Archivo de la categoría: Poesía

Visita a Francisco Brines en Elca (Antonio Cabrera)

Visita a Francisco Brines en Elca

Es un hecho que un hombre puede hacer que su casa
se levanten su voz además de en un valle.

Hemos venido hasta la casa escrita
y hasta la casa real.
El hombre que ha labrado las palabras
en que la casa vive, nos enseña
las estancias, los muebles, los anaqueles y los cuadros,
la atmósfera
de significaciones no atendidas
que no llegó a quedarse sus poemas
pero los envolvió.

Se ven desde el jardín montes velados,
no los montes leídos de alguna tarde clara.
Al fondo, sobre el límpido mar infantil,
se superpone el mar de este momento
como veta borrosa de neblina.
En nuestra mente abrieron sus poemas
un cielo compasivo; del cielo que ahora vemos
procede otra piedad más ceñida y estéril,
vieja seda de enero los naranjos.

¿Cómo pasan al poema las cosas que suceden?
¿Qué ocurre
después de la poesía
en el pino, en el huerto o en las rosas?

El hombre cuya voz cantó esta casa,
el que enciende sus lámparas, el que trasiega en ella,
el hombre que nos muestra las llagas del ciprés
que en un verso fue vida,
¿a qué exacto lugar nos invitó
cuando nos dijo Bienvenidos?

Corteza de Abedul. Tusquets. 109 páginas. 2016

IMG_20181015_180540

Tres (Roberto Bolaño)

Con contados escritores siento la necesidad de leer todo lo que han escrito, aunque sus obras sean desiguales. Aquí traigo Tres, libro de Roberto Bolaño que recoge tres poemas escritos en 1981, 1993 y 1994. El primero en Girona, los otros dos en Blanes. He dicho poesía pero el primero de los tres desmiente lo anterior desde su título, Prosa del otoño en Gerona. Bolaño las pasó putas y sin entrar a mayores y sin recrearse en su desamparo, queda claro que sus coordenadas vitales entonces fueron el desaliento y la angustia.

No tiene sentido escribir poesía, los viejos hablan de una nueva guerra y a veces vuelve el sueño recurrente: autor escribiendo en habitación en penumbras; a lo lejos, rumor de pandillas rivales luchando por un supermercado, hileras de automóviles que nunca volverán a rodar. La desconocida, pese a todo, me sonríe, aparta los otoños y se sienta a mi lado. Cuando espero gritos o una escena, solo pregunta por qué me pongo así. ¿Por qué me pongo así?.

Con un permiso de residencia de tres meses, sin estar autorizado a trabajar, extranjero en tierra extraña, yendo en busca de unas cartas a correos que no llegan (inevitable no pensar en El coronel no tiene quien le escriba) en ese otoño benigno en Girona Bolaño se ve abocado hacia la página en blanco, a la que éste se aferrará como un náufrago a la deriva. ¿Por qué lo hace?.
Bolaño nos dio la respuesta en su día:

Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura.

Bolaño se lo jugó todo a una carta, a sabiendas de que aunque tenía todas las de perder, ganaría. El tiempo le dio la razón. A Bolaño, al contrario que a otros muchos, hoy se le sigue leyendo.

Los neochilenos, el segundo poema me parece el más flojo y no creo que la presentación bajo el formato de poema ayude mucho, más bien desincentiva la lectura, que hubiera tenido más pegada en formato prosa, creo.

Un paseo por la literatura, el último poema, también en prosa, se principia con un sueño en el que Bolaño sueña que Perec a sus tres años visitaba su casa. No es casual que aparezca aquí Perec, y que Bolaño no se explaye con un Me acuerdo, sino con un Soñé… que se proyecta en 57 parágrafos. Para ambos la literatura siempre fue un juego. Qué son si no Los detectives salvajes, El tercer Reich. Puro juego. En este paseo asoman Kafka, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Enrique Lihn, Stendhal, Thomas De Quincey, Gabriel Mistral, Nicanor Parra, Virgilio, Pascal, Baudelaire, Anaïs Nin, Carson McCullers, incluso un tal Roberto Bolaño. Y acaba de esta guisa, que a mí me desarma, me postra y me deja con la mirada perdida en el más allá, como las vacas mirando al tren:

Soñé que George Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de Nueva York y mientras él jugaba con el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?.

Lecturas periféricas | Sobre antihéroes y tumbas, por qué Bolaño es grande (Andrés Ibáñez)

41-ella-invierno

Ella: invierno (María Alcantarilla)

Iba buscando a Alberti y di con Alcantarilla (Sevilla, 1983). En la misma estantería de la biblioteca, lomo con lomo, me decanté por la voz de la poeta joven, cuyo apellido me sonaba, pues había leído un relato suyo (Ingrid) en la web de Vila-Matas.

Ella: invierno es un poemario breve que alterna poesías y prosa. Literatura que obra aquí como desvelamiento de la realidad (el intento siempre vano de comprender la vida), y como autoconocimiento, lo que dota los textos de cierta distancia, elevamiento, perspectiva en suma; terreno abonado de preguntas y respuestas (convertida así la página en un sembrado infinito), de certezas heladas que bebemos sin quitar sed alguna (“la duda es la certeza de uno mismo”), de una soledad (dolorosa) que se hermana con la muerte y la tristeza.

Curiosamente es una voz masculina la que habla, la protagonista de este estío, de esta escorrentía que es el deshielo de la memoria, la de estos recuerdos que duelen, calientan y empañan aquel pasado ante el espejo, que nos devolverá la imagen de lo que fuimos, o creímos que fuimos, aquel YO.

www.devaneos.com

La paciencia de los árboles (María Sotomayor)

La vida sólo es soportable por el hecho de que nadie coincide con el dolor de nadie

Emil Cioran

Sirva la cita de Cioran como pórtico, porque este estupendo y maduro libro de poemas de María Sotomayor (Madrid, 1982) -publicado en 2015 por Editorial LeTour 1987 y recuperado ahora por La Bella Varsovia- creo que tiene mucho que ver con el dolor, un dolor que nos podemos preguntar si se puede compartir con los demás, si somos capaces de ocupar el lugar del otro. Si Cioran está en lo cierto cada cual arrostraría su propio dolor y no cargaría con el de los demás, y habría que plantearse en ese caso qué valor tendrían la compasión, la empatía.

María aborda el alzheimer (enfermedad tratadas en otras novelas por autores como Sachez, Ernaux o Bobin) de su abuela muerta y te engancha ya desde el primer verso.

TU PIS GOTEA de la cama
llenándome de asco la ternura
la sonrisa era lo importante
para los retratos
y mis manos jamás se mancharon de lejía.

Hay enfermedad, degradación, ternura y asco. Hay un cuerpo seco, la raíz de la memoria y el olvido caduco. Hay mujeres unidas por un cordón umbilical o mejor, sogatira, donde al otro lado siempre arrastra la muerte.

Sotomayor se sustrae al confort de los lugares comunes al manejar esta enfermedad, cada día más común, e irá tejiendo un homenaje de palabras a punto de cruz o a vainica doble, no lo sé, pero sin dar en todo caso una puntada sin hilo en el centro de la emoción, derramándose en cada verso, buscando su verdad, encontrándola y compartiéndola con todo aquel que llegue a este puerto. Una verdad (aletheia) que como nos dijeron los griegos consiste en desvelar lo oculto, al tiempo que es ir también en contra del olvido.

No sé si el dolor se puede compartir, pero sí sé que la escritura como dijo Zambrano permite descargarse de palabras y así quizás la autora haya conseguido por este medio, desprenderse de su abuela para poder tenerla ya por siempre dentro de sí.