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Mi vida en otra parte (Fernando Ontañón)

El ocho de agosto pasando el día por La Coruña caímos a comer por A Lagareta. Dándole a la tortilla, exquisita, y hablando con Ana, nos enteró de que estaba comiendo fuera Fernando Ontañón (Santander, 1972). El encogimiento de hombros mío se acompañó con un, es escritor, suyo. Añadió que había publicado una novela que estaba muy bien y que estaba ambientada en La Coruña.

Tres meses después he podido leer Mi vida en otra parte, la novela de marras, que podría titularse también La joven que leía a Manuel Vilas, un Vilas que aparece en la novela primero con sus poesías y más tarde como personaje. Vilas nos lleva a Lou Reed, al lado salvaje de la vida, nos enfosca en El hundimiento; el comienzo del libro va con una cita de Thomas Bernhard extraída de su novela Un niño; el mundo como algo infame, ya saben, Bernhard. También presente en el texto los poemas de la Memoria de la nieve de Llamazares. ¿Literatura sobre literatura?. En parte sí, porque la protagonista de la novela es Antía, joven que sufrió lo suyo en el instituto en 4º de la ESO, la cual regresa a su ciudad diecisiete años después de su fuga convertida en una “escritora de éxito”, sea esto lo que se signifique e implique.

Veía el otro día un vídeo del escritor Jordi Sierra I Fabra para el que su paso por el colegio también fue un horror, donde tanto profesores como alumnos parecían confabulados en la idea de acabar con él. Tenía también en mente mientras leía la serie The virtues, y aunque aquella tenía que ver con los abusos sexuales, sí que suponía una interesante y profunda reflexión sobre los traumas infantiles que quedan ahí impresos en la personalidad de las víctimas sin que el paso del tiempo logre erradicarlos. Para la víctima las vejaciones le quedan ahí para los restos, mientras que para el acosador sus acciones abyectas son mero trámite, una chiquillada, cosas de críos, algo que incluso beneficiará a la víctima en la creencia de que las ofensas recibidas harán a ésta más fuerte, más resistente, menos blanda. Luego, el paso del tiempo permite blanquear, justificarlo todo, ajustando el pasado a un presente en el que el niño que fue poco tiene que ver con el adulto que es, al menos para el verdugo, aquí Bea, quien junto a su panda de zorraputas se ensañaron con Antía sometiéndola a toda clase de vejaciones que Antía rumió en soledad, sin compartir su dolor con nadie.

Ontañón se mete en la mente de la adolescente Antía, en el epicentro de su alma, situando ahí una cámara, cuya escritura nos permite acercarnos y ser testigos de su sufrimiento y también de su alegría, porque Roque le abrirá las puertas a otra realidad más vívida e intensa, al maravilloso, balsámico y cauterizador mundo de la música, el cine y la poesía: Reed, Vilas, Llamazares, Allen, Los Enemigos, en las que las frases de películas y las palabras leídas, cantadas, y sentidas a esa edad son tiritas, escayolas, muletas, escudos, cotas de malla contra la desdicha y el desamparo…

Creo que era Séneca el que decía Si quieres escapar de esas cosas que te abruman no tienes que estar en otra parte. Antía huye, deja atrás su ciudad, regresa y comprueba que su escritura no le ha supuesto redención alguna, que los fantasmas siguen ahí, también el miedo, las dudas, la inseguridad, su otra Antía, o la misma de siempre.

Acabo con otra cita del filósofo: Oigo gustoso estas cosas, amigo Lucilio, no porque sean nuevas, sino porque me ponen delante de una situación real.

Ontañón nos presenta y arrima en Mi vida en otra parte una deplorable realidad desgraciadamente cada vez más presente en las aulas, a la que parece cada vez más difícil darle una solución rápida y eficaz.

Editorial Bala Perdida. 2019. 206 páginas

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La Brigada 22 (Emilio Gancedo)

Julio Llamazares debutó en la novela con Luna de Lobos, una historia de maquis. Emilio Gancedo (León, 1977) hace lo propio en La Brigada 22, pero sin la espesura ni feracidad de aquella.

