Archivo de la etiqueta: reseña

www.devaneos.com

Primera silva de sombra (Eduardo Ruiz Sosa)

Presumo de los libros y los autores que no leo. Como el tiempo es limitado, hay también un arte en no leer, dice Javier Gomá, mi filósofo de cabecera.
En The Game, Baricco nos explica que los jóvenes, los llamados nativos digitales, tienen dos corazones, el que todos conocemos y el otro, a saber, esas herramientas virtuales que forman ya parte de su ser y que ellos precisan de ambos corazones.
Los que no somos tan jóvenes, los primitivos digitales, aquellos que dejamos la caverna y rumiamos el papel de celulosa con avidez, acarreamos libros de aquí para allá, al girar la cabeza vemos cómo la pila de libros sigue aumentando en las mesillas, sobre las baldas de las estanterías, que la sed, lejos de apagarse se acrecienta.

Hace un tiempo comencé a leer a Proust y me extravié por el camino de Swann, otro tanto me sucedió cuando me aventuré en El libro de los pasajes de Benjamin (dentro de sus obras completas publicadas por Abada). Su lectura permanece inconclusa, y está bien que así sea, porque finalizar un libro y dejarlo en la estantería es despedirse de él, a no ser que medie una relectura. Si queda a medias uno puede volver a él tantas veces como guste, azuzado por el peso de la ausencia y al volver, con un recuerdo a medias, la lectura y el libro son otros. Nosotros por supuesto, también. Recibí un correo en el que su sexagenario autor me refería que era tiempo de relecturas, ya saben: los clásicos: Cervantes, Baroja, Nabokov… A veces apetece eso, sustraerse al aluvión de novedades e hincarle el diente a aquello que vale la pena. O siguiendo a Gomá practicar el arte de no leer. Esa es la teoría, porque a mí el confinamiento aviva mi sed.

Ayer y hoy me he visto y desvisto leyendo Primera silva de sombra de Eduardo Ruiz Sosa, al que tuve ocasión de conocer a su paso por la biblioteca de Logroño, cuando vino a presentar junto a Paco y Olga, su libro de relatos Cuántos de los tuyos han muerto, libro con el que este que me ocupa guarda bastante relación. En esos relatos la columna vertebral era la muerte y sus distintas manifestaciones, causas, consecuencias.

En estos textos Eduardo se sitúa a veces un paso antes y otras un par de pasos por detrás de la muerte. Nos habla de la enfermedad, del paso por los hospitales, su relación con enfermos crónicos, y cómo el lenguaje, en su manera de esculpir la realidad, impone a veces unas barreras falsas como el alta médica, que no deja de ser en ocasiones un preámbulo de la muerte, o bien el poco tacto de aquel que te da unos pocos meses de vida y que no deja de interrogarse en voz alta y frente al enfermo, cómo es posible que vivas todavía, como si uno fuera un desertor de un destino que le venía impuesto por los diagnósticos, las pruebas, la experiencia médica.

