Cioran y su misoginia

En los ensayos de Cioran recogidos en el volumen Soledad y destino, en la página 364, me encuentro con el ensayo titulado El pecado de la voz humana. Al leerlo me pregunto de qué sirve tanta inteligencia, tanta cultura, tanta sagacidad, tanta filosofía, para acabar diciendo semejantes barbaridades, que al leerlas provocan náuseas. Cioran lo escribió con 27 años. ¿Pecados de juventud? ¿Inconsciencia? ¿Ganas de llamar la atención recurriendo al insulto? ¿Simple sinceridad? No lo sé, el ensayo recoge párrafos como estos:

Cuando una mujer habla -cuando simplemente habla- puede hacernos creer que no es una sirvienta. La melancolía graciosa de su mirada envuelve todo lo que dice en una poesía insignificante que sin embargo no puede dejarnos indiferentes. En cuanto empieza a cantar -y todas las mujeres cantan mal-, su talante de sirvienta le traiciona. Si los hombres fueran más sinceros y menos interesados, !cuántas veces no tendrían que ofrecerles una escoba en lugar de flores! Conozco pocos ejemplos de trivialidad qué superen el de la alegría femenina. Cuando las horas de meditación nocturna o de indiferencia soñadora estallan en la calle o en los hoteles las carcajadas de una mujer, tenemos la impresión de que violan la divinidad del silencio y se fijan en el fondo de la quietud en razón de quién sabe qué vergüenza cósmica. La vulgaridad que emana la mujer parece así no perderse nunca, quedar inscrita en la memoria secreta de la naturaleza. En el fondo, Dios debería haber sido mas compasivo con ellas, no hables otorgado la voz y el habla, pues sólo sin palabras habrían podido expresar todo lo que no son. Entonces nos hubieran resultado completamente extrañas -no sólo inicialmente-, y habríamos podido añadir a su nada todos los ornamentos de nuestra generosa infelicidad.

mini-1550144904

Claridad vs oscuridad

Afirmó en su día Ortega y Gasset que “la claridad es la cortesía del filósofo“. Ya saben lo que reclamaba Goethe también justo antes de su fundido en negro.

Pues bien, leyendo y subrayando Soledad y destino de Emil Cioran, llego a este párrafo que contradice a Ortega. Nada raro porque a Cioran le gusta pelear a la contra. Virtud que en muchas ocasiones resulta reveladora en sus escritos.

La claridad será tal vez la marca de una inteligencia disciplinada; mas, desde el punto de vista de la riqueza y de la tensión interior, es un signo de deficiencia. A una página escrita con claridad, completamente accesible y legible en cualquier momento del día y de la vida, pero que no produce ninguna tensión, que no induce a la meditación porque no implica más de lo que está escrito, a una distinción sutil, pero estéril, prefiero una página cuya lectura sea un triunfo y que no sea oscura e incomprensible si no para aquel que no sabe que los pensamientos fecundos no pueden revestir formas comunes. La claridad corriente no es más que banalidad, porque decir algo para todo el mundo es privarlo de misterio, destruir la intensidad de la intuición originaria en favor de un esquema vago e inexpresivo […] Mejor la oscuridad que una luz mediocre […] Siento náuseas ante un mundo en el que todo está aclarado, explicado y etiquetado.

IMG_20190517_102029_3_opt

La revolución de las flâneuses (Anna Mª Iglesia)

Virginia Woolf anhelaba una habitación propia, muy lejos de las pretensiones de un torreón a lo Montaigne, algo mucho más diminuto y acorde a sus posibilidades. Una habitación propia en la cual pudiera ser ella misma, a solas con su creatividad, así de simple, así de inalcanzable para una mujer en los comienzos del siglo XX.

Ese espíritu hacia el interior, cuando aflora y se exterioriza, sale a la calle y pasa a ocupar el espacio público. Cuando lo hace el hombre no sucede nada especial, es lo habitual, el hombre camina, pasea, divaga, observa, escruta y todo esto le sirve para crear, ya sea para escribir, pintar, etcétera.

El hombre por antonomasia es el sujeto que mira. La mujer el objeto que es mirado, analizado, deseado (se habló en su día de la prostituta como la versión femenina del flâneur, al ocupar ésta el espacio público, al hacer la calle, si bien al no construirse un relato fruto de sus experiencias en la calle, no parece adecuado considerarlas como flâneuses). Cuando uno ha leído cosas acerca de los flâneur, vemos que las mujeres no existen, no se nombran.

