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Lista de locos y otros alfabetos (Bernardo Atxaga)

A finales de 2016 releí Dos hermanos y disfruté tanto como la vez primera vez, dos décadas atrás. En marzo del año en curso, me vi beneficiado de unas cuantas horas de solaz librescas con Horas extras, reeditado por Hurtado & Ortega. En mayo releí, en este caso, Esos cielos (1996) y poco después de su lectura arribé a la conclusión de que El hijo del acordeonista (2004), leído la semana siguiente, era un novelón. En estos devaneos librescos Bernardo Atxaga es el escritor al que más tiempo voy dedicando este año. Los libros aquí mentados no son nuevos, lo último publicado por Atxaga en el territorio de la novela fue, NARP. El caso de Felisa Rodríguez (puede leerse aquí), son antiguos o reediciones, muy oportunas tanto la de Hurtado & Ortega, como esta que nos ocupa, Lista de locos y otros alfabetos, publicado (y prácticamente inencontrable) en 1998 en Siruela y recuperado felizmente ahora por Xordica.

Son dieciséis alfabetos los aquí recopilados, que aparecieron en su día en otros medios: El País, El Mundo, jornadas literarias para “Ejercicios de estilo”, Cuentos de fútbol, revista Zehar, etc. Atxaga advierte en la Addenda de que los textos han sido corregidos y transformados para la ocasión, lo cual no evita, aunque resulta comprensible cuando el arco temporal de la escritura es tan amplio, que uno advierta al menos tres reiteraciones. La edición de Xordica es estupenda, si bien choca ver ahí escrito Lecioncilla en el título de uno de los Alfabetos, y más tarde leccioncilla, o Lichtenberg, escrito una vez con “n” y otra con “m”, así como algún “que” sin acentuar, o algún error de concordancia en cuanto al número, pero bueno, peccata minuta, nihil obstat.

«Dicen que los monjes de hace ocho o nueve siglos debían enfrentarse a públicos lejanos, a veces hostiles, reacios siempre a marchar tras los pasos de una demostración teológica o de una condena moral, y que de esta dificultad y de la necesidad de vencerla surgieron los Alphabeta exemplorum. Se trataba de que el peso de los discursos estuviera bien repartido, y de que cada una de las veintitantas letras del alfabeto correspondiente arrimara su diminuto hombro y contribuyera a llevar la carga: que la A demostrara la existencia del Alma, por ejemplo; o que la B tuviera a bien hablar de san Basilio (…). Cuando uno de estos Alphabeta exemplorum llegó a mis manos, yo ya estaba preparado para entender de qué servía aquel artilugio verbal (…). Decidí, pues, sin apenas dudarlo, apropiarme del método (…); pasó un año, y ya llegaban a la decena los alfabetos que habían salido de mi mesa para ser leídos o publicados en los lugares más dispares. Mis amigos comenzaron a preocuparse».

Atxaga se acomoda al formato alfabeto hasta cierto punto. Sigue esta senda en el primero de ellos, Cuento sorprendente en forma de alfabeto, en Un cuento para Volante, en Alfabeto para la montaña, si bien no se otorga el mismo peso a cada letra del alfabeto y en la mayoría de las ocasiones a muchas no se les presta atención alguna, si bien ese orden alfabético pautará la narración en unos casos o las reflexiones, cuando el alfabeto cae del lado del ensayo. En Red para coger fantasmas, uno de los textos más interesantes en mi opinión, no se ciñe a alfabeto alguno.

Como en otros libros de Atxaga prima la mirada amable, luminosa, poco dada a la polémica estéril; brilla el humor en el Alfabeto sobre el único verano de mi vida en que fui un Don Juan (con coñas marineras como la vasca tocando el ukelele), el ingenio, en Alfabeto francés en honor de Jorge Luis Borges; se demuestra que no importa tanto el tema como el tratamiento, de ahí que se saque jugo a ensayos breves como Alfabeto de una marina; no falta tampoco el relato portátil, ya sea yendo a la naturaleza como en el Alfabeto sobre la montaña, o bien, la ruta literaria, la del viajero que seguirá los pasos y posos del Holden Caulfield salingeriano por Nueva York, que apenas aclarará nada al viajero, o sí, llegando incluso al núcleo de la novela y las pretensiones de Salinger.

