Archivo de la categoría: Editorial Pepitas de Calabaza

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El peón (Paco Cerdà)

El peón
Paco Cerdà
Pepitas de Calabaza
Año de publicación: 2020
250 páginas

Paco Cerdà publicó también en Pepitas de Calabaza, anteriormente, Los últimos. Voces de Laponia Española, que leí así:

Visto como un todo, lo que Cerdà hace con estas sentidas, y a ratos épicas, crónicas –con estas voces de estos Últimos, que no deben quedar acalladas-, no es tanto hablar de un despoblamiento físico –que es lo evidente, lo palmario, lo objetivo-, sino del devenir espiritual –el de almas que se vacían- el de una España que dejó de ser sólida para ser líquida, para ser corriente; ríos de gente que van a dar a la mar, el Mar Muerto que es la Demotanasia.

En El peón, Cerdà dispone sus 16 fichas sobre el tablero, 77 capítulos, 77 movimientos, los de la partida entre Arturo Pomar y Fischer, en Estocolmo en el invierno de 1962, que acabaría en tablas. Para aquel entonces, la leyenda artúrica ya se había agostado, y el que en su día fuera un niño prodigio era entonces, en 1962, un funcionario de Correos abandonado por el Régimen. Un muñeco roto, un peón arrumbado. Toda esta filosofía del resistir es vencer, queda muy bien descrito en el libro, así como el airado genio de Fischer, un tipo egocéntrico, antisocial, obsesionado con el dinero, ajeno a cualquier diplomacia, que al final de sus días y de manera totalmente inesperada acabará en Islandia, país dispuesto a otorgarle la nacionalidad, al renunciar Fischer a la suya. Fischer es otro peón de los americanos, en el marco de la guerra fría, y mascarón de proa de un país que podía gracias a su indómita figura plantar cara en el terreno intelectual (el ajedrez) a los rusos.

La partida Pomar-Fischer es el epicentro, al que se vuelve reiteradas veces y sobre el que orbitan el resto de crónicas que nos hablan de Julián Grimau, el último fusilado por el régimen franquista, Caracremada, el último maqui en España, José Antonio Pardines, el primer asesinado por ETA; el exilio del presidente de la República Diego Martínez Barrio; Marcos Ana, el preso político que verá la luz dos décadas después de haber acabado la guerra civil; aquel falangista, Román Alonso Urdiales capaz de soltar esta bomba: Franco, eres un traidor; los siete mineros que deciden parar, en Mieres, en Asturias, en el pozo la Nicolasa y prenden la mecha de otros parones, Dolores Medio el reverso de la Sección femenina de Pilar Primo de Rivera, el viraje de Dionisio Ridruejo hacia el activismo y la oposición a Franco…

Cerdá mira al tablero, sabe que se enfrenta a un jugador casi invencible con múltiples caras: la injusticia, el olvido, el poder. Puede bajar los brazos, agachar la cabeza, dejarse achantar, mirar parar otro lado, abrevar en otras aguas más complacientes o también puede, y es lo que hace, dar guerra con sus figuras, aquí todos ellos peones, quienes en determinados momentos de la historia de España y de los Estados Unidos realizaron movimientos claves, aperturas inéditas que pillarán al Poder con el pie cambiado y como esa china que salta sobre el parabrisas y parece un rayón casi invisible, luego se transforma en una grieta difícil de ocultar; movimientos en España y Estados Unidos que cifrarán la lucha contra la injusticia, el segregacionismo, el racismo, los abusos laborales, la falta de libertades bajo un régimen franquista amigo de las represalias, las sacas, los fusilamientos; crónicas a las que Cerdà imprime un aliento épico, llevando al lector con su prosa vigorosa a lomos de una emoción sostenida durante casi 250 páginas.

Creo que si Cuerda levantara la cabeza bien podríar afirmar de este libro aquello de todos sois contingentes, pero tú eres necesario. El libro de Cerdà lo es, al encarecer el compromiso político, la fortaleza de las convicciones, la valentía, el arrojo, la determinación de esos peones que conscientes de serlo, sabían también que un peón no era nunca sólo un peón.

