Archivo de la categoría: Fulgencio Pimentel

IMG_20190715_151107_2_opt

El libro de las aguas (Eduard Limónov)

Desde este espacio virtual decir que lamento la muerte de Limónov, ocurrida ayer (17/03/2020). Al escritor hay que rendirle homenaje leyéndolo, y si es antes de su muerte, mejor, a fin de de que éste pueda obtener alguna clase de reconocimiento, el que sea, en vida. Recupero la reseña de El libro de las aguas, que leí el verano pasado.

El libro que Emmanuel Carrère escribiera sobre Limónov, del mismo título, nos puso a este último en el mapa libresco. La editorial riojana Fulgencio Pimentel publica El libro de las aguas de Limónov con traducción de Alfonso Martínez Galilea y Tania Mikhelson y un apéndice de esta última.

La portada del libro es muy representativa de lo que encontraremos en el mismo: balas y condones. Limónov se ve como una mezcla de Casanova y Ché Guevara. Híbrido de hombre de letras y acción. A los veintipocos, en 1972, decide que cuando vea una masa de agua se introducirá en ella. El libro se estructura en capítulos tales como Mares, Ríos, Estanques, Fuentes, Saunas, Baños… sobre los que se irán organizando, es un decir, porque el caos nunca deviene cosmos, los recuerdos de Limónov, en los que primará lo bélico y lo sexual, el semen y las balas.

No entra Limónov en planteamientos ideológicos, pero sí que aparece por ahí el partido bolchevique que fundó, lo vemos haciendo campaña de Diputado, relacionarse con mafiosos, matones y revolucionarios, con todos los bad boys de la guerra (el libro lo escribe Limónov en 2002), escribir desde la cárcel, aunque lo que parece que al autor ruso más le pone es portar un arma automática o montar en un tanque para sentirse titánicamente el puto amo del mundo.

Comprendí, además, que el género literario contemporáneo por excelencia era el biográfico. Así fue como vine a dar aquí. Mis libros son mi biografía, todos de la serie “Vidas ilustres de grandes personajes”, afirma Limónov para justificar estos textos, que se apoyan sobre los dos ejes en que descansa todo diario: el tiempo y el yo, según Tomás Sánchez. De hecho Limónov dice que el libro de las aguas podía haber sido el libro del tiempo, ambos líquidos, inasibles. Aquí no hay entradas diarias, o mensuales, sino referidas a años, pero la idea de fijar los lugares y recuerdos en el tiempo es la misma.

Afirma Limónov que sus colegas no entendieron su inclinación por lo heroico. Limónov es muy dado a la fanfarronada (se ve como el creador de una nueva escuela de periodismo de guerra y no desaprovecha la ocasión para una y otra vez hacer mención a sus libros publicados, verse como un escritor consagrado, etcétera) y me recuerda al personaje de aquella película mítica que soltaba baladronadas del pelo de “Me encanta el olor del Napalm por la mañana. Huele a victoria”. A Limónov la contemplación de las ciudades bombardeadas y en ruinas lo inflan también como a un zepelín rezumante de éter poético, pues ahí ve él la belleza, lo que explicaría que esa inclinación heroica y estética se materialice en ir recorriendo buena parte del globo terráqueo yendo a los avisperos bélicos para meterse directamente en el ánima del cañón. Escindida la retórica bélica, fluye en la narración el diario viajero de un alma errabunda y trotamunda que pone ante los ojos del lector parajes desconocidos, de belleza inusitada, pienso en la reserva del valle de los Tigres en Tayikistán, Pirigov, Dusambé, allá donde Europa se encuentra con Asia, en una mezcla magnética entre lo urbano -donde Limonov flaneará por las calles de ese mundo moderno, creado por Badeaulaire según Limónov, bañándose en fuentes ya sea en París, Roma, o Nueva York, buscando lo húmedo y el sumidero, donde se acumula la roña, lo sórdido, lo salvaje, aquello que Limónov busca a pecho descubierto con intensidad Kamikaze- y lo rural, por parajes esteparios, despoblados, donde el único abrigo y consuelo son el cielo, la tierra y sus frutos, las estrellas, y el runrún de los carros de combate, el sonido de las balas, las miradas extraviadas de los corderos sacrificables.

El recorrido, por ejemplo, por las fuentes de París sirve a su vez, para hilar lo biográfico con la Historia, ya saben las guillotinas, decapitaciones y demás virguerías “ilustradas”, pero lo que prima aquí es el inventario de mujeres que entran y salen en la vida de Limónov, menores de edad y muy delgadas la mayoría, incluso dispuestas al sacrificio. Limónov no se corta un pelo y con la moral se forra los jirones de la entrepierna del pantalón, sin pararle mientes a nada.

