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Lágrimas de frontera (Diego Lázaro Niso)

Diego Lázaro Niso (Logroño, 1975) debuta como novelista con Lágrimas de frontera, novela histórica de 500 páginas que nos sitúa en los años de la invasión de la península ibérica por parte de los árabes, en el año 935, en una pequeña aldea riojana: Becia, a la que llegan unos malhechores que se llevan a las muchachas, previo el ardid, con la intención de venderlas a un mercader árabe, aprovechando que los hombres del pueblo han ido a cazar para proveerse de alimento y poder hacer frente al invierno.

En la novela histórica, a menudo prima más el qué que el cómo, importa más qué se cuenta que cómo se cuenta, empero, siendo esto así, la narración avanzará sin que el lector encuentre apenas resistencia, a la vez que no decaerá tampoco el interés, porque si las muchachas son secuestradas, los mozos del pueblo saldrán inmediatamente en su búsqueda, yendo a vida o muerte tras ellas.

Se sucederán en la novela una serie de acontecimientos (enfrentamientos con lobos, el auxilio de un curandero local, enfrentamientos sangrientos con los secuestradores, celadas y ardides, travesías por montañas nevadas o en el límite con los dominios árabes…) hasta la resolución final.

Diego maneja una prosa eficaz, resuelve bien las secuencias de acción, que son la mayoría, mueve a sus personajes continuamente y los hace interaccionar con diálogos que evitan que la historia encalle y que asimismo sirven para que la novela tenga sus momentos de introspección, en lo tocante a la manifestación de sentimientos de toda clase, ya sean amorosos, de flaqueza o desesperanza o bien movidos por la sed de venganza.

Lágrimas de frontera es un debut ambicioso, del que Diego sale airoso. En sus próximas novelas el autor seguro que nos ofrecerá novelas aún más interesantes y complejas.

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El árbol de agua (Tonino Guerra)

Tonino Guerra
El árbol de agua
Pepitas de calabaza
2022
187 páginas
Traducción de Juan Vicente Piqueras
Linograbados obra de Carlos Baonza

El árbol de agua, publicado por Pepitas de Calabaza, recoge tres poemarios de Tonino Guerra (1923-2012; con traducción de Juan Vicente Piqueras y linograbados de Carlos Baonza: La miel, El viaje y El libro de las iglesias abandonadas.
Tonino Guerra fue un reconocido guionista de trabajos como Amarcord, Éboli o Y la nave va. Cuando abandona la ciudad y se va al campo se instala en Pennabilli. Allá escribe estos tres poemarios, en dialecto, en romañol.

La miel (1986), en sus treinta y seis cantos, es la descripción del paisaje y paisanaje, fruto de una mirada entrenada y aguda que fija su atención en un mundo que parece preterido. Homenaje a los agricultores que ofrecen un campo florido en primavera, y un pequeño tratado del alma humana, en el estudio de sus contradicciones y basta pensar en esos dos hermanos que abandonan este mundo sin mirarse a la cara, pero cogidos de las manos.

El viaje es el de Rico y Zaira un viaje hacia al mar, la particular luna de miel de dos octogenarios enamorados, para quienes en vez de ir en busca del mar, habida cuenta de la niebla, ya en su destino, habrán de quedar a su espera.

El libro de las iglesias abandonada
s (1988), supone el testimonio de aquellas iglesias ya abandonadas, desacralizadas por el progreso y pasto del olvido, desvencijadas, de las que apenas se mantiene en pie unos escasos sillares, pero que en su día fueron importantes para la comunidad, lugar de oración y romerías, pero luego hizo falta grava para las carreteras o la gente dejó los pueblos y vació las iglesias, vio secarse las pilas bautismales.

Tonino recibió los elogios de Italo Calvino y pienso que los textos de Tonino, que son poemas o relatos, en los que brilla la imaginación (vemos ermitas voladoras, ovejas que pasan a formar parte de cuadros, ermitas capaces de arrostrar indemnes las avalanchas, nubes estáticas (que me recuerdan a Nop) y también blanqueadoras, libros ocultos entre osarios, ermitas convertidas en almacén de inodoros, cerezos cumplidores de deseos…), espoleados por los recuerdos, son muy marcovaldianos.

Muy bueno.

