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El bosque de los urogallos (Mario Rigoni Stern)

El bosque de los urogallos, libro de relatos escrito por Mario Rigoni Stern (1921-2008), se publicó en Italia en 1962. La joven editorial Volcano libros (creada en 2017) lo publica ahora en castellano con traducción de Regina López Muñoz (Un domingo en el campo, Hace cuarenta años…).

Muy interesante es el prólogo de Paolo Cognetti a fin de situar estos relatos que Mario escribió después de finalizar la segunda guerra mundial y regresar del frente a pie, tras haber pasado, desde los 17 años, seis años como alpino (esquiador, escalador). Al regresar, Mario abandonará las armas y se irá a la montaña.

Los doce relatos del libro transcurren casi todos en pueblos de montaña (a mediados del siglo pasado. Rigoni era oriundo del altiplano de Asagio, en los Alpes, en el Véneto, próximo a la frontera austriaca), donde está muy presente en el día a día de sus protagonistas la caza, ese cuerpo a cuerpo entre el animal y el hombre, tal que la caza forma parte del título de tres relatos: La víspera de la cacería, De caza con el australiano, Término de caza y en otros, sin aparecer en el título tienen como asunto también la caza, como sucede en Alba y Franco, Una carta desde Australia, Más allá de los prados, entre la nieve, Los zorros bajo las estrellas.

Decía Linneo que si ignoras el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas. Mario saca a sus personajes, y a él mismo -porque lo que hace en algunos relatos no es otra cosa que registrar, poner por escrito aquello que sus compañeros de cacerías le refieren- por los bosques de las montañas y nos cuenta todo aquello que ven, su mirada se puebla de zorzales, vencejos, urogallos, perdices nivales, raposas, sabuesos… La naturaleza aquí es lo eterno, así que cuando los dos hermanos de Vieja América, que dejaron su hogar en Italia para mudarse a los Estados Unidos, al regresar, después de cuarenta años, reconozcan estar en casa (a pesar de los cambios sufridos tras pasar y arrasar por allá una guerra) por las montañas que las enmarcan, y si toca llevarse a su regreso algún recuerdo de casa, sea un puñado de la tierra que les rodea.

Examen de oposición, el relato mas extenso del libro, difiere mucho del resto. La ciudad, Roma, es adonde debe acudir un funcionario que quiere conseguir una plaza fija. Lo urbano se erige aquí como algo asfixiante, sombrío, desolador. El espíritu que recorre todo el relato me recuerda a las desventuras del Marcovaldo de Italo Calvino, quien precisamente contribuyó a la publicación de este libro.

Cuando Mario escribe estos relatos tiene todavía sus recuerdos de la guerra frescos y su visión es antibelicista. El primer relato Por allí esta Carnia, es el regreso (el suyo) a pie del soldado a casa, un retorno que una vez finalizado, no concluye del todo, porque aunque el cuerpo ya esté en casa, la mente parece seguir todavía en las trincheras, entre balas y explosiones, entre cuerpos mutilados, dialogando con todos aquellos que paliaron su soledad y trabó amistad. Ir al bosque, pasar el día allá con su subeybaja será un alivio, la cura necesaria.
En Vieja América, además de ser un encarecimiento del trabajo y el esfuerzo, hace ver lo paradójico de la situación en la que unos sobrinos, americanos unos, italianos otros (con el régimen fascista) puedan acabar matándose entre ellos durante la segunda guerra mundial.
En lo más profundo del bosque es un homenaje a uno de los muchos que fueron asesinados vilmente por los fascistas de Mussolini. Aquí, Cristiano, un leñador de 18 años.
Encuentro en Polonia, en 1942 un soldado al hablar con otro hombre en su lengua sobre su casa y sus lugares comunes, convierte ese recorrido topográfico en una toma de conciencia y distanciamiento para preguntarse ¿Quiénes volverán de todos los que vamos en este tren? ¿Cuántos paisanos mataremos? ¿Y por qué?

