Archivo de la etiqueta: Literatura Española

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Tener una vida (Daniel Jándula)

La portada de Tener una vida de Daniel Jándula (Málaga, 1980) me recuerda mucho una exposición que tuve la suerte de disfrutar en la Sala Amos Salvador de Logroño de la artista Pamen Pereira, que contaba con obras como The second wind. Vemos en ella una silla, una mesa en flotación, en un espacio donde no pareciera reinar la gravedad, terreno misterioso e irreal que en cierto modo cifra los desvelos del protagonista de la novela, un anodino registrador de la propiedad, que me recuerda mucho al que protagonizaba el relato El estado natural de las cosas de Alejandro Morellón. Si en el libro de Alejandro un fulano se iba al techo de su casa, sin posibilidad de bajar de allá, mientras veía inerme cómo su vida se iba por un sumidero (invertido), al tiempo que su mujer y su hijo pequeño le abandonaban y aprovechaba éste entonces su soledad y hastío para echar la vista atrás y recordar, en la novela de Jándula, el protagonista ha sido abandonado por Lidia, su novia, ha perdido un avión, contempla extrañado y fascinado cómo un boquete de la pared cada día va ganando tamaño y cómo ese espacio que se abre corre el riesgo de irlo tomando todo, subsumiéndolo (aquí podríamos hablar de Sergio, el protagonista de la novela de Gopegui La escala de los mapas, que buscaba refugio y amparo en un hueco que lo preservara de la realidad). Agujero que a tenor de lo narrado podría ser tanto una amenaza como una oportunidad.

En el flujo de conciencia discursivo que se marca el narrador me cuesta creer que lo expuesto sobre los nacidos en los 80 sea extensible a toda una generación líquida, gaseosa o virtual, generación con homogéneas experiencias, esperanzas y fracasos, según se nos refiere.

Quien habla aquí es un joven con la vida resuelta en lo material, pero profundamente insatisfecho, que toma consciencia de que aquello que entendemos por vida en su caso ha sido un invento, una tierra baldía. Los recuerdos, que le permitirían montar el relato de su vida, quizás doten la misma de sentido y de significado o tal vez no y constate entonces brutalmente que una vida sin asideros ni raíces es un vida en flotación, precipitada hacia la nada.

Daniel Jándula eludiendo caminos más trillados transita aquí por los márgenes siempre imprecisos de aquello que entendemos por novela, lo cual siempre es de agradecer, aunque creo que tanto el discurso generacional, como la relación parejil se desarrollan de manera demasiado epidérmica. No basta con soltar un par de frases lapidarias y dejar que el trabajo se haga solo. Hay que currárselo mucho más. El principal problema que le encuentro a la narración es que su narrador es un sinsorgo, con el que cuesta conectar, así que su biografía (o biografía de su no vida) y las tramas varias y de lo más dispares (que supongo tratan de dar consistencia al personaje y solo consiguen su dinamitación) me resultan interesantes sólo hasta cierto punto. No es tampoco una cuestión de extensión. He leído decenas de novelas de extensión pareja esta y muchísimo más enjundiosas.

Editorial Candaya. 2017. 128 páginas.

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Resort (Juan Carlos Márquez)

Aquellos que alguna vez hayan ido con niños pequeños a un hotel sito en un lugar turístico playero reconocerán en esta novela de Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) lo ajustado e in/verosímil de las anécdotas que alimentan la narración. Los que no hayan estado, además de unas cuantas risotadas, se harán una fidedigna composición de lugar de lo que deparan estos resort atiborrados de alemanes.

Márquez lo lleva todo al límite, parodiando situaciones cotidianas que su aguda mirada convierten en un auténtico disparate y esperpento, porque lo inteligente de la vitriólica narración es demostrar cómo la naturaleza humana a pesar de verse sofocada a diario por la educación, la cortesía y la diplomacia, a veces se desboca y lleva por ejemplo a un hombre a pelearse con otro sobre la orilla de la playa al ver a su hijo llorando, ofendido, desconsolado y quien sabe si agredido, o cómo la desorganización en un comedor lleva a este mismo hombre a perder los nervios con los camareros, u otro tanto le acontece en la piscina, donde le cantará las cuarenta al socorrista enchufado, ante una realidad burocratizada y mórbida, engordada a golpe de reclamaciones.