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El instante y la libertad en Montaigne (Rachel Bespaloff)

Leí El instante y la libertad de Rachel Bespaloff (con traducción de Manuel Arranz) en un tren. Ida y vuelta. Miraba por la ventanilla, rumiando lo leído. Ante mis ojos, escenarios rothkianos de amarillos y azules. Lo lejano, en apenas unos segundos quedaba atrás. El porvenir era un proyecto abolido. La figura de Montaigne sigue creciendo, sus ensayos no pierden vigencia. En ellos (en lo que llevo leído; ensayos que habida cuenta mi desmemoria tornan inagotables) prima el sentido común, la sensatez, la templanza. No era un revolucionario Montaigne, no descendió a los infiernos ni ascendió a los cielos nos dice Bespaloff. Como un estilita, en lugar de una columna optó por un torreón, allá se dedicó al estudio y examen de sí mismo, a extraer todo lo que su yo tuviera que ofrecerle, que como vemos era mucho y bueno. Un yo que deviene universal.
No hay descripción tan ardua como la descripción de uno mismo, y ciertamente tan útil, nos dice Montaigne. Las sentencias de Montaigne son árboles de ancha copa en los que encontrar amparo:
La grande y gloriosa obra maestra del hombre es vivir de modo conveniente. Todo lo demás, reinar, atesorar, edificar, no son más que pequeños apéndices y adminículos a lo sumo.
Para la autora, Montaigne, no se limita a decirnos cómo es el hombre, sino que lo crea.
Bespaloff relaciona a Montaigne (sus Ensayos) con San Agustín (Confesiones) y Rousseau (Las ensoñaciones de un paseante solitario). Establece relaciones a su vez con Baudelaire (uno de los rasgos distintivos del pensamiento occidental es que el sentimiento de la existencia aflore en la angustia de la intuición y de la finitud; Libertad vinculada al ser y a la nada). Descartes y Nietzsche (para ambos el héroe es alegre). El ensayo de Bespaloff anima a leer a Montaigne y ella se ocupa en entenderlo y explicárnoslo. En Montaigne, como en todo ser pensante, anidaba la contradicción y esto resulta evidente en su concepción de la cultura al tiempo que exaltaba el no-saber. Montaigne nos pone en guardia contra la mentira, la pasión del conocimiento y la humildad del no-saber, dice la autora. El instante del título, supone para Montaigne recrear la vida en el instante, cuyos elementos constitutivos son la gracia, el don, el abstenerse de actuar, que impone la calma al espíritu inquieto y al corazón ansioso, el recogimiento de la voluntad que lleva el yo hacia sí mismo abriéndole a la presencia de las cosas, la tranquilidad de esa soledad… por ello no deja Montaigne escapar las mínimas ocasiones de placer que puede encontrar.
Montaigne es fiel a su independencia:
Cuando mi voluntad me entrega un partido, no lo hace con una obligación tan violenta que infecta mi entendimiento […] Adoran todo lo que está de su lado. Yo ni siquiera excuso la mayoría de cosas que veo en el mío.
Una enmienda, por tanto, al sí a todo tan común, capaz de anestesiar el mínimo atisbo crítico. Y lo hace desde su posición burguesa, acomodada, no atacada por ningún tipo de sentimiento amoroso (no tuvo pareja), ni filial (no tuvo hijos) que pusiera en peligro (o a salvo) su día a día.
Hoy en día no podemos releer los ensayos sin darnos cuenta, con una especie de estremecimiento, lo importante que es la presencia de un hombre que nos devuelve el sabor de la libertad siendo libre el mismo.

Montaigne (Stefan Zweig)
La obra de una vida (Bela Hamvas)

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El libro de nuestras ausencias (Eduardo Ruiz Sosa)

El libro de nuestras ausencias
Eduardo Ruiz Sosa
Editorial Candaya
Año de publicación: 2022
464 páginas
Imagen de la cubierta: «¿Ojos para volar?», de Graciela Iturbide

Eduardo Ruiz Sosa, al que tuve ocasión de conocer cuando estuvo en Logroño, en la biblioteca de La Rioja, presentando su libro de relatos Cuántos de los tuyos han muerto, en el turno de preguntas, dedicó bastante tiempo a hablar acerca de las rastreadoras: un grupo de mujeres, madres en su mayoría que recorrían México buscando a sus desaparecidos entre los terrones, haciendo prospecciones en el terreno, encontrando fosas comunes, expertas (luego de su luctuoso quehacer) en saber armar un esqueleto con los huesos encontrados, capaces de diferenciar un hueso de una piedra.