Tiene Eduardo una novela, Anatomía de la memoria, que me hace ojitos (¿o es polvo de nube?) desde una de las baldas del salón. Pero todo a su debido tiempo. La memoria es algo clave en estos textos. Porque va muy ligada a la escritura, porque el empeño de todo escritor parece ser el de dejar huella de su paso por la tierra, por muy frágil y precaria que esta sea. Sin memoria no somos nada y Eduardo sabe que recordamos lo que fuimos y lo que no tenemos, a veces porque media la distancia, lejos el hogar, la familia, distancia como espacio físico y temporal en el que ubicar el desarraigo, la añoranza, la ausencia, el anhelo de volver, regresar, siempre y cuando haya alguien que te espere, ya que si no sería una errancia, un ir dando tumbos, un moverse, viajar, abrir capítulos en el libro de la vida, porque Eduardo vincula la escritura con el viaje, con el libro que vamos escribiendo, un libro abierto, ilegible, diría Cărtărescu, que quiero citar aquí, porque quizás tras haber leído su segunda parte de Cegador hace unos pocos días, sigo aún bajo su influjo.
El escritor precisa un cuerpo y en su auxilio vienen todos los escritores objeto de su filiación, que lo socorren con sus palabras, citas, ideas, pensamientos. Esto es miel sobre hojuelas. Pero siendo solo cuerpo, cualquier escritor solo sería un gusano más, la suya una escritura subrepticia. Precisa de alas y eso va a cuenta del autor. Es entonces cuando Eduardo, apoyado y luego despojado de las citas ajenas, echa a volar, rasgando entonces la membrana de su propio mundo, pasando las yemas por el filo de la ausencia del hermano muerto, de la inasumible violencia de su país de origen, no rehuyendo el recuerdo doloroso, tratando de saber cuál es su lugar en el mundo, cuál es su ausencia, su desgarro, la tumba sobre la que llorar y explicitar su pena, y vuela con un lenguaje feraz, propio de un texto selvático, laberíntico, que no habita un centro, porque todo él es centro. Y me pregunto si Gil Paz existe o es una máscara, o un heterónimo de Eduardo. No importa. Dan ganas de ir a Lisboa, de brindar emocionado con copas rotas, de llorar en París sobre una tumba tan gris como su cielo, pero la ensoñación se disipa, porque me dan una mala noticia, pero sé, lo sabemos todos, porque sobrevivir consiste en esto, que de alguna manera tendré que olvidarte. Y nada más, y nada más. Apenas nada más. Siempre la pérdida, la ausencia, la memoria, el vacío, el olvido.

81Pvoq+yF2L

La batalla de Occidente (Éric Vuillard)

Eric Vuillard es un escritor que captó mi interés hace años. Así irían desfilando por estos devaneos librescos la singular biografía de Buffalo Bill, El orden del día, 14 de julio, y ahora La batalla de Occidente, libro que data del año 2012 y que ha sido publicado por Tusquets y traducido con su habitual solvencia por Javier Albiñana.

El estilo de Vuillard, con esa mezcla de novela y ensayo, se mantiene en toda su producción literaria tanto como su reiterado acceso a la Historia, que va de lo general a lo particular, abordándola de forma oblicua y aquí panóptica, como quien maneja entre las manos un cubo de rubik y de cada uno de sus 27 cubitos extrae distintas historias que giran sobre el eje de la ironía y la crítica.

En La batalla de Occidente el autor galo fija su atención en la Primera Guerra Mundial, sin atormentar al lector con un sinfín de fechas, datos, personajes históricos, cifras, etcétera. En esto me recuerda al libro 14 de Echenoz, o a Marne de Edith Wharthon, que relataba dicha batalla casi in situ.

Los gerifaltes, los mariscales, los grandes empresarios, todos aquellos que ostentan el poder, son capaces de movilizar, patrocinar y visualizar los ejércitos sobre un tablero, y después a las masas sobre la tierra, para luego ésta anegarla con su sangre, la de los más de 20 millones de muertos durante la Primera Guerra Mundial, en el que los países se
acababan declarándose la guerra, cayendo en un bando u otro sin saber muy bien por qué. Montañas de huesos y calzados de muertos a las que habría que añadir luego los mutilados, los enfermos, las mujeres violadas, los muertos de hambre, los ajustes de cuentas, las ciudades arrasadas, los campos calcinados, la civilización hecha añicos. Destruirlo todo para luego reconstruirlo. Para repetir la barbarie de nuevo, con energías renovadas, apenas tres décadas después. El eterno retorno.

La guerra: la primera, la segunda y cualquier otra parecen ser solo la punta del iceberg, lo más espectacular, aquel número circense que abrasa las palmas de un público entregado, sediento, emocionado, perplejo, abismado, ensordecido.

