Archivo de la categoría: Literatura Española

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Zaragoza (Benito Pérez Galdós)

Zaragoza es el sexto episodio nacional de la primera serie de la Guerra de la Independencia, escrita por Benito Pérez Galdós entre enero y abril de 1874.

Zaragoza había sufrido un asedio entre el 15 de junio y el 15 de agosto de 1808, que acabó con la retirada de las tropas francesas del mariscal Lefebvre. La novela se centra en el segundo asedio, aquel que tuvo lugar entre el 21 de diciembre de 1808 a 21 de febrero de 1809.

El protagonista vuelve a ser Gabriel. Respecto a la forma autobiográfica en la narración, Galdós afirma que esta tiene por sí misma mucho atractivo y favorece la unidad, pero impone cierta rigidez de procedimiento y pone mil trabas a las narraciones largas. Difícil es sostenerla en el género novelesco con base histórica, porque la acción y trama se construyen aquí con multitud de sucesos que no deben alterar la fantasía, unidos a otros de existencia ideal, y porque el autor no puede, las más de las veces, escoger a su albedrío ni el lugar de la escena ni los móviles de la acción.

Si en la anterior novela, Napoleón en Chamartín, Gabriel acababa detenido y conducido en una cadena de presos hacia Francia, logrará escapar y acabará en Zaragoza, en los días previos al asedio francés. En este capítulo las aventuras y desventuras amorosas de Gabriel con Inés no han lugar. Zaragoza es el episodio en el que lo bélico tiene más presencia, colonizando toda al narración, de los seis primeros episodios.

Al igual que en otras novelas, como El hombre del salto, que recrean con mucha verosimilitud acontecimientos bélicos, como el atentado a las Torres gemelas, Galdós, en Zaragoza, se mete de lleno en la ciudad asediada para llevar al lector de la mano y situarlo en el ojo del huracán, en el vórtice del infierno. Zaragoza (considerada antes de los asedios la Florencia española; contaba con 30 conventos de monjas y frailes de gran valor artístico, además de La Seo y El Pilar: sus dos catedrales) que contaba con 80.000 almas antes del asedio acabará con el 80% de la población aniquilada. A los muertos por la guerra contra los franceses se sumarán las víctimas de la epidemia (Galdós no habla de cólera ni de disentería), como consecuencia de los cuerpos sin enterrar, tanto como de la escasa alimentación y la extenuación.

Son casi 300 páginas que describen minuciosamente aquella carnicería, algo que se escapa a cualquier planteamiento lógico, pues parece imposible que Zaragoza con tan pocos efectivos y con escasos medios fuera capaz de resistir de una manera tan encarnizada y valiente, insuflada por un ánimo belicoso y heroico, en donde tanto hombres como mujeres (ahí estaba Agustina de Aragón al frente del cañón durante el primer sitio, en la defensa de la batería del Portillo, el 2 de julio de 1808) estaban dispuestos a sacrificar sus vidas y las de sus familiares antes de caer en manos francesas.

Como en los capítulos anteriores el honor y la gloria no se lo llevan aquí los mariscales, generales ni los altos mandos militares, sino aquellas personas que no que aparecen retratadas en los libros de historia, es decir, la población civil (cuyas historias particulares de heroísmo y resistencia serán referidas a Gabriel por el mendigo Sursum Corda); aquellos cuyos cuerpos irán a conformar columnas de cadáveres: compost de la historia con minúsculas.

Galdós da cierto respiro en su narración a través de la historia de amor, que no llegará a consumarse, entre Agustín y Mariquilla. Él va para para clérigo pero acaba de soldado. Ella es la hija de un usurero, el señor Candiola, mortificado por la población local, que cifra bien esa parte de la sociedad que solo piensa en sí misma en situaciones como aquella. Galdós en esto de hilar destinos pondrá a Agustín en la tesitura de tener que ajusticiar al padre de Mariquilla, acusado este de delator.

El espíritu noble, bravo, desprendido, generoso, heroico, de los aragoneses, cristaliza en la figura del perdurable don José de Montoria, padre de Agustín, aquel a cuyo encuentro va Gabriel acompañado de Roque, pues este último tiene ascendencia aragonesa y precisan en su precariedad vital del auxilio y amparo del bueno de José.

