Archivo de la categoría: Ardicia Editorial

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En la tierra de los santos y los poetas (Alfredo Panzini)

Curioso libro de viajes, dado que los viajeros se desplazan en bicicleta por los caminos de Italia, allá por agosto de 1898, desde Rimini, hasta Scheggia, yendo por la costa adriática, para luego dejar Loreto e ir hacia el interior, hacia Macerata, Asis, Gubbio, Spello (pueblo en el que caí casualmente en unas vacaciones por Italia y me maravilló), Perugia y Scheggia donde finalizará el periplo. Un periplo que diré que me ha sabido a poco, pues uno sigue queriendo leer más sobre las andanzas cicloturísticas de Alfredo Panzini y Pasini.

Lo que ambos registran es el encuentro con los lugareños, ya sean agricultores, peregrinas, cicerones, mendigos, curas; toda suerte de humanidad que uno puede encontrar en los caminos y aldeas. Más allá de referir al lector las características del paisaje -agostado por las fechas que son-, el narrador, inflamado de poesía, a tal fin, rememora los versos de Dante, de Leopardi, pues se trasladan hasta los lugares exactos donde los poetas alumbraron algunos de sus poemas inmortales.

En la narración prima un estilo recargado, rico en detalles, aunque a veces un tanto pomposo. Es curioso que a pesar de que el viaje siempre es territorio abonado para la sorpresa, Pasini, de profesión ingeniero, quiera tener toda la ruta organizada al detalle, de tal manera que no haya lugar para que estos cicloturistas vean algo que no haya sido programado de antemano, lo cual me choca, porque precisamente lo bueno de viajar es salir de la rutina, para entregarse en los brazos voluptuosos del azar, de lo inopinado.

Con este libro de Alfredo Panzini (1863-1939), Ardicia, pone en el mercado su libro número 26 –y si no recuerdo mal, de esta editorial he leído Los caníbales, Dr Krupov, Mi carso, La virtud de Checchina, La maestra-. Al igual que en Mi Carso o La virtud de Checchina, la traducción de Pepa Linares, brilla a buen nivel, a pesar de que he encontrado por ahí un par de deslices, en la concordancia de artículos y sustantivos.

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La maestra (Clarice Tartufari)

Clarice Tartufari (1868-1933) escribe este relato en 1887, con 19 años y leído ahora me resulta simplón e insulso. La protagonista, una tal Ginevra, es una sufridora nata. Tras obtener un título como maestra consigue un trabajo en un pueblo donde el alcalde se encapricha de ella y al no plegarse ella a sus demandas amorosas, decide el alcalde hacerle la vida imposible, tal que se ve obligada a dejar su trabajo y también el pueblo, para poco después emplearse como doncella de otro tipo que la pretende, pero que va camino del altar, con otra, no con ella, así que Ginevra se ve de nuevo sin trabajo y sin maromo, hasta que en su auxilio viene un primo suyo que siempre la ha pretendido y dado que la situación de ella es precaria, se ve desprotegida y necesita la protección de un hombre, da entonces el visto bueno al enlace y colorín colorado.
No he encontrado en el relato nada reseñable.

Lo edita Ardicia con traducción y prólogo de María Ángeles Cabré.

De esta temática, no de lo que tiene que ver con el folletín, sino de lo que tiene que ver con la docencia y la lucha de la mujer por defender sus derechos y la igualdad, me gustó mucho más La maestra Annuzza.

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La virtud de Checchina (Matilde Serao 2015)

Matilde Serao
92 páginas
Editorial Ardicia
Traducción: Pepa Linares
2015

Matilde Serao escribe esta pieza breve en 1883, casi 30 años después de la publicación de Madame Bovary por Flaubert, con la que guarda ciertas similitudes.

La protagonista, Checchina, vive en Roma junto a su marido, médico, del que desprecia su orondez, sus toscas maneras, su tacañería, su capacidad para dormitar en cualquier parte, los olores que éste se trae a casa, propios de su oficio como médico y del trato con personas de toda condición, etc.

Un buen día un Marqués, es invitado a comer a casa de la pareja, y el marqués, sólo como está, y conquistador como parece, le tira los tejos a Checchina, animándola a tener con él una aventura.

