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Gonzalo Torné

Años felices (Gonzalo Torné)

Si Divorcio en el aire, la anterior novela de Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) era un asedio al lector, en estos Años felices (que nunca lo son, o nunca lo son del todo) el tono de la novela es más bonancible, al menos en su primer tercio. Si allá desplegaba una prosa incendiaria y ácida, su mirada se posa ahora en un grupo de jóvenes adultos neoyorquinos en los años 50 del pasado siglo, en el verano de su juventud que se abren a un mundo por explorar, jóvenes despreocupados, víctimas ellas de sus no muy lejanos cambios hormonales y sus primeras reglas, cuya presencia física y sus atributos más visibles son codiciados por las miradas varoniles, amasados sus pechos por el ansia cabestril, todos ellos como orugas que transformadas en mariposas quieren volar de los nidos familiares, que como en el caso de Kevin (los más y los menos de éste con su padre Ben es lo que más me ha gustado de la novela. Ahí Torné se desmadra, para bien y se permite ciertas bromas privadas: Percy, Lomana, Gerchunoff…), o de Claire, el ámbito familiar tiene más de cerco que de nido. Un grupo que se rige por normas no escritas basadas en la amistad, la confianza, el amor, el cariño que se profesan entre ellos y la clave (o una de las claves de la novela) está en cómo transferir al lector la ligereza, la alegría, su apertura al mundo y absorción por el mismo y no devenir espectador pasivo de esas jóvenes vidas (siempre) ajenas y que aquello cale, que los hilos (término consustancial a la narrativa Torneniana) que tejen la narración sean venas que alimenten nuestro interés y en gran medida así sucede, pues la figura del llamado príncipe, Alfred, un extranjero proveniente de España, de Barcelona, que es acogido de buena gana y prontamente por el grupo gringo, dota a la narración de suspense y misterio, que en parte se desvela en el segundo capítulo (epistolar) donde mediante unas cartas sabremos cómo fue la llegada de Alfred a Nueva York, su irse haciendo poco a poco con esa anguila correosa que es cualquier idioma desconocido -al tiempo que lucha por no perder su lengua catalana, su identidad-, su entrada en el mercado laboral por la puerta pequeña, su empeño en no desprenderse de su sueño de ser escritor, su relación con su madre y sus dos hermanos, donde a pesar de lo que se explicita, prima lo no dicho, lo oculto y velado, a pesar de lo cual ya vamos barruntando algo en ese empeño de Alfred por contarlo todo, sin decirnos nada (o no tanto como quisiéramos saber y que podría ser la semilla de una novela).

Los años felices de la primera parte, la despreocupación, la irresponsabilidad, ese rumiar indolentemente el pan (candeal) suyo de cada día, se verá reemplazada por los contratos matrimoniales, por la asunción de nuevos roles derivados de la maternidad o la paternidad, manumitidos ya de la férula familiar; circunstancias insoslayables que reformularán las relaciones cimentadas entre ellos en su años de mocedad. Vemos cómo el grupo se disuelve, irremediablemente, a medida que se van creando círculos familiares excluyentes y a menudo inexpugnables, como si la ley de gravedad y la entropía afectará a personas y cosas por igual y cómo aquello (la amistad, el cariño, la confianza, la lealtad…) que años atrás se erigía sin apenas esfuerzo, de forma natural, franca y espontáneamente, en aquel paraíso ingenuo y promisorio, ahora cuesta Dios y ayuda apuntalar, cuando todo se desmorona y la naturaleza humana se muestra en todo su esplendor, merced a la desconfianza, la deslealtad, la traición, el aprovechamiento, la envidia, la hipocresía, los celos…