El sangriento siglo XX irá perfeccionando la forma de matar el mayor número de gente en el menor tiempo posible (Hiroshima, la Shoah…) y de esto da cuenta Vuillard: este delirio técnico-científico tan mortífero. H.G. Wells en el libro de Lodge miraba en 1945 desde la ventana la llegada de los bombarderos alemanes con aquel prodigio de la destrucción, las V1 y V2 y similares que luego arrasarían Dresde y otras muchas ciudades.

La génesis del conflicto armado arranca con el asesinato del archiconocido Archiduque Franz Ferdinand en junio de 1914 para luego irse ramificando, transversalmente, narrando y siguiendo el despliegue de las distintas tropas sobre el terreno europeo: franceses y alemanes principalmente, las distintas tácticas militares puestas en práctica por los hunos y los otros, la ganancia alemana en el comienzo y su postrera perdición, convertido en un lobo acosado y vencido.

Vuillard levanta la mirada y se desplaza por la cinta transportadora de la historia, hasta la segunda guerra mundial, a los campos de concentración, sin olvidar la revolución rusa, el genocidio armenio a manos turcas, ambos acaecidos durante el transcurso de la primera guerra mundial, y acaba en los Estados Unidos, con aquellos magnates que fiarán a franceses, británicos y alemanes, financiando primero la guerra (armándolos a todos hasta los dientes) y luego la reconstrucción de la paz, con la bendita deuda.

Como en 14 de julio Vuillard nos acerca la historia de una manera desenfadada, irónica, “chapucera” llega a tildarla el autor, sin darle ninguna concesión épica a la guerra: fuente de sufrimiento para todos, sin importar los bandos, sacrificándose millones de vidas para obtener pírricas victorias.

Lo que Vuillard deja caer es que no parece que aprendamos mucho de nuestros errores y horrores. Viendo hoy los personajes que están al frente de los países más poderosos del mundo, Vuillard creo que no va nada desencaminado, cuando lo que se alienta es la desmemoria, la amnesia y el blanqueamiento, para poder seguir trazando un plan diabólico con la mínima resistencia y oposición.

Veremos qué nos depara el siglo XXI. De momento, entre las impacientes manos, un pandémico 2020 infausto.

IMG_20200331_225523~2

Los otros (Javier García Sánchez)

Los otros, novela escrita por Javier García Sánchez en 1998, y posteriormente llevada al cine con el título de Nos miran, se me antoja más que una novela un relato extenso en el que el autor nos conduce hacia el no lugar –al margen de la razón-, eso a lo que llamamos locura. Tenía por casa El mecanógrafo, pero antes de aventurarme con tamaña empresa, opté por algo más ligero, un puerto de segunda, en lugar de aquel K2.

Hacia un centro perdido en la montaña, que atiende al nombre de El Balneario, se dirigen dos periodistas con la idea de entrevistarse -entrevista que parece imposible- con R. V. un policía que dejó el cuerpo tras un inusitado acto de violencia hacia su mujer e hijo, para ser encerrado acto seguido en aquel centro psiquiátrico, amansado y dócil desde entonces, sumido en el mutismo, viendo pasar la vida por delante de la celda de sus pupilas.

El cara a cara tiene un efecto inesperado en R. V. que verá abrirse el grifo de la memoria, del que surgirá un caudal irrefrenable de recuerdos. Así el autor de la novela nos explica por qué R. V. está allá confinado, por qué empuñó un arma apuntando a su hijo, qué vio un día el policía en la calle que le hizo desbarrar, perder el juicio, adentrarse en un mundo ignoto en el subsuelo, algo parecido a un inframundo poblado de sombras, cómo desde pequeño ya tenía entre los labios dos palabras, un Tantum ergo (ahí está parte del meollo del libro, a cuenta del santo sacramento, la transubstanciación, etc…) que el niño repetía a todas horas -para sorpresa de sus progenitores que no le daban a pesar de ello mayor importancia- como un miserere, el miedo atroz que experimentó cuando ya padre perdió el contacto con su hijo pequeño durante quince minutos espeluznantes y algo que oyó entonces por boca de su criatura a través de un walkie-talkie. R.V. al recordar experimenta un renacimiento doloroso y un esfuerzo hercúleo por comunicarse con los periodistas, y lo logra. Dirá dos palabras, a las que los periodistas en ese momento no les asignarán significado alguno. Pero como cuando uno toca algo y de repente ese contacto le proporciona el imposible conocimiento instantáneo, algo parecido les acontecerá a los innominados periodistas, cuando dejen el Balneario y emprendan el camino de regreso.

