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Playas, ciudades y montañas (Julio Camba)

Me pirra Julio Camba. En estos días en los que el pan nuestro de cada día pasa por permanecer en nuestros domicilios son más necesarias que nunca dos cosas: el humor y el evadirse viajando. Viajar mentalmente, se entiende. En mi auxilio viene Julio Camba, aquel escritor gallego del que Francisco Fuster en el prólogo dice que ya nadie se acuerda. No todos. En estos devaneos librescos recurro con frecuencia a exhumar a Camba.

La editorial riojana Pepitas de Calabaza publicó Mis mejores páginas. En Fórcola leí Caricaturas y relatos y Crónicas de un viaje, impresiones de un corresponsal español. Digo esto porque la lectura de Playas, Ciudades y Montañas, editado por Reino de Cordelia es en parte una relectura, dado que algunas de estas crónicas ya las había leído en los citados libros.

Julio CambaCamba escribió estas crónicas hace algo más de un siglo, y aunque no han perdido frescura muchas cosas sí han cambiado, como esos recorridos en diligencias que se hacían interminables y que le sirven al autor para hacer un panegírico, no de las Ventajas orejudas de viajar en tren, sino de dichas diligencias de trote cochinero, ante la llegada de los automóviles, que supondrá un aprendizaje tanto para conductores como para los peatones que deambularán desde entonces por los caminos bastante menos despreocupados.

Habla Camba de los foros en Galicia, ese tributo agrícola que había que pagar al propietario de las tierras, ya abolido, y recorre Santiago de Compostela, Vigo, Grove, Pontevedra, recurre a la anécdota gastronómica, al apunte social jocoso, a leyendas locales que abundan en aquello de que ciertos curas eran los Padres de todos, habida cuenta su lubricidad, pone en entredicho, el mítico ponto vinoso, a saber: Agua, agua salada que no sirve para beber: he aquí el mar. Ha llegado ya la hora de decirle la verdad a este monstruo tan orgulloso. El mar es un prestigio falso. No es bonito ni mucho menos. La hermosura se la dan las playas y las costas. Suponed el agua del mar en una palagana, y a ver qué queda de su belleza, tanto como lo bucólico geórgico de la vida rural y pacífica, un monumental aburrimiento en su opinión, al no haber nada que hacer en un pueblo, un paisaje que a él le resulta estéril para crear, pues él precisa ruido, el bullicio del café, el aliento nitroso de la ciudad, y de ciudades Camba sabe un rato, al ir de corresponsal a París, a Londres, y mira y escribe como el recién llegado, antes de verse inmunizado por el día a día, por eso sus crónicas pudieran caer en el tópico y en los prejuicios que van de serie, pero no lo hacen, porque se sitúa en el lugar justo para resultar objetivo, objetividad imposible, pues todo viene filtrado por la lente del intelecto y la aguda mirada del autor, para señalar así las bondades y maldades del espíritu de cada pueblo: el suizo, el británico, el francés, el español, descendiendo hasta el gallego, arremetiendo contra el españolismo, contra los poetas locales empecinados en loar solo la causa nacional, vacunado Camba de cualquier canto de sirena nacionalista, llegando incluso a dudar de la existencia de los suizos, recurriendo a Baroja para maldecir el defecto de los regionalismos: el de substituir con un problema casero los grandes problemas de nuestro siglo

Camba expone su particular taxonomía de las clases de turistas y sus trinchantes tronchantes observaciones sobre los turistas suizos, alemanes, yanquis, acerca de los viajes circulares en los que se hacen muchos kilómetros sin aprender nada, sin dejar poso alguno, viajes de moda entones merced a la hoy quebrada compañía de Thomas Cook.