He leído últimamente librazos como Antagonía y El gran momento de Mary Tribune y tengo el factor crítico disparado y tratándose de Torné, autor de la sobresaliente Divorcio en el aire, que el tiempo nos dirá, si ahí el autor tocó cima o no, estos Años felices, aunque la haya leído casi del tirón y disfrutado bastante, me ha resultado insuficiente, quizás porque esperaba, no una historia similar a Divorcio (con la que tiene muy poco que ver y que cifra bien la capacidad de Torné por hollar nuevos derroteros literarios como bien se plasma en esta narración arborescente y elástica, que deja claro lo complicado que es esto de narrar, ese “pasar a limpio” las vidas ajenas, las ficticias también, dado que todo puede ser enfocado, como se ve, desde distintos puntos de vista, y lo que me queda es una sensación más de tristeza que de amargura, porque si esta novela surge ahora quizás sea porque el autor ya en los cuarenta, echa la vista atrás y hacia adelante y ya en el ecuador, es hora de hacer balance, más que de ajustar cuentas, con los personajes y con lo que estos representan) pero sí la misma prosa incendiaria de Divorcio, ese asedio al lector del que hablaba al comienzo, esa prosa que se escribe con sangre, cuando leer ya no es (nunca debe serlo) un mero pasatiempo, sino recibir una transfusión de pura vida.

Anagrama. 2017. 364 páginas.

Cómo dejar de escribir

Cómo dejar de escribir (Esther García Llovet)

De Esther García Llovet (Málaga, 1963) había leído Las crudas y Mamut, y en Cómo dejar de escribir, Esther sigue fiel a su estilo: frases cortas, humor acerado, una realidad drenada y por tanto seca, contando historias como ésta, que sucede en Madrid, pero que podría ocurrir en cualquier parte. Personajes creados con muy pocas pinceladas, un argumento mínimo (con un escritor afamado muerto, un tal Ronaldo, y la posibilidad de que un presunto manuscrito suyo desaparecido pueda ver la luz), muy sucinto, y una prosa que parece más propia de un guión cinematográfico -esta novela se ve a la par que se lee- que de una novela, pues Llovet saca adelante 126 páginas donde otro escritor con algo de relleno se iría hasta las trescientas. O más.

Sí tengo siempre la sensación de que Esther no ha parido su obra definitiva, pues esta novela, como las anteriores, aunque se lea en un visto y no visto, sea amena y entretenida, le falta intensidad, ese ramalazo que te sacude y espabila, porque el riesgo que se corre es que todo resulte demasiado abstracto, demasiado vago, demasiado a medio cocer, alimento por tanto del olvido inmediato.

No obstante, las novelas de Esther, quizás porque no escribe como ninguna otra escritora española que haya leído, me siguen interesando.

Luis Goytisolo Antigonía

Antagonía (Luis Goytisolo)

Hace unos meses leí que ‘Antagonía‘ de Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) sustituía al Quijote para estudiar español en Francia. Leer noticia aquí. Algunos meses atrás supimos que la Biblioteca Nacional había adquirido el archivo de Luis Goytisolo. No es cuestión de comparar a Cervantes con Luis, pero la decisión del gobierno francés, quizás haga que nos pique la curiosidad hacia una obra que a pesar de ser considerada por muchos como una obra maestra, ha pasado bastante desapercibida en nuestro país, por mucho que haya sido objeto de la critica literaria y de numerosos análisis literarios a lo largo de estas últimas décadas y ahora del reconocimiento francés.

Antagonía se publicó, en cuatro novelas, entre 1973 y 1981, aunque la obra se gestó en 1960, durante los cuatro meses que Luis pasó en la cárcel. A mí leerla me ha supuesto unas tres semanas. Anagrama decidió publicar en 2012 -en su título número 500- y por vez primera la tetralogía en un solo volumen de 1112 páginas, con prólogo de Ignacio Echevarría. Poco después Cátedra hizo lo propio.

Paso a detallar lo que me ha parecido cada una de las novelas a medida que las he ido leyendo.

