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Cyrano de Bergerac (Edmond Rostand)

La editorial Reino de Cordelia pública el clásico francés, Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand (Marsella, 1868 – París, 1918, dramaturgo neorromántico francés, famoso por su obra Cyrano de Bergerac, estrenada en París en 1897 en el Théâtre de la Porte Saint-Martin, que se ha convertido en un clásico del teatro francés. Miembro de la Academia francesa desde 1901, estuvo casado con la poetisa Rosemonde Gérard, de la que se separó en 1915, y con la actriz de origen ruso Mary Marquet. Rostand murió en 1918 a consecuencia de la epidemia de gripe que asoló Europa y está enterrado en el cementerio de Marsella), con la estupenda traducción de Jaime y Laura Campmany, que apuran bien todo el jugo de la versificación, e ilustrado por José María Gallego, recuperando el texto de la versión original.

Cyrano como D’Artagnan es ya una figura clásica. Aunque como se nos informa en el prólogo; D’Artagnan desprendía aroma a paté de campaña, mientras que Cyrano de Bergerac ha olido siempre a auténtico foie gras, delicadamente elaborado no con hígado de pato o ganso, sino con vísceras de auténtico pavo real. D’Artagnan fue capitán de mosqueteros, Cyrano sirvió en la Compañía de la Guardia y se sabe que participó en el sitio de Arras durante la Guerra de los 30 Años, cuando las tropas españolas de Fernando de Austria se enfrentaron a las francesas del mariscal de Châtillon.

A Cyrano (poeta, dramaturgo, soldado…) lo hemos visto varias veces en la gran pantalla, quizás la más conocida sea con el rostro de Depardieu. Su nariz, enorme, elefántica, le trae a Cyrano por el camino de la amargura, pues su lengua afilada, su ingenio, su inteligencia, su vena poética, todo esto, se estrellará contra un muro cuando el amor que Cyrano sienta por su prima Roxane, no se vea correspondido, porque Cyrano no se ve capaz, lastrado por su protuberancia nasal a manifestarle sus sentimientos, tal que acabará haciéndolo por persona interpuesta, a través de Christian, joven cadete de gascuña, del que Roxane se ha quedado prendada, atrapada por sus atributos físicos que se verán secundados por lo que Christian le dice y escribe (a través de Cyrano) cuando vaya al frente, bajo un ardid que se resolverá fatalmente.

Se suceden escenas en un teatro, bajo el balcón de la amada, en el frente de batalla en pleno asedio, y siempre brillan ahí las palabras, los versos de Cyrano, clamando su independencia, dando un repaso a todo aquello que detesta (trepas, arribistas, aduladores, falsarios…) dispuesto a granjearse el odio (para corresponder a su rabia precisa de gigantes), la inquina y las enemistades que hagan falta con tal de seguir fiel a sí mismo, sin venderse al mejor postor.

Con libros como este tan bien editados por Reino de Cordelia, merced a las magníficas ilustraciones de José María Gallego, engalanando los afilados versos de Cyrano, donde a las aventuras se suman la épica, el humor y la tragedia, convierten la lectura en un auténtico placer, atemporal, ya que la actitud de Cyrano, su modo de ser soñador y alado (no soporta la gente que no sueña, dice, un Cirano más próximo a la oropéndola que al oropel), perdura y como él, hoy y mañana, otros, seguirán su estela, tocando con la nariz y con la espada, librando su particular batalla contra los espurios afanes humanos.

Hace unos quince años descubrí a Francesco Guccini y entre sus canciones siempre ha habido una que me ha gustado especialmente. Se titula, precisamente, Cirano, y dice así:

Vídeo de Cirano, Francesco Guccini:

Cirano (Francesco Guccini)