Camba fija su mirada en la gastronomía, porque según él para conocer un país se precisan dos cosas: visitar sus cocinas y alcobas. Un descansar, un comer que el autor liga al espíritu, para explicarlo, el de los británicos que van a la cama a dormir, que comen solo para alimentarse, de las camas francesas, cómodas, acogedoras, de su cocina, convertida en un arte, tanto como sus ciudades, hechas para flanear, para perderse por sus bulevares, hasta llegar a esa construcción literaria que es el Barrio Latino, poblada del atrezzo bohemio: Antes bien, el hacer de bohemios les cuesta su dinero. Hacen de bohemios mientras pueden, y cuando la familia se niega a girarles un franco más, entonces dejan de hacer de bohemios y se marchan para no llegar a quedarse sin comer.

Camba ofrece páginas preciosas epitáficas como las dedicadas a Sawa. Y no todo es chufla y cachondeo, porque entre bromas y veras el de Villanueva de Arosa no puede dejar de hablar de algo acuciante en la España de hace un siglo:

No. Nosotros tenemos para aderezar la carne una gran salsa nacional: el hambre, que, desde los tiempos de Cervantes, es, en España, la mejor de las salsas

Tampoco de la emigración, de todos sus paisanos que cruzaron el charco buscando un futuro:

La conquista de América no se ha terminado todavía. A diario van a ella nuevos aventureros en busca de nuevos tesoros. Y los traen. Traen algunos miles de pesos; pero algo se dejan allí que tiene más valor: la juventud y el trabajo. Esos miles de pesos son la remuneración de un esfuerzo, siempre mayor que los miles, y el fruto de ese esfuerzo se queda en América. América se lo merece. Es generosa y es laboriosa. Emplea al que le pide trabajo. Su vida tiene un sentido nietzcheano: el de atraer a los fuertes y rechazar a los débiles.

Lean a Camba, sus músculos faciales y su alma se lo agradecerán.

Reina de Cordelia. 2010. 280 páginas

Astrolabio (Ángel Olgoso)

Astrolabio (Ángel Olgoso)

Publicado en 2007 por Cuadernos del Vigía, Reino de Cordelia recupera y edita ahora Astrolabio, de Ángel Olgoso (Granada, 1961). Y lo hace vistiendo sus mejores galas, dado que las ilustraciones que acompañan los textos de Olgoso, obra de Marina Tapia, brillan al mismo nivel.

Astrolabio son 43 relatos breves. Una masa heteróclita, con un denominador común: la calidad, eso tan abstracto, pero cuando uno la tiene entre las manos, la siente y la aprecia.

En su primer texto, Espacio, Olgoso reivindica el formato que maneja con maestra mano, el del relato y microrrelato. Lo que se apunta en Espacio, lo lleva Olgoso a la práctica en el resto de los textos. No hacen falta seiscientas páginas para contar una historia. Olgoso hace rechinar los cojinetes mentales, se exprime los sesos y llevando la imaginación hasta el confín de sus límites nos ofrece textos de lo más variopintos, que aúnan con acierto la imaginación desbordante con una prosa diría que opulenta (que lo hermanaría con otro de nuestros grandes prosistas vivos, Pablo Andrés Escapa), lo que hace que a pesar de que los textos sean breves, tienen carne o chicha, como prefieran. Además me gusta que el título no sea un resumen del relato, pues a menudo con leer dicho título uno ya sabe de qué va el texto y entonces la sorpresa desaparece a las primeras de cambio. Esto se ve bien al leer, por ejemplo, Perikhoresis teológica, Gabinete de falsos de Jean-Baptiste Colbert o La ciénaga.
La prosa a veces muda (en espíritu) en poesía y nos encontramos con relatos fantásticos, en todas sus acepciones, como Si mi cabeza cae o Historia del rey y el cosmógrafo. Otros relatos pisan tierra que cruje en nuestro interior al leer como en Será como si no hubieras existido.
No faltan los dioses (sí los Inmortales, que brillan por su ausencia), aunque sean ahora catódicos, ni se descuidan los mitos, las sirenas (Los bajíos); Medusa, Perseo, en un relato policíaco como El lagar. O enhebrar el hilo de los pensamientos trenzándolo en Las nubes, en Las barbas del cielo, ligando el tronar de los cañones al zumbido de las abejas.

