Archivo de la categoría: Literatura americana

NOG

NOG (Rudolph Wurlitzer)

He leído o creo haber leído Nog.

La prosa que se gasta Rudolph Wurlitzer (Ohio, 1937) es del mismo pelo que la de Erickson en Días entre estaciones, que me horripiló. Como hacía Erickson, Wurlitzer cuando no sabe qué hacer con sus personajes los pone a follar o él se saca la polla y ella se la come. Sí amigos, placer licuante a tope. Vida líquida y seminal.

Lo demás resulta caótico, errabundo, un chapurreo donde un fulano divaga, delira, fantasea, recuerda, borra sus recuerdos, los reconstruye, mientras recorre Estados Unidos con tres recuerdos y un pulpo de mentirijillas, por ríos, montañas, cañones o canales, acompañado de una mujer y de otros tipos que no sé si son entes asociados, disociados o consorciados del narrador. Si la primera parte, a pesar de la alucinación del personaje resulta pasable, la segunda mitad es un plomo.
Lo bueno es que uno aprende palabras nuevas como tipi, cabás o fregata, pero para tan magro resultado no vale dejar cinco horas leyendo esto, o quizás sí.

En breve, Wurlitzer publica por estos lares Zebulon y tenía ganas de leerla, pero después de tamaña decepción, en caso de abundar más en Wurlitzer sería ya masoquismo, aunque parece ser que al tratarse esta de su primera novela, que la escribió con 30 años, allá por 1968, me resulta un tanto a medio cocer y que las novelas que sucedieron a esta son mejores. Veremos. O leeremos. O.

Underwood. Traducción de Rubén Martín Giráldez. 2017. 190 páginas.

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Días entre estaciones (Steve Erickson)

Dijo Steiner: “No cabe duda de que el contraataque más exuberante lanzado por escritor alguno contra la reducción del lenguaje es el de James Joyce”. De Erickson, autor de esta novela, por mucho que Pynchon le echara flores en su día, podemos decir lo contrario.
Erickson empobrece el lenguaje con párrafos como este:

Podía contar sus líos amorosos con los dedos de ambos manos, pero le faltaban sumar las mujeres con las que tan sólo se había acostado. De esas últimas podía olvidarse, podía aceptar que sólo les había metido el pene y dejado nada más que un charco blanco…

Esto es una pequeña muestra, lo grave es alumbrar un personaje como Jason. Bueno, decir personaje, es un halago, porque hacía años que no leía una caracterización tan burda de una persona, y lo peor del asunto es que ese personaje es clave, porque de ese prenda que parece sacado del anuncio de AXE: esa clase de tipos que les dicen a sus novias “me voy a follar a todas las demás, pero cuando venga a verte, prepárate para darme todo el placer que me debes”. Así, la pobre Lauren a pesar de que Jason, su marido, le pone mil cuernos, ella resiste, no tiene claro si le quiere o no lo quiere, y lo mejor de todo es que cuando pierden el hijo que tienen en común, en lugar de distanciarse, que es lo habitual, pasa lo contrario, no porque la novela no sea verosímil, que no lo es, sino más bien fantástica, no porque sea maravillosa, sino porque no es verosímil, decía, que en lugar de distanciarse, Lauren cree que se debe a Jason, que la pérdida del hijo les tiene que unir, así que del hombre del que está enamorada, o eso cree, porque aquí todo está cogido con pinzas y todo es vago, romo, chato, etéreo, evanescente, y azulado, a ese hombre que atiende al nombre de Michel, lo tiene que poner de patitas en la calle, para estar con Jason, que no lo he dicho, pero es ciclista, sí, ciclista olímpico, que corre también en tours de Francia, y participa en pruebas como la que se disputa en Venecia. No es coña, no. ¿Una prueba ciclista en Venecia?. Sí, amigos, la literatura, lo puede todo y cuando alguien tiene la imaginación hiperexcitada de Erickson todo puede derramarse –como Jason- sobre el papel. Sigue leyendo

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La muerte de un viajante (Arthur Miller)

Esta espléndida obra teatral la escribió Arthur Miller (1915-2005) en 1949. Leída hoy resulta muy actual, pues todos los temas que se tratan siguen muy vigentes.