Venite pure avanti, voi con il naso corto,
signori imbellettati, io più non vi sopporto,
infilerò la penna ben dentro al vostro orgoglio
perchè con questa spada vi uccido quando voglio.
Venite pure avanti poeti sgangherati
inutili cantanti di giorni sciagurati,
buffoni che campate di versi senza forza
avrete soldi e gloria, ma non avete scorza;
godetevi il successo, godete finchè dura,
che il pubblico è ammaestrato e non vi fa paura
e andate chissà dove per non pagar le tasse
col ghigno e l’ ignoranza dei primi della classe.
Io sono solo un povero cadetto di Guascogna,
però non la sopporto la gente che non sogna.
Gli orpelli? L’arrivismo? All’ amo non abbocco
e al fin della licenza io non perdono e tocco,
io non perdono, non perdono e tocco!
Facciamola finita, venite tutti avanti
nuovi protagonisti, politici rampanti,
venite portaborse, ruffiani e mezze calze,
feroci conduttori di trasmissioni false
che avete spesso fatto del qualunquismo un arte,
coraggio liberisti, buttate giù le carte
tanto ci sarà sempre chi pagherà le spese
in questo benedetto, assurdo bel paese.
Non me ne frega niente se anch’ io sono sbagliato,
spiacere è il mio piacere, io amo essere odiato;
coi furbi e i prepotenti da sempre mi balocco
e al fin della licenza io non perdono e tocco,
io non perdono, non perdono e tocco!
Ma quando sono solo con questo naso al piede
che almeno di mezz’ ora da sempre mi precede
si spegne la mia rabbia e ricordo con dolore
che a me è quasi proibito il sogno di un amore;
non so quante ne ho amate, non so quante ne ho avute,
per colpa o per destino le donne le ho perdute
e quando sento il peso d’ essere sempre solo
mi chiudo in casa e scrivo e scrivendo mi consolo,
ma dentro di me sento che il grande amore esiste,
amo senza peccato, amo, ma sono triste
perchè Rossana è bella, siamo così diversi,
a parlarle non riesco: le parlerò coi versi,
le parlerò coi versi…
Venite gente vuota, facciamola finita,
voi preti che vendete a tutti un’ altra vita;
se c’è, come voi dite, un Dio nell’ infinito,
guardatevi nel cuore, l’ avete già tradito
e voi materialisti, col vostro chiodo fisso,
che Dio è morto e l’ uomo è solo in questo abisso,
le verità cercate per terra, da maiali,
tenetevi le ghiande, lasciatemi le ali;
tornate a casa nani, levatevi davanti,
per la mia rabbia enorme mi servono giganti.
Ai dogmi e ai pregiudizi da sempre non abbocco
e al fin della licenza io non perdono e tocco,
io non perdono, non perdono e tocco!
Io tocco i miei nemici col naso e con la spada,
ma in questa vita oggi non trovo più la strada.
Non voglio rassegnarmi ad essere cattivo,
tu sola puoi salvarmi, tu sola e te lo scrivo:
dev’ esserci, lo sento, in terra o in cielo un posto
dove non soffriremo e tutto sarà giusto.
Non ridere, ti prego, di queste mie parole,
io sono solo un’ ombra e tu, Rossana, il sole,
ma tu, lo so, non ridi, dolcissima signora
ed io non mi nascondo sotto la tua dimora
perchè oramai lo sento, non ho sofferto invano,
se mi ami come sono,
per sempre tuo, per sempre tuo, per sempre tuo…Cirano

Cirano (Traducción de Riccardo Venturi; sería aquí un lujo contar con una traducción de Micó)

Acercaos, acercaos, los de las narices cortas,
señores acicalados, ¡no os aguanto más!,
enfilaré mi pluma bien adentro de vuestros orgullos
porque con esta espada os mato cuando me place.

Acercaos, acercaos, poetas desquiciados,
inútiles cantantes de días desdichados,
bufones que vivís de versos huecos,
tendréis dinero y gloria pero os falta la fuerza;
gozad del éxito, gozadlo hasta que dure,
que el público está amaestrado y no os amedrenta
e id quién sabe dónde, para no pagar los impuestos,
con la sonrisa maliciosa y la ignorancia del primero de la clase.
Yo solo soy un pobre cadete de Guascogna
pero no soporto la gente que no sueña.
¿Los oropeles?, ¿el arribismo?, no pico en esos anzuelos
y al final de la licencia no perdono y toco.
Yo no perdono, no perdono y toco.