Hay otros relatos que parecen escritos para ser leídos sin coger aire, el texto mojonado con comas, pero sin puntos, salvo al final, cuando ya sin aire uno necesita parar. Y entonces !zas!. El autor te da la puntilla con un Pero es tarde, como sucede en Venablos.
El otro mundo, el más allá, pero siempre contiguo, como el reverso de la moneda, de la divisa de nuestra existencia, la muerte, digo, segrega textos como Tributo, El espejo o Los despeñaderos.

La extrañeza, el absurdo, se manifiestan en Claudicación, El vuelo del pájaro elefante. Podemos ponernos en la piel de un animal, como en Árboles al pie de la cama y entender las asechanzas de una vida tan simple como salvaje e infausta o recurrir al mundo animal para poblar nuestro lenguaje de frases hechas que mentan al mismo; conocer de primera mano la desdicha de La mujer transparente, a esa edad en la que ser vista por tu carnal ya es casi un milagro ante la presbicia de la rutina.

Incluso los objetos aquí tienen voz propia y se granjean el interés y la mirada del autor. Ya sea un reloj de pulsera, en Todas hieren, o un ventilador en Artículo genuino. Para acabar, comentar que la literatura también ha lugar en un lugar de este libro, a cuenta del Quijote, de Avellaneda y ciertas teorías que apuntan a que el Quijote de Avellaneda fue obra de Cervantes. Ya ven, puestos a fantasear nuestro Cervantes podría ser un precursor del luso, ese tal Pessoa, aquel que contenía a toda la humanidad en su persona, o personas, y que iría segregando a fin de aliviarse en tinta negra con la que esconderse (cual calamar) detrás de unos cuantos heterónimos.

Lo que ofrece Astrolabio es un sinfín de sorpresas y alegrías librescas merced a una conjunción de fantasía e imaginación y una prosa que trasciende el arabesco para coger gravedad y hacerse carne. Si un Astrolabio sirve para orientarse yo les encomiendo a perderse y a abundar en este Astrolabio, surcando sus páginas sin más Rosa de los vientos que la del placer alado que propicia su lectura.

Reino de Cordelia. 2010. 119 páginas. Ilustraciones de Marina Tapia.

Estantería libros

Lecturas y editoriales

He puesto los enlaces a las editoriales que han publicado los libros que he leído estos últimos años. Una lista que no deja de crecer y que ya supera la centena de editoriales.

Acantilado
Adriana Hidalgo
Alba
Alfabia
Alfaguara
Alianza
Altamarea ediciones
Alrevés
Anagrama
Ápeiron
Ardicia
Árdora
Ariel
Atalanta
Austral
Automática
Baile del Sol
Bala perdida
Balduque
Barataria
Base
Belvedere
Berenice
Blackie Books
Boria
Bruguera
Caballo de Troya
Cabaret Voltaire
Candaya
Carmot Press
Carpe Noctem
Cátedra
Círculo de lectores
Comba
Cuatro Ediciones
Debolsillo
Demipage
De Conatus
e.d.a
Ediciones Casiopea
Destino
Ediciones del Viento
Ediciones La Palma
Ediciones La piedra lunar
Edhasa
El Desvelo
Eneida
Errata Naturae
Espuela de Plata
Eterna Cadencia
Eutelequia
Fragmenta>
Fórcola
Franz Ediciones
Fulgencio Pimentel
Gadir
Galaxia Gutenberg
Gallo Nero
Gatopardo
Gredos
Grijalbo
Hermida
Hoja de Lata
Hueders
Huerga & Fierro
Hurtado & Ortega
Impedimenta
Jekyll & Jill
Kalandraka
KRK
La Discreta
La Navaja Suiza
La uña rota
Las afueras
Lengua de trapo
Libros de Ítaca
Libros del Asteroide
Los libros del lince
Lumen
Lupercalia
Malpaso
Mármara ediciones
Minúscula
Muchnik
Nórdica
Olañeta editor
Paidos
Páginas de Espuma
Pálido fuego
Papeles mínimos
Paralelo Sur
Pasos perdidos
Pengüin
Península
Pepitas de calabaza
Periférica
Pez de Plata
Plaza Janes
Playa de Ákaba
Pregunta Ediciones
Pre-Textos
Random House
RBA
Reino de Cordelia
Sajalín
Salamandra
Seix Barral
Sexto Piso
Siruela
Sloper
Stirner
Talentura
Tandaia
Taurus
Témenos
Trama
Tránsito
Tresmolins
Trifoldi
Trifolium
Tropo
Tusquets
Turner
WunderKammer

