Archivo de la categoría: Editorial Alfaguara

Laura Ferrero

Piscinas vacías (Laura Ferrero)

Cuando te tiras de cabeza en una piscina vacía tienes todas las de perder. Cuando coges un libro que es un cascarón vacío tienes todas las de perder. Cuando un libro comienza ya en parada cardiaca y cada nuevo intento de reanimarlo, cada relato sucesivo no hace otra cosa que demorar la agonía, tienes todas las de perder. Cuando coges un libro y a falta de faja o de recomendaciones de otros escritores para leer el libro que tenemos entre manos, la editorial, en este caso Alfaguara, tiene que recurrir a frases como estas: Vale la pena, !Un libro fascinante!, Muy recomendable, Extrema sensibilidad. Como la vida misma, breve pero intenso, cuando leemos sentencias de este pelo, decía, que son las opiniones de lectores que puntuaron con cinco estrellas este libro, que la autora, Laura Ferrero, se autopublicó en megustaescribirlibros.com con tan buena acogida que más tarde Alfaguara decidió incorporarlo a su catálogo, me asaltan todas las dudas del mundo.
Lo he acabado por inercia.
No encuentro literatura en ningún relato, más bien es un folleto publicitario plagado de separaciones, divorcios, infidelidades, niños muertos, intentos de suicidio, niñas muertas, ancianos teleasistidos tirados por los suelos: todo un cúmulo de fatalidades ante las cuales el lector debería implicarse, desgarrarse por dentro, verterse en lágrimas, arrancarse la piel a jirones. Pues no. Nada de esto me sucede porque todas las historias y conflictos se agotan en el título, en la frasecilla lapidaria, sobre la que crecen -es un decir- los relatos, que abundan en lo tópico y manido, con unos personajes emborronados, de nula entidad, que se ven obligados a decir algo para saber que son humanos y no ositos de peluche, y cuyos problemas son casi los mismos en todos los relatos. ¿Cuántas historias de infidelidades hay? ¿Cuántos matrimonios rotos?. Podemos decir. “Es que esto que nos cuenta Laura está a la orden del día”. Sí. Pero abordar lo cotidiano no garantiza nada cuando se hace de una manera tan epidérmica y tan insulsa.

Si un libro de estas características abre la puerta a otros productos similares, tenemos todas las de perder, cuando hablamos de literatura, porque hablamos de literatura y no de productos.

Una amiga comentaba el otro día en GR “a todos nos iría mejor si la gente fuese más lectora y menos escritora“.

Pues eso.

Alfaguara. 2016. 197 páginas.

Estantería libros

Lecturas y editoriales

He puesto unos enlaces a las editoriales que han publicado los libros que he leído estos últimos años. Pinchando en los enlaces se puede acceder a las reseñas de los libros publicados por las mismas. Una lista que estoy seguro no dejará de crecer.

Acantilado
Adriana Hidalgo
Alba
Alfabia
Alfaguara
Alianza
Alrevés
Anagrama
Ardicia
Ariel
Atalanta
Austral
Automática
Baile del Sol
Blackie Books
Bruguera
Caballo de Troya
Cabaret Voltaire
Candaya
Carpe Noctem
Cátedra
Círculo de lectores
Cuatro Ediciones
Debolsillo
Demipage
Destino
Ediciones del Viento
Ediciones La Palma
Edhasa
El Desvelo
Eneida
Errata Naturae
Espuela de Plata
Eterna Cadencia
Eutelequia
Fragmenta
Fórcola
Gadir
Galaxia Gutenberg
Gallo Nero
Gredos
Grijalbo
Hermida
Hoja de Lata
Impedimenta
Jekyll & Jill
Kalandraka
KRK
La Discreta
La uña rota
Lengua de trapo
Libros del Asteroide
Los libros del lince
Lumen
Lupercalia
Malpaso
Minúscula
Muchnik
Nórdica
Paidos
Páginas de Espuma
Pálido fuego
Papeles mínimos
Paralelo Sur
Pasos perdidos
Penguin
Pepitas de calabaza
Periférica
Pez de Plata
Plaza Janes
Pre-Textos
Random House
RBA
Reino de Cordelia
Sajalín
Salamandra
Seix Barral
Sexto Piso
Siruela
Sloper
Talentura
Taurus
Trama
Trifolium
Tropo
Tusquets
Turner

Manuel Rivas

Las voces bajas (Manuel Rivas)

