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Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia (Stefan Zweig)

En mayo de 1935 Stefan Zweig viajó a Zúrich para dedicarse al estudio de los reformadores Juan Calvino y Sebastián Castellio. Poco después, a principios de 1936 el ensayo verá la luz en la editorial vienesa Herbert Reichner. A partir de marzo de 1936 Alemania prohíbe la difusión de los libros de Zweig. En las cartas dirigidas a Friderike se lamenta de que con las prisas no le diera tiempo a corregir algunas galeradas y que hayan subsistido algunos errores en su «Castellio«, que verá subsanados posteriormente. Se lamenta a su vez de que en la portada del libro aparezca Calvino y que todas las reseñas versen sobre él, sin que se diga nada de Castellio. Cuando precisamente con este ensayo trataba Zweig de encarecer la figura del humanista Castellio, en una lucha a muerte (la suya) entre la conciencia y la violencia de Calvino.

A la ciudad de Ginebra llegó Calvino quien no tardaría en hacerse dueño y señor de la misma y de todas sus gentes a través del terror que éste genera, allá por mayo de 1536. Dueño de un poder que está por encima de los reyes y del pueblo. Calvino impone una moral estricta, restringe la libertad individual de sus vecinos, los convierte a todos en delatores unos de los otros (Siempre que un Estado tiene a sus ciudadanos bajo el régimen del terror, brota la repugnante planta de la delación voluntaria, escribe Zweig que entendía perfectamente la deriva dictatorial de Alemania. La biografía de Longerich sobre Himmler, permite entender cómo se consigue aplicar el fertilizante del terror y obtener jugosos frutos con la planta arriba citada), suprime cualquier manifestación artística, se prohíbe todo lo que efectivamente rompa con la gris monotonía de la existencia, obliga de modo antinatural a los otros a hacer lo que para él es natural. Es la suya una disciplina y una severidad despiadada. El Dios de Calvino no quiere ser festejado, tampoco amado, sino tan solo temido.
El de Calvino será un terror estatal forjado de manera sistemática y ejercido despóticamente que paraliza la voluntad del individuo, que disuelve y socava cualquier comunidad. Un estado de miedo permanente frente a la autoridad omnipotente y omnisciente. Ese es el porvenir y día a día de los ginebrinos. Para Balzac, la furibunda intolerancia religiosa de Calvino era moralmente más cerrada y más despiadada que la intolerancia política de Robespierre.

A medida que se sufre el proceder despótico de Calvino surgen algunos brotes de resistencia, una resistencia que se extiende pero que no se reúne, dice Zweig y que por lo tanto resulta ineficaz. Para Calvino solo existe una interpretación de la Biblia, la suya. Todas las demás interpretaciones u opiniones ajenas son herejías. El humanista y erudito Castellio proyecta transcribir la Biblia al latín y de nuevo al francés, pero se encuentra con la censura de Calvino. Zweig dice: la censura es la consecuencia natural de cualquier dictadura. Lo sabe Zweig de buena tinta, porque lo experimenta sobre su persona. Castellio ofrece interpretaciones, no certezas. Calvino no quiere interpretaciones, tan solo su voluntad de establecer una dictadura del espíritu, tal que todo aquel que intente llevarle la contraria pondrá en juego su vida. Así de simple, así de dramático.

El detonante para Castellio es el asesinato, quemado en la hoguera, el 27 de octubre de 1553, de Miguel Servet, médico y teólogo aragonés, al que Calvino se la tenía jurada y que no descansará hasta quitárselo de encima. La muerte de Servet será considerada por Voltaire «el primer asesinato religioso«. No se entiende cómo aquellos que salieron fiadores de la conciencia como el más sagrado de los derechos humanos, implanten poco después una Inquisición protestante. Siempre se trata de justificar a los asesinos poderosos, pero a Castellio no se la cuelan. Servet no fue víctima de su tiempo sino única y exclusivamente del despotismo personal de Calvino. De un crimen aislado es responsable el hombre que lo lleva a cabo. Calvino comprobará que Servet es mucho más peligroso muerto que vivo.

Castellio sale en defensa del ajusticiado, no presa del rencor, la furia o el odio, pues ninguno de estos sentimientos lo dominan y se deja llevar simplemente por la pura razón (Castellio era considerado el hombre más sabio de su tiempo), para desmontar con argumentos el despótico proceder de Calvino, el cual no quiere dialogar con nadie ni está por la labor de que nadie le abra los ojos ni cuestione sus decisiones; nunca hay un contrincante a su altura, pues todos yacen, de entrada, bajo la suela de sus zapatos.