Javier dosifica el misterio con cuentagotas, tiene claro el principio y el final de la novela, pero lo que va entremedias flaquea, magro resulta, porque uno esperaba algo más de desarrollo sobre ese inframundo: quiénes son los otros, quiénes nosotros, qué miran, a quiénes, qué relación existe entre unos y otros, cuál es su estado, en que dimensión o estadio límbico moran, qué reclaman de nosotros, etc, así como en el vis a vis entre los periodistas y R. V; alimentar algo más esas notas científicas que R. V. atesoró en su día, tensar más el relato, sustanciarlo (o si me apuran transubstanciarlo), no dejarlo todo en la superficie, en el enunciado, cuando lo interesante hubiera sido dotar de entidad aquello que se enuncia, hacer carne de las sombras y los miedos, porque tras el andamio, una vez apartado, detrás no se ve edificio alguno.

www.devaneos.com

Playas, ciudades y montañas (Julio Camba)

Me pirra Julio Camba. En estos días en los que el pan nuestro de cada día pasa por permanecer en nuestros domicilios son más necesarias que nunca dos cosas: el humor y el evadirse viajando. Viajar mentalmente, se entiende. En mi auxilio viene Julio Camba, aquel escritor gallego del que Francisco Fuster en el prólogo dice que ya nadie se acuerda. No todos. En estos devaneos librescos recurro con frecuencia a exhumar a Camba.

La editorial riojana Pepitas de Calabaza publicó Mis mejores páginas. En Fórcola leí Caricaturas y relatos y Crónicas de un viaje, impresiones de un corresponsal español. Digo esto porque la lectura de Playas, Ciudades y Montañas, editado por Reino de Cordelia es en parte una relectura, dado que algunas de estas crónicas ya las había leído en los citados libros.

Julio CambaCamba escribió estas crónicas hace algo más de un siglo, y aunque no han perdido frescura muchas cosas sí han cambiado, como esos recorridos en diligencias que se hacían interminables y que le sirven al autor para hacer un panegírico, no de las Ventajas orejudas de viajar en tren, sino de dichas diligencias de trote cochinero, ante la llegada de los automóviles, que supondrá un aprendizaje tanto para conductores como para los peatones que deambularán desde entonces por los caminos bastante menos despreocupados.

Habla Camba de los foros en Galicia, ese tributo agrícola que había que pagar al propietario de las tierras, ya abolido, y recorre Santiago de Compostela, Vigo, Grove, Pontevedra, recurre a la anécdota gastronómica, al apunte social jocoso, a leyendas locales que abundan en aquello de que ciertos curas eran los Padres de todos, habida cuenta su lubricidad, pone en entredicho, el mítico ponto vinoso, a saber: Agua, agua salada que no sirve para beber: he aquí el mar. Ha llegado ya la hora de decirle la verdad a este monstruo tan orgulloso. El mar es un prestigio falso. No es bonito ni mucho menos. La hermosura se la dan las playas y las costas. Suponed el agua del mar en una palagana, y a ver qué queda de su belleza, tanto como lo bucólico geórgico de la vida rural y pacífica, un monumental aburrimiento en su opinión, al no haber nada que hacer en un pueblo, un paisaje que a él le resulta estéril para crear, pues él precisa ruido, el bullicio del café, el aliento nitroso de la ciudad, y de ciudades Camba sabe un rato, al ir de corresponsal a París, a Londres, y mira y escribe como el recién llegado, antes de verse inmunizado por el día a día, por eso sus crónicas pudieran caer en el tópico y en los prejuicios que van de serie, pero no lo hacen, porque se sitúa en el lugar justo para resultar objetivo, objetividad imposible, pues todo viene filtrado por la lente del intelecto y la aguda mirada del autor, para señalar así las bondades y maldades del espíritu de cada pueblo: el suizo, el británico, el francés, el español, descendiendo hasta el gallego, arremetiendo contra el españolismo, contra los poetas locales empecinados en loar solo la causa nacional, vacunado Camba de cualquier canto de sirena nacionalista, llegando incluso a dudar de la existencia de los suizos, recurriendo a Baroja para maldecir el defecto de los regionalismos: el de substituir con un problema casero los grandes problemas de nuestro siglo