La narración es como situar una cámara, en pleno frenesí bélico, que registrase todo el horror, la barbarie, la carnicería humana que supone toda batalla, pero también todo el heroísmo, la solidaridad, la entrega sin límites; un proceder que se escapa la razón, por su energía inusitada, inhumana, al margen de toda lógica, un espíritu que como animado por un chute de adrenalina fuera capaz de arribar a cotas imposibles.
La resistencia fue tal que los franceses se vieron en el trance de tener que ganar las calles casa a casa, pues en todas ellas encontraban los invasores resistencia y en muchas de ellas la parca, la de los negros dedos.

Clausura la vibrante novela una reflexión de Galdós sobre la idea de nación española. La próxima entrega me lleva en volandas a Gerona.

Lo que no ha pasado ni pasará es la idea de nacionalidad que España defendía contra el derecho de conquista y la usurpación. Cuando otros pueblos sucumbían, ella mantiene su derecho, lo defiende, y sacrificando su propia sangre y vida, lo consagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana. El resultado es que España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena, desacreditada con razón por sus continuas guerras civiles, sus malos gobiernos, su desorden, sus bancarrotas más o menos declaradas, sus inmorales partidos, sus extravagancias, sus toros y sus pronunciamientos, no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de su nacionalidad; y aún hoy mismo, cuando parece hemos llegado al último grado del envilecimiento, con más motivos que Polonia para ser repartida, nadie se atreve a intentar la conquista de esta casa de locos. Hombres de poco seso, o sin ninguno en ocasiones, los españoles darán mil caídas hoy como siempre, tropezando y levantándose, en la lucha de sus vicios ingénitos, de las cualidades eminentes que aún conservan, y de las que adquieren lentamente con las ideas que les envía la Europa central. Grandes subidas y bajadas, grandes asombros y sorpresas, aparentes muertes y resurrecciones prodigiosas, reserva la Providencia a esta gente, porque su destino es poder vivir en la agitación como la salamandra en el fuego; pero su permanencia nacional está y estará siempre asegurada.

Benito Pérez Galdós
Episodios Nacionales
Primera Serie: La guerra de la Independencia

1- Trafalgar
2- La corte de Carlos IV
3- El 19 de marzo y el 2 de mayo
4- Bailén
5- Napoleón en Chamartín
6- Zaragoza

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Napoleón en Chamartín (Benito Pérez Galdós)

Tras haber dado cuenta de las cuatro novelas anteriores, paso a hablar de Napoleón en Chamartín, la quinta novela de la primera serie, de la Guerra de la Independencia de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Tras el éxito español en Bailén, las tropas francesas consiguen asestar pocos meses después antes de acabar 1808, un duro revés a las pretensiones españolas al lograr Napoleón entrar triunfalmente en Madrid sin apenas sobresaltos.

Este episodio (unas trescientas páginas) lo escribe Galdós en treinta días, en enero de 1874, lo cual cifra muy bien la prosa torrencial del autor, su facundia, el buen hacer con los diálogos y lo inteligente de, a través de sus personajes y situándolos en los lugares adecuados, ofrecer un fresco histórico muy vívido y colorista. Por ejemplo, entre las medidas legales que adopta Napoleón está reducir el número de conventos. Como recoge el artículado. El número de los conventos actualmente existentes en España se reducirá a una tercera parte […] Los bienes de los conventos suprimidos quedarán incorporados al dominio de España, y aplicados a la garantía de los vales y otros efectos de la Deuda pública. Este asunto será tratado por los interpelados, por eclesiásticos como el padre Salmón, en trato con Gabriel, que siempre tiene la capacidad de estar en todas las salsas, de tal guisa que incluso seamos testigos de cómo José, el hermano de Napoleón, se pregunta por qué le llaman Pepe Botella cuando él solo prueba el agua. También le endilgarán lo de Pepe Plazuelas, pero eso es otro cantar.

