Archivo de la categoría: anagrama

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Las Inviernas (Cristina Sánchez-Andrade)

Recientemente leía la espléndida novela Dicen de Susana Sánchez Arins en la que abordaba la represión franquista en Galicia, en Ribadumia, a través de una figura familiar: su tío Manuel. Ahí encontré la emoción que no encuentro al leer esta novela de la gallega Cristina Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968) quién sitúa a sus dos protagonistas, Las Inviernas -Dolores y Saladina- en la Tierra del Chá, en el interior de Galicia. Vuelven ellas a un pueblo en el que todos se conocen y tienen algo que callar. La narración va despojando de capas –no sin dar muchas vueltas- la cebolla que es la narración, hasta llegar al núcleo de la misma y resolver así un par de cuestiones capitales: qué paso con Reinaldo, el abuelo de las Inviernas (quien acordaba, por escrito, comprar el cerebro a los lugareños cuando estos muriesen a cambio de una suma, para avanzar así en sus investigaciones científicas), que las obligó a marchar en 1936 y con el marido de Dolores, un pescador de pulpos y fanecas.

Las inviernas son dos y una, pues toda su vida ha sido una simbiosis filial, siempre juntas, en todas las partes y lugares, salvo esos días en los que Dolores decidió probar la miel –que fue hiel- del matrimonio. Las hermanas fueron a parar a Inglaterra, allá aprendieron inglés y se aficionaron por el cine (cuando Ava Gardner venga a Tossa de Mar a rodar, sabremos que la historia transcurre en 1950). Regresarían a España, a La Coruña para finalmente volver al hogar familiar.

El villorrio está poblado de personajes particulares como el dentista que arranca los dientes a los muertos y se vista de mujer, el capador, una viuda obsesionada con su marido difunto que se casará con otro hombre del que se queda embarazada frisando los cincuenta, el cura, obsesionado con las viandas y siempre de un lado a otro con sus óleos, un niño que no fue destetado hasta los siete años, una vaca, Greta, a la que se le irá la pinza y acabará balando cual oveja, Saladina a la que también se le empañará el juicio y buscará su final a lomos de una higuera…. Son, en definitiva, personajes que están ahí como secundarios, que hacen que la narración sea eficaz y depare una lectura simplemente amena, pero que poco tienen que ver con la historia principal, que es la relación trágica de las dos hermanas, su huida y su regreso, que corre el riesgo de no ser definitivo, pues al igual que entonces tuvieron que marchar a la carrera, ahora parece que el pueblo, una suerte de Fuenteovejuna, las quiere de nuevo lejos de allá, en otra parte.

Sánchez

Sánchez (Esther García Llovet)

Van cuatro: Las crudas, Mamut, Cómo dejar de escribir y ahora Sánchez. Las dos últimas novelas parece ser que forman parte de una trilogía, la Trilogía instantánea de Madrid. He tenido que mirar lo que escribí sobre Cómo dejar de escribir para situarme, porque las novelas de Llovet no dejan ningún poso en mí, pero a la vez reincido.

Instantánea (se abre a derivas fílmicas o visuales) es un epíteto que le va muy bien, pues en esta novela y en la anterior todo es fugaz (esa es la verdadera naturaleza de las cosas), como las estrellas que campan a sus anchas en la bóveda celeste. Los de abajo: Nikki, Sánchez, Bertrán, Filardi, Cromwell (un galgo del que dudo que suyo sea el mañana) llevan en sus bolsillos un vocabulario existencial consistente en el: trapicheo, menudeo, hurto, trile, consumo; las apuestas, la ingesta, recorren el Madrid, del extrarradio, se arriman a Mercamadrid (ese botín producto del saqueo diario del arca de Noé), mientras trasiegan las horas muertas en los chinos que nunca cierran, van en busca de una italiana, una tal Filardi para darle gato por liebre y endiñarle un galgo empastillado.

Esa única noche consume la novela (con algún apunte del pasado como el tiempo que Nikki y Sánchez pasaron juntos, si bien pasar puede consistir en que Nikki fuera su novia invisible) y al lector, que habría de leerla, antes de los alfilerazos del rosicler, a las cinco de la mañana, esas horas que existen pero no las mire nadie […] esperando sentadas a que se haga de día y pase algo de una vez. Ese es el ánimo. Esa sería la sensación de cansancio, precariedad, aburrimiento, expectativa, capaz de propiciarlo todo, incluso la nada más absoluta y fosforescente, ya que a veces, esa y no otra es la auténtica naturaleza de una novela.

