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Un viaje a Italia (Guido Ceronetti)

Guido Ceronetti (1927-2018) estuvo más de dos años recorriendo Italia, entre 1981 y 1983. No como turista sino como peregrino. No como un peregrino de la belleza sino de la fealdad. No hay asomos aquí de conformismo, de benevolencia. No es este libro una guía de viajes cuyo propósito sea loar las bondades del lugar, no. Ceronetti es más de invectivas e improperios. La idea de la Italia que tenía en la cabeza se ha disuelto. La modernidad, el progreso, el imperio de la técnica, ha hecho afear todo cuanto mira. Da igual norte que sur. Este u oeste. O el otro.

Ceronetti se desplaza a pie, en trenes, en automóviles, toma el pulso a las ciudades y pueblos que visita, leyendo la información pública disponible en marquesinas, carteles, buzones, epitafios. Sufre el asedio del ruido, el petardeo de las motos, el vómito decibélico de los televisores, la cháchara de los circunstantes. Ceronetti busca amparo en los libros, en el silencio, ese es su refugio. La Divina Comedia y otros muchos textos bíblicos, ensayos, poemas, le sirven para lanzar sus reflexiones, agudas, lacerantes. El Po convertido en una cloaca. Las ciudades uniformadas en su fealdad.
Ceronetti se plantea en qué consiste hoy la identidad italiana.

El materialismo nórdico, aplicado a Italia, no puede producir sino desastres. Desnaturalizarse es peor que perder la patria.

He ido en busca de una Italia que fuera un signo y emitiera un sonido humanamente perceptible. Tengo que confesar que no la he encontrado.

La que veo y voy recorriendo es una Italia ya completamente descompuesta, desfigurada y falta de sentido. El museo como sucedáneo de la vida.

La industria, ofrece dinero a cambio de cáncer y malformaciones congénitas., como en el Polo químico siciliano de Augusta.

Florencia es un característico ejemplo de ciudad que ha perdido su Centro. Le ha quedado solo el centro histórico, convertido en una esponja de demencias, bien empapada. Ciudad de mujeres espiritadas.

Para Ceronetti el paisaje (constructo cultural) es desolador, si el fin de la humanidad es, no la felicidad, sino la perfección intelectual y moral en palabras de Renan, Ceronetti afirma que esta finalidad no la hemos alcanzado ni por asomo y tampoco hay esperanza de alcanzarla en un futuro.

Ceronetti es testigo de aquellos barrios que van desapareciendo y afirma entre lo que es derribado y la nueva vivienda no es relación, es ir a lo irreal a lo sin-nombre; ¿se sale ganando?.

Hay palabras para escritores que no son de su agrado como Luigi Pirandello o Ezra Pound. Sin embargo, en Dante hay que creer sin rechistar.

El contacto con otras personas a Ceronetti lo saca de quicio no soporta el grito, el gemido, la carcajada, la blasfemia, una humanidad tan pobre.

Quisiera no tener ya nada en común con el hombre, ser un puro pensamiento que ignora su miseria y figura. Vengarse del hombre con el silencio, negarle la palabra.

Saberse aburrir en el teatro es una virtud social. No la poseo

Sabiduría de mis relaciones humanas en este viaje, que no llevan el peso de la intimidad y del apego; aún no siendo insignificantes, no son sino signos. Basta lo visto y lo oído para que el día tenga, malitia sua, las simpatías superficiales que lo alegran: una profundidad humana es al instante molestia, y luego, poco a poco, dolor. No quiero ofrecer al cuerpo desnudo, sin protección, los clavos que vuelan por los aires anhelando clavarse.

Vuelan los aforismos: los ferrys, barcos que ya no son barcos, sino continuaciones de autopistas.

Una estación sin el tiempo es casi una catedral.

Los pensamientos:

Todo está mecanizado; los campesinos son obreros industriales; los campos son máquinas.

Ceronetti es un peregrino que constata que lo feo borra la inteligibilidad del mundo.

Referencias a escritores españoles Antonio Machado, Miguel Hernández, Miguel de Cervantes.

Ceronetti austero, frugal en el comer, sabe cuál es el camino:

Sólo lo que es pobre es cristiano, y sólo lo que cobija es humano.

Es la alimentación sobria, que liberada, la que alimenta la sabiduría. en el desequilibrio alimentario está la raíz de mucha violencia; se vuelve cada vez más difícil digerir la vida…

El sentido fundamental e inmutable del teatro es que nos purga de algo.. Él fue titiritero.

Esta Italia que asoma en las páginas de Ceronetti no es la península encarecida por los poetas.

Borrachos, turistas, turistas borrachos, delincuencia del ruido. Italia es fea, está podrida por dentro, es una gusanera peninsularoide, una península gusanógena […] La fealdad de Villa Opicina, de Muggia

Lo que era un pueblo de vencidos, de doblegados con dignidad, ahora lo es de incurables cretinizados.

