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Alves & C.a

Alves & C.ª (Eça de Queiroz)

El hijo de Eça de Queiroz (o Queirós) recupera esta novela inédita de la famosa maleta de hierro de su padre. Guarda esta nouvelle similitudes con Los Maia (en cuya lectura ando inmerso); si bien ahí el desdichado cornudo decide suicidarse a las primeras de cambio, aquí el protagonista, Alves, se lo piensa mejor y tras ver a su mujer coqueteando en el sofá de su casa con su socio y compañero de trabajo un tal Machado, en lugar del suicidio opta por apartarla de su vera y devolverla a los brazos de su padre, sin sustraerse a la debida manutención. El asunto pasa por decidir qué debe hacer Alves. ¿Debe suicidarse, matar a Machado, medirse en duelo, con espada, con armas, matar a su mujer?. La narración en tono de comedia va calibrando las distintas opciones, sus pros y sus contras sin que en última instancia parezca que importe mucho lo que realmente siente Alves o cuáles son sus verdaderos sentimientos hacia su separada esposa.

Importa más la fachada, el qué dirán, evitar las habladurías. Mantener la compostura.

Los amigos de Alves y los de Machado consiguen encauzar una situación que podría ser letal, encarrilando la situación por el camino de la cordura, de la mesura con un final que se me antoja moralizante y que desbarata en cierta medida toda la tensión, toda la comicidad y toda la intriga previa.

A pesar de esto leer a Maupassant a Chéjov, o a Queiroz, en estas medias distancias, siempre es un deleite.

Rey Lear. 2007. Traducción de Juan Lázaro.

Literatura portuguesa en Devaneos | José Luís Peixoto, Fernando Pessoa, Vergílio Ferreira, Afonso Cruz, António Patrício, Álvaro do Carvalhal, Eça de Queiroz.

La ceremonia del porno

La ceremonia del porno (Andrés Barba y Javier Montes, 2007)

Javier Montes y Andrés Barba
Editorial Anagrama
2007
208 páginas

A pesar del título, este un libro que se puede leer de principio a fin con las dos manos sobre el papel.

Lo escriben a cuatro manos, Andrés Barba y Javier Montes, y se llevó el premio Anagrama de ensayo en 2007.

A muchos, el porno os sonará, habréis visto, los más viejos, alguna película en los antiguos cines X, luego en los vídeos betas o VHS, más tarde en DVD o en Blu-Ray, y ahora en los ordenadores con conexión a internet en vuestras casas, donde las páginas web con contenidos pornográficos abundan.

El libro es de 2007 y algunos datos que aquí se vierten están desfasados. Nos dicen que si buscamos la palabra “porn“en Google aparecen 85 millones de resultados. Ahora en 2016 la búsqueda arroja 374 millones, y la cifra va al alza.

Para los autores, el porno, objeto de su estudio, es una ceremonia, a través de la cual el espectador, el consumidor de porno, vive una experiencia, la cual a menudo acaba con la masturbación, momento lúbrico cenital, tras el cual, la película toca a su fin. Ya ha cumplido ésta su cometido.

De este modo, la pornografía ofrece lo que promete, la excitación del espectador. El elemento artístico, si pensamos en el porno como un arte, se diluye, porque no interesa representar nada, donde apenas se actúa (y cuando se actúa, y los actores y actrices no están entregados al acto sexual el espectador raudo y veloz coge el mando y hace un >> ) reducido el momento de la actuación a mostrar la fisicidad de los protagonistas que hacen el acto, en posturas increíbles, a menudo inverosímiles para nosotros, donde sus atributos sexuales se nos presentan en primerísimos planos de tal manera y con tal abundancia de planos y perspectivas que ofrecen una experiencia muy diferente al sexo que uno puede practicar con su pareja en el día a día, dado que en ese momento nuestra visión quedaría limitada a lo que tenemos delante, mientras que el cine porno nos ofrece un sinfín de ángulos, perspectivas, escenarios sexuales, que enriquecerían nuestra experiencia.

Otro tema muy manido y sobre el que los autores reflexionan es si el consumo de ciertos productos audiovisuales suponen fomentar en la conducta del espectador aquello que vemos, o si bien actúa por el contrario como un elemento liberador (en tanto que podemos fantasear con él, e incluso masturbarnos con esa fantasía, no se requiere luego llevarla a la práctica, entendidas las fantasías como lo que son: algo en potencia), es decir, si por ver una película porno de actores acrobáticos en nuestras relaciones sexuales vamos luego a tratar de hacer el salto del tigre con tirabuzón lateral, o si por ver una película mujeres vestidas de colegialas, vamos a ir a luego a las puertas de los institutos a engatusar a alguna adolescente.

Se habla también de que los países donde son más duros con la pornografía, mayor consumo de estos productos pornográficos hay.