Recuento

Recuento -publicado en México en 1973, dado que en España el libro fue secuestrado por el Juzgado de Orden Público, y no se pudo distribuir hasta 1975- es la primera de las cuatro novelas que forman parte de Antagonía, en una edición donde las páginas van muy bien surtidas sin apenas puntos y aparte ni páginas en blanco y con los diálogos (esos diálogos que nos dicen son siempre prescindibles a no ser que esté detrás Shakespeare) insertos en el texto de forma indiferenciada. Podemos hablar del Londres de Dickens, del París de Balzac, del Madrid de Galdós. ¿La Barcelona de Luis Goytisolo?. Es muy posible, porque Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) -suscribiendo lo que se dice en un momento de la novela- se erige como ese fiel cronista de las grandezas y miserias, de los dramas anónimos y cotidianos de sus ciudadanos -o de un puñado de ellos-, confiriendo un importancia crucial al matiz, y ahí Goytisolo va sobrado, donde su mirada va de lo microscópico a lo drónico- y del presente al pasado-, con igual suerte. Algunas páginas sí se me antojan redundantes o reiterativas, pero es tal la maestría de Luis, tal su capacidad para verter sobre el papel un texto que se nutre de mil aspectos, voces, matices, miradas, acontecimientos, descripciones, como si el empeño del autor fuera contarlo todo, cuyo objeto de estudio fuera la realidad y la historia de Cataluña -de Barcelona en concreto- desde 1930 hasta los años previos al fin de la dictadura , aunque creo que la narración hará las delicias no solo de los catalanes, sino de cualquier espíritu curioso, ávido de una prosa de digestión lenta y saciante -no por la cantidad, que también, sino por la sustancia-, pues lo que Luis demuestra, de una manera muy prolija y trabajada desde muchos puntos de vista, es cómo se conforma una nación, una identidad, la cual es un sumatorio de todo lo vivido por las generaciones previas, un palimpsesto de derrotas, conquistas, invasiones, migraciones…, aunque luego vemos cómo el político de turno, rebusque en el arcón de la historia aquello que mejor se adapte a sus intereses partidistas; un pasado que siempre puede ser modificado, reinterpretado, de tal modo que el hálito pretérito, torne en aliento patriótico, en una identidad que se moldea cual arcilla y se cuece luego a fuego lento en los dominios parlamentarios. Luis describe de manera exhaustiva la sociedad catalana, la burguesía monopolista y no monopolista, los campesinos que llegan a la ciudad, los obreros fabriles, las luchas estudiantiles, las huelgas, los planes de estabilización y de desarrollo, las octavillas, las detenciones (como la que sufre el narrador), las torturas, y antes la primera república, la restauración, la guerra civil, los paseíllos, los ajusticiamientos, banderas republicanas, comunistas, republicanos, anarquistas, burgueses, oligopolios, monopolios, el pueblo a Régimen…Luis aborda distintos aspectos, ya sea la estancia del narrador, Raúl Ferrer Gaminde, en la mili (la disciplina, las novatadas, ese codearse con extraños de toda clase social y origen, ¿unas vacaciones?, los permisos, la visita nefasta de la novia de entonces, las imaginarias…), los veraneos arcádicos en el pueblo, los paseos urbanitas: cartografía de la ciudad de Barcelona (plazas, calles, barrios…), a golpe de talón; la vida de los charnegos en la ciudad, el sexo tan natural y explícito como el comer o respirar, la conciencia de clase. Lenguaje desmedido, totalizador. Un narrar sin prisa, pero sin pausa, drenando la realidad. Es muy posible que se parezcan como un huevo a una castaña, pero a ratos Goytisolo me recuerda al Bernhard de Corrección, en ese ritmo jadeante, enseñoreándose con una prosa torrencial, que te deja exhausto, sin resuello. Luis describe una realidad más intensa de lo que ésta realmente es, expresada a través de la escritura. Se habla mucho sobre la naturaleza (muerta) del amor, ya sea a través del sexo, de los celos, de las infidelidades, los referidos al jade, la yoni, los escritos de Tong-Hiuan-Tsen, que destilan un humor erótico muy jugoso y sublimado. Luis, entre los muchos estilos y maneras de narrar que frecuenta recurre bastante al estilo Homérico (al que cientos de páginas después se refiere al autor) y a esa manera de describir a base de metáforas con el “Así como…” e incluso Joyceano: “enristrando a su bebé con biberones y supositorios, un berreador pipicacoso, eructopedorreante…” Cuando lea las tres novelas restantes, comentaré Antagonía en su totalidad, ahora, tras la lectura de Recuento, cuya narración se ramifica hasta llegar al centro de nuestro ser, sólo puedo esbozar esto al 46%.

