Archivo de la etiqueta: Literatura Española

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El mundo ciego (Ángel Loureiro)

En El mundo ciego, primera novela de Ángel Loureiro publicada por Pálido Fuego, tenemos a dos mujeres, Alicia y Marta que tras romper con sus respectivas parejas masculinas -Alicia despachando a su novio, harta de verlo holgazanear a su vera y Marta tras ser abandonada por su maridito, que la deja por otra más joven-, deciden tirarse al monte juntas, dejar Madrid, encontrar el aliento de la naturaleza y al tiempo que hollan el camino, recorrer también las trochas del pasado, para que Alicia refiera su pasado de adicción a las drogas, el abandono por parte de su madre y Marta hable de su padre que está perdiendo la cabeza en una residencia, los tiras y aflojas con sus hermanas y demás cuestiones de índole familiar.

El caso es que las dos juntas ese fin de semana poniendo tierra de por medio, en la naturaleza, entre León y Asturias, reviven, se sienten otras, se pierden encontrando lo que buscan sin saberlo, el amor, sí majos, el amor, de una hacia la otra. Aquí la escapada es también una scopata. Loureiro refiere esta exaltación amorosa, el torrente pasional, de manera epidérmica, burda y rápida, sin dar chance al lector para la aclimatación. En los diálogos se instilan reflexiones filosóficas, religiosas, escatológicas… ya saben, lo normal cuando uno está en el monte con la lengua fuera sin resuello y el corazón centrifuga al galope y a un tris de que te dé un pampurrio, al abrigo y amamantamiento de las ubres de la Vía Láctea.

Marta quería escribir y de hecho traducía pero ahora que se ha liberado de su marido, exenta de esa carga que la impedía ser ella, la caminata le permite ahora formular mentalmente aquello que luego plasmará sobre el papel, lo mismo que hace Loureiro en su puesta de largo -y corto alcance- en el género novelístico con esta anodina pieza.

Pálido Fuego. 2019. 214 páginas

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Pornmutaciones (Diego Luis Sanromán)

Tengo en gran aprecio dos pequeñas palabras: No sé. Son pequeñas, pero tienen alas, decía Szymborska. En estos doce relatos (y un glosario nada elemental que hacen trece) de Diego Luis Sanromán publicados recientemente en Stirner aparecen varias veces, por boca de sus personajes, esas dos palabras aladas. Está bien. Sabemos que la única certeza es la incertidumbre en todo.

Hay que echarle dos cojones para escribir (Diego) y publicar (Adriano) relatos tan libérrimos como estos; insertos en esa clase de literatura que no encuentra fácil acomodo en las autopistas de la información y el ocio a granel.

Salvando las distancias leía a Sanromán y me venían flashes de la película La región salvaje, ecos de lecturas como Carnicería de Vivero (ahí también se mentaba un Diluvio universal), Fragmenta de Pastor, El vuelo de los charcos de Eduardo Iglesias, Alma/Click de Javier Moreno, etcétera.

Las Pornmutaciones del título ya nos sitúan en un escenario donde brotan por doquier las pollas, los coños (aquí, heridas), la lefa (no escuchaba esta palabra desde que en su día oía a Iniesta cantar aquello de: ¡tanta lefa para nada! ¡escupe bastarda). Pero al contrario del porno donde la realidad se constriñe y centra en un parte de la anatomía de los actores; polla, coño, ano, boca y ahí se queda la cámara, registrando, un buen número de minutos mientras los actores se vacían, en estos textos, proteicos, texturizados y seminales de Sanromán vuela la imaginación y quizás también la libido, en todas las direcciones, lanzando anzuelos, que al menos por mi parte, cobran su presa.

