Helena o el mar del verano

Helena o el mar del verano (Julián Ayesta)

Y tiene lo suyo que un libro publicado en 1952 y tan breve me haya resultado tan plomizo y me haya costado tanto acabarlo y me sorprende porque dicen de esta novela que es una obra maestra que describe muy bien el paso de la niñez a la adolescencia y el primer amor y los primeros picores y las primeras sidras y los primeros copazos de coñac tan añejo como la narración y el libro promete porque se ambienta en Asturias y en las playas de Gijón y Asturias con sol es una maravilla y con lluvia también lo es y buena parte de la narración tiene que ver con Dios y con la religión y cuesta creer que se demore tanto en el tema a cuenta del pecado y de la mortificación que le supone de paso al lector seguir leyendo hasta que de repente y ya al final pasamos del latín a Aristóteles y el autor pierde ya el norte del todo con derivas mitologicasbucolicasvirgilianas mientras uno viendo nadar tan lejos de la orilla a la pareja de tórtolos ya se barruntaba lo peor y comprueba que no y que aquí no pasa nada o pasa de todo y a mí no me llega nada de nada más allá de una somnolencia aniquiladora que me abocaría a pensamientos libidinosos a fuerza de tanto empeño copulativo pero ni eso

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El verano del endocrino (Juan Ramón Santos)

Si ignoras el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas.

Linneo

Quien se haya solazado sin tasa con las lecturas previas de Paradoja del interventor, Nemo, La sed de sal, El espíritu áspero o Absolución, de otros autores también extremeños -Bayal y Landero- como lo es Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), disfrutará en gran medida con esta fantástica y fantasiosa novela de aire cervantino, en cuanto que su personaje lleva a cabo múltiples salidas del pueblo de Labriegos, tirándose al monte y retornando menoscabado, devenido un ecce homo, sufriendo una y otra vez los rigores de la sed, el hambre y la intemperie y echando mano, llegado el caso, de una bacinilla que hará las veces del Yelmo de Mambrino.

Personaje al que los de Labriegos (Juan Ramón, al igual que Bayal, como creador que es, también erige su propia topografía: Labriegos, Ochavia, Aldeacárdena, Pomares, Trespuestas, Respuestas, arroyo Enjuto, Pedregal…), pueblo al que llega una buena mañana cargado de libros, le colgarán de buenas a primeras el apodo del Endocrino.

La llegada de un forastero a un lugar remoto y sin propósito aparente, convirtiéndose en el centro de atención, no es nuevo. Puede ser un interventor que llega en tren y lo pierde o un Endocrino que llega en taxi. La incertidumbre que genera su presencia es la misma, tanto como la curiosidad ajena hacia sus acciones, omisiones o proceder extravagante.

Lo que mueve al Endocrino en sus comienzos, al contrario que a Alonso Quijano, no es un ideal de justicia, sino más bien la necesidad imperiosa de satisfacer su curiosidad y su saber en todo, tal que esta pulsión deriva en aventuras muy divertidas (que lo arriman ora a un guarda forestal con hechuras de estilita, ora al vigilante de una presa, ora a un zapatero remendón, ora a un Maestro teutón, ora a la vera de un cabrero…), en las que el Endocrino se convierte por iniciativa propia, en detective, naturalista, sociólogo, astrónomo, tratando en todo caso de contrastar sus conocimientos derivados de sus ingentes lecturas con la realidad, la cual le proporciona los mimbres necesarios para constatar lo endeble de sus investigaciones e industrias, pues todo cuanto acomete le sale rana, al menos al principio.

