Archivo de la categoría: 2014

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Socotra, la isla de los genios (Jordi Esteva)

Jordi Esteva (Barcelona, 1951), autor de este libro de viajes, fantaseaba desde su época como escolar con visitar algún día la isla de Socotra. Esteva va por tanto en pos de un sueño, que al final logrará cumplir, a los sesenta años, tras cuatro décadas viajando, al arribar a los altos de al-Haggar. Esteva quiere saber, empaparse de las leyendas e historias locales. No es fácil, pues los lugareños socotríes, salvo los más ancianos, parecen haber olvidado parte o casi todo su pasado, toda vez que las Sagradas Escrituras, aquí el Corán, despoje a la sociedad de mitos y leyendas. Así, será Esteva quien referirá las leyendas y mitos, que éste ha leído en otros libros, a los oriundos. Mitos y leyendas que hablan de Gigamesh, de Urano, de Zeus trifilio de Cástor y Pólux. Una isla, Socotra (ubicada próxima al Cuerno de África y debajo de Yemen), muy codiciada por su producción de mirra, incienso, y ámbar gris. Una isla de la que daba cuenta Marco Polo en El libro de las maravillas del mundo. El testimonio del viaje de Jordi Esteva, es un testimonio de un mundo cada vez más homogeneizado, donde el progreso anula las diferencias. En Socotra, en esta isla remota, Jordi se encuentra consigo mismo, y es feliz durante unas cuantas semanas, en buena compañía, en un paraje casi arcádico, donde no hay luz eléctrica, ni móviles, donde se viaja a pie, y en ocasiones se duerme en cuevas o al raso, arropado por millares de estrellas, al tiempo que Esteva y sus acompañantes, disfrutan de la generosidad y hospitalidad local. Lugareños, siempre dispuestos a compartir con los visitantes sus escasos víveres, ya sea te, dátiles, leche de cabra o miel. La lectura me ha resultado muy entretenida y a ratos fascinante, a lo que también contribuye las espectaculares fotos en blanco y negro, de rostros y paisajes.

Me trae en mientes esta lectura capítulos que había leído hacía años en Mani de Patrick Leigh Fermor. Ambos maridan bien lo mucho y bien leído, con su mirada particular y crítica (Esteva comenta por ejemplo el papel de la mujer en el Islam o el trato que la religión católica dispensa a los animales), ante un mundo antiguo camino de la aniquilación y que Esteva en este libro trata de preservar, atesorando cuantas narraciones orales socotríes es capaz de registrar.

Henri Roorda

Mi suicidio (Henri Roorda)

Henri decide suicidarse a los 55 años. No lo hace a consecuencia de una enfermedad terminal, o porque su situación económica sea desesperada o por cualquier otra circunstancia de manual. Más bien Henri creo que entiende que la libertad nos permite disponer de nuestra vida a nuestro antojo.

Henri quiere un proceder regido por la exaltación, el entusiasmo, el gozo, un vivir con embriaguez, en suma. Cuando esa ilusión, ese entusiasmo, esa chispa falta, vivir es simplemente acumular días. Henry tiene hambre de ternura, un hambre insaciable que acabará matándolo/se. Sus 30 años de docente, esa formación de jóvenes espíritus tampoco le deparará ninguna alegría.

Me resulta el suyo un testimonio franco, veraz, sincero. A pesar de su brevedad, he encontrado en el texto -este librito que hace las veces de nota de suicidio- unas cuantas frases interesantes que reproduzco a continuación.

El Estado no ofrece a quienes instruyen a los escolares ocasión de renovar su tarea y de rejuvenecer de esta manera su pensamiento. ¿Consiste su base en transmitir entusiasmo los jóvenes? No, el entusiasmo es peligroso. Por mi parte, me gustan los inicios, las salidas, los impulsos renovados.

Me deprimiría menos la perspectiva de volver a dar mis lecciones si los que me pagan me dijeran: “Dé a estos niños lo mejor de su pensamiento”. No tengo nada en común con esos funcionarios que se sienten orgullosos de ser una “rueda” más del engranaje social. Necesito emocionarme con las verdades que enseño.

No estaba hecho para vivir en un mundo en el que se debe consagrar la propia juventud como preparación para la vejez.

Hay corazones a los que nuestra estúpida moralidad condena una juventud demasiado corta y a una vejez demasiado larga. La vejez no sirve para nada.

Si yo hubiera creado el mundo, habría situado el amor al final de la vida. Los seres humanos se habrían visto sostenidos, hasta el final, por una esperanza confusa pero prodigiosa.

Trama editorial. 2014. 64 páginas. Traducción de Libertad Aguilera.

Mientras nieva sobre el mar

Mientras nieva sobre el mar (Pablo Andrés Escapa)

No me resulta fácil encontrar un conjunto de relatos tan bien equilibrado, donde no creo que sobre ninguno y donde se puede sacar jugo de todos ellos.

Habla Javier Goñi en la contraportada de palabras en estado de gracia. Poco más puedo añadir.