Está bien describir la realidad, pero está aún mejor dinamitarla desde dentro, darle espesura y sustancia, emplear la materia que segrega la inteligencia y la imaginación para literaturizar, aquí, el porno, trascendiéndolo, aupándolo desde la reflexión sobre el mismo. Click & Peep es una buena muestra de ello. Ahí se suceden varias escenas sexuales. El guion de las películas porno nos lleva a pensar que casi sería mejor que las películas fuesen mudas, pues nada se dice, o solo se dicen chorradas, dejándolo todo en manos de los gorjeos, ronroneos, gemidos, gritos, falsos todos ellos. Los diálogos, es un decir, son en inglés, y verlos traducidos permite poner el acento en ellos para confirmar lo anterior, y las palabras elevan el tono, pues lo visto, es lo visto mil veces y se demuestra que las palabras del narrador activan lo que las imágenes no logran cuando el porno es sinónimo de sopor, tedio y aburrimiento en cascada (o en corrida, en el mejor de los casos).

Aún me estoy recuperando de la lectura de Edén: cirugía mecánica (¿cómo clasificar este relato que parece una lección de anatomía robótica?). Lo proteico que decía antes se explicita en lo variopinto de las tramas. El soliloquio del asesino es brutal, busca remover las tripas y lo logra. Borrador de un informe es pasar a limpio las fantasías sensuales y juguetear con ellas, o darle vueltas sin parar como a un cubo de Rubik. Mi cabeza como el sol de la mañana, es un preámbulo (o prefacio, o incluso prepucio, si nos dejamos llevar por las anal-o(r)gías) suave para lo que se nos avecina, para ir metiendo las manos en harina, o en cabeza ajena. Todas las familias feroces nos aboca a un estado ruinoso, el del incesto ¿apocalíptico?. Es usted el Mago de los Vértigos, es territorio también para la fantasía sexual, para armar todos los deseos como un puzle en el cerebro que se deshace como la nieve y quema como ella en pos del santo grial de la autofelación.

Sanromán va en busca del humor y lo encuentra en el relato más breve, Sabes y en Tenebris Iptineus donde una cópula acaba resultando (con)fusión. Prima ahí la irrealidad embutida en una atmósfera muy bien conseguida, con los apuntes de un camarerooliscónpoeta. Producciones Nova Líbido presenta y Somewhere, someday, son dos divertidísimos relatos que abordan con mucha guasa el mundo historicista del porno como un producto industrial, cada día más consumido y demandado (una demanda cada vez más exigente en sus apetencias, superado el grado de saturación tal en el que nada parece impresionar al curtido espectador), abordando la mala suerte de muchos de sus actores y actrices cuando el porno se entrevera con lo criminal.

En suma, un doble feliz descubrimiento, el de una editorial y el de un autor, que bien podría afirmar que son la polla, pero no lo haré, a fin de que google no catalogue (si no lo ha hecho ya) esta blog como pornográfica.

Stirner. 2019. 134 páginas.

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Las Inviernas (Cristina Sánchez-Andrade)

Recientemente leía la espléndida novela Dicen de Susana Sánchez Arins en la que abordaba la represión franquista en Galicia, en Ribadumia, a través de una figura familiar: su tío Manuel. Ahí encontré la emoción que no encuentro al leer esta novela de la gallega Cristina Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968) quién sitúa a sus dos protagonistas, Las Inviernas -Dolores y Saladina- en la Tierra del Chá, en el interior de Galicia. Vuelven ellas a un pueblo en el que todos se conocen y tienen algo que callar. La narración va despojando de capas –no sin dar muchas vueltas- la cebolla que es la narración, hasta llegar al núcleo de la misma y resolver así un par de cuestiones capitales: qué paso con Reinaldo, el abuelo de las Inviernas (quien acordaba, por escrito, comprar el cerebro a los lugareños cuando estos muriesen a cambio de una suma, para avanzar así en sus investigaciones científicas), que las obligó a marchar en 1936 y con el marido de Dolores, un pescador de pulpos y fanecas.