Hablaba al comienzo de novela fantasiosa porque el autor plantea, ya mediada, un hecho increíble. Saramago, por ejemplo, en una de sus novelas hacía que la muerte dejara de actuar durante una temporada, aquí, Juan Ramón hace que la tierra deje en suspenso su movimiento de traslación (no el de rotación), tal que el tiempo y por ende la naturaleza quede en suspenso (y el lector en suspense y, válgame la expresión, también centripetado, lo propio cuando mi entusiasmo lector no ralea ni un ápice a lo largo de la sugestiva y divertidísima narración, auxiliada por el humor y su cariz mitológico (y en gran medida paródico), tan bien traído): las plantas no crecen, los animales no se aparean, los humanos se ensimisman en la reiteración de sus tareas, como si sus costumbres no fueran ya otra cosa que una especie de bucle doméstico, y la realidad se convierte en un día sin porvenir ante lo cual el Endocrino vislumbra entonces la posibilidad, como facultativo en potencia (aunque llamado a ser oracularmente El elegido) que es, de auscultar la tierra por la vía de sus jugos, o secreciones y poner solución a tamaño desaguisado, si no desfaciendo agravios, sí al menos enderezando tuertos (o poniendo de nuevo en marcha la Tierra). Está por ver si el Endocrino estará a la altura de esta Misión imposible. Sigue leyendo

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Lenguaje y silencio (George Steiner)

Humanidad y capacidad literaria en Lenguaje y silencio.

Traducción: Miguel Ultorio vía | DDOOSS

Al mirar atrás, el crítico ve la sombra de un eunuco. ¿Quién sería crítico si pudiera ser escritor? ¿Quién se preocuparía de calar al máximo en Dostoievski si pudiera forjar un centímetro de los Karamazov, o reprobaría la altanería de Lawrence si pudiera dar forma al huracán de El arco iris? Toda gran escritura brota de le dur désir de durer, la despiadada artimaña del espíritu contra la muerte, la esperanza de sobrepasar al tiempo con la fuerza de la creación. Brightness falls from the air: cinco palabras y un alarde sonoro que se apaga. Pero han durado tres siglos. ¿Quién querría ser crítico literario si pudiera poner los versos a cantar, o componer, a partir de su propio ser mortal, una ficción viva, un personaje perdurable? La mayoría de los hombres tiene su polvorienta supervivencia en las guías telefónicas viejas (es una suerte que se conserven en el Museo Británico); en el hecho literal de su existencia hay menos verdad y menos vida que en Falstaff o en Madame de Guermantes, sólo por imaginar a éstos.

El crítico vive de segunda mano. Escribe acerca de. Ha de dársele el poema, la novela o el drama; la crítica existe gracias al genio de otros hombres. En virtud del estilo, la crítica puede convertirse en literatura. Pero esto suele acontecer sólo cuando el escritor hace de crítico de la propia obra o de corifeo de la propia poética, cuando la crítica de Coleridge es obra acumulativa o la de T. S. Eliot divulgación. Fuera de Sainte-Beuve, ¿hay alguien que pertenezca a la literatura permanente en calidad de crítico? No es la crítica lo que hace vivir al lenguaje.

Éstas son verdades elementales (y el crítico honrado se las dice en la palidez de la madrugada). Pero corremos el peligro de olvidarlas, porque la época presente está particularmente saturada del poder y el prestigio de una crítica autónoma. Las revistas críticas desatan un diluvio de comentarios o de exégesis; en Norteamérica hay escuelas en las que se enseña crítica. El crítico existe en cuanto personaje por derecho propio; sus admoniciones y sus querellas desempeñan un papel público. Los críticos escriben sobre los críticos, y el joven brillante, en lugar de considerar la crítica como una derrota, como un reconocimiento gradual, deprimente, de los modestos ingredientes de su propio talento, la considera una profesión de gran tono. Esto podría ser casi gracioso; pero tiene un efecto corrosivo. Como nunca antes, el estudiante y la persona interesada por la literatura lee comentarios y críticas de libros más que los propios libros, o antes de esforzarse por formarse un juicio personal. La aseveración del doctor Leavis sobre la madurez y la inteligencia de George Eliot es hoy moneda corriente en la actual sensibilidad. ¿Cuántos de quienes le hacen eco han leído efectivamente Felix Holt o Daniel Deronda? El ensayo del señor Eliot sobre Dante es un lugar común dentro de la cultura literaria; la Commedia es conocida, si acaso, por algunos fragmentos breves (Infierno XXVI o el famélico Ugolino). El verdadero crítico es un criado del poeta; hoy actúa como si fuera el amo, o se le toma como tal. Omite la última, la más importante lección de Zaratustra: «Ahora, prescindid de mí». Sigue leyendo