sitúa su novela en Roma, en concreto en la Piazza Vittorio, plaza babélica, crisol de culturas y lenguas. Amara da la voz a los inmigrantes, ya se trate de una cuidadora peruana, un lavaplatos iraní, un comerciante bengalí…, pero la voz preponderante la tiene Amedeo, que vive en un inmueble de esa plaza, vecino, entre otros, de una portera napolitana y hocicona, un holandés que ansía ser director de cine, un profesor que echa pestes en Roma alejado de su Milán querido y un tal Lorenzo, el Gladiador, que un buen día muere asesinado en el ascensor -que sirve como espacio aglutinador, ese sepulcro con ventanas donde se despliega buena parte de lo que sucede en la novela-, y no saben a quién colgarle el muerto.

Amara a través de estas voces de inmigrantes y nativos da su parecer sobre la manera en la que los italianos aceptan o no a los inmigrantes, y la manera en la que estos inmigrantes a su vez se integran, lo cual a menudo no les es fácil, pues siempre se sienten en el exilio, desubicados, añorando a sus seres queridos, los olores, el abrazo de una madre…

El concepto de extranjero no sólo se aplica a los extranjeros, sino a los propios italianos, pues como sucede aquí, siempre afloran a las primeras de cambio, los tópicos propios de las rencillas norte-sur, y en Italia, los del norte se creen los currantes y los del sur pasan a ser los vagos y los mafiosos. Una rivalidad, un encaramiento, que por ejemplo el fútbol aún lo dimensiona más. De boca de Benedetta sale el discurso que siempre oímos, a saber, que los inmigrantes nos roban, nos quitan los puestos de trabajo, violan a nuestras mujeres, cobran todas las ayudas, viven del Estado y espumarajos parecidos. Un inmigrante considerado como un todo, sin importar el país de origen, su cultura o religión, pues para los de aquí, los de allá, son todos son inmigrantes, todos malos. Contra ese dictamen Amara reflexiona con agudeza, y para ello emplea la ironía, el humor, su inteligencia, la sutileza, para ir poniendo en boca de los personajes sentencias y pensamientos que muchos comparten, pero que leídos suenan ridículos, por que lo son, y lo único que demuestran es una combinación letal de ignorancia y mala leche en aquellos que los esgrimen.

El comienzo, con un tal Parviz, el lavaplatos que detesta la pizza me ha resultado algo flojo, pero es cierto que a medida que he avanzado en la lectura me he ido metiendo en la historia, siendo parte, como espectador, de la Piazza Vittorino, de los pormenores de esa inmueble, donde creo que la gran creación de la novela es Amedeo, en el que quiero pensar que Amara ha puesto mucho de sí, pues leyendo su biografía, comparte muchas cosas con Amedeo, esa persona que hace el mundo mejor, sin soflamas, sin discursos, tan solo con su quehacer diario, con sus actos, con su sonrisa, con su conocimiento, de las cosas y de las personas; él, un extranjero que asume otro país mamando su lenguaje, exprimiendo el diccionario, validando lo que dijo Cioran “No habitamos en un país, sino en una lengua“.

Al acabar la novela se comenta que no se nos permite ser neutrales, pues siempre parece que hay que estar en un bando o en otro, y que no se tolera, la equidistancia, algo que a menudo deriva de tener una ideas propias que no caen en terreno de nadie, sino a caballo entre ambos. Amara huyó de su país, Argelia, por su pensamiento, por sus ideas, y ya en Italia, escribió esta novela en italiano en 2006, donde aquel que quiera entender, entenderá, y en cuyo caso creo que la disfrutará tanto como yo.

Creo que es la primera novela que leo de Hoja de Lata. No será la última. La edición impecable. No he encontrado ninguna errata. La traducción, obra Francisco Alvárez González, muy meritoria, si bien se me hacía raro, aunque sea correcto, leer eso de quianti en lugar de chianti.