No sé si Limónov es un personaje o no, pero después de leer su nutricia y refrescante autobiografía me acojo a la incerteza que tan bien cantó mi homónimo, ya saben: Io tutto, io niente, io stronzo e io ubriacone/ Io poeta, io buffone, io anarchico, io fascista/ Io ricco, io senza soldi, io radicale/ Io diverso ed io uguale, negro, ebreo, comunista/ Io frocio […], Io falso, io vero, io genio, io cretino/ Io solo qui alle quattro del mattino/ L’angoscia e un po’ di vino, voglia di bestemmiare/

Fulgencio Pimentel. 2019. Traducción y notas de Alfonso Martínez Galilea y Tania Mikhelson. 354 páginas.

IMG_20191024_171633

Los nuestros (Dovlátov)

Hay itinerarios literarios como la obra de Dovlátov que quiero seguir recorriendo. Empeño factible gracias a la labor de la editorial riojana Fulgencio Pimentel que ha rescatado del olvido y publicado en castellano hasta el momento cuatro libros del autor ruso: Retiro, Oficio, La maleta y Los nuestros.

El único a quien quisiera parecerme es a Chéjov decía Dovlátov y con este comparte su gusto por el detalle, como se aprecia bien en este libro que mediante capítulos breves, elabora una especie de autobiografía familiar, de lo más granado, como recoge Tania Mikhelson en su artículo ¿Quiénes son los nuestros?, a saber: Un tío vigoréxico, otro occidentalizado indiferente a todo lo que no sean los pequeños placeres burgueses, un funcionario gris domesticado por el régimen, una tía correctora de estilo y su hijo héroe del proletariado, llamado a un eterno retorno como delincuente. Una madre sufrida y obsesionada con la higiene. Un padre desorientado y fatuo, escritor de intermedios cómicos. Una esposa indolente, casi muda. Y una hija sin excesivo talento, desdeñosa de su infeliz progenitor. Por último, una perrita, quizá el único ser inequívocamente digno del relato. Doce, en total, trece si contamos a su hijo recién nacido.

En los relatos destila el humor absurdo ya desde el comienzo con las andanzas de su bisabuelo Moiséi y prosigue cuando leemos la peculiar historia de amor y convivencia con la imperturbable Lena; también la ironía, la mordacidad, el sarcasmo, el chiste, lo bufonesco, la crítica al régimen comunista, un desencanto cristalizado en una descarnada lucidez que conforma el estilo, la marca de agua, de Dovlátov.

Y, sin embargo, en tiempos de Stalin las cosas iban mejor. En época de Stalin se editaban libros y luego se fusilaba a sus autores. Ahora no se fusila a los escritores. Y tampoco se publican libros. No se cierran los teatros judíos, porque sencillamente no los hay…

Los herederos de Stalin decepcionaron a mi padre. Les faltaba grandeza, brillo, teatralidad. Mi padre estaba dispuesto a aceptar la tiranía, pero una tiranía oriental salvaje y llena de color.

La mayoría de las anécdotas, a cual más divertida y delirante, que refiere Dovlátov tienen que ver con sus familiares pero también nos habla de sí mismo, su empeño por ser escritor y su nulo éxito (al menos durante su estancia en la URSS), finalmente el exilio de su mujer y su hija a los Estados Unidos, y posteriormente el suyo con la madre y la perra. Un sueño americano que más que acogerlo en su seno los ubicará como un quiste en el extrarradio, en la periferia, junto a otros muchos desheredados y compatriotas.

Hay diálogos, como el mantenido con su hija, que cifran el estéril reconocimiento que le llega sito ya en los Estados Unidos.

- Ahora por fin te publican. ¿Y qué ha cambiado?

– Nada… -le dije-. Nada

A pesar de lo cual los fungibles laureles acabarán ornando su testa:

Hace tiempo que soy un escritor profesional; pobre como la mayoría de los escritores serios en occidente, pero del todo respetado, y el volumen de lo escrito sobre me triplica ya lo que yo mismo he logrado escribir

Además, que en una pequeña ciudad como Logroño, casi tres décadas después de la muerte de Dovlátov se le siga leyendo, oreándolo por estos devaneos literarios, seguro que compondría en el rostro del autor una sonrisa de satisfacción y extrañeza.

Fulgencio Pimentel. 2019. Traducción y Epílogo de Ricardo San Vicente. Edición de Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea. 192 páginas

_visd_0000JPG024HB

La maleta (Serguéi Dovlátov)

Cuánta tierra necesita un hombre, se preguntaba Tolstói en una novela. Mucha menos de las que pensamos, unos 6 metros cúbicos. Cabe toda una vida en una maleta, parece preguntarse Dovlátov. Una maleta es el objeto que le permite a éste volver a su pasado. Estos artículos de Marta Rebón y de la editorial que lo publica, sirven para situarnos y conocer mejor al autor.

