978-84-8191-634-8[1]

Las puertas del paraíso (Jerzy Andrzejewski)

Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca, dijo Borges. En ella estarían los libros que nos han gustado. Aquellos que volveríamos a (re)leer una y otra vez. Ahí pondría yo, bien a la vista, Las puertas del paraíso de Jerzy Andrzejewski (1909-1983). Leerlo es quedar inmerso en un libro inmenso, de menos de cien páginas, traducido, en esta edición de Pre-Textos, por Sergio Pitol. No sé si tiene algo que ver que el traductor se enamore del libro que va a traducir y si este sentimiento de afecto acarrea su efecto, positivo se entiende. El caso es que la prosa de Jerzy, por obra de Sergio Pitol resulta hipnotizante, subyugante, voluptuosa. El hecho de que la novela solo tenga dos frases, una de ellas de más de 40.000 palabras, pasa apenas inadvertido –y en todo caso funciona bien como titular, pero no es mi mucho menos lo más relevante de esta estupenda novela- porque cuando te pones a leer, el hecho de que no haya puntos es lo de menos, y es tal la maestría de Jerzy al ir ensamblando los diálogos dentro del texto, es tal su claridad y su estilo, al ir poblando este vía crucis de voces que cuentan y se confiesan (y se contradicen, mienten y remiendan) y son absueltas –la novela es una profunda reflexión sobre la fe, la existencia de Dios, el deseo, la esperanza, el amor como motor de la humanidad, el sufrimiento como sombra de ese amor (como yugo), un amor que nos colma y nos vacía, un amor que es prisa y espera, deseo y conquista, posesión y desgarro; las relaciones humanas que dan brillo y sustancia a nuestras existencias- que en lo que menos repara uno es en la estructura de la novela (que como decía Adolfo Ortega, viene a ser como un andamio que permite sostener la novela, pero que luego se quita, y la novela permanece en pie), sino en lo que esta contiene. Si uno piensa que en tan pocas páginas la palabra Fin estará ahí mismo, según levantemos la mirada, nada más lejos de la realidad, porque este libro, no avanza, sino que echa raíces, no se desplaza, sino que se hunde, y nos hunde a nosotros en una historia (basada en otra real, que dejó más de 30.000 niños muertos por el camino y sobre la que Marcel Schwob escribiría en 1896, La cruzada de los niños) si se quiere bíblica, la de un éxodo, la de una peregrinación de niños, almas puras que van hacia Jerusalén, como una metáfora de la pureza, de la lucha contra la sinrazón, de cómo la pureza puede vencer a la barbarie, en teoría. Todo ello porque un lugareño, un tal Santiago, allá por el siglo XII, en un pueblo francés ha recibido la buena nueva, que les pondrá a todos ellos en camino, hacia Jerusalén, para sustraerla de las impías manos turcas. Jerzy compone escenas muy poderosas con muy pocas palabras. Cuando Roberto, uno de los peregrinos, deje su hogar, su padre, ahorrándole los sermones, las palabras vacuas, simplemente lo mira, lo encuadra, fija en él su mirada, roto por dentro pone su mano en el hombro de su vástago y dice: Roberto. Entonces su hijo se gira y se marcha. No hace falta más.
Jerzy hace alquimia con las palabras, crea una atmósfera donde leer es soñar y despertar un mal trago.

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Párpados (Toni Quero)

En algo menos de cuarenta páginas, ya se nos desvela la historia que pesa sobre los protagonistas, sus devaneos amorosos, las heridas que se lamen, por qué razón están en el Delta del Ebro. Así buena parte del suspense e intriga que podría tener la novela se ha disipado a las primeras de cambio, en un afán por contar, tan explícito, que parece que las palabras, como tizones, queman y hubiera que soltarlas a toda prisa, cayendo en el papel, construyendo frases cortas, que dotan a la narración de fluidez y poco más.

Tiene lo suyo que un libro en el que los dos personajes, un chico y una chica, un fotógrafo y una pintora, pasen tras abandonar el Delta dos meses viajando por España, Francia, Bélgica, Alemania, Dinamarca y Suecia, resulte tan aburrido, cargante y plomizo. No le vamos a pedir a Toni Quero (Sabadell, 1978) que sea Bruce Chatwin o Patrick Leigh Fermor, pero sí que alimente su relato de algo de intriga, de emoción, de chicha.