Y para acabar, y aunque no aparezca en el libro de Cerdà, pienso mientras escribo esto en Zweig. Cuando éste se encuentra exiliado en Petrópolis se aburre tanto, no tiene nada que leer ni nadie con quien conversar, que un día en una tienducha compra un libro que recoge 150 jugadas maestras de ajedrez, y en sus manos aquello se transforma en Novela de ajedrez. Pocos días después, envía el manuscrito al editor. El exilio es un futuro que le ofrece tablas, pero él tumba el rey sobre el tablero. Sabe que ha perdido. No quiere continuar, ni tiene sentido alguno volver a un mundo que para él ya no existe. No hay vuelta atrás para un peón. Junto a Lotte, ella tiene 34 años, ingieren el veneno que los matará.

Fin de partida.

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Línea de penumbra (Elvira Valgañón)

Metamorfosear la nada y convertirla en algo: una melodía, una escultura, una pintura, un texto. Poblar el silencio, habitar el espacio, adensar la historia, un ejercicio creador capaz de todo esto. Y de mucho más. Hacer aflorar una pintura en una cueva prehistórica, como brotada de la piedra, pero de la mano del artista. No son Los Once personajes del cuadro de Michon, sino trece los cuadros con los que Elvira Valgañón pergeña esta delicada, absorbente y fascinante novela, una Línea de penumbra deslumbrante. Me pregunto si novelas como esta no deberían formar parte desde ya de los planes de estudios. Ya que la historia que se nos enseña hoy atiende a un memorizar-olvidar convertido en acto reflejo.
Me pregunto si un libro como este, además de azuzar nuestro interés y curiosidad por el pasado, no nos brinda a su vez la magnífica posibilidad de a(ho)ndar en la historia, desde la prehistoria y las pinturas rupestres, hasta mediados del siglo XX con el arte moderno, de la mano de autores como Bacon, pasando por Hopper, Juan de Flandes, Artemisia Gentileschi, Ghirlandaio, Caravaggio, El Bosco, José Arrúe… El punto de partida en cada relato es como preámbulo un cuadro. Cada cuadro tiene una historia delante y detrás. La mayoría son encargos, obras que explican la historia o la falsean; algunos permiten explicar la naturaleza casi idéntica entre la obra del artista y su vida como en el caso de Caravaggio, siempre al límite, como le sucede también a Bacon en su Retrato de George Dyer en el espejo. Cuadros que encierran un misterio como el Automat de Hopper, y también el nuevo signo de los tiempos; Podemos experimentar la rabia y la desolación del verdugo en Salomé con la cabeza del Bautista o la determinación del suicida en La tumba del nadador.
La vida entra y sale de los cuadros, y pasa al observador que la acomoda a su vida y a las hechuras de su existencia, y si el cuadro no nos dice nada por sí mismo o así estamos de sordos, entonces Elvira nos cuenta una historia, la del cuadro, la de su autor, la del retratado, la de su época, y aquí no hay fárrago, más bien precisión y detalle (algo que uno viene apreciando con agrado desde que en su día leyera Luna cornata y después Invierno), sutileza en el trazo, vida bullente en las bien seleccionadas palabras, misterio, arrullo y sugerencia: literatura alada, para entendernos.

Todo lo que cabe en un cuadro cabe también en un libro. Un espacio infinito, el que abre este libro.

Pepitas de calabaza. 2020. 158 páginas

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Los amigos (Ánjel María Fernández)

Un espíritu nada taurófilo como el mío se ve leyendo Los amigos (editado por Pepitas de calabaza o por Los aciertos ediciones, no me queda muy claro) de Ánjel María Fernández (Arnedo, 1972), libro escrito a la mayor gloria del torero arnedano Diego Urdiales, amigo del autor.

Ahora que las plazas de toros pierden gente entre sus gradas, que hay algunas comunidades autónomas en las que incluso están prohibidas las corridas, que la denominada Fiesta Nacional está en entredicho y que los animalistas entienden el sacrificio de los toros como una aberración, el libro de Ánjel es una vindicación de Urdiales, el urdialismo es un humanismo, en el que trata de trazar puentes y conceptos que parecen irreconciliables, leo: Y porque entiendo que ser taurófilo no solo demanda sino que exige ser animalista, estoy seguro de que todo el animalismo ha de ser taurófilo más pronto que tarde; no me cabe duda […] la tauromaquia devendrá en ejemplo a seguir, se constituirá en el horizonte y allanará la senda que marcará nuestra relación como especie humana con el resto de especies.