Castellio y Calvino viven en realidades paralelas, en planos que no se tocan, por eso Castellio afirma cosas como esta: Yo, por mi parte, preferiría derramar mi sangre antes que mancharme con la de un hombre que no mereciera la muerte con toda seguridad. Esto me recuerda a la pregunta sobre la que erige todo el discurso Platón en su Gorgias, si es peor soportar un injusticia o cometerla. Calvino es un aniquilador. Un predicador sin corazón, perdido en sus subterfugios, oscurecido por su maldad. No le mueve a este ningún sentimiento, no ya religioso, ni sencillamente humano, como la piedad.

Castellio apela a la libertad de conciencia. Para él el poder del Estado no tiene competencia en materia de opinión y apela a la tolerancia, a la pacífica convivencia entre protestantes y católicos.
Castellio escribe el yo acuso de su época el Contra Libellum Calvini y cava su propia tumba. Y es el único dispuesto a dar ese paso, no ya comprometiendo su prestigio y patrimonio (que era nulo, malviviendo miserablemente) sino su propia vida. Todos morimos, pero solo unos pocos están dispuestos a hacerlo por los demás, así Castellio, este humanista demasiado humano.

Para Castellio no existe ningún precepto divino, ni cristiano, que ordene el asesinato de un hombre. Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna doctrina, sacrificaron a un hombre. No se hace profesión de la propia fe quemando a otro hombre, sino únicamente dejándose quemar uno mismo por esa fe. Hete aquí el meollo de la cuestión.

Allí donde un hombre o un pueblo están poseídos por el fanatismo de una única ideología, nunca hay espacio para el entendimiento y la tolerancia. Así es. Esto era así en el siglo XVI y lo es hoy. Hoy todo se polariza y enardece, arden las redes por cualquier simpleza y cualquier atisbo de raciocinio se ve empañado prontamente por el ruido y la furia y el ansia de querer ajusticiar al otro, aunque se haga, en el mejor de los casos solo virtualmente, sin tener que dar la cara, como hizo Calvino cuando quiso asesinar a Servet y a Castellio y ponía personas interpuestas para hacerle el trabajo sucio, hasta que no le quedaba más remedio que finalmente personarse.

Castellio afortunadamente para él muere a los cuarenta y ocho años, antes de ser ajusticiado por Calvino, posiblemente también chamuscado en la hoguera. Su figura, a consecuencia de la censura de Calvino y sus secuaces permanecerá oculta durante muchos años. Luego vendrán otros como Zweig dispuestos a encarecer su persona, su obra, su coraje, su determinación.

Cuando Zweig escribe este ensayo, Hitler ya está instalado en el poder, y solo quedan tres años para el comienzo de la segunda Guerra mundial. Zweig podía haber escrito un alegato contra Hitler, pero todas las tiranías y poderes despóticos se parecen demasiado, y sabe que cualquier lector medianamente inteligente, leyendo lo que se dice de Calvino tendrá en mente a Hitler y debe prepararse para lo peor, su ejemplo.

Sirva este magnífico, oportuno y necesario ensayo para recordarnos la obligación espiritual de retomar la vieja lucha por los inalienables derechos del humanismo y de la tolerancia. Y para mantenernos siempre alerta ante los dogmáticos y los doctrinarios.

Acantilado. 2001. 253 páginas. Traducción de Berta Vias Mahou (gracias Berta por la recomendación).

Stefan Zweig en Devaneos

Ensayos

Montaigne

Novelas

Novela de ajedrez
Mendel el de los libros
Carta a una desconocida

Relatos

Una boda en Lyon

Correspondencia

Correspondencia entre Zweig y Friderike

Biografías de Stefan Zweig
Las tres vidas de Stefan Zweig (Oliver Matuschek)

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Una boda en Lyon y otros relatos (Stefan Zweig)

Publicado por Acantilado en 2020 con traducción de Berta Vías Mahou, Una boda en Lyon es un relato acompañado de otros tres más breves: La caminata, Un ser humano inolvidable, Dos solitarios.

El último de los cuatro, Dos solitarios, se me antoja el más simple. Dos almas gemelas un buen día deciden juntar, no sé si sus existencias, pero sí al menos sus cuerpos.

En La caminata, Zweig nos lleva a los tiempos de Jesús, El redentor.
El protagonista se pega la paliza padre siguiendo los pasos del Mesías, pero tras una parada nocturna entre las piernas de una mujer, se verá privado de conocer al Señor en vida.

