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Los Maia (Eça de Queirós)

Hasta el momento solo había leído y disfrutado de lo lindo con piezas breves de Eça de Queirós (1845-1900), como Adán y Eva en el paraíso o Alves & C.ª Era el momento de abordar sus grandes novelas como La ilustre casa de Ramires, El crimen del padre Amaro, La capital o Los Maia, ésta que nos ocupa. Los Maia, publicada en 1888, es un tocho de más de 800 páginas, que no he leído, he devorado. Me recuerda la prosa humorosa y palpitante de Queirós a la de Benito Pérez Galdós, en cuanto a su viveza y su capacidad para subyugar.

Queirós fija su atención en la burguesía, pues los documentos humanos a lo Zola, no aparecen en el texto, o si lo hacen, son siempre para mostrar esa compasión de salón que muestran los burgueses cuando, desde la barrera, algo de ese lodazal mundano y terrenal les salpica, ya sea en la lectura de un poema o al asistir a alguna representación teatral.

Como en Fortunata y Jacinta en Los Maia (novelas publicadas con dos años de diferencia) hay muchos líos de faldas, con señoritos endomingados, que se encaprichan de las mujeres ajenas, dando luz verde a las infidelidades y a los adulterios, convertidas ellas en objeto de culto, diosas de quita y pon, pues la ensoñación de los amados muda en tormento a las primeras de cambio, algo lógico ante amores tan caprichosos, volátiles y etéreos como escurridizos y tornadizos.

El eje de la novela es Carlos, vástago de una familia acaudalada y vida muelle, que vive sin dar un palo al agua, entregado al ocio y al recreo en todas sus manifestaciones. No le faltan amistades -condes, políticos, marqueses, poetas…-que le ayuden a dilapidar su tiempo en toda suerte de fiestas, ágapes, reuniones, espectáculos teatrales, lamerones todos ellos entregados al dolce far niente, que hablan mucho y hacen poco, pues sus proyectos empresariales siempre quedan en aguas de borrajas y desaparecen del porvenir, como pompas de jabón, con la resaca del día después.

La novela no es sólo un folletín donde Carlos irá deshojando la margarita de sus conquistas, aceptando unas (Maria) y rechazando otras (la Condesa) ya que Queirós ejerce la crítica al situar en el punto de mira a la burguesía lisboeta, y no dejará títere con cabeza. Todos estos burgueses hablan de lo mal que están las cosas, de lo imbéciles que son los políticos que les representan, pero no mueven un dedo para cambiar las cosas, asumiendo su fracaso o su imposibilidad, siempre con la vista puesta en otros países, en otras latitudes, donde las cosas son diferentes y mejores que en esa Lisboa de mármol y basura, como se dice en la novela. Un país el suyo que vive de espaldas a la cultura, a la inteligencia, con párrafos demoledores como los dedicados a la prensa, convertida en un pasatiempo inane, que lejos de informar aborrega y entontece, algo esperado cuando los plumillas que emborronan las cuartillas no dan para más. Puyazos hay también para la religión, propiciando momentos descacharrantes como los poemas recitados de Alencar capaz de fusionar la República y el crucifijo en un mismo destino o el uso y defensa de la religión católica por parte de un ateo para imponerse en un debate parlamentario.

La nota gamberra, la polémica, el anticlímax ante tanta situación almibarada y tanto amor idealizado, aquel que irá pinchando los globos del romanticismo reinante será Ega, todo un personaje, un tipo deslenguado, que no se casa con nadie, capaz de soltar por su boca cuantas burradas le vienen en mientes, aportando a la narración un elemento desenfadado, contrapunto de esa corrección e hipocresía en la que se mueven la burguesía, que mantiene una postura oficial de cara a la galería, marcada por el honor, la dignidad, el decoro, pero que luego, fuera de foco, cuando nadie mira, hacen lo mismo que el resto, dando rienda a sus bajos instintos, alimentando una naturaleza que dista muy poco de la del pueblo, cuya bajeza tanto detestan.

Muy ilustrativos son los pensamientos que corroen a Carlos y su falsa moral, cuando ve a Miss Sara retozar con un jornalero. Siempre hay alguna justificación para diferenciar su conducta de la los demás, cuando en el fondo unos y otros hacen lo mismo.

Los devaneos amatorios de la madre de Carlos y la infancia de éste, que se nos refieren en un comienzo espléndido, marcarán el final de la novela, impregnada siempre ésta por el suspense y la fatalidad. Postrimerías en las que Afonso, el abuelo de Carlos, recobra un protagonismo fúnebre y se nos refieren una serie de acontecimientos cuando menos sorprendentes, que para mí estupor la contraportada de la novela (que leo una vez finalizada la novela) ya nos destripa.

Pre-Textos. 835 páginas. 2013. Traducción, prólogo y notas de Jorge Gimeno.

