Archivo de la categoría: 2019

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Fábrica de prodigios (Pablo Andrés Escapa)

La lengua es un modo de sentir la realidad

Borges

Hace un tiempo hablé aquí de Mientras nieva sobre el mar, el anterior y estupendo libro de relatos de Pablo Andrés Escapa (León, 1964). Ahora Pablo ha vuelto con Fábrica de prodigios, tríptico compuesto por tres relatos largos o novelas cortas: Pájaro de barbería (86 páginas), Continuidad de la musa (58 páginas) y El diablo consentido (96 páginas).

La nota introductoria y una de las que inician uno de los relatos corresponden a Cervantes y Cunqueiro y es palmario que la escritura de Pablo es tributaria del buen hacer de ambos en lo tocante a la imaginería.

Fábrica de prodigios me brinda una lectura gozosa, deudora de una prosa enriquecida con nutrientes poéticos (la poesía como suprema versión del lenguaje) y muy bien pulimentada, avivada por la sutil imaginación del autor, que cual encofrado de tinta cimentara los tres relatos y en donde la escritura trataría aquí de vencer las requisitorias del olvido, aventando un soplo que es el aliento de la pretendida inmortalidad, el vano intento de dejar huella a nuestro paso por la tierra, de ser memoria en los otros, o bien, en el caso de un escritor, aquella obra literaria que otros leerán en un futuro, aunque sea a costa de buscar múltiples reencarnaciones para como sucede en Continuidad de la musa, propiciar ese instante único, aquel que impida la muerte definitiva a la que nos conduce el absoluto olvido ajeno.

La imaginación se echa a volar en Pájaro de barbería, en donde paradójicamente el pájaro del título hará de su inmovilidad su razón de ser. Aquí, la realidad anodina de un viajante se verá alterada al conocer a un peluquero, Santos, cuya presencia se convertirá en un influjo que pondrá patas arriba la existencia del viajante, quien perderá así su cualidad portátil, para adoptar los presupuestos propios de una estilita. Pablo nos lleva y nos trae como por arte de ensalmo desde un plato colmado de callos en el bar de Corino, hasta Quinangán, en Filipinas; la feracidad tropical infecta entonces el texto que resulta también opulento, profuso en palabras cromáticas, fragantes y emolientes para el ánimo, si no fuera porque al final todo aquello es la estampa de un paraíso infernal, el de Santos, quien cifra certeramente cómo a veces la identidad de uno (la de Santos, víctima de su mutismo) la construyen las elucubraciones y fantasías ajenas.

El referido espíritu cervantino lleva por ejemplo a Serafín, en el El diablo consentido, a confundir y revolver realidad y fantasía, sueño y vigilia (se acuesta cada noche leyendo El Quijote), a tratar de ordenar la realidad a través de su escritura, alterada su mirada por las presuntas asechanzas de un demonio. La escritura sirve aquí como puerta hacia frecuentes extravíos que nos abocan a su vez a copiosos deslumbramientos, pues tal es la naturaleza de estos textos, al hacer uso de las palabras, no como el trilero con los guisantes afanado en el artificio y la impostura de unos cubiletes vacíos, sino como aquel que ensancha la realidad con las herramientas de su fantasía e imaginación, porque siendo cierto que vivimos como soñamos…solos, no es menos cierto que también somos lo que soñamos, pensamos e imaginamos.

Páginas de Espuma. 2019. 254 páginas.

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14 de julio (Éric Vuillard)

Francia es una buena cantera de escritores que ofrecen novelas cortas de gran calidad. Pienso en Echenoz, Michon, Modiano, Quignard o Vuillard. Vuillard no defrauda. Al menos en las tres novelas que llevo leídas suyas. La primera, Tristeza de la tierra, la otra historia de Buffalo Bill. La segunda El orden del día. La tercera 14 de julio. 14 de julio (en la portada un rostro del cuadro La libertad guiando al pueblo de Delacroix) la escribió Vuillard antes que El orden del día. El que haya leído esta última verá que la estructura de 14 de julio es pareja.
El relato aquí es vibrante, subyugante, palpitante, fluido, vertiginoso, conmovedor. Resultado deudor de la gran traducción de Javier Albiñana.

El título, 14 de julio, ya nos sitúa en París, en 1789, en la toma de La Bastilla. Una de esas fechas que como el descubrimiento de América nos grabamos a fuego en nuestros cerebros durante nuestros tiernos años escolares.

No es este un relato épico al uso, a la manera de Zweig, biografiando alguna figura histórica, como por ejemplo María Antonieta, a la que aquí vemos gastar o más bien dilapidar su dinero (el del pueblo) a manos llenas. No, aquí no hay relumbrón, hay muchedumbre, un pueblo llano que pasa hambre y vive mal, convertido en escalones que todo el mundo pisa y pisotea, que como el toro en el chiquero se revuelve y sale ahí fuera a motxarlo todo. Y lo motxa, sí, y corre la sangre y las mujeres van luego a los depósitos de cadáveres a reconocer los fiambres

…se sintió tan sola como un cadáver de farolero en los calabozos de Châtelet, y fue como si todo lo que había amado se hallase presente allí, en el atestado, y fuera a dormir siempre allí, en unas líneas secas, escritas a toda prisa por un comisario de policía. La recorrió un escalofrío. Se le agarrotan los labios. Alzó la cabeza. Fijó, aterrada, la vista en el hombre que tenía enfrente. No la veía. Escribía.

Vuillard indaga en los relatos de aquellos que estuvieron presentes ese día culminante y en las semanas previas, comenzando en la folie Titon, mientras la revolución se gestaba y el pueblo aullaba.

Podemos imaginar la masa humana como una mancha gigante de mercurio que se irá desplazando sin remisión hacia La Bastilla y de ahí van separándose algunas gotas, personajes como las sombras de Brueghel dice Vuillard, para tener su momento de gloria, una gloria doméstica, de baja intensidad, pasto del olvido, pero necesaria, para que los acontecimientos afluyan, la calle era de todos, y luego subsumirse en esa gran gota Humana, en la nada anónima, escapando los hombres del patíbulo como escapan de los libros de Historia.

Tusquets Editores. 2019. Traducción de Javier Albiñana. 184 páginas

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