Archivo de la categoría: Editorial Mondadori

Estantería libros

Lecturas y editoriales

He puesto unos enlaces a las editoriales que han publicado los libros que he leído estos últimos años. Pinchando en los enlaces se puede acceder a las reseñas de los libros publicados por las mismas. Una lista que estoy seguro no dejará de crecer.

Acantilado
Adriana Hidalgo
Alba
Alfabia
Alfaguara
Alianza
Alrevés
Anagrama
Ardicia
Ariel
Atalanta
Austral
Automática
Baile del Sol
Blackie Books
Bruguera
Caballo de Troya
Cabaret Voltaire
Candaya
Carpe Noctem
Cátedra
Círculo de lectores
Cuatro Ediciones
Debolsillo
Demipage
Destino
Ediciones del Viento
Ediciones La Palma
Edhasa
El Desvelo
Eneida
Errata Naturae
Espuela de Plata
Eterna Cadencia
Eutelequia
Fragmenta
Fórcola
Gadir
Galaxia Gutenberg
Gallo Nero
Gredos
Grijalbo
Hermida
Hoja de Lata
Impedimenta
Jekyll & Jill
Kalandraka
KRK
La Discreta
La uña rota
Lengua de trapo
Libros del Asteroide
Los libros del lince
Lumen
Lupercalia
Malpaso
Minúscula
Muchnik
Nórdica
Paidos
Páginas de Espuma
Pálido fuego
Papeles mínimos
Paralelo Sur
Pasos perdidos
Penguin
Pepitas de calabaza
Periférica
Pez de Plata
Plaza Janes
Pre-Textos
Random House
RBA
Reino de Cordelia
Sajalín
Salamandra
Seix Barral
Sexto Piso
Siruela
Sloper
Talentura
Taurus
Trama
Trifolium
Tropo
Tusquets
Turner

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El principio (Jérôme Ferrari)

Con esta novela me ha pasado lo mismo que con la anterior que leí suya, El sermón sobre la caída de Roma, que no me gustó nada.

En esta ocasión Ferrari coge por banda a Heisenberg -que también aparecía en Limbo-, no el de la serie Breaking Bad, sino el famoso físico cuántico -que formularía el principio de incertidumbre-, y trata de meterse en la mente del mismo, empresa imposible que le permite a Ferrari abundar en las especulaciones e hipótesis.

Hay por ahí una novela que se llama el Enigma Heisenberg y esta novela trata de aclarar, sin conseguirlo, por qué Heisenberg cuando los nazis se aúpan en el poder y comienzan a hacer de las suyas no se exilia como otros científicos hicieron, quizás porque creía que la ciencia no tenía nada que ver con la política, y que su profesión estaba por encima del devenir histórico, lo que no impedirá que llegada el momento Heisenberg y otros científicos no quisieran colaborar en la creación de una bomba atómica que intuían los múltiples e irreparables daños humanos y materiales que podría ocasionar.

Lo interesante de la novela, y también muy manido es lo que tiene que ver con la reconstrucción histórica, sobre cómo cada uno reconstruye su pasado de tal manera que el que no fue un héroe, fue un resistente o en el peor de los casos, alguien afín al régimen nazi, pero a la fuerza, nunca voluntariamente, de tal manera que los asomos de mea culpa, ese nosotros hicimos esto o aquello, nosotros perpetramos esta barbarie o la otra -desde nuestro dejar hacer- enseguida se esconde bajo el grueso manto del olvido y la desmemoria, y al hilo de esto me gustó mucho más El comienzo de la primavera de Pron que aborda este tema de la autoimpuesta desmemoria, a mí entender con más profundidad y rigor, porque lo que Ferrari hace, lo que Ferrari demuestra, es tener muy buen olfato para buscar historias, aunque luego en la práctica esta mínima biografía ficcionada no vaya mucho más allá de ser un discurso simplón, reduccionista, que cuando da voz al joven filósofo -lo más flojo de la novela- demuestra la peor cara de Ferrari, donde va dando palos de ciego como un zahorí buscando el agua, soltando frasecitas a cuál más impactante y efectista, demostrando que este tipo de novelas -de ideas las llaman por ahí- no son más que pura pirotecnia verbal, que es indudable resultan llamativas e incluso pueden dar el pego.

Yo creo que después de esto y tras salir tres veces (Donde dejé mi alma) escamado después de leer a Ferrari, si hubiera una cuarta vez, ya sería preocupante.