La maleta exigía por parte de otros lectores una reedición. Lo que ha venido a hacer la editorial riojana Fulgencio Pimentel, que anteriormente a La maleta había publicado otras dos novelas de Dovlátov: Retiro que leí y disfruté mucho y Oficio, que tengo pendiente.

Lo que me depara la lectura de esta maleta son unas cuantas carcajadas, habida cuenta del humor que gasta el autor ruso, el cual pone al mal tiempo buena cara y narra sus recuerdos buscando siempre la ironía, el punto gracioso al asunto, como cuando dice que no se puede tener ningún crédito intelectual en su país, si no se ha pisado una cárcel.
A Dovlátov, siempre crítico con lo que veía, le censuraban sus obras en su país (un artista convertido en una arista para el régimen), y este se lo tomaba todo con humor, seguía escribiendo sin parar, empecinado en ser escritor, encajando centones de rechazos editoriales, y logrará publicar lo escrito una vez afincado en los Estados Unidos.

Dovlátov se toma a chufla a sí mismo, le quita gravedad a toda situación, parece no importarle nada (pero qué páginas dedica a su mujer, y qué bonito refleja ese puyazo que de pronto le supone el amor, una foto mediante), asentado en su atracción por los bajos fondos y aquejado de una indolencia y pasotismo que no le impedirá coger la pluma ni amorrarse a la botella, para ofrecernos una novela narrada como una sucesión de recuerdos bajo la forma de relatos, que nos hacen pasar un buen rato, como si la alegría -en el caso de Dovlátov- siempre saliera a flote, bajo un estilo, una filosofía de vida más bien, que me recuerda en su humor y en sus críticas a un régimen comunista a otra novela insoslayable, Días felices en el infierno, de Faludy, también editada por Fulgencio Pimentel.

Fulgencio Pimentel. 2018. 194 páginas. Traducción de Justo. E. Vasco.

Retiro

Retiro (Dovlátov)

Qué tendrá la literatura para que levante tantas pasiones y se erijan monumentos de cuerpo entero o bustos, y uno vaya a Mondoñedo y se encuentre con Cunqueiro, o vaya a un garito en Pamplona y comparta barra con Hemingway o vaya a Lisboa y vea a Pessoa en Chiado mientras te tomas un café, y haya escritores como Chejfec que de mocete transcribía párrafos y páginas enteras de Kafka con la idea de que se le pegara algo a la hora de escribir, o aquel que duerme con su novela favorita debajo de la almohada, o bien aquellos escritores que como María Belmonte siguen las huellas de otros escritores, peregrinos de la belleza, por Italia o Grecia, o como Richard Holmes se ponga tras las huellas de los románticos como Stevenson o Gérad de Nerval, como si recorriendo y viendo las cosas que estos vieron, sus biografías fueran más vívidas, más veraces, o como Eduardo Berti que se traslada hasta el sitio en el que vivió Jósef, como plasma en su última novela Un padre extranjero o como sobre la figura de Pushkin se crea -en la residencia en la que permaneció durante los dos años de exilio lejos de San Petersburgo al que fue castigado por el zar Alejandro I- algo parecido a un parque temático -el Zapovednik Puskhinskiye Gory- en tributo a su gloria, ya inmortal. Sobre este último es sobre el que Dovlátov (1941-1990) construye su novela, donde prima el humor absurdo, la gamberrada -con un estilo que me recuerda al de Picabia, de quien hace poco leí con agrado su Pandemonio- el tono disparatado, sarcástico, irreverente, un aire disidente que se mofa del comunismo, pues como dice “todos piden tierras para el pueblo cuando en verdad lo que este quiere (el pueblo) es vodka y nada más, pues no sabría qué hacer con las tierras”. Vodka y alcohol hay mucho en la novela porque el narrador, alter ego del autor, es un escritor -al que no le publican nada y al que el éxito y el reconocimiento se le escurre una y otra vez- alcohólico, quien consigue salir de Leningrado y buscar algo de sosiego en un lugar alejado del mundanal ruido donde trabajará como guía turístico mostrando al pueblo la grandeza de Pushkin, una grandeza de la que Dovlátov se burla, pues todo aquel que no manifiesta algo parecido al fervor hacia el genio de las letras rusas se ve poco menos que como un disidente. El sosiego que encuentra allí el narrador se ve puesto en peligro cuando su mujer y su hija dejen el país y se trasladen a los estados unidos y no sepa si acompañarlas o no. El parque le permite a Dovlátov mostrar una muy particular galería de personajes, a los que hay que sumar los inquilinos de la covacha en la que se alojará, que da lugar a escenas descacharrantes. Si se siguen vertiendo al castellano más novelas de Dovlátov (la presente, bellamente editada por Fulgencio Pimentel), por estos pagos tendrá un lector.


Fulgencio Pimentel. 2017. Traducción y notas de Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea. Ensayo biográfico de Lino González Veiguela. 214 páginas.