Archivo de la categoría: 2011

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Los ingrávidos (Valeria Luiselli)

Hasta la fecha había leído dos libros de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983): Papeles falsos y La historia de mis dientes.

Los ingrávidos es con diferencia el que más me ha gustado de los tres.

Una lectura apresurada de esta novela puede llevarnos a considerarla como una divertida fantasmada, con personajes que se difuminan, pierden cuerpo y gravidez hasta su desaparición. Bajo esa apariencia superficial, si dedicamos algo más de tiempo a releer ciertos fragmentos, podemos apreciar entonces el humor gamberro y desinhibido que impregna la narración, la prosa filosa e intersticial, las jugosas reflexiones sobre el acto de escribir y sobre la literatura; “escribir novelas es tratar de congelar el tiempo sin detener el movimiento de las cosas“, como escribir sirve para afirmar su existencia -en el caso de la narradora, quien reconstruye su pasado transformándolo: una ficción que infecciona la realidad, cuando su pareja lea lo que su mujer escribe y la ficcion actúe entonces como acicate para tomar decisiones y también en el caso de Owen- como si posar las palabras sobre un papel equivale a fijar nuestro cuerpo sobre una balanza que acredite nuestra corporeidad, el juego de espejos que permite la dilatación espacial y temporal, donde el tiempo se repliega, tal que los dos narradores de la novela, a pesar de haber vivido en décadas distintas puedan confluir -siempre con el metro como espacio de encuentro, transición, descubrimiento y ocultamiento-, en ese espacio que construye Luiselli, un espacio real, irreal y verosímil, fantástico y subyugante, porque lo que la autora perpetra, logra lo que muy pocas novelas materializan, que es nada menos que dejar perplejo -perplejidad (pareja a la experimentada por mí al leer a Yuri Herrera) que aboca a la fascinación- al lector, no porque Luiselli invente un lenguaje nuevo, que no es el caso -donde aquejada del buen espíritu Vila-Matiano no faltan un buen número de referencias literarias: Federico García Lorca, Emily Dickinson, Ernest Hemingway, Walt Whitman, Francisco de Quevedo, Ezra Pound, William Carlos Williams, Louis Zukofsky, Herman Melville, Roberto Bolaño…, sino porque la lectura de estos fragmentos narrados en primera persona, vividos, fantaseados, ficcionados, friccionados, tamizados por el talento de Luiselli, deparan una lectura gozosa.

Aparecen en la narración niños y mascotas y hay ahí algo esencial que puede pasar desapercibido en los breves diálogos que los niños mantienen con la narradora, su madre, o con el padre menguante. Ahí vemos cómo en la labor de educar por parte de los adultos, sus continuas correcciones, no hacen otra cosa que lastrar o castrar la imaginación de sus hijos.

Editorial Sexto Piso. 2011. 144 páginas.

Lev Tolstói

¿Cuánta tierra necesita un hombre? (Lev Tolstói)

Nórdica
Traducción de Víctor Gallego
Ilustraciones de Elena Odriozola
2011
66 páginas

Dijo Joyce que este era el mejor relato -escrito por Tolstói en 1886- que había leído nunca (aunque he leído también que para Joyce era el mejor de Tolstói, no el mejor de todos, así que a saber). Exagerando Joyce o no -creo que sí exagera- el relato es espléndido.

Necesita muy pocas palabras Lev Tolstói -en su vis más moralista- para cifrar los anhelos humanos, nuestra codicia, el afán de riquezas, expresado en algo tan terrenal, como el deseo de ser dueño y señor -precisamente- de unas tierras.

Elena Odriozola

Pahom, que ha trabajado duramente toda la vida, no tiene tierras en propiedad, hasta que un día se le presenta la ocasión de hacerse propietario, luego terrateniente. ¿Cuándo parar? ¿Cuánto terreno es suficiente? ¿Dónde acaba la ambición, si es que hay freno?

El relato mantiene y acrecienta la tensión hasta un final memorable y por otra parte esperado.

Adán y Eva en el paraíso

Adán y Eva en el Paraíso (Eça de Queirós)

Eça de Queirós
Periférica
Traducción: Juan Sebastián Cárdenas
2011
78 páginas

A pesar de los cuarenta versículos que la Biblia dedica a Adán y Eva, la vida de esta pareja primigenia siempre les lleva a los escritores a especular, a fantasear sobre cómo fue todo aquello. Giaconda Belli abordó este asunto en El infinito en la palma de la mano. Eça de Queirós (1845-1900) hace lo propio en Adán y Eva en el Paraíso.

