Archivo del Autor: Francisco H. González

Lecturas 1.1.20 a 30.6.20

No se me ha dado mal, en cuanto a lecturas, este primer semestre del 2020. La relación va como sigue:

Qué haces en esta ciudad (Verónica Nieto)
Morir en agosto (Javier Martín)
El proceso (Kafka)
A favor de la distracción (Marina van Zuylen)
Manual de escapología. Teoría y práctica de la huida del mundo (Antonio Pau)
César Aira y la silla de Gaspard (Moisés Mori)
De corazones y cerebros (César Martín Ortiz)
Astrolabio (Ángel Olgoso)
Círculo de lectores (Eduardo Berti)
Los cuerpos partidos (Álex Chico)
No te conozcas a ti mismo. Nerval, Schwob, Roussel (Moisés Mori)
No entres dócilmente en esa noche quieta (Ricardo Menéndez Salmón)
Gritar (Ricardo Menéndez Salmón)
El viaje de invierno (George Perec)
Casas vacías (Brenda Navarro)
Bazar (Emilio Gavilanes)
kapital (Adolfo García Ortega)
Primeras voluntades (José María Micó)
El corazón de la fiesta (Gonzalo Torné)
La lámpara maravillosa (Ramón del Valle-Inclán)
La mirada hostil (Eduardo Iriarte)
Tierra de luz blanda (Ezequiel Blanco)
Enfermos antiguos (Vicente Valero)
Historia de la imaginación (Juan Arnau)
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (Robert Louis Stevenson)
Leyden Ltd. (Luis Sagasti)
El libro de las aguas (Limónov)
El regreso de Orfeo (Campos Reina)
Los naufragios del Batavia. Anatomía de una masacre (Simon Leys)
A bordo del naufragio (Alberto Olmos)
Benito Pérez Galdós. Primera Serie. La Guerra de la Independencia (10 novelas)
El cuerpo. Cegador 2 (Cartarescu)
Playas, ciudades y montañas (Julio Camba)
Los otros (Javier García Sánchez)
La batalla de Occidente (Éric Vuillard)
Primera silva de sombra (Eduardo Ruiz Sosa)
!Absalón, Absalón! (Faulkner)
Santuario (Faulkner)
Breve elogio de la errancia (Akira Mizubayashi)
El secreto de Lena (Michael Ende)
Ana de las tejas verdes. La llegada (L. M. Montgomery)
Cosmos (Gombrowicz)
Delibes en bicicleta (Jesús Marchamalo)
La sabiduría de lo incierto (Joan-Carles Mèlich)
El curioso incidente del perro a medianoche (Mark Hadddon)
Así hablo Zaratrusta (Nietzsche)
Las brujas (Celso Castro)
El túnel (Ernesto Sábato)
La vida verdadera (Adeline Dieudonné)
Un Pedigrí (Patrick Modiano)
Boulder (Eva Baltasar)
Vivir abajo (Gustavo Faverón Patriau)
Consuelo de la filosofía (Boecio)
El acontecimiento (Annie Ernaux)
Pura pasión (Annie Ernaux)
La ocupación (Annie Ernaux)
El incendio de la mina El Bordo (Yuri Herrera)
Relato soñado (Arthur Schnitzler)
Paraguas en llamas (Jordi Mestre)
San, el libro de los milagros (Manuel Astur)
Apuesta al amanecer (Arthur Schnitzler)
Godot entre rejas (Erika Tophoven)
W.G. Sebald en el corazón de Europa (Cristian Crusat)
Los cuentos de Linnet Muir (Mavis Gallant)
Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rural (María Sánchez)
Basilisco (Jon Bilbao)
El cielo invisible (Luís Pousa)
Misericordia (María Sotomayor)
Una buena noticia (Eloi)
Las Ramonas (Ana Cabaleiro)
Los perdonados (Lawrence Osborne)
La casa intacta (Willem Frederik Hermans)
El contrario de uno (Erri de Luca)
Lacombe Lucien (Patrick Modiano y Louis Malle)
Ava en la noche (Manuel Vicent)

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Cameron (Hernán Ronsino)

Cameron es la tercera novela que leo de Hernán Ronsino tras Glaxo y La descomposición; me resta de leer Lumbre.
Aún tengo fresca la lectura de la magnífica Vivir abajo y de ahí me vienen imágenes de cárceles que pasan desapercibidas, pues como en los iceberg apenas se aprecia la punta que asoma a la superficie, a ojos de los vecinos, mientras la raíz, su razón de ser, permanece a la sombra, ramificando la violencia y el terror estatal, alimentando la tierra: sementera de cuerpos finados y desaparecidos.

