Archivo de la etiqueta: reseña

La mujer desnuda (Armonía Somers)

La mujer desnuda (Armonía Somers)

Trampa ediciones publica La mujer desnuda (escrita en 1950) de la escritora uruguaya Armonía Liropeya Etchepare Locino (1914-1994), más conocida como Armonía Somers, novela que mezcla con magníficos resultados elementos fantásticos, terroríficos y eróticos. Una mujer de 30 años, Rebeca Linke, quiere romper el día de su cumpleaños con su pasado y su memoria y nada mejor le viene a la cabeza que perderla, decapitación mediante; una forma un tanto bruta, no vamos a engañarnos, de resetearse. Lo curioso es que una vez decapitada puede volver Rebeca a insertar la cabeza en su sitio y seguir funcionando como si tal cosa: el mismo cascarón pero ya otra.

La mujer, en su estampida, irá a dar a una casa abandonada, adquirida por cuatro gordas, a la que llegará en tren, circundada el inmueble por el clamor de los bosques: pura vida y aliento que Rebeca percibe y asume. Cerca de la casa un río con el que maridarse y un pueblo con el que poner a prueba la naturaleza humana. Despojada del abrigo con el que se dio a la fuga, abandonará la casa sin más amparo que su piel. Desnuda como vino al mundo la narración incidirá luego en lo bíblico, yendo hasta el Génesis, hasta Adán y Eva, la serpiente, el pecado original, el castigo divino y hay aquí una situación análoga cuando Rebeca, desnuda, se muestre a los demás de esta guisa, entendida su desnudez como una afrenta, agitando a su paso demonios interiores, avivando las pesadillas y removiendo la sangre turbia de los circunstantes, poblando sus negras mentes de fantasmas y fantasías, de deseos sus cuerpos que creían sino inertes al menos apaciguados por mortecinas y castrantes rutinas. Ella es un espejo al que todos por una razón u otra quieren hacer añicos.

Un hombre, renacido al menos nominalmente, caerá bajo la radiación amorosa de Rebeca, y le surge la oportunidad de seguir el rastro de sí mismo, un rastro perdido bajo la toneladas de cascotes que deja la convivencia, el trabajo agotador, la inclemente lluvia ácida de la moral, la costumbre, la tradición.

Armonía hace gala de una gran concisión para en poco más de cien páginas y con un lenguaje primoroso, trabajado, sinuoso, ofrecer una historia aquilatada, que hace gala de una sensibilidad que se explaya en lo sensual, la voluptuosidad como pendón. Una lectura que me causa tanta extrañeza como atracción ante la concienzuda exploración por parte de la autora de los límites del deseo humano y su contrapeso, actualizando los mitos, pues dos milenios después ciertos pensamientos son impermeables al paso del tiempo: Eva presa ave. Adán nuestra Nada.

Trampa ediciones. 2020. 128 páginas. Prólogo de Marina Sanmartín. Imagen de cubierta: Julia Malkova

IMG_20200927_132007

Anagramas (Lorrie Moore)

Vengo de leer Berg de Anna Quin escrito con 28 años. Recién acabo Anagramas de Lorrie Moore escrito con 29. Entre ellas media al menos un pársec. La literatura no es una copia de los objetos del mundo, escribe Tavares en su Enciclopedia. Cierto. Hay ciertas ideas que suenan bien como esbozo, luego en la práctica son un desastre. Anagrama: Procedimiento que consiste en crear una palabra a partir de la reordenación de las letras de otra palabra. El título de la novela parece guardar relación con esta idea, porque en Anagramas Moore con un buen número palabras hace algo con forma de novela, en donde los personajes son los mismos pero le suceden cosas distintas en cinco historias que me resultan muy pasadas de moda, insulsas, infantiles, tanto como lo son las relaciones de pareja aquí explicitadas, que quedan muy en la superficie, pues aquí todo es superficialidad y banalidad. Un texto literario previsible no es un texto literario es una guía turística, apunta Tavares. Cuando un cirujano ha de intervenir lo que más le molesta es la grasa, la misma que encuentra el lector en el presente texto, en el que Moore no hace otra cosa que marear la perdiz. Se nace y se muere sólo y en mitad de ese camino, quiero un rato divertido, podía decir Benna. Otros ya lo cantaron en un single de tres minutos. Andarás perdido (aquí perdida) por el mundo se puede decir Benna. Ya fue el título de un libro. Benna no encuentra dónde ahorcarse que suele decirse y Moore aquí precisa casi 300 páginas para expresar ese sentimiento. Ocho años después de Anagramas Moore escribiría ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? ahí sí había músculo, una historia, una reflexión, una escritora.

