Archivo de la categoría: Literatura Española

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Los montes antiguos (Enrique Andrés Ruiz)

Enrique, que había publicado poesía y ensayos, asimismo crítico literario, debuta con esta novela que le ha costado diez años elaborarla. No es una novela autobiográfica, dado que la memoria es una reconstrucción. Novela que da cuenta de un mundo antiguo, abolido, sin asomo alguno de romanticismo. El texto fija unas voces, anécdotas, historias de las tierras de Soria y el monte Valonsadero. Transferencia de la oralidad a la página escrita. La voz del narrador es una voz despierta, aguda, reflexiva, indagadora. El mundo antiguo, el de esos montes, es también el del lenguaje (lenguaje fértil que desbroza y registra la fauna, la flora, la orografía, los usos y tradiciones locales, el tiempo abolido y en la literatura renacido), y lo que podría ser una pega (para otro lector) a mi se me antoja su gran virtud, pues nos sitúa en otro tiempo y espacio, porque esas voces reales o imaginarias dan cuenta de lo acaecido con sustancia y vivacidad, merced a un lenguaje preciso, sugerente, consistente, en el que brilla el poeta que Andrés es.

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Cerezas en el escondite. Textos periodísticos 2011-2020 (Tomás Sánchez Santiago)

Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) es poeta, antologista, novelista, ensayista, articulista y profesor, ya jubilado. Nos deja en su adiós a la docencia un artículo esplendido, Hora de irse. En estos Devaneos ha aparecido cuando leí El murmullo del mundo, diarios que eran a su vez ensayos, narraciones, aforismos, poesías y crónicas de viajes, por poner etiquetas a todo aquel magma proteico.
Vuelvo de nuevo ahora a Tomás para leer una selección de sesenta y nueve artículos publicados en La sombra del ciprés, suplemento cultural de El norte de Castilla, entre 2011 y 2020, recogidos y editados por Menoslobos & Eolas, el año pasado.

Tomás honra la memoria de aquellos que se fueron, recobrados a la vida a través de sus palabras; escritores como Julio Verne, Julio Cortázar, la impronta que dejaron en él libros como El túnel de Ernesto Sábato, el sabor de las palabras en los libros de Ignacio Aldecoa o en las novelas Rafael Chirbes, del que echa en falta aquella capacidad de análisis que tenía aquel para desentrañar la realidad; poetas como Aníbal Núñez, cantantes y escritores como Leonard Cohen, cuyos textos de canciones le acompañaron durante un verano en su juventud.

Tomás cabalga a lomos del humor y la ironía en artículos como Teoría del bostezo o La graduación, nos ofrece un tratado sobre la delicadeza (impagable la anécdota de Kafka), resume bien el espíritu de una época pasada, oscurantista y gris, una sociedad obediente y nada alegre, acuñada por la moral y el orden en una sola palabra: bocamangas; o cifra la pérdida, no solo de personas, sino también de un mundo, el de las palabras, que pierden carnosidad y consistencia para ir a caer en manos de la inanidad, o la pasamanería verbal en la que se desenvuelve cierta poesía vanguardista. Se lamenta de que la palabra “emoji” sea la palabra del año, algo que es prueba inequívoca de la pérdida de peso de la palabra, asimismo de su presencia y consistencia, en favor de la imagen, en esta sociedad del espectáculo. Es testigo el autor del cierre de los comercios, como aquellos locales que dieron vida a la Calle Feria, calle convertida en microcosmos o réplica del mundo real en su juventud. Reivindica Tomás a fotógrafas como Encarna Mozas, pensadores como Emilio Lledó y a otros escritores que no comparecen en las mesas de novedades editoriales, entre otros, José Antonio Abella (El hombre pez), Ángel Fernández Benéitez (Perdulario. Antología poética (1978-2013)), Bruno Marcos (Últimos pasajes a la diferencia), Gaspar Moisés Gómez (Quieto espacio. Fugacidad del tiempo).