Acabemos de una vez, acercaos, acercaos todos,
nuevos protagonistas, políticos trepas;
acercaos serviles aduladores, rufianes y gentucilla,
feroces presentadores de falsas retransmisiones,
que con frecuencia habéis hecho del cualunquismo un arte;
sed valientes liberales y enseñad las cartas,
pues siempre existirá alguien que pagará el pato
de este bendito, absurdo y hermoso país.
No me importa nada si yo también estoy equivocado,
desagradar es de mi agrado y amo ser odiado;
con los listillos y los prepotentes desde siempre me divierto
y al final de la licencia no perdono y toco.
Yo no perdono, no perdono y toco.

Pero cuando estoy sólo,con esta nariz enorme
que desde siempre me ha precedido por lo menos en media hora,
mi rabia se apaga y recuerdo con dolor,
que me está casi prohibido soñar con un amor;
no sé a cuántas habré amado, no sé a cuántas habré poseído,
pero por mi culpa o por azares del destino, a las mujeres las he perdido
y cuando siento el peso de estar siempre sólo,
me encierro en casa y escribo, escribiendo me consuelo,
pero en mi interior siento que el gran amor existe,
anzuelo sin pecado, amo pero estoy triste,
porque Rosana es bella, somos tan distintos;
no logro hablarle:
le hablaré con los versos,
le hablaré con los versos.

Acercaos gentes vacías, acabemos de una vez:
Vosotros los curas que a todos vendeis otra vida;
si existe, como decís,un Dios en el infinito,
miraos en el corazón, ya lo habéis traicionado;
y vosotros los materialistas, con vuestra eterna obsesión
de que Dios ha muerto y que el hombre está sólo en este abismo,
buscáis las verdades por el suelo, como los cerdos,
quedaos con las bellotas, dejadme las alas;
volved a casa enanos, apartaos de mi vista,
para mi enorme rabia necesito gigantes.
No pico el anzuelo de dogmas y prejuicios
y al final de la licencia no perdono y toco.
Yo no perdono, no perdono y toco.

Toco mis enemigos con la nariz y con la espada
pero en esta vida, hoy, no encuentro mi camino,
no quiero resignarme a ser malvado,
tú sola puedes salvarme, tú sola y te lo escribo;
debe existir, lo siento, en la tierra o en el cielo un lugar
donde no sufriremos y todo será justo.
No te rías, te lo ruego, de estas mis palabras,
yo solo soy una sombra y tú, Rosana, el sol;
pero tú, lo sé, no ríes, dulcísima señora
y yo ya no me oculto bajo tu morada
porque ahora siento que no he sufrido en vano,
si me amas como soy,
por siempre tuyo seré, Cirano

Reino de Cordelia. 2019. Traducción de Jaime y Laura Campmany. Ilustraciones de José María Gallego.

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No habrá muerte. Letras del Gulag y el Nazismo. De Borís Pasternak a Imre Kerstész (Toni Montesinos)

El siglo XX además de un buen número de guerras civiles y dos mundiales, fue también el siglo de los totalitarismos, con Hilter y Stalin a la cabeza.

Toni Montesinos (Barcelona, 1972), publicó el año pasado en Fórcola, No habrá muerte. Letras del Gulag y el Nazismo. De Borís Pasternak a Imre Kerstész, ensayo amenísimo, no muy extenso, poco más de doscientas páginas, pero bien cundidas, en las que como su título indica irá recogiendo cómo ambos totalitarismos, los de Hilter y Stalin afectaron al mundo de la cultura, de las letras, enviando a los gulag, a los campos de concentración, al exilio, al ostracismo literario, a la muerte, a figuras como Primo Levi, Solzhenitsyn, Tsvietáieva, Bábel, Pasternak, Kertész, Danilo Kîs, etc.

En la abundante bibliografía que maneja Toni Montesinos, me llama la atención que buena parte de ella la integren novelas recientemente publicadas, que Montesinos conoce bien al ejercer su labor como crítico literario, novelas como Una saga moscovita de Vasili Aksiónov (2015), El ruido del tiempo de Julián Barnes (2016), La venganza de los siervos. Rusia 1917 de Julián casanova (2017), La facultad de las cosas inútiles, de Yuri dombrovski (2015), Las redes del terror. Las policías secretas comunistas y su legado, de José M. faraldo (2018), Los que susurran. La represión en la Rusia de stalin, de Orlando figes (2017), Insumisos de Todorov (2016), Anastasia, Memorias. Mi vida con Marina 1816 – 1991 (2018), Setenta días en Rusia. Lo que yo vi de Ángel pestaña (2018), El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS de Andreu Navarra (2016), El volga nace en Europa de Curzio Malaparte, (2015), Diario del gueto y otros escritos de Janusz Korczak (2018), Julio Jurenito de Ilyá Ehrenburg (2013), Desviación de Luche D’Eramo (2018), etcétera.