IMG_20200926_103346~2

Berg (Ann Quin)

Recuerdo cuando leí Cosmos que uno de los personajes soltaba, o graznaba «Berg» una y otra vez, una especie de mantra que leído tenía su gracia, quizás porque en tiempos del instituto en clase un grupo de amigos haciamos lo propio con «yoduro«, una tontada que en aquellos momentos nos hacía troncharnos, una palabra en un contexto que no era otra cosa, supongo, que la punta del ice-«berg».

Ann Quin escribió Berg en 1964 con tan solo 28 años. Me sorprende un libro de estas características a tan temprana edad, habida cuenta la agudeza y profundidad psicológica en la que bucea Quin, una novela que se principia así: Un hombre llamado Berg, que cambió su nombre por Greb, llegó a una ciudad costera con la intención de matar a su padre

Un inicio prometedor, sugerente, que sin ser novela negra supura humor negro. Berg tiene la intención de matar a su padre, el cual se volatilizó del nucleo familiar de la noche a la mañana. Berg lidió su niñez y adolescencia con su madre como única, amorosa y férrea (Las madres de un solo hijo eran eso, leviatanes femeninos, las víctimas de cuyo monstruoso amor podrían formar el friso más dramático para rodear la cintura del infierno, como escribiera Armonía Somers en La mujer desnuda) compañía y de su madre Berg va bien pertrechado de cartas cuando decide ir a la busca y captura de su padre. No tarda mucho Berg, ya Greb, en reconocer, o mejor, conocer a su padre de nuevo, bajo una identidad en la que su progenitor no alcanza a ver (o eso parece) a su vástago en una turística ciudad costera inglesa.

A Berg lo separa de su padre el tabique de la habitación contigua de una pensión, en la que éste vive junto a una mujer, Judith. Un tabique que es una ventana abierta por la que se filtran los decibelios sexuales que intercambian los dos tórtolos, también la hiel pringosa de las algaradas parejiles. Berg asume su precaria independencia (lejos de la férula materna) sumido en toda clase de desvaríos sin tener muy claro si será capaz de cumplir con su letal propósito y Quin en su narración, en un mismo párrafo irá alternando la tercera y la primera persona, en un mareante y subyugante cambio de perspectiva entre lo que el narrador piensa y como la autora (otra vez, pero desde otro punto de vista) nos lo presenta. Los ires y venires tanto físicos como mentales (desfilan por estas páginas palabras sacadas de textos de Shakespeare, Esopo, Ovidio, Horacio, François de La RochefoucauldNi al sol ni a la muerte se los puede mirar de frente«, presente también en El mar indemostrable…) de Berg-Greb son un magma desopilante; Quin sitúa un gato espachurrado por aquí, una periquito disecado por allá, un muñeco-espantajaros-presuntomuerto por acullá y Berg hace el resto, imagina cosas, se ve (con)sumido en toda clase de elucubraciones, participando al lector que asiste atónito a un proceder de Berg que resulta, al igual que la narracion, delirante, a medida que Berg entre en la vida y en el cuerpo de Judith, para alterar aún más su fragil realidad, para quien ir al pasado, a los punzantes recuerdos de la niñez, opera a modo de rampa de lanzamiento, que lo devuelven a la calidez del ahora, entre las piernas de Judith, entre las paredes de una casa, una relación, una domesticidad que lo asfixia tanto como el libre albedrío.