El título ya nos da una pista. El viajante, Willy, muere, y lo hace cumplidos los sesenta, cuando después de dejarse toda la vida en la carretera, una vez que le han sacado toda la pulpa, se siente como el hueso de una aceituna que acaba en el suelo de cualquier bar, esperando a ser pisado.

Willy tiene dos hijos en los cuales tenía puestas muchas esperanzas, pero que la realidad desbarata. Uno es un mujeriego y el otro un holgazán. Willy no ha hecho carrera con ninguno de los dos y esto lo trae por el camino de la amargura.

Willy quiere a su esposa Linda, pero no tiene reparo en serle infiel en sus estancias fuera del hogar.

Willy se siente asfixiado, ninguneado, orillado y solo se le ocurre una idea peregrina para arreglar las cosas.

Arthur Miller mantiene el climax desde el principio hasta el frenesí final, cuando todo aquello que está latente vaya aflorando, a medida que todos los miembros de la familia se quiten las máscaras, y surjan los reproches, las acusaciones, las mentiras, las verdades ocultas, y Willy constate que el desajuste entre sus sueños de juventud y la realidad adulta, a veces es tan acusado y tan mortificante, que parece que solo la muerte obrará el milagro de devolverle la paz.

En 1949 el sistema capitalista ya era lo que es hoy: una máquina de picar carne humana.
Miller nos obliga a pensar sobre lo que entendemos por dignidad -sobre las circunstancias que obligan a un tipo corriente a pensar en el suicidio como una solución para mejorar las cosas-, y su hijo Biff, con su espíritu idealista y tarambana, negándose a ser una pieza intercambiable más del sistema, esencia ese espíritu inconformista que sin saber lo que quiere, sabe muy bien lo que no quiere, aquello de lo que -aunque tenga todas las de perder- no quiere formar parte.

Círculo de lectores. 170 páginas. Traducción de Jordi Fibla. 2002

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Ruido de fondo (Don DeLillo)

El ruido de fondo del título, es el ruido de la muerte, o bien el de la insatisfacción, o bien ese comecome ante la falta de sentido, en existencias nihilistas, donde los lazos pierden consistencia y las maromas afectivas tradicionales se reemplazan por hilillos digitales. Tal que incluso uno de los personajes ambicione -con escaso éxito- perder interés en sí mismo.

Ruido de fondo es entre otras muchas cosas una novela familiar; una familia reconstituida, tras los cuatro matrimonios de Jack, el protagonista, profesor universitario, que sale de su grisura y toma relieve especializándose en Hitler.

DeLillo escribió Ruido de fondo en 1985 -por el que obtuvo el National Book Award- y lo que trasluce su lectura es la ironía amarga y el desencanto ante una civilización decadente, ante una sociedad desalmada y tecnificada, donde la religión católica se ha visto sustituida, complementada o solapada por la religión catódica, donde sus creyentes, juntos ante una pantalla realizan su particular comunión familiar diaria, empapándose de publicidad -no es de extrañar que una de las hijas de la pareja cuando sueñe musite cosas como Toyota Celica-, donde los malls se erigen en templos del consumo, del bienestar, del confort: luminosas y lechosas matrices placentarias y placenteras.

La realidad en la que se insertan los personajes de la novela adopta la entidad de una amenaza que presenta distintas caras: contaminación en todas sus manifestaciones: escapes, derrames, vertidos, productos químicos -todo aquello que plasmó tan bien Evan Dara en El cuaderno perdido-, ondas electromagnéticas, publicidad o una nube tóxica, como la que amenazará a Jack, a su familia y al vecindario, que los obligará durante unos días a huir de sus casas: una huida que confiere a su nueva situación vital a la luz de los acontecimientos un estatuto precario y funesto; una situación que les permite a su vez, sacar cosas dentro de ellos que hasta la fecha permanecían ocultas.