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Cyrano de Bergerac (Edmond Rostand)

La editorial Reino de Cordelia pública el clásico francés, Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand (Marsella, 1868 – París, 1918, dramaturgo neorromántico francés, famoso por su obra Cyrano de Bergerac, estrenada en París en 1897 en el Théâtre de la Porte Saint-Martin, que se ha convertido en un clásico del teatro francés. Miembro de la Academia francesa desde 1901, estuvo casado con la poetisa Rosemonde Gérard, de la que se separó en 1915, y con la actriz de origen ruso Mary Marquet. Rostand murió en 1918 a consecuencia de la epidemia de gripe que asoló Europa y está enterrado en el cementerio de Marsella), con la estupenda traducción de Jaime y Laura Campmany, que apuran bien todo el jugo de la versificación, e ilustrado por José María Gallego, recuperando el texto de la versión original.

Cyrano como D’Artagnan es ya una figura clásica. Aunque como se nos informa en el prólogo; D’Artagnan desprendía aroma a paté de campaña, mientras que Cyrano de Bergerac ha olido siempre a auténtico foie gras, delicadamente elaborado no con hígado de pato o ganso, sino con vísceras de auténtico pavo real. D’Artagnan fue capitán de mosqueteros, Cyrano sirvió en la Compañía de la Guardia y se sabe que participó en el sitio de Arras durante la Guerra de los 30 Años, cuando las tropas españolas de Fernando de Austria se enfrentaron a las francesas del mariscal de Châtillon.

A Cyrano (poeta, dramaturgo, soldado…) lo hemos visto varias veces en la gran pantalla, quizás la más conocida sea con el rostro de Depardieu. Su nariz, enorme, elefántica, le trae a Cyrano por el camino de la amargura, pues su lengua afilada, su ingenio, su inteligencia, su vena poética, todo esto, se estrellará contra un muro cuando el amor que Cyrano sienta por su prima Roxane, no se vea correspondido, porque Cyrano no se ve capaz, lastrado por su protuberancia nasal a manifestarle sus sentimientos, tal que acabará haciéndolo por persona interpuesta, a través de Christian, joven cadete de gascuña, del que Roxane se ha quedado prendada, atrapada por sus atributos físicos que se verán secundados por lo que Christian le dice y escribe (a través de Cyrano) cuando vaya al frente, bajo un ardid que se resolverá fatalmente.

Se suceden escenas en un teatro, bajo el balcón de la amada, en el frente de batalla en pleno asedio, y siempre brillan ahí las palabras, los versos de Cyrano, clamando su independencia, dando un repaso a todo aquello que detesta (trepas, arribistas, aduladores, falsarios…) dispuesto a granjearse el odio (para corresponder a su rabia precisa de gigantes), la inquina y las enemistades que hagan falta con tal de seguir fiel a sí mismo, sin venderse al mejor postor.

Con libros como este tan bien editados por Reino de Cordelia, merced a las magníficas ilustraciones de José María Gallego, engalanando los afilados versos de Cyrano, donde a las aventuras se suman la épica, el humor y la tragedia, convierten la lectura en un auténtico placer, atemporal, ya que la actitud de Cyrano, su modo de ser soñador y alado (no soporta la gente que no sueña, dice, un Cirano más próximo a la oropéndola que al oropel), perdura y como él, hoy y mañana, otros, seguirán su estela, tocando con la nariz y con la espada, librando su particular batalla contra los espurios afanes humanos.