Las inviernas son dos y una, pues toda su vida ha sido una simbiosis filial, siempre juntas, en todas las partes y lugares, salvo esos días en los que Dolores decidió probar la miel –que fue hiel- del matrimonio. Las hermanas fueron a parar a Inglaterra, allá aprendieron inglés y se aficionaron por el cine (cuando Ava Gardner venga a Tossa de Mar a rodar, sabremos que la historia transcurre en 1950). Regresarían a España, a La Coruña para finalmente volver al hogar familiar.

El villorrio está poblado de personajes particulares como el dentista que arranca los dientes a los muertos y se vista de mujer, el capador, una viuda obsesionada con su marido difunto que se casará con otro hombre del que se queda embarazada frisando los cincuenta, el cura, obsesionado con las viandas y siempre de un lado a otro con sus óleos, un niño que no fue destetado hasta los siete años, una vaca, Greta, a la que se le irá la pinza y acabará balando cual oveja, Saladina a la que también se le empañará el juicio y buscará su final a lomos de una higuera…. Son, en definitiva, personajes que están ahí como secundarios, que hacen que la narración sea eficaz y depare una lectura simplemente amena, pero que poco tienen que ver con la historia principal, que es la relación trágica de las dos hermanas, su huida y su regreso, que corre el riesgo de no ser definitivo, pues al igual que entonces tuvieron que marchar a la carrera, ahora parece que el pueblo, una suerte de Fuenteovejuna, las quiere de nuevo lejos de allá, en otra parte.

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El pecado (Alberto Gómez Vaquero)

Alberto Gómez Vaquero (Valladolid, 1984) en la subyugante novela El pecado, editada por Carpe Noctem nos sitúa a finales del siglo IV d.C en el norte de Hispania. La historia arranca en los años previos a que la religión católica se considerase la religión oficial del Imperio Romano (en el año 380 d.C.), por obra de Teodosio y acaba rebasado el año 389 d.C.

A un poblado llega un hombre al que denominarán el Doctor (recreación de Prisciliano). Un tipo al que los poderosos consideran muy peligroso, al ser capaz éste de movilizar a mucha gente. No es el suyo un mensaje belicoso, todo lo contrario; su único afán y pretensión en los que canalizará todas sus energías consiste en seguir al pie de la letra lo que dijo Jesús, buscando el perfeccionamiento moral de sus seguidores, no cediendo a las apetencias del cuerpo, dejándose así arrastrar por la gula, las bebidas, el sexo, la codicia: esa infinita sed de querer acumular cada vez más y más bienes materiales. Una actitud, la del Doctor, que la iglesia local con los obispos a la cabeza, tildarán de heterodoxa. A falta de argumentos, recurrirán a las calumnias, a fin de tratar de desbaratar la obra del Doctor, que consiste simplemente en ayudar a los demás y ofrecerles aunque sea unas migajas de esperanza, para que su paso por este valle de lágrimas sea algo más llevadero, pues para estos vivir, consiste únicamente en sobrevivir.

Vemos cómo los poderosos siempre quieren más poder, ya sean Emperadores u Obispos, para lo que el autor recurre a las figuras del emperador Máximo y del obispo Agrestio. Ante nuestros ojos se irán mostrando las distintas luchas intestinas, que quedan para los anales, entre Emperadores y eclesiásticos, con la única idea de ganar estos cada vez más poder, más dominios, sin importarles un bledo los ciudadanos, en aquel entonces, esclavos, colonos o siervos, que bastante tenían con llegar a la alborada siguiente.

En la figura de Antonio, un lugareño, se cifra y cristaliza bien la necesidad de ser libre, de tener una casa, un terreno para el cultivo, algo que poder ofrecer a sus hijos, sustrayéndose al omnipresente y omnívoro poder del terrateniente local Aufidio, cuya hija Anü caerá bajo el influjo del Doctor, atraída ésta por su ascetismo, la potencia del lenguaje y sus palabras y sobre todo por su conducta ejemplar, la de aquel que lo tiene todo no ambicionando nada.