El flujo narrativo es vertiginoso, los diálogos van tan engastados que no pierde el tiempo Quin con esto tan manido de dijo, dije, dijo, digo, dime, direte y el lector ha de casar la voz a cada personaje, y no es fácil, porque Quin maneja la trama con mano de prestidigitadora y exige al lector estar al tanto todo el tiempo del cubilete, para no dejar escapar nada, no porque aquí haya un cuerpo serruchado en dos, o porque éste desaparezca ante nuestros ojos, sino porque quizás no haya ni cuerpo.

Leía el ensayo El misterio de la creación artrítica artística de Zweig y pensaba en ejemplos y este libro de Quin me viene al pelo. Cuando una escritora como Quin es capaz de quintaesenciar y segregar todo su talento y vis creativa sobre el papel, pasan cosas mágicas, únicas, irrepetibles como Berg.

Y se preguntarán quién está a cargo de la traducción, o de la interpretación, como afirmaría uno de los traductores, Ce Santiago. El otro es Axel Alonso Valle. Obras como esta precisan traductores o escritores de la misma talla. La conjunción de dos editoriales malastierras_underwood ha permitido al lector tener a su disposición una obra como esta.

malastierras_underwood, 2020, 207 páginas. Traducción de Axel Alonso Valle y Ce Santiago.

IMG_20200924_192407~2

Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia (Stefan Zweig)

En mayo de 1935 Stefan Zweig viajó a Zúrich para dedicarse al estudio de los reformadores Juan Calvino y Sebastián Castellio. Poco después, a principios de 1936 el ensayo verá la luz en la editorial vienesa Herbert Reichner. A partir de marzo de 1936 Alemania prohíbe la difusión de los libros de Zweig. En las cartas dirigidas a Friderike se lamenta de que con las prisas no le diera tiempo a corregir algunas galeradas y que hayan subsistido algunos errores en su «Castellio«, que verá subsanados posteriormente. Se lamenta a su vez de que en la portada del libro aparezca Calvino y que todas las reseñas versen sobre él, sin que se diga nada de Castellio. Cuando precisamente con este ensayo trataba Zweig de encarecer la figura del humanista Castellio, en una lucha a muerte (la suya) entre la conciencia y la violencia de Calvino.

A la ciudad de Ginebra llegó Calvino quien no tardaría en hacerse dueño y señor de la misma y de todas sus gentes a través del terror que éste genera, allá por mayo de 1536. Dueño de un poder que está por encima de los reyes y del pueblo. Calvino impone una moral estricta, restringe la libertad individual de sus vecinos, los convierte a todos en delatores unos de los otros (Siempre que un Estado tiene a sus ciudadanos bajo el régimen del terror, brota la repugnante planta de la delación voluntaria, escribe Zweig que entendía perfectamente la deriva dictatorial de Alemania. La biografía de Longerich sobre Himmler, permite entender cómo se consigue aplicar el fertilizante del terror y obtener jugosos frutos con la planta arriba citada), suprime cualquier manifestación artística, se prohíbe todo lo que efectivamente rompa con la gris monotonía de la existencia, obliga de modo antinatural a los otros a hacer lo que para él es natural. Es la suya una disciplina y una severidad despiadada. El Dios de Calvino no quiere ser festejado, tampoco amado, sino tan solo temido.
El de Calvino será un terror estatal forjado de manera sistemática y ejercido despóticamente que paraliza la voluntad del individuo, que disuelve y socava cualquier comunidad. Un estado de miedo permanente frente a la autoridad omnipotente y omnisciente. Ese es el porvenir y día a día de los ginebrinos. Para Balzac, la furibunda intolerancia religiosa de Calvino era moralmente más cerrada y más despiadada que la intolerancia política de Robespierre.

A medida que se sufre el proceder despótico de Calvino surgen algunos brotes de resistencia, una resistencia que se extiende pero que no se reúne, dice Zweig y que por lo tanto resulta ineficaz. Para Calvino solo existe una interpretación de la Biblia, la suya. Todas las demás interpretaciones u opiniones ajenas son herejías. El humanista y erudito Castellio proyecta transcribir la Biblia al latín y de nuevo al francés, pero se encuentra con la censura de Calvino. Zweig dice: la censura es la consecuencia natural de cualquier dictadura. Lo sabe Zweig de buena tinta, porque lo experimenta sobre su persona. Castellio ofrece interpretaciones, no certezas. Calvino no quiere interpretaciones, tan solo su voluntad de establecer una dictadura del espíritu, tal que todo aquel que intente llevarle la contraria pondrá en juego su vida. Así de simple, así de dramático.

