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Una trenza (Laura Ferrero)

No importa qué estés haciendo que las malas noticias te pillan siempre a traspié. Si estás en una película o en un relato de Carver, sonará el teléfono en medio de la noche. Como yo no tengo fijo y duermo con el móvil en modo avión –sospecho que es porque efectivamente he visto muchas películas y leído muchos relatos de Carver–, la noticia me pilló con la mirada fija en una bolsa de plástico llena de tirabeques.

Decía que las noticias malas te pillan a traspié. Por ejemplo, yo pensaba en qué hacer con los tirabeques que había comprado el lunes, cuando la ingresaron, porque estos días compro cosas extrañas con las que luego imagino qué puedo hacer –«Te gusta la verdura?», me dijo la frutera, y le respondí que sí porque me temo que soy de esas personas a las que es fácil, ya no engañar, pero sí llevarse al terreno de uno–. De manera que compré los tirabeques, que me miraban tristes en la nevera desde el lunes, y justo el sábado era el día en que había decidido hacer algo con ellos. Sonaba, creo, en el pequeño altavoz de color morado una canción llamada «Rose Petals». Fuera hacía sol y, como ahora todos somos artistas y hípsters desde nuestros balcones, de la calle procedía el sonido del saxo que tocaba el vecino de abajo. Continuamente, intentaba averiguar de qué canción se trataba. El estribillo me recordaba a una canción, quizás de Brian Ferry, de alguna mítica película de los ochenta en la que los personajes llevan hombreras y el pelo cardado, pero cuando estaba a punto de averiguarlo y de exclamar «vale, es esta la canción», mi vecino se equivocaba y volvía a empezar. Fue entonces cuando recibí una llamada.

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Hay que usar lo tiempos verbales con cuidado, Anne Sexton decía con razón que «Las palabras y los huevos deben ser tratados con cuidado. Una vez rotos, son cosas imposibles de reparar». Pasa con los tiempos verbales y con la vida, que cuando se resquebrajan ya no hay nada que hacer.

Así que voy a empezar diciendo que ella era la más pequeña del lugar. El segundo día en que estuvo ingresada, después de que diera negativo por aquella tos y la operación del fémur hubiera ido perfectamente, se me acercó un enfermero sonriente y me dijo «nunca he visto una señora tan entrañable como tu abuela. Nos tiene a todos enamorados. Esos ojos. Y es tan pequeña». Entonces entramos en su habitación y ella nos miró, recostada como estaba, las cánulas por las que le entraba en oxígeno, y puso los ojos en blanco porque sabía exactamente qué venía a decirle aquel enfermero tan simpático: «Le decía a su nieta la abuela tan guapa que tiene», y ella sonrió, claro, pero cuando el chico se fue, se apartó un poco las cánulas, como si fueran unas gafas de ver de quita y pon, y dijo: «Laurín, esto de hacerse viejo. Cuando me dicen que soy guapa les digo. ¡Anda ya!». Le ajusté las cánulas y le dije que hiciera el favor de no hablar tanto. Y se rio.

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Mi abuela se llamaba Elisa, Lisa la llamaba mi abuelo, y nosotros, mi hermano y yo habíamos inventado tantos nombres y motes a lo largo de los años que a la pobre la teníamos frita. Pero un alto aquí, porque los obituarios son un rollazo. Dicen cosas como «su gran pasión fue», «era reconocida por», «su compromiso a lo largo del tiempo con», «su amantísimo esposo que». A mi abuela le aburrían soberanamente las convenciones, decía lo que le parecía –especialmente en los funerales, que detestaba– y aborrecía dos cosas más: la leche y el pelo de gato. Con respeto a la leche siempre tuve mis reservas: si era solo un poquito, se la tomaba. De manera que era más manía infantil que otra cosa. Y con el pelo de gato… aquello sí era dramático. Pobre de ti si se te ocurría acercarte con un anorak de capucha peluda.

Contaba siembre esa vieja anécdota, ella en el mundo en blanco y negro de su infancia, deseando más que cualquier otra cosa poder formar parte del coro de su colegio. Y las monjas negándoselo, ya no porque desafinara, sino porque sus grititos desacompasados debían desconcertar a más de una de sus compañeras. Con el tiempo lo que ocurrió es que llegaron a un acuerdo y se convirtió en la cara visible del coro. «Tú solo mueve los labios, Elisa, que otra niña cantará detrás de ti». Así fue como mi abuela se convirtió en la protagonista del coro sin que jamás llegara a salir un sonido de su garganta. Pero su afición al canto no se quedó ahí. Mi madre, mi abuelo, sus nietos, todos fuimos testigos del afán con que trataba de cantar cualquier bolero de Nat King Cole cuando parecía que no nos dábamos cuenta.

