Archivo de la categoría: Relatos

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Stephen Dixon (1936-2019)

Hace un par de días murió el escritor americano Stephen Dixon. Aquí hablé de su novela Interestatal y de los relatos recogidos en Historias tardías.

Extraigo un relato que siempre me ha gustado y que cada vez que lo leo me produce vértigo, como al asomarte al acantilado y sentir la presencia de la nada que te aguarda. Se titula Wife in reverse

Su esposa muere, la boca ligeramente torcida y un ojo abierto. Él golpea la puerta del dormitorio de su hija menr y dice: “Mejor que vengas, me parece que mamá se muere”. Su esposa cae en coma a los tres días de haber vuelto a la casa y permanece así once días. Celebran una pequeña fiesta el segundo día que ella pasa en la casa: salmón Nova Scotia, chocolate, un risotto que él preparó, queso brie, champán. Una ambulancia lleva a su esposa al hogar. Ella le dice: “Paséame en silla de ruedas una última vez por el jardín, antes de que vaya a la cama”. Su esposa rechaza el tubo alimenticio que quieren ponerle los médicos y pide morir en su casa. Ella dice: “No quiero más asistencia, ni líquido ni comida”. Él llama al 911 por cuarta vez en dos años y le dice a quien atiende:“Mi esposa, seguro que tiene neumonía otra vez”. A su esposa le hacen una traqueotomía. “¿Cuándo me la van a quitar?”, pregunta ella, y el doctor dice: “¿La verdad? Nunca”. “Su esposa tiene una grave neumonía”, les dice el médico, la primera vez, a sus hijas y a él, “y hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que sobreviva”. Su esposa usa ahora una silla de ruedas. Su esposa usa ahora un andador con ruedas. Su esposa usa ahora un andador. Su esposa debe usar bastón. A su esposa le diagnostican esclerosis múltiple. A su esposa le cuesta caminar. Su esposa da a luz a su segunda hija. “Esta vez no has llorado”, dice ella, y él dice: “Sin embargo, estoy igual de feliz”. Su esposa dice: “Tengo un problema en los ojos”. Su esposa da a luz a su hija. El obstetra dice: “Nunca vi a un padre llorando en la sala de partos”. El rabino los declara marido y mujer y él estalla en un llanto. “Casémonos”, le dice él y ella dice: “Estoy de acuerdo”, y él se pone a llorar. “Qué reacción”, dice ella, y él dice: “Estoy tan feliz, tan feliz”, y ella lo abraza y le dice: “Yo también”. Ella llama por teléfono y le dice: “¿Cómo estás? ¿Te parece que nos veamos y charlemos?”. Ella se despide de él en la puerta de su edificio y le dice: “Esto no está funcionando”. Él conoce a una mujer en una fiesta. Charlan largo rato entre ellos. Ella debe abandonar la fiesta para ir a un concierto. Él le arranca el número de teléfono y dice: “Mañana te llamo”, y ella dice: “Eso me gusta”. Él se despide de ella en la puerta, le da la mano. En cuanto ella se va, él piensa: “Está mujer será mi esposa”.

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Abre la puerta (Alena Collar)

Abre la puerta de Alena Collar (Madrid, 1960) publicado por Talentura, recoge 30 relatos cortos en poco más de 180 páginas.

La lectura viene a ser como un paseo por la desgracia ajena, algo parecido a Piscinas vacías de Laura Ferrero pero sin tantas dosis de dramatismo. Una desgracia ajena que siempre deviene propia. No se nos hurta la enfermedad, la muerte, los niños robados, los trabajos precarios, los sueños incumplidos, las víctimas de la violencia machista, la necesidad de abandonar un hogar, la incomprensión familiar, las consecuencias de la guerra civil… y también hay algo de luz cuando se abre la puerta a la camaradería, la amistad, el afecto.

Aquí la escritura vendría a ser como esa manguera que en manos de la escritora decide empapar al lector de realidad y lo hace con relatos que beben de lo cotidiano y lo prosaico, con diálogos que parecen sacados de cualquier patio de luces, del bar de la esquina, de la carnicería del barrio, de la charleta con un familiar, de un vagon de metro; son vidas funcionariales y experiencias tan normales como humanas a las que Alena Collar quiere dar voz y relieve; relatos cuyo planteamiento dista mucho, por ejemplo, del de las Vidas minúsculas de Pierre Michon, cuyo tono era más elevado, el lenguaje más alambicado y más sugerente su estilo; aquí hay como cierta urgencia por contarlo y describirlo todo y ahora, de llevar a cabo una taxonomía de la realidad menos complaciente, de abrir los ojos a ciertos temas incómodos que le sirvan de catarsis al lector, si bien yo prefiero huir de lo explícito, no estrangular nunca la sugerencia y finalizar los libros o los relatos como hacía Williams en su espléndido Stoner.