Sabemos que leer consiste para el lector en dejar en suspenso su incredulidad, aquí, abismados en los confines de la fábula se nos exige incluso demasiado, pues creo que las líneas narrativas casan de una manera muy forzada, juntando los destinos de Francisco, ciudadano de provincias gris y anodino, asperjado por las letanías domésticas diarias de su madre, que descubrirá el veneno del periodismo, para acabar tirándose al monte, llevándose a la espalda al teniente Tosantos encargado de investigar las andanzas de un grupo de militares, sitos estos al margen del tiempo, en un pequeño espacio fragoroso en la montaña, que siguen resistiendo al fascismo, desconocedores del advenimiento de la democracia.

Gancedo registra bien el día a día en la ciudad, el eterno retorno (aquí pienso en lo que decía Piglia: el héroe que se enfrenta con la monotonía, la repetición, la vulgaridad y el tedio y pasa otro lado, es clave en la construcción de la forma de la novela), plomizo, mate, de Francisco allá por los años ochenta del siglo pasado. Y gana muchos enteros cuando la acción se traslada a campo abierto. Gancedo tiene callo después de haber escrito Palabras mayores y sabe situar bien las palabras por boca de los mayores: la madre de Francisco, el barrendero, el pastor, aunque a veces las proclamas salmódicas de la madre acaban resultando incluso caricaturescas, transitando entonces la narración a tiro hecho.

La Brigada 22 se puede entender como un ejercicio de resistencia, la encarnación de un ideal, la defensa de unos principios que muchas corrientes trataron y tratarán de desbaratar, defendiendo el blanqueamiento histórico, la desmemoria, el olvido, o recurriendo directamente al falseamiento y a las mentiras, fiándolo todo a la muerte de la inteligencia.

Pepitas de Calabaza. 2019. 275 páginas

Lecturas periféricas

Dicen (Susana Sánchez Arins)
La noche feroz (Ricardo Menéndez Salmón)
Luna de lobos (Julio Llamazares)

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Caballo sea la noche (Alejandro Morellón)

Caballo sea la noche de Alejandro Morellón (Madrid, 1985) recién publicada en Candaya es una novela que recomiendo leer del tirón. Relato sostenido en una prosa que cabalga briosa pero sometida a las riendas de Alejandro que irá reservando y dosificando el misterio, saturando la atmósfera que deviene opresiva. Una casa, cuatro miembros: un hombre, una mujer, casados, dos hijos adolescentes. Un espacio cerrado. Algo que ha sucedido y los ha dejado a todos hechos trizas.

El texto es un gozne que transita del amparo familiar, de la dicha consumada en la alegría infantil y el reverdecer adulto en esa misma alegría en la que bañarse una y otra vez, a la que volver en bucle desde los álbumes familiares, a la familia destructora, aniquiladora, campo otrora mimado ahora minado cuando queda claro que nosotros somos aquello que los otros hacen de nosotros -slime de carne-, cuando el espejo devuelve una imagen que no casa con lo que uno es o cree ser, cuando la imagen diáfana se devuelve astillada por los convencionalismos sociales, la moral inquisidora, la comprensión del deseo desechando lo proteico e indómito de un plumazo.

En 87 páginas Morellón alumbra e ilumina lo innombrable con una novela osada, intrépida, tanto por la cuestión que maneja como por el tratamiento que hace de la misma, pasándose el puritanismo por el forro de su escritura, como una tuneladora en pos de las raíces de la identidad, caligrafiando un relato de belleza tenebrosa, que deja en el espejo un aliento, el hálito de un imposible amor extinto, que no es ya un acróstico nominal familiar, porque se sabe punto de fuga, sempiterna galopada.

Candaya. 2019. 87 páginas

Alejandro Morellón en Devaneos

La noche en que caemos
El estado natural de las cosas

Lecturas del 1 de enero al 30 de septiembre 2019

A continuación detallo la relación de lecturas que he llevado a cabo durante estos nueves meses. Entrada que continúa la anterior, Leyendo voy, leyendo vengo. Meses, estos tres últimos, que me han deparado grandes lecturas como los relatos de Eduardo Ruiz Sosa (Cuántos de los tuyos han muerto), Los mejores días (Magalí Etchebarne), biografías extraordinarias como la que David Lodge le dedica a H. G. Wells en Un hombre con atributos, ensayos deliciosos como En la ciudad dormida de Gabriel Insausti o The Game de Baricco; libros de entrevistas muy recomendables como Una rana en invierno. Tres mujeres en Auschwitz de Daniela Padoan, autobiografías irreverentes como El libro de las aguas del inigualable Limónov; novelones como El mar alrededor de Keri Hulme, Al final uno también muere (Roberto Valencia) y otros más cortos pero muy notables como El lugar de la espera de Sònia Hernández o Degenerado de Ariana Harwicz. Y qué qué decir de Michon. Tres palabras: Que lo lean.