Los relatos muestran vidas sencillas en las que no les sobra nada pero tampoco les falta, abastecidos con leche caliente, grappa, leños para resistir las nevadas, solaces horas de caza, el abrigo de la familia y los nietos, si los hubiera o la felicidad de abatir un zorro, un urogallo, unas perdices. Toda esta sencillez, ese mundo -que se rige por el devenir cíclico de las estaciones, la siega y la siembra- siempre precario, parece resquebrajarse con los emisarios de la modernidad, cuando a la montaña lleguen en tropel los urbanistas, a cazar en tromba, como un ciclón, a coleccionar simplemente cuerpos a modo de trofeos. Personajes que parecen sacados de la novela La natura expuesta de Erri de Luca. La montaña como souvenir.

Mario Rigoni Stern consigue en estos doce relatos con un lenguaje tan sencillo como directo alcanzar la emoción del lector, pues hay en todos ellos aquello que podemos llamar verdad, esa franqueza que deja fuera cualquier artificio, haciendo gala Mario de un estilo muy natural, para conseguir a través de los textos una especie de redención, como si pretendiera, y creo que lograse, cambiar la pólvora por la tinta y hacernos ver y sentir (!y de qué manera!) que la montaña y sus bosques son una especie de santuario, objeto de celebración, pues como afirma Primo Levi en el prólogo estamos necesitados de experiencias humanas, de los olores de la naturaleza y de todo su acervo, podemos añadir, y hoy en día aún más que hace cinco décadas.

VOLCANO libros. 2019. 186 páginas. Traducción de Regina López Muñoz. Prólogo de Paolo Cognetti

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Mi madre era de Mariúpol (Natascha Wodin)

Natascha Wodin (Fürth, 1945), en su (auto)biografía, Mi madre era de Mariúpol, con traducción de Richard Gross, va en busca de su madre, de su pasado, de su familia, de su memoria, y lo hace de una manera fascinante, brindándonos un libro ineludible que situaría al lado de Vida y destino de Vasili Grossman, la Trilogía de Auschwitz Primo Levi, Trieste de Daša Drndić o Memorias. Mi vida con Marina de Anastasía Tsvietáieva.

Cada vez que Natascha trata de buscar algo de información sobre su madre se da contra un muro, hasta que un buen día en 2013, en internet, en un foro encuentra a Konstantin, dispuesto a ayudarla, a remover Roma con Santiago si hace falta para auxilirla en sus pesquisas. Ese feliz momento, será el hilo de Ariadna merced al cual Natascha logrará salir del dédalo que es su existencia, tal que irá obteniendo datos que le permitirán obtener información sobre su tatarabuelo, Giuseppe De Martino, bisabuelos (Teresa, Giuseppe, Epifán, Anna von Ehrenstreit), abuelos, tíos y tías, primos, sobre sus padres y sobre su madre, la cual se suicidó cuando ella tenía nueve años, arrojándose al río Regnitz.

Su madre da a luz en Alemania y Natascha trata de conocer el periplo vital que la llevó allá desde Mariúpol en Ucrania. El 8 de octubre de 1941 Mariúpol cayó en manos alemanas. En ese momento vivían 240.000 personas, dos años después la cifra se redujo a 85.000. Descubrirá Natascha que sus padres fueron trabajadores eslavos esclavos (como otros muchos millones) que serían deportados de Ucrania a Alemania, para ir a trabajar en factorías alemanas, como ATG o Flick (en la cual de 9500 operarios, 2500 eran operarios esclavos), en unas condiciones deplorables, de alojamiento, manutención, salubridad, etcétera, en lugares que venían a ser campos de trabajo en los que no había fecha de salida (los trabajos forzosos en los juicios de Nurenberg serían declarados como crímenes, considerando a Fritz Sauckel el mayor y más cruel esclavista desde los tiempos de los faraones); tirando por lo bajo se calcula que entre cien mil y doscientos mil niños hijos de trabajadoras del este murieron en esos campos de trabajo), que lucraban a las industrias alemanas a coste casi cero, como bien recogía Éric Vuillard en El orden del día. Lograrían sobrevir sus progenitores al campo y pasar finalizada la guerra de personas desplazadas a “extranjeros apátridas“, toda vez que en el papeleo les ponen como lugar de origen Cracovia en vez de Ucrania, lo que les hubiera supuesto haber sido devueltos al “hogar”, a la boca del lobo (entregándolos al delirio de un déspota despiadado), pues los que regresaban eran tildados de traidores, y el asesinato, era moneda corriente o eran enviados a campos de trabajo en rusia o en el mejor de los casos, les hubiera tocado sufrir el apartamiento por parte de la comunidad, que los tacharía de colaboradores, traidores, enemigos del pueblo, las extrabajadoras esclavas son consideradas, por ejemplo, putas de los alemanes.