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El vientre de Nápoles (Matilde Serao)

En La decadencia de la mentira Oscar Wilde arremetía contra los escritores naturalistas como Zola y afirmaba que el lector no tenía por qué estar expuesto a las miserias de los demás, que el arte –siembre en búsqueda de la belleza-, estaba llamado a otros fines. Matilde Serao (1856-1927), creía precisamente lo contrario.

En 1884 tras la epidemia de cólera que asolará Nápoles, el Rey Umberto I, acompañado de su ministro Agostino Depretis, visita algunas calles populares, y a la vista de la situación, este último exclama: “Bisogna sventrare Napoli”, Matilde Serao escritora -de novelas como La virtud de Cecchina- y periodista –fundadora junto a su marido del periódico Il Mattino y ya en solitario de Il Giorno-, aprovecha la exhortación para escribir una serie de artículos bajo el título Il ventre di Napoli -El vientre de Nápoles- donde dará su testimonio, ella que conoce la ciudad de primera mano -a fondo- incluidos los bajos fondos y no sólo la Nápoles de postal que aparece en las novelas.

No sé si Thomas Berhnard leyó estos textos de Serao, supongo que no, pero lo que Serao transmite en estos artículos es muy parecido a lo que Bernhard hizo en su novela autobiográfica El sótano, cuando describía la situación dantesca que se vivía en el poblado de Scherzhauserfeld en la ciudad de Salzburgo, donde florecían la pobreza y la marginalidad, sin que las instituciones quisieran hacer nada por aliviar la situación de los que allí (mal)vivían.

Serao carga las tintas en sus crónicas contra el Estado, al que demanda un mayor compromiso, dado que las acciones gubernamentales van poco más allá de alguna mejora estética; decisiones tomadas con muy poca cabeza, algo razonable, cuando el que toma las decisiones desconoce la situación que pretender arreglar, así Serao describe el fracaso que suponen las viviendas populares, dado que por muy bajo que se el precio del alquiler de las mismas, siguen siendo muy caras para la gente del pueblo que gana unos jornales miserables tras jornadas de doce o más horas diarias.

Serao apela a la dignidad humana, siendo necesario crear unas condiciones higiénicas y de salubridad que hagan que las viviendas de la gente más humilde sean lugares bien ventilados y luminosos, y no covachas infectas, sin luz ni ventilación, donde se hacinan los más pobres, sin red de alcantarillado, lo que les obliga a vivir sobre sus propias inmundicias y desechos, propiciando toda suerte de vicios y abocando a la degradación física y moral.

Hay apuntes del Nápoles más pintoresco, como esas vacas que recorren la ciudad, suministrando leche a los vecinos y dejando todas las calles alfombradas de mierda, o los mercados callejeros sitos en calles que nunca han sido saneadas, de tal manera que resulta casi imposible transitar sin ellas sin ir al borde de la arcada, de la náusea, del indómito vómito.

Serao apela al Gobierno a abrir más escuelas, a priorizar el gasto público, a instar para que se abandonen proyectos faraónicos, que no mejoran en nada la situación del pueblo, sino que agravan en todo caso su situación, contrayendo el Estado deudas.

Serao expone cuales son los males de la sociedad napolitana, porque no solo carga las tintas contra el Estado, sino que también reconoce en el pueblo napolitano su adicción al juego –muy curioso lo que Serao explica sobre la Smorfia, sobre la ciencia de la clave de los sueños, tal que la sociedad se describe a través de guarismos, ya que por ejemplo decirle alguien que alguien es un 22, es tomarlo por loco- y considera Serao que “La lotería es el aguardiente de Nápoles, la lotería, un juego que no los saca de su pobreza y marginalidad, sino que las más de las veces las agrava, al tener que tomar dinero prestado para poder jugar, propiciado por las usureras locales, las Raffaelas, las Grabiellas, que como una alternativa más rápida y eficaz que los bancos, ponen a disposición de los entusiasmados y esperanzados jugadores las cantidades precisas que luego, los boletos no premiados, irán apuntalándolos cada día más en su desesperación e infelicidad, lo que les conmina a buscar dinero por otros medios, surgiendo así los robos, los hurtos y toda suerte de actos ilícitos.