Anna Mª Iglesia (1986), en este ameno, didáctico, crítico y reivindicativo ensayo (dividido en seis capítulos: Derecho a ocupar las calles; Espectadoras activas: Derecho a mirar sin ser vistas; La falsa Libertad del comercio: Derecho a no consumir ni ser consumidas; Viajeras y parias: Derecho a existir solas; Una identidad propia: Derecho a la autoría; Caminar como forma de insubordinación) editado por WunderKammer en su Colección Cahiers (nº3), da relieve y visibilidad a las flâneuses, a las mujeres que abandonan esas habitaciones y pasan a ocupar el espacio público, las calles, que caminan, no como un acto lúdico, sino transformador, transgresor, siendo ellas entonces el sujeto que mira, las que reivindican el yo en la esfera y en el debate público. Ellas son entonces las que narran y se narran, pasean y escriben, se ensayan y critican (y ponen en crisis) y desplazan sus límites, los que les vienen impuestos (el mantra de ser madre, esposa…), pensemos en un techo de cristal que siempre opera como una espada de Damocles.

Anna Mª Iglesia da voz -recurriendo a una generosa bibliografía, recogida al final del libro- a Luisa Carnés, Carmen de Burgos, Virginia Woolf, George Sand, Emilia Pardo Bazán, Flora Tristán, también a Zola, Baudelaire, a Benjamin, aunque estos últimos me interesan menos porque los tengo más leídos. A su manera, el texto de Ana Mª Iglesia también es transgresor, tiene ese aliento, el mismo espíritu feminista, porque hablar de los flâneur está de moda, hablar de las flâneuses no y como afirma la autora, nosotras tenemos la oportunidad (y quizás el deber) de seguir sus pasos, de seguir reforzando la sociedad civil a través de un caminar que no es más que la expresión del pensamiento crítico que, lejos de acomodarse a la prosa estatal, expresa insubordinación al discurso hegemónico y al poder que lo representa. Necesitamos ser, volver a ser, flâneuses. Debemos ser y seguir siendo paseantes incómodas.

WunderKammer. 2019. 160 páginas.

Lecturas periféricas | Lectura fácil (Cristina Morales)

www.devaneos.com

Luz (Elisabet Riera)

Los efectos de una nínfula, Luz, sobre una innominada mujer de cuarenta años que trata de darse otra oportunidad –regresando desde Londres a su abandonada casa natal sita en una localidad catalana- pueden ser devastadores a la par que maravillosos. La literatura sirve aquí como aliviadero, la narradora –a través de sus escritos bajo la forma de cartas dedicadas a la joven- puede expresar lo que sucedió entre ellas, ahora que media la distancia, que el esplendor es ocaso.

Escribir es volver a aquellos días de encuentros, ansia, excitación, pasión, júbilo, conocimiento y reconocimiento mutuo, algarabía, exploración topográfica del cuerpo ajeno -que reverdece y madura a una y otra- el arribamiento y arrobamiento en la otra piel amada que calma, colma, culmina y alivia.

Como la literatura lo puede todo y la imaginación aún más, en seguida se propicia no solo el encuentro entre ellas, sino también el que ambas vayan pasando cada vez más tiempo juntas, creando un mundo propio y ajeno –que todos los amantes necesitan y propician- en el que nada interfiere, pues no parece que los padres de la niña vean nada raro en que su hija pase tanto tiempo (incluso haga una noche) con una vecina que le triplica la edad y a la que le cuelgan apelativos como la posesa y otros que son fruto del cotilleo insano y del hozar ajeno, aún más en un pueblo pequeño.

El regreso de ella al pueblo es volver a su infancia, a explicarse la relación tormentosa con sus padres: su madre les abandonó cuando ella era muy niña, y la estampida materna supuso que la familia clausurara cualquier comentario posterior sobre su progenitora, como si lo que no se nombrara no existiera, y así, ni su padre ni los abuelos volverán a mentarla nunca más. Volver a casa es para la retornada aventar y orear el pasado, avivar los fantasmas o espíritus familiares, pasar la mano por las heridas abiertas que van tomando la forma -ahora ya sí- de cicatrices.

