Archivo de la categoría: Editorial Tusquets

A la deriva (Evelio Rosero)

Encontró en el bosque a un niño de once años que le dijo que en realidad no era un niño de once años y tampoco un niño sino una niña de quince y no estaba en un bosque sino en un valle y ella nunca había sido encontrada por él sino que ella lo había encontrado a él con el único deseo de explicarle que lo mejor que podían hacer era caminar tomados de la mano hasta un bosque para entonces acabar de comprenderse o comprender que a lo mejor él tampoco era él sino era otro y que bien pudiera suceder que ninguno de los dos supiera a qué atenerse frente a un autor que huye inmóvil en la calle bajo esta lluvia dura y permanente.

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14 de julio (Éric Vuillard)

Francia es una buena cantera de escritores que ofrecen novelas cortas de gran calidad. Pienso en Echenoz, Michon, Modiano, Quignard o Vuillard. Vuillard no defrauda. Al menos en las tres novelas que llevo leídas suyas. La primera, Tristeza de la tierra, la otra historia de Buffalo Bill. La segunda El orden del día. La tercera 14 de julio. 14 de julio (en la portada un rostro del cuadro La libertad guiando al pueblo de Delacroix) la escribió Vuillard antes que El orden del día. El que haya leído esta última verá que la estructura de 14 de julio es pareja.
El relato aquí es vibrante, subyugante, palpitante, fluido, vertiginoso, conmovedor. Resultado deudor de la gran traducción de Javier Albiñana.

El título, 14 de julio, ya nos sitúa en París, en 1789, en la toma de La Bastilla. Una de esas fechas que como el descubrimiento de América nos grabamos a fuego en nuestros cerebros durante nuestros tiernos años escolares.

No es este un relato épico al uso, a la manera de Zweig, biografiando alguna figura histórica, como por ejemplo María Antonieta, a la que aquí vemos gastar o más bien dilapidar su dinero (el del pueblo) a manos llenas. No, aquí no hay relumbrón, hay muchedumbre, un pueblo llano que pasa hambre y vive mal, convertido en escalones que todo el mundo pisa y pisotea, que como el toro en el chiquero se revuelve y sale ahí fuera a motxarlo todo. Y lo motxa, sí, y corre la sangre y las mujeres van luego a los depósitos de cadáveres a reconocer los fiambres

…se sintió tan sola como un cadáver de farolero en los calabozos de Châtelet, y fue como si todo lo que había amado se hallase presente allí, en el atestado, y fuera a dormir siempre allí, en unas líneas secas, escritas a toda prisa por un comisario de policía. La recorrió un escalofrío. Se le agarrotan los labios. Alzó la cabeza. Fijó, aterrada, la vista en el hombre que tenía enfrente. No la veía. Escribía.

Vuillard indaga en los relatos de aquellos que estuvieron presentes ese día culminante y en las semanas previas, comenzando en la folie Titon, mientras la revolución se gestaba y el pueblo aullaba.

Podemos imaginar la masa humana como una mancha gigante de mercurio que se irá desplazando sin remisión hacia La Bastilla y de ahí van separándose algunas gotas, personajes como las sombras de Brueghel dice Vuillard, para tener su momento de gloria, una gloria doméstica, de baja intensidad, pasto del olvido, pero necesaria, para que los acontecimientos afluyan, la calle era de todos, y luego subsumirse en esa gran gota Humana, en la nada anónima, escapando los hombres del patíbulo como escapan de los libros de Historia.

Tusquets Editores. 2019. Traducción de Javier Albiñana. 184 páginas

Aplicarse al cuento

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Todos los cuentos (Evelio Rosero)

hemingway
En nuestro tiempo (Ernest Hemingway)

felisberto
Narrativa Reunida (Felisberto Hernández)

los-que-duermen
Los que duermen (Juan Gómez Bárcena)

cuentosalvajes

Cuentos salvajes (Ednodio Quintero)

escapa

Fábrica de prodigios (Pablo Andrés Escapa)

Próximas lecturas.

Lecturas 2018

Esta es la relación de los libros que he leído y reseñado en 2018. Una acertada selección de las lecturas me ha permitido sustraerme -y a su vez desafiar los preceptos délficos: ya saben, aquello de “Nada en exceso“- a uno de los grandes riesgos que corremos los lectores compulsivos: el empachamiento.

Feliz año y felices lecturas.