Camba expone su particular taxonomía de las clases de turistas y sus trinchantes tronchantes observaciones sobre los turistas suizos, alemanes, yanquis, acerca de los viajes circulares en los que se hacen muchos kilómetros sin aprender nada, sin dejar poso alguno, viajes de moda entones merced a la hoy quebrada compañía de Thomas Cook.

Camba fija su mirada en la gastronomía, porque según él para conocer un país se precisan dos cosas: visitar sus cocinas y alcobas. Un descansar, un comer que el autor liga al espíritu, para explicarlo, el de los británicos que van a la cama a dormir, que comen solo para alimentarse, de las camas francesas, cómodas, acogedoras, de su cocina, convertida en un arte, tanto como sus ciudades, hechas para flanear, para perderse por sus bulevares, hasta llegar a esa construcción literaria que es el Barrio Latino, poblada del atrezzo bohemio: Antes bien, el hacer de bohemios les cuesta su dinero. Hacen de bohemios mientras pueden, y cuando la familia se niega a girarles un franco más, entonces dejan de hacer de bohemios y se marchan para no llegar a quedarse sin comer.

Camba ofrece páginas preciosas epitáficas como las dedicadas a Sawa. Y no todo es chufla y cachondeo, porque entre bromas y veras el de Villanueva de Arosa no puede dejar de hablar de algo acuciante en la España de hace un siglo:

No. Nosotros tenemos para aderezar la carne una gran salsa nacional: el hambre, que, desde los tiempos de Cervantes, es, en España, la mejor de las salsas

Tampoco de la emigración, de todos sus paisanos que cruzaron el charco buscando un futuro:

La conquista de América no se ha terminado todavía. A diario van a ella nuevos aventureros en busca de nuevos tesoros. Y los traen. Traen algunos miles de pesos; pero algo se dejan allí que tiene más valor: la juventud y el trabajo. Esos miles de pesos son la remuneración de un esfuerzo, siempre mayor que los miles, y el fruto de ese esfuerzo se queda en América. América se lo merece. Es generosa y es laboriosa. Emplea al que le pide trabajo. Su vida tiene un sentido nietzcheano: el de atraer a los fuertes y rechazar a los débiles.

Lean a Camba, sus músculos faciales y su alma se lo agradecerán.

Reina de Cordelia. 2010. 280 páginas

www.devaneos.com

El cuerpo. Cegador, 2 (Mircea Cărtărescu)

Concuerdo con el mirífico trovador que cantaba aquello de “non la sopporto la gente che non sogna“. Cărtărescu, en El Cuerpo, Cegador, 2, tanto como en su primera parte de esta trilogía, El ala izquierda, nos invita a soñar, a habitar sus construcciones mentales, que a menudo son dédalos, habitaciones sin puertas ni ventanas. Abordar esta lectura en concreto y a Cărtărescu en general, me lleva a unas palabras que leí de Thoreau: un hombre solo recibe lo que está preparado para recibir, ya sea física, intelectual o moralmente. Escuchamos y asimilamos lo que sabemos a medias. Todo hombre, por tanto, sigue el rastro de sí mismo

Lo repite a menudo Mircea. Mi libro es ilegible, un caracol que secreta su caparazón a cada instante. Es un farol, pero no va desencaminado. Si algún epíteto se le puede endosar a la prosa de Mircea sería el de la voluptuosidad, la capacidad de estimular y azuzar nuestros sentidos, de hacer lo sinestésico algo carnal, de exponernos a paredes verticales de puro hielo, sin más piolet que nuestra fe en el texto.

