Archivo de la etiqueta: Editorial Anagrama

www.devaneos.com

Paraíso Alto (Julio José Ordovás)

A pesar de que El anticuerpo de Julio José Ordovás (Zaragoza, 1976) no me entusiasmó dejó la puerta abierta a futuras lecturas del mismo autor. Ha sido el caso. Vi que había publicado el año pasado Paraíso Alto, y habida cuenta de que hablamos de 130 páginas, que posibilitan ser leídas del tirón y que a veces, estas distancias tan cortas deparan grandes momentos, como cuando acometí La uruguaya o El café de la juventud perdida, me decidí a leer este Paraíso Alto y no diré que tiene más de Purgatorio que de Paraíso, pero creo que la novela adolece de las mismas carencias que El anticuerpo. Siento que a la prosa de Ordovás le falta alma, aliento, músculo. No porque el autor escriba desganado sino porque la historia, que aquí son muchas historias no cogen vuelo, donde el autor se debate entre lo trágico y lo cómico, y me cuesta cogerle el punto a una novela en la cual y dado que el protagonista es un ángel nos puede evocar a obras maestras como Pedro Páramo, por la presencia de fantasmas, pues no me queda claro si en esta novela todos los que desfilan están muertos, porque su paso por Paraíso Alto parece tan traído por los pelos y tan improbable que le encontraría explicación en el caso de que acudieran allá invocados mentalmente por este ángel custodio, que vive en Paraíso Alto, pueblo deshabitado, al que acuden algunos suicidas a poner término a sus vidas. La narración es una gavilla de personajes que suben al escenario, es decir llegan al pueblo, recitan su papel, esto es: le cuentan su historia al ángel (a algunos ya los conoce como a una tía o una ex) y o bien se suicidan o desaparecen sin más. Esta novela es de esas que lees la pintoresca contraportada y crees que la novela tendrá su punto pero luego te das cuenta que lo leído resulta desleído, inerte, fantasmagórico.

www.devaneos.com

República luminosa (Andrés Barba)

Leyendo esta soberbia novela de Andrés Barba (Madrid, 1975) me venían en mente los 3408 asesinados que aparecían con frecuencia en Cien años de soledad, reiteración que pareciera querer sustraer a los muertos de las fauces del olvido. Aquí los muertos son menos, 32, todos niños. Partiendo de ese luctuoso acontecimiento la narración puede entenderse como una labor arqueológica, una especulación acerca de por qué pasó lo que pasó. Una especulación en todo momento fascinante, pues Barba se las ingenia para ir desgranando muy hábilmente la historia que nos será referida por uno de aquellos que lo vivió en primera persona, hace ahora más de 20 años, un director de los asuntos sociales en San Cristobal, allá donde se cocinó la tragedia.

La narración que no deja de ser una constante especulación, tanto como una toma de conciencia (a posteriori) sobre las decisiones adoptadas tanto por el narrador como por el resto de fuerzas vivas de la comunidad, irá iluminando (con artículos de opinión, ensayos, documentales o incluso el diario de una niña) zonas de sombra, en la pretensión de esclarecer por qué unos niños son capaces de matar, niños que viven como un solo ser compacto -como una república sin jefes- censurado por el vecindario, que no entiende la lengua que hablan los niños, ni el porqué de sus actos violentos, de los robos, del pillaje, de su repliegue y ocultamiento. Un proceder el des estos niños que nos traerán sin duda ecos de novelas y de películas. A mí me recordaba (salvando las distancias) las películas, Melanie: The Girl With All the Gifts y El abrazo de la serpiente.