El escritor aquí no es alguien ensimismado en un quehacer solipsista, al contrario, necesita estar al cabo de la calle, acudir a un club de lectura, precisa de las conversaciones ajenas, la barra del bar, las canciones de una anciana, la presencia inamovible de un hombre en un parque a la intemperie, para nutrir de palabras su escritura y escribir como se habla, no para orillar la imaginación, sino para alentarla, tal que la realidad ficcionada (lean Lo cierto y lo posible) resulte verosímil.

Leer a Tomás me resulta reconfortante porque es recuperar la dicha del sosiego, los dones de la morosidad, la imperiosa necesidad de la reflexión y el juicio crítico, la apertura de las puertas ante el empuje suave de la palabra creadora y amparadora, el solaz de la memoria, en un diálogo amistoso y humilde (lean Carne de solapa), para nada aleccionador, en el que la sabiduría del autor, mediante su pensamiento hecho carne y cálido aliento es el oxígeno que el lector respira y así revive.

Lectores como yo que solo deseamos que Tomás siga remando en el aire, escondiendo cerezas brillantes para nosotros.

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La Pasión de Rafael Alconétar (Mario Martín Gijón)

Escribo con el corazón palpitante, fresca la emoción. Acabo la novelaberinto de Marío Martín Gijón agotado. Novela imposible de leer de un tirón, sino a tirones, a trancas y barrancas (el autor despacha unas cuantas páginas en distintos idiomas: catalán, italiano, alemán, francés, portugués- Gracias a Dios, o a google lens, que uno pueda sortear estos trances). Después de unas cuantas lecturas, las que he llevado a cabo estos últimos quince años, la novela de Mario me parece una cumbre. Vaya eso por delante.

Pienso en la escritura y los malabares del lenguaje como en un ejercicio acrobático, circense, también puro contorsionismo (hay un sinfín de id(e)as de olla), un caminar sobre la cuerda floja, mirando a los ojos el vacío que también te mira a ti, y pienso en lo difícil que es definir o retra(c)tar a alguien, el lenguaje ofreciendo la resistencia y persistencia de la resaca, que lejos de la orilla y de conducir la narración a buen puerto, la sitúa en alta mar, a medida que los acólitos, amantes, amigos o detractores de Rafael, nos hablan del muerto o el desaparecido, esto no se sabrá hasta el instante final, hasta los últimos estertores de la novela, y diez años después de su muerte/desaparición, una de sus amantes y alumnas de un taller literario por él impartido, trata de esclarecer los hechos y toca reconstruir la memoria con la perspectiva que da el paso y el peso y el poso del tiempo. No es tanto la extensión de la novela, casi 750 páginas, porque he leído novelas más extensas sin el menor esfuerzo, sino el uso y disfrute que el mayúsculo autor MARIO MARTIN (A)G(U)IJÓN, hace del lenguaje lo que la hace especial, Una novela trabajada al máximo que exige igual dedicación al lector que se deje perder en este dédalo. No olvidemos que una novela es una suma, aquí adicción de palabras, como si Joyce se hubiera zampado a Bayal y Mario se hubiera tomado como algo personal, a lo largo y ancho de casi una década (lo que ha durado la gestación), el agotar o acogotar el lenguaje en su novelaberinto, explo(r/t)ando todas las posibilidades que el lenguaje ofrece y merece, y así a aquellos que gozamos lo que sí está escrito con los juegos de palabras e innúmeras muestras de ingenio que Mariofrece, la lectura te sume y consume, al constatar que la narración no avanza, porque me dirán (pueden poner un comentario) cómo se avanza en la definición de una persona, cuando cada opinión hace de contrapeso de la anterior o directamente la contradice. Las páginas o pajinas (algunas están hechas para correrse: para que sintamos cómo nuestras mentes son folladas una y otra vez, en un gangbang bestial) son un disfrute por la cantidad de matices que ofrecen, porque cada cual da su parecer sobre Rafael (inasible, inaprensible, inmarcesible. Para unos un maestro, para otros un depravado, para otros un escritor sin parangón, para ellas un amante bandido, para otros un falsario) en un tono elevado, tocados por las musas y por una verbosidad subyugante, al tiempo que se arremete contra ciertos usos y costumbres muy arraigados en la docencia, tanto bachicerril (Leo: Tú no sabes lo embrutecedora que es la labor de un profe de secundaria. Docencia que parece que lejos de sacar al exterior lo mejor de cada alumno para que germine, consiste en ahormar, uniformar, constreñir a los alumnos hasta esterilizar su imaginación) como universitaria o en la crítica literaria, incapaz de juzgar (para denostar) aquello que queda fuera de las luces de posición de sus alcances. Reflexiones interesantes, como esta acerca de la fama: La fama te excluye de ti mismo, te entrega en hipoteca a tu público.
Más gesta que gesto, persisto alumbrado y deslumbrado. Sigo las cuitas o coitos del Maestro y sus discópulas, atento a los hi-meneos de cad-eras y sig(i)los. Leo que Rafael creía en la polinización de la literatura. Y sí, es porosa en sus esporas y la lectura cala y cuela. Esta novelaberinto es un porqué, este porqué una razón, esta razón nuestra infaustina Pasión: la de Alcón-eta-r, pájaro de altos vuelos y atmósferas imposibles, terrorista de lo establecido, sus jerarquías, atavíos y servilumbres que calientan la sopa boba de estómagos agradecidos.
Rafael es un espectro. Un fantasma enmascarado. Un lienzo en blanco, en el que cada uno irá marcando un punto o chorreando sobre él, ora la hiel, ora la miel, ora el menstruo, ora pro bilis. ¿El resultado?
El éxtasis del lenguaje. ¿Muerto por sobredosis? No.