Cuando Napoleón supera Guadarrama y se encamina hacia Madrid ya se ve que los madrileños, con un censo de 500 soldados para defender la ciudad, poco podrán opugnar a los imperialistas, con Napoleón a la cabeza. Los lugareños se abastecen de cuanto tienen a mano, pero esto resulta claramente insuficiente. Además, el ánimo que insuflaba el espíritu de la población durante el 2 de mayo dista mucho del presente, y enseguida se llega a la conclusión de que una retirada a tiempo es una victoria. A pesar de lo cual hay quien, como el Gran Capitán, decida inmolarse antes de caer bajo el yugo francés. El resto se buscará la vida como puede y algunos cambiarán de chaqueta sin miramientos. Ahí tenemos a Santorcaz de ánimo afrancesado al que las nuevas circunstancias le permiten de forma pintiparada pasarse al enemigo para convertirse en jefe de la policía menuda, haciendo su labor con esmero y poniendo entre rejas a todo aquel hostil a los franceses. Cuando el paisanaje defiende su ciudad se encuentran con que en vez de pólvora los cartuchos, no todos, llevan arena. Esto provoca el caos, la rabia ciega, la sinrazón desmedida y el que acabará pagando el pato de tales artimañas será el infausto Juan de Mañara, a quien ajusticiarán sin miramientos, y que Galdós refiere en estos términos:

Pero lo espantoso, lo abominable, y más que abominable vergonzoso para la especie humana, fue lo que ocurrió después. La plebe tiene un sistema especial para celebrar las exequias de sus víctimas, y consiste en echarles una cuerda al cuello y arrastrarlas después por las calles, paseando su obra criminal, sin duda para presentarse a los piadosos ojos en la plenitud de su execrable fealdad. Esto pasó con el cadáver del infeliz regidor, a quien conocimos amante de Lesbia, amante de la Zaina, amante de todas, pues no hubo otro que como él prodigara su hermosa persona en altas y bajas aventuras; esto pasó con el cadáver del infeliz a quien llamo D. Juan de Mañara, no porque este fuera su nombre, sino porque me cuadra designarle así, para no andar trayendo y llevando los títulos de respetables casas, por los altibajos de esta puntual historia. Pero apartemos los ojos, no miremos, no, ese despojo sangriento que por la calle de la Magdalena, y después por la del Avapiés abajo, arrastran en inmunda estera unos cuantos monstruos, hombres y mujeres tan sólo en la apariencia: cerremos los oídos a sus infames gritos, y sobre todo no miremos ese destrozado cuerpo, aún caliente, a quien las puñaladas, los golpes, el frecuente tropezar van quitando la figura humana, haciendo un jirón lastimoso de lo que fue, de lo que era pocos minutos antes hombre gallardo y gentil, y lo que es más digno de consideración, hombre dichoso y amable. Y mientras pasa esa salvaje bacanal, ese río de sangre y de infamia y de crimen, meditemos sobre las mudanzas mundanas, y especialmente sobre las cosas populares, las más dignas de meditación y estudio.

¿No habéis observado que todos los movimientos populares llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños; pero ningún sutil dedo puede tocar los hilos de esta tela escondida en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros incautos.

Nada hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba Cervantes el vano discurso del vulgo, siempre engañado.

Algo que me trae en mientes unos párrafos de Sobre el agua de Guy de Maupassant.

Hay una frase popular que asegura que «la multitud no razona» ¿Y cómo es que no razona la multitud si cada uno de los que la integran razonan? ¿Cómo es que una multitud hace espontáneamente lo que ninguna de sus unidades haría? ¿Por qué tiene la multitud impulsos irresistibles, determinaciones feroces, arrebatos estúpidos que nada es capaz de contener, y por qué realiza, arrastrada por tales arrebatos, irreflexivas acciones que ninguno de los individuos que la componen sería capaz de realizar? Que un desconocido lance un grito, y súbitamente se apodera de todos una especie de frenesí, y todos, movidos de un mismo impulso, al que ninguno intenta resistir, arrebatados por un mismo pensamiento, que se hace de un modo instantáneo común a todos ellos, aunque sean de castas, opiniones, creencias y costumbres distintas, se abalanzarán sobre un individuo, lo degollarán, lo ahogarán sin motivo, casi sin pretexto, mientras que, tomados aisladamente, serían capaces de arriesgar sus vidas por salvar al que están matando.