Hay solo turismo, que no es la presencia de algo sino la privación, pagando, de todo. Los turistas son sombras, y con ellos los comerciantes, los hosteleros, los organizadores de excursiones, lo que se bebe y se come, la misa en la iglesita…

Ceronetti muestra su espíritu cioraniano una humanidad sin sentido moral está muerta. La medicina triunfa: vida más larga, etcétera. Pero es un coma moral prolongado, no es vida.

Ceronetti anhela el socorro espiritual de la belleza, que no encuentra.

Se pregunta ¿y si yo fuera el ÚLTIMO viajero literario en Italia?.

No abundan los viajes literarios de este calado.

El periplo de Ceronetti, editado por la editorial Días Contados (con epílogo bde J. Á. González Sainz), aquellos dos años por Italia es un manjar para el lector y una hercúlea labor para la traductora de este magnífico libro, Helena Lozano Miralles.

Ejemplares numerados

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El antropoide (Fernando Parra Nogueras)

El antropoide
Fernando Parra Nogueras
Candaya
Año de publicación: 2021
285 páginas

La naturaleza humana busca ser urbanizada, civilizada, culturizada, a fin de acallar la voz interior que ruge y clama y languidece ante el imperio de la razón y la compostura. La voz, o baladro, del antropoide, necesaria sofocar. Antropoide: término que Fernando Parra Nogueras (Tarragona, 1978) registra en el comienzo de su novela, acogedor vestíbulo, recurriendo a Francisco Umbral. Las palabras umbralianas nos ponen en el camino, apuntan una dirección y lo más importante: un sentido (doble).

¿Hablamos de un doppelgänger, o más bien de un ser horliano? ¿no hay por estos lares asomos suicidas, como en el ente maupassantiano, o más bien es el talante del protagonista el comportamiento propio de Jekyll y Hyde: dos naturalezas que conviven, no exento el conflicto, en un mismo cuerpo?

El protagonista de la novela, Eduardo, trata de templar su antropoide, redimirlo a través de la literatura y la cultura que atesora. Pero la pulsión sexual es como lava volcánica que busca aflorar una y otra vez, con virulencia, arrasando (y fertilizando) todo a su paso, sin miramientos. Eduardo, no obstante, se resiste, trata de mantener su antropoide a raya, pero la inercia y empuje de su monstruo es superior a sus fuerzas, a todo parapeto moral que quiera opugnar al mismo.

Eduardo reparte su tiempo entre el hogar -en el que vive situaciones hilarantes a costa de sus vecinos. A pesar de vivir en una urbanización, las paredes son de papel y acaba hasta las narices de la pelotita del padel, de los escarceos sexuales amatorios, pared mediante, que sufre y al mismo tiempo le facultan para cabalgar a lomos de su deseo vertical que maneja con mano diestra hasta el clímax liberador, viscoso, pringoso. Pero el antropoide pide la palabra: heces, redes rotas…- y los dominios laborales, en los que Eduardo se ve ninguneado. Enchufado por su tío en un diario vive una vida muelle, algo que siempre resulta agradable y los cargos de conciencia son leves apuntes en el debe, insignificantes, en el Libro de Cuentas de la Vida. Rencillas en el laburo no faltan, algo que va más allá de ponerse las zancadillas o pisar al de al lado (o al de abajo) para medrar, tampoco las reflexiones acerca de los bestseller y la ninguneada literatura de calidad.
Eduardo se ve maquillando clasificados, elevando el burdo tono de estos anuncios, hasta darles cierto empaque, lo cual atenta precisamente contra la roma naturaleza de aquellos mensajes que pretenden entrar por los ojos o por cualquier orificio de los potenciales clientes con la urgencia de un puñal.

Los gradientes del amor van desde los arreboles románticos en los que cae Eduardo de la mano (inasible pero asible, merced a un destino dadivoso) de Cloe, pasando por los arrebatos convertidos en desahogos con otros hombres, en espacios (aparcamientos, subterráneos, baños, saunas, las ramificaciones del cruising) donde apaciguar el apremio del deseo, y hollando postreramente las promiscuas tierras pomeranas, fruto dulce del amor libre, abierto, intercambiable, tan líquido como lo es el del placer licuante, insatisfactorio, se ve, cuando el culmen son lágrimas.

Fernando se esmera en darle brillo a su prosa y logra un acertado equilibrio entre lo vulgar y lo refinado: los clasificados, pasados por el cedazo de la literatura son una metáfora perfecta de lo que es la novela. Dejó dicho el Maestro: ¿En qué momento uno se convierte en escritor? Posiblemente en el momento en que traspasa la frontera que separa una frase vulgar de una literaria.

