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Al final uno también muere (Roberto Valencia)

Nos lleva toda una vida morirnos. A la mayoría, no a todos, pues como se lee, Kleizha, el protagonista de esta novela de Roberto Valencia (Pamplona, 1972) encadena a lo largo de su existencia un sinfín de muertes, de paradas cardiacas, infartos, experimentando algo así como una precaria inmortalidad, anhelando -tras cada resurrección doméstica- el hálito final y definitivo.

El riesgo que corre toda novela, también la presente, es acusar el desfallecimiento que preceda a la parada cardiaca. Roberto Valencia se muestra solvente, dueño de una prosa desfibriladora, muy capaz de alentar vida y resucitar cada párrafo, cada página, aventada por el humor y una fértil imaginación, para erigir una historia tan extraña como sugerente, ubicada en un Buenos Aires etéreo, para cartografiar a vuelapluma, con cuatro calles y un parque, el microscosmos que Kleizha precisa para sentirse seguro en su deambular en bucle, afianzado en sus rutinas, lejos de todo y de todos, con la idea de que cuando lo alcance la muerte -Kleizha los ojos cansados, implorantes- no haya nadie cerca que impida su resurrección a las pocas horas.

Lo que Roberto Valencia plantea además de una interesante propuesta acerca de ese cúmulo de personas físicas -abrevando todos ellos de ese caldo enriquecido con sentimientos de toda clase- que llamamos familia, es cómo aprehender y desentrañar la muerte, cómo analizarla, clasificarla, qué distancia precisamos para abarcarla en su totalidad, dónde hemos de situarnos, con la idea rondando de que la muerte es tan inabarcable como lo es la contemplación de una ballena desde la proximidad de un barco; que solo podemos verla a trozos, por partes, sin logar nunca la distancia necesaria; una muerte que nos trae de cabeza, ocupa y desvela desde el principio de los tiempos, una muerte que podemos entender como lo opuesto a la vida, la cual viene a ser un estado de excepción y de (un) sitio que antecede al no lugar, porque entre la nada de la que venimos y la nada a la que vamos, lo que hay es un lapso de tiempo, el rumor sordo palpitante, una energía, una conciencia y unos recuerdos que conforman nuestra identidad y la manera que tenemos de habitar el mundo.

Los recuerdos que Kleizha tiene de su abuelo en la Lituania natal, la relación con su hermana, con su padre exiliado en una sastrería, aquejados todos ellos de la misma anormalidad que él, la orfandad, el desamparo de los jóvenes al principiar su vida adulta y luego ya él solo hollando el camino con el arado de un porvenir estéril y clonado, sin más alforjas que unas resurrecciones de bolsillo, todo ese peso: la carga de días gravosos, la sentirá Kleizha aliviada, en parte, sobre los hombros de André, español al que conocerá varado en la barra de un bar, que se ofrece como biógrafo, dispuesto a acometer la entomología espiritual, la exégesis metafísica de Kleizha, enlodado luego en el estudio de la muerte y sus atributos, empeño sisifiano que lo mudará de ser un exabogado a alguien que acabara suplantando las funciones de un p(r)ensador.

A fin de cuentas tanto André como Kleizha y como el resto, todos nos vamos perdiendo buscando un sentido, un porqué líquido, con el aspecto de una ballena blanca, consumiéndose así la existencia, como aquel fósforo con ínfulas que se sueña bengala.

La Navaja Suiza. 2019. 272 páginas. Ilustración de la portada Alejandra Acosta.

De Conatus
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Dicen (Susana Sánchez Arins)

Hay unas voces primero apagadas, luego bajas, que forman un murmullo, aquel que coge forma cuando el cantante cede el micro al público, al pueblo, y éste canta y esa voz de muchas voces, pero ya una sola voz, clama y me recorre el espinazo tanto como lo ha hecho el libro Dicen de Susana Sánchez Arins (Vilagarcía de Arousa, 1974) publicado en la joven editorial De Conatus.

Dicen, digo que es un libro valiente, necesario, extraordinario, un artefacto narrativo sostenido por un ritmo salmódico, merced a una prosa poética de largo aliento, alcance y profundidad que echa mano también de canciones, poesías, refranes, secuencias de películas (ya sean de gangsters, del oeste…), humor e ironía, para ir hilvanando los recuerdos de todos los miembros familiares que orbitan en torno al hombre de la foto, que bien puede ser el Manuel de la novela, el tío falangista de la narradora y uno de los mayores represores los años posteriores al final de la guerra civil en Ribadumia y alrededores. Los ajusticiados, los represaliados en aquel entonces siguen hoy todavía con el miedo encima y prefieren olvidar. La autora ahí deviene una aguafiestas, porque la memoria bien podría ser la savia del árbol de la vida, aquel que se agostaría si uno decide olvidarse todo y de sí mismo.

