Archivos de la Categoría ‘Literatura’

Pálido criminal (Philip Kerr, 1990)

17 de December de 2009

Bernie vuelve a la carga de nuevo en esta segunda entrega de la saga Berlin Noir. La primera novela fue Violetas de Marzo. Bernie sigue en Berlín, los nacionalsocialistas siguen en el poder, y el Reich Alemán está a punto de tomar Los Sudetes en Checoslovaquia.

Bernie recibe el encargo de la propietaria de una editorial, consistente en recuperar unas cartas amorosas de su hijo hacia un médico. Esto le supondría a su retoño un serio problema, al estar los homosexuales en la lista negra del Régimen junto a masones, cristianos, testigos de Jehová, comunistas y judíos.

Las pesquisas de Bernie le llevarán nada menos que a tomar contacto con el ReichsFührer, Himmler (proclive al esoterismo, como bien explica Longerich en una reciente biografía sobre él). En esa entrega Kerr se relaja un poco y no hay tanto chascarrillos como en su anterior novela, pero de nuevo pergeña una novela que se lee de un tirón, muy entretenida y ambientada, que alientan a seguir leyendo, de ahí que ahora tenga entre manos “Requiem aleman”, la tercera novela de Berlin Noir.

Berlín, Bebelplatz, la quema de libros de los nazis

20 de October de 2009

Hay hechos cuyo simbolismo va más allá de lo que realmente son. En un reciente viaje a Berlín hice una foto de este curioso monumento, subterráneo en una Bebelplatz, céntrica plaza de Berlín, que se preparaba para honrar a la cultura en la famosa Larga Noche de los Museos.

quema de libros en la bebelplatz

Es destacable como Berlín es una ciudad que ha sabido convivir con los hechos históricos deplorables que en ella sucedieron, las tragedias y los malos momentos, y aunque sigan en el recuerdo mantener ese eco para que no vuelvan a suceder.

El monumento “conmemora” la quema de libros que los nazis perpetraron en 1933, dejando ya clara su intolerancia que dejaría actos mucho peores que todos conocemos.

No fue la primera, ni la última, de la biblioteca de Alejandría a la dictadura de Pinochet, muchas veces el acto de quemar libros ha querido significar una negación de lo evidente, pero en ningún momento han conseguido sus propósitos.En otros tiempos esas quemas supusieron grandes pérdida. En la era de la información, será difícil que nos priven de lo que no quieren que veamos.

Episodios regionales. Logroño nueve.

13 de January de 2009

El frío, fortalecido por el aire polar que arremolinaba las hojas que el otoño ofrendaba, persistía, cuajado con lluvia oscureciendo el cielo grisáceo. Buscó cobijo en los soportales, pero su enjuto cuerpo ante las inclemencias meteorológicas se agitaba como un pañuelo en el momento del adiós. Necesitaba un lugar a cubierto adonde ir. Antes de llegar a la entrada principal de la Plaza de Abastos giró a su izquierda y tras pasar por delante de dos farmacias, entró en el Café El Pato. El camarero, según le vio entrar, pidió un café solo a su compañera encargada de la cafetera y de la plancha. Hojeó La Rioja sentado en un taburete, comenzando por el final del periódico. Pasó de largo de las secciones dedicadas a la televisión, las necrológicas, los deportes, la política regional, nacional e internacional. Tras ir para atrás y para adelante, mojando las yemas, que acabarían negras, en saliva, sin detenerse en nada, llegó a la conclusión de que no había en el periódico nada que le interesara de cuanto acontecía en la ciudad, en la comunidad, en el país, ni el mundo. Devolvió pues el periódico a la barra, que le fue arrebatado antes de llegar a depositarlo por una mujer de pelo blanco con mandil de pescatera, que le mostró una dentadura blanca como la nieve que anunciaba la radio en su boletín para los días venideros. Acompañó el café con un pincho de tortilla que cubrió de picante en la parte superior, dibujando con el tenedor dos líneas gruesas, conformando algo parecido a la bandera patria que se zampó en dos bocados. Un ardor patriótico que se convertiría luego en ardor de estómago, porque no le caía nada bien la tortilla y aún menos el picante.