Literatura Random House. 144 páginas. 2016. Traducción de Joan Riambau

Jérôme Ferarri en Devaneos | Donde dejé mi alma | El sermón sobre la caída de Roma

53 días

53 días (Georges Perec)

Georges Perec
Mondadori
Traducción: José Antonio Torre Almodóvar
1990
292 páginas

En este artículo Antonio Muñoz Molina hablaba sobre obras incompletas y fantaseaba con la posibilidad de trabajar durante años en un libro inacabado. A Georges Perec (1936-1982) la muerte le permitió que 53 días, la novela en la que estaba escribiendo, se convirtiese en uno de estos libros inacabados, abiertos.

La narración es un entramado policiaco, donde cuesta muy poco interesarse por la historia de la desaparición en la imaginaria ciudad africana de Grianta de Serval, escritor de novela negra a quien el Cónsul de la ciudad (en estado de excepción) trata de encontrar recurriendo para ello a un profesor de matemáticas, quien recibe del Cónsul un manuscrito de la novela que estaba escribiendo Serval y parece que pueda contener las claves de su desaparición.

De este modo, el narrador e investigador leerá esa novela inacabada, que le remite a otras novelas anteriores de Serval y cuyas tramas le permitirán ir atando cabos, desvelando enigmas, encontrando los juegos de correspondencias a fin de determinar si Serval está desaparecido y es suyo el cadáver más tarde encontrado o si el Cónsul se la ha jugado o si hay incluso una organización criminal detrás moviendo los hilos. Una investigación que le permite al narrador-investigador-lector a través de sus lecturas pergeñar una suerte de microensayo sobre cómo escribir novela negra.

Como lectores estamos a expensas del descubrimiento de nuevas pistas, y la historia se va embrollando cada vez más, a medida que el narrador descubre que esos 53 días del título son un homenaje a los días que necesitó Stendhal para escribir La Cartuja de Parma, novela que tiene mucho que aportar a lo que sucede.

Esta novela me lleva a preguntarme en qué medida un libro no deja de ser un texto codificado, de tal modo que a través de la lectura, de la descodificación, cada lector irá alcanzando un conocimiento distinto de la misma y cuánto de lo que un escritor despliega y empeña en su novela llega realmente a captar el lector, si entendemos la literatura como un todo, donde la imposibilidad de leerlo todo, convierten cada lectura, esta todavía más, en una imposibilidad, al tomar consciencia de cómo se nos escapan como arena entre los dedos, infinidad de juegos, chistes privados, referencias, correspondencias…

Elvira Navarro

La trabajadora (Elvira Navarro)

Elvira Navarro
Ramdom House
2014
157 páginas

Leí recientemente un par de novelas de Albert Cossery y en ellas sus personajes aspiraban a no tener nada, a no atarse a ninguna ambición, a ningún sueño de autorrealización personal. Un libro como este de Elvira Navarro (Huelva, 1978), va precisamente en la dirección contraria. Aquí sus personajes y la inmensa mayoría de los que aparecen en las novelas de los escritores españoles de unos cuarenta años, buscan progresar, medrar, alcanzar una estabilidad, triunfar y si no lo consiguen se frustran, patalean, lloriquean, se deprimen, se trastornan, se aniquilan y aniquilan todo cuanto tienen a mano, así Elisa, así Susana. La segunda quiere que le coman el coño un día de luna llena que tenga la regla. Así comienza el libro, lo cual de entrada ya repelerá y atraerá a los lectores a partes iguales. O no. El sexo bizarro da paso a los devaneos, neuras y trastornos mentales de dos mujeres que lidian con su día a día como pueden; una, Elisa, buscando algo de estabilidad en su trabajo como correctora externa en una editorial, ante la perspectiva de un ERE que la ponga de patitas en la calle, cobrando mal y tarde, y la otra, Susana trabajando como teleoperadora, realizando en su tiempo libre collages, que llamen la atención de alguna galería que la lance al estrellato. Entre medias, mucho recorrido por Madrid, no la ciudad que uno recorre desde la azotea de un autobús turístico, sino esos barrios periféricos, que Elisa recorre como una forense urbanística. No siendo de Madrid, estos deambulares de Elisa no me dicen nada y me recuerda también a cierta geografía urbanística que asomaba en Ejército enemigo de Olmos. En el libro, y dado los tiempos que corren, internet está muy presente, tal que al llegar al hogar los personajes ven si tienen mensajes en sus correos, en sus muros de Facebook, buscan cualquier información sobre cualquier persona en la red, buscando el rastro de antiguos compañeros de colegio o instituto (como también hacía el protagonista de Divorcio en el aire localizan un local merced a Gogle Street View o habla acerca de la influencia o papel (nulo) que los blogs literarios tienen en la venta de libros, según refiere la jefa de Elisa, lo cual me lleva de nuevo a Olmos a y su Alabanza, donde su protagonista, a la sazón escritor, se pasaba más tiempo siguiendo el rastreo de lo que se decía de su libro en las redes sociales, que escribiendo. Me ha gustado más la primera parte, la de Fabio, más aguda y filosa, que todo lo que lo sucede, donde todo se va a apagando poco a poco hasta el postrero OFF. No porque la cámara que registra los encuentros de Elisa se quede sin batería, sino porque la historia, con curación mediante o no, para mí languidece sin remisión desde que Elisa y Susana comparten techo y preocupaciones, y entonces, cualquier interés hacia la novela, se ve centrifugado hacia otros territorios, otros pensamientos, otros derroteros.
La trabajadora me ha gustado algo más que La ciudad feliz, pero no sé si lo suficiente como para acometer su inminente Los últimos días de Adelaida García Morales.

