Archivo de la categoría: 2017

Juan Rulfo

El Llano en llamas (Juan Rulfo)

17 relatos de Juan Rulfo (1917-1986) conforman El Llano en llamas, que ofrecen un paisaje y un paisanaje tan vívido como desolador. Humanos que viven en terrenos áridos, secos (“Sí llueve poco. Tampoco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.“) donde apenas llueve y el sol ajusticia sin miramientos; vidas marcadas por la miseria, el hambre, la desesperanza. Ellas abocadas a la prostitución y con un manojo de hijos. Ellos, apareciendo anualmente para seguir aumentando esa familia que ni ven ni asisten, fugitivos de sí mismos; hijos que nacerán y al poco serán corridos del hogar, buscándose así la vida o la muerte (se habla de la emigración en Paso del Norte), una muerte que es el pan suyo de cada día y que abunda en los relatos, con hijos y padres portando los cuerpos de sus padres e hijos a fin de darles sepultura como se plasma en “No oyes ladrar los perros, La herencia de Matilde Arcángel o !Diles que no me maten!“. Se demanda piedad -cuando el remordimiento es un grumo sobre el que no opera el disolvente del tiempo-, pero esta brilla por su ausencia, porque no hay lugar para los sentimientos, para el afecto, para la ternura, sí para las imprecaciones y así hablará el ruido de las balas; el odio y la sed de venganza como vestíbulo del inminente más allá.

Rulfo emplea muchos diálogos y en la mayoría de los relatos como en Acuérdate alguien habla (o dialoga) sin parar, sin que la estructura narrativa tenga apenas efecto, dando más importancia al qué que al cómo y se emplean muchas palabras mexicanas que no dificultan para nada seguir el hilo de las narraciones. Algunos relatos como Luvina (“Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio”) o El Llano en llamas me han gustado especialmente. Escasea el humor, pero cuando luce, resplandece poniéndose de manifiesto por ejemplo en El día del derrumbe o en Anacleto Morones, donde Rulfo entre veras y burlas se mofa de los gobernadores locales y de esos santeros que devienen santos al tiempo que en su búsqueda de la inocencia dejan el terreno que hollan diezmado de vírgenes.

Editorial RM. 2017. 176 páginas.

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Estabulario (Sergi Puertas)

No he visto la serie Black Mirror. Leí Nog y no me gustó. Leí Días entre estaciones y me gustó aún menos. No me va mucho la ciencia ficción. ¿Qué cojones hago leyendo un libro como este?. Los caminos de la lectura son inextricables.

I

Me llevé a casa este libro de la biblioteca y hasta que comencé el tercer relato y después de leer la información sobre el autor que aparece en la solapa posterior de la portada, no caí en la cuenta de mi error, dado que el autor no era Sergi Pàmies –que es a quien creía estar leyendo, aunque el estilo me parecía tan salvaje y distópico que me maravillaba ante la capacidad de reinventarse que tienen algunos escritores-, sino Sergi Puertas (Barcelona, 1971). A esas alturas y dado que los dos relatos que había leído -y no por orden, pues empecé por Obesidad Mórbida Modular y proseguí con Pegar como texto sin formato- me habían gustado bastante, merced a una prosa muy salvaje y muy bestia y muy visceral (también en sentido literal), esa clase de novela en la que ves salir dos manos del texto que te cogen la cabeza y te la fijan al papel y no te sueltan hasta que llegas a la palabra fin, si la hubiera, decidí ir hasta el final, lo cual me supuso no esfuerzo, sino deleite.

II

El libro lo conforman seis relatos de entre 20 y 60 páginas, relatos que cifran bien la imaginación desbordante de Sergi, pues aunque el marco distópico enmarca cada relato, cada uno de ellos es diferente y todos ellos muestran un futuro putrefacto, hediondo, enfermo, devastado, terminal, donde sin recurrir a los manidos temas apocalípticos, el autor manejará temas más originales como en Torremolinos con una Andalucía convertida en un estado desconectado de España y gobernado por un tirano, un militar, un tal Navarrete, con toreros, nazarenos y una tal Trini diciendo eso de “Yo no sé nada de todo esto, solo soy una coach” que me ha matao; La televisión (sigue) vendida al espectáculo, en Estabulario (título bien traído porque el mundo deviene ratonera o establo y nosotros animales cada vez más tecnificados) con un robot de cocina picando carne humana, drenando cualquier dignidad de los que al programa acuden buscando fondos. Y los encuentran. O bien un traje que como una segunda piel o más bien como un corazón puede causar la ruina de quién lo porta cuando todas vienen mal dadas. Uno de los relatos, Nuestra canción me ha gustado especialmente, por su ritmo hipnotizante, por un final explosivo o implosivo o. Algo que Puertas hace muy bien es crear atmósferas asfixiantes y angustiosas que se disuelven en la narración, impregnándola, donde acaecen situaciones límite, alimentadas de una tensión y una violencia que rechinan, y de ello da buena cuenta Manos libres con un final muy bestia.

