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El señor Valéry (Gonçalo M. Tavares)

Creo que los libros de Tavares para ser disfrutados precisan de la ingenuidad del lector. Una ingenuidad que implica volver al origen, despojarse de lo aprendido, de aquello que nos contamina, y mirarlo todo con otros ojos, los del comienzo. De esta manera quizás esta novela de Tavares, El señor Valéry (que viene a ser un 10% de El barrio), ilustrados con los pensamientos de Valéry (algunos de los cuales me recuerdan los que aparecían en Los detectives salvajes de Bolaño), no nos resulte una simpleza, una tomadura de pelo. Sus planteamientos son similares a los que he encontrado cuando he releído su Enciclopedia. Tavares invita a ver las cosas de otra manera, desde otra perspectiva, y lo hace sin grandes alardes, en el caso de Valéry recurriendo a la lógica, al humor absurdo, a la paradoja, como la que se explicita en el último relato, con ese triángulo que quisiera ser un cuadrado, constatando que la única forma de alcanzarlo es añadiendo a su triángulo otro triángulo, no un cuadrado, es decir, se llega a ser otro (aquello que queremos ser) siendo uno mismo con mayor intensidad o por duplicado.

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Cadavedo, Cudillero…

En Cudillero constato que aunque llueva copiosamente los turistas llegamos en procesión y tomamos la localidad, en la que leo en las noticias de un periódico local que una madre se queja de que sus hijos no tienen dónde jugar en la localidad. La ciudad parece solo fachada, como una máscara, erigida sobre la montaña. Cuestas no faltan y el esfuerzo por llegar a los miradores se ve recompensado con unas vistas espectaculares.
Cudillero
Cudillero

Cudillero visto desde el cielo
Cudillero a vista de pájaro

Próximo a Cudillero está Cadavedo, donde es inevitable no ir hasta la ermita y fotografiar el horreo con mar de fondo. Las playas son salvajes, no hay problema para poner la sombrilla ni para aparcar, propiciado por unas temperaturas que invitan más a tomarse un caldo que un baño.
Playa de Cadavedo
Playa de Cadavedo