Montesinos imbuido en la vena literaria recurre a su vez a aquello que dicen los traductores de las obras citadas o bien a lo que se dice en los prólogos, encontrando ahí apuntes y reflexiones sintéticas valiosas e interesantes, interés que se mantiene en la lectura de estos ensayos cuando Montesinos aborda la historia de este siglo XX recurriendo a historias menos conocidas, como la violación de Nanking, genocidio japonés perpetrado en territorio chino; la figura del doble agente español Pujol, clave en el desembarco de Normandía; la red de túneles excavados en Berlín con la que los ciudadanos buscaban la manera de sortear las restricciones del muro; Lisboa, convertida en la ciudad puerta de la libertad durante la segunda guerra mundial; o yendo a terrenos literarios la poca garra, según Montesinos, que tienen las novelas de I. B. Singer, en relación con sus estupendos cuentos; o la figura de Szymborska a quién todos creo que deberíamos de vindicar más. “Tengo en gran aprecio dos pequeñas palabras: ‘No sé’. Son pequeñas, pero tienen alas”.

El libro se cierra con el apartado Breve cronología literario-suicida, el mismo que aparecía en otro libro del autor, El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico (Ápeiron ediciones, 2019), pero adaptado para la ocasión a los años comprendidos entre 1933 y 1997 y centrados en los escritores víctimas de la gulag y el nazismo.

Antes de hablar con tanta ligereza y abaratar continuamente el lenguaje, antes de emplear con tanta alegría términos como fascista, nazi, estado represor, etcétera, convendría darse un paseo (o bien directamente perderse) por libros como el presente.

Fórcola ediciones. 2018. 248 páginas.

Toni Montesinos en Devaneos

El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau
El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico.

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Lista de locos y otros alfabetos (Bernardo Atxaga)

A finales de 2016 releí Dos hermanos y disfruté tanto como la vez primera vez, dos décadas atrás. En marzo del año en curso, me vi beneficiado de unas cuantas horas de solaz librescas con Horas extras, reeditado por Hurtado & Ortega. En mayo releí, en este caso, Esos cielos (1996) y poco después de su lectura arribé a la conclusión de que El hijo del acordeonista (2004), leído la semana siguiente, era un novelón. En estos devaneos librescos Bernardo Atxaga es el escritor al que más tiempo voy dedicando este año. Los libros aquí mentados no son nuevos, lo último publicado por Atxaga en el territorio de la novela fue, NARP. El caso de Felisa Rodríguez (puede leerse aquí), son antiguos o reediciones, muy oportunas tanto la de Hurtado & Ortega, como esta que nos ocupa, Lista de locos y otros alfabetos, publicado (y prácticamente inencontrable) en 1998 en Siruela y recuperado felizmente ahora por Xordica.

Son dieciséis alfabetos los aquí recopilados, que aparecieron en su día en otros medios: El País, El Mundo, jornadas literarias para “Ejercicios de estilo”, Cuentos de fútbol, revista Zehar, etc. Atxaga advierte en la Addenda de que los textos han sido corregidos y transformados para la ocasión, lo cual no evita, aunque resulta comprensible cuando el arco temporal de la escritura es tan amplio, que uno advierta al menos tres reiteraciones. La edición de Xordica es estupenda, si bien choca ver ahí escrito Lecioncilla en el título de uno de los Alfabetos, y más tarde leccioncilla, o Lichtenberg, escrito una vez con “n” y otra con “m”, así como algún “que” sin acentuar, o algún error de concordancia en cuanto al número, pero bueno, peccata minuta, nihil obstat.