Con sutileza, delicadeza y elegancia Elisabet Riera (Barcelona, 1973) irá explicitando el encuentro, el deseo, la pulsión sexual a flor de piel, demorándose (más que en Lolita al leer esta novela pensaba en Call me by your name, aunque aquella era una relación entre dos hombres, y el más joven tenía dieciséis; además, el padre del chaval era consciente de lo que sucedía, mientras que aquí la relación es furtiva, a espaldas ambas del mundo, siempre a escondidas, en su secreto compartido solo por ambas; jalonados sus encuentros con oportunas poesías, novelas y canciones, que cantan y loan su idilio…), buscando el momento oportuno, el del derramamiento, a partir del cual ya nada volverá a ser igual entre ellas.

El sexo se ve tamizado aquí más por lo que sugiere que por lo que muestra -hasta tu tramo final-, dando así alas a la erección o humedecimiento de la imaginación, cediendo el espacio a los prolegómenos -una suerte de roncería apremiante-, gestando una tormenta que irá alimentándose y se sueña perfecta. Y lo acaba siendo, aunque después de la tormenta -una tormenta tan perfecta como imposible- siempre venga la calma, los días del abandono, el vacío, la nada, lo irreparable y ¿el alivio en la escritura?, en la que albergar, sobre el papel y bajo la forma de una larga carta, los hechos vividos, consumados, apurados, como en un espacio fuera del tiempo o viceversa.

Editorial Sexto Piso. 2017. 224 páginas. Traducción de Palmira Freixas.

www.devaneos.com

El vuelo de los charcos (Eduardo Iglesias)

Debería de haber leído esta novela donde Cristo dio las tres voces, perdido por los Cerros de Úbeda, desparramado por la Ruta 66, en las crestas de Thule, en el interior de un cero, aislado de todo. La narración lo exige.

La leí sin embargo en un parque cercano a mi domicilio rodeado de niños y abuelos. Entre el tráfico rodado y el piar de los pájaros. Viendo árboles desnudarse de pelusillas gaznateras infernales, globos de agua sobrevolando sin alcanzarme, derramarse las fuentes. Así leí El vuelo de los charcos de Eduardo Iglesias (Donostia, 1952), su extraña novela, la cual no se acomoda a ningún molde industrial. La leí demorándome, a paso de costalero y con el ánimo de un girasol traidor, buscando la sombra de banco en banco; una lectura decantada, releyendo muchos párrafos, de lápiz grafiteados.

Me refocilé en la extrañeza, la incomodidad, la sorpresa, el absurdo (desmontar una tienda de campaña tipo iglú para una persona lleva casi el mismo tiempo que prenderla fuego. Tema aparte es el espíritu pirómano u hoguersanjuaniano al que se preste nuestro J Solo), el contrapunto, en la sugestión de sus páginas, en la inercia que impele al movimiento, no necesariamente horizontal, sino más bien como el viaje y la experiencia que brinda un centro de gravedad desquiciado.

Y puedo escribir las palabras más tristes en este preci(o)so instante. Escribir, por ejemplo: La noche está estrellada, y “titilan”, azules, los astros, a lo lejos. Puedo escribir, entre comas y comillas, incluso cosas más ajenas, para hablar aquí de distopías, cuevas, revoluciones, ejércitos, filosofía, contravolutas, peregrinos, La Gran Ciudad Amurallada, el año 2036, pianos y sonatas, amor, aviadoras, redención, etcétera. Palabras en suma, ligarzas que darían tan solo para un manojo de viento, pues la emoción al leer es intransferible.

En el texto hay distintos momentos metaliterarios en los que el plumífero que narra toma conciencia de lo que escribe y de cual cree ser la naturaleza de su escritura, momentos que desvían la atención de otros instantes mucho más poderosos y subyugantes, algo que para mí vienen a ser subrayados u obliteraciones, aunque como nos advirtiera Luis Rodríguez en su última novela, la manera de hacer relevante algo escrito en un maremágnum de palabras consiste en tachar aquellos nombres que queremos realzar, pues serán estos los que capten el interés del lector. Interés que mudado en atracción me viene dada por el humor (Génesis: tomates y claveles), el suspense, el misterio, el enigma, la expectativa, el sonajero de la ambivalencia. Vertido el texto con una prosa orgánica, de carretera y mantra.

Pensemos, ya en el final, en un mundo poblado de individuos, en constante descomposición, antes de volvernos ya todos, oídos sordos a los cantos de sirena de la inmortalidad o la infinitud, en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada

Trama Editorial. 2018. Prólogo de Ray Loriga. 242 páginas.