No caer en las redes de la polémica y el ruido ensordecedor no supone no dedicar tiempo al juicio crítico, que Atxaga despliega en los tres mejores alfabetos del libro, en mi opinión, a saber, Lección de Groenlandia, originalmente expuesta por el escritor Leif Eriksson el café…, que demuestra muy bien la potencialidad, embrujo y magia de la literatura y la ficción en todas sus manifestaciones; Alfabeto sobre la cultura vasca, donde Atxaga sitúa la lengua y la literatura vasca en su sitio, no como algo del siglo XX, sino con raíces que se hunden varios siglos antes. Muy interesante lo que comenta sobre los bertsolaris. Los que somos de La Rioja y tenemos ascendencia vasca y pillábamos de críos en la televisión la ETB, creo que más de una vez nos hemos quedado pegados, plasmados frente al televisor viendo a los bertsolaris en acción, sin entender, desgraciadamente nada de aquella salmódica e inextricable versificación. En Lecioncilla sobre el plagio o alfabeto que acaba en P, Atxaga se interesa sobre aquello que tiene que ver con la creación, el concepto de artista, genio o creador que estos tienen de sí mismos, lo difícil que supone crear algo nuevo, las dificultades de diferenciar el original de la copia, y la manera en la que cada generación va, más que creando, actualizando lo anterior.

Una colección de textos heterogéneos, que bien se prestan a la relectura, los aquí ofrecidos por Atxaga, marcados por su amenidad, con los que uno disfruta, viaja, reflexiona, divaga, se entretiene, ensimisma y aprende. Luego para leer, siempre, nos sobrarán los motivos.

Xordica editorial. 2019. 284 páginas. Ilustración de Isidro Ferrer.

Lecturas 2018

Esta es la relación de los libros que he leído y reseñado en 2018. Una acertada selección de las lecturas me ha permitido sustraerme -y a su vez desafiar los preceptos délficos: ya saben, aquello de “Nada en exceso“- a uno de los grandes riesgos que corremos los lectores compulsivos: el empachamiento.

Feliz año y felices lecturas.

Ecce homo (Friedrich Nietzsche)
Un verano con Montaigne (Antoine Compagnon)
Algo va mal (Tony Judt)
Nuevas lecturas compulsivas (Félix de Azúa)
El silencio de los libros (George Steiner)
De una palabra a otra: Los pasos contados (Octavio Paz)
Fragmentos (George Steiner)
Nostalgia del absoluto (George Steiner)
Autobiografía sin vida (Félix de Azúa)
Hyperion (Friederich Hölderlin)
Parad la guerra o me pego un tiro (Jacques Vaché)
Los Muchos (Tomás Arranz)
Breve historia del circo (Pablo Cerezal) Sigue leyendo

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Las palabras justas (Ignacio Martínez Pisón)