A fin de cuentas el porno creo que sigue siendo y seguirá siendo para el espectador algo de consumo privado, dado que más allá de que sea tabú o no su visionado, no tiene buena prensa (en un telediario, a las tres de la tarde, en horario infantil, podemos ver una ejecución, una degollación, una inmolación, cualquier truculenta y dantesca escenificación de la barbarie del Estado Islámico, por ejemplo, pero nunca una felación), aunque al mismo tiempo su consumo vaya al alza e internet haya conseguido hacer del porno una experiencia global y casi siempre placentera para sus consumidores.

Ensayo breve, donde conocer algo más de la historia del porno, su génesis y su evolución, así como su puesta en escena. Habida cuenta del premio recibido esperaba algo más enjundioso, dado que el libro se reduce a dar vueltas todo el rato a un par de conceptos, y aderezarlo con otras tantas curiosidades. Lo mejor de libros como este, es la bibliografía, cordel del que tirar, para seguir, si es nuestro deseo, seguir profundizando en la materia.

El discurso vacío

El discurso vacío (Mario Levrero 2007)

Mario Levrero
2007
Caballo de Troya
169 páginas

Llego a esta novela de Levrero después de leer Últimas noticias de la escritura de Chejfec, donde se habla de este libro, con el que Levrero se obliga a ejercicios de cambio de caligrafía como un modo de mejoramiento del propio carácter moral y de las virtudes de su creación.

No tengo claro que a Levrero estos ejercicios de caligrafía le mejoraran su carácter moral ni las virtudes de su creación, pero en tanto en cuanto la razón de un escritor es escribir y si es lo de los que saben que todo lo que escriban verá la luz, Levrero se puede permitir una novela como esta, sin apenas argumento, donde a modo de diario el autor irá plasmando su día a día, tanto caligráfico como existencial, y ante textos como este siempre me pregunto ¿dónde acaba la cháchara intrascendente y empieza lo trascendente?.

Es esta una pregunta sin respuesta.

El libro presenta momentos interesantes, pero esto no es algo claro de ver, sino que atenderá más bien a los gustos del lector, que en esta novela y en cualquier otra, encuentre algo en el texto que de una u otra manera le interpele y le permita rellenar este, aparentemente, discurso vacío.

De todo lo dicho en la novela, me interesan las reflexiones que Levrero (con su particular humor) se hace acerca de la convivencia con su mujer, sobre como maridar la necesidad de estar acompañado, con su necesidad de que respeten su soledad, en pos de la paz y la tranquilidad, anhelante de un silencio benéfico. También la necesidad de ese Levrero creador y autoral, de “ver mi nombre, mi verdadero nombre y no el que me pusieron, en letras de molde. Y más que eso, mucho más que eso, quiero entrar en contacto conmigo mismo, con el maravilloso ser que me habita y que es capaz, entre muchos otros prodigios, de fabular historias o historietas interesantes“.
Y muy jugosa es su reflexión final, el epílogo, sobre lo que acontece cuando uno llega a cierta edad, donde “uno deja de ser el protagonista de sus acciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones. Lo que uno ha sembrado ha crecido subrepticiamente y de pronto estalla en una selva que lo rodea por todas partes, y los días se van nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser asfixiado por la selva: pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria, porque la selva se extiende con mayor rapidez que nuestro trabajo de desbrozamiento y sobre todo porque la idea misma de “salida” es incorrecta: no podemos salir porque al mismo tiempo no queremos salir, y no queremos salir porque sabemos que no hay hacia dónde salir, porque la selva es uno mismo y una salida implica alguna clase de muerte o simplemente la muerte. Y si bien hubo un tiempo en que se podía morir cierta clase de muerte de apariencia inofensiva, hoy sabemos que aquellas muertes eran las semillas que sembramos de la selva que hoy somos.

Este epílogo, es para mí sin duda lo mejor de la novela, en la que Levrero ejerce de funambulista, caminando durante 169 páginas sobre el alambre, suspendido sobre un vacío que se afana en devorar la paciencia del lector.
Y al final, Levrero logra llegar al otro lado y nosotros con él.
Aplausos.
Levrero, aquel ilusionista

De qué hablo cuando hablo de correr

De qué hablo cuando hablo de correr (Haruki Murakami 2007)

Haruki Murakami
Editorial Tusquets
2007
230 páginas

No sé lo que es correr una maratón o una ultramaratón, pero leer a Murakami es insufrible, costoso, y desalentador. Todo junto y a la vez. Si a este hombre le dan el Nobel dejaré de leer (durante 24 horas o más, según cómo me lo tome).

Si todo el libro es infumable, el epílogo no tiene desperdicio. Murakami dice haber leído y repasado una y otra vez estos textos, y tras 10 años finalmente se los pudo dar a su editora para que los publicase y hacer caja. Si Murakami tuviera dos dedos de frente, o algo de moral, hubiera cogido estos textos y los hubiera tirado a la papelera, o hubiera hecho un delete en toda regla o los hubiera colgado a modo de comentario bajo seudónimo en algún blog de algún maratoniano.