Una parte fundamental en el libro de Natascha es el diario que cae en sus manos, casi milagrosamente, escrito por la hermana de su madre, su tía Lidia de la cual apenas sabía cuatro cosas. En ese diario Lidia, nacida en 1911, va dando cuenta de su vida plagada más de desventuras que de aventuras y de sinsabores que de alegrías. La guerra civil que tiene lugar entre 1917 y 1921 en Ucrania deja una situación calamitosa. Lidia escribe esto: Muchos comen perros y gatos. Comidos todos los perros y gatos les toca a los humanos. Se oye hablar de mujeres que atraen a niós con comida al interior de la casa y los matan para convertirlos en picadillo o asaddo. Una vez que Matilda trocea queso de cerdo que ha comprado en el mercado, encuentra una oreja de una criatura. La llevan a la policía, pero esta no logra dar con los malhechores. De una mujer se ceunta que mató a su propio hijo lactante, hirvió la carne y se la dio de comer a sus otreso tres niños. Luego se ahorcó en el cobertizo. Lidia sufrirá la meningitis, la malaria, gripe, tuberculosis pulmonar. En 1932 sufrirá el pueblo ucraniano la hambruna bíblica, Holomodor, “el gran experimiento colectivizador de Stalin, que pasará a la historia como el genocidio del pueblo ucraniano“. Lidia con 23 años es enviada tras encontrar unos documentos comprometedores en su domicilio a Medveshya Gora, un campo de trabajo apartado, rodeado de bosques, osos, pantanos y lobos, donde los reclusos se encargarán de la construcción del Canal del Mar Blanco al Mar Caspio. Allá conocerá a Yuri, con quien se casará y tendrá un hijo. Llamar lameculos a un amigo íntimo de Stalin, como el mariscal Voroshílov suponía penas de cinco años de reclusión, como tuvo ocasión de comprobar Yuri.

El comienzo de la segunda guerra mundial sitúa a Lidia en Leningrado, bloqueo sin parangón que durará más de dos años y se cobrará la vida de un millón de personas que morirán lentamente por la hambruna. Parece que no quedó un solo perro ni una sola rata en la ciudad. La gente se lo comió todo, las suelas de sus zapatos, el engrudo del empapelado, los cadáveres. A Lidia la dejamos al finalizar su diario, con Yuri, su hijo Igor, su madre (y la de Natascha) Yevgenia en la frontera con China en Almá Atá (Kazajistán), dándose una nueva oportunidad, otra vida, con pasaportes nuevos.

Natascha decide conocer su pasado y esto le lleva a sacar a pasear a todos los muertos familiares que cobrarán vida ante nosotros; cada una de sus historias y vivencias son piezas que irán formando un gran mosaico europeo de la época, sucesión de décadas infaustas, donde les sucedían a las guerras mundiales, otras civiles, los regímenes totalitarios de Stalin y Hilter, las deportaciones, los campos de trabajo, y una constante: las hambrunas, la carestía, el desarraigo.

La lectura de esta novela biográfica me ha resultado conmovedora, amén de entretenídisima y enjundiosa, ya que Natascha maneja a la perfección los textos de los que va disponiendo para ordenarlos (y comprimirlos de manera acertadísima; son solo trescientas páginas que muestran brillantemente una realidad muy compleja y proteica) de tal manera que su lectura se erige como una muy necesaria y oportuna (en estos tiempos amnésicos) clase magistral de historia, no como un cúmulo de fechas, cifras, lugares y personajes famosos, sino a través de los testimonios del pueblo llano, aquel que sufre, sobrevive y sale a flote como buenamente puede, cuando puede, pues como le sucederá a la madre de Natascha, después de haber visto ésta lo que había visto y ya aquejada de muerte por melancolía, su única salida era morir por su propia mano.

