Archivo del Autor: Francisco Hermoso de Mendoza

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Notas a pie de instante & El Amén de los árboles (Jesús Montiel)

Mientras leo este libro de Jesús Montiel, me digo que si alguien me preguntase lo que leo, le diría que la pregunta correcta sería: Cómo te afecta lo que estás leyendo. Porque estos textos breves de Jesús, sean aforismos, o bien párrafos preñados de poesía, me emocionan desde la verdad.

Dice Jesús que no ficciona nada aquí, y lo que hace por tanto es ir al pasado: a la casa de la infancia, a colarse entre las piernas de los padres, al colegio de la niñez, a esa piedra fundacional que es saberse (o sentirse o ser) poeta tan joven; o al presente, a las clases en la Universidad, la charla con los mendigos, el trastocamiento que implica ver morir un gato atropellado; y la mirada va también dirigida a esa madre que es la Naturaleza, a sus vástagos: los árboles a los que Jesús dedica su mirada, su atención, y por supuesto sus delicadas palabras, como reza ya desde el título. Esos árboles, como las palabras de Montiel, son el dosel que nos protege del calor y de las inclemencias del tiempo; el refugio a la umbría desde el que vemos la vida fluir, sin oponer resistencia.

Son palabras preñadas de amor, una palabra que se repite mucho, amor defendido no desde la soledad sino desde la búsqueda del prójimo, porque como se dice aquí amor se conjuga en primera persona: tú.
Amor hacia los hijos, porque este bello texto es también, en el breve espacio del aforismo, un canto a la paternidad, a la asunción de la enfermedad de un hijo.

Es un texto que rechaza el infierno y prefiere el paraíso y lo bello, porque están ahí, a mano.
Jesús reflexiona asimismo sobre la escritura y la poesía, sobre cómo siente que comete una traición al hablar de sus libros, porque una vez terminados ya no son sus libros, y le resultan tan lejanos como una estrella, la ruina de una emoción que se ha derrumbado, su escombro, para entendernos.

Ya en su día disfruté mucho leyendo El señor de las periferias, de Montiel. Ahora dejo el libro sobre la mesa y busco con la mirada el cielo y los árboles, abro la ventana (aquí muy presente) y pierdo la mirada hasta el límite de los montes y respiro despaciosamente el aire preñado de humedad, dejando que la lectura haga lentamente su afecto.

Antonia Pozzi

La Antonia. Poemas, cartas y fotografías de Antonia Pozzi (Paolo Cognetti)

¿Qué dirían de nosotros un puñado de poemas, cartas y fotografías? Dependería de su contenido.

Paolo Cognetti pergeña la ¿biografía? de La Antonia con estos elementos. Una biografía que podría ser mínima, por la edad con la que La Antonia murió: 26 años. Sin embargo, la vida de La Antonia dio mucho de sí. Nació en 1912, en el seno de una familia acaudalada. Durante el fascismo, el padre de La Antonia es uno de los hombres fuertes del régimen y Antonia vive entre algodones. No le faltan los viajes, las visitas a la ópera, el personal a su servicio, todo aquello habitual en las familias que eran la flor y nata de la sociedad italiana en las primeras décadas del siglo XX. Pero Antonia aunque se beneficie de su situación, siente pronto manifestarse en ella la vena artística. Saca fotografías, escribe poemas, estudia filología y se doctorará con un estudio sobre Flaubert. Dedica su tiempo a leer y su mundo interior se ve enriquecido con los muchos viajes.

La montaña (o las montañas, a las que acudirá y escalará con frecuencia) será para ella también un referente y cerca de Milán encuentra el paraíso. No está lejos del Cervino, del Monte Rosa, de los dolomitas. Su patria será Pasturo, las montañas serán como un madre, una figura tutelar siempre a mano.

Antonia Pozzi

A pesar de tener todo lo material, Antonia sufrirá lo suyo. Se enamorará, sin haber cumplido los dieciocho, de su profesor de latín y griego: Antonio Maria Cervi. Nacerá a un amor trágico, difícilmente correspondido, furtivo, que acabará feneciendo. De ese amor trágico logrará Antonia recuperarse. Más tarde sufrirá otro desengaño, o un eslabón más en el aprendizaje amatorio, en la relación truncada con Remo. Finalmente, cuando Antonia apenas tiene veintipocos años parece que Dino puede ser el hombre de su vida, aunque las circunstancias no soplarán a favor, siendo Antonia hija del podestà milanés y Dino un antifascista, que lucha por acabar con la injusticia social.