Hablando de ecos, Puertas me recuerda a Jon Bilbao y sus tres primeros estupendos relatos de Estrómboli, relatos muy bestias, feroces, violentos, contundentes, sorprendentes, con una prosa que es flujo, reflujo e influjo (porque como afirmaba Pío Baroja “admiramos solo lo que no comprendemos” y el libro usa esa incomprensión por nuestra parte y nuestro asombro, como parte importante del armazón), relatos como los de Estabulario con los que superas sin percibirlo la fina barrera que te hace pasar de la indiferencia al interés, del interés al regocijo, del regocijo a las 2:12 de la madrugada camino de la cama -ya más bostezante que regocijado- con ganas de asesinar el despertador quitándole las pilas.

Habida cuenta del terreno que pisamos, digo: No pidamos literatura creíble, pidamos, aquí y ahora, literatura increíble, así Estabulario. Pueden pensar que exagero, incluso que deliro. A estas horas todo puede ser. Pero esto solo hay una manera de comprobarlo: un horizonte fractal de 256 páginas.

III

No creo que vea Black Mirror, no creo que lea más novelas de ciencia ficción (por mucho que la f(r)icción haga el cariño), pero sí es muy posible que lea más cosas de Puertas, si las hubiere.

!Benditos sean algunos equívocos como el presente!.

FIN

Saturno

Saturno (Eduardo Halfon)

Mezcla de Carta al padre de Kafka y Fin de poema de Tallón. Me gustan bastante más cualquiera de las dos.

Goya

Saturno devorando a un hijo


El narrador es un hijo con padre, pero sin él. Huérfano en vida por tanto. Eduardo Halfon debutó con esta novela en 2003 que ahora reedita Jekyll & Jill. Contra libros tan bien editados como el presente lo digital lo tiene chungo. El narrador nos informa de un buen número de escritores que se han suicidado y entrevera la enumeración de los suicidas y el modo en el que se suicidaron, con su malestar por caerle en suerte, o más bien en desgracia, un padre que lo obvia, ningunea y que lo odia con ahínco durante toda su vida y cuya muerte tampoco arreglará mucho su situación, cuando la tristeza -que le lleva a fantasear con el suicidio- ha colonizado su ser.

Jekyll & Jill. 2017. 72 páginas.

Vera Giaconi

Seres queridos (Vera Giaconi)

Diez relatos de Vera Giaconi (Montevideo, 1974) conforman Seres queridos, relatos que beben de lo cotidiano y cuyos personajes se verán asolados y desolados bien por una enfermedad degenerativa y crónica, por la muerte ajena y eutanásica que son capaces de provocar, por intentos de suicidio, por mutilaciones accidentales a cargo de unas pirañas; relatos que ponen a los seres humanos en primer plano y con estos, sus afectos, sus sentimientos: los lazos que nos anudan y estrangulan, ya sea la relación entre un abuelo y una nieta a la que verá desaparecer junto a sus padres en la Argentina de mediados de los setenta; la relación virtual entre dos hermanas, donde una de ellas se prenda de un famoso surgido del programa Survivor (si Andrés Ibáñez escribió, Brilla, mar del Edén, un novelón inspirándose en parte en la serie Lost, Vera hace aquí lo propio, sirviéndose de un programa televisivo que en España conocemos bajo el nombre de Supervivientes); la relación entre dos hermanos siempre a la gresca, donde él ha perdido dos dedos a manos (o mejor, a dientes) de unas pirañas, en un hogar donde las peleas, la violencia y el dolor parecen ser el pan suyo de cada día; la proximidad de un hijo y su madre cuando ésta ya va camino, a pasos agigantados, hacia la senectud, cuando el cuerpo comienza a marchitarse y a oler fruto de la incontinencia y toca echar cuentas cuando el horizonte presenta la forma de una residencia de mayores; o bien un padre y una hija que viven juntos cuando ella atraviesa la edad del pavo, pero donde la comida basura e universal de un McDonald´s siempre será capaz de hacer de argamasa filial. En fin…

En el relato más largo, el que cierra el libro, Reencuentro, y al igual que sucede en A oscuras, prima el suspense y el misterio, donde la realidad se deforma hasta resultar delirante, en una historia que cifra el empeño humano por salirse con la suya cuando múltiples abortos espontáneos dejan a una pareja exitosa – en lo material- ante la imposibilidad de ser padres.

En resumen, relatos cotidianos que tocan sentimientos humanos, unos primarios, otros más elaborados, que dan alas a nuestra imaginación, donde la tensión, la violencia, más o menos explícita asoma en ellos, y donde quizás su mayor acierto sea esos finales donde todo queda en el aire, en manos de la contingencia, del azar o de la razón o de la sinrazón, del afecto y sus efectos.

Anagrama. 2017. 155 páginas.