Lo que la novela deja claro es la incapacidad de los adultos para entender ciertas cosas, o para despacharlas sin apenas abordarlas, toda vez que como aquí sucede la idea de la infancia desborda el molde de los lugares comunes y los esquemas mentales en la que los adultos la encierran, porque como se afirma en la novela la infancia es más poderosa que la ficción, y aquí el sueño de la sinrazón adulta crea monstruos infantiles, ante una situación inesperada, incontrolable, que los sume a todos ellos en la desesperación y en la zozobra y los aturulla, tal que los adultos responderán enérgicamente, en su afán de doblegar a esos niños díscolos -que podrían también llegar a ser sus hijos si a aquello no se le pone coto- que no se atienen a las normas, que son libres para (re)crear un mundo a su voluntad -al igual que hace el autor de la novela-, incluso un hábitat luminoso, siempre y cuando no haya por ahí adultos amedrentados y por tanto muy peligrosos dispuestos en su torpeza a pulsar el interruptor y devolverlos a la oscuridad absoluta.

Editorial Anagrama. 2017. 187 páginas

Andrés Barba en Devaneos | La hermana de Katia, Las manos pequeñas, La ceremonia del porno.

www.devaneos.com

La hierba de las noches (Patrick Modiano)

Esta es la tercera novela que leo de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt), después de Accidente nocturno y Un circo pasa y siempre tengo una sensación parecida. Cuando comienzo sus novelas éstas me parecen anodinas, triviales, banales, monótonas y luego poco a poco voy reconociendo el estilo del autor francés: historias donde no sucede nada aparentemente llamativo, ni grandilocuente, donde la historia no reviste una gran complejidad, y lo que hay es una narración leve, liviana, amena, y a ratos divertida. Me sucede leyendo a Modiano lo mismo que experimento leyendo a Enrique Vila-Matas, que en sus historias encuentro siempre algo que acaban interesándome, atrayéndome, captando mi atención, en definitiva.
Aquí la historia es desentrañar un misterio, de la mano de un escritor un tal Jean, que en su día, hace casi medio siglo, conoció a una joven, Dannie. A Modiano le interesa cómo gestionamos el pasado y el presente, Cómo el pasado es un lenguaje en clave que solo puede ser descifrado transcurrido unos años. Así, Jean, el protagonista de la novela irá transmitiendo mensajes en morse como dice él que más tarde, décadas después irá comprendiendo, envuelta la narración en un velo de novela negra, con dos muertos sobre la mesa.
Si en otras novelas lo que se hace es es contarlo todo y apabullar al lector con múltiples datos y detalles de la vida de los personajes, Modiano hace lo contrario, porque sus novelas son cortas, no hay mucha paja, el narrador es tímido, pregunta poco, y cuando pregunta no obtiene respuesta, así que decide preguntar menos y observar más. En su mirar registra y anota la ciudad de París, cómo ésta va cambiando, mudando la piel a medida que se van cerrando los locales, y comercios, clausurando ciertos edificios y construyéndose otros, una geografía urbana que a Modiano creo que le interesa especialmente.

Anagrama. 2012. 167 páginas. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.

www.devaneos.com

Una autobiografía soterrada (Sergio Pitol)

De Sergio Pitol (Puebla, 1933) sólo he leído hasta al momento la traducción que hizo de Las puertas del paraíso. Gran labor la de Pitol, porque creo que si me gustó tanto la novela, fue por lo bien que estaba traducida y captado el espíritu de Jerzy Andrzejewski.

Esta autobiografía es soterrada y mínima -poco más de cien páginas- con varios capítulos, donde Pitol explica las claves del relato, siempre con Chéjov como referente, con sus finales abiertos y como renovador del género, un genero afirma Pitol, el de relato, siempre ninguneado respecto a la novela; Pitol confiesa que en toda novela es clave la estructura, y por supuesto el lenguaje, el cual ha de renovarse, avivarse, de tal manera que de no hacerse, ciertas novelas son parodias de uno mismo y comenta Pitol esos vacíos que deja en sus novelas, a fin de que sea el lector quien los rellene, unos vacíos que no deben en ningún modo propiciar el caos, sino que más bien creo que nos invitan, al leer, a llevar a cabo una lectura activa, pues como Pitol comenta para él escribir, es como la labor de la Penélope homérica, una tarea de construcción y deconstrucción. Comenta que su labor como traductor fue determinante luego para animarse a escribir, pues le permitirá conocer la trastienda de la novela y sus intersticios, todo lo que guarda relación con la estructura de la novela.