A hora temprana, pasadas las nueve, el local ya estaba lleno de autónomos, currantes de la Plaza: dueños y empleados de pescaderías, carnicerías, verdulerías, fruterías; gente trajeada de los bancos y cajas próximos; funcionarios de Hacienda y de los Juzgados y demás personal administrativo o no, que a voces, imponiendo sus timbres vocales sobre el resto, pero ocultándole sus rostros tras una nube de humo tabaquil afincada en la barra, desayunaban y charlaban, animados por el camarero que vacilaba a todos ellos, a la vez que alardeaba de su capacidad memorística, al presumir de saber lo que tomaban todos y cada uno de los allí presentes.
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Episodios regionales. Logroño ocho.

6 de January de 2009

Dejó el cuarto cojeando, arrastrando su pierna, que bien le hubiera servido de fregona, envuelto el pie en un calcetín de lana a cuadros de las dimensiones de un guante de boxeo, rumbo a la cocina y a su episódico amante con la mirada fija en los brazos de una lámpara de cristal con forma de pulpo que se balanceaba sobre su cabeza, sin entintar su mirar.

Habían disfrutado lo suyo, o tal podría afirmarse ante un fragor sexual explícito en jadeos, monosílabos y exclamaciones que hubieran puesto no sólo los pelos de punta al observador más templado. Paca parecía haberse reservado durante todos estos años de abstinencia para ese momento. Había dado mucho más de lo que cualquier joven hubiera sido capaz de ofrecer en un rollo de una noche, había realizado posturas más propias de una gimnasta que de una mujer de su edad con su cojera y reuma, y en su afán por dar el tipo, por ese empeño tan pueril de los humanos en quedar bien en el terreno sexual, se había afanado en menesteres sexuales que hasta la fecha sólo había visto con desgana en alguna película de la época del destape, que al obsequiado le supieron a gloria bendita, según confesaría minutos después, derramándose de placer ambos en varias ocasiones, jugando estos con sus lenguas, lamiendo orificios y oquedades, libando, succionando, mordisqueando, oliscando, siervos de la lujuria, quedando exhaustos, saciada el ansia propia de quien sabe que la existencia es un monolito de piedra en el que es harto difícil dejar alguna muesca.

Era tras el coito cuando nuestro amante pensaba que merecía la pena estar vivo, vivir aunque sólo fuera para disfrutar alguna que otra vez del sexo, ahora ya recuperado de su adición, deleitado ante lo inopinado de su reciente aventura. Con el derramamiento seminal liberó toda la mala leche acumulada, las preocupaciones, los tedios, los porqués. Llegó a pensar que copular era la mejor terapia para el ser humano, que además de proporcionarle placer, aliviaba tensiones y por unos instantes, incluso durante días enteros después de hacerlo, todo le parecía armónico, fácil, sencillo, como si la fusión carnal fuera capaz de explicarlo todo, o de llevarle a un punto donde sobran las preguntas, porque el acto, cada acto, contenía todos los porqués, cada causa y cada efecto, todo principio y fin. Nacer para morir en unos pocos minutos. El sexo, no como transmisión de genes, sino como alimento base, como medicina, como cura, como válvula de escape.

Así, relajado, en posición fetal bajo la manta concilió un sueño que por una vez en los últimos meses, sin contar su estancias semanas atrás en el hospital, no estuvo poblado de pesadillas, ni le acarrearía luego un persistente dolor de cabeza al despertarse a la mañana siguiente.

