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Noche negra (Pilar Quintana)

En su anterior novela, Los abismos, la selva ya era una presencia amenazadora. En Noche negra la baza que juega aquí Pilar no es la de lo explícito, sino la de lo posible. Entonces todo gira en torno a una amenaza, al miedo y la angustia que siente Rosa, la cual dejó la ciudad para ir a vivir con su pareja, Gene, un irlandés, sobre un acantilado, a espaldas de la selva. Cuando Gene marche para hacer unos trámites con la visa, el mucho tiempo libre le hará a Rosa comerse la cabeza y hacer de su día un día un vía crucis introspectivo. Los hombres que frecuentan a la pareja, ahora que saben que Rosa está sola en una casa sin ventanas ni puertas, la miran con otros ojos, la tantean, la amenazan, o así lo siente ella y se convierten pues en presencias acechantes, en ojos en la oscuridad; tal que los cuchillos y los machetes se convierten en una falange más del cuerpo de Rosa. La novela se ramifica en otras direcciones: cuando Rosa era niña, el trato con el doctor, con su abuela, el lance amoroso con el revolucionario Fermín, su graduación como trabajadora social, en suma: el rastro que permite al lector conocer algo mejor a Rosa por dentro, en el plano sentimental y afectivo. Mientras, el clímax se va sosteniendo con mayor o menor fortuna, pues creo que hubiera sido de mucho más calado la historia si esta hubiera tenido la extensión de un relato, o de una nouvelle, porque las 260 páginas me resultan pesadas y reiterativas. Además, como comentaba antes, no se trata aquí de resolver nada, de irse por los derroteros de lo gore o lo truculento, sino de tratar de poner cara al miedo, de dar cuerpo a la angustia; si la desazón es la bilis o la araña negra en el estómago de Rosa. También una reflexión sobre la violencia. Sobre quiénes la ejercen, casi siempre porque pueden.

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