Los verdes de mayo hasta el mar

La narración -al menos en su comienzo- ya no tiene ese afán totalizador de tratar de abarcar tiempo y espacio como en Recuento, sino que como si de una digresión de Recuento se tratara, Los verdes de mayo hasta el mar, ciñe su narración a lo que acontece en Rosas -localidad catalana marinera-, donde el paisaje muda del verde al gris del cemento, donde la vista se pierde entre grúas que velan el doble azul de cielo y mar, un paisaje entregado a las ansias del turista innominado, intercambiable: maná que llena los bolsillos de los lugareños dedicados al turismo, con sus bares, sus locales, sus restaurantes, sus discotecas, sus terrazas, alimentando la codicia de los inversores, constructores, promotores, que sólo anhelan seguir edificando, construyendo su fortuna; paraíso para la especulación. Paseo marítimo como escaparate de cuerpos acangrejados, harináceos, mórbidos, beldades nórdicas, horadadas por las miradas del macho ibérico, cuerpos procaces, libidinosos, que buscan oquedades, acoplamientos, vaciamientos, jadeos y resuellos. Quien narra -el ambiente es de nuevo un ambiente burgués, de hombres y mujeres, dándose la vidorra, tirados a la bartola- nos refiere el solaz, la demora, el recreo contemplativo, ese darse al dolce far niente, sin más horizonte que lo que anuncian las manecillas del reloj, sin más horizonte que el final del vaso del cubata. Trasnochar, vivir de espaldas a las alboradas, sustraídos, él, Carlos y su pareja al tráfago diario, a las obligaciones, quehaceres y responsabilidades de todo tipo. Pueblos costeros que al acabar la temporada se pliegan como sombrillas, entregados luego a un merecido descanso para poco después ir calentando motores ante la próxima temporada, ante la próxima marea humana, que enriquece tanto a los lugareños como desmantela el terreno.

En ocasiones la mirada se alza, se abandona la costa, para sobrevolar y describir lo que es Europa:

“Una Europa descivilizadora, barbarizadora, drogadora, violadora, esclavizadora, exterminadora, atomizadora, roedora y raedora, convirtiendo países en explotaciones, culturas en antigüedades, razas en productos, pueblos en mercados, mágico cambalache, genio del cristianismo, vasto despliegue de cruces y cañones, éstas son mis razones, éstos son mis poderes, una Europa repentinamente aterrada, culpablemente acomplejada ante ese mundo hecho a su imagen y semejanza, temiendo por encima de todo recibir un trato recíproco, el mismo trato que ha dado, la droga asiática, la verga africana. Ansiedad y culpa y desmoralización que no puede dejar de pesar sobre los hombros del europeo de hoy, de nuestro hombre, y explicar así su cansancio, acrecentado por el esfuerzo de simular una hipócrita cordialidad hacia otras razas, otras sociedades, otras culturas”.

El sexo, en todas sus variantes, ya sea el que se desparrama o como fruto de lo reprimido, se manifiesta en las páginas de forma reiterada, casi obsesiva, y nos topamos con personajes que se nos presentan como ninfómanas, frígidas, homosexuales, putas, estrechas, libertinas y donde hay muchas pajas, masturbaciones, aventuras, polvazos en suspensión, flirteos, adulterios, erecciones, abultamientos, vulvas palpitantes, gargantas profundas, mucho irse y venirse…

El autor interpela al lector agudo y sobre la marcha reflexiona, en ocasiones, sobre lo escrito, para poner las cartas sobre la mesa, cuando creo que debe ser el lector siempre quien desbroce, quien horade, quien bucee y se pierda en el texto, sin pistas, sin interpretaciones, para mayor así la sorpresa, el goce y el regocijo de descubrir, de interpretar, o de encogerse de hombros, todo ello por uno mismo, sin muletas autorales.