Fernando quiere hacer literatura, va en pos de ella, una sombra siempre correosa, pero su esfuerzo y empeño con la urdimbre de las palabras es ese, huir de las frases vulgares en su escritura, no en su contenido, pues literaturiza lo vulgar, la sordidez, el patetismo de una naturaleza que creyendo encumbrarse va a ras de suelo, deshollándose, purulenta, y para este noble quehacer hay multitud de referencias literarias, palabras que como “ajorca” me remiten al Cantar de Cantares, apuntes mitológicos: las Erinias, Sísifo, Perséfone, un lenguaje dúctil y proteico ceñido a las circunstancias de los personajes, con muchos apuntes irónicos y paródicos hacia nuestra realidad que cifran bien la aguda capacidad de observación del autor. La deriva de la novela ofrece también una puerta abierta a la metaliteratura.

Una novela, en definitiva, que como las clásicas tragedias griegas brinda una posibilidad de redención al lector, su particular purga, el espejo en el que mirarse y reconocer sus bajezas y también sus noblezas, aquel brillo tremolante en el filo de las pupilas en el que anida el antropoide, quien fuera un invasor, sino hubiera ya colonizado (o alcanzado un pacto simbiótico) nuestra naturaleza, ya cruzado el limes.

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Canción (Eduardo Halfon)

Eduardo Halfon
Canción
Libros del Asteroide
Año de publicación: 2021
128 páginas

Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 20 de agosto de 1971) persiste en el empleo de la memoria para su obra literaria. Si en otras novelas intentaba arrojar luz sobre la figura de su abuelo polaco, en Canción, lo hará sobre su abuelo libanés Salomón, que no fue libanés (aunque nació en Beirut). Ahondar en la memoria adquiere el rango de pesquisa y la historia de su abuelo así contada, permite a su vez explicar la historia de un país: Guatemala. Y la sucesión de dictaduras y la tutela americana. Halfon es invitado a Japón como escritor libanés (una novedad, porque sí que había sido escritor judío, escritor guatemalteco, escritor latinoamericano, escritor centroamericano, escritor estadounidense, escritor español, escritor polaco, escritor francés…). Cuando se desvela el engaño, o la verdad velada, Halfon se defiende: Hablé de mi abuelo. Hablé de la casa de mi abuelo. Hablé de los hermanos de mi abuelo. Hablé del negocio en París de mi abuelo. Hablé del hijo primogénito de mi abuelo. Hablé del secuestro de mi abuelo (en 1937). Hablé de uno de los secuestradores de mi abuelo (Canción). Hablé de la muerte de mi abuelo (¿la anécdota de la carta?). Hablé cosas de mi abuelo que me fui inventando ahí mismo. Todo me lo fui inventando ahí mismo.

En ese terreno se mueve Halfon inventando o refundando la memoria. Hay un momento en el que rememora un acontecimiento y su padre le hace ver que no sucedió así. La memoria sabemos que es caprichosa, y al final a uno no le vale tanto el qué sucedió sino lo que recuerda de lo que sucedió. El humor brilla ya desde el primer momento con la llegada de Halfon a Japón, la pulsión del deseo –aquí no consumado- también. Las historias, los recuerdos, irán engarzándose eficazmente. En el encuentro con otros literatos a Halfon le toca oír que todas sus historias parecían extraviarse y no llegar a ninguna parte. Ahí está el misterio y la gracia de la novela, de la escritura de Halfon de su corpus narrativo, de ese universo literario que va creando –y muchos como yo, recorriendo- con el transcurso de los años.

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Balada de la playa de los perros (José Cardoso Pires)

Estos meses estoy aprovechando para llevar a cabo lecturas que deseaba realizar hacía un tiempo como Caterva de Juan Filloy, Cantar de Cantares de Salomón, con estudio de Fray Luis de León o esta Balada de la playa de los perros de José Cardoso Pires con traducción de Basilio Losada.

Cardoso en 1982 recurre a un acontecimiento ocurrido dos décadas atrás en su país, Portugal, entonces bajo la férula dictatorial de Salazar. La novela, un noir, comienza con el cadáver de un hombre encontrado en la playa, desmenuzado por el ataque de unos perros.

Al frente de la investigación Elías. Poco a poco el policía va montando las piezas. La información se suministra con cuentagotas. El muerto parece ser que tenía en mente dar un golpe de estado. Su muerte reviste por tanto un carácter político, o tal se le quiere dar por parte de la Pide. A medida que se va arañando la superficie, aparecen en escena otros personajes, como el cabo Barroca, el arquitecto Fontenova y una mujer, Mena, que parece haber mantenido una relación con el asesinado.

Un punto fuerte de la novela es la capacidad de Cardoso para crear una atmósfera opresiva, asfixiante. Realidad velada por mentiras de todo tipo. Por lo tanto investigar, o reconstruir lo que sucedió, para Elías se le antoja como un ir quitando gasas de sus ojos. Ojos a veces lúbricos, inflamados de deseo, cuando tiene a tiro a Mena, que cumple con su rol de femme fatale.

Al final de la novela obtenemos el desenlace, la explicación de los hechos. La necesidad por parte de los enjuiciados de quitarse el muerto ya de encima. Cardoso logra un muy aquilatada novela negra.