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El libro de las aguas (Eduard Limónov)

Desde este espacio virtual decir que lamento la muerte de Limónov, ocurrida ayer (17/03/2020). Al escritor hay que rendirle homenaje leyéndolo, y si es antes de su muerte, mejor, a fin de de que éste pueda obtener alguna clase de reconocimiento, el que sea, en vida. Recupero la reseña de El libro de las aguas, que leí el verano pasado.

El libro que Emmanuel Carrère escribiera sobre Limónov, del mismo título, nos puso a este último en el mapa libresco. La editorial riojana Fulgencio Pimentel publica El libro de las aguas de Limónov con traducción de Alfonso Martínez Galilea y Tania Mikhelson y un apéndice de esta última.

La portada del libro es muy representativa de lo que encontraremos en el mismo: balas y condones. Limónov se ve como una mezcla de Casanova y Ché Guevara. Híbrido de hombre de letras y acción. A los veintipocos, en 1972, decide que cuando vea una masa de agua se introducirá en ella. El libro se estructura en capítulos tales como Mares, Ríos, Estanques, Fuentes, Saunas, Baños… sobre los que se irán organizando, es un decir, porque el caos nunca deviene cosmos, los recuerdos de Limónov, en los que primará lo bélico y lo sexual, el semen y las balas.

No entra Limónov en planteamientos ideológicos, pero sí que aparece por ahí el partido bolchevique que fundó, lo vemos haciendo campaña de Diputado, relacionarse con mafiosos, matones y revolucionarios, con todos los bad boys de la guerra (el libro lo escribe Limónov en 2002), escribir desde la cárcel, aunque lo que parece que al autor ruso más le pone es portar un arma automática o montar en un tanque para sentirse titánicamente el puto amo del mundo.

Comprendí, además, que el género literario contemporáneo por excelencia era el biográfico. Así fue como vine a dar aquí. Mis libros son mi biografía, todos de la serie “Vidas ilustres de grandes personajes”, afirma Limónov para justificar estos textos, que se apoyan sobre los dos ejes en que descansa todo diario: el tiempo y el yo, según Tomás Sánchez. De hecho Limónov dice que el libro de las aguas podía haber sido el libro del tiempo, ambos líquidos, inasibles. Aquí no hay entradas diarias, o mensuales, sino referidas a años, pero la idea de fijar los lugares y recuerdos en el tiempo es la misma.

Afirma Limónov que sus colegas no entendieron su inclinación por lo heroico. Limónov es muy dado a la fanfarronada (se ve como el creador de una nueva escuela de periodismo de guerra y no desaprovecha la ocasión para una y otra vez hacer mención a sus libros publicados, verse como un escritor consagrado, etcétera) y me recuerda al personaje de aquella película mítica que soltaba baladronadas del pelo de “Me encanta el olor del Napalm por la mañana. Huele a victoria”. A Limónov la contemplación de las ciudades bombardeadas y en ruinas lo inflan también como a un zepelín rezumante de éter poético, pues ahí ve él la belleza, lo que explicaría que esa inclinación heroica y estética se materialice en ir recorriendo buena parte del globo terráqueo yendo a los avisperos bélicos para meterse directamente en el ánima del cañón. Escindida la retórica bélica, fluye en la narración el diario viajero de un alma errabunda y trotamunda que pone ante los ojos del lector parajes desconocidos, de belleza inusitada, pienso en la reserva del valle de los Tigres en Tayikistán, Pirigov, Dusambé, allá donde Europa se encuentra con Asia, en una mezcla magnética entre lo urbano -donde Limonov flaneará por las calles de ese mundo moderno, creado por Badeaulaire según Limónov, bañándose en fuentes ya sea en París, Roma, o Nueva York, buscando lo húmedo y el sumidero, donde se acumula la roña, lo sórdido, lo salvaje, aquello que Limónov busca a pecho descubierto con intensidad Kamikaze- y lo rural, por parajes esteparios, despoblados, donde el único abrigo y consuelo son el cielo, la tierra y sus frutos, las estrellas, y el runrún de los carros de combate, el sonido de las balas, las miradas extraviadas de los corderos sacrificables.