En Un ser humano inolvidable, Zweig plantea una distopía humanista, un mundo en el que las personas se tratasen con cordialidad, intercambiasen favores, y el dinero fuera lo de menos, donde cada cual solo tomara aquello que le fuera estrictamente necesario. Zweig que en su época fue uno de los escritores más celebrados, que más libros vendía, y por ende millonario, aliviaba su conciencia siendo generoso, muy generoso.

Una boda en Lyon nos lleva a Lyon, a noviembre de 1793. Las algaradas callejeras, el enconamiento hacia unos lugareños rebeldes y hacia una ciudad traidora, se resuelven de una manera drástica, Fouché mediante, ajusticiando a miles de personas. La historia se sitúa en una cárcel, a la cuál por cosas de la vida (por la pluma de Zweig) van a concurrir una pareja. El autor desata su vena más humanista, sensible, amorosa y trata de hacernos ver que a pesar de que las condiciones de vida sean infaustas, a pesar de que la muerte esté ahí a la vuelta de la esquina, siempre hay una oportunidad para el amor. Que vale que el amor no consigue aquí vencer a la muerte, pero sí que hará de esa última noche una noche especial para los esposados.

Zweig Friderike

Stefan Zweig Friderike Zweig Correspondencia (1912-1942)

Escribiendo con mi hi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.

Roberto Bolaño (Mi carrera literaria)

¿Cuál fue el infierno de Stefan Zweig?

Leer hoy un libro con 309 cartas (el primero que leo de estas características) me ha resultado tan anacrónico como fascinante. Cartas escritas entre 1912 y 1942 por Stefan Zweig y Friderike (publicado en Acantilado con traducción de Joan Fontcuberta), con la que Zweig se casó y luego se divorció, y con la cual seguiría carteándose después del divorcio y hasta su muerte. La última misiva de Zweig, fechada el 22 de febrero de 1942, la víspera de su suicidio junto a Lotte Altmann, va dirigida a Friderike. “Estas últimas líneas son para ti, en mis últimas horas. Recibe todo mi afecto y cariño, y levanta el ánimo sabiendo que ahora estoy tranquilo y feliz”.

El libro se principia con una carta de Friderike en 1912 en la que ella le hace partícipe a Zweig del interés hacia su persona. Después de leer su correspondencia creo que Friderike se enamoró del escritor más célebre en la década de los años 20 y 30 en Europa, y se desenamoró de la persona que había detrás del eximio escritor (que no escatimó ningún esfuerzo por publicitar y promover su obra literaria durante cuatro décadas). En Alemania se publicaron hasta 1933 más de 1.300.000 ejemplares de libros de Stefan Zweig, traducidos a doce lenguas. Escribo esta carta en el tren y a lápiz porque se me ha agotado la tinta de las plumas (tres) de tanto firmar libros, refiere Zweig en marzo de 1933. En Brasil, en Río de Janeiro, dicta una conferencia para la asociación de ayuda a los judíos a la que acuden 1.200 personas, y en la que firma a diario 500 libros y casi tengo calambres, añade Zweig.

No existía en la segunda década del siglo XX internet, ni correo electrónico, ni siquiera teléfono en las casas, así que las comunicaciones eran en papel (en septiembre de 1927 Stefan afirma: hoy lunes por la mañana han llegado 35 cartas al mismo tiempo), por correo, o llegado el caso vía telegrama. En el epílogo, Gert Kerschbaumer nos habla de que tuvieron que seleccionar entre 1.220 cartas. La correspondencia nos permite ir conociendo de primera mano el acercamiento de Friderike a Zweig, su cortejo, muy singular por otra parte, pues parece que desde el primer momento Friderike tiene claro que lo suyo no será un amor romántico llevado hasta sus últimas consecuencias. Zweig se debe (y no lo oculta en absoluto) a su trabajo, -su razón de ser- es un escritor exitoso que triunfa con sus obras teatrales (como Jeremías), biografías, novelas y traducciones; despacha miles de ejemplares de sus obras, más de 10.000 de Amok, y esto lo sabe muy bien Friderike, la cual en los albores de su relación está desdichadamente casada y tiene dos niñas pequeñas.