Hace unos quince años descubrí a Francesco Guccini y entre sus canciones siempre ha habido una que me ha gustado especialmente. Se titula, precisamente, Cirano, y dice así:

Vídeo de Cirano, Francesco Guccini:

Cirano (Francesco Guccini)

Venite pure avanti, voi con il naso corto,
signori imbellettati, io più non vi sopporto,
infilerò la penna ben dentro al vostro orgoglio
perchè con questa spada vi uccido quando voglio.
Venite pure avanti poeti sgangherati
inutili cantanti di giorni sciagurati,
buffoni che campate di versi senza forza
avrete soldi e gloria, ma non avete scorza;
godetevi il successo, godete finchè dura,
che il pubblico è ammaestrato e non vi fa paura
e andate chissà dove per non pagar le tasse
col ghigno e l’ ignoranza dei primi della classe.
Io sono solo un povero cadetto di Guascogna,
però non la sopporto la gente che non sogna.
Gli orpelli? L’arrivismo? All’ amo non abbocco
e al fin della licenza io non perdono e tocco,
io non perdono, non perdono e tocco!
Facciamola finita, venite tutti avanti
nuovi protagonisti, politici rampanti,
venite portaborse, ruffiani e mezze calze,
feroci conduttori di trasmissioni false
che avete spesso fatto del qualunquismo un arte,
coraggio liberisti, buttate giù le carte
tanto ci sarà sempre chi pagherà le spese
in questo benedetto, assurdo bel paese.
Non me ne frega niente se anch’ io sono sbagliato,
spiacere è il mio piacere, io amo essere odiato;
coi furbi e i prepotenti da sempre mi balocco
e al fin della licenza io non perdono e tocco,
io non perdono, non perdono e tocco!
Ma quando sono solo con questo naso al piede
che almeno di mezz’ ora da sempre mi precede
si spegne la mia rabbia e ricordo con dolore
che a me è quasi proibito il sogno di un amore;
non so quante ne ho amate, non so quante ne ho avute,
per colpa o per destino le donne le ho perdute
e quando sento il peso d’ essere sempre solo
mi chiudo in casa e scrivo e scrivendo mi consolo,
ma dentro di me sento che il grande amore esiste,
amo senza peccato, amo, ma sono triste
perchè Rossana è bella, siamo così diversi,
a parlarle non riesco: le parlerò coi versi,
le parlerò coi versi…
Venite gente vuota, facciamola finita,
voi preti che vendete a tutti un’ altra vita;
se c’è, come voi dite, un Dio nell’ infinito,
guardatevi nel cuore, l’ avete già tradito
e voi materialisti, col vostro chiodo fisso,
che Dio è morto e l’ uomo è solo in questo abisso,
le verità cercate per terra, da maiali,
tenetevi le ghiande, lasciatemi le ali;
tornate a casa nani, levatevi davanti,
per la mia rabbia enorme mi servono giganti.
Ai dogmi e ai pregiudizi da sempre non abbocco
e al fin della licenza io non perdono e tocco,
io non perdono, non perdono e tocco!
Io tocco i miei nemici col naso e con la spada,
ma in questa vita oggi non trovo più la strada.
Non voglio rassegnarmi ad essere cattivo,
tu sola puoi salvarmi, tu sola e te lo scrivo:
dev’ esserci, lo sento, in terra o in cielo un posto
dove non soffriremo e tutto sarà giusto.
Non ridere, ti prego, di queste mie parole,
io sono solo un’ ombra e tu, Rossana, il sole,
ma tu, lo so, non ridi, dolcissima signora
ed io non mi nascondo sotto la tua dimora
perchè oramai lo sento, non ho sofferto invano,
se mi ami come sono,
per sempre tuo, per sempre tuo, per sempre tuo…Cirano

Cirano (Traducción de Riccardo Venturi; sería aquí un lujo contar con una traducción de Micó)

Acercaos, acercaos, los de las narices cortas,
señores acicalados, ¡no os aguanto más!,
enfilaré mi pluma bien adentro de vuestros orgullos
porque con esta espada os mato cuando me place.