En la narración deambula el vivales de Diego, el condesito de Rumblar, el licencioso joven que no ve la manera con la que dilapidar su fortuna y endeudarse, comprometiendo su porvenir, viviendo la vida loca, que encelado por Santorcaz se verá incluso en la tesitura de secuestrar a Inés y tomarla a la fuerza de sus aposentos, que no es otro que El Pardo, donde está Inés junto a su padre, el tío de Amaranta, que de nuevo juega un papel relevante en la historia de los episodios, pues como ya viene siendo habitual mantiene con Gabriel un tira y afloja que siempre le permite al joven situarse, aunque sea episódicamente y brevemente, al lado de su amada (en esta ocasión haciéndose pasar el señor duque de Arión) para confesarle los males que asolan su alma, al tiempo que van comprobando cómo la naturaleza de su relación abunda y se enseñorea en la imposibilidad de estar juntos.

La novela se precipita a un final en el que a Gabriel lo vemos de nuevo preso, tras ser prendido en El Pardo, insurgente de esta gran epopeya, formando el eslabón de una cadena de veinte presos rumbo a Francia, junto a Roque, quien lo enterará del infausto final del Gran Capitán.

Tras la lectura de estos cinco episodios dejo en suspenso, por unos pocos días, camino de Zaragoza, los Episodios para proseguir con otro Mariscal de las letras patrias, César Martín y su De corazones y cerebros.

Benito Pérez Galdós
Episodios Nacionales
Primera Serie: La guerra de la Independencia

1- Trafalgar
2- La corte de Carlos IV
3- El 19 de marzo y el 2 de mayo
4- Bailén
5- Napoleón en Chamartín

2020 (Javier Moreno)

Javier Moreno 2020 Portada Libro Lengua de Trapo
Javier Moreno
Lengua de Trapo
2013
264 páginas

Qué mejor manera de empezar el año -en un alarde de originalidad sin precedentes- que recuperando la reseña de la novela 2020 de Javier Moreno que escribí en 2013.

Hay quien no lee libros. Hay quien se los descarga. Hay quien los coge en la biblioteca. Hay quien los coge en la biblioteca y una vez mediada su lectura, reemplaza el alquiler temporal (y gratuito) por la compra onerosa y definitiva. Esto es lo que me ha sucedido con 2020, la última novela del murciano Javier Moreno (Click).

Uno lee la sinopsis y piensa que la novela tiene buena pinta, tanto como la portada del libro, un fondo todo negro, con el nombre y apellido del autor y el título en blanco, junto a la editorial que lo publica. Luego lo lees y resulta que como sucede en los libros de Rafael Reig que tienen a Carlos Clot como protagonista, la resolución de los casos es lo de menos. Lo relevante es el contexto, lo accesorio, lo periférico. Lo importante es el medio, el durante, el todavía, no el final.

Así se toma Javier Moreno esta novela. Sobre esa realidad, un futuro a corto plazo, el año 2020, donde los Casinos de Eurovegas ya han sido inaugurados, donde la crisis ha obligado a unos cuantos naúfragos del tsunami financiero en particular y de La Crisis en general, a morar en las entrañas de unos aviones abandonados en la T4, emplaza el autor a sus personajes: Bruno Gowan un alto cargo de una multinacional que desaparece sin dejar rastro. A su vera su escudero Nabil. En su búsqueda su hija Josefina y la mujer de Gowan, al mando de la investigación Lázaro. Carlos creando productos financieros, creando realidad. Jorge saciando su sed láctica en los regazos de mujeres estrenadas como madres.

Estas pinceladas conforman la sinopsis que permite escribir algo en la contraportada del libro y no dejar ese espacio en blanco, pero el libro es más, mucho más.