La voz que narra, la de él, es totalmente insulsa, la de Duna, le va a la zaga. Personajes muy deslavazados los dos. Ambos repelen el conflicto, el diálogo. Como cuando vamos en un tren de alta velocidad mirando por la ventanilla, y todo pasa ante nuestros ojos de una manera tan rápida, que apenas podemos asimilar algo de lo que vemos, reducido todo a un escorzo, algo parecido me sucede con este libro, que no deja ningún poso, nada mencionable.

Los personajes que pululan por la novela, son todos ellos episódicos, aparecen y desaparecen sin pena ni gloria. No vemos cómo el viaje les afecta interiormente, solo que él se siente dolido porque ella le dejó (!malditos Erasmus!), le puso los cuernos, y luego tras un intento de suicidio volvió a él, como un segundo plato recalentado.

Como todo este viaje no les conduce a ninguna parte -ni a ellos ni al lector- al final hay que acabar de alguna manera y Toni opta por el golpe de efecto, esperado por otra parte, pues Duna como su nombre indica tiene una naturaleza tan volátil como etérea.

Galaxia Gutenberg. 2017. 220 páginas.

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Pensar y no caer (Ramón Andrés)

Pensar y no caer significa pensar y no cejar, perseverar en la pregunta, no consolidarse, no quedarse ahí, no abonar lo estático, no poner el oído a la tonalidad de la complacencia, no darse por concluido, porque nunca se llega a ser. No asentar, no sentenciar, no solidificar, no tener reparo en hacer estallar la burbuja que nos ha envuelto en su asepsia. No hacerlo indicaría un espantoso terror a la muerte, trabajar en ella y para ella, ser su asalariado. Pensar y no caer es no admitir que los cataclismos y las revoluciones perfeccionan el devenir universal humano, tal como querías Schlegel. Esto es tan erróneo como primario. Tiene algo de infame. Es dar por bueno el castigo, ver ejemplar la corrección que viene de las masacres, propiciadas por los huracanes, las epidemias o por la violenta defensa.

Pienso caer en Ramón Andrés y seguir disfrutando de ensayos como los presentes: amenos, agudos, filosos, certeros.

Ensayos que hablan de la muerte, de la nada, del pan, de la calumnia, de Europa, de la escritura y la tierra, de Dostoievski…

Acostumbrarse a malvivir en grandes núcleos de población, suponer que la naturaleza cumple el cometido de un vertedero al que van a parar los restos del exceso, entender la realidad como confort, da la bienvenida a un mundo que se deteriora velocidad de los utensilios que utilizamos, soñar la seguridad, lo programado, la abundancia y la aspiración almacenarla pertenecen a este hombre posthistórico cuyo inicio anuncia el retorno a lo animal. No por otra cosa ha puesto todas sus fuerzas en idear una felicidad artificial y a hacer de ésta una industria pesada.

Desde la Segunda Guerra Mundial no se habían instalado tantos kilómetros de concertinas, esas alambradas de cuchillas -a una empresa española le cabe el honor de ser hasta hoy el único fabricante europeo- capaces de sajar hasta lo hondo de la condición humana. Si se las llama de este modo es por analogía con el instrumento musical del mismo nombre, un pequeño acordeón octogonal que hizo bailar sobre todo a la Inglaterra del siglo XIX; la alambrada se despliega gual que su fuelle; pero ahora su melodía cambia el canto por el grito.

Porque el libro, al fin y al cabo, no es más con encuentro de voces; lo es la página, lo es el poema, lo es el relato, la memoria, también el pentagrama. Su presencia puede sugerir, por más exagerado que parezca una apetencia antropofágica. Francis Bacon admitía en uno de los Ensayos que ciertos libros deben ser devorados, mientras que otros, más delicados y extremos tienen que masticarse y, después, digerirse.

Hay quienes dedican una vida entera y a veces hasta libros, en descalificar a alguien. El chiste fácil, el apodo lacerante, el diminutivo de menosprecio, el chascarrillo cáustico son el pan de cada día, una especie de gula a la hora de engullir al otro. Flota en el aire un continuo recelo, la costumbre de mirar con el rabillo del ojo, la precariedad del que quiere haber nacido dueño entre los semejantes.

Reflexiones e ideas engastadas en estos ensayos que se sustraen a la mórbida complacencia, a los lugares comunes, al discurso oficial, y merced a la música, la pintura, la historia, la filosofía, la mitología…, convierten su lectura en puro regocijo, en un aprendizaje gozoso, porque el estilo de Ramón -que te saja como si fuera una concertina- y su erudición compartida es admirable, sí admirable, y quizás podamos entender su mirar como amargo, pesimista, aciago (ahí aparecen Nietzsche, Sloterdijk…) pero viendo ahora mismo las noticias de la sexta, solo puedo dar la razón a Ramón, pues constato que esto se va a pique: las barbaridades humanas crecen exponencialmente y la estupidez 2.0 es ya viral.