Acercaos, acercaos, poetas desquiciados,
inútiles cantantes de días desdichados,
bufones que vivís de versos huecos,
tendréis dinero y gloria pero os falta la fuerza;
gozad del éxito, gozadlo hasta que dure,
que el público está amaestrado y no os amedrenta
e id quién sabe dónde, para no pagar los impuestos,
con la sonrisa maliciosa y la ignorancia del primero de la clase.
Yo solo soy un pobre cadete de Guascogna
pero no soporto la gente que no sueña.
¿Los oropeles?, ¿el arribismo?, no pico en esos anzuelos
y al final de la licencia no perdono y toco.
Yo no perdono, no perdono y toco.

Acabemos de una vez, acercaos, acercaos todos,
nuevos protagonistas, políticos trepas;
acercaos serviles aduladores, rufianes y gentucilla,
feroces presentadores de falsas retransmisiones,
que con frecuencia habéis hecho del cualunquismo un arte;
sed valientes liberales y enseñad las cartas,
pues siempre existirá alguien que pagará el pato
de este bendito, absurdo y hermoso país.
No me importa nada si yo también estoy equivocado,
desagradar es de mi agrado y amo ser odiado;
con los listillos y los prepotentes desde siempre me divierto
y al final de la licencia no perdono y toco.
Yo no perdono, no perdono y toco.

Pero cuando estoy sólo,con esta nariz enorme
que desde siempre me ha precedido por lo menos en media hora,
mi rabia se apaga y recuerdo con dolor,
que me está casi prohibido soñar con un amor;
no sé a cuántas habré amado, no sé a cuántas habré poseído,
pero por mi culpa o por azares del destino, a las mujeres las he perdido
y cuando siento el peso de estar siempre sólo,
me encierro en casa y escribo, escribiendo me consuelo,
pero en mi interior siento que el gran amor existe,
anzuelo sin pecado, amo pero estoy triste,
porque Rosana es bella, somos tan distintos;
no logro hablarle:
le hablaré con los versos,
le hablaré con los versos.

Acercaos gentes vacías, acabemos de una vez:
Vosotros los curas que a todos vendeis otra vida;
si existe, como decís,un Dios en el infinito,
miraos en el corazón, ya lo habéis traicionado;
y vosotros los materialistas, con vuestra eterna obsesión
de que Dios ha muerto y que el hombre está sólo en este abismo,
buscáis las verdades por el suelo, como los cerdos,
quedaos con las bellotas, dejadme las alas;
volved a casa enanos, apartaos de mi vista,
para mi enorme rabia necesito gigantes.
No pico el anzuelo de dogmas y prejuicios
y al final de la licencia no perdono y toco.
Yo no perdono, no perdono y toco.

Toco mis enemigos con la nariz y con la espada
pero en esta vida, hoy, no encuentro mi camino,
no quiero resignarme a ser malvado,
tú sola puedes salvarme, tú sola y te lo escribo;
debe existir, lo siento, en la tierra o en el cielo un lugar
donde no sufriremos y todo será justo.
No te rías, te lo ruego, de estas mis palabras,
yo solo soy una sombra y tú, Rosana, el sol;
pero tú, lo sé, no ríes, dulcísima señora
y yo ya no me oculto bajo tu morada
porque ahora siento que no he sufrido en vano,
si me amas como soy,
por siempre tuyo seré, Cirano

Reino de Cordelia. 2019. Traducción de Jaime y Laura Campmany. Ilustraciones de José María Gallego.