Checchina, deslumbrada, descolocada por ser ella el objeto del deseo de un Marqués (entendido más como una condición social que como una singularidad especial), decide dar ese paso hacia el adulterio y cometer una infidelidad, pero la realidad no se le pondrá nada fácil.

Checchina, más que desesperarse por la grisura o monotonía de su existencia, cifra su desesperación cotidiana en cosas materiales, en todo aquello que su burguesía ramplona no le permite tener, a saber: abrigos de pieles, perfumes caros, prendas de vestir elegantes. Así, la opción de ir a visitar al Marqués se le antoja como una aventura, como un acto más pueril que adulto, pues da la sensación que podría ser una aventura con un Marqués, o un viaje al extranjero, o tomarse un café en un bulevar engalanada con las mejores pieles, aquello que a Checchina la haría feliz, más que el hecho de buscar el amor, o la felicidad, en el regazo ajeno.

Si Bovary llevaba su apasionamiento febril y su despecho delirante hasta el punto de poner fin a su existencia, Checchina va en sentido contrario, pues cualquier pormenor, ya sea la lluvia, o su falta de espíritu, arrojo o simpleza, será aquello que la conducirá finalmente de nuevo a la placenta del hogar, a la nada cotidiana de la que se fue y a la que regresará y que podemos entender como otro drama (que la autora reviste de un patetismo cómico), como un suicidio en vida, al sufrir Checchina la imposición de tener que vivir una vida con desgana, sin apasionamiento, sin horizonte, ni ilusiones, una vida más, en definitiva, doméstica, banal y trivial.

Recomiendo leer el posfacio de Natalia Ginzburg, que obra como reseña y da las claves de esta obra, no tan menor, como su extensión pudiera hacernos presuponer.

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Los caníbales (Álvaro do Carvalhal 2014)

Álvaro do Carvalhal
Ardicia Editorial
2014
91 páginas
Prólogo: Fernando Iwasaki
Traducción: Enrique Moya Carrión

La editorial Ardicia sigue deparándome alegrías. Que yo sepa, hasta la fecha todos los libros publicados por esta editorial madrileña son de escritores ya muertos y todos ellos extranjeros. Expectante estoy por saber qué autor vivo pasará a formar parte (si esto ocurre) de este camposanto literario. Si además resultara ser español, la intriga sería máxima.

En el prólogo, Iwasaki habla de las influencias de Álvaro do Carvalhal (Argariz 1844-1868): Edgar Allan Poe, E.T.A Hoffman, Byron, Dumas, Goethe, Balzac, Cervantes, Voltaire, entre otros. Los caníbales es uno de los relatos, el más extenso, que formó parte del volumen Contos.

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Álvaro do Carvalhal

Resulta divertido que el narrador dialogue con el espectador que dejando la pluma por unos instantes se dirija a nosotros y vaya entonces reflexionando sobre lo escrito/narrado/contado hasta la fecha o sobre aquello tan decisorio como rematar un relato:

Sin contar el odio a la monotonía clásica y la loable ambición de conquistar el derecho a la originalidad y no sé qué más cosas, me siento mediocre por cerrar un cuento en un lance calamitoso, asombroso, nunca visto, que por sí mismo puede quitar el sueño durante tres noches a las sensibles muchachitas y succionarles las excrecencias adiposas e, incluso, las abultadas grasas del peritoneo a los nobles padres interesados en la lectura . Pág 81

La historia va del idilio entre Henrique, un vizconde decrépito, trasunto estatuario del Don Juan, el cual siempre lleva guantes, y la joven Margarida, quien lleva por el camino de la amargura a Joao, joven afeminado, loco, voluble, de labios frescos y ojos bonitos, quien va por la vida dinamitando virginidades fememinas gracias al encanto de su dinero, el cual no está acostumbrado a recibir un no por respuesta. Que Margarida le de calabazas, lo perturbará y obsesionará a partes iguales.

La acción transcurre en un baile, que parece sacado de un novelón decimonónico francés, donde todo es lujo, oropel, maneras afectadas.