Libros del Asteroide. 2019. 300 páginas. Traducción de Richard Gross

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El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico (Toni Montesinos)

El suicidio es un tema muy presente en estos Devaneos librescos. Recientemente releía Los bosques de Upsala de Álvaro Colomer, novela cuya protagonista era una mujer que había intentado suicidarse o Sebas Yerri, retrato de un suicida de F. L. Chivite. Anteriormente leí Mi suicidio de Henri Roorda, Suicidio de Levé, Los suicidas de Di Benedetto, Fin de poema de Juan Tallón, cuyos protagonistas eran poetas suicidas o Saturno de Halfon, que recogía también un buen número de escritores suicidas. En su última novela 8.38, Luis Rodríguez, la dedica a un porrón de escritores que se han suicidado Y su protagonista, Luis Rodríguez también se suicida, o ese parece. Así las cosas, ¿que sentido tiene leer el libro de Toni Montesinos?. Lo tiene, y mucho, porque Montesinos aborda aquí el suicidio desde un punto de vista histórico, sociológico, etnológico, y por tanto su lectura nos sitúa me allá de los archiconocidos suicidios de Virginia Woolf, Pizarnik, Pavese, Zweig, etcétera.

El presente libro se publicó en 2005 (March Editor) y ahora lo recupera, en nuestro beneficio, Ápeiron ediciones, revisado y ampliado por el autor. Lo interesante del libro es la ambición del autor al tratar de darle al suicidio una idea de conjunto, de totalidad, trascendiendo lo anecdótico (muy a menudo alimentado por el morbo) registrando a través de una labor investigadora las circunstancias de aquellos escritores que decidieron suicidarse a lo largo de la historia desde el principio de los tiempos, las circunstancias sociales, cómo era visto y aceptado o censurado el suicidio en cada época, en los distintos continentes, en función de cuál fuese la religión imperante o cuál era el punto de vista sobre el asunto de filósofos como Kant o Schopenhauer, por ejemplo.

El libro se cierra con una abundante bibliografía, una sección anterior, como apéndice titulada Modus Moriendi, donde se clasifica la manera en la que cada cual tuvo a bien suicidarse: envenenamiento, armas de fuego, arma blanca, asfixia, precipitación, ahorcamiento, estrangulación, consunción, alcoholismo, drogas, suicidio accidentado, suicidio desconocido, en la vía del tren, fuego, en coche, etc, e incluso suicidios frustrados.

Hay también una Cronología del suicidio literario y filosófico empezando en el siglo I.V a.C. y acabando en 2008 con el suicidio de David Foster Wallace. Ahí echo en falta, en 2007, la presencia de Édouard Levé.

El ensayo propiamente dicho, apéndices aparte, son unas 70 páginas, en las que Montesinos nos brinda un apasionante recorrido por la historia desde los pueblos bárbaros pasando por la antigüedad grecolatina, la edad media, el Renacimiento y barroco la Ilustración del siglo XX (un siglo con abundantes escritores suicidas, un suicidio que aparecía también en múltiples obras de Jack London, Baroja, Rilke, etc; resulta muy interesante la selección de fragmentos de novelas o relatos, como La soga de Poe, o The Mayor of Casterbridge de Tom Hardy), el triunfante tedio, el exilio como consecuencia de las guerras, el exilio del suicida (pensemos en Zweig, Benjamin), el suicidio existencialista (Sartre, Heidegger) y la impaciencia suicida, el gran impaciente del título, que toma su nombre de los versos de Jorge Guillén:

¿No nos importa la existencia?/ El suicida, gran impaciente,/ Con un gran celo innecesario/ Da a su fin valor de simiente/ ¡Qué importancia cobra la vida¡

Ápeirón Ediciones. 2019. 217 páginas

Toni Montesinos en Devaneos

El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau

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Memoria de la nieve (Julio Llamazares)

Publicado por vez primera en 1982, Nórdica libros recupera Memoria de la nieve, libro de poemas de Julio Llamazares (que junto a La lentitud de los bueyes fue publicado por la editorial Hiperión bajo el nombre Versos y ortigas), bellamente ilustrado por Adolfo Serra.