Como en un pacto no escrito suscrito con miradas y refrendado por sus experiencias previas, al día siguiente ninguno de los amantes comentaría nada lo sucedido, próximos en el espacio reducido de la cocina, a ambos lados de la mesa, frente a los cafés humeantes. Hablaron del mal tiempo, de las abundantes lluvias de noviembre, acerca de la bajada de la cota de nieve y del precio de la gasolina, temas varios que buscaban desviar la atención del asunto primordial. Palabras que como la ducha matinal pretendían borrar el rastro de sus cuerpos, antes unidos, para dejarlos de nuevo a la intemperie del presente -su aventura ya pasto del voraz olvido inmediato- sabedores ambos, a su edad, ya muy lejos de las playas adolescentes donde se levantan castillos de arena y amores imposibles, de que era mejor no rememorar el encuentro, no valorarlo o darle ninguna trascendencia: placer y olvido.

La escanearía visualmente luego, sin mover la cabeza, girando los ojos hasta darles casi la vuelta sobre sí mismos, mientras ésta llevaba las tazas al fregadero. Un pensamiento absurdo ocupó su cabeza -ya no veía a Paca, si no a su Paca- asustado por el inesperado anhelo posesivo, se incorporó raudamente, dijo unas palabras aturulladas, y sin obtener respuesta pasó por su cuarto dispuso la cazadora sobre los hombros huesudos y se abalanzó por las escaleras. Tenía todo el día por delante y nada que hacer.

Carta de una desconocida de Stefan Zweig

21 de December de 2008

Carta de una desconocidaA través de una amiga llegué a Stefan Zweig, escritor del que hasta la fecha no había leído nada. Me recomendó este, de los muchos que hay publicados en la editorial Narrativa del Acantilado. Es un libro mínimo, algo más de cincuenta páginas que se leen de un tirón, pero que a pesar de su concisión contiene un mundo detro, como todo buen libro que se precie. Hay cosas que a todos nos pueden resultar familiares, como amar a alguien apasionadamente sin obtener lo mismo, más que indiferencia y desdén. En este caso, la protagonista, escribe una carta a su amor, al hombre que siempre la tuvo loquita desde que era niña, y él su vecino. Él mismo con el que llegaría a acostarse, y él la olvidaría, siendo sólo una conquista más, otro rastro a olvidar entre los días.

Al final fruto de esos tres días de pasión, surge el brote de la vida, y el hijo que finalmente muere, como se nos hace saber en el comienzo de libro. La carta es una misiva de despedida porque ella ahora ya sin hijo, sin más amor que dar y recibir decidirá morirse, acabar de una vez con todo. El destinatario de la carta, el señor R. afamado y mujeriego escritor tendrá un momento de conmoción, sólo un momento porque finalmente no logrará poner rostro a esa mujer que siempre le amó hasta perder la vida en ello.

Un amor perruno, incondicional, ciego, parecido al que ciertas mujeres sienten por ciertos hombres que las humillan, vejan, maltratan, anulan o ignoran, sin que esto reste un ápice al amor que ellas les profesan.

Episodios Regionales. Logroño siete.

19 de December de 2008

-Deberías tener un móvil, ahora los regalan o acogerte a alguna promoción de un dos por uno, y así me dabas el que te sobre, dijo una voz chispeante ahogada en una carcajada sorda. Frotó sus ojos, sí, era Paca quien desde la mesa de la cocina, de espaldas, le incitaba a pertrecharse de ese aparatito, paradigma de la era de la información y las nuevas tecnologías.
- no gracias, dijo él desde el umbral desperezándose, estirándose como un gato aferrado a las jambas, bostezando, estoy así la mar de bien, nadie me da la murga y te aseguro que si me llaman no será para nada bueno, así que quien quiera verme que venga a buscarme. Además, yo las cosas las digo a la cara, aunque me la partan, dijo sorprendido por su propia elocuencia.
- tú sabrás, concedió Paca, y cambiando de tercio ¿comerás con tu familia en Nochebuena?.
-¿Paca, cuánto hace que nos conocemos?
- dirás, que vivimos bajo el mismo techo, replicó molesta con el hermetismo de su inquilino del que nada sabía más allá de cuatro cosas: a qué hora se despertaba y acostaba, sus preferencias gastronómicas, sus cambios de humor, su escaso amor al trabajo, su despejado horizonte amoroso, su apego a las sábanas…
- tanto monta, ya ves de qué les sirve hablar y conocerse tan a fondo a esas parejas que acaban separándose. El fuego quema, la pasión no se explica, se siente. No ha que buscarla explicaciones ni ahogarla con palabrería.
- Oye guapo, nosotros no somos pareja, así que podemos hablar de lo que quieras, comentó en tono guasón. Te lo repito ¿comerás acompañado o no?.
- sabes mejor que nadie donde estaré en Nochebuena, y en Nochevieja, y en Reyes y todos los putos días de todos los putos años. Hazme el favor, no me de las brasa con el rollito Navideño, tengamos la fiesta en paz, que de sobra sabes que a mí el espíritu Navideño me subleva, todo Dios felicitándote, dándote palmaditas sin conocerte de nada, las calles iluminadas, los arbolitos de los cojones, por no hablar de los villancicos, los cirios y los Papa Nöel en los balcones.
Las pasaré contigo querida, si tienes a bien acogerme, dijo con la cabeza gacha, los ojos de cordero degollado y un poso de melancolía en los mismos que su desprecio hacia la Navidad no conseguía disolver, pues siempre hay momentos en la vida en los que uno se siente muy sólo y la Navidad queramos o no suele ser uno de ellos: alegría de muchos desconsuelo de tontos.