Friderike no quiere ir de amante absorbente, tampoco tener a Zweig a su lado a todas horas, sino que le deja su espacio, incluso tolera las infidelidades (no le seas demasiado infiel a tu diligente MUMU, le dice en una carta de 1921; Espero, mi niño querido, que hayas vuelto a encontrar una mujer-jirafa de pecho de ondina, le dice en otra de junio de 1923) y romances que este pueda tener por ahí -y los tiene, como acontece por ejemplo en París- pues Zweig está continuamente viajando por Europa, dando conferencias (sobre Rolland entre otros), estrenando sus obras teatrales, y los encuentros entre Zweig y Friderike son episódicos y tardan en llegar, pues durante los cuatro primeros años de relación esta va muy lenta, sin prisas, pero también sin demoras, con la idea Friderike de conseguir la nulidad matrimonial eclesiástica que le permita contraer nupcias con Zweig, con el que se acaba esposando.
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Montaigne (Stefan Zweig)

Hasta el momento había leído algunas novelas cortas de Zweig (Novela de ajedrez, Carta a una desconocida, Mendel el de los libros) así como una biografía muy interesante sobre su persona, Las tres vidas de Stefan Zweig de Matuschek, pero ninguna de sus múltiples biografías. Me he decantado por la que Zweig escribiera de Montaigne, con el cual creo que guarda bastantes similitudes. Para ambos, aunque Montaigne no se sintiera escritor (Lo soy todo menos un escritor de libros. Mi tarea consiste en dar forma a mi vida. Es mi único oficio, mi única vocación) la literatura era una labor absorbente, que dejaba fuera todo lo demás. Dice Zweig:

Lo que Montaigne busca es su yo interior, que no puede pertenecer al estado, a la familia, a la época, a las circunstancias, al dinero o a la hacienda: es el yo interior al que Goethe llamaba su ciudadela y en la que no permitía la entrada a nadie. Y Montaigne está decidido a sustraer ese único rincón a la comunidad conyugal, filial y civil.

Digo que se parecen porque ambos parecen entender el matrimonio como lo contrario al amor, más una carga que una satisfacción, si atendemos por ejemplo a lo que dice Zweig de Montaigne tras regresar seis meses después de su huida pánica de la peste en este párrafo:

Parece que podrá disfrutar de sosiego después de haber vivido tantas cosas: la guerra y la paz, el mundo, la corte y la soledad, la pobreza y la riqueza, la actividad y el ocio, la salud y la enfermedad, el viaje y el hogar, la gloria y el anonimato, el amor y el matrimonio, la amistad y la soledad.

Para Zweig, su matrimonio también fue una carga, y la relación con las hijas de su mujer, nunca fue buena. Siempre fue consciente el austriaco de que no era un hombre familiar.

En la escritura de sus ensayos, que nacen en la intimidad, Montaigne trata de buscarse a sí mismo, de dilucidar su esencia. Cuando estos alcanzan reconocimiento y notoriedad, ya no se trata tanto de saber quién es Montaigne, sino de afirmarse y mostrarse a los demás.

Todo público es un espejo; todo hombre presenta otro rostro cuando se siente observado.

El éxito de Montaigne, el hecho de que hoy en día se le siga leyendo y valorando, creo que en buena medida atiende a su falta de dogmatismo, apelando siempre a que cada cual viva su vida, no la vida de los demás.

Lo que ha sido pensado en libertad nunca puede limitar la libertad de otro.
No se puede aleccionar a los hombres, solo guiarlos para que se busquen a sí mismos, para que se vean con sus propios ojos. Ni gafas ni píldoras.

Uno debe tomar tanto como le apetezca, pero no dejarse tomar por las cosas. Hay que comprobar sin descanso el valor de las cosas, no sobrevalorarlas, y acabar cuándo acaba el placer. No convertirse en esclavo, ser libre. Quién piensa libremente, respeta toda libertad sobre la tierra.

Montaigne siempre defendió su independencia, su propio juicio, el valor de su propia experiencia. Dice Zweig:

No se había adherido a ningún rey, a ningún partido, a ningún grupo, y no había elegido a sus amigos en función de las siglas de su partido ni de su religión, sino en función de sus méritos.

Montaigne no va en busca de un puesto en la Corte, y en contra de su voluntad acaba como alcalde de Burdeos. Montaigne deja la política como entró. Dice Zweig:

Sabe que ha conseguido lo que Platón considera como lo más difícil del mundo: abandonar la vida pública con las manos limpias.

Al final de sus días Montaigne, siente o experimenta la exaltación de una de sus lectoras hacia su obra (sus ensayos), la joven Marie de Gournay, a quien confiará lo lo más preciado de su herencia, la edición de sus Essais después de su muerte.

Sin duda es mucho mejor leer directamente los ensayos de Montaigne, pero como acercamiento o aproximación a la figura del padre de los Ensayos, esta sucinta biografía de Zweig resulta precisa, equilibrada, documentada, subyugante; puro músculo.

Lecturas periféricas | Un verano con Montaigne (Antoine Compagnon)

Escuchas periféricas | Precursores del ensayo y originalidad de Montaigne (Carlos Gual)