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Robinson Crusoe

Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe (Daniel Defoe)

Para mí la figura de Crusoe era la del náufrago capaz de sobrevivir contra viento y marea en una playa desierta. Leído el libro descubro que Crusoe pasó la friolera de 28 años en la isla. Una vez allí se empecina en sobrevivir. No se adapta al medio, sino que adapta el medio a su circunstancia. Crusoe es él y su circunstancia, y si no la salva a ella, no se salva él, que diría el filósofo.
A Crusoe lo mueve un instinto utilitario y la necesidad de no parar de hacer cosas. De esta manera aplicará toda su inteligencia en su día a día para garantizar su supervivencia. Logra en una isla salvaje, proveerse de alimento, de vegetales y animales. Adecuar una vivienda digna, bien protegida merced a una empalizada.
El afán contable de Crusoe es el resultado de una mente analítica, matemática; así hay un arqueo con cosas en el debe y en el haber, y un buen número de listados de todo lo que Crusoe hace, fabrica, almacena. Incluso cuando más adelante descubra la presencia de salvajes caníbales, y tengan lugar unas cuantos enfrentamientos, se nos detallará las bajas de la contienda, los muertos y los heridos.
La idea que tenía de Crusoe se agotaba para mí en la isla, en la del náufrago que sobrevive por sus propios medios. Sin embargo, cuando Crusoe deja la isla y regresa a casa 28 después, su alma errante le anima a seguir moviéndose. Cuesta creer que alguien como Crusoe, tan dado a la aventura y al movimiento hubiese sido capaz de pasar 28 años en la prisión que supuso la isla. Eso explicaría que cuando vuelva a su hogar, descubra que a pesar de casarse y tener hijos; una vez muera la mujer, el cuerpo le pida marcha y como la cabra tire al monte. Crusoe tira para el agua, y decide, aquejado del síndrome de Estocolmo, volver a la isla. Pero no se queda allí, pues sería un claro ejemplo de masoquismo, sino que decide como Marco Polo surcar el vasto y ancho mundo.
Si la primera parte son 300 páginas, la segunda son 280. En la primera son 28 años de cautiverio. En la segunda son casi 11 años dando tumbos por ahí.
La segunda parte es una sucesión de aventuras, donde a menudo tienen que hacer frente, no ya a caníbales, o salvajes o indígenas, como en América, sino a paganos e ignorantes, allá por China o Siberia. Para Crusoe los chinos son unos ignorantes, unos paletos y la Gran Muralla China es objeto de mofa. Nada puede compararse a su Dios. Un Dios con el que Crusoe tiene sus más y sus menos, porque si en la isla, en un principio, echa pestes de su situación, entiende luego que la Providencia le ha permitido sobrevivir, y cuando lee la Biblia entiende mejor su situación, le da sentido a cuanto le pasó y luego cuando deja la isla y ve mundo, reprocha las actitudes paganas, la magia, todo aquello que se aparte del camino de Dios y de la fe. En la batalla entre Occidente y Oriente sale ganando claramente Occidente. Esa es la idea de Crusoe: la del conquistador, la del colonizador; aquel que habla de salvajes, de indígenas, alguien a quien, curiosamente, el mucho viajar y las muchas andanzas, no parece haberle abierto mucho las entendederas, porque la segunda parte supone un continuo trajín, un no parar de moverse, de librar batallas, de salvar el pellejo por los pelos, sin que nada de esto parezca ir haciendo mella en Crusoe, cuyas ideas fijas parecen hechas de piedra. Resulta notorio que Crusoe no es nada permeable al cambio. Es incapaz de adaptarse a cuanto ve, a otras culturas u otras religiones, las cuales desprecia, pues todo le resulta bárbaro, primitivo y salvaje. Incluso Crusoe es capaz de jugarse la vida, si es necesario, para ir en contra del paganismo, de la idolatría, y entonces prender fuego, por ejemplo, a una figura a la que llaman Cham-Chi-Thaungu. El puntito de superioridad moral de Crusoe brilla en todo momento. Es muy posible que lo primero que aprendieran a decir sus hijos fuese: Señor, porque cuando Crusoe libera a un indígena, para convertirlo en su esclavo, además de cambiarle el nombre y llamarlo Viernes, pues fue el día de la semana que lo liberó, naciendo así a su nueva vida, le enseña a decir Amo. Cuando Viernes le habla de su Dios Benamuckee, Crusoe le hace ver que el verdadero Dios es su Dios, y que se vaya olvidando de Benamuckee. Otro punto interesante en la novela es el de la paternidad irresponsable. Una vez que Crusoe deja la isla, y vuelve a casa, frisando los 60, tiene tres hijos. Y lo primero que hace Crusoe al morir su esposa, con los hijos entres tres y cinco años es coger las de Villadiego.
Una novela que he leído a la contra, que me he impuesto y que me ha resultado muy pesada y reiterativa, donde, además, la figura de Crusoe no me ha resultado nada atractiva.

Lecturas 2018

Esta es la relación de los libros que he leído y reseñado en 2018. Una acertada selección de las lecturas me ha permitido sustraerme -y a su vez desafiar los preceptos délficos: ya saben, aquello de «Nada en exceso«- a uno de los grandes riesgos que corremos los lectores compulsivos: el empachamiento.

Feliz año y felices lecturas.

Ecce homo (Friedrich Nietzsche)
Un verano con Montaigne (Antoine Compagnon)
Algo va mal (Tony Judt)
Nuevas lecturas compulsivas (Félix de Azúa)
El silencio de los libros (George Steiner)
De una palabra a otra: Los pasos contados (Octavio Paz)
Fragmentos (George Steiner)
Nostalgia del absoluto (George Steiner)
Autobiografía sin vida (Félix de Azúa)
Hyperion (Friederich Hölderlin)
Parad la guerra o me pego un tiro (Jacques Vaché)
Los Muchos (Tomás Arranz)
Breve historia del circo (Pablo Cerezal) Sigue leyendo

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La leyenda del Santo Bebedor (Joseph Roth)

Ante los estertores del año que concluye apuro el cáliz de la buena literatura y así me veo leyendo La leyenda del Santo Bebedor, novelita breve o relato de Joseph Roth (1939-1894), adorador báquico, bellamente editado por Libros del Zorro Rojo, con traducción de Michael Faber-Kaiser y las inconfundibles y siempre bellas ilustraciones de Pablo Auladell.

Leyendo a Roth pienso en otras obras breves e igual de fascinantes que ésta de autores contemporáneos a Roth como Zweig y Schnitzler, obras como Morir o Mendel el de los libros.
Esta lectura conviene apurarla de un trago, para sentir todo su efecto, recrearnos en su retrogusto e incluso acabar, según sensibilidades, con la mirada vidriosa.

La edición de Anagrama, que también he manejado en la lectura, cuenta con un interesantísimo prólogo de Carlos Barral que más allá de resumir el relato, habla de las bondades de ese néctar de los dioses, que los riojanos tan bien conocemos y mimamos.

Sobre las letras y el vino, este libro de Miguel Ángel Muro es indispensable:

No entraré en detalles para no destriparle a nadie el final del relato, aunque sí puedo contar que me recuerda al cuento de la lechera de Samaniego, pues uno hace muchos planes, aún más con dinero contante y sonante en el bolsillo, caído del cielo, si bien al final la realidad y el vino se doblegan a un destino irrevocable, común para todos, aunque no todos los exitus sean parejos y algunos resulten incluso balsámicos.

Joseph Roth en Devaneos

El Leviatán
El triunfo de la belleza
Abril: historia de un amor