Archivo de la categoría: 2012

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Los inmortales (Manuel Vilas)

Anoche tuve un sueño. Al despertar lo había olvidado, aunque no del todo. Soñé que leía una novela de un tal Vilas, un libro raro de cojones, con una calavera en la portada. Allí aparecían Hitler, Franco, Juan Carlos I, Robespierre, Tosar, Stalin, Annie Ernaux, Joyce, Lorca, Chávez, entre otros y me descojonaba y me merendaba al tiempo que leía una torrija y a poco la diñaba ante el nobelado Vilas en el espacio cómico y yo empecinado dispuesto al sacrificio dándole a un segunda torrija al vino, jugandómela por ende a la ruleta rusa golmajera y cogiendo el punto, mientras la procesión iba por dentro, esto es un decir, puro oportunismo, porque la prístina verdad era que me estaba partiendo el eje, gozando, con los pasos que iba dando en el vacío y en el vicio farandulero el de Barbastro y a falta de saetas yo clamaba !Jodido Vilas! !Jodido Vilas! !Jodido Vilas! clamor interno que era un flujo de inconsciencia, la de leer a Vilas y su luminoso regalo, y tuve que apartarlo de mí, el libro, pues andaba con vértigos de tanto vaivén y fijar entonces los ojos en la pantalla del televisor en donde otro inmortal formulaba preguntas a un tipo que no se le parecía en nada, pero que era clavado a Excelso Castro, y tras coger algo del aire nuestro que estaba en los cielos, grises como sudarios y cargados de nubes como ubres, necesitadas de ser ordeñadas, veía al punto llover a mares, los canalones haciendo horas extra y 214 páginas me parecían brumosa e insensatamente insuficientes, y ya estaba volviendo a la desquiciada y delirante novela cuando recibí la visita de mi vecina que se interesaba por sus torrijas. Ya en la sala de estar fijó su mirada, no sé si acariciando o arañando el tejado a dos aguas que simulaba el libro abierto sobre el sofá. Con qué andas, preguntó. Vilas, respondí. Qué tal. Bien, divertido, entretenido, valga la redundancia. No son lo mismo, replicó airada. !Joder, con la filología hemos topado! me revolví. Me dejó con un adverbio (al vino) en la boca y salió dando un portazo. Volví al libro, leí algo de Los lunes al sol. Yo leía un jueves, santo, para más señas y el sol brillaba por su ausencia. Leí algo del día de una bestia, eché de menos a Angulo, me vi en la Gran Vía, con los ojos bien abiertos, vacía. Sonaban canciones en mi cabeza, al leer pasaban fotogramas en aluvión, se mezclaban fechas, lugares, personajes, todo era ya vórtice, remolino, frenesí, el punto ciego de la imaginación convertido en luz cegadora, la historia de la humanidad un interruptor y sobre el mismo un dedo y. Anoche tuve un sueño. Cuando desperté, Los inmortales todavía estaba allí, en la mesilla, de noche, creo.

Diario-de-1926

Diario de 1926 (Robert Walser)

Un año antes de ingresar en un sanatorio mental Robert Walser pasa a limpio este borrador, que no verá publicado en vida. La Uña Rota lo recupera con traducción de Juan de Sola Llovet (ganador del XXI Premio de Traducción Ángel Crespo). El diario de 1926, es una novela breve en la que Walser irá hablando de una cosa y de la otra, sin orden ni concierto, pero dejando caer algunos interesantes pensamientos como estos:

…aunque no bien nos encontramos en sociedad o nos dedicamos a la cultura, todos somos vanidosos sin excepción, pues la cultura misma, qué duda cabe, no es más que la encarnación de la vanidad, y debe serlo, y quien renuncia por completo a ser vanidoso, o bien está perdido, o bien se ha abandonado.

Creo que para completar lo que es real es necesario persuadirse o imaginarse de vez en cuando alguna cosa; en otras palabras, nuestras fantasías son tan reales corno lo son nuestras otras realidades. El sentimiento no es menos real que el intelecto.

La novela está impresa con el sello de la indefinición y viene a ser como una charla con un amigo, donde se irá saltando de una cosa a la otra, sin concretar nada en realidad, ensimismado Walser en unos cuántos circunloquios, en los que emplea ese yo al que tanto apela, para ocultarse, como si este texto fuese también un artefacto micrográmico inexpugnable en el que la mejor forma de ocultarse fuese la autoficción.

Robert Walser (1878-1956), aquel escritor, aquel poeta que como recogía en su título el libro de Jaime Fernández, prefería ser nadie.