En Cameron, novela breve de apenas ochenta páginas, Ronsino opta por esa misma especie de indefinición, de velamiento, con una ciudad indeterminada, cuyo protagonista, Cameron, vive bajo arresto domiciliario, se acerca a escuchar jazz en una voz femenina, la pasa con un amigo que oficia como locutor radiofónico nocturno y vive apaciblemente en un presente constreñido espacialmente cuyo rebasamiento supone la escorrentía de los recuerdos, el derramamiento temporal, los zarpazos de la memoria, no tanto de la culpa ni del remordimiento, pues pareciera que toda aquella época oscura no fuese más que una noche de resaca que dejara la lengua áspera y una arcada que asomase a los ojos.

La gran virtud de la novela es su clímax, la capacidad de Ronsino para sugerir, para explicar sin explicar, para dosificar la información, la narración de los hechos, la gestión de la memoria, todo aquello que capitalizó en lo que hoy es el demediado Cameron, al que le sustraen una pierna y que vendrá a ser su particular magdalena de Proust, un atentado a cañonazos contra la arboladura de su yo.

Al tirar una piedra en un estanque vemos embobados las ondas concéntricas que crecen ante nuestra mirada, la sorpresa viene cuando en lugar de ondas sentimos descargas, así Cameron, Ronsino mediante.

Eterna Cadencia. 2020. 80 páginas

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Ava en la noche (Manuel Vicent)

Tengo por costumbre los domingos, después del desayuno, empezar El País por el final, empapándome de literatura con la lectura de la columna de Manuel Vicent.

En su última novela publicada, Ava en la noche, nos sitúa en la España de 1959. El protagonista es David, joven estudiante de derecho, con ínfulas estéticas, artísticas, cinematográficas. Quiere ser director de cine. Su tiempo lo consume viendo películas, memorizando los nombres de todos los actores, actrices y directores que pasan y posan ante sus pupilas, inflamadas de celulosa, leyendo el Fotogramas, fantaseando con encenderle un cigarrillo a la diosa Ava Gardner. David deja Valencia para mudarse a estudiar a Madrid. En ese año se ha agorrotado a Jarabo y el garrote vil está en las últimas. David le da vueltas en la cabeza a una idea que sustancie un guión, y se le ocurre la idea de un verdugo amilanado ante su deber, incapaz de acometer su tarea con el garrote vil. David entrará en contacto con Berlanga, quien más tarde, a mediados de los 60 estrenará El Verdugo, con guión de Rafael Azcona.

Vicent, a la vista está, es dueño de una prosa precisa, carnosa, detallista. Su escritura está despojada de grasa, es pura fibra. Muchas de las páginas de este libro son como sus columnas, pequeños microcosmos, flores que se abren fragantes, gusanos que devienen luminiscentes crisálidas, con un gran poder de abstracción, concisión y evocación.

A David solo le mueve el elemento estético, hasta que vaya a dar con sus huesos en la cárcel y descubra entonces otra realidad, más prosaica; vierte entonces ante el espejo su rostro tumefacto, fruto de las golpizas de los hombres del régimen, que emplean el terror sin miramientos, arrancan uñas, defenestran sospechosos… David descubre entonces que hay otra realidad, paralela o subrepticia, más allá de las divas y galanes de Hollywood, de los escritores famosos que vienen a España a darse la vida padre (por la calle Riscal, en el Lhardy, en las Cuevas de Sésamo, en El abra, en Villa Rosa…) como la diosa Gardner a la que todos desean encamar, metáfora del aglutinado deseo masculino, complaciente con algunos, pero siempre inasequible, convertida en una quimera, en una sombra para David.

Ava Gardner era el símbolo de la libertad de la noche franquista. La noche de Madrid estaba poblada por artistas de Hollywood que eran como libélulas verdes, rojas y amarillas que sobrevuelan una oscura charca putrefacta.

La ficción y la memoria se alían en David bajo la figura de Manuel, amigo de la infancia que muere de la manera más inesperada y habita desde entonces en sus recuerdos y escritos, pues su futuro era un patrimonio compartido, que no llegó a ser.