Siete reportajes o “relatos reales” breves y bastante interesantes se dan cita en este libro de Ignacio Martínez Pisón publicado por Xordica en 2007, en los cuales según el autor aborda alguna injusticia que ha de ser reparada, de ahí su título.
El de la portada del libro es Leonardo Sciascia quien visitaría Belchite para comprobar por él mismo las cicactrices de la guerra civil española y ver dónde lucharon los soldados italianos (68.000) que Mussolini (por el que Sciascia sentía muchas simpatías, no tantas sin embargo por el fascismo) envió a luchar junto a los nacionales.
Otro artículo va dedicado a Ramón J. Sender al cual su libro sobre lo ocurrido en la tragedia de Casas Viejas le supuso la enemistad de los republicanos, la caída del gobierno de Azaña y su distanciamiento de la República, pues como diría el escritor “La verdad es que una república que era capaz de hacer lo de Casas Viejas no podía sobrevivir“. Un distanciamiento respecto a la izquierda que también opera en el escritor John Dos Passos que aparece en dos relatos, en el referido a Sender y en otro en el que se nos refiere la ayuda que Dos Passos a través del New World Resettlement Fund, organización que facilitaba la instalación de republicanos en Latinoamérica. Ahí se nos cuenta cómo fue la llegada de españoles como José Peirás a Guayaquil en Ecuador, desde la República Dominicana y su arribada a una colonia sita en la región de Saloya, donde les iba a esperar un paraíso que no resultaría tal.
En Historia de dos maestras, el conflicto bélico situará a una como directora de la prisión en donde su compañera de profesión ingresa como presa. Median acontecimientos como el fusilamiento en la cárcel de trece mujeres presas jóvenes (su delito fue haber militado durante en la guerra en las Juventudes Socialistas Unificadas), que se conocerían después como las Trece Rosas.
Presente también la estación de Canfranc, rodeada siempre de un halo de misterio, de suspense, donde mucho de lo allá sucedido durante la guerra civil española y la segunda guerra mundial será recogido en el libro de Ramón J. Camp, El oro de Canfranc.
Me he llevado también alguna sorpresa agradable pues uno de los relatos se titula El periplo de Lydia Kúper, a la cual conozco porque llevo ya unos cuantos meses tratando de conseguir sin éxito un ejemplar de Guerra y Paz ya sea nuevo, de segunda mano (a un precio razonable) o en alguna biblioteca pública, libro que fue traducido por Lydia Kúper para Muchnik, y de cuyo periplo para salir de España nos informa Ignacio. Huida del país llevada a cabo en 1939, en un avión en compañía de otros consejeros soviéticos, que sufriría un accidente, en el que Lydia se rompería un brazo. Kúper regresó a España en 1957 (había nacido en Lodz en 1914 y en 1920 se instalaría con su madre en Vigo y trabajaba como profesora en un instituto hasta el estallido de la guerra), donde pasará a trabajar como correctora de textos para la editorial Aguilar, siguió trabajando como traductora de Pasernak, Makanin y de esta obra inmortal de Tolstói, que está por ver si algún puedo llegar a leer.

Xórdica Editorial. 2007. 79 páginas

Aloma Rodríguez Xórdica Editorial

Solo si te mueves (Aloma Rodríguez 2013)

Aloma Rodríguez
2013
171 páginas
Xordica Editorial

En esta novela episódica de la zaragozana Aloma Rodríguez (1983) la protagonista es una joven de 20 años que vive y estudia en Zaragoza y que durante el verano consigue trabajo en Dinópolis, parque temático sito en Teruel, con lo que queda claro que existe, Teruel (además aparece el restaurante Óvalo que casualmente es el único en el que he comido a mi paso por Teruel).

La chica hace las maletas, se despide de su chico, al que no sabe si considerar novio y se dispone a vivir su propia aventura. Allá le espera Adrián, su jefe y un piso a compartir con un chico y otra chica. Al tiempo que le va cogiendo el pulso a su trabajo en el parque, interiorizando los quehaceres propios de cada atracción, recibirá las visitas de su presunto novio, lo cual le permitirá ir poniendo cruces en esa hoja sobre el frigorífico que dará cuenta de las polvos que cada uno de los inquilinos de la casa van echando.

En la novela se folla mucho, porque todos son de fuera (si fueran de Teruel no se comerían un colín) y Dios los cría y ellos se arremolinan, en los pisos, bares, y fiestas. Además hay también lugar para el amor lésbico (no declarado a los progenitores a pesar de estar en 2013), para los escarceos, los devaneos amorosos, y la siempre excitante tarea de ir deshojando la margarita de las relaciones, viendo si éstas se consuman o no, en esos años, previos a la llegada de los hijos, a la suscripción de una hipoteca, a las esposas del matrimonio, donde todo está por hacer y lo mismo dar irse a París que arrear para Nápoles, con un amante o con otro, porque todo es azaroso y contingente y líquido, y seminal.

Y digo al comienzo que se trata de una novela episódica, porque es ligera, banal también, sin mayor pretensión que la de abrir un paréntesis, contarnos una historia, que dura lo que dura un verano y volver a cerrarlo, para que sigamos con nuestras vidas, con el regusto melancólico en el paladar de rememorar lo que era tener 20 años, y más futuro que pasado.