…por atreverme a ser poeta, pues ser poeta significa nada más y nada menos que ser el mueble más inútil e inservible que uno pueda imaginar.

La Uña Rota. 2012. Traducción de Juan de Sola. 80 páginas.

Robert Walser en Devaneos

El paseo
Jakob von Gunten

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El capote (Nikolái Gógol)

Sírvame este relato corto para darme a conocer a Nikolái Gógol (autor ruso que murió a los 43 años), cuyas Almas muertas siempre están ahí desde tiempo ha en mi porvenir lector.
Esta narración corta supone una crítica contra una sociedad burocrática y funcionaril donde algunos viven a cuerpo de Rey sin dar un palo al agua, mientras que otros, como el pendolista protagonista recibe muy magro reconocimiento para su excelsa labor como escribano. Oficinista gris que me recuerda en su oficio, estoicismo y renuncia a Bartleby.
La historia es tan sencilla de referir como explicitar de qué manera le cambia al protagonista la vida algo tan simple como una prenda de vestir. Aquí un capote. Parece algo trivial, pero no lo es, porque una prenda de abrigo en Rusia con sus rigores (mortis) climatológicos puede suponer, y de hecho supone, una frontera entre la salud y la enfermedad, o ya a mayores, entre la vida y la muerte, como se verá.
A la crítica social terrenal se añaden luego elementos fantásticos de ultratumba, cuando media el arrepentimiento, tarde ya.
Relato muy disfrutable que se lee en un pispás.

Nórdica Libros, 2012, 104 páginas, traducción de Víctor Gallego Ballestero, ilustrado por Noemí Villanueza

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Goethe se muere (Thomas Bernhard)

Tenía sincio de Thomas Bernhard, así que nada mejor que quitarme la gusa echando mano de algún libro suyo. Tiempo llevaba queriendo leer Goethe se muere que reúne cuatro relatos que ofrecen más de lo mismo, pues no hay muchas novedades para aquel que conozca al detalle la obra de Bernhard y haya leído al menos sus relatos autobiográficos, pues sus invectivas contra su familia y contra Austria no son nuevas.

El relato más original, por quedar fuera de esa vorágine de abyección, vileza y aniquilación a la que Bernhard nos subsume, se me antoja el relato que principia el libro Goethe se muere, título que destripa el relato. Goethe se muere y antes de palmarla quiere tener a su vera a Wittgenstein. Un encuentro que no llegará a materializarse. Goethe murió el 22 de marzo de 1832, Wittgenstein el 29 de abril 1951. Bernhard juega pues con distintos planos temporales. Vemos como Goethe vive no sabemos si abrumado o henchido como un pavo real, por el peso de su fama, de su grandeza, la cual disfrutaría en vida, no a toro pasado – recibiendo sacas llenas de cartas de sus admiradores que van a la chimenea y le permiten calentarse por la cara-, como les ha sucedido a la mayoría de los artistas, sean escritores, pintores, o escultores, que como Cervantes malvivieron en vida y los dedos rosados de la Fortuna no llegó nunca a acariciarlos, sino más bien el hocico de la miseria. Vemos la competencia con Schiller, aquel que podía haber plantado cara a Goethe, el cual murió el 9 de mayo de 1805, bastante antes que Goethe y mucho más joven. Además de llevarnos a pensar sobre cómo sería la relación entre dos monstruos como Goethe y Wittgenstein en el caso de que hubieran podido verse finalmente las caras –el relato propone que ambos son coetáneos-, más interesante me resulta el final, pues a menudo esas frases que corren de siglo en siglo hasta hoy en día, como ese “Más luz”, con el que parece que Goethe se fue de este mundo, pudo no ser así, y cambiando simplemente una letra por otra de una misma palabra, una aliteración genial, por otra parte, podemos pasar de la luz a la nada sin despeinarnos.

El segundo relato, Montaigne, es donde más reconozco a Bernhard. El que haya leído los Relatos autobiográficos del austriaco ya sabe el fervor que este sentía por el ensayista francés. El relato es como ir espigando momentos de esa autobiografía con el lenguaje marca de la casa, donde un niño, se ve aniquilado, ultrajado, por sus padres, a quienes detesta y aborrece, padres que desde pequeño lo machacan con sus órdenes, sus directrices, sus mentiras, su hipocresía y lo más doloroso: su empeño en que el Bernhard niño no pise la biblioteca, que no se contamine éste con los libros, con los de filosofía en concreto. Sabemos que una prohibición actúa en el cerebro de un niño como un imperativo, no para no hacer, sino para hacer. Así que el niño, lee y descubre la literatura, descubre la filosofía, descubre el amor por el saber, descubre a Montaigne, descubre sus ensayos, sus tentativas vitales y pasa entonces a ser Montaigne su brújula y toda su familia, una familia que nada tiene que ver con la suya, aquella que tanto detesta y aborrece.