La narradora con esta novela parece querer clavar una estaca en el corazón de la desmemoria para que esta muera y perdure así la memoria (que tiraría más de pan negro que de una magdalena), a fin de no olvidar lo que pasó en España después de la guerra civil, después de aquel glorioso alzamiento; en este país nuestro de santo y saña, paseíllo y cacería, en el que era menester cumplir los dictados del General Mola: debe ser sembrado el terror como grano de maíz. tenemos que dejar sensación de dominio eliminando sin inquietud de consciencia ni dudosa vacilación a todas aquellas personas que no piensen del mismo modo que nosotros. Dicho y hecho. Así las cunetas se sembrarían de cadáveres, de muertos asesinados Dios sabe dónde y por qué, que muchos curas locales luego se negarían a enterrar.

Parece que ciertos temas como el de la guerra civil española y la represión en la posguerra hubieran dado de sí en la novela ya todo lo que tenían que dar. Afortunadamente no es así. Susana Sánchez Arins de forma breve, precisa, poderosa y preciosa (la narración tiene algo magnético y uno se ve al leer frente a una hoguera que calienta más que ilumina, mientras se refiere una historia que te mantiene pegado y sientes cómo las mejillas se encienden, los ojos se humedecen, la sonrisa muere en una mueca, la rabia no pasa con la saliva) logra como los alpinistas que abren otras vías en su escalada, hacer con su narración lo propio sobre el papel, dándole otra vuelta de tuerca a la historia reciente (o no tan lejana), acercándonosla, haciéndonosla sentir más vivamente y en esencia.

De Conatus. 174 páginas. 2019. Título original: Seique. Traducción: Susana Sánchez Arins.

Lecturas periféricas: Antonio Benaiges. El maestro que prometió el mar

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Fábrica de prodigios (Pablo Andrés Escapa)

La lengua es un modo de sentir la realidad

Borges

Hace un tiempo hablé aquí de Mientras nieva sobre el mar, el anterior y estupendo libro de relatos de Pablo Andrés Escapa (León, 1964). Ahora Pablo ha vuelto con Fábrica de prodigios, tríptico compuesto por tres relatos largos o novelas cortas: Pájaro de barbería (86 páginas), Continuidad de la musa (58 páginas) y El diablo consentido (96 páginas).

La nota introductoria y una de las que inician uno de los relatos corresponden a Cervantes y Cunqueiro y es palmario que la escritura de Pablo es tributaria del buen hacer de ambos en lo tocante a la imaginería.

Fábrica de prodigios me brinda una lectura gozosa, deudora de una prosa enriquecida con nutrientes poéticos (la poesía como suprema versión del lenguaje) y muy bien pulimentada, avivada por la sutil imaginación del autor, que cual encofrado de tinta cimentara los tres relatos y en donde la escritura trataría aquí de vencer las requisitorias del olvido, aventando un soplo que es el aliento de la pretendida inmortalidad, el vano intento de dejar huella a nuestro paso por la tierra, de ser memoria en los otros, o bien, en el caso de un escritor, aquella obra literaria que otros leerán en un futuro, aunque sea a costa de buscar múltiples reencarnaciones para como sucede en Continuidad de la musa, propiciar ese instante único, aquel que impida la muerte definitiva a la que nos conduce el absoluto olvido ajeno.

La imaginación se echa a volar en Pájaro de barbería, en donde paradójicamente el pájaro del título hará de su inmovilidad su razón de ser. Aquí, la realidad anodina de un viajante se verá alterada al conocer a un peluquero, Santos, cuya presencia se convertirá en un influjo que pondrá patas arriba la existencia del viajante, quien perderá así su cualidad portátil, para adoptar los presupuestos propios de una estilita. Pablo nos lleva y nos trae como por arte de ensalmo desde un plato colmado de callos en el bar de Corino, hasta Quinangán, en Filipinas; la feracidad tropical infecta entonces el texto que resulta también opulento, profuso en palabras cromáticas, fragantes y emolientes para el ánimo, si no fuera porque al final todo aquello es la estampa de un paraíso infernal, el de Santos, quien cifra certeramente cómo a veces la identidad de uno (la de Santos, víctima de su mutismo) la construyen las elucubraciones y fantasías ajenas.