El recorrido, por ejemplo, por las fuentes de París sirve a su vez, para hilar lo biográfico con la Historia, ya saben las guillotinas, decapitaciones y demás virguerías “ilustradas», pero lo que prima aquí es el inventario de mujeres que entran y salen en la vida de Limónov, menores de edad y muy delgadas la mayoría, incluso dispuestas al sacrificio. Limónov no se corta un pelo y con la moral se forra los jirones de la entrepierna del pantalón, sin pararle mientes a nada.

No sé si Limónov es un personaje o no, pero después de leer su nutricia y refrescante autobiografía me acojo a la incerteza que tan bien cantó mi homónimo, ya saben: Io tutto, io niente, io stronzo e io ubriacone/ Io poeta, io buffone, io anarchico, io fascista/ Io ricco, io senza soldi, io radicale/ Io diverso ed io uguale, negro, ebreo, comunista/ Io frocio […], Io falso, io vero, io genio, io cretino/ Io solo qui alle quattro del mattino/ L’angoscia e un po’ di vino, voglia di bestemmiare/

Fulgencio Pimentel. 2019. Traducción y notas de Alfonso Martínez Galilea y Tania Mikhelson. 354 páginas.

978849483894

El mundo ciego (Ángel Loureiro)

En El mundo ciego, primera novela de Ángel Loureiro publicada por Pálido Fuego, tenemos a dos mujeres, Alicia y Marta que tras romper con sus respectivas parejas masculinas -Alicia despachando a su novio, harta de verlo holgazanear a su vera y Marta tras ser abandonada por su maridito, que la deja por otra más joven-, deciden tirarse al monte juntas, dejar Madrid, encontrar el aliento de la naturaleza y al tiempo que hollan el camino, recorrer también las trochas del pasado, para que Alicia refiera su pasado de adicción a las drogas, el abandono por parte de su madre y Marta hable de su padre que está perdiendo la cabeza en una residencia, los tiras y aflojas con sus hermanas y demás cuestiones de índole familiar.

El caso es que las dos juntas ese fin de semana poniendo tierra de por medio, en la naturaleza, entre León y Asturias, reviven, se sienten otras, se pierden encontrando lo que buscan sin saberlo, el amor, sí majos, el amor, de una hacia la otra. Aquí la escapada es también una scopata. Loureiro refiere esta exaltación amorosa, el torrente pasional, de manera epidérmica, burda y rápida, sin dar chance al lector para la aclimatación. En los diálogos se instilan reflexiones filosóficas, religiosas, escatológicas… ya saben, lo normal cuando uno está en el monte con la lengua fuera sin resuello y el corazón centrifuga al galope y a un tris de que te dé un pampurrio, al abrigo y amamantamiento de las ubres de la Vía Láctea.

Marta quería escribir y de hecho traducía pero ahora que se ha liberado de su marido, exenta de esa carga que la impedía ser ella, la caminata le permite ahora formular mentalmente aquello que luego plasmará sobre el papel, lo mismo que hace Loureiro en su puesta de largo -y corto alcance- en el género novelístico con esta anodina pieza.

Pálido Fuego. 2019. 214 páginas

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Tatiana Tîbuleac)

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Tatiana Tîbuleac)

En este mundo que no sueña más que con la belleza y la juventud, la muerte no puede venir más que a hurtadillas, como un servidor desagradable al que se le hace entrar por la cocina”. Esto escribía Christian Bobin en Presencia pura, libro en el que abordaba el alzheimer en su padre. Es cierto que hoy, al menos en occidente, la desagradable muerte se orilla y a menudo al enfermo no se le hace saber que está en las últimas, luego no cabe la despedida porque no hay un final sobre la mesa de juego en el que la muerte, a la larga, siempre gana. Por eso me sorprende el planteamiento que adopta Tatiana Tîbuleac en El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, con traducción de Marian Ochoa de Uribe, en el que un joven, Aleksy, tras salir de un psiquiátrico acompaña a su madre un verano, el último verano, pues la madre aquejada de un cáncer le hace saber que le quedan apenas tres meses de vida.