Si en Click los devaneos filosófico-científicos que se traía el autor, daban como resultado una novela descompensada, que atesoraba no obstante, unos cuantos fogonazos de chisporreante literatura, en 2020, si el planteamiento narrativo es similar (Moreno tiene en su haber, entre otras, formación matemática, y eso aflora en sus libros, de ahí la terminología y metáforas científicas empleadas o la cita con la que abre el libro acerca de la fórmula matemática de unos Derivados Exóticos), y Javier Moreno escribe como Javier Moreno, porque no puedo negar que no he leído antes a nadie como él, ya que se copia a sí mismo para ser único y sus influencias, que las tendrá, se alimentan en su interior como un circuito cerrado, todo esto opera en un dirección: asistir y relamerse uno con la lectura de una novela hipnótica. Leo a Javier Moreno y me parece estar viendo una película de Sorrentino (Le conseguenze dell´amore, similar no por el contenido sino por ese estado de hipnosis que genera).

Y allí donde uno leería y releería lo mismo de siempre en novelas clonadas, empapadas del mismo espíritu, lenguaje, planteamientos y objetivos, Javier no nos pasea por caminos trillados, no, porque Javier vuela por encima de todo eso, para llevarnos en volandas y asistir a la realidad (o a la copia de la misma) desde otro punto de vista, retorciendo el lenguaje hasta hacer de la sintaxis un proceso alquímico, para luego admirar y reconocer la creatividad del autor, capaz de meter tanta tralla científica, filosófica y sociológica dentro de un producto realista a la par que futurista, sin que se resientan las costuras.

Hay también humor en la novela. Humor sutil y absurdo que aboca a la carcajada, al estremecimiento, y un buen puñado de reflexiones que bien vale releer, comentarios jocosos, fina ironía, asunción de la esterilidad, frivolidad y fatuidad de la literatura, la introducción del propio autor en la novela para brindarnos, entre otras tantas, unas páginas impagables sobre el ejercicio de la docencia (imposible con estos políticos indecentes). Y ahí estará también Vila-Matas y su maestro Walser y la Estantería Literaria aunando vacío e inutilidad y los omnipresentes Chinos, los productos financieros tóxicos, el capitalismo salvaje, la mediocridad ibérica, la idoicia generalizada, los discursos mesiánicos, los Indignados como manifestación informe, etc…

“España se había convertido en un marasmo de seres desnortados que salían despedidos centrífugamente de los lugares que habían constituido el cobijo de sus cuerpos y almas. España era un país donde los jóvenes emigraban en busca de trabajo y en el que los ancianos se aferraban como aves de presa a la carnaza de sus pensiones. España era la sala de fiestas donde unos pocos seguían bebiendo mientras el resto debían contenerse con las sobras aguadas de las copas. Y en medio del desastre la vida continuaba. Es entonces cuando uno aprende que la vida necesita más bien poca cosa , que existe un núcleo adaptativo asombroso en el ser humano que desconoce el lenguaje de la cultura y de la ética, un disco de arranque jurásico que nos acerca al réptil, pero que al mismo tiempo nos pone en contacto continuo con la excepción y la maravilla (pag 212)“.

Las afueras (Pablo García Casado)

Las afueras (Pablo García Casado)

Con veinticinco tacos en 1997 antes del euro Pablo García Casado publicó Las afueras considerado hoy un clásico contemporáneo

Inspirador incluso para futuras editoriales alguna tomará ese nombre

Las afueras son relatos de Luis Goytisolo poema también de Biedma aquí apadrinando una calle -que la vida iba en serie en serie en serie en serie en serie uno lo empieza a comprender más tarde con Netflix armazón del ocio-

A mediados de los noventa los coches se matriculaban como leemos en la portada un enigma un código para los más jóvenes

La edad del automóvil del erre cinco del simca 1000 de empañar los cristales de sacarle partido a la tapicería al beneficiarse un cuerpo o varios abierta la noche en carnal en asientos reclinables

Las tardes del domingo un cilicio de tiendas cerradas antes de los chinos

Vecinos ilusión de comunidad buzones un yo nominal de 7×2 cm drogadictos paraderos desconocidos la errata del deshaucio

Las manchas del sexo que no había Dixán que borrase ni anales a blanquear

Hombres cautivos del pensamiento único follar derramarse sobre piernas abiertas a la nada el sonajero de los vidrios los surcos del vinilo la banda sonora del lactante