978-84-8191-634-8[1]

Las puertas del paraíso (Jerzy Andrzejewski)

Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca, dijo Borges. En ella estarían los libros que nos han gustado. Aquellos que volveríamos a (re)leer una y otra vez. Ahí pondría yo, bien a la vista, Las puertas del paraíso de Jerzy Andrzejewski (1909-1983). Leerlo es quedar inmerso en un libro inmenso, de menos de cien páginas, traducido, en esta edición de Pre-Textos, por Sergio Pitol. No sé si tiene algo que ver que el traductor se enamore del libro que va a traducir y si este sentimiento de afecto acarrea su efecto, positivo se entiende. El caso es que la prosa de Jerzy, por obra de Sergio Pitol resulta hipnotizante, subyugante, voluptuosa. El hecho de que la novela solo tenga dos frases, una de ellas de más de 40.000 palabras, pasa apenas inadvertido –y en todo caso funciona bien como titular, pero no es mi mucho menos lo más relevante de esta estupenda novela- porque cuando te pones a leer, el hecho de que no haya puntos es lo de menos, y es tal la maestría de Jerzy al ir ensamblando los diálogos dentro del texto, es tal su claridad y su estilo, al ir poblando este vía crucis de voces que cuentan y se confiesan (y se contradicen, mienten y remiendan) y son absueltas –la novela es una profunda reflexión sobre la fe, la existencia de Dios, el deseo, la esperanza, el amor como motor de la humanidad, el sufrimiento como sombra de ese amor (como yugo), un amor que nos colma y nos vacía, un amor que es prisa y espera, deseo y conquista, posesión y desgarro; las relaciones humanas que dan brillo y sustancia a nuestras existencias- que en lo que menos repara uno es en la estructura de la novela (que como decía Adolfo Ortega, viene a ser como un andamio que permite sostener la novela, pero que luego se quita, y la novela permanece en pie), sino en lo que esta contiene. Si uno piensa que en tan pocas páginas la palabra Fin estará ahí mismo, según levantemos la mirada, nada más lejos de la realidad, porque este libro, no avanza, sino que echa raíces, no se desplaza, sino que se hunde, y nos hunde a nosotros en una historia (basada en otra real, que dejó más de 30.000 niños muertos por el camino y sobre la que Marcel Schwob escribiría en 1896, La cruzada de los niños) si se quiere bíblica, la de un éxodo, la de una peregrinación de niños, almas puras que van hacia Jerusalén, como una metáfora de la pureza, de la lucha contra la sinrazón, de cómo la pureza puede vencer a la barbarie, en teoría. Todo ello porque un lugareño, un tal Santiago, allá por el siglo XII, en un pueblo francés ha recibido la buena nueva, que les pondrá a todos ellos en camino, hacia Jerusalén, para sustraerla de las impías manos turcas. Jerzy compone escenas muy poderosas con muy pocas palabras. Cuando Roberto, uno de los peregrinos, deje su hogar, su padre, ahorrándole los sermones, las palabras vacuas, simplemente lo mira, lo encuadra, fija en él su mirada, roto por dentro pone su mano en el hombro de su vástago y dice: Roberto. Entonces su hijo se gira y se marcha. No hace falta más.
Jerzy hace alquimia con las palabras, crea una atmósfera donde leer es soñar y despertar un mal trago.

Joseph Conrad

Lord Jim (Joseph Conrad)

Decía Rafael Sánchez-Ferlosio respecto de Crimen y castigo que a pesar de los estupendos diálogos con el juez no pasaba de ser un mediocre folletón, no como Lord Jim, que según él era una obra maestra, porque en esta última funcionaba exclusivamente la moral de Lord Jim y sólo él era responsable y agente de su propia redención, mientras que en Crimen y castigo, la redención de Raskólnikov, es algo a todas luces querido y dirigido por Dostoievski. El final de Crimen y castigo no me convenció, no me resultó coherente con lo anterior. Llevaba años queriendo leer Lord Jim. Finalmente hoy lo he concluido.

Dijo Bioy Casares que por las digresiones penetra la vida y Lord Jim es una digresión continua, con una historia central y otras muchas orbitando a su alrededor. Hablar de Lord Jim es hablar de su final, así que quien lea esto sería conveniente que lo haga después de haber leído la novela.

Jim, Lord Jim, muere y su final es consecuente dado que parece que no hay redención posible, o no una redención total, a pesar de que Jim, logra por unos años rehabilitarse, reinsertarse, recuperar la confianza en sí mismo, erigirse como un líder, alguien a quien seguir, alguien confiable, lejos del mundanal ruido, allá a lo lejos, en un lugar recóndito, apartado, rodeado de gentes sencillas, donde su único afán será conseguir el bien común, evitar los derramamientos de sangre inútiles; mejorar en definitiva la vida de cuantos los rodean.