La naturaleza humana, entendida como la suma de elementos y reacciones químicas y por tanto manipulables, da lugar al nacimiento de un fármaco, el Dylar, y se experimentará con los pacientes la posibilidad de que mediante su ingesta estos dejan de temer a la muerte. Un fármaco que probará Babette, la mujer de Jack, lo que pondrá a prueba la fortaleza de su relación, cuando a la narración se incorpore una infidelidad. La de ella. Una muerte -un concepto, un acontecimiento ineludible- que sirve a la pareja para alimentar sus miedos, agravado cuando Jack se sepa víctima del Niodeno-D.

DeLillo acomete la narración con un tono humorístico rayano en lo paródico, sarcástico a ratos, donde no falta la sensibilidad en su mirada amable hacia los más jóvenes; estos siempre en ebullición, siempre sorprendentes -los diálogos que Jack y Babette mantienen con sus vástagos: Heinrich, Steffie, Denise y Wilder, son de lo mejor de la novela; diálogos que permiten compartir sus conocimientos y encauzar y embridar la narración a través de constantes interrogaciones e interpelaciones; la duda y el ansia de saber, de cosificar su realidad, como alimento y empeño vital-, dueños de metas y anhelos a veces estrambóticos, como querer formar parte del Record de los Guinnes, llevando a cabo empresas absurdas, sierpes mediante, y una mirada también tierna y esperanzadora hacia la pareja, porque cuando Jack está bajo las sábanas junto a su mujer, es el único momento en el que éste pareciera sentirse a salvo.

Tenía la idea de que leer a DeLillo era más farragoso, idea que germinó cuando leí El hombre del salto, pero que quedó en entredicho cuando leí recientemente sus relatos de El ángel esmeralda. Ruido de fondo es una narración lineal y fluida, que se lee -o se devora-, tremendamente divertida y humorosa, donde sobre lo aparentemente liviano DeLillo crea un narración profunda, sólida y a su vez demoledora.

Estemos más o menos de acuerdo con el funesto diagnóstico de DeLillo, lo que es indudable es que esta lectura enriquece y da profundidad a nuestra mirada, pues a lo largo de la narración hay un sinfín de planteamientos filosóficos, que nos llevan a reflexionar sobre la irrealidad delirante de tener un arma mortífera en las manos -un arma que obra milagros incluso sobre quienes las aborrecen, cuando dicha arma sirve a un plan donde lo racional se inhibe ante lo visceral- , lo que entendemos por civilización, por progreso, cuando el ser humano a las primeras de cambio, cuando le golpea cualquier imprevisto -no ya solo los desastres naturales- como por ejemplo una nube tóxica -obra de los humanos-, se ve inerme, inútil, desposeído de cualquier conocimiento y saber que le permita lidiar con su situación, como si todo ese Conocimiento, ese Saber, fuera un escaparate, algo que vemos desde el otro lado, pero del que no formamos parte, pues como enuncia DeLillo “¿De qué nos sirve el conocimiento si éste se limita a flotar en el aire? ¿Si se limita a viajar de ordenador en ordenador? Cambia y crece con cada segundo que pasa al cabo del día, pero nadie sabe nada en realidad”.

Sería interesante leer una actualización de los temas expuestos en Ruido de fondo, cuando todo lo aquí anunciado, lejos de corregirse, creo que se ha visto agravado con el correr de los años, ante una realidad cada vez más crispada y amenazante, un vasto planeta de sociedades cada vez más armadas, tecnológicas, violentas y desalmadas.

Seix Barral. 2006. Traducción de Gian Castelli. 432 páginas.

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Los antepasados (Mary Ann Clark Bremer)

Poco me gustó Una pasión parecida al miedo de Mary Ann […] Bremer (1928-1996). Los antepasados me ha gustado aún menos. Me sorprende que una sucesión de naderías, jirones de recuerdos y grises remembranzas, den a luz un libro como el presente. La prosa de Bremer me resulta plomiza y tediosa y cuando se nos va por la vía lírica aquello es el anticlimax. Además, después de ver lo que un escritor como Vicente Valero fue capaz de hacer en una situación análoga -al echar mano de recuerdos, fotografías, cartas, diarios, para entender mejor la historia de sus antepasados- en su espléndida novela Los extraños, por comparación, estos apuntes de Bremer son pocos más que eso, apuntes o pespuntes o descartes o…

Lo edita Periférica con traducción de Hugo Bachelli.