«Dicen que los monjes de hace ocho o nueve siglos debían enfrentarse a públicos lejanos, a veces hostiles, reacios siempre a marchar tras los pasos de una demostración teológica o de una condena moral, y que de esta dificultad y de la necesidad de vencerla surgieron los Alphabeta exemplorum. Se trataba de que el peso de los discursos estuviera bien repartido, y de que cada una de las veintitantas letras del alfabeto correspondiente arrimara su diminuto hombro y contribuyera a llevar la carga: que la A demostrara la existencia del Alma, por ejemplo; o que la B tuviera a bien hablar de san Basilio (…). Cuando uno de estos Alphabeta exemplorum llegó a mis manos, yo ya estaba preparado para entender de qué servía aquel artilugio verbal (…). Decidí, pues, sin apenas dudarlo, apropiarme del método (…); pasó un año, y ya llegaban a la decena los alfabetos que habían salido de mi mesa para ser leídos o publicados en los lugares más dispares. Mis amigos comenzaron a preocuparse».

Atxaga se acomoda al formato alfabeto hasta cierto punto. Sigue esta senda en el primero de ellos, Cuento sorprendente en forma de alfabeto, en Un cuento para Volante, en Alfabeto para la montaña, si bien no se otorga el mismo peso a cada letra del alfabeto y en la mayoría de las ocasiones a muchas no se les presta atención alguna, si bien ese orden alfabético pautará la narración en unos casos o las reflexiones, cuando el alfabeto cae del lado del ensayo. En Red para coger fantasmas, uno de los textos más interesantes en mi opinión, no se ciñe a alfabeto alguno.

Como en otros libros de Atxaga prima la mirada amable, luminosa, poco dada a la polémica estéril; brilla el humor en el Alfabeto sobre el único verano de mi vida en que fui un Don Juan (con coñas marineras como la vasca tocando el ukelele), el ingenio, en Alfabeto francés en honor de Jorge Luis Borges; se demuestra que no importa tanto el tema como el tratamiento, de ahí que se saque jugo a ensayos breves como Alfabeto de una marina; no falta tampoco el relato portátil, ya sea yendo a la naturaleza como en el Alfabeto sobre la montaña, o bien, la ruta literaria, la del viajero que seguirá los pasos y posos del Holden Caulfield salingeriano por Nueva York, que apenas aclarará nada al viajero, o sí, llegando incluso al núcleo de la novela y las pretensiones de Salinger.

No caer en las redes de la polémica y el ruido ensordecedor no supone no dedicar tiempo al juicio crítico, que Atxaga despliega en los tres mejores alfabetos del libro, en mi opinión, a saber, Lección de Groenlandia, originalmente expuesta por el escritor Leif Eriksson el café…, que demuestra muy bien la potencialidad, embrujo y magia de la literatura y la ficción en todas sus manifestaciones; Alfabeto sobre la cultura vasca, donde Atxaga sitúa la lengua y la literatura vasca en su sitio, no como algo del siglo XX, sino con raíces que se hunden varios siglos antes. Muy interesante lo que comenta sobre los bertsolaris. Los que somos de La Rioja y tenemos ascendencia vasca y pillábamos de críos en la televisión la ETB, creo que más de una vez nos hemos quedado pegados, plasmados frente al televisor viendo a los bertsolaris en acción, sin entender, desgraciadamente nada de aquella salmódica e inextricable versificación. En Lecioncilla sobre el plagio o alfabeto que acaba en P, Atxaga se interesa sobre aquello que tiene que ver con la creación, el concepto de artista, genio o creador que estos tienen de sí mismos, lo difícil que supone crear algo nuevo, las dificultades de diferenciar el original de la copia, y la manera en la que cada generación va, más que creando, actualizando lo anterior.

Una colección de textos heterogéneos, que bien se prestan a la relectura, los aquí ofrecidos por Atxaga, marcados por su amenidad, con los que uno disfruta, viaja, reflexiona, divaga, se entretiene, ensimisma y aprende. Luego para leer, siempre, nos sobrarán los motivos.

Xordica editorial. 2019. 284 páginas. Ilustración de Isidro Ferrer.