La vida de Jim nos llega velada, a través de fragmentos, que son jirones de la existencia que Marlowe -que oficia de cronista- nos irá refiriendo. Jim, capitán de barco, hace una Schettinada en toda regla y se da el piro ante el inminente hundimiento de la nave. Jim es juzgado, absuelto, sobrevive, y luego es un alma en pena, preso de los remordimientos, siempre cuestionando lo que hizo, y por qué lo hizo. Un acto que luego trata de purgar, como se refiere arriba. Un acto vil que Jim necesita redimir, al margen de la humanidad, la misma que puede salvarle, y librarlo de sus cadenas.

Poderosa y muy entretenida es la narración de Conrad en la descripción de los paisajes (tras esa muralla de bosques bordeada por una cenefa de espuma blanca, tras esa costa, que bajo el sol poniente, parece la misma fortaleza de la noche), sean marinos o de interior. Pero más allá de tantas aventuras y desventuras, de tantos afanes, lo que está en juego es Jim y su conducta, su moral, el enjuiciamiento de sus actos, de ahí que quizás donde la novela se engrandezca es en ese tratar de desentrañar un alma donde anidan sentimientos encontrados (los de un ser trágico, dueño de su destino), lo que impide las etiquetas, las clasificaciones, porque un acto de cobardía no está reñido con un acto de grandeza, la exposición pública con el retraimiento social, y sobre eso es sobre lo que Conrad crea su discurso, en ese terreno ceniciento, lejos del blanco y del negro, en el que alma humana lucha, se debate y a veces naufraga.

Como dice uno de los personajes femeninos de Los monederos falsos de Gide la cual sufrió un naufragio “comprendí que había dejado hundirse una parte de mí con el Borgoña, que en adelante cortaría los dedos y las muñecas a un montón de sentimientos delicados para impedirles meterse y hacer que zozobre mi corazón“.

El hundimiento de Jim no es solo físico, es espiritual.

Pre-Textos. 508 páginas. Año 1998. Traducción: José Manuel Benítez Ariza

Estantería libros

Lecturas y editoriales

He puesto unos enlaces a las editoriales que han publicado los libros que he leído estos últimos años. Pinchando en los enlaces se puede acceder a las reseñas de los libros publicados por las mismas. Una lista que estoy seguro no dejará de crecer.

Acantilado
Adriana Hidalgo
Alba
Alfabia
Alfaguara
Alianza
Alrevés
Anagrama
Ardicia
Ariel
Atalanta
Austral
Automática
Baile del Sol
Blackie Books
Bruguera
Caballo de Troya
Cabaret Voltaire
Candaya
Carpe Noctem
Cátedra
Círculo de lectores
Cuatro Ediciones
Debolsillo
Demipage
Destino
Ediciones del Viento
Ediciones La Palma
Edhasa
El Desvelo
Eneida
Errata Naturae
Espuela de Plata
Eterna Cadencia
Eutelequia
Fragmenta
Fórcola
Gadir
Galaxia Gutenberg
Gallo Nero
Gredos
Grijalbo
Hermida
Hoja de Lata
Impedimenta
Jekyll & Jill
Kalandraka
KRK
La Discreta
La uña rota
Lengua de trapo
Libros del Asteroide
Los libros del lince
Lumen
Lupercalia
Malpaso
Minúscula
Muchnik
Nórdica
Paidos
Páginas de Espuma
Pálido fuego
Papeles mínimos
Paralelo Sur
Pasos perdidos
Penguin
Pepitas de calabaza
Periférica
Pez de Plata
Plaza Janes
Pre-Textos
Random House
RBA
Reino de Cordelia
Sajalín
Salamandra
Seix Barral
Sexto Piso
Siruela
Sloper
Talentura
Taurus
Trama
Trifolium
Tropo
Tusquets
Turner

Vicente Gallego

El espíritu vacío (Vicente Gallego)

Desconocía esta faceta como prosista del poeta Vicente Gallego (Valencia, 1963), y ha sido una sorpresa muy agradable. La novela, es un texto muy breve -ganador del XVIII Premio internacional de cuentos 2004 “Max Aub”-, que me ha resultado hilarante en grado sumo.

Gallego sitúa el relato en un discoteca a la que va a trabajar un poeta, como parte del equipo de seguridad. A su lado, hombres que son sacos de músculos, montañas de carne con escaso cerebro, que esculpen los caretos ajenos con sus puños o codos a modo de buril y para quienes el crujido de los huesos ajenos es música celestial.

El poeta se maneja bien con los puños y entre situaciones delirantes que te llevan a pasar de la risa a la carcajada continuamente, nos vemos en el final de la novela -que es de traca, o mejor -de balacera-, tras algunos momentos gloriosos -merced a unos diálogos desternillantes-, cuando por medio aparece Noelia, para quien su belleza es una tortura, y su sexo dionisiaco -por todos deseados- su perdición.

No sé si Gallego ha publicado más novelas después de este relato corto. En caso afirmativo, lo leeré.