Archivo del Autor: Francisco H. González

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La siesta de M. Andesmas (Marguerite Dumas)

Bebe rubia la cerveza pa acordarse de su pelo.

Standby (Extremoduro)

Leyendo esta fascinante -por lo que tiene de extraña y ambigua- novela de Marguerite Duras (publicada en Francia 1962 y ahora con traducción y sustancioso prólogo de Amelia Gamoneda) pensaba en esta entrevista reciente que le hicieron a Cees Nooteboom. Me venía en mientes esa casa apartada que dice tener en Alemania, rodeada de árboles, de libros, de quietud. Y quien sabe si también de espera. Una espera que podría ser la de la muerte, rondando siempre ávida en la senectud.

Aquí el que espera no es Drogo (a un enemigo imaginario), sino un hombre rico, jubilado, mayor, que cediendo al antojo de su joven hija (procreada en su climaterio), al borde ésta de los 18 años, ha comprado una casa en un colina, rodeada de árboles, desde la que vislumbra el pueblo a lo lejos, el mar. Espera la visita de un hombre, que le dará presupuesto para un terraza. El señor, Andesmas, espera y desespera, le sobra todo el tiempo del mundo, pero esto no disminuye su ansiedad. La espera la va trasegando con inopinadas visitas, ya sea un perro anaranjado, una niña, la madre de la niña. Llegan todos menos las dos personas a las que espera: el constructor y su hija.
Las conversaciones le traen recuerdos que luego se le escurren, cierra los ojos, dormita, cada siesta es como un eterno retorno, que a su vez es un círculo que se achicaría hasta devenir un punto, final.

Duras maneja con maestría el curso del relato, dosificando la información con cuentagotas, y lo leído resulta sugerente, extraño, inasible, impregnada la narración de esa desazón y zozobra que a veces nos asalta sin saber muy bien por qué, esos sentimientos entreverados de recuerdos que pueblan una memoria fangosa, que nos zarandean y nos llevan de la alegría a la tristeza en un segundo, porque Andesmas quisiera descansar, dormir, morir sin daño. No sabemos si esto le es posible ahora que su hija en flor es víctima del deseo ajeno, y ante ese alarido de la carne Andesmas solo puede oponer un silencio vegetal.

Demipage. 2011. 115 páginas. Traducción y prólogo de Amelia Gamoneda

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Carácter (F. Bordewijk)

Imaginemos que sobre el papel F. Bordewijk (1884-1965) traza dos figuras. Un hombre y una mujer. El hombre la fuerza. Ella queda embarazada, se despide como empleada del hogar y no quiere saber más nada de su Señor. Ella tiene un niño. Lo cría sola, sin la ayuda que él le ofrece. Media docena de veces le pide matrimonio. Seis veces ella dice (mediante silencio administrativo) no. Dibujamos ahora la figura de un niño enclenque, que crece y estudia, hasta que un día, a raíz de una quiebra del muchacho, éste conocerá a su padre, agente judicial temido y odiado por todos los deudores, habida cuenta su inclemencia. Entre los tres personajes solo hay silencio, un mutismo desquiciante. Hay que dar color a unos personajes tan grises y el colorido viene de un amigo del muchacho que abraza la causa comunista, aquellos años en los que Sergei M. Eisenstein estrenaba Acorazado Potemkin, de una compañera de trabajo de la que se enamora el muchacho sin que ese sentimiento fructifique o se emplea buena parte de la narración en hablarnos de sus distintos jefes y compañeros que forman parte del organigrama del bufete en el que trabaja el zagal, que atiende al apellido de Katadreuffe, del fragor comercial con el comercio del azúcar (que me recuerda a la estupenda serie La casa de las miniaturas) o sus esfuerzos mantenidos en el tiempo por estudiar, por formarse, por aprobar asignaturas y el examen al Estado, por tener su título de abogado y ejercer como tal, porque a pesar de que su padre no pinte nada en su vida hay una lucha soterrada con él, pues su manera de derrotarlo es superarlo, de ahí su ahínco, su esfuerzo, si bien ¿qué sentido tiene superar a un padre que no es tal o dar con un canto en los dientes a alguien tan abyecto, cuya figura nos sitúa en el corazón de los desahucios de la ciudad de Róterdam?. Los encuentros entre Katadreuffe y su padre, Dreverhaven se suceden en el tiempo, cuatro veces, y en tanto estos suceden hay una tierra de nadie filial que se irá tejiendo con distintos hilos narrativos y que en mi opinión solo consiguen desflecar la narración, que pierde fuelle, sin mantener la tensión que se presumía, languideciendo, a lo que no ayudan las erratas presentes en el texto (sonambilismo, atebnción) ni una traducción (Diego J. Puls) que depara un texto tan plano como mortecino.