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La llamada decía entre otras cosas de las que no me quiero acordar, que le quedaban horas, que habían empezado a sedarla y que no podríamos verla. Pero que la iban a cuidar bien.

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Las únicas tardes que pasamos en el hospital hicimos varias sopas de letras en aquella cama recostada. Le dije que seguía sin saber hacerme una trenza, de manera que dejó las sopas y me la empezó a hacer allí, yo apoyada sobre la barra metálica de la cama. La dejó a medias y me dijo que me la haría mejor en casa y por un momento empecé a pensar en aquel tiempo: subjuntivo, futuro. Pero lo dejo aquí, el pensamiento. Porque es mejor no pensar nada y no darle ideas a la realidad. Después vimos a mi madre, a su marido y a mi hermano por la cámara del teléfono y se reía, pero al poco decía «no me hagáis reír que me duele». Pero yo me vuelvo muy mentirosa en los hospitales, como si fuera un superpoder, pero al revés, y digo cosas como «verás que cuando estemos en casa te enseño lo que he aprendido hoy en yoga» o «ya en un par de días podrá venir mamá que ya no tiene fiebre», o «la semana que viene Ruth te pondrá los rulos y verás qué estupenda», incluso digo cosas más tremendas como «hasta mañana».

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Uno nunca sabe qué quiere decir mañana, porque en esta historia, mañana hubo otra prueba y esa sí dio positivo y la mujer más pequeña de la planta tercera, zona E, del hospital de Sant Pau, los ojos verdes más bonitos del hospital, se fue a otro lugar aunque nosotros ya no supimos dónde. Ahí fue cuando me compré los tirabeques que cocinaría unos días después, pensando aún en la trenza, y entonces, saqué una olla, los puse dentro, pero no encendí el fuego, y la voz de la llamada decía que podían pasar horas, o días, pero lo más seguro es que fueran horas, de manera que me senté en el sofá y puse un documental, el primero que apareció. Pensé: no pienses, y así, Yayoi Kusama: Infinito inundó la pantalla. Y me perdí ahí, sin saber qué hacer entre las redes y los puntos de aquella artista japonesa. Deseé caer en una de sus redes gigantes, que me envolviera como si fuera un mantón, despertarme en Tokyo en 1929, o desaparecer y entonces, cuando volvió a sonar el teléfono, le di al botón de pausa. En el minuto 1: 13 : 46 de un documental llamado Infinito dejaste de existir.

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Difícil saber dónde te has ido, recuerdo aquella frase que escribí yo misma en una novela cuando aún creía que las novelas podían tener ciertos efectos en la realidad. Decía: «saldremos de esta». Bueno, pues a veces no se sale. Pero yo no quiero hacer ningún obituario, no te lo mereces ni lo hubieras querido. Yo te cantaría un bolero. Solo que día a día, durante esa semana que no supimos dónde estabas, unos médicos, unas enfermeras llamaron a mi madre para darle información sobre tu estado. Mañana y tarde. Mañana y tarde. Mañana y tarde. Y sé que incluso en los últimos minutos, alguien te dio la mano. Trenzó, imagino, sus dedos con los tuyos, así que, desde aquí, quiero darle a ese alguien del que solo sé que se llamaba de diferentes maneras: Eduard, Cristina, Montse, las gracias. Gracias. Que yo confío y quiero confiar y sé que ocurre a veces: que hay otros que llegan donde tú no puedes, que se convierten en tus propias manos cuando a ti no te sirven tuyas.

Fuente: ABC Cultural

Gritar (Ricardo Menéndez Salmón)

Gritar (Ricardo Menéndez Salmón)

No había leído más relatos de Ricardo Menéndez Salmón desde que leyera en su día Los caballos azules; relatos que datan del 2005. Un par de años después Ricardo publicó en Lengua de Trapo, Gritar, colección de nueve cuentos. Ese mismo año publicó también La ofensa, novela que le abrió las puertas de la editorial Seix Barral, momento cumbre en su carrera literaria, como nos desvela Ricardo en su último libro No entres dócilmente en esa noche quieta.

Bajo el alero de la literatura caben mil mundos. Mundos de mundos. Ese parece ser el espíritu de estos relatos. El primer relato, Mi vida en llamas, me traía en mente el último libro de Ricardo, esa particular biografía paterna. En el relato un padre agoniza. Y no le dice al hijo antes de morir Más luz, sino Lee, y el vástago lee. El padre muere y el hijo sufre la pérdida paterna y una separación parejil, y a un hombre en llamas frente a él, y a su vecina desnuda tras el cristal de la escritura. Muerte y nacimiento (en camino), latiendo o expirando el unísono.