Como afortunadamente para el lector hay vida más allá de los grandes grupos editoriales, a medida que uno lee y se abre a otras editoriales descubre grandes títulos en editoriales como El desvelo, Ediciones del Subsuelo, La Navaja Suiza, Altamarea, Las afueras, Fulgencio Pimentel, Candaya, Piel de Zapa, Stirner, La pajarita de papel, Funambulista, Wunderkammer, Automática Editorial, Volcano libros, Fórcola, De Conatus, Pregunta Ediciones, Ápeiron Ediciones, Xórdica, Trea, Hermida, Hurtado & Ortega, Trama, Mármara, Carpe Noctem, Tresmolins

Resto qui (Marco Balzano)
Abre la puerta (Alena Collar)
Un hombre con atributos (David Lodge)
Como una rana en invierno. Tres mujeres en Auschwitz (Daniela Padoan)
Al final uno también muere (Roberto Valencia)
El boxeador polaco (Eduardo Halfon)
Entierre a sus muertos (Ana Paula Maia)
Vidas minúsculas (Pierre Michon)
Los Once (Pierre Michon)
La tarde de un escritor (Peter Handke)
Cuerpos del rey (Pierre Michon)
Sangre en el ojo (Lina Meruane)
Degenerado (Ariana Harwicz)
The Game (Alessandro Baricco)
Los mejores días (Magalí Etchebarne)
Gente que conocí en los sueños (Luis Mateo Díaz)
La subasta. Casi una novela (Rafael Borràs)
La noche en la que los Beatles llegaron a Barcelona (Alfons Cervera)
El teatro de la crueldad (Antonin Artaud)
Marcianos. La crónica real que habla sobre el primer viaje a Marte y los seres que allí habitan (Sergio Algora & Óscar Sanmartín
El lugar de la espera (Sònia Hernández)
Cuántos de los tuyos han muerto (Eduardo Ruiz Sosa)
El peso de Dios (Paolo Sorrentino)
El final de la cuerda (Joseph Conrad)
El libro de las aguas (Eduard Limónov)
El mar alrededor (Keri Hulme)
Biografía de una idea y otros relatos (Sigismund Krzyzanowski)
Mi padre (Eduardo Moga)
Travesía (Vicente Muñoz Álvarez)
En la ciudad dormida (Gabriel Insausti)
Guía de extraviados (Juan Gracia Armendáriz)
Pornmutaciones (Diego Luis Sanromán)
Cyrano de Bergerac (Edmond Rostand)
No habrá muerte. Letras del Gulag y el nazismo. De Boris Pasternak a Imre Kertész (Toni Montesinos)
Lista de locos y otros alfabetos (Bernardo Atxaga)
El bosque de los urogallos (Mario Rigoni Stern)
Mi madre era de Mariúpol (Natascha Wodin)
El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico (Toni Montesinos)
Memoria de la nieve (Julio Llamazares)
Habana año cero (Karla Suárez)
Carnicería (Roberto Vivero)
Chilean Electric (Nona Fernández)
Las inviernas (Cristina Sánchez-Andrade)
La dama que se transformó en zorro (David Garnett)
Viviane Élisabeth Fauville (Julia Deck)
El murmullo del mundo (Tomás Sánchez Santiago)
Mirar con un ojo cerrado (Julio Pérez Manzanares)
Paprika Johnson y otros relatos (Djuna Barnes)
Dicen (Susana Sánchez Arins)
El pecado (Alberto Gómez Vaquero)
Solo hay una clase de monos que estornudan (Ezequías Blanco)
Soledad y destino (Emil Cioran)
La revolución de las flâneuses (Anna Maria Iglesia)
Luz (Elizabet Riera)
El vuelo de los charcos (Eduardo Iglesias)
El hijo del acordeonista (Bernardo Atxaga)
Esos cielos (Bernardo Atxaga)
Antártida (Claire Keegan)
La escapada (Gonzalo Hidalgo Bayal)
El mapa calcinado (Kôbô Abe)
Las tablillas de boj de Apronenia Avitia (Pascal Quignard)
España (Manuel Vilas)
Z (Manuel Vilas)
Los inmortales (Manuel Vilas)
Los que duermen (Juan Gómez Bárcena)
El escudo de Jotán (Rafael Sánchez Ferlosio)
Palomitas (Juan Pablo Fuentes)
La moral del comedor de pipas (Pedro de Silva)
La moneda de Akragas (Andrea Camilleri)
El último barco (Domingo Villar)
Un montón de años tristes (José María Pérez Álvarez)
Los dos payasos (César Aira)
Cecil Taylor (César Aira)
Esta La pastilla de la hormona (César Aira)
Faster (Eduardo Berti)
5 (Sergio Chejfec)
Para una tumba sin nombre (Juan Carlos Onetti)
Diario de la hepatitis (César Aira)
Teoría de la prosa (Ricardo Piglia)
Fábrica de prodigios (Pablo Andrés Escapa)
Los bosques de Upsala (Álvaro Colomer)
Tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro (Grégoire Bouillier)
Horas extras (Bernardo Atxaga)
Algunas formas de amor (Charlotte Mew)
El espejo del mar (Joseph Conrad)
14 de julio (Éric Vuillard)
Historia verdadera (Luciano de Samósata)
Mujeres que trepan a los árboles (Patricia de Souza)
La perra (Pilar Quintana)
El arte del puzle (José María Pérez Álvarez)
Amy Foster (Joseph Conrad)
El copartícipe secreto (Joseph Conrad)
Sebas Yerri. Retrato de un suicida (F. L. Chivite)
8.38 (Luis Rodríguez)
El perseguidor (Julio Cortázar)
Los cachorros (Mario Vargas Llosa)
Sánchez (Esther García Llovet)
El fill del corrector / Arre, arre corrector (Adrià Pujol Cruells, Rubén Martín Giráldez)
Europa, una letanía (Blixa Bargeld)
Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica.
Obras (Édouard Levé)
Cuentos españoles del Siglo XIX
Espíritu de aprendiz y otros escritos (Isidoro Valcárcel Medina)
El sueño de Ramón Bilbao (Javier Reverte)
Para entender a Góngora (José María Micó)
El refugio de la memoria (Tony Judt)
Helena o el mar del verano (Julián Ayesta)
El verano del endocrino (Juan Ramón Santos)
Teoría de la novela (Gonzalo Torrente Ballester)
Mil viajes a Ítaca, una visión personal sobre Grecia (Ana Capsir)
Una vez más para Tucídides (Peter Handke)