El punto de partida es que Aleksy odiaba a su madre (en el momento presente Aleksy es un afamado pintor en terapia que busca en la escritura autobiográfica la manera de desbloquearse creativamente) y la quiere ver muerta. Ya sabemos a qué conducen los desapegos feroces. Luego, la convivencia ese verano en un pueblo francés les permite ir limando asperezas y en la intimidad y ante el aliento de la muerte el joven ve, entiende (a medida que la conversación gana espacio y se puebla el tiempo de historias familiares) y asume a su Madre de otro modo, con las entrañas, dedicándose en cuerpo y alma el uno al otro, tal que al final, cuando solo desearía desodiarla, le supondrá a Aleksy una magna putada que se tenga que morir su madre y dejarlo más solo que la una, más allá de la compañía de su abuela cegata y de Moira, antes del fatal accidente.

El problema de la novela es que la literatura no consiste en el sentimiento como aspaviento, como arabesco, porque aquí veo el humo pero no el fuego, en 250 páginas, que ya son, con una prosa endeble que ralea y menudea en la insignificancia sin que los destellos, que los hay, logren iluminar el texto permanentemente.

Impedimenta. 2019. 247 páginas. Traducción de Marian Ochoa de Uribe

La huida de la imaginación (Vicente Luis Mora)

La huida de la imaginación (Vicente Luis Mora)

La huida de la imaginación es el primer libro que leo de Vicente Luis Mora (VLM). No es novela, ni poesía, sino ensayos en los que nos da su parecer (el perecer no, porque según Vicente, no todo está perdido) sobre el estado actual de la literatura y el asedio del mercantilismo. VLM tiene un interesante blog, Diario de lecturas, que me ha permitido conocer a escritores como Luis Rodríguez.

En la página 212 leo:

En cambio, el fenómeno creado por unas pocas personas archiformadas, cultísimas, que se han dejado los ojos toda su vida acumulando un especial dominio sobre una faceta del arte, especialmente si se trata de escritura, se llama, para algunos, «elitismo», en vez de denominarse, simplemente, «literatura».

Después de leer el libro de cabo a rabo creo que este párrafo es la almendra del mismo, la herida abierta que supura en Vicente y en tantos otros que se dejan los ojos delante de los libros, no solo como lectores, sino también como escritores y críticos sin cosechar el debido reconocimiento. Este libro de ensayos incluso ha sido premiado, pero ¿cuántas personas lo van a leer?. ¿Qué papel, me pregunto, reserva hoy la sociedad al estudioso, al erudito, a la cultura, en general?.

Vicente Luis Mora constata cómo la literatura va a la baja, cómo se rehuye la imaginación en pos de la autoficción, cómo la crítica se deja en manos de suplementos culturales en los que la crítica es difícil de llevar a cabo, so pena de castigo, ahí el caso de Echevarría. No le falta razón a VLM y podemos hacer la prueba. Si cogemos Babelia este sábado, veremos que no hay libro malo, y que los suplementos se pueblan cada fin de semana de propaganda literaria vendiéndonos el libro del año, la obra maestra de turno, el autor que estábamos esperando, etc… Otra variante del “periodismo cultural” pasa por hablar de cinco buenas novelas como se recoge en el título de este artículo y luego decir el autor del mismo que dos de ellas no las ha leído, pero que el lector se supone ha de leer, quizás porque para decirlo cantando, Algunos tenemos, algunos tenemos fe. En fin. La alquimia de la propaganda: calificar de buenas dos novelas que no se han leído.

Por la parte de las blogs, creo que si estas buscan el éxito, el reconocimiento, la popularidad, seguidores a miles en las redes, contadores de visitas girando a lo loco, deben reseñar los libros que todo el mundo quiere leer, ya saben Zueco, Castillo, Follet, Asensi, Gabás, Pérez-Reverte, Gómez-Jurado, Grandes, pues en el caso de leer libros de autores ocultos que venden cien ejemplares estarían cavando su propia tumba y el blog pasaría a ser uno más de ese 99% de blogs que se abandonan a los pocos meses de su nacimiento.

Hoy nos basta recorrer la mayoría de las librerías para toparnos con libros dispuestos a modo de ladrillos, sobre los que se cimenta hoy la industria editorial. Los libros de alta intensidad, como los denomima VLM, creo que habría que buscarlos en estanterías más apartadas, fuera de los focos, en las editoriales minoritarias.