En El placer de los extraños se mezcla lo filosófico con lo fantástico y el noir para alumbrar un personaje con tirón, un tal José Mendoza. Una manera de habitar los intersticios de la historia, muy presente ésta también en otros relatos como Los ancestros y un descendiente de Pieter el Rojo, con La dormición de la Virgen como elemento fantástico y seductor. Un manejo del tiempo, elástico, capaz de replegarse, de acelerarse en uno de los mejores relatos Las noches de la condesa Bruni, texto sugerente rebosante de misterio que maneja a la perfección la expectativa del lector.

Lo prosaico, absurdo y humoroso se manifiesta en Gritar, donde una pareja encuentra en el grito, el alarido, el barritar, una comunión decibélica que los sitúa en otro estadio de la evolución al que a la palabra antecedía el gruñido, el graznido.

Ricardo recurre a popes de las letras para dos relatos. Joyce, en Hablemos de Joyce si quiere, relato impregnado de una naturaleza kafkiana, en el que Joyce aparece de refilón en una foto que sirve de reflexión para abordar el azar y la creación literaria. Para una historia privada de la literatura, con Kafka como protagonista es uno de los relatos que Ricardo mejor elabora: un tema sugerente de corte filosófico, la historia muy presente, una prosa opulenta, y el afán de tratar de sintetizar ese mundo de mundos y su construcción (también literaria) en un puñado de páginas fabulosas.

Los dos relatos más flojos me han resultado A nuestros amores -sobre la mesa la eterna disyuntiva, los miles de ramales que se abren en nuestro horizonte. Las decisiones amorosas adoptadas. Y la pregunta de si se acertó o no. Aquí resumido en un no, pero sí- y El terror. La vida sólo es soportable por el hecho de que nadie coincide con el dolor de nadie, escribió Cioran. Y así una pareja recibe a las cuatro de la madrugada una llamada de una chica que quiere hablar con su padre, pidiéndole ayuda, pues su chico acaba de morir. Una llamada sin auxilio, una llamada perdida, un dolor ajeno estéril para su interlocutor. Una correspondencia que no es tal y que por eso a la pareja no solo le resulta soportable, sino que les refuerza en su alegría, porque por esta vez, al menos, la desgraciada no es su hija, que duerme plácidamente, sustraída al terror que anida ahí fuera.

Ricardo Menéndez Salmón es uno de los cinco finalistas del VI Premio Ribera del Duero de la editorial Páginas de Espuma, con su libro “Algunas hipótesis en torno al fin del mundo”. En breve, habrá pues, más relatos de Ricardo de los que dar buena cuenta.

Ricardo Menéndez Salmón en Devaneos

Los caballos azules
La ofensa
La luz es más antigua que el amor
La noche feroz
Niños en el tiempo

El Sistema
Homo Lubitz
No entres dócilmente en esa noche quieta

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Diez planetas (Yuri Herrera)

Hasta el momento he disfrutado mucho con las tres novelas que he leído de Yuri Herrera: Trabajos del reino, Señales que precederán al fin del mundo y La transmigración de los cuerpos. Yuri no publicaba ficción desde el 2013, y vuelve a la carga con este libro de relatos titulado Diez planetas.

Son 21 relatos cortos de corte fantástico que cifran bien la inventiva del autor mexicano, en los que los terrícolas parecen ser ya solo una mota de polvo en el cosmos. Y la voz la toma por ejemplo una bacteria. Hay planetas de músculo vivo, dragones acechando convertidos en creadores dionisiacos, en cuyos ojos cabe el parpadeo de distintos mundos; monstruos haciendo arte, seres galácticos pergeñando el Quijote, casas tomadas convertidas en seres vivos, una terminología extraída del magín de Yuri. Composiciones desconcertantes, juguetonas, ingrávidas, a ratos hipnóticas, narraciones ora tediosas (que facultan el encogimiento de hombros) ora subyugantes (clamando !bendito sea el galáctico Yuri!), al margen del quicio de la razón, dejando tras de sí el fulgor nimbado de la gramática de la creación literaria, al amparo de un universo abrigador.

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Stephen Dixon (1936-2019)

Hace un par de días murió el escritor americano Stephen Dixon. Aquí hablé de su novela Interestatal y de los relatos recogidos en Historias tardías.