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El bosque de los urogallos (Mario Rigoni Stern)

El bosque de los urogallos, libro de relatos escrito por Mario Rigoni Stern (1921-2008), se publicó en Italia en 1962. La joven editorial Volcano libros (creada en 2017) lo publica ahora en castellano con traducción de Regina López Muñoz (Un domingo en el campo, Hace cuarenta años…).

Muy interesante es el prólogo de Paolo Cognetti a fin de situar estos relatos que Mario escribió después de finalizar la segunda guerra mundial y regresar del frente a pie, tras haber pasado, desde los 17 años, seis años como alpino (esquiador, escalador). Al regresar, Mario abandonará las armas y se irá a la montaña.

Los doce relatos del libro transcurren casi todos en pueblos de montaña (a mediados del siglo pasado. Rigoni era oriundo del altiplano de Asagio, en los Alpes, en el Véneto, próximo a la frontera austriaca), donde está muy presente en el día a día de sus protagonistas la caza, ese cuerpo a cuerpo entre el animal y el hombre, tal que la caza forma parte del título de tres relatos: La víspera de la cacería, De caza con el australiano, Término de caza y en otros, sin aparecer en el título tienen como asunto también la caza, como sucede en Alba y Franco, Una carta desde Australia, Más allá de los prados, entre la nieve, Los zorros bajo las estrellas.

Decía Linneo que si ignoras el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas. Mario saca a sus personajes, y a él mismo -porque lo que hace en algunos relatos no es otra cosa que registrar, poner por escrito aquello que sus compañeros de cacerías le refieren- por los bosques de las montañas y nos cuenta todo aquello que ven, su mirada se puebla de zorzales, vencejos, urogallos, perdices nivales, raposas, sabuesos… La naturaleza aquí es lo eterno, así que cuando los dos hermanos de Vieja América, que dejaron su hogar en Italia para mudarse a los Estados Unidos, al regresar, después de cuarenta años, reconozcan estar en casa (a pesar de los cambios sufridos tras pasar y arrasar por allá una guerra) por las montañas que las enmarcan, y si toca llevarse a su regreso algún recuerdo de casa, sea un puñado de la tierra que les rodea.

Examen de oposición, el relato mas extenso del libro, difiere mucho del resto. La ciudad, Roma, es adonde debe acudir un funcionario que quiere conseguir una plaza fija. Lo urbano se erige aquí como algo asfixiante, sombrío, desolador. El espíritu que recorre todo el relato me recuerda a las desventuras del Marcovaldo de Italo Calvino, quien precisamente contribuyó a la publicación de este libro.

Cuando Mario escribe estos relatos tiene todavía sus recuerdos de la guerra frescos y su visión es antibelicista. El primer relato Por allí esta Carnia, es el regreso (el suyo) a pie del soldado a casa, un retorno que una vez finalizado, no concluye del todo, porque aunque el cuerpo ya esté en casa, la mente parece seguir todavía en las trincheras, entre balas y explosiones, entre cuerpos mutilados, dialogando con todos aquellos que paliaron su soledad y trabó amistad. Ir al bosque, pasar el día allá con su subeybaja será un alivio, la cura necesaria.
En Vieja América, además de ser un encarecimiento del trabajo y el esfuerzo, hace ver lo paradójico de la situación en la que unos sobrinos, americanos unos, italianos otros (con el régimen fascista) puedan acabar matándose entre ellos durante la segunda guerra mundial.
En lo más profundo del bosque es un homenaje a uno de los muchos que fueron asesinados vilmente por los fascistas de Mussolini. Aquí, Cristiano, un leñador de 18 años.
Encuentro en Polonia, en 1942 un soldado al hablar con otro hombre en su lengua sobre su casa y sus lugares comunes, convierte ese recorrido topográfico en una toma de conciencia y distanciamiento para preguntarse ¿Quiénes volverán de todos los que vamos en este tren? ¿Cuántos paisanos mataremos? ¿Y por qué?