La literatura está en manos de los bestsellers. Lo hablaba una tarde en el Noche y Día de la Gran Vía logroñesa con JP, ávido lector, que también tiene un blog en el que habla de sus lecturas y me decía que siempre ha sido así, que en este país leemos cuatro y que cierta clase de literatura solo nos interesa a unos pocos, un número que según él de todos modos se mantiene constante en el tiempo. Cuando veo en las librerías las jerarquías con los libros más vendidos, si hacemos la sustitución de libros por escritores, podemos preguntarnos ¿vendidos a qué?. Al mercado, a lo previsible, a la necesidad de publicar lo que sea cuando toque.

Harto complicado me parece tratar de convencer a alguien de que lea unos libros y no otros. Al final, la determinación surge de uno mismo, si llega el momento en el que harto de tanto personaje plano, de tanta trama previsible, roma y clonada, tanta sintaxis de todo a cien, si su cerebro aún no ha colapsado, alza entonces la mirada y decide entonces buscar otras lecturas, autores más intrépidos, ingeniosos, talentosos que deciden explorar las posibilidades del lenguaje (que sería lo menos que deberíamos exigirle a un escritor), que no se doblegan al yugo del mercantilismo y escriben lo que les brota. VLM nos habla de autores como Luis Rodríguez, Javier Pastor, Rubén Martín Giráldez, Javier Avilés… Quien frecuente estos devaneos sabrá que a estos autores se les ha prestado la debida atención (a otros como Salvador Gutiérrez Solís aún no) y sus novelas han sido objeto de lectura. Uno no deja de lamentarse del escaso reconocimiento que tienen autores como GHB, Melchor, José Luis María Pérez Álvarez, Harwicz, Andrés Ibáñez, Arins, Ernesto Pérez Zúñiga, Quintana, Tomás Sánchez Santiago, Ojeda, Roberto Valencia, Indiana, Roberto Vivero…, en cuanto a ventas, aunque siempre tendrán un puñado de lectores que agradezcan su labor.

Valéry tenía muy claro para quién escribía:

“Pensad en lo que hace falta para gustar a tres millones de personas. Paradoja: hace falta menos que para gustar a 100. No escribo /no escribiría / para personas que no pudieran darme una cantidad de tiempo y una calidad de atención comparables a la que yo les doy”.

VLM apela a la necesidad del canon y de la crítica literaria, aquella que si hace bien su trabajo es capaz de separar el grano de la paja, lo que es literatura de alta intensidad de la que no, porque no todo es lo mismo, no todos los libros tienen la misma calidad, evitando así, si nos formamos un espíritu crítico, que no nos den gato por liebre (o por libro). No es tarea fácil la de ser un lector en formación, pero el sentido común dicta que si el tiempo es limitado, ¿qué hemos de hacer? ¿dedicarlo a leer libros buenos o malos?. El mercado ya está haciendo su labor, bien hecha por cierto, de equipararlo todo en la industria del libro, evitando el relieve, dando uniformidad a lo publicado gracias a su omnipresennte y machacona publicidad y propaganda.

Editorial Pre-Textos. 2019. 302 páginas

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Null Island (Javier Moreno)

Conviene no dejar un libro a medio leer sobre la mesilla, viene a ser como un gatillazo, para decirlo con el espíritu de la novela. El libro emite un zumbido, un lastimero ay de abandono, más molesto que los guasaps entrantes superada la medianoche. Me alzo, cojo el despertador, el libro y una manta y voy al salón. Las 4:40. Desvelado, no voy buscando la visa para un sueño, ya pasado. Oigo el silencio. Todo negro ahí afuera. Meto los carámbanos de carne bajo la manta, pero leer sigue siendo para mí, aún hoy, una labor menestral, a saber, pasar las páginas, sentir el cálido aliento del texto, la combustión de la prosa, la literatura como tierra promisoria, la expectativa como zanahoria…