En Reencuentro, Bernhard sigue en la misma línea que el relato anterior y aquí la queja es dual. La que manifiestan dos jóvenes que se ven las caritas pasadas dos décadas, para quienes sus casas -opinión compartida-, fueron cárceles, prisiones, campos de exterminio, La Casa de los Muertos, en donde van a ser aniquilados a no ser que cojan las de Villadiego lo más pronto posible. De fondo las montañas, odiosas por supuesto, tanto como las excursiones familiares a la montaña, dos al año y los cuadros paternos sobre la montaña, y la cítara, la trompeta, el piolet, la vestimenta roja en la montaña, buscando la tranquilidad en la montaña y sembrando en sus hijos la intranquilidad, en la montaña. Un día a día que viene a ser para Bernhard un ochomil sin agua, alimento, ni bombona de oxígeno, ante una madre severa, dura, indiferente y pegadora y un padre duro, despiadado, severo e impertérrito que deja hacer, deja atizar a su carnal. Cabe cuestionarse en qué consiste la educación, pues en el caso de Bernhard convertirse en un réplica de su padre, le asquea, pues su anhelo es precisamente ser radicalmente diferente a su padre, perderlos de vista, al padre y a la madre y no dejarse seducir pasados/posados los años, por los cantos de sirena de un sentimentalismo falso y mendaz como en el caso de su interlocutor, el cual afirma ya al final no recordar nada, quizás como otra forma de romper los lazos, el lastre de la infancia, nada arcádica para esta pareja de amigos, ahora adultos.

En Ardía, Bernhard pone voz a un fulano que está vagando por el mundo desde hace cuatro meses y al tiempo que viaja echa pestes de la Iglesia aniquiladora del Buen Dios. A la gente no se le puede ayudar, dice. Así que pasa del mundo y se retira dentro de sí mismo, al tiempo que nos dice algo que ya sabemos porque lo hemos leído en otros libros suyos, a saber, que Austria es aborrecible, el país más odioso y ridículo. Algo parecido, pero más suave dirá de Noruega, de los noruegos, de Oslo, de su mala comida de su gusto artístico execrable…

Bernhard en estado puro.

Cuando tenga de nuevo mono de Bernhard seguiré con Hormigón, o con cualquier otro. Sobre la marcha.

Alianza. 2012. 120 páginas. Miguel Saénz.

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Corrección
El malogrado
Tala
Relatos autobiográficos:
El origen
El sotano
El aliento
El frío
Un niño

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La hierba de las noches (Patrick Modiano)

Esta es la tercera novela que leo de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt), después de Accidente nocturno y Un circo pasa y siempre tengo una sensación parecida. Cuando comienzo sus novelas éstas me parecen anodinas, triviales, banales, monótonas y luego poco a poco voy reconociendo el estilo del autor francés: historias donde no sucede nada aparentemente llamativo, ni grandilocuente, donde la historia no reviste una gran complejidad, y lo que hay es una narración leve, liviana, amena, y a ratos divertida. Me sucede leyendo a Modiano lo mismo que experimento leyendo a Enrique Vila-Matas, que en sus historias encuentro siempre algo que acaban interesándome, atrayéndome, captando mi atención, en definitiva.
Aquí la historia es desentrañar un misterio, de la mano de un escritor un tal Jean, que en su día, hace casi medio siglo, conoció a una joven, Dannie. A Modiano le interesa cómo gestionamos el pasado y el presente, Cómo el pasado es un lenguaje en clave que solo puede ser descifrado transcurrido unos años. Así, Jean, el protagonista de la novela irá transmitiendo mensajes en morse como dice él que más tarde, décadas después irá comprendiendo, envuelta la narración en un velo de novela negra, con dos muertos sobre la mesa.
Si en otras novelas lo que se hace es es contarlo todo y apabullar al lector con múltiples datos y detalles de la vida de los personajes, Modiano hace lo contrario, porque sus novelas son cortas, no hay mucha paja, el narrador es tímido, pregunta poco, y cuando pregunta no obtiene respuesta, así que decide preguntar menos y observar más. En su mirar registra y anota la ciudad de París, cómo ésta va cambiando, mudando la piel a medida que se van cerrando los locales, y comercios, clausurando ciertos edificios y construyéndose otros, una geografía urbana que a Modiano creo que le interesa especialmente.

Anagrama. 2012. 167 páginas. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.