El espíritu de la novela puede ir por aquí: la tensión de construir, deconstruyendo, de mostrar, ocultando.

“la creación como alienación, como distanciamiento y destierro, como droga que no se puede abandonar y a la que, como buen adicto, supeditamos todo en la vida, una obra que queremos realizar a cualquier precio y que es, a la vez, superior a nuestras fuerzas, a las de ese desdichado autor, perfecto ejemplo del cual nos lo brinda la figura del propio Proust…”

Leer esta novela es como recorrer el contorno de un muelle: un sube y baja donde transitar de la euforia a la delicuescencia, donde Luis te lleva a veces en volandas, y otras a tirones, hasta el límite de nuestras fuerzas, de nuestra paciencia, hasta la náusea, el empalmamiento, el rechazo, merced a su prosa espermática, zigzagueante, vigorosa, lánguida, luminosa, sombría, subyugante, sórdida, tediosa e incluso, en sus postrimerías homéricas, ya de cabotaje e incluso astral.

La cólera de Aquiles

En La cólera de Aquiles -publicada en 1979- nos desplazamos por el litoral catalán, pasando de Rosas -donde se desarrollaba Los verdes de mayo hasta el mar- a Cadaqués. El ambiente burgués persiste. La narradora nos refiere sus devaneos amatorios y el día a día de una burguesía que no da un palo al agua. Los personajes se definen exclusivamente en el aspecto sexual, y en todo aquello que hacen o no hacen con ellos (con sus sexos).

De nuevo en las páginas se sucede el folleteo, el libertinaje, las aventuras intercambiables, las vergas que se ofrecen bajo el pantalón, las teorías clitorianas, y mujeres que se nos presentan como frígidas, lesbianazas, estrechas, ninfómanas; una terminología que se repite y resulta cansina. El enfoque cambia algo con respecto a las anteriores novelas de la tetralogía, porque la narradora, habla de un amor lésbico (el suyo) u homosexual, como algo que ya no es contra natura, mientras que en las dos novelas anteriores, la homosexualidad se censuraba, y se mostraba como algo aberrante, sórdido, casi como una tara, como una enfermedad.

La narradora, que es escritora, ha escrito una novela, El Edicto en Milán, libro que está engastado en La cólera de Aquiles y que le permite a Goytisolo reflexionar sobre la vida, la escritura y la lectura, pues la autora reflexiona sobre lo escrito en El Edicto en Milán, sobre el desarrollo de sus personajes -centrando la atención en Nuria, personaje nuclear, y que a pesar del soporte teórico que le imprime la autora, me resulta muy pobre-, sobre las correspondencias con la realidad; un texto que será enjuiciado por Raúl, el escritor que narraba en Recuento y que le permiten a Luis Goytisolo disertar sobre el proceso creador, donde se interpela al lector, a poder ser agudo, capaz de apreciar aquello que el autor pone en el texto y que no siempre es fácil de dilucidar.

El reto de la novela es cómo hacer que unas vidas banales y aburridas, marcadas por el tedio, leídas, no resulten idem. Creo que la escritura de la novela es tributaria de una época y el enfoque psicoanalítico de todos los personajes, siempre con el sexo como aquello que los define y redime -en el mejor de los casos-, cuatro décadas después creo que ha sido superado, por lo que esas reiteradas peroratas y devaneos sexuales de todos los personajes: estrechas, ninfómanas, adúlteras, aventureras sexuales, libertinos, pederestas, masoquistas, faunos…resultan cansinas, a la par con todo lo referido sobre los comunistas, los revolucionarios, los niños de papá, y ese entorno burgués, que quedaba mucho mejor definido y sustanciado -con una prosa mucho más potente- en Recuento.