Ambos libros comparten una imagen del Jardín de las Delicias parecido; el de un paraje ubérrimo donde la flora y la fauna se hermanan en feracidad y donde Adán, nuestro Padre venerable, alucina con lo que ve, al tiempo que se libera del acoso de dinosaurios residuales como el ictiosaurio y cuando se desespera y pasa hambre, porque las aves son inalcanzables, los peces inasibles y las liebres son más rápidas que él, mata un oso de chiripa con un cayado afilado que le dará una idea de lo que luego será una lanza que le permitirá cazar y matar, y alimentarse mejor, cuando ya con Eva a su lado descubran ambos el fuego arreando golpes a una piedra y descubriendo poco después las bondades de la carne al fuego chorreando grasilla y coman ambos de la fruta del Árbol Prohibido y les entre el juicio, les ilumine la razón y progresen en lo técnico, hasta que llega un momento en que Adán se plantee si todo esto ha valido la pena, si no hubiera sido mejor dedicarse al ocio y al recreo como hace su primo el orangután, sustraído éste a los afanes, pulsiones y problemas humanos. Grosso modo, esto nos cuenta Queirós en esta breve narración que comienza cual lectura de un anaquel, tal que así: «Adán, Padre de todos los hombres, fue creado el día 28 de octubre a las dos de la tarde…», en este cuento fantástico, descriptivo e hilarante de una prosa muy bella.

Nada había leído de Queirós hasta el momento. Después de esta lectura tan gozosa, creo que le ha llegado ya el momento a Los Maia. Creas o no creas, libros así te devuelven la fe en la literatura. No digo más.

Podéis ir, a leer, en paz.

La noche feroz

La noche feroz (Ricardo Menéndez Salmón)

Ricardo Menéndez Salmón
112 páginas
2011
Seix Barral

A Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) le gusta llevar sus historias al límite, forzando la naturaleza humana hasta límites donde la bondad, la armonía, la tranquilidad, la paz, en definitiva, vuela por los aires.

Una niña aparece asesinada en un pozo, después de haber sido violada, con las dedos de las manos seccionadas y los dientes arrancados, en un pueblo próximo a la Raya portuguesa, en 1936, al poco de principiarse la guerra civil.

El Cura y otros hombres del pueblo, ávidos de hacer justicia, buscan al culpable, no importa quién.

Dos hombres de paso se convierten en culpables ipso facto.

El hombre deviene bestia, el mundo gira sus manecillas y se torna cueva, las herramientas sirven para cazar, no animales, sino personas, la justicia se imparte con una soga junto a un árbol. La sinrazón da pasos de gigante hacia el abismo.

Y entre los bárbaros encontramos al profesor, el catapotes, de nombre Homero, cuyas finas manos entre tanta tosquedad le delatan y distinguen. Homero es testigo de la cacería de dos inocentes y dueño de un secreto que al no ser confesado, implosiona, y nos estalla, a nosotros los lectores, hacia el final de la novela, en la cara.

Salmón en poco más de cien páginas construye una historia brutal, salvaje, cainita, plasmando a las mil maravillas aquello que el dicho refiere, ya saben: pueblo pequeño, infierno grande. Un infierno poblado de humanos encarcelados entre montañas cenicientas, cuyo alimento es el odio, el rencor y una religión que alimenta su miedo y que los constriñe más que liberarlos.

Hoteles

Hoteles (Maximiliano Barrientos 2011)

Maximiliano Barrientos
126 páginas
2011
Editorial Periférica

La última novela de Maximiliano Barrientos, La desaparición del paisaje, es la crónica de un regreso, un ejercicio de reconstrucción de un pasado, velado, cercenado y fragmentado. En esta novela, escrita en 2011, los personajes en lugar de regresar, huyen, son fugitivos de sus propias vidas, que se extravían por carreteras desiertas, dormitando en Hoteles, hablando con extraños, acumulando kilómetros, y experiencias, quieren creer que construyéndose un pasado, fabricando imágenes, que son las que construye y plasma sobre el papel Barrientos, flashes de escaso impacto, como cuando nos alumbran con una linterna y luego el haz de luz se dirige a otra parte.

El autor registra este tiempo fugitivo en tres voces que narran. Las voces de Tero, Abigail y Adriana. La última, es una niña que fantasea con los efectos de una tercera guerra mundial. Los dos primeros una pareja de adultos, ex actores porno. Circunstancia esta que parece reclamar una atención que luego cae en saco roto, dado que esa profesión no afectará a la historia en grado mínimo (más allá del típico tópico que hace que la gente rechace o no mire con buenos ojos a quienes hacen de la pornografía su medio de vida).

Barrientos plasma la sociedad líquida en la se insertan estos jóvenes. Si la vida de sus padres fueron largos viajes, relaciones duraderas, costumbres solidificadas, la de estos jóvenes por el contrario es la vida del movimiento, del deambular en múltiples viajes rápidos, cortos y a menudo dolorosas relaciones.

Si en La desaparición del paisaje Barrientos (novela de mucho mayor recorrido que esta) ofrecía una mirada capaz de emocionar, estos Hoteles, y el deambular de los personajes, deja poco margen a la imaginación. Sus personajes son como los coches que vemos pasar desde un área de servicio a toda velocidad: presencias reales a quienes la velocidad transfiere la cualidad de fantasmagóricas y episódicas.

La lectura de Hoteles me confirma el salto que Barrientos ha dado en estos cuatro años. Aquí ya había cosas que iban cogiendo forma, personajes que pedían la palabra, cierto estilo embrionario, que en su última novela Barrientos resuelve con maestría
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