Estas páginas, 518, con la espléndida traducción de Marian Ochoa de Eribe, son como mirar un tríptico de El Bosco, El jardín de las delicias, por ejemplo, y entender que cada figura, cada objeto, tiene una historia que contarnos, y que más allá del horizonte plano que lo pictórico ofrece, el lienzo muda en diorama y comienza a girar sobre un eje desquiciado ante nuestra mirada, de una forma imparable, proyectando o inoculando en nuestro cerebro, toda clase de sueños o pesadillas, amalgamando dimensiones, civilizaciones, genealogías, mitos, sistemas, incluso el código genético de su autor, deshaciendo nuestra conciencia, aumentándola, dilatándola hasta una cuarta dimensión, ser todo pupila, ojo panóptico totalizador, en el que se cifra el empeño de Mircea, desde su buhardilla bucarestina (un mundo bucarestino, ruinoso, ceniciento, destruido) en Stefan cel Mare, con el poder demi(quir)úrgico que le confiere la punta amarillenta de su bolígrafo con el que irá destilándose, alzando la mirada sobre los tejados para evocar su pasado, a su hermano gemelo, antes muerto y ahora secuestrado, su madre, las miserables comidas de los trabajadores de aquellos años: macarrones y mermelada, las gallinazas, las lavazas, el miedo a hablar porque los securitas estaban por todas partes, la ilusión de pisar el aula y estar con otros niños. El desangrarse sobre un cegador espejo de papel, que nos lleva de Bucarest a Ámsterdam, a los hombres estatua, a Cedric, Coca, Maarten, al barrio rojo, a las flores de carne, al Grial de labios arrugados, al comercio con la mercancía más antigua del mundo. El cubilete entre las manos, los dados (o incluso dardos) de la alucinación y lo real sobre la mesa de cristal: gota de ámbar donde se confinan mundos psíquicos, virtuales, fractálicos, en el que la realidad es solo uno de ellos, ni si quiera el más creíble, porque aquí la mariposa mueve las alas y la imaginación lo cubre y encubre todo, nos ahoga y libera, nos sume y consume, es el yugo que subyuga, el aire viciado que se sueña oxígeno, el interfaz con el que Mircea nos nutre con su tejido cerebral de miedos, recuerdos, visiones, lúcidas reflexiones por boca de Herman, la fantástica Maria, un niño, Mircea, que con cinco años ya empieza a pensar qué pasaría cuando muriera, cuando apurara el vino de la promesa de la inmortalidad, esto es, la de la desaparición eterna.

Al final queda la perplejidad, el estremecimiento, la mente convertida en zigurat, en mandala, en un caleidoscopio que se alimenta a sí mismo. El antaño manuscrito infinito, ahora libro (infinito), leído sobre la mesilla, inoculado en algún pliegue del alma y luego, la mirada sobre el tejado, posada en las personas de las ventanas, librando cada cual su particular batalla. Y luego al cielo, imperturbable, ajeno, enajenado.

Como colofón unas palabras de Mircea:

Tal vez al amor signifique tan solo eso: contemplar el cosmos, dejarte inseminar por la tierna luz de las estrellas.

Impedimenta. 2020. 518 páginas. Traducción de Marian Ochoa de Eribe.

Mircea Cărtărescu en Devaneos

El ojo castaño de nuestro amor
Solenoide
El ala izquierda. Cegador 1
Leer a Cărtărescu