El referido espíritu cervantino lleva por ejemplo a Serafín, en el El diablo consentido, a confundir y revolver realidad y fantasía, sueño y vigilia (se acuesta cada noche leyendo El Quijote), a tratar de ordenar la realidad a través de su escritura, alterada su mirada por las presuntas asechanzas de un demonio. La escritura sirve aquí como puerta hacia frecuentes extravíos que nos abocan a su vez a copiosos deslumbramientos, pues tal es la naturaleza de estos textos, al hacer uso de las palabras, no como el trilero con los guisantes afanado en el artificio y la impostura de unos cubiletes vacíos, sino como aquel que ensancha la realidad con las herramientas de su fantasía e imaginación y para decirlo con Piglia ese es el triunfo de la ficción, la construcción de una realidad alternativa donde viven y se desarrollan los personajes, porque siendo cierto que vivimos como soñamos…solos, no es menos cierto que también somos lo que soñamos, pensamos e imaginamos.

Páginas de Espuma. 2019. 254 páginas.

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Los bosques de Upsala (Álvaro Colomer)

Estamos todos en el fondo de un infierno donde cada instante es un milagro

Ciorán

Se cumple una década de la publicación de Los bosques de Upsala de Álvaro Colomer. Creo que la leí entonces con agrado. Ayer tocó relectura.

La novela tiene como eje central el suicidio. En España el año pasado se suicidaron 3679 personas. El suicidio es hoy la principal causa de muerte entre los adolescentes españoles.

La novela no centra tanto su atención en aquel que intenta suicidarse, aquí Elena, sino en su marido, Julio, con el que acaba de cumplir cinco años de esposada.

La casa en la que ambos viven tiene forma de cruz. En ella no hay nadie dispuesto a construir sobre aquella piedra un iglesia, sino un tipo paranoico y asustadizo que convertirá la casa en un corredor de la muerte.

Elena lleva a cabo con barbitúricos un intento de suicidio, sin éxito, tras el cual un psicólogo advertirá a Julio que los próximos diez años van a ser un infierno, pues en cualquier momento ella podrá volver a intentarlo y ha de estar alerta. Ese será su horizonte vital, rothkiano: un lienzo de negros y grises.

Julio es entomólogo y de una manera bastante increíble se le presentará la ocasión de alcanzar el anhelado éxito, reconocimiento, cátedra… merced a un mosquito tigre. Momentos como ese, y otros en los que Julio mantendrá una conversación con el cuñado, el hermano de Elena, también víctima de impulsos suicidas, convierten la novela en un delirio, cuando Julio, un tipo pusilánime, acobardado, traumatizado desde que de niño viera cómo su vecina se arrojaba del balcón tras despedirse de él, sin ser éste capaz de hacer nada para evitarlo, se pone el traje de aquel protagonista de Un día de furia, para empezar a soltar por su boca todo aquello que piensa y siente, sin cortarse un pelo, sumando a su monólogo interior, desquiciado y belicoso, aquellos actos que lo consuman, partiendo por ejemplo el tabique nasal al vecino de la vecina suicida, quien metamorfoseado en ecce homo replicará y seguirá disculpándose con toda normalidad, a la vez que le permite a Julio hacerse una idea de lo que puede ser su vida de ahora en adelante, enfangado en una maraña de pensamientos donde menudean el amor y el odio, la entrega y el egoísmo, la razón y la locura, el pasado y el presente sin futuro.

Presenta la novela distintos momentos discursivos. Uno son las palabras que le dirige el psicólogo a Julio la noche que Elena ha de pasar en observación después de intentar suicidarse. Sería la postura oficial sobre el suicidio. El otro es la perorata del cuñado, quién habla en primera persona, aduciendo causas genéticas a sus impulsos suicidas, ante los que Julio, según él, no podrá opugnar nada. Sería la postura informal. Finalmente se vierten otras diatribas por boca de Julio, arremetiendo contra la naturaleza humana en general y la naturaleza urbana en particular, sobre el vecindario, aquella comunidad o colmena de personas que murmuran, cotillean, fisgan, hocican en pesebre ajeno, malmeten, calumnian, critican, juzgan, prejuzgan, sojuzgan, se entrometen en la vida de los demás, pero no para ayudar, auxiliar, socorrer, sino para hacer más grave el dolor, más profunda la pena, más abismal la soledad del otro.

La novela fluye, a pesar de una prosa que ralea en demasía, mantiene la tensión a pesar de su inverosimilitud y se precipita con un ritmo vertiginoso hacia un final abrupto y escarpado, hacia ese final del que se desconoce todo.

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Tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro (Grégoire Bouillier)

Las tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro de Grégoire Bouillier (París, 1960) publicado por Hurtado & Ortega editores en 2017, con traducción de Albert Fuentes y Ona Rius Piqué, lo conforman tres libros autobiográficos de distinta extensión: Informe sobre mi persona (2002, 117 páginas), El invitado secreto (2004, 81 páginas) y Cabo cañaveral (2008, 16 páginas).

