Dejó el cuarto cojeando, arrastrando su pierna, que bien le hubiera servido de fregona, envuelto el pie en un calcetín de lana a cuadros de las dimensiones de un guante de boxeo, rumbo a la cocina y a su episódico amante con la mirada fija en los brazos de una lámpara de cristal con forma de pulpo que se balanceaba sobre su cabeza, sin entintar su mirar.
Habían disfrutado lo suyo, o tal podría afirmarse ante un fragor sexual explícito en jadeos, monosílabos y exclamaciones que hubieran puesto no sólo los pelos de punta al observador más templado. Paca parecía haberse reservado durante todos estos años de abstinencia para ese momento. Había dado mucho más de lo que cualquier joven hubiera sido capaz de ofrecer en un rollo de una noche, había realizado posturas más propias de una gimnasta que de una mujer de su edad con su cojera y reuma, y en su afán por dar el tipo, por ese empeño tan pueril de los humanos en quedar bien en el terreno sexual, se había afanado en menesteres sexuales que hasta la fecha sólo había visto con desgana en alguna película de la época del destape, que al obsequiado le supieron a gloria bendita, según confesaría minutos después, derramándose de placer ambos en varias ocasiones, jugando estos con sus lenguas, lamiendo orificios y oquedades, libando, succionando, mordisqueando, oliscando, siervos de la lujuria, quedando exhaustos, saciada el ansia propia de quien sabe que la existencia es un monolito de piedra en el que es harto difícil dejar alguna muesca.
Era tras el coito cuando nuestro amante pensaba que merecía la pena estar vivo, vivir aunque sólo fuera para disfrutar alguna que otra vez del sexo, ahora ya recuperado de su adición, deleitado ante lo inopinado de su reciente aventura. Con el derramamiento seminal liberó toda la mala leche acumulada, las preocupaciones, los tedios, los porqués. Llegó a pensar que copular era la mejor terapia para el ser humano, que además de proporcionarle placer, aliviaba tensiones y por unos instantes, incluso durante días enteros después de hacerlo, todo le parecía armónico, fácil, sencillo, como si la fusión carnal fuera capaz de explicarlo todo, o de llevarle a un punto donde sobran las preguntas, porque el acto, cada acto, contenía todos los porqués, cada causa y cada efecto, todo principio y fin. Nacer para morir en unos pocos minutos. El sexo, no como transmisión de genes, sino como alimento base, como medicina, como cura, como válvula de escape.
Así, relajado, en posición fetal bajo la manta concilió un sueño que por una vez en los últimos meses, sin contar su estancias semanas atrás en el hospital, no estuvo poblado de pesadillas, ni le acarrearía luego un persistente dolor de cabeza al despertarse a la mañana siguiente.
Como en un pacto no escrito suscrito con miradas y refrendado por sus experiencias previas, al día siguiente ninguno de los amantes comentaría nada lo sucedido, próximos en el espacio reducido de la cocina, a ambos lados de la mesa, frente a los cafés humeantes. Hablaron del mal tiempo, de las abundantes lluvias de noviembre, acerca de la bajada de la cota de nieve y del precio de la gasolina, temas varios que buscaban desviar la atención del asunto primordial. Palabras que como la ducha matinal pretendían borrar el rastro de sus cuerpos, antes unidos, para dejarlos de nuevo a la intemperie del presente -su aventura ya pasto del voraz olvido inmediato- sabedores ambos, a su edad, ya muy lejos de las playas adolescentes donde se levantan castillos de arena y amores imposibles, de que era mejor no rememorar el encuentro, no valorarlo o darle ninguna trascendencia: placer y olvido.
La escanearía visualmente luego, sin mover la cabeza, girando los ojos hasta darles casi la vuelta sobre sí mismos, mientras ésta llevaba las tazas al fregadero. Un pensamiento absurdo ocupó su cabeza -ya no veía a Paca, si no a su Paca- asustado por el inesperado anhelo posesivo, se incorporó raudamente, dijo unas palabras aturulladas, y sin obtener respuesta pasó por su cuarto dispuso la cazadora sobre los hombros huesudos y se abalanzó por las escaleras. Tenía todo el día por delante y nada que hacer.