Carácter se publicó en 1938, fue llevada al cine y obtendría el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1997.

Jus. 2017. 300 páginas. Traducción de Diego J. Puls.

Fajas

El mundo de las fajas -me refiero a esos rectángulos de papel panegíricos que van en las portadas de los libros- no deja de sorprenderme, para mal.

Nesbo pública novela, se titula Macbeth, y en la faja de marras me sorprende leer esto:

Prepárense para una espiral sin rumbo por los túneles más oscuros de la experiencia humana“. Hasta aquí nada especial, lo bueno viene ahora, ¿quién afirma esto?. Lo afirma Goodreads. Así, como suena. Hasta dónde yo sé, Goodreads es un plataforma que recoge opiniones de todo tipo sobre libros. Pueden poner en la faja Goodreads como escribir Facebook, Twitter o similares. Es como decir que hay que ver una peli porque lo dice IMDB. Hay libros que pierden toda credibilidad ya desde sus ardides fajísticos. Este es uno de ellos.

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Las retrasadas (Jeanne Benameur)

Una sola palabra tuya bastará para sanarme, podría proclamar aquí a los cuatro vientos Luce, la protagonista de esta novela, como se dice durante la Eucaristía, refiriéndose al Señor. Luce, cuya madre Varienne es retrasada, y a quien cuelgan igual sambenito, pues todos cuanto la rodean dan por bueno aquello de “de tal palo, tal astilla“, así que retrasadas ambas.
El caso es que en el pueblo donde viven la madre y la hija como uña y carne aparece una docente, una tal Solange, que no entiende por qué Luce no debe tener derecho a una educación, por qué no va a tener su alumna la capacidad de aprender. Sea que la cosa sale rana, que Luce se empecine en no aprender, en mantener su ignorancia a toda costa, sin fisuras. O eso parece.

Jeanne Benameur (Ain M’lila, 1952), la autora de esta sucinta (apenas 70 páginas), intensa, delicada y desgarradora novela, nos reserva una sorpresa para el final.

Si el otro día descubría una editorial con un nombre cautivador, Témenos edicions, palabra de origen griego, traducida como “espacio sagrado“, aquí me hallo ante la editorial árdora, que como explican en su web, tal término hace mención a cierta luminosidad fosfórica perceptible ocasionalmente en el mar. Aquí el lenguaje también es luz y esperanza y las palabras son semillas, aquellas que Solange depositará en la mente de Luce, para que en el momento preciso florezcan y le permitan alzarse sobre sí misma, para nunca más ir hacia atrás, empezando por tomar conciencia de su propio nombre.

árdora ediciones. 2017. 80 páginas. Traducción de Pilar Vázquez.

El deseo de leer y de follar es infinito

[…] entonces ella me guió fuera de las consultas externas hasta un ascensor de grandes proporciones, un ascensor en donde había una camilla, vacía, por supuesto, pero ningún camillero, una camilla que subía y que bajaba con el ascensor, como una novia bien proporcionada con -o en el interior de- su novio desproporcionado, pues el ascensor era verdaderamente grande, tanto como para albergar en su interior no sólo una camilla sino dos, y además una silla de ruedas, todas con sus respectivos ocupantes, pero lo más curioso era que en el ascensor no había nadie, salvo la doctora bajita y yo, y justo en ese momento, con la cabeza no sé si más fría o más caliente, me di cuenta de que la doctora bajita no estaba nada mal. No bien descubrí esto, me pregunté qué ocurriría si le proponía hacer el amor en el ascensor, cama no nos iba a faltar. Recordé en el acto, como no podía ser menos, a Susan Sarandon disfrazada de monja preguntándole a Sean Penn cómo podía pensar en follar si le quedaban pocos días de vida. El tono de Susan Sarandon, por descontado, es de reproche. No recuerdo, para variar, el título de la película, pero era una buena película, dirigida, creo, por Tim Robbins, que es un buen actor y tal vez un buen director pero que no ha estado jamás en el corredor de la muerte. Follar es lo único que desean los que van a morir. Follar es lo único que desean los que están en las cárceles y en los hospitales. Los impotentes lo único que desean es follar. Los heridos graves, los suicidas, los seguidores irredentos de Heidegger. Incluso Wittgenstein, que es el más grande filósofo del siglo XX, lo único que deseaba era follar. Hasta los muertos, leí en alguna parte, lo único que desean es follar. Es triste tener que admitirlo, pero es así […]. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. (pp. 139-140, 146.)

Roberto Bolaño. El gaucho insufrible. Anagrama. 2003. 177 páginas.

vía | Nexos