A las andanzas de la mujer, el hombre y el niño, se añade otro hilo narrativo de suspense que en parte aviva la narración, pues hay un niño alemán que ha desaparecido en el hotel, lo que le da alas al autor para tratar el asunto de las desapariciones y las consecuencias que esto pudiera acarrear al hotel, al sector turístico e incluso a las relaciones internacionales entre los países implicados, lo que llevará a unos cuantos agentes de policía a pernoctar en el hotel y de paso tener que lidiar estos con algo tan inflamable y capicúa como el deseo del cuerpo de la compañera o de la compañera del cuerpo, así como la fidelidad inhibidora, o la llegada de un bebé al hogar y el olor a ácido del vómito, la habitación como una prolongación del hospital…

No tiene mucho sentido entrar a mayores, porque esto supondría ya un destripamiento de la novela -y ya sabríais entonces quién es el asesino- que podéis leer en un periquete y en mi caso con sumo agrado, porque su falta de pretensiones y su humor (en ocasiones muy gamberro, como la de la voz omnisciente ante al granizado noticiero) me ha complacido tanto (aunque me haya resultado insuficiente su extensión) que éste es el primer libro que leo de Márquez pero no será de Los últimos.

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Invierno (Elvira Valgañón)

La nieve no quiere decir nada: Es sólo una pregunta que
deja caer millones de signos de interrogación sobre el
mundo.

José Emilio Pacheco

Elvira Valgañón (Logroño, 1977) valida con su novela Invierno aquello de menos es más y en apenas 136 páginas arma un potente y emocionante relato polifónico que va desde 1809 a 1965, donde se suceden las guerras -la napoleónica, la de filipinas y la guerra civil española- los amores consumados y consumidos por la ausencia, los exilios y los retornos, los funerales y los adioses, ante unos asustacuervos que principian y clausuran la novela y los cuales nos dirían muchas cosas -si hablasen- del paisaje y paisanaje de Cerveda, donde transcurren todos estos avatares, en parajes fríos y nevados que tanto añorará Lamperna, en sus lances bélicos por Filipinas, que junto a Benildo forman una pareja muy entrañable, que me trae en mientes otra, la formada por Manuel y Montenegro de la estupenda novela de Ernesto Pérez Zuñiga No cantaremos en tierra de extraños.

Elvira crea y sostiene a sus personajes con muy pocos trazos, ya sean Coloma, Fermín, Luis o Basilio, hace un muy buen uso de las elipsis, va encalando los intersticios de la historia de Cerveda, drenando con su prosa sucinta, estilosa y precisa el pasado, que como el deshielo primaveral irá anegando y afirmando el presente.

Conviene, si se puede, leer el libro del tirón. Buscar tres horas de paz y sosiego para disfrutar de la lectura tan intensamente como se merece, dado que esta breve novela de Elvira creo que logra deshacerte y deshojarte, por muy témpano y perenne que uno se piense.

Pepitas de calabaza. 2018. 136 páginas

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La primera aventura (Emilio Gavilanes)

“Le decimos leer y somos nosotros, que corremos entre los bloques de edificios, y sacudimos los troncos de los árboles empapados de lluvia, y cazamos a las arañas en sus telas y recogemos cascos de botellas de leche y de botellas de champán, y buscamos cobre, bobinas de cobre caídas entre las matas que crecen en los solares, y junto a los huertos, y al sol de las escombreras que hay al lado de cualquier obra. Somos mi amigo y yo mirándolo todo, palpitando y leyendo a la vez, y haciéndonos tenaces con la tenacidad de las ortigas, de los amarantos, de las malvas que nacen al borde de las vías del tren…”

Así comenzaba Los príncipes valientes de Javier Pérez Andújar, estupenda novela con la que ésta de Emilio Gavilanes (Madrid, 1959) creo que guarda relación. Aunque Gavilanes es seis años mayor que Andújar las historias referidas en ambas novelas son similares, aunque en la de Andújar los niños de la novela descubrían el mundo o se sustraían a él merced a las lecturas que emprendían de autores como Julio Verne, Jack London, Edgar Allan Poe o bien se emboscaban en las viñetas de sus cómic. Los niños de Gavilanes no descubren otros mundos a través de la lectura, sino que lo suyo es puro empirismo, una realidad que descubren a diario en la calle y en el campo, que desmigajan y degluten como el pan de sus bocadillos y que se les manifiesta mediante los sopapos y tortazos que reciben de sus padres cuando los desobedecen o les mienten, a través del miedo que experimentan cuando llega la oscuridad y no saben regresar a casa, a través del dolor que sienten cuando un clavo oxidado perfora la planta del pie al pisar una tabla, de la carne enrojecida cuando el profesor les suelta un reglazo o los despabila a capones, de los pulmones que se atoran con los primeros Celtas, de las horas empleadas jugando al gua o deambulando entre unas trincheras abandonadas después de la guerra; la ingenuidad que se manifiesta cuando tratan de ir al rescate con sus bicicletas de un loco al que se llevan en una ambulancia; las cicatrices que la guerra dejó en dos ancianos: Pepe y Braulia, que como aquel Coronel que no tenía quien le escribiera, esperan durante décadas en la estación el tren que nunca les devolverá a su hijo; los animales que mueren a manos de los niños colmando así estos su curiosidad y también su sadismo, como tendrán la desgracia de comprobar los gatos, perros, culebras, vencejos, erizos, cangrejos que se crucen en su camino (sin retorno); un mundo infantil donde hay enanos, ciegos, tontos, gordos, locos, mujeres bigotudas, madres asesinas de grillos, donde el narrador sentirá los primeros lanzazos de la muerte ajena cuando algunos de sus amigos mueran sin haber llegado a la adolescencia; los primeros enfrentamientos con otras bandas como los vikingos; las mascotas con las que se entretienen sean tortugas o jaulas de grillos. Un mundo, el de la infancia (hasta los doce años) aquí contada que dista mucho de la que hoy conocemos, atiborrada de artefactos digitales y muy poco oreada y fogueada en calles y campas, a pesar de que hayan transcurrido apenas 40 años.