Los relatos muestran vidas sencillas en las que no les sobra nada pero tampoco les falta, abastecidos con leche caliente, grappa, leños para resistir las nevadas, solaces horas de caza, el abrigo de la familia y los nietos, si los hubiera o la felicidad de abatir un zorro, un urogallo, unas perdices. Toda esta sencillez, ese mundo -que se rige por el devenir cíclico de las estaciones, la siega y la siembra- siempre precario, parece resquebrajarse con los emisarios de la modernidad, cuando a la montaña lleguen en tropel los urbanistas, a cazar en tromba, como un ciclón, a coleccionar simplemente cuerpos a modo de trofeos. Personajes que parecen sacados de la novela La natura expuesta de Erri de Luca. La montaña como souvenir.

Mario Rigoni Stern consigue en estos doce relatos con un lenguaje tan sencillo como directo alcanzar la emoción del lector, pues hay en todos ellos aquello que podemos llamar verdad, esa franqueza que deja fuera cualquier artificio, haciendo gala Mario de un estilo muy natural, para conseguir a través de los textos una especie de redención, como si pretendiera, y creo que lograse, cambiar la pólvora por la tinta y hacernos ver y sentir (!y de qué manera!) que la montaña y sus bosques son una especie de santuario, objeto de celebración, pues como afirma Primo Levi en el prólogo estamos necesitados de experiencias humanas, de los olores de la naturaleza y de todo su acervo, podemos añadir, y hoy en día aún más que hace cinco décadas.

VOLCANO libros. 2019. 186 páginas. Traducción de Regina López Muñoz. Prólogo de Paolo Cognetti

Entradas periféricas | Lo rural, la raíz

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Mi madre era de Mariúpol (Natascha Wodin)

Natascha Wodin (Fürth, 1945), en su (auto)biografía, Mi madre era de Mariúpol, con traducción de Richard Gross, va en busca de su madre, de su pasado, de su familia, de su memoria, y lo hace de una manera fascinante, brindándonos un libro ineludible que situaría al lado de Vida y destino de Vasili Grossman, la Trilogía de Auschwitz Primo Levi, Trieste de Daša Drndić o Memorias. Mi vida con Marina de Anastasía Tsvietáieva.

Cada vez que Natascha trata de buscar algo de información sobre su madre se da contra un muro, hasta que un buen día en 2013, en internet, en un foro encuentra a Konstantin, dispuesto a ayudarla, a remover Roma con Santiago si hace falta para auxilirla en sus pesquisas. Ese feliz momento, será el hilo de Ariadna merced al cual Natascha logrará salir del dédalo que es su existencia, tal que irá obteniendo datos que le permitirán obtener información sobre su tatarabuelo, Giuseppe De Martino, bisabuelos (Teresa, Giuseppe, Epifán, Anna von Ehrenstreit), abuelos, tíos y tías, primos, sobre sus padres y sobre su madre, la cual se suicidó cuando ella tenía nueve años, arrojándose al río Regnitz.

Su madre da a luz en Alemania y Natascha trata de conocer el periplo vital que la llevó allá desde Mariúpol en Ucrania. El 8 de octubre de 1941 Mariúpol cayó en manos alemanas. En ese momento vivían 240.000 personas, dos años después la cifra se redujo a 85.000. Descubrirá Natascha que sus padres fueron trabajadores eslavos esclavos (como otros muchos millones) que serían deportados de Ucrania a Alemania, para ir a trabajar en factorías alemanas, como ATG o Flick (en la cual de 9500 operarios, 2500 eran operarios esclavos), en unas condiciones deplorables, de alojamiento, manutención, salubridad, etcétera, en lugares que venían a ser campos de trabajo en los que no había fecha de salida (los trabajos forzosos en los juicios de Nurenberg serían declarados como crímenes, considerando a Fritz Sauckel el mayor y más cruel esclavista desde los tiempos de los faraones); tirando por lo bajo se calcula que entre cien mil y doscientos mil niños hijos de trabajadoras del este murieron en esos campos de trabajo), que lucraban a las industrias alemanas a coste casi cero, como bien recogía Éric Vuillard en El orden del día. Lograrían sobrevir sus progenitores al campo y pasar finalizada la guerra de personas desplazadas a “extranjeros apátridas“, toda vez que en el papeleo les ponen como lugar de origen Cracovia en vez de Ucrania, lo que les hubiera supuesto haber sido devueltos al “hogar”, a la boca del lobo (entregándolos al delirio de un déspota despiadado), pues los que regresaban eran tildados de traidores, y el asesinato, era moneda corriente o eran enviados a campos de trabajo en rusia o en el mejor de los casos, les hubiera tocado sufrir el apartamiento por parte de la comunidad, que los tacharía de colaboradores, traidores, enemigos del pueblo, las extrabajadoras esclavas son consideradas, por ejemplo, putas de los alemanes.