El titulo lo toma prestado del de Carver. Sí, ese del amor. Y luego durante 220 páginas logra aburrir y exasperar al desprevenido lector, contándole batallitas sobre eso de correr, sobre cómo se le cargan las pantorrillas y se le resienten las rodillas cuando corre, sobre como se le empañan las gafas con vaselina cuando nada en mar abierto y lo aburrido que es dar pedales y perlitas así, en las que Murakami lo va dando todo.

Leyendo su libro muchas ganas de correr/nadar/pedalear no me entran y de seguir leyéndolo todavía menos.

Murakami despacha estos textos sobre los maratones, ultramaratones y triatlones que va realizando, casi a vuelapluma con una prosa zafia, plana, desastrada, que parece ser el estilo de Murakami, o quizá no y sólo usa esta forma de escribir tan trivial, torticera y banal cuando acomete un ensayo, porque sí, amigos de la blogosfera, !esto (no lo parece pero) es un ensayo!. No me pregunten sobre qué, porque Murakami ya adelanta que él no es alguien a quien le vayan las profundidades, así que sus textos son superficiales, ligeros, fungibles y totalmente prescindibles.

Lo único de todo el libro que voy a tener en cuenta es la sugerencia de leer El gran Gatsby. Más que nada porque lo tengo en la estantería hace un tiempo tentándome y creo que voy a sucumbir finalmente a su lectura.

Lo inhóspito de Gonzalo Torné de la Guardia 2007

Lo inhóspito (Gonzalo Torné de la Guardia 2007)


Gonzalo Torné
Círculo de Lectores
2007
257 páginas

¿Cuándo llegamos?. El que tenga hijos pequeños y los lleve en los asientos de detrás, en coche durante una travesía, oirá esta pregunta con frecuencia.
A mí, leyendo este libro, el primero que publicó Gonzalo Torné, (entonces todavía De la Guardia) me ha sucedido algo similar. No entendía como un libro de 257 páginas me resultaba tan díficil y farragoso de leer. Algunas páginas incluso me vi en la obligación de leerlas en voz alta, con la vana intención de que de esta manera mi cerebro lograra asimilar en mejor medida lo leído.
La prosa de de Torné en este libro es algo parecido a llevar puesto una prenda gore-tex mientras lees. Así lo que lees, resbala sobre la piel, sin dejar la menor huella.

Con la última novela de Gonzalo Torné, la magnífica Divorcio en el aire, estuve colocado (sus páginas fueron una droga dura durante un puñado de días), con esta, sin embargo, me siento descolocado.

Comienza el libro narrando la muerte un filósofo sueco, Gunnar Helsengor. Despúes vienen unos relatos donde cabe de todo y finalmente una entrevista que Gunnar concedió a su traductor, quizá la persona que mejor conocía su obra.

En el último tramo de libro, Gunnar se defiende de quienes le atacan diciendo que no tiene nada qué decir, que sus libros eran hueros, inanes, vacíos. Ahí Torné parece que se convierte en la voz de Gunnar, porque a su libro se le podrían acharar los mismos males que a la obra de Gunnar, y en concreto a su libro, El tiempo y el movimiento, pero parece no importarle mucho a Gunnar-Torné que no haya una historia que contar, o que rematar, que no sean evidentes las costuras de la trama, que no sea defendible una relato amputado, que su prosa trascienda más allá de los convecionalismos, de lo tradicional, para inscribirse en algo diferente. Como ese arte pictórico en el cual no vemos más que manchurrones sobre un lienzo blanco, cierta literatura pobría buscar la misma analogía, encontrar la belleza, la verdad, en lo seccionado, en lo inconcreto, en ese término medio entre el proemio y el epílogo, en esa tierra de nadie, en la que se libra la existencia. Y esta clase de ejercicios le encantarían a Vila-Matas y a Javier Avilés, ya que Gunnar se pregunta para qué escribir, qué sentido tiene, y cómo escribir, si esto no resulta una tarea estéril cuando se demuestra la imposibilidad de narrar y reflexiones similares..

Además, si a Gunnar le reconocen sus detractores más ingenio que talento, creo que aquí Torne acredita ambas cosas, pero con baja intensidad, un leve escorzo, y es sin embargo con Divorcio en el aire, donde todas esas ideas y reflexiones, cristalizan, donde Gonzalo logra adensar sus pensamientos y engrasarlos con una prosa briosa, vigorosa, portentosa, en una obra donde el talento y el ingenio del autor catalán se hermanan y confunden, alcanzando ese estado gracia, que quizá no se repita más.

Ahora, mi duda es si meterme de lleno con Hilos de Sangre (un título inevitable dado que la palabra “hilos” siempre está muy presente en la obra de Torné), que reposa, ya vencido sobre mi mesilla, o bien ventilar las estancias de mi cerebro con lecturas de otro pelo.

Gonzalo Torné en Devaneos | Divorcio en el aire