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Crónicas de viaje

Crónicas de viaje (Julio Camba, 2014)

Julio Camba
2014
Fórcola ediciones
364 páginas
Prólogo de Antonio Muñoz Molina

Las crónicas viajeras del gallego Julio Camba (1884-1962) no deben faltar en ninguna biblioteca pública ni particular.

En este libro de Camba sus crónicas nos llegan desde ciudades tales como Berlín, Nueva York, Londres, Roma, París, Estambul, Ginebra, Madrid, etcétera, y el humor siempre está muy presente, en ese punto intermedio entre la ironía y el sarcasmo.

El hecho de que sus estancias no se dilatasen en el tiempo, el ser ave de paso, sumado a su aguda mirada, le permite a Camba, asombrarse de todo lo que ve, o bien no asombrarse, pero dar testimonio de primera mano de aquello que es expuesto ante sus ojos, lo cual hace que sus crónicas vayan mucho más allá de la manida información de una guía de viajes, donde la narración siempre es algo lineal, donde todo consiste en ir enumerando los lugares que hay que ver” “donde comer” “donde dormir”, y poco más.
Al hilo de esto se menta a Thomas Cook y su Agencia Cook, la cual facilitaría desde mediados del siglo XIX lo que hoy se conoce como turismo de masas, al mover a gente con ansias viajeras por Europa a unos precios asequibles. También se habla de la guía Baedeker, para muchos, en esos años, algo similar a la biblia del viajero.

Camba se ríe de todo y de todos, sin poner trabas a su escritura, la cual resulta muy fluida, y certera en su concisión, rasgando con su pluma cual estilete la membrana de la realidad ante la cual siempre surge, ora lo absurdo ora lo patético de nuestro proceder.

A pesar de que algunas de estas crónicas daten ya de hace un siglo, pues Camba en algunos de estos países estuvo incluso antes de la I Guerra Mundial, a pesar, digo, de que algunas cosas está claro que hayan cambiado (en su crónica de Nueva York y su visita a Coney Island, el racismo todavía era una realidad en los Estados Unidos, y por ejemplo, una de las atracciones consistía en lanzar a la cara de personas negras (y Camba se pregunta si los americanos le dejarían utilizar las palabra personas, tratándose de negros), distintos objetos), analiza, creo que con mucho tino la forma de ser de los británicos, los franceses, los ingleses, los americanos, y los que mejor conoce, los españoles y sus comentarios resultan jocosos, ingeniosos, propios de una inteligencia que trasciende una mirada superficial, en pos de una mayor profundidad, donde se cifra su talento, pues lo que ofrece Camba no es tanto el ir dando cuenta del reguero de sitios visitados, hacer de los lugares comunes su materia prima narrativa o dejarse llevar por los tópicos, sino el mostrar al lector qué tipo de personas viven allí, y cómo son, y en qué se diferencian unos de los otros, en ese momento histórico que les ha tocado vivir (así podemos entender también estas crónicas como un fresco histórico, valga el oximorón, de las décadas de los años 10, 20,30 y 40 del siglo XX) y cual era también la fisionomía de esas ciudades en las que vivían, como lo que escribe Camba sobre esos rascacielos neoyorkinos donde hay toda suerte de tiendas y donde uno puede encontrar casi de todo, que el autor asemeja a “calles verticales“, o la diferencia entre las calles de Londres, París, o Nápoles, donde las primeras son como las vías de un tren que sirven sólo para desplazar ciudadanos de un lado a otro, las parisinas que son calles para pasear y las napolitanas que son casas para vivir en ellas, ofreciéndonos un buen número de páginas inolvidables (que nos permiten emplear el papel como la pista de despegue para que nuestra imaginación coja vuelo) como por ejemplo las dedicadas al Lago Leman (adonde se dirigen todos aquellos que viven sus vidas en prosa, y por unas días quieren darse el capricho, el lujo, la ilusión o la experiencia de vivir en poesía) en su periplo por Ginebra.

Leer estas crónicas de Camba es otra manera de viajar.

Estambul express

La curiosidad me llevó a Estambul. Tres días para descubrir una parte muy pequeña pero muy significativa de esta ciudad: el cuerno de oro. Máxima densidad de historia, cultura, religiones, política, comercio y turistas.

Ciudad mestiza: Europa-Asía, mar de Mármara-mar Negro, islamistas-seculares, tradición-modernidad, y de forma permanente el Bósforo, y la vida derramándose a chorros por una urbe en constante crecimiento: ruidosa, abigarrada, densa, intensa, desigual.

En la superficie mucho ajetreo. El tráfico colapsado. Rascacielos inmensos para depositar todo el crecimiento y el despertar de una ciudad que aceleró su paso hace ya dos décadas. Un tropel de gente que se gana la vida vendiendo, vendiendo de todo.

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En Estambul también sorprende otro tráfico, el de la cantidad de “muleros” que habita este paraje y que se encarga de alimentar sin descanso a la infinidad de tiendas existentes en este reducido cosmos.

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El tiempo queda medido por la oración. Cinco veces al día la ciudad es invadida por un cántico que llama a los musulmanes a orar. Es imposible abstraerse. Desde los minaretes de las 3.000 mezquitas que existen en Constantinopla suena una llamada inequívoca, extraña para los cristianos más acostumbrados al tañido de una campana. Al mediodía, una buena parte de la población abandona sus quehaceres y se ocupa en la meditación y la oración. Siguen creyendo.

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Si de gastronomía hablamos, el mediterráneo mantiene aquí su continuidad y puedes disfrutar de una refrescante ensalada de tomate y pepino aderezado con hierbabuena, pescados del Bósforo a la parrilla: jureles, caballas, doradas, etc.

Las carnes están dispuestas de un modo que ya nos es familiar: Kebab, Durum. Del mismo modo, sabrosos panes y deliciosos jugos naturales de granada o de naranja hacen el paseo más agradable, y si el hambre aprieta, puedes aliviarla en la calle tomando un panocha de maíz hervida y asada o unas castañas que parecen pelotas de ping-pong.

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Pero también hay cosas singulares en Bizanzio que merecen una pausa y que son particulares. Tenemos la posibilidad de disfrutar de las llamadas delicias turcas, una suerte de gominolas trufadas con pistachos, o pastas con una suave capa de miel que tienen bien merecido el nombre. ¡Delicioso!. El café turco también tiene su punto y hasta llegar a los posos, es suave y estimulante. El té es la bebida por excelencia, la que ameniza las tertulias y permite hacer más llevadera la mañana a los comerciantes. Aún así, lo que más me atrajo fueron las especias, sus colores y olores.

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Pequeñas esquirlas de una curiosidad que aún permanece intacta.

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