El Madrid del franquismo se presenta como ciénaga, basurero, algo hediondo, la piel muerta que se irá mudando y deshaciendo al correr los sesenta y setenta.

tres filas de gente abatidas contra los mostradores de estaño pedirían a gritos ensaladilla rusa, patatas a lo pobre, pajaritos fritos, gambas con gabardina y mejillones al vapor, cuyas valvas arrojadas al suelo crearían un crujiente pastizal mezclado con serrín bajo los zapatos de los clientes, quienes animarían a los extranjeros a tirar las cáscaras al suelo para demostrar que en España había libertad, aunque solo fuera la de tomar el aperitivo de pie sobre un basurero.

Las Cervalizas (Riaño; Cantabria)

Próximo a la ciudad de Reinosa, en Riaño (Cantabria), y dejando el coche en los toboganes, curso natural del río, con grandes piedras que permiten bajar por las rocas como si de toboganes se tratara, de ahí el nombre y con muchas posibilidades de dejarte las nalgas en carne viva si vas en pelotas o romper el bañador si es el caso, se coge el camino de asfalto que nace en un pequeño aparcamiento al lado de los toboganes. Luego se sigue recto, con el río a nuestra izquierda, y al cabo de unos veinte minutos vemos una señal en madera que nos indica la dirección hacia las Cervalizas. Un poco más adelante la senda se desdobla, nosotros seguiremos por el camino de la izquierda. El que asciende es un camino que nos conduce al Balcón del Oso. Por el camino seguimos recto caminando alternando zonas de sombras bajo los árboles y a la solana.

Al cabo de unos veinte minutos, siempre ascendiendo levemente y sin abandonar la senda, llegamos a un puente que queda a nuestra izquierda y que no se ha de cruzar. Seguimos recto y vemos una poza a nuestra izquierda, luego caminando bajo el lomo de la montaña llegamos a una gran roca, donde detrás hallamos una espectacular cascada. Meter los pies y al poco es ya no sentirlos, pero a las reinosanas nada se les pone por delante y me cuentan que el agua está gélida. Así que es un entrar y salir, tras un fulminante chapuzón.

El regreso es cómodo, más rápido, al ser casi todo el trayecto cuesta abajo. Dejo unas fotos de esta caminata por tierras cántabras. Si os acercáis a ver el nacimiento del Ebro, en Fontibre, las Cervalizas quedan a tiro de piedra, ahora bajan con bastante agua y son una maravilla de la naturaleza.

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Devaneos.com

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Cascada Las Cervalizas

Lacombe Lucien

Lacombe Lucien (Louis Malle, Patrick Modiano)

Lacombe Lucien es un guion escrito en 1973 a cuatro manos entre Modiano y Louis Malle, que se convertiría luego en una película de título homónimo. Buena parte de la producción literaria de Modiano se construye en torno a la memoria y la ocupación de Francia por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Aquí el protagonista es Lacombe Lucien, joven de una aldea rural francesa que quiere formar parte de la resistencia en 1944 y que al no ser admitido en la misma, contrariado, acaba fortuitamente en el lado contrario, colaborando con la policía alemana y al servicio de los nazis.

A Lucien no le alienta ningún tipo de idealismo, parece ser que la ocupación por parte de los nazis no le supone mayor quebradero de cabeza. Formar parte o no de la resistencia parece tratarse de un juego y la suerte de los judíos se la trae al pairo. El caso es que Lucien se enamora de France, la hija de un sastre judío, Horn. Este enamoramiento, que no deja de ser otro capricho más de una naturaleza veleidosa, parece despertar en el mozalbete otro tipo de sentimientos, no necesariamente compasivos.

Formar parte de la policía alemana le permite a Lucien achantar a quien desee, como hará con Horn, de tal manera que si éste no facilita la relación con su hija hará todo lo posible para que lo encierren. Ya sabemos que no hay nada más peligroso que un don nadie con un uniforme. Lucien vive ajeno al malestar y la zozobra en la que se debaten Horn su hija y la madre del sastre, con miedo a ser enviados a los campos de concentración por su condición de judíos, atacados una y otra vez en su dignidad por toda clase de palabras y acciones contra su persona.

Al final parece que el destino siempre juega sus cartas en un sentido u otro, que todo es puro azar: el ser delatado por un vecino, detenido por la policía, ayudado por quien debe ajusticiarte, o salvar el pellejo por ser objeto del enamoramiento de un mozalbete, de cabeza ligera.

El guion son apenas 150 páginas, que no resultan tan descriptivas ni introspectivas como lo son otras novelas de Modiano. Obra ésta que generó polémica cuando se publicó, pues relatos como este son una patada en la línea de flotación de la alabada heroica defensa francesa contra la Alemania nazi.

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