Javier Moreno (Murcia, 1972) publica en Candaya Null Island. Por aquí han circulado Click, Alma, 2020, Acontecimiento. Seguiré leyendo a Moreno en tanto en cuanto me siga poniendo como aquí el intelecto primero esponjoso luego erecto, fortalecido (en términos de recepción de la lectura hablaría de una onda expansiva), en la medida que sus textos se ubiquen en las antípodas de una prosa alopécica, erial de papel al que Moreno contrapone aquí su esperado y feraz discurso, tocando distintos palos de las ciencias (astronomía, matemáticas, física…), las cuñas etimológicas, los aforismos (La hipotaxis es, al fin y al cabo, la apnea del pensamiento), las reflexiones de todo pelaje –descubre, ese hombre, que la vida, en efecto, no es más que la anestesia de la infancia, de esa enfermedad y ese éxtasis que es la infancia– las continuas digresiones merced a los sueños, la imaginación elástica de la que brotarán ideas, cual esquejes de las Obras de Levé, el empeño por desbordar los límites de la prosatiovivo, del tren de la bruja donde leer, simplemente, esperando el escobazo, el fin del viaje. Me gustaría escribir una novela en la que no ocurra nada, pero que obligue al lector a ser leída de forma compulsiva decía GHB a cuenta de Nemo. Javier Moreno crea un personaje, un escritor, que quiere sacar adelante, o despeñar, su novela sin tener que recurrir a los personajes, prescindiendo de ellos. ¿Se puede? Sabemos por EVM que el concepto de argumento está sobrevalorado. Moreno lo sabe y sube la apuesta de GHB (que también aparece en este libro) y le tira un órdago al lector (bajo la hipótesis de que hubiera alguien al otro lado del libro).

Moreno se convierte en un émulo de Philippe Petit subido al alambre, hollando el vacío. El uno de la literatura contra nadie. Acojonante, piensa. Tiene todas las de perder. Allá arriba la entropía se descojona del equilibrio imposible del escritor funambulista, aquel que ve las torres tan lejanas que siente el vértigo de lo imposible, pero Moreno Petit avanza, es todo posibilidad, potencia pura, la realidad un decorado, su escritura unas gafas de realidad virtual con las que ir moviendo historias, anécdotas, vigilias con las yemas de los dedos como los protagonistas de Minority Report. En el vórtice de la ingravidez, en los márgenes celestiales del texto, se dan cita realidad y ficción, sueño y vigilia, lo subjetivo y lo objetivo, el impulso sexual como principio rector, la impotencia como trama, pero simplemente un señuelo, porque no va detrás de un clímax, de un orgasmo, sino que va disponiendo las distintas cargas explosivas (la gran voladura en mente): un polvazo trabucado por aquí y la presunta enfermedad, una infidelidad por allá, Soria y su olmo viejo por acullá, las compras virtuales y Amazon, Google Earth, Wikipedia, portales de contactos, WhatsApp, toda esta arquitectura virtual (en la que vamos sedimentando tiempo y deslocalizando afectos, mermados estos a base de delegar nuestro sentir no en el habla sino en uniformadores emoticonos de toda clase) del más allá integradas aquí, en la narración de forma plausible, helando la sangre con un bloqueo, zozobrando en la espera de un guasap no leído ni respondido, eviscerados todos nosotros en las ávidas manos de un gran hermano que bebe nuestra sangre y linfa con aspecto de metadatos.

El escritor se exhibe, valga la paradoja, escondiéndose bajo toda clase de máscaras, practicando además una suerte de escapismo de sí mismo, houdinizándose. Dejemos a Moreno Petit allá arriba, divagando, orbitando (imposible órbita lineal), roturando entre las nubes (aliento universal de un escritor que cabe en un bolsillo) su prosa de textura científica y lírica (si ambos epítetos son compatibles, que lo son a la vista (de pájaro o dron) está), lectura que me retrotrae a la ingravidez experimentada cuando leí Momentos humanos de la tercera guerra mundial de DD.

Moreno no es que vaya a más. Sencillamente se propulsiona, creo.