El detonante para Castellio es el asesinato, quemado en la hoguera, el 27 de octubre de 1553, de Miguel Servet, médico y teólogo aragonés, al que Calvino se la tenía jurada y que no descansará hasta quitárselo de encima. La muerte de Servet será considerada por Voltaire «el primer asesinato religioso«. No se entiende cómo aquellos que salieron fiadores de la conciencia como el más sagrado de los derechos humanos, implanten poco después una Inquisición protestante. Siempre se trata de justificar a los asesinos poderosos, pero a Castellio no se la cuelan. Servet no fue víctima de su tiempo sino única y exclusivamente del despotismo personal de Calvino. De un crimen aislado es responsable el hombre que lo lleva a cabo. Calvino comprobará que Servet es mucho más peligroso muerto que vivo.

Castellio sale en defensa del ajusticiado, no presa del rencor, la furia o el odio, pues ninguno de estos sentimientos lo dominan y se deja llevar simplemente por la pura razón (Castellio era considerado el hombre más sabio de su tiempo), para desmontar con argumentos el despótico proceder de Calvino, el cual no quiere dialogar con nadie ni está por la labor de que nadie le abra los ojos ni cuestione sus decisiones; nunca hay un contrincante a su altura, pues todos yacen, de entrada, bajo la suela de sus zapatos.

Castellio y Calvino viven en realidades paralelas, en planos que no se tocan, por eso Castellio afirma cosas como esta: Yo, por mi parte, preferiría derramar mi sangre antes que mancharme con la de un hombre que no mereciera la muerte con toda seguridad. Esto me recuerda a la pregunta sobre la que erige todo el discurso Platón en su Gorgias, si es peor soportar un injusticia o cometerla. Calvino es un aniquilador. Un predicador sin corazón, perdido en sus subterfugios, oscurecido por su maldad. No le mueve a este ningún sentimiento, no ya religioso, ni sencillamente humano, como la piedad.

Castellio apela a la libertad de conciencia. Para él el poder del Estado no tiene competencia en materia de opinión y apela a la tolerancia, a la pacífica convivencia entre protestantes y católicos.
Castellio escribe el yo acuso de su época el Contra Libellum Calvini y cava su propia tumba. Y es el único dispuesto a dar ese paso, no ya comprometiendo su prestigio y patrimonio (que era nulo, malviviendo miserablemente) sino su propia vida. Todos morimos, pero solo unos pocos están dispuestos a hacerlo por los demás, así Castellio, este humanista demasiado humano.

Para Castellio no existe ningún precepto divino, ni cristiano, que ordene el asesinato de un hombre. Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna doctrina, sacrificaron a un hombre. No se hace profesión de la propia fe quemando a otro hombre, sino únicamente dejándose quemar uno mismo por esa fe. Hete aquí el meollo de la cuestión.

Allí donde un hombre o un pueblo están poseídos por el fanatismo de una única ideología, nunca hay espacio para el entendimiento y la tolerancia. Así es. Esto era así en el siglo XVI y lo es hoy. Hoy todo se polariza y enardece, arden las redes por cualquier simpleza y cualquier atisbo de raciocinio se ve empañado prontamente por el ruido y la furia y el ansia de querer ajusticiar al otro, aunque se haga, en el mejor de los casos solo virtualmente, sin tener que dar la cara, como hizo Calvino cuando quiso asesinar a Servet y a Castellio y ponía personas interpuestas para hacerle el trabajo sucio, hasta que no le quedaba más remedio que finalmente personarse.

Castellio afortunadamente para él muere a los cuarenta y ocho años, antes de ser ajusticiado por Calvino, posiblemente también chamuscado en la hoguera. Su figura, a consecuencia de la censura de Calvino y sus secuaces permanecerá oculta durante muchos años. Luego vendrán otros como Zweig dispuestos a encarecer su persona, su obra, su coraje, su determinación.

