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El espejo del mar (Joseph Conrad)

Aviso a navegantes. No es este un libro sólo para los amantes del mar. Es apto y muy recomendable para todo aquel que quiera gozar de la buena literatura. A Conrad se le vincula al mar, como si Conrad solo hubiera escrito novelas marinas. Craso error. Sin embargo, El espejo del mar (publicado por Ediciones Hiperión en 1981; hay libros que cuando uno recupera del depósito tiene la impresión de tener entre sus manos un derrelicto, uno de esos libros a la deriva que flotan en el limbo del olvido), ya desde el título sí que recoge todas las reflexiones que Conrad atesoró durante las dos décadas que ofició en la mar. La traducción, obra de Javier Marías es espléndida. El prólogo a cargo de Juan Benet incita a leer a Conrad y a Marías. Ante semejante triplete de jotas uno solo puede dejarse llevar. En este libro uno encontrará la opinión que Conrad tenía ya fuera sobre las dársenas del puerto de Londres, la importancia del ancla, las recaladas y partidas, las distintas clases de viento que recorren el globo terráqueo, o cómo el vapor reemplazó la forma de navegar que él conoció: a vela. Sus palabras obran como su particular homenaje a un mundo ya extinto. Muchas de las personas que Conrad conoció en sus travesías, que compartieron oficio con él o no, veremos que pasan a poblar sus relatos o novelas (el último capítulo que cierra el libro, titulado El Tremolino, de corte autobiográfico y muy divertido), en las que Conrad desplegó todo aquello que había experimentado en la escuela -o universidad- del mar, sus recuerdos e impresiones sobre el misterio y el ministerio marino. Un amor el que aflora aquí, no hacia el mar, sino hacia los barcos, en los cuales se cifran las esperanzas humanas. Barcos a los que Conrad dota de cualidades humanas.

Poco tiene el mar de sentimental, más allá de las ensoñaciones rosicleras de los poetas. El mar se alitera fácilmente en el mal y Conrad lo sabe y así nos lo hace leer en estos dos párrafos magistrales.

Pese a todo lo que se ha dicho sobre el mar que ciertas naturalezas (en tierra) han manifestado sentir por él, pese a todas las celebraciones de que ha sido objeto en prosa y en verso, el mar nunca ha sido amigo del hombre. A lo sumo ha sido el cómplice de las inquietudes humanas, desempeñando el papel de peligroso instigador de ambiciones mundiales. Incapaz de ser fiel a ninguna raza al estilo de la amable tierra, inasequible a la huella del valor y del esfuerzo y de la negación, no reconociendo la irrevocabilidad de dominio alguno, el mar jamás ha abrazado la causa de sus señores como esos suelos que mecen las cunas y erigen las lápidas funerarias de las naciones victoriosas de la humanidad que han arraigado en ellos.

Veía el verdadero mar, el mar que juega con los hombres hasta descorazonarlos y desgasta resistentes barcos hasta matarlos. Nada puede conmover la meditabunda amargura de su alma. Abierto a todos y a nadie fiel, ejerce su fascinación para perdición de los mejores. Amarlo no es buena cosa. No conoce vínculo de palabra dada, ni fidelidad a la desgracia, a la vieja camaradería, a la prolongada devoción. La oferta de su eterna promesa es espléndida; pero el solo secreto de su posesión es la fuerza, la fuerza: la celosa, insomne fuerza del hombre que guarda bajo su techo un tesoro codiciado.

Era esta una de esas lecturas que quería llevar a buen puerto hacía ya tiempo. Una vez cumplido el objetivo me he quedado muy a gusto, con lo que he leído (o escuchado, para decirlo con Józef Teodor Konrad Korzeniowski). Constato que mi idilio con Conrad (tras haber leído muy recientemente El copartícipe secreto y Amy Foster) sigue viento en popa a toda vela.

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Amy Foster (Joseph Conrad)

Me gusta Joseph Conrad cada vez más, porque sin ponerse tan tremendista como Dostoievski creo que afronta muy bien esos temas que a todos nos angustian.