Una parte fundamental en el libro de Natascha es el diario que cae en sus manos, casi milagrosamente, escrito por la hermana de su madre, su tía Lidia de la cual apenas sabía cuatro cosas. En ese diario Lidia, nacida en 1911, va dando cuenta de su vida plagada más de desventuras que de aventuras y de sinsabores que de alegrías. La guerra civil que tiene lugar entre 1917 y 1921 en Ucrania deja una situación calamitosa. Lidia escribe esto: Muchos comen perros y gatos. Comidos todos los perros y gatos les toca a los humanos. Se oye hablar de mujeres que atraen a niós con comida al interior de la casa y los matan para convertirlos en picadillo o asaddo. Una vez que Matilda trocea queso de cerdo que ha comprado en el mercado, encuentra una oreja de una criatura. La llevan a la policía, pero esta no logra dar con los malhechores. De una mujer se ceunta que mató a su propio hijo lactante, hirvió la carne y se la dio de comer a sus otreso tres niños. Luego se ahorcó en el cobertizo. Lidia sufrirá la meningitis, la malaria, gripe, tuberculosis pulmonar. En 1932 sufrirá el pueblo ucraniano la hambruna bíblica, Holomodor, “el gran experimiento colectivizador de Stalin, que pasará a la historia como el genocidio del pueblo ucraniano“. Lidia con 23 años es enviada tras encontrar unos documentos comprometedores en su domicilio a Medveshya Gora, un campo de trabajo apartado, rodeado de bosques, osos, pantanos y lobos, donde los reclusos se encargarán de la construcción del Canal del Mar Blanco al Mar Caspio. Allá conocerá a Yuri, con quien se casará y tendrá un hijo. Llamar lameculos a un amigo íntimo de Stalin, como el mariscal Voroshílov suponía penas de cinco años de reclusión, como tuvo ocasión de comprobar Yuri.

El comienzo de la segunda guerra mundial sitúa a Lidia en Leningrado, bloqueo sin parangón que durará más de dos años y se cobrará la vida de un millón de personas que morirán lentamente por la hambruna. Parece que no quedó un solo perro ni una sola rata en la ciudad. La gente se lo comió todo, las suelas de sus zapatos, el engrudo del empapelado, los cadáveres. A Lidia la dejamos al finalizar su diario, con Yuri, su hijo Igor, su madre (y la de Natascha) Yevgenia en la frontera con China en Almá Atá (Kazajistán), dándose una nueva oportunidad, otra vida, con pasaportes nuevos.

Natascha decide conocer su pasado y esto le lleva a sacar a pasear a todos los muertos familiares que cobrarán vida ante nosotros; cada una de sus historias y vivencias son piezas que irán formando un gran mosaico europeo de la época, sucesión de décadas infaustas, donde les sucedían a las guerras mundiales, otras civiles, los regímenes totalitarios de Stalin y Hilter, las deportaciones, los campos de trabajo, y una constante: las hambrunas, la carestía, el desarraigo.

La lectura de esta novela biográfica me ha resultado conmovedora, amén de entretenídisima y enjundiosa, ya que Natascha maneja a la perfección los textos de los que va disponiendo para ordenarlos (y comprimirlos de manera acertadísima; son solo trescientas páginas que muestran brillantemente una realidad muy compleja y proteica) de tal manera que su lectura se erige como una muy necesaria y oportuna (en estos tiempos amnésicos) clase magistral de historia, no como un cúmulo de fechas, cifras, lugares y personajes famosos, sino a través de los testimonios del pueblo llano, aquel que sufre, sobrevive y sale a flote como buenamente puede, cuando puede, pues como le sucederá a la madre de Natascha, después de haber visto ésta lo que había visto y ya aquejada de muerte por melancolía, su única salida era morir por su propia mano.

Libros del Asteroide. 2019. 300 páginas. Traducción de Richard Gross