Manuel Rivas
208 páginas
2012
Alfaguara

Sea la literatura un eco, un eco de voces en sordina; voces que nos cuentan anécdotas, vivencias; voces humorosas, melancólicas, que nos retrotraen a la España del franquismo, donde el narrador entrevera sus recuerdos escolares (los castigos físicos como plan pedagógico, o excursiones para ir al bar a ver un combate de boxeo, liderados por su profesor) con los familiares (un padre albañil y con vértigo que odia las multitudes, una madre lectora absorta no sólo en las vidas de los santos, una hermana anarquista y libertaria, a la que le dolía el mundo…), con las pérdidas irreparables que la edad o el cáncer arrebatan; momentos de la infancia en un paraíso inquieto, un paraíso donde los caballos de colores comían espinas, un paraíso duro, donde las mujeres jugaban al fútbol y sus manos eran devoradas por la sosa, con hombres taciturnos y a ratos alegres, animososos por el fútbol, por la música; derrotas cifradas en la entrega paterna de un precioso saxofón a alguien a quien le hace más falta, un narrador que sigue el consejo de su madre una noche en la que al llegar su padre a casa empapado, ésta le recomienda a su hijo que se busque un trabajo en el que no tenga que mojarse, unas palabras que como sucede en El perdedor de Bukowski le llevan a su destinatario a pelear desde entonces, no con los puños, sino con las palabras, contra el carro de una máquina de escribir.

Los últimos capítulos están dedicados a la materialización de la carrera de escritor de Manuel Rivas, primero con unos poemas que le permiten acceder a trabajar como meritorio en el periódico el Ideal y más tarde realizando unas prácticas en TVE, un Rivas que mientras estudia periodismo en la facultad, al entregar una redacción, su profesor le reprocha que aquello no era periodismo, que era literatura. Rivas escribiría años después el estupendo El periodismo es un cuento, donde abordaría esta cuestión.

Rivas tiene un estilo propio, reconocible, y ese manoseado realismo mágico que se le achaca, quizás sea la manera que tiene él de mirar; una mirada sensible, prolija, poética, que no rehuye la magia de las cosas, una magia que es eso que está ahí y que no vemos: el envés de las cosas, su entraña.

El libro ahora ya cerrado, da paso a otras voces, a unas risas libres, de mujeres, ora su madre, ora su hermana, que resuenan por los campos vacíos, que la memoria y la escritura de Rivas reverdecen.

Thomas Bernhard

El malogrado (Thomas Bernhard)

Thomas Bernhard
Alfaguara
1998
168 páginas
Traducción: Miguel Sáenz

De la misma manera que hay autores que tratan de ganarse al lector, otros como Thomas Bernhard (1931-1989) parece que hacen lo imposible por crear un muro de palabras que hagan imposible la empatía con los personajes que aparecen en la novela.

“Tu nacimiento fue un error repáralo”, se decía en la novela de Juan Goytisolo Señas de identidad. En esa reparación se mueven los personajes de la novela: Glenn, Wertheimer y el narrador. La reparación pasa por el suicidio del primero (un suicidio que también lleva a cabo otro de los personajes de Bernhard:Roithamer en Correción). Un suicida que siempre se verá amenazado por sí mismo. De los tres amigos, los tres virtuosos pianistas. que se conocieron y hermanaron en su años de juventud bajo las clases magistrales de Horowitz, Glenn alcanzaría fama mundial y Wertheimer y el narrador quedarían orillados de la Gloria ajena, convertida en un tolva capaz de moler los sueños, esperanzas e ilusiones de cualquier artista, en esa pugna siempre cruenta entre el (presunto) talento y la Gloria.

Glenn muere de forma natural. Y Wertheimer a los 51 años, hastiado e infeliz se suicida.

“sobrepasado los cincuenta, nos parecemos viles y faltos de carácter, pensé”.

El suicido de Wertheimer, por ahorcamiento, acontece cerca de donde vive su hermana, a fin de destrozarle la vida un poquito más. El narrador, enterado de la muerte de su amigo se acercará hasta el lugar de los hechos y llevará a cabo una reconstrucción de la vida de Wertheimer y también de la suya y ahí veremos como ya desde el primer día Glenn calaría a Wertheimer a quien apodó El malogrado. Lo cual acabó siendo. Palabras mortales, dice Bernhard.