El náufrago que protagoniza esta breve novela (menos de cuarenta páginas en la edición de Sexto Piso, que recoge toda la narrativa breve de Conrad) bien pudiera dar el relevo a El copartícipe secreto, pues aquella acababa con el polizón saltando por la borda, labrándose (o nadándose) su propio destino. Un destino que en la novela que nos ocupa al náufrago le acarrea un buen número de sinsabores, desde desconocerlo todo sobre el mar y su singladura, hasta acabar pinado en un sitio que desconoce, con una lengua que no habla y ante unas gentes cuya imagen de pordiosero (más que la de náufrago vomitado por el mar) fomentan el lanzamiento de piedras hacia su figura, que las imanta.

Muy interesante me parece cómo despliega Conrad la figura del otro, del extranjero (y la acogida o rechazo que recibe del lugareño) y la manera que tenemos de relacionarnos con nuestros miedos, lo desconocido, lo extraño.

Hablaba el otro día una directora de cine de que en el género de terror había pocas mujeres directoras y que lo que asustaba a los hombres no era lo mismo que a las mujeres. Obvio. Ellas no lo llevarían tanto al terreno de los fantasmas, lo sobrenatural y todo eso, sino algo como qué le ronda por la cabeza a una mujer que a las tres de la madrugada va hacia su casa y empieza a oír pasos y cree que alguien la persigue. O el miedo que atenaza a una madre cuando siente que va a perder a su hijo, como en el cortometraje Madre. Ese miedo, incluso ese pavor, es algo que he experimentado poniéndome en la piel de Amy Foster. Sin saber muy bien cómo, ese extraño, que por otra parte es su marido, se convierte en algo terrorífico, que la asusta de tal manera que se ve obligada a huir. Donde antes (de una manera natural) hubo auxilio y piedad ahora hay (quizás también de una manera tan natural como el querer protegerse ella y a su hijo) abandono e impiedad y soledad y desesperación (la de él). Vamos, el horror.

Joseph Conrad en Devaneos

El copartícipe secreto
El corazón de las tinieblas
El primer lector de Conrad (Enrique Vila-Matas)
Lord Jim
Un padre extranjero (Eduardo Berti)

Lecturas periféricas ¿Por qué Conrad? (Roberto Breña)

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El copartícipe secreto (Joseph Conrad)

En 2005 la editorial Atalanta inauguró su colección Ars brevis publicando El copartícipe secreto de Joseph Conrad con traducción de Francisco Torres Oliver. Acompañaba a la novela un ensayo muy cundido, Joseph Conrad: homo dúplex de Jules Cashford.

La palabra copartícipe (en otras ediciones como la de Bruguera se optó por confidente) en un título me causa el mismo asombro que si leyera, por ejemplo, mancomunado. El copartícipe no es aquí un “otro” como en El Horla de Maupassant que abocaba a su trasunto a la locura, sino más bien un alma gemela.

A bordo de un barco un joven capitán una noche que deambula solo por cubierta descubre aferrado a la escala a un hombre. Sin saber bien por qué en lugar de propalar la noticia por todos los rincones de la nave, se acerca con cautela al extraño, le escucha, cree su versión y en definitiva le salva la vida, escondiéndolo en su camarote.

Ese es el eje principal de la novela, una decisión que marcará el resto del relato, alimentado por una tensión y un suspense que lo recorre de principio a fin. El buen oficio de Conrad narrando es palpable, tanto que te ves de buenas a primeras y sin darte cuenta a bordo de la nave, frente al mar, bajo el cielo, dentro del camarote del capitán, testigo de excepción de esas dos almas gemelas haciendo ambas equilibrismo sobre el alambre. Si al polizón lo descubren sería su final. Si descubren que el capitán protege a un extraño acusado de asesinato no correría mejor fortuna.

El momento en el que los dos hombres se ven por vez primera, marcará todo lo demás. El proceder del capitán interpela al lector y lo lleva a preguntarse qué hubiera hecho él en una situación pareja. Olvidando su cargo, su posición, incluso su “deber” el capitán se deja llevar por algo más primario, más natural, más atávico, que le da vuelta al Homo homini lupus: la bondad, la necesidad irrefrenable de ayudar, incluso quien sabe si de dar alas a un nuevo destino.

Como una lectura te lleva (o incluso te encadena) a otra, a este puerto me ha traído, 8.38 de Luis Rodríguez, dado que la relación entre dos personajes de esa novela era, en su comienzo (y así se nos hacía saber, mentando la obra de Conrad) como la de los dos protagonistas de esta breve y magnífica novela.

Editorial Atalanta. Traducción de Francisco Torres Oliver. 2005. 132 páginas.

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