Los vinos que se extraen de las uvas sazonadas en los lujuriosos viñedos de Quíos y de las pintorescas márgenes del Rin, junto con los deliciosos vinos de Oporto, Jerez y Madeira, corriendo por los vasos; las pedrerías serpenteando entre los senos alabastrinos de las mujeres; las fragantes nubes desperdigadas hacia los techos; los anhelos de amor, inflamados por ojos humedecidos bajo el revoloteo de pecaminosos y turbios deseos[…] toda esa bien avenida variedad que podría cumplir las aspiraciones celestiales de un buen mahometano… Pág. 55

Allí se materializará el romance entre Margarida y el Vizconde. Ni el narrador, ni el lector, llegamos a entender que vio Margarida en ese hombre misterioso, viejuno y gris, que suscita más resquemor y miedo que pasión, pero bueno, el corazón elevado de las mujeres les lleva a tomar tales decisiones, a veces fatales.

Dar más datos sobre el argumento supondría dejar el baile y hablar entonces de alcobas, de noche de bodas, de chimeneas humeantes, de viandas carnales, de herencias, de…

El humor negro, el sarcasmo, el toque grotesco final de este disparatado, fantástico (por lo que tiene de sobrenatural) e inhumano relato gótico y otoñal, son ingredientes que convierten su lectura en algo divertido, donde las digresiones del narrador, alivian una tensión sostenida hasta su churruscado final.

Leer Los caníbales se me antoja una muy buena manera de pasar un par de horas la mar de entretenido.

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Mi Carso (Scipio Slataper 2013)

Scipio Slataper
Editorial Ardicia
2013
138 páginas
Traducción: Pepa Linares

En ciertos libros viene bien reconocer el terreno que se pisa, que se lee. Si hubiera estado alguna vez en Trieste, seguro que la lectura de este libro del triestino Scipio Slataper me hubiera causado, aún, mayor efecto.

Scipio (Trieste, 1888-1915) habla por ejemplo de la bora, y uno sabe lo que es, pero nunca la ha sufrido, de ahí que por mucha bora que haya por aquí o por allá, para mí es un término huero. De la misma manera, la lectura del libro de Scipio no es fácil para quien no conozca al dedillo el entramado político, social, cultural y empresarial de Trieste, no de comienzos del siglo XXI, sino de los años en los que está escrito el libro, a comienzos del Siglo XX.

El relato rompe la estructura narrativa y el protagonista, el propio Scipio, echa mano de sus recuerdos, que irá insertando en su presente, mezclándolo con sus ideas y pensamientos, dando lugar a un prosa fragmentada, a ratos enfrebrecida, dotada de una gran potencia narrativa y lírica (gran labor la traducción de Pepa Linares), donde está presente una tensión verbal sostenida y unas ganas de vivir y de morir, consecuencia del dolor y la angustia ante la pérdida de su amada, por parte de Scipio, con las que como lector cuesta poco conectar y prendarse.

Scipio Slataper
Scipio Slataper

Algunos de los párrafos de este libro, que Scipio escribió con 23 años, son deliciosos. Ahí va uno.

Me conocía la tierra sobre la que dormía mis noches profundas, y el cielo grande y resonante de mi grito de victoria, cuando saltaba con las aguas bajando los torrentes quebrados o me despeñaba por los cerros con un torbellino de piedras y de mantillo y, frenando con el pie, interrumpía la carrera para arrancar un florecilla azul celeste.

Corría con el viento, expandiéndome por el valle, saltando con alegría los muros de cerca y los enebrales, recorriéndolo todo; hondazo sibilante. Arrojándome de la rama al tronco, aterrizando de pie en los tocones y en el suelo, daba un salto furibundo y atronaba el bosque como un río que excava su lecho. Y desmelenando con rabia la última rama obstaculizadora, me precipitaba afuera, el cabello erizado de palitos y de hojas, el rostro arañado, pero el alma fresca y ancha como la blanca huida de las palomas atemorizadas por mis ásperos gritos de azuzamiento.

Jadeante, me tiraba de cabeza al río para quitarme la sed de la piel y empaparme de agua la garganta, la nariz y los ojos, casi ahogado por los sorbos enormes que tomaba nadando bajo el agua con la boca abierta como un lucio. Iba a contracorriente, aferrando en la brazada los regolfos que tropezaban espumeantes contra mi cuerpo, mordiendo la ola avispada, como los matojos de hierba florecida cuando subía a la montaña. (pág 46-47)

Tras Doctor Krupov, Vigilia Inquieta o Los Caníbales, otro interesante título más, de la joven editorial madrileña Ardicia Editorial