Si hubo quien como Zweig no quiso seguir adelante con su vida a tenor de cómo pintaba el panorama y decidió bajarse del tren en 1942, Antonia, un año antes del estallido de la segunda guerra mundial, quizás viendo el maltrato dispensado a los judíos, muchos amigos suyos lo eran, o quizás porque veía su juventud marchita, y sobre la que se ejercía una cruel opresión, el 3 de diciembre de 1938, busca suicidarse mediante la ingesta de barbitúricos y escribe al mismo tiempo unas notas de despedida. Muere un día después, en casa, rodeada de los suyos.

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La labor de Cognetti en el libro es la de obrar como una voz en off, aquella que irá hilvanando los jirones de vida de Antonia, disponiendo ante el lector sus poemas, e interpretándolos, las bellas fotografías en blanco y negro, las cartas dirigidas a sus padres, amantes y amigos; cartas y poemas en los que Antonia logra sacar de sí sus pensamientos y sentimientos, vencer sus miedos, reforzar su autoestima literaria.

No sabremos nunca cómo era Antonia, pues no están todas las cartas, ni todos los poemas, ni todas las fotografías, pero con todo lo disponible Cognetti elabora un bello y tierno retrato de la desdichada Antonia, la cual, los años previos a su muerte, comienza su labor como profesora, y en su contacto diario con los niños recibe y da ternura, y se da de bruces con una realidad que hasta entonces le había sido negada y quien sabe también si todo eso no sería otra fuerza más que tiraría irremediablemente de ella hacia el abismo de la nada, hacia la anhelada paz que para algunos solo concede la muerte.

La Antonia. Poemas, cartas y fotografías de Antonia Pozzi escogidos y narrados por Paolo Cognetti
Traducción de Raquel Vicedo
Pepitas de Calabaza
2023
200 páginas

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Estar aquí (Jorge Morcillo)

Estar aquí también podría titularse Breviario de la imposibilidad. O bien junto a Estar aquí, un subtítulo La vida de Vladimír Holan.
Cuando lees un ensayo de Zweig, el de Montaigne por ejemplo, sabes a qué atenerte. Al comenzar la novela de Jorge Morcillo, pensaba que me iba a encontrar con un ensayo novelado del poeta Vladimír Holan, pero no, pues al acabar veo que el poeta actúa como el maguffin de las películas. Está ahí presente todo el rato, es el acicate y tormento de Samuel y es eso: pura potencia.

Por tanto el Estar aquí, puede ser el de estar en el punto de partida. Para este viaje no hacen falta alforjas podemos pensar. No es necesario irse a un cantón suizo, sufrir de lo lindo atravesando una pasarela a varios cientos de metros de altura, para luego estar solo en un cabaña, con el firme propósito de escribir un ensayo sobre Holan, cuando esto parece un imposible. Y no escribir lo podemos hacer lo mismo en Cádiz que en Suiza. Pero bueno, concedamos que merced a esta posible escritura, Samuel, como pretende, fuese capaz así de salvarse de su terrible y persistente invierno interior.

Pero a pesar de que no tenemos por tanto un ensayo, la novela de Jorge sí bebe del ensayo, y así irá vertiendo a través de su personaje un sinfín de invectivas, que en su tono machacón y obsesivo, en sus continuas reiteraciones nos llevan a Bernhard. Al menos, en cuanto a la forma, en cuanto a su apariencia, ¿Cuántas veces leeremos el ataque de gefirofobia, o la falta de cordura? Porque el tema de la superficialidad y la profundidad es algo que parece preocupar y mucho a Samuel, y como Thomas éste también está asqueado con todo lo que ve y escucha. Vierte denuestos de la educación recibida, de la escasa calidad del cine actual, de la calaña de los políticos, de la estupidez cultural de los escritores de hoy, y el lenguaje que emplea, palabras como aniquilar, abyecto, gentuza, nos llevan de nuevo a Thomas. Pero esto de las reiteraciones, que es el sello de la casa en Bernhard o en Antunes, es un arma de doble filo con la que el autor puede ultimar al lector al menor descuido. En la página 56, anoté ¿qué hay de Holan?, porque había leído ya un 40% de la novela y ni rastro de Holan.