Eduardo Ruiz Sosa y un admirador dichoso

Eduardo Ruiz Sosa y un admirador dichoso

La obra de Eduardo creo que se va cimentando, después de haber leído Primera sombra de silva, Anatomía de la memoria y Cuántos de los tuyos han muerto, sobre la enfermedad, la identidad, la memoria y la muerte. En El libro de las ausencias, el protagonista -el título lo evidencia- es la ausencia (múltiple). Ausencia no asumida como acto de desaparición voluntaria, sino de millares de personas desaparecidas a la fuerza. El ausente queda en una especie de limbo, convertido en espectro o fantasma, en recuerdo velado, en la promesa de un regreso, en una esperanza desesperada para los que se quedan y anhelan, cuando menos, tener un cuerpo presente al que dar sepultura. El afán de las rastreadoras consiste en recuperar esos cuerpos, los restos mortales, y poner así fin al sufrimiento de la ausencia y la incertidumbre, un comecome sempiterno.

Antes de llegar al momento de las rastreadoras Eduardo sitúa la historia en un teatro. Orsina, una de las actrices ha desaparecido. Una solución es hacerle un entierro en esfinge. El teatro es el teatro de la memoria y la identidad en su metamorfosis. Un actor es un cántaro obligado a vaciarse para dar cabida a otras identidades. La posibilidad abierta al espectador de ver o experimentar otras vidas desde su butaca. Al lado de Orsina, a la sombra de su recuerdo (ni carne ni ausencia de carne) están Fernando Ciego, Gastón Tévez, Joaquín Vera, Teoría Ponce, Marte Argüello, Róldenas, Inga.

que si lo estaban matando unas curanderas indias o si lo apuñalaban con sus cuchillos de hueso los yaquis y lo colgaban de un puente los seris o si lo metían en un tambo de doscientos litros de ácido para que no quedara de él ni los sueños ni san francisco de asís o si lo levantaban las madres de los cincuentaidós indios que mandó colgar él ¿dónde? o si desaparecía ahogado en las aguas de la bahía porque lo arrojó desde el cielo un helicóptero de las guardias blancas cuando mataban estudiantes o si le pegó un balazo aburto o la bruja paca sabe dónde queda su cuerpo enterrado en la sierra o si es un periodista que torturan y asesinan y abandonan al lado de un camino por el que nadie pasa o acaso si en el último momento ve una luz pero esa luz no es otra cosa que el sol quemándole la cabeza mientras camina en el desierto para llegar a la frontera o si lo violan los maras y los zetas y lo quiénsabequé subido en la bestia o en el ferrocarril del pacífico o acaba en un burdel en ciudad juárez o en tijuana o rayando las amapolas en la sierra de sinaloa o de guerrero o como un soldado más de los cárteles y al morir lo enterraban debajo de la casa de los colonos y le construían encima una habitación sin ventanas de la que ni él ni su espíritu ni su recuerdo pudieran salir, a él, a Juan Manuel de Viniegra, no le importaba

Algo conecta todo el relato. Si Gustavo Faverón testimoniaba la tortura en su monumental Vivir abajo y Bolaño, en “La parte de los crímenes” daba un testimonio casi forense con listas exhaustivas de más de cien mujeres violadas, asesinadas y descuartizadas a mediados de los noventa en Ciudad Juárez en su novela 2666, Eduardo incide y abunda en el espacio intermedio entre la tortura (aunque también en el texto está la casa de los colonos en la que se practican las desapariciones) y la aparición del cuerpo, para hablarnos de la sinrazón y la violencia que sufre méxico, ya desde la llegada de los españoles con su conquista y exterminio de la población indígena y luego la presencia de los cárteles de la droga, la policía corrupta, el desprecio por la vida ajena. Un relato poblado de fantasmas y ausencias, un desequilibrio que al ser puesto en el papel tiende a dislocarse, a fragmentarse, a descoyuntarse como un cuerpo madreado y destazado, y por eso, quizás la manera de abordar esta realidad infausta y desoladora no sea desde la sintaxis procedimental, el punto final, la coma a la que asirse, sino del flujo, el borbotón, el campo abierto, el baladro, la frase no acotada, y las palabras entonces arracimadas, yuxtapuestas, como enfermas de sí mismas, violentadas o como si un virus las hubiera hecho mutar tratando de explicar algo para el que las palabras son algo insuficiente, ¿un gesto entonces? No, para nada: una GESTA. Por su empeño, resultado y trascendencia.