Candaya. 2019. 220 páginas

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¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? (Lorrie Moore)

Aquellas redacciones escolares en la que te planteaban un tema: la amistad, la familia, la naturaleza… Digamos que la alumna fuese Lorrie Moore (Glens Falls, 1957) y optase por hablar de la amistad y volviera a la américa fronteriza con Canadá a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, y fuese también Berie Carr la protagonista de la novela y su mejor amiga fuese Silsby Chaussée, Sils. Berie está en París con su marido Daniel, entregados ambos al ocio refinado, al dolce far niente, paseando entre jardines, visitando museos, disfrutando de la gastronomía, como los sesos que ingieren y que operan como una magdalena de Proust, dejando en el cedazo de la memoria las pepitas, aquellos hechos significativos que marcan y conforman lo que vendrá después.

Moore irá contrastando el momento presente en París de Berie con los años de la infancia y adolescencia en la ciudad de Horsehearts, cuando las dos amigas trabajaban en un parque de atracciones y pasaban todo el rato juntas, un sororismo que les hacía compartir su tiempo, el mismo espacio, su intimidad, su confianza, sin miramientos ni restricciones. Acuden a conciertos, beben, fuman, rehúsan el LSD, escuchan canciones (algunas claman por la intervención policial contra el furor universitario en Kent, como Ohio de Neil Young), gozan de una libertad a la que sus padres a pesar de su rectitud (y no presencia) no logran poner coto, atesoran experiencias que podían haber resultado dramáticas, viven y experimentan, en definitiva. Sils queda embarazada, aborta.

Como si la amistad fuese un producto afectivo aquejado también de obsolescencia programada, el tiempo las irá separando. Berie y Sils dejarán de ser uña y carne. Berie marchará a estudiar fuera y cuando regrese pasados unos años en un encuentro de antiguos alumnos comprobará lo que la vida ha hecho con ellas, con ella, porque Sils sigue igual en su gota de ámbar, tan agradable como siempre, mientras que Berie se ve y se siente junto a Sils otra, dotada con las armas que da la experiencia, más maleada, endurecida, engalanada con el saco roto del ingenio, de la sinceridad sin concesiones y atada en el presente a Daniel.

¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?, publicado en 1994 y editado ahora en Eterna Cadencia con traducción de Inés Garland es un magnífico, vívido y sucinto (176 páginas) ejercicio de nostalgia que presenta múltiples capas, trascendiendo el marco temporal en el que se inserta, porque lo que caracteriza esta clase de historias es su atemporalidad; la manera que tenemos de relacionarnos, las expectativas que se depositan en el futuro, el efecto corrosivo que el paso del tiempo ejerce sobre la naturaleza humana, la necesidad de echar la vista atrás, hallar luz entre tinieblas y encontrar entonces amparo en el pasado, dentro de aquellos momentos agradables, únicos, irrepetibles, en aquel río en el que Berie y Sils se bañaron, ahora lo saben, una sola vez y moviéndose ahora Berie entre aguas movedizas. “Voy a esperar a Daniel, creo: dejarlo ir y hartarse, confundirse, correr por el bosque oscuro de sí mismo. ¡El amor es perenne como la hierba! Voy a esperarlo, mi corazón en epílogo, tejer y destejer, tal vez como siempre ha sido. Voy a esperar hasta que no pueda esperar más”. No sabemos cuánto más podrá esperar o desesperar Berie.

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Mi vida en otra parte (Fernando Ontañón)

El ocho de agosto pasando el día por La Coruña caímos a comer por A Lagareta. Dándole a la tortilla, exquisita, y hablando con Ana, nos enteró de que estaba comiendo fuera Fernando Ontañón (Santander, 1972). El encogimiento de hombros mío se acompañó con un, es escritor, suyo. Añadió que había publicado una novela que estaba muy bien y que estaba ambientada en La Coruña.

Tres meses después he podido leer Mi vida en otra parte, la novela de marras, que podría titularse también La joven que leía a Manuel Vilas, un Vilas que aparece en la novela primero con sus poesías y más tarde como personaje. Vilas nos lleva a Lou Reed, al lado salvaje de la vida, nos enfosca en El hundimiento; el comienzo del libro va con una cita de Thomas Bernhard extraída de su novela Un niño; el mundo como algo infame, ya saben, Bernhard. También presente en el texto los poemas de la Memoria de la nieve de Llamazares. ¿Literatura sobre literatura?. En parte sí, porque la protagonista de la novela es Antía, joven que sufrió lo suyo en el instituto en 4º de la ESO, la cual regresa a su ciudad diecisiete años después de su fuga convertida en una “escritora de éxito”, sea esto lo que se signifique e implique.