Comenta Pitol anécdotas familiares, como esa abuela que se encastillaba mentalmente leyendo a Tolstói.

Mi abuela fue hasta su muerte una lectora de tiempo completo de novelas del siglo XIX, sobre todo las de Tolstói. Cada vez que la evoco se me aparece sentada, olvidada de todo lo que sucedía en la casa, inclinada en un libro generalmente Anna Karenina, que debió haber leído más de una docena de veces“.

Según Pitol la novela debe potenciar la realidad y lo confía todo a la trama y al lenguaje, siempre teniendo muy presente estas palabras de Conrad.

La tarea que me he propuesto realizar a través de la palabra escrita, es hacer oír, haces sentir y, sobre todo, hacer ver. Sólo y todo eso“.

Pitol se aplica el cuento, respecto a las palabras de Carlo Emilio Gadda el cual invitaba a desconfiar de cualquier escritor que no desconfiara de su propia labor. Así Pitol considera que no haber publicado unos abominables poemas de juventud fue una decisión acertada, dado que de haberlo hecho es muy posible que se hubiera cargado su carrera de escritor y su pasión lectora. Algo parecido le pasa con el teatro, que le gusta leerlo pero se ve capaz de escribirlo. Así, Pitol se encaminará por el mundo del relato y de la novela, y en algunos capítulos de esta autobiografía y al hilo de las Obras completas que está preparando y que le obliga a releer todas sus novelas, establece cuales son las características comunes en sus novelas y que puntos marcan una transformación o metamorfosis, como su interés por la novela policiaca.

Confiesa Pitol su entusiasmo por Galdós y dice: en su obra descubrí que como en la de Goya, la cotidianidad y el delirio, lo trágico y lo grotesco no tienen porqué ser caras opuestas de una moneda, sino que logran integrar en plenitud una misma entidad.

Muy presente siempre en estas páginas la figura del escritor y diplomático Alfonso Reyes, el cual según Pitol logró “desasnar a varias generaciones de mexicanos” y de Borges, ese padre tutelar de un buen número de escritores de todas las generaciones y también los viajes, con un Pitol portátil que abandona Méjico a los 28 años y regresa a su tierra en contadas ocasiones, un Pitol que reside en un sinfín de países, si bien lo que nos deja en estas páginas, no es todo lo que ha visto como embajador, agregado cultural, viajero o turista, sino esos momentos en los que las circunstancias le permitieron tener tiempo libre que consagrar a la lectura y a la escritura. Un Pitol nómada que dice que cuando se sienta a escribir no es mejicano, dado que la patria de todo escritor es el lenguaje.

En la entrevista que cierra el libro afirma Pitol que de los autores más recientes, aquellos que cree que van camino de pasar a la posteridad son: Thomas Bernhard, John Banville, Ford Madox Ford, Antonio Tabucchi, Andrzej Kusniewicz, Bolaño, Piglia, Aira, Saer, E. M. Foster, Faulkner, Bellow

Más que soterrada, esta autobiografía de Sergio Pitol me ha resultado escasa. Querría que se hubiera extendido más.

Anagrama. 2011. 140 páginas.

Gonzalo Torné

Años felices (Gonzalo Torné)