Lo que plantea el autor en esta plausible novela sigue hoy muy vigente. Vemos cómo hoy a la iglesia, a pesar del empeño del Papa Francisco, le sigue costando Dios y ayuda reformarse, admitir sus errores y horrores, como la rampante pedofilia, seguir al pie de la letra la palabra de Jesús, porque siempre es más fácil cebarse y amancebarse que desprenderse de todos sus bienes, posesiones, su poder, en suma y darse y auxiliar al prójimo, pasar de la palabra -volátil-, en el púlpito, al hecho -la palabra en piedra- a la conducta ejemplar, que apuesta por la renuncia y la contención y que siempre será revolucionaria.

Editorial Carpe Noctem. 2019. 335 páginas.

Lecturas periféricas| El evangelista (Adolfo García Ortega)

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La revolución de las flâneuses (Anna Mª Iglesia)

Virginia Woolf anhelaba una habitación propia, muy lejos de las pretensiones de un torreón a lo Montaigne, algo mucho más diminuto y acorde a sus posibilidades. Una habitación propia en la cual pudiera ser ella misma, a solas con su creatividad, así de simple, así de inalcanzable para una mujer en los comienzos del siglo XX.

Ese espíritu hacia el interior, cuando aflora y se exterioriza, sale a la calle y pasa a ocupar el espacio público. Cuando lo hace el hombre no sucede nada especial, es lo habitual, el hombre camina, pasea, divaga, observa, escruta y todo esto le sirve para crear, ya sea para escribir, pintar, etcétera.

El hombre por antonomasia es el sujeto que mira. La mujer el objeto que es mirado, analizado, deseado (se habló en su día de la prostituta como la versión femenina del flâneur, al ocupar ésta el espacio público, al hacer la calle, si bien al no construirse un relato fruto de sus experiencias en la calle, no parece adecuado considerarlas como flâneuses). Cuando uno ha leído cosas acerca de los flâneur, vemos que las mujeres no existen, no se nombran.

Anna Mª Iglesia (1986), en este ameno, didáctico, crítico y reivindicativo ensayo (dividido en seis capítulos: Derecho a ocupar las calles; Espectadoras activas: Derecho a mirar sin ser vistas; La falsa Libertad del comercio: Derecho a no consumir ni ser consumidas; Viajeras y parias: Derecho a existir solas; Una identidad propia: Derecho a la autoría; Caminar como forma de insubordinación) editado por WunderKammer en su Colección Cahiers (nº3), da relieve y visibilidad a las flâneuses, a las mujeres que abandonan esas habitaciones y pasan a ocupar el espacio público, las calles, que caminan, no como un acto lúdico, sino transformador, transgresor, siendo ellas entonces el sujeto que mira, las que reivindican el yo en la esfera y en el debate público. Ellas son entonces las que narran y se narran, pasean y escriben, se ensayan y critican (y ponen en crisis) y desplazan sus límites, los que les vienen impuestos (el mantra de ser madre, esposa…), pensemos en un techo de cristal que siempre opera como una espada de Damocles.

Anna Mª Iglesia da voz -recurriendo a una generosa bibliografía, recogida al final del libro- a Luisa Carnés, Carmen de Burgos, Virginia Woolf, George Sand, Emilia Pardo Bazán, Flora Tristán, también a Zola, Baudelaire, a Benjamin, aunque estos últimos me interesan menos porque los tengo más leídos. A su manera, el texto de Ana Mª Iglesia también es transgresor, tiene ese aliento, el mismo espíritu feminista, porque hablar de los flâneur está de moda, hablar de las flâneuses no y como afirma la autora, nosotras tenemos la oportunidad (y quizás el deber) de seguir sus pasos, de seguir reforzando la sociedad civil a través de un caminar que no es más que la expresión del pensamiento crítico que, lejos de acomodarse a la prosa estatal, expresa insubordinación al discurso hegemónico y al poder que lo representa. Necesitamos ser, volver a ser, flâneuses. Debemos ser y seguir siendo paseantes incómodas.

WunderKammer. 2019. 160 páginas.

Lecturas periféricas | Lectura fácil (Cristina Morales)