Cuando Zweig escribe este ensayo, Hitler ya está instalado en el poder, y solo quedan tres años para el comienzo de la segunda Guerra mundial. Zweig podía haber escrito un alegato contra Hitler, pero todas las tiranías y poderes despóticos se parecen demasiado, y sabe que cualquier lector medianamente inteligente, leyendo lo que se dice de Calvino tendrá en mente a Hitler y debe prepararse para lo peor, su ejemplo.

Sirva este magnífico, oportuno y necesario ensayo para recordarnos la obligación espiritual de retomar la vieja lucha por los inalienables derechos del humanismo y de la tolerancia. Y para mantenernos siempre alerta ante los dogmáticos y los doctrinarios.

Acantilado. 2001. 253 páginas. Traducción de Berta Vias Mahou (gracias Berta por la recomendación).

Stefan Zweig en Devaneos

Ensayos

Montaigne

Novelas

Novela de ajedrez
Mendel el de los libros
Carta a una desconocida

Relatos

Una boda en Lyon

Correspondencia

Correspondencia entre Zweig y Friderike

Biografías de Stefan Zweig
Las tres vidas de Stefan Zweig (Oliver Matuschek)

unnamed (2)

La claridad (Marcelo Luján)

La claridad es un muy buen conjunto de relatos de Marcelo Luján que se alzó con el VI Premio Ribera del Duero en su última edición. Incluye cinco relatos: Treinta monedas de carne, Una mala luna, Espléndida noche, El vínculo, La chica de la banda de folk. Se decidió añadir de cara a su publicación otro relato más: Más oscuro que tu luz.

Todos los relatos presentan elementos escabrosos, terribles (que me traen ecos de otros relatos leídos de autoras como Vera Giaconi, Samantha Schweblin, Guadalupe Nettel, Andrea Jeftanovic…), secundados por decisiones que adoptamos y que resultan infaustas, fatales. Y lo curioso es que casi al comienzo de algunos de los relatos ya sabemos su final, su trágico desenlace o bien se nos anticipa lo funesto, pero esto no va en detrimento de la eficacia de todas estas narraciones cortas.

En Treinta monedas de carne una excursión en bicicleta de lo más inocente se convierte para dos jóvenes en una experiencia terrorífica, a medida que van dando pasos en la dirección equivocada, alentadas por todo tipo de pasiones y sentimientos perniciosos, como la envidia, los celos, la venganza…

Una mala luna explicita la relación entre dos hermanos que se irá malogrando cuando la hermana mayor se convierta en alguien dificil de domeñar, dispuesta a llevar sus experiencias al límite, una alma conflictiva que colisiona con todo aquel que tiene cerca; fallas tectónicas que no respetan ni siquiera a su madre. Esa clase de personas capaz de sacar del espejo nuestro vivo retrato. La vis menos agradable de cada cual.

Espléndida noche es un título con retranca, aunque bien cierto que se puede morir aunque haga una espléndida noche. De nuevo decisiones que se toman apresuradamente, azuzado por las circunstancias, y un destino fatal a la vuelta de la esquina, el que está reservado para un camionero. Un relato con elementos de intriga a cuenta de un personaje misterioso que comparte con el camionero la cabina durante unos kilómetros y le ofrece un pacto, con el diablo, y sin retorno.

El vínculo nos sitúa en el ojo del huracán incluso se menta el coronavirus. Otra vez el no actuar a tiempo, el no hacer la llamada oportuna, no hace sino ir embrollando las cosas, complicarlo todo, mediante malas decisiones, virales, contagiosas, letales.

La chica de la banda de folk nos lleva a la plaza de un pueblo en noche de concierto. Allá dos jóvenes. Uno de ellos le tiene echado el ojo a una joven rubia. De pronto la confesión de un secreto, una grieta en la relación de los dos jóvenes y sangre en las narinas, oscuridad, ladridos, incertidumbre, violencia, miedo, una aventura amorosa reducida a nada.

Más oscuro que la luz abre la puerta a lo sobrenatural. Es curioso el poso, el peso que tiene una ausencia materna, la estela invisible que ésta deja, los alfileres que clava de por siempre en el ánimo de los deudos.