no_derrames_tus_lagrimas_por_nadie_que_viva_en_estas_calles

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Patricio Pron)

Patricio Pron
Mondadori
2016
348 páginas

Como ya hizo Patricio Pron en la muy notable El comienzo de la primavera, en esta novela de título fatigante -No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles- reflexiona acerca de cómo gestionamos la memoria. Si en aquella novela un profesor universitario, un tal Martínez se trasladaba hasta Alemania empeñado en encontrar respuestas a los actos deleznables perpetrados por los alemanes afines al régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, focalizadas todas las preguntas en la figura de Hollenbach, un huidizo filósofo, aquí el fascismo, en este caso italiano, está de nuevo presente. Un fascismo en su vis literaria, perpetrado por un grupo de literatos, que mediante el futurismo ambicionan convertir la vida en arte, lo estético en político, una política fascista que a efectos prácticos producirá sufrimiento y muerte, entendida ésta como un acto higiénico.

Parte de la narración es el sumatorio de entrevistas que un tal Linden realiza entre 1977 y 1978 a algunos de los asistentes al Congreso de Escritores fascistas europeos que se lleva a cabo en abril de 1945. Un cordel del que Linden va tirando hasta llegar al meollo del asunto; conocer la vida de uno aquellos escritores, Borrello.

Si todo lo que han referido los escritores fascistas en sus declaraciones a Linden (perteneciente a un grupo terrorista de extrema izquierda, que sería encarcelado, y se vería envuelto en la investigación que trató de dilucidar el el secuestro y asesinato de Aldo Moro) es palabrería, cháchara ideológica, huera e insustancial, sin embargo cuando la narración desgrana la existencia de Borrello, los momentos en los que éste se encuentra huido en la montaña, en octubre de 1944, y salva la vida a un partisano, un tal Linden (el padre del entrevistador), a quien cura sus heridas y luego alimenta, vemos como lla ideología fascista se pliega a la acción buenista. El otro, el enemigo (configurado así por el Lenguaje), pasa entonces a ser un humano a quien ayudar y salvar.

La narración, tras darnos a conocer la obra de Borrello -plasmada en poemas, obras de teatro, relatos, volúmenes con cartas de rechazo de sus publicaciones y un buen surtido de obras experimentales, que acabarán empleando lo escrito como soporte y materia prima para sus propósitos, ejerciendo entonces más de director que narrador, convertido el autor en obra- finaliza en 2014, donde la narración la retoma el nieto de Linden, en un escenario milanés donde hay movimientos okupas, huelgas y algaradas y violencia en las calles con la autoridad poniendo orden con zumo de porra y los belicosos manifestantes mostrando los dientes. Ahí está el joven T. ante su momento decisivo, ese que permite aunar las convicciones con las acciones, ese momento que es pura acción y que tiene más de explosión que de postración; un momento primordial que cierra y repliega una novela caleidoscópica y brillante, pródiga en hallazgos, que ofrece interesantes elementos ensayísticos de reflexión, no sólo sobre lo que entendemos por creación literaria, sino sobre todo aquello que nos atañe: el sentimiento de culpa, el peso de la memoria, las emboscadas del lenguaje, el empleo de la violencia (re)generacional reactiva como un ejercicio defensivo, la lucha contra los totalitarismos reconvertidos en imperativos económicos, el deseo adolescente de partir de uno mismo, etc.

Leyendo la novela tengo la sensación de que Pron emplea la literatura para poner orden, para ralentizar un mundo que vemos desde la ventanilla de un tren que va por vía rápida, una novela que actúa ante las limaduras de la historia como un imán, con el empeño de buscar un significado, de querer saber, de querer entender, y quizás ese empeño de Pron esté presente en todos sus libros, y así todos sus libros sean el mismo libro; abrumadores e inteligentes.