Editorial Acantilado.2016. 224 páginas.

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Conjunto vacío (Verónica Gerber Bicecci)

Hay cosas, estoy segura, que no se pueden contar con palabras. Esto aparece en el libro de Verónica Gerber Bicecci (Ciudad de México, 1981). Una reflexión que la autora lleva a la práctica, empleando no sólo palabras, sino también diagramas, lenguajes inventados (cambiando el orden de las sílabas), para expresar el exilio, la desaparición, el fracaso amoroso.

La que narra es una hija, con su madre desaparecida. Sufre el mismo desamparo que su hermano. La suya, una mirada que va del cielo al infinito. Del telescopio a la introspección de un pasado correoso. El tiempo en sus manos como una masa madre que moldear.
Una relación amorosa que renuncia a llamar a lo suyo principio de algo, a fin de evitarse así los finales.

Me ha parecido una novela tan singular y arriesgada como anodina.

Pepitas de calabaza. 2017. 199 páginas.

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La presencia pura (Christian Bobin)

Si los libros valiosos son aquellos que nos enseñan a mirar de otra manera, este de Christian Bobin es uno de ellos.

Bobin se enfrenta a la enfermedad de su padre, el alzheimer y reflexiona sobre cómo la sociedad dialoga con la muerte, siempre orillándola. Cómo el progreso, los avances técnicos y tecnológicos, permiten un control exhaustivo de la enfermedad, dejando al enfermo de lado, al menos en el plano emocional, afectivo.

Su padre va a parar a una residencia donde recibe los cuidados básicos, pero Bobin reivindica aquello que nos hace humanos: la atención, el afecto, una mirada, una caricia, un silencio compartido, dado que la indiferencia ajena nos despersonaliza y nos convierte en objetos.

En esa mente en ruinas que el alzheimer va devastando, Bobin, entiende esa pérdida, ese despojamiento como un tránsito hacia la pureza, hacia esa situación en la que ya no hay defensas, ni asideros. Un lugar donde los recuerdos y el lenguaje ya no son posible, un territorio virgen por tanto, donde la relación afectiva, cambia, y donde el enfermo, necesita compañía, la presencia del otro, algo tan sencillo como verse acompañado, aunque como dice Bobin, por parte de muchos cuidadores y profesionales médicos tenga que escuchar, que de poco sirve estar al lado de alguien con la cabeza ida.

Si interesante es casi todo lo que Bobin refiere sobre la enfermedad de su padre, igual de interesante es la entrevista que le hacen a Bobin, donde sigue este dando la importancia que cree que merece a algo como la atención. Y pone el ejemplo de un filósofo que en su compañía estaba mirando a menudo el móvil, viendo así si le entraba algún mensaje “urgente“. Dice Bobin que cuando está con alguien, compartiendo su espacio, hilando sus miradas, lo urgente es el otro, a quien se ve en la obligación, que no es tal, de prestarle atención. Razón lleva Bobin, porque hoy las redes sociales, nos ponen en contacto con personas a las que no conocemos, y es posible que nunca conozcamos presencialmente, mientras depauperan las relaciones con nuestros seres más cercanos, más próximos, más queridos, que nos ven emboscarnos y precipitarnos por toda suerte de pantallas, que nos evaden tanto como nos separan de los afectos más inmediatos.

Las fotos en blanco y negro, de Maribel Suárez, que cierran el libro, esos rostros surcados de arrugas, curtidos, sarmentosos, como una faz de la tierra hollada y exhausta, son de una belleza .

Un libro este de Bobin -autor al que quiero seguir leyendo- cuando menos conmovedor.

Dejo unos párrafos que he disfrutado especialmente.

“Es imposible proteger de la desgracia los que queremos: he tardado mucho tiempo en entender una cosa tan simple. Aprender siempre es amargo, siempre a nuestra costa. No me arrepiento de esta amargura”.

“Necesito siempre algunos minutos para ir a su paso y unirme a él en esa lentitud propia del principio y el final de la vida”.

“El árbol delante de la ventana y las personas de la residencia tienen la misma presencia pura -sin defensa alguna ante lo que les sucede día tras día, noche tras noche”.

“En este mundo que no sueña más que con la belleza y la juventud, la muerte no puede venir más que a hurtadillas, como un servidor desagradable al que se le hace entrar por la cocina”.

El Gallo de oro. 2017. 120 páginas. Traducción de Alicia Martínez