Archivo de la categoría: 2014

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222 patitos (Federico Falco)

Ya no compro novelas, hay una edad en la que las historias inventadas dejan de interesar. Ahora solo me llaman la atención las biografías, los ensayos, las memorias de los grandes hombres que ayudan a entender el mundo, que explican cómo fueron, cómo son las cosas.

Esto lo afirma Ada, la protagonista de uno de los doce relatos del mismo nombre, de Federico Falco (General Cabrera, 1977) que conforman 222 patitos. Un sentimiento el de Ada que comparto. A veces al leer novelas acuso cierto cansancio como si lo ahí expresado fuera una fotocopia deslucida de la realidad o una fotografía mate del pasado, algo apagado y mortecino. Es cierto que en los ensayos, biografías y autobiografías uno encuentra a menudo el aliento que necesita, así Ordesa, por ejemplo, sin que sea necesario acudir si quiera a los grandes hombres, ni pretender el entendimiento del funcionamiento del mundo.

En todos los relatos está muy presente la muerte, humana y animal, a saber, un perro que es atropellado, en Muerte de Beba, y al que hay que buscar la manera de enterrar. Un perro que tiene una camada, en Un perro azul y su dueña va apagando, ahogándolos, uno a uno, todos los cachorros alumbrados. Otro gato, en El hombre de los gatos, cuyo dueño que está trastornado encierra en una jaula, cual pájaro, hasta que los barrotes pasan a ser una segunda piel y no queda otra que matarlo para aliviar su sufrimiento. Una madre, en Doscientos veintidós patitos, que en su juventud trató de suicidarse y en su senectud cuando acaricia la posibilidad de rematar lo que empezó se va al otro barrio merced a una bala perdida mientras toma el fresco en la fachada de su casa. O bien, en El pelo de la virgen, una niña cuyo hermano pequeño muere, mientras un compañero de clase de su hermana (de la que está prendado) se piensa culpable al sustraer los cabellos que la joven había dejado en una capilla junto a una Virgen, buscando así la sanación del hermano. O bien en Historia del Ave Fénix, el que muere es un pajarraco, en una atracción de feria, llamado a ser el Ave Fénix, reducido todo a un ardid para sacar dinero a los lugareños. Encontramos un respiro en Un hombre feliz, donde tras muchos ires y venires, el protagonista del relato encuentra la paz y la felicidad. No falta tampoco en algún relato como en Las casas en la otra orilla, el manejo de lo desconocido, la figura de ese extraño que se acerca a un menor con no sabemos qué intenciones, donde una cosa lleva a la otra, y donde salir corriendo resulta la mejor opción. Hablaba de muertos, y los muertos siguen. En El tío vidente, hay un incendio que el tío prevé y una sobrina, hacia la que siente algo que se barrunta sin llegar a explicitarse, que sería víctima del fuego, pero donde a la parca le dan cambiazo. En Pinar hay más muerte, con un relato que me recuerda mucho a Fin de Monteagudo. Se reúnen un grupo de amigos, en unas cabañas, y suceden cosas extrañas, fantásticas, donde una chica se volatiliza. En Cuento de Navidad, las reuniones familiares son el momento propicio para sacar los muertos a pasear y dejar que el pasado fluya por el presente, invocando a los que ya no están y sentándolos en el banquete del ahora.

No entresacaría ningún relato porque algunos como Doscientos veintidós patitos que ofrecen muchas posibilidades como la intención de un sucidio en una familia, narrado por una madre a toro pasado, se queda en agua de borrajas, o en Ada, esa imposiblidad de arraigar de Ada, al pasar de la ciudad al campo al casarse, su posterior desamparo, su consumirse en aquel páramo que para su marido es un oásis, tampoco me acaba de cuajar.

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Un verano con Montaigne (Antoine Compagnon)

En Un verano con Montaigne, Antoine Compagnon reúne, el trabajo realizado para una emisora de radio, en la cual durante un verano, dedicó unos pocos minutos a hablar diariamente sobre Montaigne.

El libro lo forman 40 capítulos. Sabedor de que reducir los ensayos de Montaigne a 40 capítulos o esbozos es una locura, pero también una provocación tentadora, Compagnon asumió el desafío y creo que sale muy airoso.