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Los mejores días (Magalí Etchebarne)

Los mejores días, libro de relatos de la argentina Magalí Etchebarne (Remedios de Escalada, 1983), editado por las afueras supuso su debut en la escritura, un debut sorprendente por el manejo y la soltura con la que Magalí se desenvuelve, pues a pesar de que nos pueden venir ecos de otras lecturas suena, y bien fuerte, como una voz propia, en la que los relatos que nos ofrece o regala, porque son un regalo para el lector, se aborda aquello tan inasible, a veces insano y tan difícil de ahormar como es el amor en pareja, cuando el otro es un pendejo, cuando media la infidelidad la incertidumbre la desazón la certeza de meterse en la boca del lobo, a sabiendas, o a inocencias, mientras se transita esa tierra media que va del enamoramiento al esposamiento con los inmanentes cambios de humor estados de ánimo venadas, cuando se pasa del ¿me quieres? a preguntarse en la pareja (en Capitán) quién de los dos morirá primero (esto me recuerda a Ruido de fondo), cuando el amor siempre proteico se vuelve rudo salvaje tormentoso feroz impetuoso irrefrenable, cuando la vida es algo palpitante irrigado como un pene en su cénit, más fulgurante que luctuoso y ofrecen las horas la fundación de cada día emoción vaivén; Magalí trufa cada relato de hallazgos, de momentos felices y alados para el lector que no se verán clausurados por un punto y final, sino que víctimas de su propia inercia serán ya semilla y fruto. Personajes, personas que se aman como amaba la gente en el pasado, leo. Un amor que como la energía ni se crea ni se destruye solo se transforma y muda en cada relato, ya sea en el seno de la pareja o en el ámbito familiar, amor como hilos o maromas, sostenes y sogas.
Ocho relatos (Como animales, La nuez de Adán, Que no pase más, Buena madre, Cosita preciosa, Jinete inexperto, Tsunami, Capitán) a los que Magalí instila el misterio, la magia del lenguaje, pasto de la sugerencia y poco importa ya Ítaca, al imponerse el durante (en el que mecerse, estremecerse y solazarse) a la arribada.

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Gente que conocí en los sueños (Luis Mateo Díez)

No cejo de abundar en la obra de Luis Mateo Díez (Villablino, 1942), a mi parecer, uno de los mejores prosistas españoles vivos, que aúna el perfecto control de un rico lenguaje con una inventiva que no dejará de sorprender al lector curioso y atento.

Gente que conocí en los sueños reúne cuatro relatos fantasmagóricos bellamente ilustrados por MO Gutiérrez Serna. Son relatos breves en los que parece no sobrar una palabra, que piden ser declamados para tomar mayor conciencia de esas palabras que como las ondas de la piedra al caer en el estanque fijan nuestra atención en tanto duran, antes de subsumirnos de nuevo en la quietud inerte.

Grosso modo puedo decir que por aquí (en esta particular geografía inventada de nombres extraviados: Lamberto, Sauro, Calvero, Columbaria, Malvina…) andan de rondón el diablo haciendo de las suyas, una monja inopinada homicida que busca redención, un fantasma al que todos rehúyen o un joven con querencia por esconderse al que la muerte le ofrece la desaparición máxima.

MO Gutiérrez Serna

MO Gutiérrez Serna

Esta es la primera capa, la de la descripción, luego vienen las distintas capas en las que el texto gana en matices, profundidad, creando ecos, resonancias, correspondencias, significación, franqueando entonces la fina línea hacia lo irreal y fantástico, con un lenguaje en estado de gracia.

Nórdica. 120 páginas. Ilustraciones de MO Gutiérrez Serna.

Luis Mateo Díez en Devaneos

El fulgor de la pobreza
Días del desván
Las lecciones de las cosas

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El bosque de los urogallos (Mario Rigoni Stern)

El bosque de los urogallos, libro de relatos escrito por Mario Rigoni Stern (1921-2008), se publicó en Italia en 1962. La joven editorial Volcano libros (creada en 2017) lo publica ahora en castellano con traducción de Regina López Muñoz (Un domingo en el campo, Hace cuarenta años…).

Muy interesante es el prólogo de Paolo Cognetti a fin de situar estos relatos que Mario escribió después de finalizar la segunda guerra mundial y regresar del frente a pie, tras haber pasado, desde los 17 años, seis años como alpino (esquiador, escalador). Al regresar, Mario abandonará las armas y se irá a la montaña.