Paca no quería estar sola y la compañía cierta de su inquilino calmaría con creces su soledad. La melopea que se iba a coger, por un momento le hizo estremecerse de placer. Llenaría el plato de carabineros cocidos que bañaría con mayonesa casera, como entrante se atiborraría de jamón serrano pata negra y micuit de pato untado en tostas crujientes acompañado de mermelada de manzana, como postre se regalaría un par de milhojas de la Mariposa de Oro y bebería champán hasta cocerse, jugando luego ambos a las cartas frente al televisor hasta que el alcohol y la noche los arrojase a cuatro patas a sus respectivos lechos. Así había sido siempre y así sería también este año.
No había porqué cambiar las cosas, cuando no sabemos lo que esconde el reverso del destino, pensó y entonces fue hacia él, miró su reloj y pensó en recuperar el tiempo perdido, unos minutos, unos pocos segundos, lo que fuera y lo abrazó, arropándolo con su cuerpo, él boqueando entre las mamas de la dueña. Sintiendo al roce la llamada de la piel, el acaloramiento súbito, el corazón al galope, el sofoco ahogado y jadeando, sin orillar el deseo, sin más razón que la sinrazón de la carne, la alzó en volandas, mordió sus pezones, fuera ya de la bata, se aferró a ellos como un lactante indefenso, perdió la mirada ante un desierto níveo y como si en una Olimpiada se hallara, haciendo acopio de una energía y fiereza impropia de él, llevó el peso, el doble que el suyo hasta su cama. La descubrió, se persignó y mirando su vientre y bajo el mismo la Columna de Trajano con el ejército en pie de guerra, ante la inminencia de un polvo que hacía años no echaba, entre sollozos se lanzó al vacío, a la nada, la misma que durante unos minutos iba a dárselo todo.

Episodios Regionales. Logroño seis.