La directa sería leer los Ensayos, pero la falta de tiempo y de ganas, sumadas a la curiosidad que sentimos hacia Montaigne nos puede acercar hasta un libro como este de Compagnon y disfrutarlo en su justa medida. Ordine ha hecho ahora algo con los Clásicos para la vida (entresacando unos párrafos y comentándolos), que me ha gustado bastante menos que este.

Montaigne, sería defendido y reivindicado luego por filósofos como Nietzsche o por escritores como Thomas Bernhard, entre otros muchos. Montaigne tenía como maestro supremo a Sócrates, lo cual nos da una idea bastante acertada de cuál es la manera que tiene Montaigne de entender su existencia, apelando a la humildad, sustrayéndose al artificio, a la pomposidad, abundando en la incertidumbre, cuestionándose siempre todo. Montaigne escribe sus ensayos para conocerse, para lidiar con el tedio, para divertirse, y le resulta ser una ayuda contra la melancolía y acaba fundiéndose con sus Ensayos; el libro y su persona es todo uno, se confunden el modelo y la copia, una copia que sale mejorada, dice. Una escritura que le permitió tomar control de sí mismo, hurtándose a la locura.

Los 40 capítulos nos permiten entender mejor las ideas que Montaigne tenía sobre la religión, la colonización, la fe, la tortura, la educación, su interés por las vidas ajenas (tanto que acabaría escribiendo la suya propia), muy presente siempre Plutarco, no está preocupado por la historia en mayúsculas, sino por las anécdotas, por los tics, no tanto por los actos sino por las decisiones que las engendran, la preeminencia de las armas (que disuaden) sobre las letras (que en el mejor de los casos, persuaden), la amistad, el amor y los libros (los tres pilares) su creencia en que hay que recelar y cuestionar la autoridad, su apelar por ejemplo a la docta ignorancia, no la del que se niega a saber o a conocer, sino la de aquel que después de saberlo y conocerlo todo llega a la conclusión de que no sabe nada, que apenas conocemos una pequeña parte de todo: Sócrates en estado puro.

En definitiva, este libro de Compagnon, que no me ha acompañado un verano, sino un día, me ha resultado muy jugoso (y también insuficiente) y cumple creo con creces su cometido, que es interesarnos tanto por la figura de Montaigne, que la lectura o espigamiento de sus Ensayos devenga un imperativo.

Paidos. 2014. 168 páginas. Traducción de Núria Petit Fontserè

Acantilado

Pasión del dios que quiso ser hombre (Rafael Argullol)

Rafael Argullol (Barcelona, 1949) se acerca a la figura de Jesús no desde el dogmatismo, ni desde el fervor religioso. Tampoco desde el ateísmo, sino más bien desde la incertidumbre, desde el interrogante, como queda expresado en la confesión que cierra el libro. La lectura de las Sagradas escrituras sin imposiciones, leídas de forma voluntaria le permiten a Argullol formularse unas cuantas preguntas acerca de la naturaleza de Jesús, aquel dios que como Aquiles renunció a la inmortalidad y quiso ser hombre, vivir, emocionarse, sentir el amor y la soledad y morir como tal, sin sustraerse al sacrificio, al dolor, a toda la tragedia de la Pasión. Sorprende que si esta representación macabra, es obra de Jesús, él su guionista, una vez en la cruz le preguntara a su padre por qué le había abandonado, si dicho abandono ya estaba escrito y abonaría el camino para la resurrección de la carne.
Jesús podría ser concebido como un mago, como un loco, como un visionario, como un Mesías. El relato comprende desde la Anunciación a María, su embarazo, con un sorprendido José a su lado, el nacimiento y un extracto de los 33 años, pasando por los distintos momentos que todos conocemos, hasta acabar crucificado sin que Poncio Pilato pueda hacer nada por evitarlo. Argullol se pregunta qué es la verdad, cuál es la verdad de Dios.

El arte pictórico y escultórico, los distintos cuadros y esculturas que han ido recogiendo las distintos momentos cumbres en la vida de Jesús y de sus allegados, a pesar de que todos estos cuadros, esculturas y retablos de Velázquez, Leonardo da Vinci, Grünewald, Lehman, Bellini, Rafael,Giuseppe Sanmartino mienten, en conjunto, todos dicen la verdad, según Argullol y suponen un acercamiento a la figura de Jesús, mucho mayor, mucho más potente, que el que proporcionan los teólogos o los propaladores de la palabra de Jesús porque “Los artistas han captado la carne del sacrificio de un modo que las palabras, por mucho que se transmitieran con exactitud, no podían hacerlo”.