Leo: Regresar a esa época olvidada en la que vivíamos sin lenguaje. ¿Sin lenguaje?, ¿Después de haber leído casi 200.000 palabras?. Me quedo sin habla, luego escribo.

Leo: Los buenos libros, como la vida, solo tienen un defecto, pero imperdonable: que terminan.

Cierto.

Imaginen que Odiseo regresa a casa y Penélope quitándose (o poniéndose) las gafas progresivas le pregunta ¿eres tú? Sí, soy yo, qué pasa, responde él, preguntando, ¿Y qué tal la odisea (en minúscula, porque diez años tricotando se pasan volando)?, vuelve a requerir Penélope. Bien, replica Odiseo con gesto de fastidio, mirada torva y sin entrar a mayores.

Una reseña, ante un libro como el presente (sí, es un regalo para cualquier lector@), da para eso: para una sola palabra: Léanlo. (si/sí ( /,) son capaces)

La novela la edita (y de qué manera) KRK.

Azucre

Azucre (Bibiana Candia)

Azucre
Bibiana Candia
Pepitas de Calabaza
2021
145 páginas

En 1853, cientos de jóvenes gallegos se embarcan con idea de hacer las américas, para regresar a su hogares convertidos en adinerados indianos. El lugar de destino es Cuba y sus plantaciones de caña de azúcar. Esa es la expectativa y su ilusión. La verdad será mas cruda y sangrante. El viaje, cruzando el charco, lo será en vaivén hacia el corazón de las tinieblas, no obstante asoleadas, calcinadas por un sol de injusticias; muchas serán las arrostradas. Injusticias siempre alentadas por la avaricia.
Sobre la noticia de estos esclavos gallegos, Bibiana Candia (A Coruña, 1977) construye, no tanto una novela histórica ladrillar, sino algo más ligero, una nouvelle en la que dar voz y cuerpo a todo este bloque de jóvenes gallego, en apariencia indisoluble, asumido desde una voz que es el «nosotros», pero que luego como un ladrillo bajo la acción de la maza, se ve desmenuzado en personas de carne y hueso como Orestes, el Rañeta, el Tísico. Hermanados todas estas pobres almas en su desamparo e indefensión. Mayúscula es la sorpresa, al ser ellos, jóvenes blancos españoles, los que correrán la misma suerte que sus hermanos negros y criollos.
Esas voces que no pudieron apagarse entonces, que surcaron los mares hasta llegar a sus destinatarios en formas de epístolas, son las que avivan y dan cuerpo y alma a este relato que leído del tirón resulta aristado, y por eso lacerante.