Son treinta breves y salmódicos (se recurre a la repitición, que opera como un eco) poemas en los que el poeta leonés fija la memoria, tan frágil como la nieve. Poemas que Llamazares escribió al marchar a Madrid, y que como la lumbre que calienta las manos y el espíritu, aquí la nieve, traerá de vuelta el fuego de la memoria, y he ahí las plantas, las aves, las abejas, las armas, los dioses, las lluvias negras o amarillas, los arrieros, proscritos, bardos, guerreros, las palabras y costumbres ya enterradas o apartadas; todos estos recuerdos que ceden la palabra a la evocación, a la sugerencia, para acariciar nuestros sentidos, excitar nuestra sensibilidad adormecida hasta ese punto álgido en el que la emoción funde el blanco roto casi gris del ayer con el rojo del lubricán que los vencejos quizás osen caligrafiar de porvenir.

Nórdica libros. 2019. 85 páginas. Ilustraciones de Adolfo Serra.

Julio Llamazares en Devaneos

El cielo de Madrid
La lluvia amarilla
Atlas de la España imaginaria
Luna de lobos

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Habana año cero (Karla Suárez)

Vivíamos en un país que se movía en cámara lenta y, a veces, en blanco y negro, donde lo único que no costaba miles de fatigas era sonreír, hacer el amor y soñar. Por eso en este país sonreímos, hacemos el amor y soñamos todo el tiempo.

El país es Cuba, la ciudad la Habana, el año 1993 (el año cero), el sueño pasa por encontrar el documento con los diseños que hizo Antonio Meucci en 1849 en La Habana. ¿Quién es Meucci se preguntarán?. Agárrense:

El 11 de junio del año 2002 ganaron la batalla: el Congreso de los Estados Unidos aprobó la resolución número 269 con la que reconoce oficialmente a Antonio Meucci como el inventor del teléfono.

Karla Suárez, autora de la novela, agradece al doctor Basilio Catania, que hizo posible que a Meucci se le reconociera en 2002, reconocimiento que no obtuvo en vida. No es este libro un ensayo al estilo Zweig sobre la figura de Meucci, sino que lo que Karla hace es poner a un grupo de personas a buscar ese documento con los diseños que hizo Meucci pues todos los que aparecen en la novela están interesados en el mismo y todos ellos pudieran ser los propietarios.

La novela es una declaración que la narradora hace a un tercero, superados ya los años 90, testimonio que le permite a la autora hablar de su país, de la falta de agua, electricidad, los continuos apagones, la carestía en todo, si bien como se dice al principio esto no les impide hacer el amor, tal que los personajes de la novela se van enrollando entre ellos sin miramientos, y ésta pasa de ser un folletín a ser un folletón, algo parecido a una telenovela que se convierte en novela, donde el único interés reside en dilucidar si aparecerá el documento de Meucci o no.

Hay algunos momentos (en la senda de los Coños de Juan Manuel de Prada) que no sé bien cómo calificar y que me place, es un decir, compartir:

El sexo era el elemento clave. Hay sexos para todos los gustos: los hay grandes e imponentes cual torre del Big Ben o pequeños cual trompita de elefantito Disney; hay los que se yerguen como garfios mirando al cielo o la tierra, los que miran agresivos o siempre adelante, los de diferentes inclinaciones políticas, unos que tienen a la izquierda y otros hacia la derecha; los hay regordetes como Sancho y enjutos como Quijotes; hay perezosos e hiperactivos, exploradores y convencionales, veloces cual Speedy González o lentos como tortugas sabias. Luego existen todas las combinaciones posibles: BigBenes quijotescos, Tortugas garfios, izquierdistas hiperactivos, derechistas perezosos, Speedys convencionales, Sanchos Disneys exploradores. Hay para todos los gustos y disgustos y yo me divertía clasificándolos.

Creo que más de trescientas páginas son excesivas para una historia que apenas cuenta nada, que se engorda hasta la absurda morbidez y sinsorguez y a la que apenas hay jugo alguno que sacar. Quizás un formato más breve le hubiera ido mejor porque las pesquisas y continuas circunvoluciones de la narradora (un agente tipo 007, al que le sobra el siete) alrededor de la inanidad son un desafío constante a la paciencia del lector, al menos a la mía.