Teoría del conocimiento

Teoría del conocimiento pone fin a la tetralogía. Me gusta como remata Luis su obra. Raúl, el narrador de Recuento, aquel que soñaba ser escritor, finalmente lleva a buen puerto su empresa y escribe un libro, que es este que leemos -y que contiene dentro un diario-, donde se erige más como un ensayo que como una novela al uso. Un texto que le permite a Luis a través de Raúl, reflexionar sobre la naturaleza del acto creador, pues es habitual que cuando el protagonista de la novela es un escritor, a menudo, todo aquello que afecta a su oficio, a su labor creadora aparezca en mayor o medida en el texto. Muchas cosas interesantes se dicen tanto sobre el ejercicio creador, por lo que atañe al escritor, y también por lo que concierne al lector, que en una novela de estas características, tiene un peso muy importante, pues si el escritor se proyecta en lo escrito, el lector también lleva a cabo, quizás no una proyección, pero sí una inmersión, dado que a medida que se lee y se construye significado, en tanto que vamos hilando lo leído con lo que fuimos, somos y seremos, también hay una indagación en nosotros en nuestra memoria, deseos, sueños, esperanzas, tal que nuestro enjuiciamiento crítico nos hará comulgar en mayor o medida con lo leído, en tanto nos concierna más o menos, y en Teoría del conocimiento, al contrario de lo que sucedía en La cólera de Aquiles que me resultó en exceso reiterativo y lejano, aquí los temas que trata y la manera de abordarlos me resultan muy atractivos y sugerentes.

Leídos los cuatro libros sí que veo la necesidad de abordar la novela como un todo, pues leídas las novelas de manera independiente se pierden multitud de referencias, ecos y correspondencias, y lo más grave, muchos significados quedarían truncos, sin sentido, de tal manera que leídas -y retenidas, si es posible, empeño nada fácil, habida cuenta de las dimensiones de la obra, donde los personajes se nos presentan bajo distintos ropajes y máscaras- seguidamente, permite, creo, a pesar de su densidad y complejidad, coger la perspectiva necesaria para poder ver, ya en la distancia -con la novela ya en la estantería-, con cierta claridad este ocho mil y sentir la satisfacción personal de haber leído una obra no sé si maestra, pero sí muy importante, que pienso releer dentro de 20 años.

Quizás porque Luis es catalán algunas palabras vertidas en castellano me suenan raro, como de sobras sabes, el tendón de Aquilés, girones, alteza de miras, expanderse…

Leída la novela, me dispongo a ver -gracias a la Fundación March- esta charla entre Luis Goytisolo e Ignacio Echevarría.

Luis Goytisolo e Ignacio Echevarría

Feliz fin de semana.

La ceremonia del porno

La ceremonia del porno (Andrés Barba y Javier Montes, 2007)

Javier Montes y Andrés Barba
Editorial Anagrama
2007
208 páginas

A pesar del título, este un libro que se puede leer de principio a fin con las dos manos sobre el papel.

Lo escriben a cuatro manos, Andrés Barba y Javier Montes, y se llevó el premio Anagrama de ensayo en 2007.

A muchos, el porno os sonará, habréis visto, los más viejos, alguna película en los antiguos cines X, luego en los vídeos betas o VHS, más tarde en DVD o en Blu-Ray, y ahora en los ordenadores con conexión a internet en vuestras casas, donde las páginas web con contenidos pornográficos abundan.

El libro es de 2007 y algunos datos que aquí se vierten están desfasados. Nos dicen que si buscamos la palabra “porn“en Google aparecen 85 millones de resultados. Ahora en 2016 la búsqueda arroja 374 millones, y la cifra va al alza.