Mujeres auxiliadoras socorristas paño de lágrimas y semen vírgenes de las angustias en el punto de mira de anhelos varoniles desquiciados correosos puntos –y finales- de fuga tras figuras en relieve sin voz con botox

Nihilismo de hilos telefónicos antes de la banda ancha el tresgé atornillados en la barra fija del bar sumideros de tiempo y alcohol cerveza ginebra jotabé

Las deudas de la soledad del solitario repostar la cabeza con la gasolina renovable del vacío frente al frío desayuno

Realidad servida por Pablo con adictivos lo prosaico haciéndose un adosado con vistas al corazón y un sentir húmedo

Bowie, Cohen, Reed el lado más salvaje de la vida un paseo por una cinta transportadora en un aeropuerto de aviones plateados después de los burros

Quedarán siempre las afueras & estar en/leer las afueras también es estar dentro

DVD Ediciones (Sergio Gaspar) poesía 1997 80 páginas

www.devaneos.com

La Temperatura seguida de Zywiecz (Miguel Guerrero)

Leyendo La Temperatura seguida de Zywiecz del pynchoniano (por su invisibilidad) Miguel Guerrero me venía en mientes, a modo de pórtico, aquello que le soltaba Hermann Hesse a Thomas Mann en una misiva. Atención. El escritor ingenuo “puro”, no piensa en absoluto, según creo, en los lectores. El mal autor piensa en ellos, busca cómo gustarles, los adula.

¿Ven ese rayo de sol en la portada? Es luz entre cadenas, la que anhela la literatura que se sueña tal.

Leo en la página 212:

He pasado las horas leyendo, como sabe. Nada más desacertado. La literatura es algo como las hormigas, cuando ves una hormiga en la habitación, y solamente ves una, enseguida imaginas, deduces, que un ingente ejército de hormigas hambrientas ha tomado al asalto los cimientos de tu casa, y las paredes, y ahora han invadido la cocina y vas, abres un mueble y allí están, devorando una ración de pollo. Así es la literatura, hormigas que te persiguen y al final te devoran. Y lo que no es literatura, convendrá conmigo, no es, a estas alturas, interesante.

Estamos ante un autor puro, devorado por la literatura, por lo que esta novela eleva la temperatura del lector pero sin adularlo con la fiebre. El libro es un díptico, la primera novela con el doble de extensión que la siguiente.
La Temperatura nos enfrenta a la muerte de un hombre que en su casa arrostra su final. Hay un Cubo como construcción que me conduce al Cono de Bernhard en Corrección. Una novela estructurada en tres capítulos: cosas, animales y personas; todos ellos sufriendo las inclemencias climatológicas, un terruño masticado por el sol, el calor al alza, una sequía que atenaza al paisanaje impeliendo su marcha, todos se van pero el hombre que cuenta permanece aferrado a su destino cuarteado, mientras recuerda a su bisabuelo y las historias que le contaba de los xánticos, hombres de fuego que poblarán el horizonte socarrado y estéril quizá ya desquiciado del que se sabe en las últimas; más recuerdos de cuando era joven y ocupa el Cubo y se dedicaba al ganado, junto al pastor y las charlas filosóficas mantenidas con este, como oyente, el gas nervioso, la enfermedad, lo inconcluso

Zywiecz, que sigue a la temperatura, ya tiene al lector a la temperatura justa, con la realidad dilatada en las pupilas, presto pues para entrar en el mundo que plantea entonces Miguel, con un punto muy kafkiano: una casa próxima a despeñarse por un acantilado, un viajante que va y viene e incluso será víctima de un rayo, que nos da pie a conocer a un Señor, Un Conde, Un Castillo, un personaje llamado W., un holograma, el Estado, historias que se devoran y regurgitan, agitando las vísceras y entrañas del Mayordomo, para quien surcar una calle con una epístola entre las manos y desplazarse entre dos casas de un pueblo, Zywiecz, puede convertirse en toda una odisea, una lectura sin pasamanos, lectura doble que me deja desconcertado.