Bernhard (cuya vida fue un rosario de médicos y hospitales) fustiga al lector y emplea para ello un lenguaje duro, donde una y otra vez habla de aniquilación, de odio, de repulsión, de envilecimiento, de destrucción. La ciudad de Salzburgo, al igual que en El origen, se nos presenta como una belleza podrida, Viena también lo es; el hediondo Catolicismo y el Socialismo son dos plagas, los restaurantes austriacos son asquerosos y están mal ventilados, los hoteles están sucios y la gente del pueblo está atontada, el campo es aborrecible para alguien que viene de una ciudad y vivir es un sufrimiento diario para Wertheimer porque nadie le preguntó si quería estar aquí.

“Los padres saben muy bien que prolongan en sus hijos la infelicidad que son ellos mismos, actúan con crueldad al hacer niños y arrojarlos a la máquina de la existencia”

El trío tiene un denominador común: su afán por desaparecer, por ocultarse y permanecer recluidos. Glenn lo consigue en Canadá. Wertheimer solo descansará cuando se quite la vida y el narrador, dejará Austria para encontrar cobijo en Madrid, en donde entre sus paseos por El Retiro y sus visitas al Lhardy parece ser que lleva una vida placentera. Tras la muerte de Wertheimer, el narrador trata de dar con los papeles del difunto, esos papeles, que perpetró durante décadas y cuyo autoFahrenheit 451 parece ser la chispa previa a su postrera combustión y apagón final.

Bernhard especula sobre las posibilidades causa efecto, sobre aquello que hubiera pasado si hubiéramos hecho esto o aquello, tal que quizás Wertheimer no se hubiera suicidado si su hermana (de cuya férula ésta logra escapar, esposándose con un suizo) no lo hubiera abandonado, o si Glenn no hubiera sido tan buen pianista, haciéndolo a él de menos, o si… En fin de cuentas todo son especulaciones, papel mojado, porque si nacer ya fue un error, que la muerte sea un malentendido o no, nada importa.

La lluvia amarilla

La lluvia amarilla (Julio Llamazares 1988)

El despoblamiento de las zonas rurales es un hecho consumado. Según el INE en España se cifran en 2900 las aldeas abandonadas.

Andrés el protagonista de la novela vive en Ainielle, una aldea del pirineo aragonés, en la cual todos sus habitantes o se han ido a vivir a otra parte, buscando un futuro mejor o han sido ajusticiados por el paso del tiempo.

Ainielle sobrevive acompañado de Sabina, su mujer, y de su perra. Cuando Sabina se quita la vida Andrés decide resistir en el pueblo. Una hija del matrimonio murió de niña, otro hijo murió en el frente durante la guerra civil y el tercero se fue a vivir fuera y misivas aparte, nunca más se supo. Así las cosas, Andrés quiere recibir a la muerte en el pueblo que le vio nacer y en el que ha residido toda su vida.

Ante la inminencia de la parca, Andrés, el último superviviente de Ainielle, acompañado de su fiel perra, hará un ejercicio de memoria, acerca de lo que ha sido su vida hasta entonces, hasta arribar a su situación actual, equiparable a la de un perro sarnoso, solitario, que se recrea en su silencio y en sus recuerdos, ante una lluvia amarilla que lo va borrando todo, toda vez Andrés sea ya casi todo pasado arrumbado y el futuro apenas un leve parpadeo en una vela que tremola y corre el riesgo de apagarse en cualquier momento.

Llamazares autor de la novela, también nació Vegamián pueblo que sería destruido y obligaría a Julio a mudarse con su familia a Olleros de Sabero.

La novela es un fiel reflejo de lo que supuso el despoblamiento rural, el devenir de esas aldeas, de casas abandonadas, sepultadas bajo la nieve o bajo la vegetación que las iría devorando, hasta hacerlas desaparecer.

El grito de Andrés es un grito, estéril, a la desesperada, porque una vez que el muera, Ainielle también será borrado del mapa, y los que alguna vez la visiten, si es el caso, apenas verán algo más que algunos piedras, tejados derrumbados, tumbas cubiertas de ortigas.

Plausible y emotivo (que no sentimentaloide) es el intento de Llamazares de dar voz a aquellos a quienes a pesar de las circunstancias hicieron de su vida un ejercicio de resistencia, de lucha, de memoria, antes de desaparecer. Dado que con su desaparición física no solo moría un ser humano, sino también una forma de vivir.