Si Divorcio en el aire, la anterior novela de Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) era un asedio al lector, en estos Años felices (que nunca lo son, o nunca lo son del todo) el tono de la novela es más bonancible, al menos en su primer tercio. Si allá desplegaba una prosa incendiaria y ácida, su mirada se posa ahora en un grupo de jóvenes adultos neoyorquinos en los años 50 del pasado siglo, en el verano de su juventud que se abren a un mundo por explorar, jóvenes despreocupados, víctimas ellas de sus no muy lejanos cambios hormonales y sus primeras reglas, cuya presencia física y sus atributos más visibles son codiciados por las miradas varoniles, amasados sus pechos por el ansia cabestril, todos ellos como orugas que transformadas en mariposas quieren volar de los nidos familiares, que como en el caso de Kevin (los más y los menos de éste con su padre Ben es lo que más me ha gustado de la novela. Ahí Torné se desmadra, para bien y se permite ciertas bromas privadas: Percy, Lomana, Gerchunoff…), o de Claire, el ámbito familiar tiene más de cerco que de nido. Un grupo que se rige por normas no escritas basadas en la amistad, la confianza, el amor, el cariño que se profesan entre ellos y la clave (o una de las claves de la novela) está en cómo transferir al lector la ligereza, la alegría, su apertura al mundo y absorción por el mismo y no devenir espectador pasivo de esas jóvenes vidas (siempre) ajenas y que aquello cale, que los hilos (término consustancial a la narrativa Torneniana) que tejen la narración sean venas que alimenten nuestro interés y en gran medida así sucede, pues la figura del llamado príncipe, Alfred, un extranjero proveniente de España, de Barcelona, que es acogido de buena gana y prontamente por el grupo gringo, dota a la narración de suspense y misterio, que en parte se desvela en el segundo capítulo (epistolar) donde mediante unas cartas sabremos cómo fue la llegada de Alfred a Nueva York, su irse haciendo poco a poco con esa anguila correosa que es cualquier idioma desconocido -al tiempo que lucha por no perder su lengua catalana, su identidad-, su entrada en el mercado laboral por la puerta pequeña, su empeño en no desprenderse de su sueño de ser escritor, su relación con su madre y sus dos hermanos, donde a pesar de lo que se explicita, prima lo no dicho, lo oculto y velado, a pesar de lo cual ya vamos barruntando algo en ese empeño de Alfred por contarlo todo, sin decirnos nada (o no tanto como quisiéramos saber y que podría ser la semilla de una novela).

Los años felices de la primera parte, la despreocupación, la irresponsabilidad, ese rumiar indolentemente el pan (candeal) suyo de cada día, se verá reemplazada por los contratos matrimoniales, por la asunción de nuevos roles derivados de la maternidad o la paternidad, manumitidos ya de la férula familiar; circunstancias insoslayables que reformularán las relaciones cimentadas entre ellos en su años de mocedad. Vemos cómo el grupo se disuelve, irremediablemente, a medida que se van creando círculos familiares excluyentes y a menudo inexpugnables, como si la ley de gravedad y la entropía afectará a personas y cosas por igual y cómo aquello (la amistad, el cariño, la confianza, la lealtad…) que años atrás se erigía sin apenas esfuerzo, de forma natural, franca y espontáneamente, en aquel paraíso ingenuo y promisorio, ahora cuesta Dios y ayuda apuntalar, cuando todo se desmorona y la naturaleza humana se muestra en todo su esplendor, merced a la desconfianza, la deslealtad, la traición, el aprovechamiento, la envidia, la hipocresía, los celos…

He leído últimamente librazos como Antagonía y El gran momento de Mary Tribune y tengo el factor crítico disparado y tratándose de Torné, autor de la sobresaliente Divorcio en el aire, que el tiempo nos dirá, si ahí el autor tocó cima o no, estos Años felices, aunque la haya leído casi del tirón y disfrutado bastante, me ha resultado insuficiente, quizás porque esperaba, no una historia similar a Divorcio (con la que tiene muy poco que ver y que cifra bien la capacidad de Torné por hollar nuevos derroteros literarios como bien se plasma en esta narración arborescente y elástica, que deja claro lo complicado que es esto de narrar, ese “pasar a limpio” las vidas ajenas, las ficticias también, dado que todo puede ser enfocado, como se ve, desde distintos puntos de vista, y lo que me queda es una sensación más de tristeza que de amargura, porque si esta novela surge ahora quizás sea porque el autor ya en los cuarenta, echa la vista atrás y hacia adelante y ya en el ecuador, es hora de hacer balance, más que de ajustar cuentas, con los personajes y con lo que estos representan) pero sí la misma prosa incendiaria de Divorcio, ese asedio al lector del que hablaba al comienzo, esa prosa que se escribe con sangre, cuando leer ya no es (nunca debe serlo) un mero pasatiempo, sino recibir una transfusión de pura vida.

Anagrama. 2017. 364 páginas.