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Abre la puerta (Alena Collar)

Abre la puerta de Alena Collar (Madrid, 1960) publicado por Talentura, recoge 30 relatos cortos en poco más de 180 páginas.

La lectura viene a ser como un paseo por la desgracia ajena, algo parecido a Piscinas vacías de Laura Ferrero pero sin tantas dosis de dramatismo. Una desgracia ajena que siempre deviene propia. No se nos hurta la enfermedad, la muerte, los niños robados, los trabajos precarios, los sueños incumplidos, las víctimas de la violencia machista, la necesidad de abandonar un hogar, la incomprensión familiar, las consecuencias de la guerra civil… y también hay algo de luz cuando se abre la puerta a la camaradería, la amistad, el afecto.

Aquí la escritura vendría a ser como esa manguera que en manos de la escritora decide empapar al lector de realidad y lo hace con relatos que beben de lo cotidiano y lo prosaico, con diálogos que parecen sacados de cualquier patio de luces, del bar de la esquina, de la carnicería del barrio, de la charleta con un familiar, de un vagon de metro; son vidas funcionariales y experiencias tan normales como humanas a las que Alena Collar quiere dar voz y relieve; relatos cuyo planteamiento dista mucho, por ejemplo, del de las Vidas minúsculas de Pierre Michon, cuyo tono era más elevado, el lenguaje más alambicado y más sugerente su estilo; aquí hay como cierta urgencia por contarlo y describirlo todo y ahora, de llevar a cabo una taxonomía de la realidad menos complaciente, de abrir los ojos a ciertos temas incómodos que le sirvan de catarsis al lector, si bien yo prefiero huir de lo explícito, no estrangular nunca la sugerencia y finalizar los libros o los relatos como hacía Williams en su espléndido Stoner.