Ecce homo (Friedrich Nietzsche)
Un verano con Montaigne (Antoine Compagnon)
Algo va mal (Tony Judt)
Nuevas lecturas compulsivas (Félix de Azúa)
El silencio de los libros (George Steiner)
De una palabra a otra: Los pasos contados (Octavio Paz)
Fragmentos (George Steiner)
Nostalgia del absoluto (George Steiner)
Autobiografía sin vida (Félix de Azúa)
Hyperion (Friederich Hölderlin)
Parad la guerra o me pego un tiro (Jacques Vaché)
Los Muchos (Tomás Arranz)
Breve historia del circo (Pablo Cerezal) Sigue leyendo

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La fatiga del sol (Luciano G. Egido)

La memoria es casi siempre la venganza de lo que no fue

Juan Benet

Aquí no tenemos a seis personajes pirandellianos en busca de autor, sino a ocho muertos que no descansarán ni después del éxitus. Aquí, en esta novela, sobre esta piedra no se edifica una iglesia, sino una casa donde se juntarán todos los muertos de una saga familiar para a través de un ventanal abrazarse a la monótona eternidad, que se me antoja un castigo.

Luciano G. Egido se entrega a lo fantasmagórico, y exorciza el pasado reduciéndolo a palabras, que no sé si son más sudario o herrumbrosas lanzas. Palabras que tratan de ser consuelo, que tratan de redimir el pasado, corregirlo, rectificarlo, aún a sabiendas de que no se puede. La historia se dilata y comprende desde la primera república hasta la posguerra tras la guerra civil. Unos personajes se exiliaron, se labraron un porvenir y al regresar su fantasía es edificar una casa sobre un secarral, sobre una tierra yerma e inclemente, tanto en verano como en invierno. Casa, o cementerio que los acoge a todos, espacio donde el autor nos irá desgranando sus existencias, aciagas, sin que medie la felicidad, y sí la desdicha, el desamor, las cornamentas, la imposibilidad, la feroz insania ajena.

La guerra, los vencedores y los vencidos están muy presentes en la novela en párrafos como los que siguen y también en las combativas columnas que sigue escribiendo a sus 90 años Luciano.

Tendrán que venir los primos, los parientes, los amigos, los vecinos, los hijos de los asesinos y quizás alguno de ellos, que todavía viven, los mismos que hace 50 años buscaron a mi tío Abdón para matarlo y que conservarán, con toda seguridad, porque no han cambiado, en el fondo de los halcones del desván, las pistolas de sus correrías patrióticas, ocultas debajo de montones de ropa vieja, trajes populares, convertidos en disfraces de Carnaval, de algún libro de piel de becerro y latines herméticos, herencia de un antepasado cura, que les garantizará para toda la eternidad la honorabilidad de sus conciencias y la confianza de haber estado siempre del lado de los buenos, satisfechos todavía de haber matado a infieles, como Dios quiere, y dispuestos a repetirlo de nuevo, si fuera necesario.

Puedo entresacar unos cuantos párrafos que he leído con fruición, como los siguientes:

Pero ellos ignoraban aquel silencio, no sabían cómo era el amanecer entre los olivos del valle, ni habían asistido el estupor de las luciérnagas en las noches de agosto y eran ajenos al resol del viento, que se acostaba en la solana del sierro, en la parte alta de la finca. No habían cogido moras en los zarzales del arroyo; ni habían pescado ranas con un trapo rojo, atado a un palo; ni se habían asomado a las temblorosas aguas del pozo, lleno de arañas de patas largas; ni habían sentido, como un regalo esplendoroso del primer otoño, el deslumbramiento amarillo de los membrilleros, cuando sus frutos nada más tocarlos perdían la pelusilla que los envolvía y dejaban ver su piel tersa y brillante; ni habían oído con escepticismo al cuco detrás de una tapia contar los años que nos quedaban de vida; ni se habían desesperado, a la hora de la siesta, con el hervor enloquecido de las chicharras. Nunca habían comido higos al pie de la higuera, ni habían visto por la Candelaria florecer los almendros y llenar de dulzor el ambiente, que te mareaba si no te salías a tiempo y en el que zumbaban los bólidos negros de los abejorros, inofensivos pero amenazantes como obuses locos. Y, sobre todo, desconocían lo que era un crepúsculo otoñal vivido al ralentí, amoratado y sangrante, justo las vísperas de volver al colegio con un esplendor de escenografía wagneriana y un aire sutil de grillos enamorados, mientras pasaban las tórtolas de septiembre.

O incluso y echando mano de lo que aparece en la novela, reproducir algo que casa bien con lo que experimento cuando leo a Luciano

porque por cualquier página por donde la abrieras encontrabas siempre lo que estabas buscando sin saberlo. Así es, en el texto uno se da de bruces con distintos temas, ya sean las zozobras del jubilado, el empecinamiento ante un sueño estéril, la violencia aniquiladora, el sexo nutricio, el consuelo de las palabras, el ímpetu del olvido y ese dolor que sin ser mío experimento al pasar las yemas sobre las cicatrices del texto.

Luciano G. Egido en Devaneos | El corazón inmóvil