Extraigo un relato que siempre me ha gustado y que cada vez que lo leo me produce vértigo, como al asomarte al acantilado y sentir la presencia de la nada que te aguarda. Se titula Wife in reverse

Su esposa muere, la boca ligeramente torcida y un ojo abierto. Él golpea la puerta del dormitorio de su hija menr y dice: “Mejor que vengas, me parece que mamá se muere”. Su esposa cae en coma a los tres días de haber vuelto a la casa y permanece así once días. Celebran una pequeña fiesta el segundo día que ella pasa en la casa: salmón Nova Scotia, chocolate, un risotto que él preparó, queso brie, champán. Una ambulancia lleva a su esposa al hogar. Ella le dice: “Paséame en silla de ruedas una última vez por el jardín, antes de que vaya a la cama”. Su esposa rechaza el tubo alimenticio que quieren ponerle los médicos y pide morir en su casa. Ella dice: “No quiero más asistencia, ni líquido ni comida”. Él llama al 911 por cuarta vez en dos años y le dice a quien atiende:“Mi esposa, seguro que tiene neumonía otra vez”. A su esposa le hacen una traqueotomía. “¿Cuándo me la van a quitar?”, pregunta ella, y el doctor dice: “¿La verdad? Nunca”. “Su esposa tiene una grave neumonía”, les dice el médico, la primera vez, a sus hijas y a él, “y hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que sobreviva”. Su esposa usa ahora una silla de ruedas. Su esposa usa ahora un andador con ruedas. Su esposa usa ahora un andador. Su esposa debe usar bastón. A su esposa le diagnostican esclerosis múltiple. A su esposa le cuesta caminar. Su esposa da a luz a su segunda hija. “Esta vez no has llorado”, dice ella, y él dice: “Sin embargo, estoy igual de feliz”. Su esposa dice: “Tengo un problema en los ojos”. Su esposa da a luz a su hija. El obstetra dice: “Nunca vi a un padre llorando en la sala de partos”. El rabino los declara marido y mujer y él estalla en un llanto. “Casémonos”, le dice él y ella dice: “Estoy de acuerdo”, y él se pone a llorar. “Qué reacción”, dice ella, y él dice: “Estoy tan feliz, tan feliz”, y ella lo abraza y le dice: “Yo también”. Ella llama por teléfono y le dice: “¿Cómo estás? ¿Te parece que nos veamos y charlemos?”. Ella se despide de él en la puerta de su edificio y le dice: “Esto no está funcionando”. Él conoce a una mujer en una fiesta. Charlan largo rato entre ellos. Ella debe abandonar la fiesta para ir a un concierto. Él le arranca el número de teléfono y dice: “Mañana te llamo”, y ella dice: “Eso me gusta”. Él se despide de ella en la puerta, le da la mano. En cuanto ella se va, él piensa: “Está mujer será mi esposa”.

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Abre la puerta (Alena Collar)

Abre la puerta de Alena Collar (Madrid, 1960) publicado por Talentura, recoge 30 relatos cortos en poco más de 180 páginas.

La lectura viene a ser como un paseo por la desgracia ajena, algo parecido a Piscinas vacías de Laura Ferrero pero sin tantas dosis de dramatismo. Una desgracia ajena que siempre deviene propia. No se nos hurta la enfermedad, la muerte, los niños robados, los trabajos precarios, los sueños incumplidos, las víctimas de la violencia machista, la necesidad de abandonar un hogar, la incomprensión familiar, las consecuencias de la guerra civil… y también hay algo de luz cuando se abre la puerta a la camaradería, la amistad, el afecto.

Aquí la escritura vendría a ser como esa manguera que en manos de la escritora decide empapar al lector de realidad y lo hace con relatos que beben de lo cotidiano y lo prosaico, con diálogos que parecen sacados de cualquier patio de luces, del bar de la esquina, de la carnicería del barrio, de la charleta con un familiar, de un vagon de metro; son vidas funcionariales y experiencias tan normales como humanas a las que Alena Collar quiere dar voz y relieve; relatos cuyo planteamiento dista mucho, por ejemplo, del de las Vidas minúsculas de Pierre Michon, cuyo tono era más elevado, el lenguaje más alambicado y más sugerente su estilo; aquí hay como cierta urgencia por contarlo y describirlo todo y ahora, de llevar a cabo una taxonomía de la realidad menos complaciente, de abrir los ojos a ciertos temas incómodos que le sirvan de catarsis al lector, si bien yo prefiero huir de lo explícito, no estrangular nunca la sugerencia y finalizar los libros o los relatos como hacía Williams en su espléndido Stoner.