Serao vuelve a sus crónicas en 1904, veinte años después y constata como las cosas han mejorado, al menos en parte, pero a su vez, las grandes bolsas de pobreza, marginalidad y hacinamiento siguen conviviendo con barrios más lustrosos, saneados y ventilados. Se deshace en elogios Serao hablando de la calle Toledo –tuve la ocasión de alojarme en esta calle durante los tres días que permanecí en Nápoles (fotos: I, II, III) y todo lo que afirma Serao, un siglo después se mantiene-, apela a la ejemplaridad política, tal que no importaría la ideología, sino la honestidad, el deseo de mejorar la situación del Pueblo, siempre y cuando los mejores hijos de Nápoles dedicaran su vida, a través del ejercicio político, a hacer de Nápoles una ciudad esplendorosa, ejemplo y orgullo de sus ciudadanos.

En esa vena idealista Serao ofrece alguna crónica que incide en la fraternidad obrera, que lleva a seis mil obreros a declararse en huelga, a fin de que no despidan a ciento y pico de ellos, o el nacimiento de una criatura en plena calle que permita dar cuenta del espíritu solidario del pueblo, cifrado en toda clase de bienes: cunas, trapos, vestidos…

El libro se cierra personalizando y concretando ese espíritu de Serao en la figura de dos personas que le han marcado: Ettore Ciccotti y Teresa Ravaschieri. El primero, aquel que todos en Nápoles conocían como El Padre, dedicado a mejorar la vida de sus ciudadanos, desde la acción, desde el ejemplo, a quien le retiran su acta de Diputado, a un tris esta de devenir dicha acción en un baño de sangre. Teresa es su madre, a quien Serao admira, ama y venera, y a quien trata de emular en su hacer, en su decir, y estas páginas, estas crónicas son prueba de que Serao tenía el mismo espíritu, la misma necesidad de denunciar la injusticia, el mismo anhelo de dar voz a los oprimidos, el mismo convencimiento de que una sociedad digna sería aquella en las que todos los ciudadanos –electores o no- vivirían dignamente, comiendo caliente a diario, y con una educación pública –suministrada por el Estado- que les permitiese saber leer y escribir, y con la posibilidad de un empleo que los alejara de la mendicidad, del robo, de la perdición.

Gallo Nero ediciones. 2016. 166 páginas. Traducción de Juan Antonio Méndez.

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La maestra (Clarice Tartufari)

Clarice Tartufari (1868-1933) escribe este relato en 1887, con 19 años y leído ahora me resulta simplón e insulso. La protagonista, una tal Ginevra, es una sufridora nata. Tras obtener un título como maestra consigue un trabajo en un pueblo donde el alcalde se encapricha de ella y al no plegarse ella a sus demandas amorosas, decide el alcalde hacerle la vida imposible, tal que se ve obligada a dejar su trabajo y también el pueblo, para poco después emplearse como doncella de otro tipo que la pretende, pero que va camino del altar, con otra, no con ella, así que Ginevra se ve de nuevo sin trabajo y sin maromo, hasta que en su auxilio viene un primo suyo que siempre la ha pretendido y dado que la situación de ella es precaria, se ve desprotegida y necesita la protección de un hombre, da entonces el visto bueno al enlace y colorín colorado.
No he encontrado en el relato nada reseñable.

Lo edita Ardicia con traducción y prólogo de María Ángeles Cabré.

De esta temática, no de lo que tiene que ver con el folletín, sino de lo que tiene que ver con la docencia y la lucha de la mujer por defender sus derechos y la igualdad, me gustó mucho más La maestra Annuzza.