Para los autores, el porno, objeto de su estudio, es una ceremonia, a través de la cual el espectador, el consumidor de porno, vive una experiencia, la cual a menudo acaba con la masturbación, momento lúbrico cenital, tras el cual, la película toca a su fin. Ya ha cumplido ésta su cometido.

De este modo, la pornografía ofrece lo que promete, la excitación del espectador. El elemento artístico, si pensamos en el porno como un arte, se diluye, porque no interesa representar nada, donde apenas se actúa (y cuando se actúa, y los actores y actrices no están entregados al acto sexual el espectador raudo y veloz coge el mando y hace un >> ) reducido el momento de la actuación a mostrar la fisicidad de los protagonistas que hacen el acto, en posturas increíbles, a menudo inverosímiles para nosotros, donde sus atributos sexuales se nos presentan en primerísimos planos de tal manera y con tal abundancia de planos y perspectivas que ofrecen una experiencia muy diferente al sexo que uno puede practicar con su pareja en el día a día, dado que en ese momento nuestra visión quedaría limitada a lo que tenemos delante, mientras que el cine porno nos ofrece un sinfín de ángulos, perspectivas, escenarios sexuales, que enriquecerían nuestra experiencia.

Otro tema muy manido y sobre el que los autores reflexionan es si el consumo de ciertos productos audiovisuales suponen fomentar en la conducta del espectador aquello que vemos, o si bien actúa por el contrario como un elemento liberador (en tanto que podemos fantasear con él, e incluso masturbarnos con esa fantasía, no se requiere luego llevarla a la práctica, entendidas las fantasías como lo que son: algo en potencia), es decir, si por ver una película porno de actores acrobáticos en nuestras relaciones sexuales vamos luego a tratar de hacer el salto del tigre con tirabuzón lateral, o si por ver una película mujeres vestidas de colegialas, vamos a ir a luego a las puertas de los institutos a engatusar a alguna adolescente.

Se habla también de que los países donde son más duros con la pornografía, mayor consumo de estos productos pornográficos hay.

A fin de cuentas el porno creo que sigue siendo y seguirá siendo para el espectador algo de consumo privado, dado que más allá de que sea tabú o no su visionado, no tiene buena prensa (en un telediario, a las tres de la tarde, en horario infantil, podemos ver una ejecución, una degollación, una inmolación, cualquier truculenta y dantesca escenificación de la barbarie del Estado Islámico, por ejemplo, pero nunca una felación), aunque al mismo tiempo su consumo vaya al alza e internet haya conseguido hacer del porno una experiencia global y casi siempre placentera para sus consumidores.

Ensayo breve, donde conocer algo más de la historia del porno, su génesis y su evolución, así como su puesta en escena. Habida cuenta del premio recibido esperaba algo más enjundioso, dado que el libro se reduce a dar vueltas todo el rato a un par de conceptos, y aderezarlo con otras tantas curiosidades. Lo mejor de libros como este, es la bibliografía, cordel del que tirar, para seguir, si es nuestro deseo, seguir profundizando en la materia.

2666

2666 (Roberto Bolaño, 2004)

Roberto Bolaño
Editorial Anagrama
2004
1119 páginas

Amalfitano, uno de los personajes de la novela constata con desagrado que un joven y leído farmaceútico prefiere leer La metamorfosis a El proceso, Bartleby a Moby Dick, Un corazón simple a Bouvard y Pécuchet, Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades, etc, porque según Amalfitano ya ni los farmaceúticos ilustrados se atreven con las grandes obras imperfectas, torrenciales, las que abren caminos en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.