He leído estos relatos -que validan lo que proponía Antonio Pereira en el Prólogo de Me gusta contar, a saber: Lo primero es tener una historia que contar. Extender la historia mientras no peligre el sagrado efecto único (Poe). Que siempre haya expectativa. ¡Algo va a ocurrir!. El novelista puede ser altanero. El cuentista debe ser cordial y amistoso;- con asombro y regocijo sin tasa, ante una prosa pletórica, proclive a la reverberación, fecunda (hontanar en que abrevar), que (nos) vivifica; palabras como semillas, regadas por el talento, la imaginación y vertidas sobre la infancia, la soledad, el misterio, la magia, el humor que asoma por ejemplo en Circunstancias de los vasos comunicantes, el aliento poético (que más bien es bocanada), en suma, un aumentar la realidad a través de la ficción, gracias al arte del buen narrar de Pablo Andrés Escarpa (León, 1964), en el que seguiré abundando (pues como dijo Ortega, “La obra se completa completando su lectura“) y seguro disfrutando, mucho.

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Catálogo de formas (Nicolás Cabral)

Como si se tratara de La parte por el todo del programa Saber y ganar, los más avispados, viendo la portada quizás se hagan una idea de por dónde van los tiros. El resto, entre los que me incluyo, descubriremos al finalizar el libro que esta novela de Nicolás Cabral (Córdoba, Argentina, 1975) ficciona la vida de un arquitecto, un tal Juan O´Gorman. Salvando este detalle, que según como se mire puede ser fundamental a la hora de drenar el texto, me gusta lo que Cabral hace, mediante un estilo conciso y austero, con frases muy cortas, con capítulos muy parejos en cuanto a su extensión: apenas dos páginas cada uno. Personajes que son arquetipos, universales y me temo que intercambiables, quienes erigen una polifonía de voces como teselas, ante la que es posible que acabemos bastante despistados, afanados en saber quién es quién. Sí, parece que la cosa va de pruebas a superar.

No me quitaba de la cabeza durante la lectura de la novela, Corrección de Bernhard, que aparece en las notas finales, con quien el Arquitecto comparte ese anhelo de evadirse, la obsesión por su Obra como su razón de ser y el continuo replanteamiento y enjuiciamiento de la misma.

Siento curiosidad por leer Las moradas, y no las de Santa Teresa, precisamente.

Editorial Periférica. 2014. 101 páginas

Abel Hernández

El canto del cuco. Llanto por un pueblo (Abel Hernández)

Si recordar es volver a pasar por el corazón, así los recuerdos de Abel le permitirán vivificarse, aventar su pasado, desmortajarlo, actualizarlo y confrontarlo con el presente.
Abel, en 2012 bucea en su pasado para volver mental y físicamente a Sarnago, al pueblo de su niñez, en las Tierras Altas de Soria, recuerdos que se alimentan del olor a pan recién hecho, de las copiosas nevadas que propiciaban el aislamiento, del canto de los pájaros, las inveteradas tradiciones, la gran figura de los médicos de cabecera o de los maestros de escuela, aquellos años de pobreza, de austeridad, de duro trabajo, dulcificados por la infancia, recuerdos que brotan con una terminología que nos puede resultar extraña, desconocida, al leer palabras como andosca, bizcobo, cestaño, calambrujo, caloyo, duerma, gamella, magüeta, letuja, marcil, pegujal, támbara, tentemozo, úrguras y otras muchas palabras que podemos consultar en el postrero Glosario. Los recuerdos de Abel hablan de un mundo que sabe ya casi extinguido, porque el despoblamiento rural es un hecho, y cada día son más los que abandonan los pueblos que los que regresan. Un regreso que muchas veces bebe más de lo romántico que de lo práctico.

Años de la niñez, donde había ocasión para las buenas lecturas, aunque fuera como escuchante.
La hora del cuco

Al hilo de esta lectura tengo muy presente otra, la de Paco Cerdà y su libro Los últimos. Voces de la Laponia Española (en el último capítulo del libro de Abel, ¿Nos vamos al pueblo?, como en el libro de Cerdá, aparece Maderuelo, donde se recoge el testimonio de una pareja madrileña que decide dejar la villa de Madrid para instalarse en este pueblo segoviano de poco más de 100 habitantes) y La lluvia amarilla de Llamazares. En este libro de Abel, también nos cuenta cómo un pueblo perdió también a su último habitante. La muerte de un pueblo, la de Valdenegrillo.

Abel cree que el cierre de una escuela es la puntilla al pueblo, aquello que certifica su defunción. No le falta razón. Sin escuela, las familias buscan otros pueblos donde instalarse.
La algarabía de los niños y el olor a pan recién hecho dice Abel que son las dos cimientos rurales, y esto ya es agua pasada. Los niños se han ido y el pan es congelado. Nada queda ya de las antiguas profesiones que conoció en su niñez: guarnicioneros, capadores, cesteros, amolanchines…

El pan y la nieve son el mejor reclamo de la memoria dice Abel. El tono es melancólico (la historia del burro me trae en mientes como no puede ser de otro modo, Al azar, Baltasar), trata a veces de ser alegre, de festejar los agostos en los que los pueblos se pueblan de gente -de paso- y luego todo queda como estaba, pueblos como cascarones vacíos, usado únicamente en los meses de veranos y festividades. Pueblos vacíos, abandonados, cubiertos por el manto del olvido, cuyo paisaje se ve pespunteado y ajado por molinos de viento, su vientre horadado por empeños como el fracking. Ni el paisaje son capaces de dejar en paz, dice Abel. Acierta. Así somos.

Abel Hernández. Gadir Editorial. 2014. 206 páginas