Lecturas 2018

Esta es la relación de los libros que he leído y reseñado en 2018. Una acertada selección de las lecturas me ha permitido sustraerme -y a su vez desafiar los preceptos délficos: ya saben, aquello de “Nada en exceso“- a uno de los grandes riesgos que corremos los lectores compulsivos: el empachamiento.

Feliz año y felices lecturas.

Ecce homo (Friedrich Nietzsche)
Un verano con Montaigne (Antoine Compagnon)
Algo va mal (Tony Judt)
Nuevas lecturas compulsivas (Félix de Azúa)
El silencio de los libros (George Steiner)
De una palabra a otra: Los pasos contados (Octavio Paz)
Fragmentos (George Steiner)
Nostalgia del absoluto (George Steiner)
Autobiografía sin vida (Félix de Azúa)
Hyperion (Friederich Hölderlin)
Parad la guerra o me pego un tiro (Jacques Vaché)
Los Muchos (Tomás Arranz)
Breve historia del circo (Pablo Cerezal) Sigue leyendo

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Lectura fácil (Cristina Morales)

Cristina Morales (Granada, 1985) en Lectura fácil desde unos presupuestos anarquistas reparte hostias como panes de masa Madre a los independentistas catalanes, cuperas, machos-machas fachas neoliberales, asistencialistas, movimientos asamblearios, a todo aquel lenguaje retórico, uniformador, al poder establecido, domesticador y normalizador, que quiere alienar al ser humano, disolviéndolo en colectividades de toda clase… y lo hace desplegando un lenguaje abrumador, lúcido, inteligente, vanguardista, corrosivo, humoroso (Nati, es una creación colosal), que te vuelve loco (léanse con calma el fanzine Yo, también quiero ser un macho) y el repasito que le da a Ivars), que hace que te estalle la puta cabeza mientras tomas conciencia de cómo se reparte el peso del poder y el dominio desde el comienzo de los tiempos, al tiempo que uno va dándole vueltas a la emancipación femenina y a todo aquello que la frena, la impide o directamente la sanciona: el macho, sus actos y su lenguaje.
Lectura fácil (Cristina Morales)
Para plasmar todo esto los personajes son cuatro discapacitadas intelectuales que se expresan y argumentan con una locuacidad verborreica rayana en la perplejidad (la mía): Àngels, embebida en la escritura de su novela autobiográfica por guasap, bajo el sistema de Lenguaje fácil, que nos permite conocer de primera mano el funcionamiento de los CRUDIS y RUDIS.
Nati, discapacitada sobrevenida cuyos ententes con todo pichagato en sus clases de bailes (inevitable no pensar en la muy recomendable Que nadie duerma) son de lo mejor (y esto es mucho decir) del libro. Aún me estoy descojonando de su charleta sobre el porté y la lúbrica escena, ese triángulo sexual isósceles y diferido, con Ibra y Marga. Cristina demuestra lo proteico de su lenguaje y cómo en esta novela es puro movimiento y herramienta para cuestionárselo todo.
Marga, quien deja la casa en la que viven tuteladas las cuatro para irse de okupa con ayuda de la PAH (impagables y muy sustanciosas las actas y conversaciones mantenidas en el ateneo arnarquista), mientras las autoridades se afanan en buscarla para ponerla bajo a techo, a buen recaudo, es decir, bajo observación y tutela, de nuevo.
Patri, quien se las tiene que ver con el monstruo judicial, dando su testimonio, a fin de determinar judicialmente si Marga debe ser esterilizada o no.

Habría de ser esta valiente, incisiva y mordaz (en las antípodas de cualquier complacencia) novela, riquísima de ideas (lo de Lectura fácil del título tiene su retranca, porque avanza en vertical) ambientada en Barcelona, de dominio público, estar presente en cada instituto, en cada casa, en cada biblioteca, en cada puesto de trabajo, en cada asamblea, en cada barra de bar, en cada pareja y familia, pero de momento y ya que esto es como pedirle peras al olmo, una utopía, que significa un no lugar, para empezar, leámonosla. Gramófono en mano.

Lectura fácil ha sido una lectura acojonante. Lectura acojonante significa que al leer se te caen las compuertas mentales (si de entrada no nos da por cerrarlas, buscando el repliegue, porque la autora va pisando callos y soltando patadas a la entrepierna todo el tiempo), tal que al oír en la radio hace nada hitazospaternalistascarcelarios como “Déjala que baile con otros zapatos/ Unos que no aprieten cuando quiera dar sus pasos/ Déjala que baile con faldas de vuelo/ Con los pies descalzos dibujando un mundo nuevoooooo” me dan ganas de vomitar.