Me ha gustado tanto este relato de Argullol como en su día lo hizo El evangelista de Adolfo García ortega.

Editorial Acantilado. 2014. 88 páginas.

Rafael Argullol en Devaneos | Transeuropa

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Palais de Justice (José Ángel Valente)

La pasión, el deseo, el sexo voraz, la sustracción al mundo circundante, la plenitud, la armonía, la monotonía, el tedio, la deslealtad, la amargura, el rencor, el odio, el divorcio. Entran entonces los jueces, los abogados, la acusación, la defensa, las coartadas, los testimonios falsos o no, la relación de pareja eviscerada, los sentimientos expuestos sobre una mesa camilla, analizados con ojos de forense y tras el fracaso de aquel amor que se quería para siempre, un odio, un resentimiento de la misma naturaleza.
José Ángel Valente refiere este paso del matrimonio al divorcio experimentado a mediados los ochenta y puesto negro sobre blanco roto y publicado completo en 2014, 14 años después de su muerte y lo hace con una prosa poética desgarradora, deudora del mundo griego clásico y toda su mitología, con momentos muy impactantes y también escatológicos pues la confesión arranca hablando de grandes capas de mierda sobre grandes capas de mierda, no tanto por lo que enuncian sino por lo que sugieren ya que bien nos pueden llevar a reflexionar sobre el impacto que la ley tiene en algo tan íntimo y tan personal como lo son el amor y el odio que dos personas se profesan en su intimidad.
Viendo el otro día Yo no soy Madame Bovary a una pareja que celebraba las bodas de oro les preguntaban cual era la clave del éxito.
Tolerancia, dijo él.
Tolerancia hasta que duela, dijo ella.
Así son Las cosas del querer(se), o no.

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Socotra, la isla de los genios (Jordi Esteva)

Jordi Esteva (Barcelona, 1951), autor de este libro de viajes, fantaseaba desde su época como escolar con visitar algún día la isla de Socotra. Esteva va por tanto en pos de un sueño, que al final logrará cumplir, a los sesenta años, tras cuatro décadas viajando, al arribar a los altos de al-Haggar. Esteva quiere saber, empaparse de las leyendas e historias locales. No es fácil, pues los lugareños socotríes, salvo los más ancianos, parecen haber olvidado parte o casi todo su pasado, toda vez que las Sagradas Escrituras, aquí el Corán, despoje a la sociedad de mitos y leyendas. Así, será Esteva quien referirá las leyendas y mitos, que éste ha leído en otros libros, a los oriundos. Mitos y leyendas que hablan de Gigamesh, de Urano, de Zeus trifilio de Cástor y Pólux. Una isla, Socotra (ubicada próxima al Cuerno de África y debajo de Yemen), muy codiciada por su producción de mirra, incienso, y ámbar gris. Una isla de la que daba cuenta Marco Polo en El libro de las maravillas del mundo. El testimonio del viaje de Jordi Esteva, es un testimonio de un mundo cada vez más homogeneizado, donde el progreso anula las diferencias. En Socotra, en esta isla remota, Jordi se encuentra consigo mismo, y es feliz durante unas cuantas semanas, en buena compañía, en un paraje casi arcádico, donde no hay luz eléctrica, ni móviles, donde se viaja a pie, y en ocasiones se duerme en cuevas o al raso, arropado por millares de estrellas, al tiempo que Esteva y sus acompañantes, disfrutan de la generosidad y hospitalidad local. Lugareños, siempre dispuestos a compartir con los visitantes sus escasos víveres, ya sea te, dátiles, leche de cabra o miel. La lectura me ha resultado muy entretenida y a ratos fascinante, a lo que también contribuye las espectaculares fotos en blanco y negro, de rostros y paisajes.

Me trae en mientes esta lectura capítulos que había leído hacía años en Mani de Patrick Leigh Fermor. Ambos maridan bien lo mucho y bien leído, con su mirada particular y crítica (Esteva comenta por ejemplo el papel de la mujer en el Islam o el trato que la religión católica dispensa a los animales), ante un mundo antiguo camino de la aniquilación y que Esteva en este libro trata de preservar, atesorando cuantas narraciones orales socotríes es capaz de registrar.