Así, mientras vemos cómo el ensayo sobre Holan se aleja cada vez más de Samuel, por mucho que siempre lo tenga en mente y menudee en estas páginas, la novela nos irá desvelando aspectos de la vida de Samuel, la inopinada manera en la que se verá al frente de una exitosa empresa que fabrica cubitos de hielo, a la muerte de los padres; la muerte de la hermana, el posible idilio que podría nacer al lado de Esther, a la que conoce en su acantonamiento en Suiza, la cual es su arrendataria de la casa que ha alquilado y cuyo padre, para seguir con Bernhard, se ha suicidado recientemente.

La creatividad que tanto se busca, aquí me parece más bien descriptiva, pues es un ir «dando cuenta de lo leído«. De esta manera comparecen en la novela un buen número de escritores que parecen haber ido conformando a Samuel, a saber: Balzac, Rimbaud, Proust, Holan, Chateubriand, Marguerite Duras, Halfon, etc. Estando las canciones también presentes. Ya sea una de Antonio Vega o de Tom Petty. De esta manera Jorge va instilando en su texto todo su universo particular, bien provisto de literatura y de música. Sin dejar de lado tampoco su origen, por eso también está presente el espíritu gaditano en la novela.

Jorge es responsable de la muy recomendable web literaria Las ruinas de Cálamo. Su ultima entrada la dedica a la intrahistoria de otra novela suya, De cielos y escarabajos. Pienso si en esta novela, si donde finaliza Estar aquí, con la metafísica del amor, no sería el punto en el que acabase el prólogo de esa novela que contuviera el ensayo, novelado si se quiere, de Holan.

Estar aquí
Jorge Morcillo
niñaloba editorial
166 páginas
2023

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A cielo abierto (João Gilberto Noll)

No hay en la narración de Noll un orden, tampoco una estructura; el texto parece ser fruto de la improvisación. Creo que aquí al leer el lector acaba desleído, pues Noll solapa lo objetivo con lo subjetivo y lo pone en ese punto que está en entre el sueño y la vigilia y no sabremos tampoco si lo que el narrador nos cuenta son recuerdos, algo real o bien imaginado, o si lo ha soñado. Comienza la narración con dos hermanos que van a buscar a su padre al frente de batalla. La guerra es una guerra más; la marca blanca de la destrucción. Noll deja todo en el aire y le imprime a lo narrado un aire cálido de vaguedad; los críos van a buscar a su padre porque el pequeño está enfermo. Y el mayor vivirá experiencias sexuales con adultos y lo considerará un aprendizaje, como si quisiera ser uno más de los providencialistas, para los que no hay que oponer resistencia a las cosas que nos suceden porque todo forma parte de un aprendizaje; aprendizaje que también puede ser doloroso. El narrador a veces desea estar muerto, o mineralizarse o ser un objeto y otras no está nada disconforme con la vida que lleva, que tampoco sabemos muy bien cuál es. Mientras, su flujo de conciencia es espermático, luego pringoso, tal que el lector bien que puede resultar pegoteado. No hay aquí una moral levantando muros sino que todo es campo abierto, y el incesto, la pedofilia y la violación campan a sus anchas, como fruto del referido aprendizaje, y de los impulsos sexuales irrefrenables y experimentadores. El narrador comparte su cuerpo con hombres y mujeres, se refriega con su hermano, el cual también fue poseído por su padre siendo niño, y ahora ya adulto el narrador asimila un trío sexual en el que su compañera de viaje recibe por igual el semen de uno y de otro con la ilusionante idea de que los dos pueden ser padres al alimón. El otro miembro del triángulo es un joven sueco al que el narrador desflora para luego abrasarse ambos en el deseo mutuo. No hay orden y sí desconcierto en lo que Noll nos cuenta, pero ¿cómo poner en palabras el parturiento estado mental cuando todo se atropella en la cabeza y las palabras ven la luz cual coágulos o calostros? Y en su ritmo frenético, ya cuando el protagonista lo mismo está de vigía en un pañol que en un barco, confinado como esclavo sexual de un cincuentón desdentado, para finalmente recalar en Maia, este libro me recuerda, en el frenético no parar, al Cándido o el optimismo, y en su punto escatológico y transgresor a Edén, Edén, Edén. No me pilla de nuevas la lectura de este inclasificable libro de Noll, al haber leído otro suyo, Lord. Y me pregunto lo complicado que tiene que ser verter al castellano, como hace aquí Claudia Solans, la prosa de Noll.