El propósito de Ánjel es seguir en 2016, a Urdiales un año por los ruedos, pero como este objetivo se malogra, se conforma con seguir las corridas por televisión, otras de forma presencial y echando mano también de grabaciones antiguas, para trazar una suerte de biografía que nos explique a Urdiales en particular y la tauromaquia en general. Ya sea con apuntes historicistas, apuntes y anécdotas en las que se manifiesta lo dificultoso que les supone a los diestros pisar un ruedo y poder ejercer de toreros. Incluso ya con cierto prestigio y reconocimiento, el traje de luces lo es también de sombras pues como se lee, sin toro no hay torero, y cuando los toros no son buenos (en el libro se habla acerca de los encastes) poco puede hacer el torero más allá de sumirse en la desesperación. Vemos años de sequía en los que es difícil ir teniendo continuidad en los ruedos para lo que se precisa una gran fortaleza. Leyendo a Ánjel escribir sobre Urdiales uno parece encontrarse ante algún héroe o Dios griego del que por muy humanos que se presenten, hay algo que los conforma y los hace, no distantes pero sí especiales. O al menos con estos ojos parece contemplar al diestro -como el que ve y se extasia ante un David de Miguel Ángel- el autor.

El toreo se sueña, el toreo se piensa, el toreo se entrena, pero exige después culminarse en plaza verdadera, ante público cierto y delante de animal para concluir lo nunca hecho, para materializar una novedad, para publicar lo inédito.

El texto también se puede entender como un anecdotario (sobre toreros paracaidistas o pánicos, por ejemplo), poblado el texto de una galería de personajes singulares y literarios que dan su juego, gracias al humor sostenido y chocarrero que destila Ánjel, que irá conociendo en ese ambiente taurino personas de lo más granado, como el Chisporrote: estrella mejicana del reguetón, Diana y su falotesis, Aldonza, la pareja del narrador, la señorita Flórez, que permite a la narración buscar los derroteros del suspense.

Sin que la tauromaquia me llame lo más mínimo, el libro de Ánjel me ha mantenido entretenido, y quizás en un futuro la novela, ya sin estar bajo los efectos de la dietilamida, puede abocar en otro texto, en un ensayo (el autor quiere romper con esa imagen que tiende a tildar a los taurófilos de paletos, ignorantes, salvajes, de derechas, etcétera), aquí ya esbozado, a cuenta de la integración de la tauromaquia en la modernidad y su nueva sensibilidad, si esto es posible y no nos hallamos ante un oxímoron.

Los aciertos Ediciones. 2020. 191 páginas

Paraguas en llamas

Paraguas en llamas (Jordi Mestre)

Por la San Juan los de Pepitas de calabaza han abierto en Logroño una librería muy mona. De buena gana me hubiera plantado allá con mi vehículo y hubiera hecho un alunizaje pero las dimensiones de la calle no dan para ello, así que hube de pagar religiosamente los dos libros que me llevé, este de Jordi Mestre y otro de Emerson, Sociedad y soledad, un título que por sí solo ya me seduce. El libro de Jordi Mestre, Paraguas en llamas, va con prólogo de Enrique Vila-Matas y para mí lo que escribe EV-M va a misa. Leí el citado prólogo y ahí se alaba el humor de Mestre que tuvo un blog http://miraquehefet.blogspot.com en el que iba metiendo entradas (entre 2005 y 2014) y que al fallecer en 2016, EV-M entendió que todo lo que estaba en la nube debía tomar tierra y precipitarse como libro. Dicho y hecho, Pepitas mediante. Y luego no me dirán que la edición no tiene algo de alquimia, de milagro.

Librería de Pepitas de Calabaza en la Calle San Juan 38 de Logroño

Me lo he pasado pipa con el humor que se gasta Mestre. A menudo, mientras leía tumbado en el sofá, en la cama, en la esterilla, en el chinchorro y me carcajeaba me preguntaban de qué te ríes –no con cierto recelo e incluso con sospecha, como si la risa ajena fuera una amenaza, fantasma, en todo caso- y entonces pasaba a leer en voz alta y las carcajadas se duplicaban, triplicaban, incluso cuadruplicaban, y no sé si esto atiende a que en mi casa somos todos unos cachondos o a que el confinamiento nos está haciendo puré la masa madre cerebral.

