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Canciones de una perdida (Ada Christen)

Canciones de una perdida de la austriaca Ada Christen vio la luz cuando esta tenía treinta años, en 1868. Ha sido editado ahora por Ápeiron Ediciones, con traducción de Roberto Vivero.

Las canciones del título son poemas y están divididas en cuatro apartados: Con el corazón en la mano, Errancia, Casada y Nuevo amor, nuevo dolor.

La sensación que tengo leyendo estos poemas es que Ada a los treinta años ya había vivido intensamente. En uno de los poemas dice sentirse perdida entre la gente. Que el mundo se le hace muy estrecho. Entre conversaciones frías, tontas y vacías. Afirma haber amado rápido y vivido rápido. Alimentando así su perdición. Es para ella la miseria aquello contenido en dos palabras: Vida malograda. Ada nació a destiempo. La tachan de loca.

Y eran siempre mujeres, las que, indignadas, estúpidamente, virtuosas y femenilmente viles, con latigazos me condenaban de nuevo a la miseria.

Y con el corazón en la mano afirma que ha intentado todo con lo que una puede matarse. Sin éxito. Así que ahora vuelve a intentar vivir. Y así quizás entonces pueda morir.

Y una vez casada Ada piensa en un paraíso. Sin embargo, revive el aliento ponzoñoso, los pecados y la miseria.

Aquí, lo trágico es el repulsivo yugo. La necesidad de huir pero quedarse. De soportar lo insoportable. El amar más al hombre que al moribundo hijo. De acabar gimiendo poemas, con versos que no tienen la medida correcta, a los que les falta fluidez y tersura, y mil cosas más, dicen. Versos que ellos cuentan con los dedos y, probablemente, corrigen mil veces.

Pero Ada solo puede hacer una cosa: poner su mano en su sagrante corazón y escribir lo que dice.

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Praga (Manuel Vázquez Montalbán)

En mis manos virtuales un poemario de Manuel Vázquez Montalbán: Praga, ciudad cuya visita abortó la pandemia. Volver a ella, a su pasado, a las rosas, a los tanques, a la invasión, a la metáfora de la infamia, al futuro abortado. Volver a las rosas agostadas en aquella primavera imposible. Praga y Barcelona, primas hermanas, o mellizas, y Montalbán tan mestizo como Kafka, judío que escribe en alemán, y reprobado por unos y otros. Charnego él también, capaz de callarse en dos idiomas. Kafka y Mozart en Praga, ciudad inasumible la ofrecida por Montalbán, con la herida aún abierta, en 1973, cuando comienza a escribir el poemario. Si abres los ojos ves los tanques, respiras destrucción, miseria, fracaso, el contaminado éter. Las palabras aquí descoyuntadas son hojas secas de acre perfume. Aventadas por la ironía, la única herramienta para sobreponerse a la tragedia, la lente que permite ver la Historia al trasluz. Vine a Praga a romper esta canción canta Sabina con voz desgarrada. Yo iré a Praga y releeré a Montalbán por las esquinas de Praga, una ciudad que no existe hasta que la lectura la reconstruya y cuando un puñado de músicos callejeros sostengan la ciudad en sus esquinas, les pediré que me toquen la K quinientos cuatro, y no hará falta decir más. Sin-fonía que me remite a un sonido inexistente. Llámalo muerte.