Páginas de espuma. 2020. 176 páginas

IMG_20200920_103649

El mar indemostrable (Ce Santiago)

Sentado en el escritorio, girando la cabeza, mi mirada se propulsiona a través del cristal hasta dar con una formación geológica con forma de león dormido, quizás el mismo al que hace mención el autor de la novela, Ce Santiago, traductor que no debuta como escritor (todo traductor es escritor) con esta novela, traductor de obras como Los terrenautas, lectura que estoy practicando simultáneamente a esta, doblete que atienda quizás a que algunos tenemos Ce en la escritura, aliterando lo que cantan los Viva Suecia, y es posible la simpleza en el nombrar, pero no es menos cierto lo que decía Linneo, que si ignoras el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas, por eso hay que nombrar, etiquetar la realidad, aprehenderla a través de palabras, destazarla y describir como hace Ce, con palabras que son relato y ensayo, sobre la metafísica del mar y la relación con los hombres que en ella viven, relación estrecha, obsesiva, transformadora, tanto que para algunos ya da igual estar en el mar que no, cuando el mar ya está dentro de ellos, como le sucede a uno de los personajes, un tipo despreciable, bajo esa filosofía de que la letra con sangre entra o lo que viene a ser lo mismo que la vida con sangre entra (y sale), y así endurecer atormentando a su retoño, ningunear despreciando a su mujer, ajusticiar perros, aniquilar todo a su paso, flotando en el mar muerto de su propio ser, como escribiera aquel luso nada iluso, y el mar indemostrable es aquí flujo y reflujo, e intermitentemente influjo, es prosa nudosa y descoyuntada, para que el lector complete los huecos, encuentre acomodo en los espacios en blanco, tome conciencia del aliento de la nada que bate contra nuestro casco, varados en el ahora incierto y quién sabe si a(b)negados de futuro, oponer no obstante la escritura al silencio con urdimbre de palabras animosas, sugerentes, que dejan su estela sobre el papel, y pienso que vengan a cubierta libros aunque «obra muerta» sea, que en este caso no lo es, en absoluto.

La Navaja Suiza. 2020. 130 páginas

9788417902254

Una boda en Lyon y otros relatos (Stefan Zweig)

Publicado por Acantilado en 2020 con traducción de Berta Vías Mahou, Una boda en Lyon es un relato acompañado de otros tres más breves: La caminata, Un ser humano inolvidable, Dos solitarios.

El último de los cuatro, Dos solitarios, se me antoja el más simple. Dos almas gemelas un buen día deciden juntar, no sé si sus existencias, pero sí al menos sus cuerpos.

En La caminata, Zweig nos lleva a los tiempos de Jesús, El redentor.
El protagonista se pega la paliza padre siguiendo los pasos del Mesías, pero tras una parada nocturna entre las piernas de una mujer, se verá privado de conocer al Señor en vida.

En Un ser humano inolvidable, Zweig plantea una distopía humanista, un mundo en el que las personas se tratasen con cordialidad, intercambiasen favores, y el dinero fuera lo de menos, donde cada cual solo tomara aquello que le fuera estrictamente necesario. Zweig que en su época fue uno de los escritores más celebrados, que más libros vendía, y por ende millonario, aliviaba su conciencia siendo generoso, muy generoso.

Una boda en Lyon nos lleva a Lyon, a noviembre de 1793. Las algaradas callejeras, el enconamiento hacia unos lugareños rebeldes y hacia una ciudad traidora, se resuelven de una manera drástica, Fouché mediante, ajusticiando a miles de personas. La historia se sitúa en una cárcel, a la cuál por cosas de la vida (por la pluma de Zweig) van a concurrir una pareja. El autor desata su vena más humanista, sensible, amorosa y trata de hacernos ver que a pesar de que las condiciones de vida sean infaustas, a pesar de que la muerte esté ahí a la vuelta de la esquina, siempre hay una oportunidad para el amor. Que vale que el amor no consigue aquí vencer a la muerte, pero sí que hará de esa última noche una noche especial para los esposados.