Celebro la libérrima escritura de Mestre. Cuando uno tiene un blog como el suyo en donde no hay ni rastro del número de seguidores ni nada parecido, la escritura se convierte en un monólogo interior que se va tejiendo en la nube y del que si llega alguna apreciación o denuesto será por la vía del comentario. Se equivocaba la Carrá cuando “cantaba” aquello de que para hacer bien el humor hay que venir al sur. Mestre es catalán y lo borda. Se presenta como un buen observador y lo era, basta con leer sus escritos, cuajadito de agudas observaciones de todo tipo, del tipo que mira de otra manera, que saca jugo de lo prosaico (los compañeros del colegio, las bodas, la convivencia parejil, las vacaciones, los misterios chinos, las carreras en taxi de lo más poéticas, las despedidas que siempre acaban por materializarse, la llegada de los churumbeles, las obras en el hogar de ¿un tipo simple que nunca entendió nada?. Ja, por aquí), lo manido, lo trillado, contrastando la realidad con una imaginación desatada auxiliada por un humor, atributo de la inteligencia, que nos espolea y expolia los lugares comunes para cimentar su obra, en la que hay continuas referencias a los libros leídos, entresacando párrafos curiosos, a las películas vistas, a personajes que muestran su cara más patética, más humana, nada aquí de heroísmos, sino cobardías, tiempos muertos, mujeres que van y vienen y se quedan como la Nueva, amigos que fallecen, novelas cuya escritura se comienza y se aborta casi de inmediato como el que se asusta al coger distancia y ver el tamaño de la montaña a ascender y le invade la indolencia, la pulsión sexual desactivada tras el coito, así quedan esbozos, líneas maestras, sinópsis de las novelas que podían haber sido, pero sí hay anécdotas que adquieren la categoría de relatos, algunos geniales como las biografías que Mestre, muy futbolero, le dedica por ejemplo a Rummenigge o cuando se nos habla de la crotalogía y quedamos no sé si más felices que unas castañuelas pero sí con una sonrisa dibujada en el rostro, a no ser que sufras el síndrome de Moebius. A fin de cuentas como nos advirtiera Sábato, Vivir consiste en fabricar futuros recuerdos, aunque no sean alegres ni significativos, remataría el gigante ruso.

Está muy bien esto de los blogs, a la vista está, pero comparto lo que afirma Mestre sobre el papel, a mí dame el papel, aunque sea para limpiarse el culo.

El papel

Gentes que entienden de ello me aseguran que las redes sociales ganan terreno día a día y que sus usuarios abandonan en masa los medios de comunicación tradicionales: la radio y hasta la televisión y, sobre todo, la prensa escrita. Dicen que la celeridad de Twitter y otras redes es irresistible y que las noticias se anuncian en décimas de segundos al mundo entero. Y es verdad, veo que la estupidez y la mentira nos llega ahora a una velocidad inimaginable para quienes, como yo, preferimos la falsedad y la tontería reposada de los viejos diarios de siempre. En el papel sabemos leer entre líneas y creemos entender quién engaña a quién y para qué; entre las breves líneas de Twitter uno sospecha que jamás hay nada escrito. O sea, que todo ha cambiado. Y que todo es lo de siempre, pero ya ni el papel nos queda. A ver quién se limpia el culo con un iPad.

Sonreír alarga la vida y libera estrés, dicen (aunque no se fíen porque lo más seguro que detrás de tan alegre afirmación haya algún lobby humoroso). Yo creo que después de leer a Mestre amén de desestresado he ganado también unos cuantos minutos de vida. ¡Dios, es todo tan paradójico! porque crees que pierdes el tiempo leyendo un libro y resulta que acabas ganándolo.

Albergo una duda, ¿venció finalmente Mestre a Paradiso?. Yo también lo tengo por ahí, sin leer, en algún estante viviendo el sueño de los justos.

Pepitas de calabaza. 2019. 280 páginas