Con diferencia el mejor de los tres para mí es el primero. Si la verdad es bella, Informe sobre mi persona es de una belleza inmarcesible. Me recuerda a Ordesa por su alto grado de pureza, si tal término es aplicable a la literatura. Ganas hay de ver traducido al castellano Le Dossier M de Bouillier, publicado en Francia en 2017.

Traza Bouillier paralelismos entre su escritura y las tres circunvoluciones que la sonda Ulysses daría finalmente alrededor del sol, cuando solo estaba programada una de ellas. Algo así percibo también en el libro. El primero es sustancial, prístino, hermoso, vibrante, Bouillier ahí lo da todo, se vacía, nos va contando todo tipo de recuerdos, sugestivos, significativos, todo aquello que engorda el caldo de cultivo de su ser, como la vez en la que con la idea fija de ganar un canicón a un tris estará de matar a un amigo suyo, y poco despues a su hermano, lo cual le llevará a pensar que está maldito; recuerdos familiares espinosos, muchos de ellos, algunos de componente sexual como los accesos incestuosos con su madre y hermano. Otros de índole trágica, como los intentos de suicidio de su madre, aquella vez que salta de un quinto piso y no se mata, porque según ella “Ni la muerte me quiere“.

Bouillier tiene una memoria prodigiosa y logra situarse sin dificultad cuando tenía muy corta edad y ahí recuerda unos despelotes familiares y ducha incluida en el domicilio, con amigos de los padres; los años escolares y su falta de olfato, lo cual no le privará de ganar un concurso escolar sobre el zoco de Marrakech, describiendo toda clase de aromas embriagadores, lo cual le hará reflexionar sobre la literatura y la impostura. Momentos como ese en el que el padre se va de casa y los niños han de elegir entre quedarse con la madre o con el padre y Bouillier siente entonces el ruido de una sábana en su interior, algo que se desgarra, él mismo por dentro.

Bouillier encuentra consuelo en las canciones de Zappa, en un formato muy dado también a las circunvoluciones.

Libertad alegría, invención: todo aquello que echaba de menos en mi vida podía oírlo en su música. Quería vivir en un mundo que por fin diera brillo a la existencia, pero me desesperaba al comprobar que sólo podía encontrarlo en los microsurcos del vinilo.

Otro tanto le sucede con la literatura. Bouillier lee La Odisea de un tirón en una noche transfigurada.

Nunca antes había tenido una experiencia semejante con un libro y nunca la tendría después. Era como si ofreciera mi rostro al sol. Cada verso parecía escrito pensando en mí y calaba en mi interior, fluyendo por mis ojos y mis oídos. Me hice lectura […] A veces tenía que dejar el libro para recobrar el aliento.

La Odisea le permite descifrar la realidad y a sí mismo bajo otro prisma, trazando entonces paralelismos entre los personajes femeninos homéricos y las mujeres que habían pasado por su vida, como Fabienne, a la que Bouillier acude a rescatar para emprender luego una travesía a bordo de un Buick desde San Francisco hacia el Este, cruzando la frontera hacia el Golfo de México y acabar los dos salvando el pellejo de milagro.

El sexo no es como en las películas, las canciones, las novelas. Bouillier se inicia y toca hueso. Un día siente el deseo trastornándolo en la calle, actuando con nocturnidad y alevosía ante una Caperucita verde que le llevará a preguntarse después del calentón quién es él, al verse hacer cosas incapaz de domeñar.

En la vida de Bouillier hay una constante vital: las mujeres que desaparecen de su vida de forma abrupta. Esto da pie y sustancia el segundo libro El invitado secreto cuando la mujer con la que estuvo cuatro años y que un buen día desapareció de su vida sin razón aparente y sin rastro que seguir, lo llama por teléfono para invitarlo a una fiesta en la que no pasará nada (de lo que a él le gustara que pasara, aunque ya sabemos que la mente es fértil imaginando reencuentros que rara vez están a la altura de las expectativas) y en donde la clave está en la literatura, en una novela de Woolf, lo que nos invita a pensar que algunas personas bien pueden ser personajes librescos, o bien que ciertas conductas y actos están sacados de las novelas, como si los sinos humanos nacieran de las yemas de los dedos de un escritor. En ese texto Bouillier adopta un tono que me recuerda a Bernhard, y ese “como suele decirse” que aparece al menos tres decenas de veces aún sigue percutiéndome las sienes.

La tercera circunvolución, Cabo Cañaveral podría ser la sonda que se pierde irremediablemente en el espacio, el punto de no retorno cósmico. La escritura de Bouillier ya ha hecho en 2008 su efecto, ya ha publicado, ya es conocido. Una joven lo tendrá a su lado para que éste experimente una experiencia doméstica increíble, entre la arcada y el deseo, y ahí está Bouillier, precisamente por ser él quien es, por escribir lo que ha escrito, porque la literatura, a veces, salpica y mancha.