Dicho esto, a la hora de leer algo de Roberto Bolaño (1953-2003), el camino más fácil para mí era leer Los detectives salvajes, obra que todo el mundo me recomendaba, anteponiéndola a esta. Pero una vez leída 2666, no me arrepiento de haberme dejado prendar por esta obra maestra, de más de 1.119 páginas, tan absorbentes, tan torrenciales y nutritivas, que de buen grado hubiera seguido leyendo hasta las 2666 páginas o más, porque la prosa de Bolaño resulta tan fluida y magnética, tan sugerente e imaginativa, que no quieres que se acabe, porque al final, después de tantas páginas, todo queda abierto, suspendido, como si todo esto no fuera más que un paréntesis, que en el caso de la parte de los crímenes (que recoge el alud de asesinatos de mujeres sucedidos entre 1992 y 1997 en la ciudad mexicana inventada de Santa Teresa, espejo de Ciudad Juárez), parece tratarse de un bucle, pues todo se repite, y ahora leo, que 4.737 mujeres guatemaltecas han desaparecido en territorio mexicano en los últimos dos años.

En esa parte de los crímenes que bien se puede prestar al sensacionalismo, al amarillismo, a la exaltación dramática, a la truculencia desmedida, Bolaño opta por el comedimiento con una prosa analítica, que va dando cuenta durante casi 400 páginas de todas las mujeres asesinadas, la mayor parte de ellas también violadas, tanto anal como vaginalmente, algunas de ellas de poco más de diez años. Los asesinatos se suceden desde 1992 hasta 1998, donde finaliza el relato, casi cada día, sin que nadie pague por esos crímenes, más allá de poner entre rejas a Klaus, un tipo de origen alemán. Las mujeres aparecen tiradas en zanjas, al lado de contenedores, entre los arbustos de las carreteras, en ranchos. Las pruebas de semen casi siempre se pierden por el camino, los asesinos, la mayoría de las veces los novios, o amantes, desaparecen tras cometer los crímenes, o los ponen a la sombra para soltarlos pocos días después. La forma de narrar de Bolaño surte efecto, porque crimen a crimen, página a página, nos presenta con todo lujo de detalles, un panorama brutal, dantesco, demoledor, infernal, y lo peor de todo , aparentemente, irresoluble.

Otro de los ejes de la novela es la figura del escritor Archimboldi, de quien se prendan cuatro profesores de literatura. Tres hombres y una mujer: un francés, un español, un italiano y una inglesa. Cuatro seres unidos por su devoción hacia Archimboldi, a quien tratan de poner cara, de ubicarlo sobre el mapa, toda vez que Archimboldi, al estilo Pynchon, hace de su invisibilidad su razón de ser. Las pistas hacia Archimboldi mueren en México donde finaliza el relato de estos adoradores de Archimboldi, conscientes de que no van a encontrarlo, adoradores que descubren a través de diferentes permutaciones amorosas, en el caso del italiano y de la inglesa algo parecido a la felicidad.

No sé cuanto tiempo vamos a durar juntos, decía Norton en su carta. Ni a Morini (creo) ni a mí nos importa. Nos queremos y somos felices. Sé que vosotros lo comprenderéis.

La última parte del libro, resulta divertidísima, frenética. Se nos describe la figura del menguante Archimboldi, nacido como Hans Reiter, su infancia en un pueblo de Austria, su participación en la Segunda Guerra Mundial en el ejército alemán, el nacimiento de su vocación como escritor, su afán por pasar desapercibido, su amor hacia Ingeborg, su continuo deambular, una vez que consigue jugosas cantidades económicas como adelanto de las novelas que irá publicando, cómo retoma el contacto casi al final con su hermana, la cual está haciendo todo lo posible por liberar a su hijo encarcelado en una prisión mexicana.

Son muchos los personajes que aparecen, muchas las historias que tienen cabida en esta monumental novela, no solo por su extensión, sino también por la cantidad de temas que se tratan en estas cinco novelas condensadas en una sola. Una novela desbordante, que empapa al lector, sin remisión, que no puede hacer otra cosa, al menos en mi caso, que solazarme y dejarme llevar con el ingenio de Bolaño, con su sentido del humor, con su estilo, con su punto canalla, con su sabiduría (fruto de la experiencia) sobre la naturaleza humana, un humanismo presente en todas las páginas de esta bellísima novela que resulta conmovedora y desarmante.

Una lástima que Bolaño nos dejara tan pronto.