Los doce relatos del libro transcurren casi todos en pueblos de montaña (a mediados del siglo pasado. Rigoni era oriundo del altiplano de Asagio, en los Alpes, en el Véneto, próximo a la frontera austriaca), donde está muy presente en el día a día de sus protagonistas la caza, ese cuerpo a cuerpo entre el animal y el hombre, tal que la caza forma parte del título de tres relatos: La víspera de la cacería, De caza con el australiano, Término de caza y en otros, sin aparecer en el título tienen como asunto también la caza, como sucede en Alba y Franco, Una carta desde Australia, Más allá de los prados, entre la nieve, Los zorros bajo las estrellas.

Decía Linneo que si ignoras el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas. Mario saca a sus personajes, y a él mismo -porque lo que hace en algunos relatos no es otra cosa que registrar, poner por escrito aquello que sus compañeros de cacerías le refieren- por los bosques de las montañas y nos cuenta todo aquello que ven, su mirada se puebla de zorzales, vencejos, urogallos, perdices nivales, raposas, sabuesos… La naturaleza aquí es lo eterno, así que cuando los dos hermanos de Vieja América, que dejaron su hogar en Italia para mudarse a los Estados Unidos, al regresar, después de cuarenta años, reconozcan estar en casa (a pesar de los cambios sufridos tras pasar y arrasar por allá una guerra) por las montañas que las enmarcan, y si toca llevarse a su regreso algún recuerdo de casa, sea un puñado de la tierra que les rodea.

Examen de oposición, el relato mas extenso del libro, difiere mucho del resto. La ciudad, Roma, es adonde debe acudir un funcionario que quiere conseguir una plaza fija. Lo urbano se erige aquí como algo asfixiante, sombrío, desolador. El espíritu que recorre todo el relato me recuerda a las desventuras del Marcovaldo de Italo Calvino, quien precisamente contribuyó a la publicación de este libro.

Cuando Mario escribe estos relatos tiene todavía sus recuerdos de la guerra frescos y su visión es antibelicista. El primer relato Por allí esta Carnia, es el regreso (el suyo) a pie del soldado a casa, un retorno que una vez finalizado, no concluye del todo, porque aunque el cuerpo ya esté en casa, la mente parece seguir todavía en las trincheras, entre balas y explosiones, entre cuerpos mutilados, dialogando con todos aquellos que paliaron su soledad y trabó amistad. Ir al bosque, pasar el día allá con su subeybaja será un alivio, la cura necesaria.
En Vieja América, además de ser un encarecimiento del trabajo y el esfuerzo, hace ver lo paradójico de la situación en la que unos sobrinos, americanos unos, italianos otros (con el régimen fascista) puedan acabar matándose entre ellos durante la segunda guerra mundial.
En lo más profundo del bosque es un homenaje a uno de los muchos que fueron asesinados vilmente por los fascistas de Mussolini. Aquí, Cristiano, un leñador de 18 años.
Encuentro en Polonia, en 1942 un soldado al hablar con otro hombre en su lengua sobre su casa y sus lugares comunes, convierte ese recorrido topográfico en una toma de conciencia y distanciamiento para preguntarse ¿Quiénes volverán de todos los que vamos en este tren? ¿Cuántos paisanos mataremos? ¿Y por qué?

Los relatos muestran vidas sencillas en las que no les sobra nada pero tampoco les falta, abastecidos con leche caliente, grappa, leños para resistir las nevadas, solaces horas de caza, el abrigo de la familia y los nietos, si los hubiera o la felicidad de abatir un zorro, un urogallo, unas perdices. Toda esta sencillez, ese mundo -que se rige por el devenir cíclico de las estaciones, la siega y la siembra- siempre precario, parece resquebrajarse con los emisarios de la modernidad, cuando a la montaña lleguen en tropel los urbanistas, a cazar en tromba, como un ciclón, a coleccionar simplemente cuerpos a modo de trofeos. Personajes que parecen sacados de la novela La natura expuesta de Erri de Luca. La montaña como souvenir.

Mario Rigoni Stern consigue en estos doce relatos con un lenguaje tan sencillo como directo alcanzar la emoción del lector, pues hay en todos ellos aquello que podemos llamar verdad, esa franqueza que deja fuera cualquier artificio, haciendo gala Mario de un estilo muy natural, para conseguir a través de los textos una especie de redención, como si pretendiera, y creo que lograse, cambiar la pólvora por la tinta y hacernos ver y sentir (!y de qué manera!) que la montaña y sus bosques son una especie de santuario, objeto de celebración, pues como afirma Primo Levi en el prólogo estamos necesitados de experiencias humanas, de los olores de la naturaleza y de todo su acervo, podemos añadir, y hoy en día aún más que hace cinco décadas.

VOLCANO libros. 2019. 186 páginas. Traducción de Regina López Muñoz. Prólogo de Paolo Cognetti

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