15 de December de 2008

El contraste de temperatura y su escasa indumentaria -una camisa deshilachada y raída de algodón bajo una cazadora de cuero negro- le hizo estornudar. Se encaminó hacia la calle Mayor, perpendicular a la Biblioteca y a la altura de la Panadería Primi, atraído por un aroma embriagador, entró y compró un bollo de pan relleno de chorizo, que recibía el nombre de preñado. El pan se desangraba y lamió el jugo grasiento con avidez. Estaba recién hecho y la masa caliente entró en su cuerpo como un cuchillo caliente trabajando un bloque de mantequilla, derritiéndose de placer. Una vez fuera y en movimiento, pasaron a su lado dos jóvenes dando palmas, uno de ellos, el más recogido llevaba una guitarra parcheada, que tocaba con poco arte y mucha profesionalidad. El más alto de los dos cantaba con gracia, un émulo de Camarón, con pareja apariencia. El cabello claro, largo y rizado, con tirabuzones sobrepasaba sus hombros y ocultaba la mitad de su rostro barbado, dejando a la intemperie una nariz prominente custodiada por pómulos incandescentes. En el pecho peludo un colgante de oro del tamaño de un puño con la cara en relieve de “El Maestro”. En la calle Mayor, la más principal hace siglos, que tenía más de cien números, una docena larga de edificios habían sido derribados los últimos meses dejando solares vacíos, paredes supervivientes alicatadas, vigas de madera como armazones de bancos abandonados en cualquier playa. El resto de los edificios no mostraba mejor aspecto, con fachadas sucias y ajadas, escaleras sin pintar, paredes descascarilladas y balcones a los que se asomaban niños y perros. No obstante si que se veían algunas actuaciones urbanísticas, un edificio restaurado donde albergar a los amantes de las setas, otras construcciones dedicadas a oficinas y viviendas que el frenazo económico había dejado a medio hacer o que una vez acabadas no encontraban compradores y se vendían al mejor postor, con los cristales tapados con los nombres de distintas inmobiliarias, de las pocas que iban quedando, tras la purga que la recesión había hecho en el sector.
Si seguía recto hasta el final de la calle saldría al Hospital, si cambiaba de sentido se encontraría ante la Puerta del Revellín, donde hacía días había recibido la monumental tunda orquestada por el Señor Majestic. No quiso tentar la suerte y siguió recto, apurando el preñado. Cuando llegó al final de la calle, ya en la Avenida de Viana, dejó el Hospital a su derecha, y en la rotonda frente a un hotel de reciente construcción, decidió cruzar el Puente de Piedra. El río Ebro bajaba manso. El agua era un de un color terroso y parecía poco posible que allí pudiera haber peces, pero las cañas de hombres pegadas a la barandilla afanados en la labor desmintieron esta creencia. Divisó unos patos, junto a una isla diminuta que nacía donde moría una cascada de medio metro de altura. Frente a él tenía la cúpula de la Plaza de Toros, a su izquierda el antiguo matadero reconvertido en Casa de las Ciencias, la cual nunca había visitado, pues su interés por las ciencias era el mismo que el sentía por las letras. Finalmente se habían decidido a construir al otro lado del Ebro y en el paraje aislado donde estaban las Piscinas de las Norias, rodeándolas por la parte que no daba al río, vio infinidad de edificios ya acabados con ropa tendida en los balcones, coches aparcados en las aceras, algún bar abierto, y muchas grúas y máquinas removiendo la tierra. El recorrido le ocupó un par de horas y le abrió el apetito. A pesar de su escasa altura y peso, siempre tenía mucho apetito y poco dinero para saciarlo. De regresó sopesó sus opciones, podía comer en la pensión o bien arreglarse con un bocata de tortilla de patata en la calle San Juan. Destemplado como estaba, tiritando y con los dientes rechinando en su castañeo, pensó que no le vendría nada mal un plato caliente de lo que fuera.
Paca estaba frente al televisor. Reconoció la sintonía del Telediario de la primera, que tarareó, animado por el calor que hacía en la cocina. El frío lo entristecía, el calor lo alegraba, por eso pensaba que el Demonio era un tipo con mala fama pero al que valdría la pena conocer.
-¿Comes?.
Asintió, con la caída de ojos propia de un galán de telenovela.
Las lentejas estaban para pegar carteles, el chorizo amojamado y el tocino debía de haberse deconstruido porque lo sentía pastoso en el paladar pero no lo veía por ningún lado. Agradeció el manjar con toda clase de halagos que Paca asestó restando importancia a sus alabadas dotes culinarias sacudiendo las manos, y mostró el plato reluciente, triunfal, rebañando con la lengua un par de lentejas aproximadas al borde. Ahora me retiraré a mis aposentos a reposar la comida dijo, y sin que Paca tuviera oportunidad de añadir nada al monólogo, se encerró en su habitación de la que pocos minutos después unos ronquidos portentosos daban fe de que nuestro protagonista se había quedado sopa.