La novela se divide en 39 capítulos. Hay otros más breves que no van titulados y rezan así:

“Aquel carrito chino de plástico, de colores nuevos”.

“Pasar el dedo corriendo por las púas del peine”.

“Al abrir la caja de zapatos, el color de las hojas de morera con los gusanos”.

“A los grillos les da igual que nos muramos, lo supe que el domingo”.

“El olor de una alambrada oxidada”.

Alguno de estos recuerdos fragmentarios y sucintos son una réplica de lo que hacía Perec en Me acuerdo:

“Me acuerdo cuando se murió el padre de Pit. Ese día, cada vez que pasaba frente a su casa, miraba balcón. Estaba lleno de geranios”.

En 2014 Gavilanes publicó Breve enciclopedia de la infancia que quiero leer y que barrunto que va en la línea de esta novela. En 2015 obtuvo el Premio Setenil de relatos con Historia secreta del mundo, que disfruté mucho.

La noche en que caemos

La noche en que caemos (Alejandro Morellón)

Hay autores que fían sus relatos a un léxico abundante y deslumbrante como Escapa (Mientras nieva sobre el mar) u Olgoso (Los demonios del lugar). Otros demuestran su fértil imaginación como Chirinos (La manzana de Nietzsche) o Pàmies (Si te comes un limón sin hacer muecas) y otros sacan a pasear su lado más salvaje como Sergi Puertas (Estabulario), Valeria Correa Fiz (La condición animal) o Jon Bilbao (Estrómboli). En el caso de Alejandro Morellón, su estilo me parece una incógnita para la que no tengo, de momento, ecuación. Leyendo esta gavilla de relatos que forman La noche en que caemos (ganador del 51º premio Fundación Monteleón Libro de cuentos 2013) tenía todo el rato la sensación de que las narraciones se sucedían a medio gas, que precisaban algo más salvaje, más bestia, algo que me removiera de veras, pero una vez finalizada la lectura creo que el estilo de Morellón es este, el de un terror o desazón asordinado, como se manifiesta en relatos como La noche en que caemos (ese elemento espacial me trae en mientes el fantástico relato de De Lillo, Momentos humanos de la tercera guerra mundial) o La herida, aunque sí es cierto que hay también alguna concesión a una vis más burra y humorística en Una máquina excelente. El palíndromo de Nadia es un experimento curioso, que me recuerda en aquello de jugar con la temporalidad de la narración al relato Wife in reverse de Dixon. En Plato de sopa sin retorno parte de la sorpresa nos la hurta el mismo título. Ta i sí que me ha sorprendido, pero una vez pasamos de lo real a lo fantástico el relato ya va como gallo sin cabeza o como un taxi sin paradas, que viene a ser lo mismo. Cuando el niño era niño me recuerda a una novela que leí hace nada de Moyano (La hipótesis de Saint-Germain), que abordaba también la inmoralidad. El relato de Morellón ofrece muchas posibilidades pero no las explota, pues juega con pólvora mojada. Diana sigue sin venir me recuerda bastante a otro relato de Morellón, a El estado natural de las cosas, con un final que cambia la estratósfera por el abrazo con ese manto gaseoso y postrero que es la atmósfera.

No sé si la novela con la que Morellón quedó finalista del Nadal, Y he aquí un caballo blanco, verá la luz algún día.

Una cosa más antes de acabar. No entiendo por qué motivo este libro tiene una letra tan chica (algo así como una Arial 9) cuando hay unos márgenes generosos que podrían reducirse y que permitirían así aumentar algo más el tamaño de la letra sin que se sumasen muchas más páginas, lo cuál tampoco creo que fuese un mayor problema, pues el libro tiene apenas 140 páginas.

Las reseñas de todos los libros citados están en el blog, por si queréis echarle un ojo. O los dos.

Eolias ediciones. 2013. 140 páginas.