Veía el otro día un vídeo del escritor Jordi Sierra I Fabra para el que su paso por el colegio también fue un horror, donde tanto profesores como alumnos parecían confabulados en la idea de acabar con él.
Acoso plasmado en otras novelas como Hello Goodbye libro de Roberto Vivero en el que planteaba como situación de partida la muerte de Jorge, un adolescente de 4º de la ESO que aparecía ahorcado en el gimnasio. Ángel, uno de sus compañeros, se muestra abatido por semejante trance (agravado por pensamientos que barrunta un posible divorcio de sus padres después de una fuerte discusión o ver cómo la abuela irá como la falsa moneda por los domicilio de los distintos hijos), dándole vueltas acerca de las implicaciones que su conducta pudo tener en el fatal desenlace, sintiéndose, en parte culpable y con el empeño de hacer algo para remediarlo, como escribir algo sobre lo que (les) pasó. Lo interesante de la novela era ver cómo los adolescentes, o al menos Ángel -espoleado por su prima Pilar, a través de correos electrónicos o el chat (no existía el whatsapp en 2005)- tratan de coger distancia, son capaces de analizar las conductas de sus compañeros para con los otros, ver que lo que se hace y se dice tiene consecuencias, y también la tendencia a pasar página, a olvidar, a respirar aliviados al comprobar que no son ellos el muerto. El afán de Ángel les permite conocerse mejor, entender que no hay una sola causa que conduzca a un joven al suicidio, y finalmente permitirles dar el hola a la memoria de Jorge y así también el adiós definitivo. Tenía también en mente mientras leía la serie The virtues, y aunque aquella tenía que ver con los abusos sexuales, sí que suponía una interesante y profunda reflexión sobre los traumas infantiles que quedan ahí impresos en la personalidad de las víctimas sin que el paso del tiempo logre erradicarlos. Para la víctima las vejaciones le quedan ahí para los restos, mientras que para el acosador sus acciones abyectas son mero trámite, una chiquillada, cosas de críos, algo que incluso beneficiará a la víctima en la creencia de que las ofensas recibidas harán a ésta más fuerte, más resistente, menos blanda. Luego, el paso del tiempo permite blanquear, justificarlo todo, ajustando el pasado a un presente en el que el niño que fue poco tiene que ver con el adulto que es, al menos para el verdugo, aquí Bea, quien junto a su panda de zorraputas se ensañaron con Antía sometiéndola a toda clase de vejaciones que Antía rumió en soledad, sin compartir su dolor con nadie.

Ontañón se mete en la mente de la adolescente Antía, en el epicentro de su alma, situando ahí una cámara, cuya escritura nos permite acercarnos y ser testigos de su sufrimiento y también de su alegría, porque Roque le abrirá las puertas a otra realidad más vívida e intensa, al maravilloso, balsámico y cauterizador mundo de la música, el cine y la poesía: Reed, Vilas, Llamazares, Allen, Los Enemigos, en las que las frases de películas y las palabras leídas, cantadas, y sentidas a esa edad son tiritas, escayolas, muletas, escudos, cotas de malla contra la desdicha y el desamparo…

Creo que era Séneca el que decía Si quieres escapar de esas cosas que te abruman no tienes que estar en otra parte. Antía huye, deja atrás su ciudad, regresa y comprueba que su escritura no le ha supuesto redención alguna, que los fantasmas siguen ahí, también el miedo, las dudas, la inseguridad, su otra Antía, o la misma de siempre.

Acabo con otra cita del filósofo: Oigo gustoso estas cosas, amigo Lucilio, no porque sean nuevas, sino porque me ponen delante de una situación real.

Ontañón nos presenta y arrima en Mi vida en otra parte una deplorable realidad desgraciadamente cada vez más presente en las aulas, a la que parece cada vez más difícil darle una solución rápida y eficaz.

Editorial Bala Perdida. 2019. 206 páginas